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domingo, 5 de julio de 2020

REBROTES



         Llevamos ya dos semanas de nueva libertad. Podemos salir y entrar a criterio, desplazarnos por todo el país sin restricciones. Hasta empezamos a poder viajar al extranjero con algunos países que nos van permitiendo la entrada sin demasiadas cortapisas. Si no reconociéramos que eso es mejor, mucho mejor que lo que hemos tenido durante los tres meses de encierro, sería no querer reconocer los progresos. Se nos ha dicho y se nos sigue diciendo que tengamos cuidado que el virus sigue ahí y que ahora el contagio depende de nosotros porque somos cada uno los que podemos infectar, porque podemos llevar el virus dentro y todavía no ha mostrado sus efectos o también porque podemos ser asintomáticos, que estamos infectados pero que no tenemos síntomas. De ahí que las medidas en las que más se insiste es en mantener la distancia de seguridad, uno o dos metros y en las mascarillas con carácter obligatorio, que sirve como freno para infectar o para ser infectados. Y esta es nuestra vida a la espera de una vacuna o medicamento eficaz que, por ahora, no hemos conseguido.

         Estas medidas se proclaman cada día, pero la realidad nos muestra que la obligación se ha relajado sustancialmente y de mantenerla las autoridades en tiempo de confinamiento, ahora pasamos a tenerla cada uno de nosotros y la gente ha vuelto a la calle con verdadero mono de calle. Ya de por sí nosotros somos más bien callejeros, amantes del sol y del aire libre y hasta noctámbulos contumaces, sobre todo los jóvenes, que toman la noche como su espacio reservado. En condiciones normales esto es un problema más o menos conocido pero en estos momentos se presta a reuniones familiares o de grupos de amigos y hasta de explosiones de grandes grupos, bien en la playa, festejando resultados futbolísticos, manifestaciones puntuales por reivindicaciones concretas y hasta provocaciones manifiestas contrarias a cualquier medida coercitiva. O sea, que el mantenimiento de la nueva normalidad es compleja y hasta molesta.

         El resultado es que aparecen brotes de infección en lugares diversos de la geografía española y que en los últimos días proliferan en una cantidad que empieza a preocupar. La última medida llegó ayer en la que una de las autonomías, Cataluña para ser exactos, ordenó aislar una zona de su territorio y 200000 personas han dado un paso atrás y se encuentran recluidos de nuevo durante 15 días al menos, porque los brotes se estaban desmadrando en esa demarcación. Vivir con algunas limitaciones puede llegar a ser hasta irritante, pero volver a las andadas debe ser demoledor y puede que esta vuelta parcial al confinamiento se repita en otras zonas si las condiciones se salen de madre. Es verdad que no se para de insistir en que no hay que bajar la guardia pero me parece que empieza a sonarnos como a música celestial. También se nos recuerda la obligación de cumplir las normas de circulación y muchos no las cumplimos. Nos comportamos como si no fuera con nosotros hasta que tenemos el suceso encima.

         Mis compañeros me hacen comentarios, alegrándose de que vayamos saliendo de las situaciones más comprometidas y yo lo comprendo porque ellos puede que todavía se encuentren en medio de medidas menos esperanzadoras. Pero todos tenemos que ser conscientes de que el virus sigue entre nosotros. Lo que estamos pasando no es más que la primera ola y por pandemias anteriores como la de la gripe española de hace un siglo, sabemos que duró cerca de tres años y fue su segunda ola la más mortífera. Es verdad que hoy sabemos algo más de esta pandemia pero tenemos que atender lo que la OMS nos cuenta y es que estamos al principio y que este proceso puede ser largo. Unido a eso hay algunas noticias que resultan desoladoras para confiar en algo. EEUU unidos ya ha manifestado que ha comprado toda la producción de un medicamento,  remdesivir, que parece que mejora las patologías más graves y reduce la mortalidad y el tiempo de hospitalización. Con estos mimbres no podemos ir demasiado lejos.


domingo, 28 de junio de 2020

BROTES


         En estos momentos  superamos ya los 10 millones de infectados en todo el mundo. El foco comenzó en China, se desplazó después a Europa y en estos momentos se encuentra en América. China y Europa ya doblegaron la primera ola de contagios. América se encuentra todavía sin terminar de doblegar la curva. España, desde donde escribo, ha vuelto a la nueva normalidad como el resto de Europa. Lo que pasa es que el proceso no deja de ser una división administrativa, estadística o didáctica porque la realidad es que el virus no se ha ido y que todos seguimos siendo susceptibles de infección porque los estudios que se han hecho sobre la cantidad de personas que hasta el momento se encuentran con el virus superado anda alrededor del 5 o 7 por ciento de la población. Parece que el confinamiento, que en España ha sido bastante severo, ha logrado que la gente no se contagie de manera masiva pero, a la vez, también ha logrado que la mayor parte de la gente, más del 90 por ciento se encuentren con posibilidad de contagio porque no hemos logrado todavía ni una vacuna ni un medicamento eficaz que nos defienda.

         Hemos vivido los 98 días de aislamiento en nuestros domicilios como un drama, y lo ha sido. Pero ahora que hemos salido a la calle nos encontramos con que para reservarnos frente al virus, que sigue con nosotros, lo que tenemos no es más que medidas de distanciamiento personales y mascarillas que dificulten la transmisión del virus entre las personas. Ninguna de las dos medidas nos resultan gratas y nos hemos cansado de ellas por lo que, aunque las autoridades sanitarias y políticas no cejan de insistirnos en que tenemos que hacer frente al virus porque sigue con nosotros, cada vez nos resulta más difícil creerlo y actuar en consecuencia. Tanto más cuanto que ahora no hay medidas especiales y solo se cuenta con la solidaridad de las personas para que tomen conciencia de que la mejor y única protección eficaz es la de cambiar nuestras costumbres hasta tanto no encontremos una barrera eficaz.

         Y es verdad que estamos cambiando. No hay más que salir a la calle y ver la cantidad de gente con mascarillas con la que nos cruzamos. Nosotros no teníamos historia de protección de nuestras vías respiratorias, hasta el punto de que nos resultaba extraño ver a los orientales con ellas puestas que lo achacábamos a su defensa contra la contaminación. Podemos decir que el problema sanitario se encuentra disponible y bastante mejor preparado que al principio para soportar los posibles brotes que están surgiendo en determinadas concentraciones humanas que surgen por actitudes irresponsables de algunos grupos que, o bien ignoran las recomendaciones o, sencillamente, se sienten al margen de su cumplimiento, como si no fuera con ellos. Y la vacuna no llega. En los primeros días no paraban de aparecer noticias de que la vacuna estaba a la vuelta de la esquina. Hoy vamos sabiendo que no era más que propaganda y que la tal vacuna, que seguro que llegará, tardará lo que tenga que tardar y, desde luego, bastante más de lo que nos anunciaban.

         Estamos mejor que al principio, es verdad. Hemos dejado en el camino a 28000 conciudadanos que no han podido superar el virus, más de la mitad mayores de 70 años especialmente vulnerables a sus efectos. Los que hasta el momento seguimos vivos hemos sido testigos de una pandemia desconocida, cuyos efectos nos van a acompañar todavía bastante tiempo. Si dispusiéramos de una dosis de humildad suficiente, igual nos dedicábamos a entender que nos visita un enemigo común y que entre todos estaríamos en mejores condiciones de combatirlo, pero no estoy yo muy seguro de que seamos capaces de aprender algo tan simple. Nos miramos unos a otros y vemos un mundo que ha permanecido casi paralizado 98 días y ahora ha de enfrentarse a un enorme problema social y económico porque parar los motores de la sociedad ha sido difícil pero reanudar su funcionamiento no lo va a ser menos. Probablemente lo va a ser más, bastante más y eso es lo que nos queda por delante.

domingo, 21 de junio de 2020

NORMALIDAD



         Después de 98 días de estado de alarma, desde anoche a las doce, coincidiendo casualmente con la entrada del verano, nos encontramos por fin, con lo que el gobierno ha dado en llamar nueva normalidad. Ya hemos constatado que no nos parecemos mucho a quienes y a lo que éramos antes del quince de Marzo, cuando empezó este baile. Lo primero es que somos oficialmente 28000 españoles menos, lo cual es un pico. Pero más que los muertos en sí, la gente lamenta que no ha podido acompañar a sus muertos hasta el último momento ni se ha podido agrupar para despedirlos como de costumbre: los creyentes con su rito religioso y los demás concentrando alrededor del muerto a los amigos y vecinos que libremente hubieran querido. Este cambio de costumbres tradicionales es de lo más referido por los que se les preguntan sobre lo que más le ha afectado de la pandemia. Mientras nuestros rituales son los conocidos parece como si nuestras alegrías y nuestros dolores se desenvolvieran en casa y supiéramos más o menos, las dimensiones de cada acontecimiento.

         Los primeros días de la alarma, los supermercados se quedaron desabastecidos por completo, sobre todo sorprendentemente, de papel higiénico. El propio gobierno y la patronal de las grandes cadenas salieron a los medios a insistir en que tranquilidad, que al día siguiente las tiendas volverían a estar abastecidas como siempre y la gente fue comprobando que era así. Tuvimos que aprender a guardar colas en la calle, cosa que solo conocíamos en los que reclamaban ayudas caritativas, a guardar la distancia de dos metros, la presencia de las mascarillas cuando su abastecimiento fue posible, que no fue inmediato porque todos los países estaban desabastecidos de estos materiales y hubo que batirse el cobre en China, principal proveedor mundial hasta que las industrias nacionales se pusieron las pilas, que tardaron poco pero que la espera se hizo eterna porque los materiales se necesitaban en el momento. La guerra por conseguirlos antes que los demás fue implacable y nada aleccionadora.

         No fue la única guerra la de los materiales. La de los números se estableció casi desde el primer momento. Hablábamos de que era algo nuevo y desconocido, pero eso era de boquilla porque lo que reclamábamos con más fuerza eran certezas del tipo que fuera. Necesitábamos saber cuántos éramos los afectados, cuánto tardaban en llegar los materiales, cómo estábamos con relación a los países de nuestro entorno y quién se iba a hacer responsable de lo que nos estaba pasando. Esta última responsabilidad era casi de cajón que iba a recaer sobre el gobierno. En cierto modo porque era lo normal y en otro cierto modo porque la  oposición pensó que era un buen momento para apretar al gobierno y lograr derribarlo, sin poder garantizar una alternativa viable. No lo han conseguido hasta el momento aunque no dejan de intentarlo cada día, lo que quiere decir que el clima político se hace irrespirable. Como si no tuviéramos bastante con la propia pandemia.

         La presencia del virus se manifiesta en focos de contagio, más o menos grandes, pero localizados hasta el momento. Su foco principal ha girado y se encuentra en América, quienes con más o menos acierto, se defienden del primer envite como lo hicimos nosotros desde mediados de Marzo. Las lagunas de conocimiento siguen en pie y en este momento ni existe una vacuna que pueda enfrentar la capacidad infecciosa, ni un medicamento que permita aliviar los efectos del covit 19. La mayoría de los muertos ahora no son nuestros sino de la otra zona del mundo. Es verdad que sabemos algunas cosas que no sabíamos al principio, por ejemplo, que la mejor medicina somos nosotros con nuestro aislamiento. Ha sido a fin de cuentas la barrera más eficaz para contener la infección y hasta para doblegarla, por el momento. Pero nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.


domingo, 14 de junio de 2020

SALIDA


         La semana próxima será, salvo caso de fuerza mayor, el final del estado de alarma, aprobado a mediados de marzo, como forma legal prevista en la Constitución para situaciones parecidas a la que ha provocado el coronavirus. A partir del 22 de junio, lunes rige la legislación normal y cada persona podrá ir y venir por todo el territorio nacional sin limitación alguna. Esto no quiere decir que la pandemia esté superada porque el virus sigue entre nosotros como podemos comprobar por los repuntes localizados que están surgiendo en distintos puntos del país. Lo que sí quiere decir es que la curva estadística que nos ha puesto en crisis de manera alarmante desde marzo ha sido doblegada y que el país se atreve a entrar en la nueva normalidad con la conciencia de que ha salido de la primera embestida del virus pero alerta porque el virus sigue actuando en el mundo y, entre nosotros incluso, de vez en cuando deja salir su capacidad de infección y hasta de muerte. Los técnicos dicen que parece que la fuerza infecciosa ha disminuido; como si el bicho fuera consciente de que si quiere sobrevivir entre nosotros tiene que moderar su capacidad de infección.

         Cada eslabón de libertad que se nos ha ido ofreciendo, la población lo ha tomado como con furia, dejando de manifiesto que el efecto de la reclusión ha actuado como una camisa de fuerza de la que nos libramos como si explosionáramos. Al principio se propusieron sanciones a las personas que no siguieran las indicaciones que se iban imponiendo, pero a medida que ha pasado el tiempo, la propia administración, aunque en ningún momento ha eliminado las sanciones porque siempre hay personas que se sienten por encima de los demás y piensan que las normas no van con ellos, ha visto que la solución más eficaz no podía estar en ese terreno sino que había que reclamar el compromiso de cada persona como la mejor y última garantía de éxito en el cumplimiento de unas obligaciones excepcionales que se alargaban en el tiempo y que en la desescalada manifestaban la dificultad creciente sin el compromiso de todos.

         En todas las fases hemos ido viendo personas y pequeños grupos que se han saltado la normativa y que la administración se habrá encargado de sancionar convenientemente pero la inmensa mayoría del país está cumpliendo con lo propuesto por el gobierno. Muchos hemos lamentado que la situación política se ha colado demasiado en medio de la pandemia, enrareciendo el aire en un momento en el que lo más urgente era y sigue siendo vencer al virus y volver cuanto antes a la mayor normalidad posible. Ya se sabe que en una democracia hace falta un juego de fuerzas que actúen en distintos frentes de gobierno y oposición para que unas sirvan de contrapeso a las otras, pero en los momentos más críticos han sobrado luchas políticas de corto alcance y han debido primar los esfuerzos consensuados para salir del bache en el que el virus nos tenía metidos hasta los ojos.

         La problemática de salud está pasando a segundo término porque la situación se ve más o menos controlada, salvo repuntes infecciosos alarmantes que todavía no se pueden descartar. Ahora emergen en toda su extensión las secuelas económicas y sociales que la pandemia traía en su cola. Un país como España, cuya principal industria era el turismo, cortado en seco durante tres meses. Veremos, desde el uno de Julio que van a poder volver los turistas, cuanto se puede salvar este año del inmenso destrozo por tanto tiempo de paralización. Las empresas que se han quedado en el camino y cómo hay que hacer para poner el país en marcha de nuevo. Las mejores previsiones apuntan a que nos va a costar dos años de recuperación esta crisis que nadie esperaba. Podemos haber aprendido muchas cosas sobre la fragilidad y sobre las dificultades imprevistas pero no tengo mucha seguridad que las estemos aprendiendo. La vida siempre nos ofrece posibilidades de aprender pero nuestros intereses miserables se ponen delante la mayor parte de las veces.

domingo, 7 de junio de 2020

TERCERA



         Decíamos la semana pasada que la división en fases no era más que una forma de que la gente percibiera un proceso metodológico, porque básicamente los contenidos de cada fase eran los mismos. Se trataba y se trata de evitar aglomeraciones de personas, sobre todo en espacios cerrados: máximo de diez en la primera fase, de quince en la segunda y de veinte en la tercera. Se sigue recomendando el frecuente lavado de manos y la obligatoriedad de mascarillas en todo momento, sobre todo en espacios cerrados, en transportes públicos y en lugares donde sea difícil mantener la distancia de seguridad de dos metros más o menos. Esta distancia de seguridad está quedando como verdadero producto estrella para combatir esta pandemia. Es verdad que los contagios y las muertes ya han bajado sustancialmente, pese a las complicaciones políticas surgidas por la recogida de datos desde los distintos centros de poder, sobre todo cuando son de distinto signo político. Las medidas relajan la vida y hacen posible que se vuelvan a tomar las calles, los negocios y los lugares de ocio, con lo que la vida va volviendo a tomar ritmo.

         Toda esta desescalada respondía a criterios estrictamente clínicos. La prioridad era la salud y las medidas políticas se iban tomando en función de ella. Como es cierto que la agudeza de la pandemia baja, sin abandonar del todo los criterios clínicos, nos damos cuenta de que aparecen otros que hasta el momento estaban agazapados bajo el paraguas de la salud pero que, ahora que la salud se eleva, levantan su cabeza. España tiene una industria bandera, que es el turismo. Significa el quince por ciento de toda su riqueza y que puso el marcador a cero el quince de marzo y desde entonces no ha llegado ni un solo turista. Todo el servicio que el año pasado se movilizó para atender a los más de 80 millones de visitantes que llegaron se redujo a cero de la noche a la mañana y en cero sigue hasta el momento.

         Es una presión demasiado fuerte y el gobierno se ha visto obligado a relajar las medidas. Ya ha dado una fecha, 1 de julio, para dar por oficialmente doblegada la pandemia y abrir la vía turística para naturales y extranjeros. Todos sabemos que  las cifras del año pasado serán inalcanzables pero se trata, al menos, de salvar la temporada, el enorme paro que lleva inactivo tres meses ya y que puede seguir así si no se va abriendo la mano. En medio de tanta angustia colectiva se ha colado una medida nueva en forma de derecho de la que se había venido hablando esporádicamente pero que nadie se había atrevido a tomar hasta el momento: EL INGRESO MÍNIMO VITAL. Alrededor de un millón de las familias más pobres, van a disponer de una cantidad modesta al mes, entre 500 y 1000 euros dependiendo de los miembros que la compongan, que se van a convertir en un seguro de vida para los gastos más acuciantes. A grandes males, grandes remedios. Seguramente si no hubiéramos llegado a este nivel de crisis, los técnicos estarían todavía dándole vueltas al concepto hasta dilucidar si eran galgos o podencos y las familias más vulnerables en colas cada día más largas para conseguir comida como estamos viendo cada día.

         Lo que han dado en llamar NUEVA NORMALIDAD empezará a regir el próximo 1 de julio pero ya vamos sabiendo que las mascarillas han venido para quedarse y la distancia de seguridad también y esto es completamente nuevo. Al parecer las dos medidas se necesitan hasta que exista una vacuna contra el virus o alguno de los medicamentos se demuestre eficaz. Ninguna de las dos cosas están a nuestro alcance en este momento a pesar de las guerras entre las superpotencias, EEUU y China sobre todo, anunciando a bombo y platillo que a la vuelta de la esquina sacan la esperada vacuna, no porque sea verdad, que vaya usted a saber, sino para que el mundo entero los mire y se entere de que uno de los dos van a desarrollar el discurso hegemónico en el futuro inmediato.


domingo, 31 de mayo de 2020

SEGUNDA



         Poco a poco vamos pudiendo gozar las mieles de la vida, esas que en tiempos normales ni siquiera las hemos mirado: sol, aire, árboles, un banco de la calle, la calle misma…, cotas de bienestar público tan sencillas que las dábamos por supuestas y que esta maldita pandemia nos las ha robado de la noche a la mañana. Ahora las vamos recuperando paso a paso como si los profundos valores de la vida tuvieran un precio demasiado alto y hubiera que ir recuperando con precaución porque nuestros más profundos amigos, que se habían convertido en fieras y en muerte por el COVIT 19. Como si tuviéramos que darnos cuenta de nuevo de que una calle es una calle, de que un saludo es un saludo y de que el que pasa a tu lado vuelve a ser una persona aunque, por si acaso, lo miramos tras una mascarilla porque el virus nos ha enseñado los dientes y se ha llevado a 30000 de nosotros y nos ha colapsado las UCIs, ha enseñado sus uñas de virus y con lo pequeño que es, que no es posible verlo con nuestros propios ojos, nos ha doblado la rodilla convirtiéndose en un dios de pánico y de impotencia para los arrogantes de nosotros, que nos creíamos dueños del mundo y hemos rodado a sus pies.

         A partir del lunes 1 de junio entramos en la segunda fase de la desescalada en la que nos vamos acercando un paso más a aquella vida que gozábamos hasta mitad de marzo, que perdimos por una decisión gubernamental para protegernos del virus y que ahora vamos tomando de nuevo con pies de plomo porque, aunque no lo vemos, sabemos que está ahí, agazapado en cualquier esquina, a la espera de su momento como hemos podido comprobar en varios núcleos de contagio que ha habido que aislar rápidamente cuando algunos individuos o grupos familiares han pensado por un momento que todo había pasado ya y de manera irresponsable se han saltado las normas como si no fuera con ellos poniéndose en peligro ellos mismos y a todos los que estaban a su lado. Ha habido alguna población como Ceuta por ejemplo, que ha estado a punto de volver a fases anteriores porque han estado a punto de descontrolarse cuando en los inicios de la infección su afección había sido bastante leve.

         La fase dos no difiere sustancialmente de la uno en la calidad sino en la cantidad. Se empiezan a abrir las tiendas y los bares, tanto en las terrazas como en los interiores. Los acontecimientos sociales: bodas, entierros y otras celebraciones aumentan el número de personas que pueden albergar…, como si fuéramos ampliando nuestra capacidad de relación de puntillas, muy conscientes de que detrás de cualquier esquina puede andar al acecho el maldito virus que en un santiamén se instala en nuestros conductos respiratorios y nos manda a la UCI por un mes o más. Y gracias si después nos devuelve al mundo, porque también nos puede mandar directamente al otro barrio. Una vez que hemos pasado la angustia del prolongado encierro no vale la pena arriesgarse a la ligera poniéndonos en peligro nosotros mismos y a los vecinos que nos rodean. El drama que nos espera ya es suficientemente profundo como para que encima se pueda ver agravado por comportamientos irresponsables.

         Esto de las fases, que terminan con la tres, no es más que una metodología como otra cualquiera para retornar a la vida con un poco de orden que pueda evitar el desmadre de que cada uno haga de su capa un sayo. Lo que pasa es que todo lo que se va abriendo también vamos comprobando que ya no es como antes. El gobierno le ha dado en llamar NUEVA NORMALIDAD, por decirle algo. Se han instalo con nosotros las mascarillas y los dos metros de distancia de seguridad y la insistencia en el frecuente lavado de manos, comportamientos muy sencillos, es verdad y que están al alcance de cualquiera pero que significan que ya nada es lo mismo. Estamos aprendiendo, por ejemplo a saludar chocando los zapatos o los codos…, las caricias…, dónde ha ido a parar las caricias… Ni siquiera las sonrisas las podemos esgrimir abiertamente. Las tenemos que esconder como si fueran algo peligroso o de lo que tuviéramos que avergonzarnos… Lo dicho…, mucho ojo al bicho.


domingo, 24 de mayo de 2020

IMPACIENCIA



         Burla burlando ya llevamos con este bichito, covit 19 como objeto fundamental de nuestras vidas, más de dos meses. Y pasa un día…, y otro…, y otro y poco a poco nos vamos dando cuenta de hasta qué punto vamos cambiando de manera de vivir. Cuando se nos planteó el confinamiento, allá por mediados de marzo, la cosa  se asumió como si se tratara de un juego. Nos sorprendió de tal manera que asumimos una medida tan drástica y tan insólita sin pestañear. Como figura jurídica para justificar tal decisión se utilizó el estado de alarma, figura contemplada en nuestra constitución, que permitía algunas medidas de restricción de derechos fundamentales que asumimos en su momento sin apenas contestación, en parte por la novedad y en parte por la virulencia del contagio en los primeros días. A medida que han ido pasando las semanas el gobierno ha ido comprobando que cada vez se le hace más difícil sacar adelante la ampliación del estado de alarma porque la impaciencia se va apoderando del cuerpo social y mucho más de la oposición parlamentaria.

         Con bastante descaro y sin demasiado análisis nos hemos venido pavoneando estos años de que nuestra sanidad era una de las mejores del mundo y en justicia debíamos valorarla como una joya nacional. Como no teníamos a nadie que nos contradijera nos lo hemos creído sin más. Pero ha llegado esta dura realidad y nos ha mostrado nuestras vergüenzas de manera palmaria. Ni disponíamos de forma alguna de producción de equipos de seguridad para hacer frente a las necesidades perentorias, por lo que hemos tenido que hacer cola ante la gran madre China para que nos provea de ellos, cosa imposible porque todos los países pedían lo mismo y al mismo tiempo por lo que la guerra por el aprovisionamiento ha sido obscena y despiadada, ni nuestras capacidades humanas eran tan idóneas como pensábamos porque las habíamos ido reduciendo por cuestiones presupuestarias hasta llegar a cerrar plantas hospitalarias completas, en un alarde de arrogancia insultante.

         En estos momentos, cuando ya las fases van pasando con agotadora lentitud pero de manera implacable, aquellos que en un principio acusaban al gobierno de que había retrasado intencionadamente el confinamiento para permitir la manifestación del 8 de marzo, ahora se saltan las medidas de precaución que dictan los expertos y piden libertad a gritos y ocupan las calles porque parece que antes y ahora, ellos son los que tienen que decidir lo que hace falta hacer en cada momento. Un bochornoso espectáculo que tiene una parte de impaciencia comprensible porque estamos todos cansados de tanto encierro a estas alturas, pero otra de indecencia porque los que están promoviendo caceroladas antigubernamentales lo que están es aprovechando ese cansancio de todos para embarrarnos la vida, precisamente ahora que ya empezamos a ver la salida y poniéndonos en riesgo de que todo el drama que ha supuesto la paralización del país en estos últimos dos meses se pueda venir abajo si dejamos de cumplir las precauciones pertinentes para terminar la desescalada, arriesgándonos a un peligroso repunte.

         Las previsiones apuntan a que el gobierno necesita para cerrar el ciclo todo el mes de junio. Este último tramo es el más esperanzador porque la curva de contaminación se está venciendo, los casos de muerte se acercan al cero y la gente empieza a tomar las calles de nuevo, con algunas medidas de higiene y de distanciamiento que no conocíamos hasta ahora. Pero claro, se mete en medio la política de cortos vuelos, esa que no ve más allá de las narices del día a día. Resulta que, parecer, si el gobierno termina con éxito este ciclo de terror insólito podemos tener gobierno para rato y eso es demasiado al parecer para una derecha que está en la oposición, dividida y con fuertes dificultades para alcanzar el poder en un futuro próximo. Solución: embarrar el discurso político a base de argumentos falaces, exageraciones verbales y peticiones de libertad como si estuviéramos en una cárcel y como si esta pandemia la hubiera traído el gobierno en su bolsillo y la hubiera soltado en medio de las calles para su propio beneficio. No hay peor ciego que el que no quiere ver.


domingo, 17 de mayo de 2020

PRIMERA


         Prometo que volveré a mi verdadero asunto de la primera infancia en el momento en que logre sacarme de la cabeza este asunto del COVIT 19. Reconozco que estas semanas me salgo del tiesto pero es que lo prefiero porque de camino que lo digiero mientras lo explico  y hago honor al título del blog. COMO NIÑOS siempre fue para mí la constatación de que somos así todos los que vivimos sin centrarnos necesariamente en asuntos de niños. Es verdad que la frasecita es suficientemente ambigua como para que me permita jugar con ella y meter como parte de su contenido cualquier asunto que me interese si bien ya sabéis que mi trabajo se ha centrado en la primera infancia por lo que, inevitablemente, la mayoría de los textos van referidos a ese asunto. De todas formas no creo que a nadie le extrañe que le esté dedicando a la pandemia algunas semanas por la amplitud global que abarca y por los cambios que está significando en nuestra vida…, y lo que te rondaré morena.

         Por una cuestión estrictamente metodológica se ha decidido estructurarlo en fases, siendo 0 la que acabamos de pasar en el día de hoy en la que sólo se permite salir de paseo a determinadas horas a los deportistas, a los abuelos y a los pequeños con sus adultos de referencia. A partir de mañana lunes entramos en fase 1 en la que se empiezan a relajarse las medidas de confinamiento. Nos vamos adueñando del espacio en fases y esta primera es sólo en el ámbito provincial para volver a lo que se ha dado en llamar nueva normalidad. Iremos accediendo a los comercios de cercanía, saliendo a la calle sin límites y haciendo como que todo empieza a estar a nuestra disposición, pero no es verdad. Ni la fase cero, ni esta primera que vamos a estrenar mañana ni las dos próximas que nos esperan en semanas sucesivas a lo largo del mes de junio se van a parecer a lo que era nuestra vida hasta que empezó esta peste. Iremos tomando la calle a plazos pero no seremos los mismos dueños y señores que veníamos siendo sino que sobre nosotros se cierne una disciplina que habremos de cumplir porque hasta que no haya una vacuna solvente estaremos pendientes de un hilo.

         Tres medidas se imponen sobre cualquier fórmula de vida: la higiene frecuente de manos, la distancia de seguridad de dos metros con carácter general y el uso de las mascarillas que con carácter general ha pasado de recomendable a obligatoria, primero en los transportes públicos y ahora en la calle en general. Reconozco que son tres medias sencillas y que pueden ser seguidas por cualquiera porque no necesitan mucho esfuerzo. Lo que pasa es que el hecho de que no sean un rato sino que vayan pegadas a nosotros cada día y en todo momento y por un tiempo  indeterminado hasta que no se haya encontrado una barrera eficaz contra el virus, una vacuna o tratamiento solvente, pueden pasar años. Nuestra vida no va a ser la misma. Sobre la higiene frecuente de las manos no tiene por qué significar un cambio sustantivo. Siempre se nos aconsejó el lavado de manos como fuente de salud.

         La distancia de dos metros para todo…, habrá que hacerla, no digo que no. Pero dónde se ha visto que no podamos tocarnos, acariciarlos, saludarnos a base de contactos cuerpo a cuerpo…, los abrazos…, qué vamos a hacer sin los abrazos. Estoy seguro de que terminaremos cumpliendo, de hecho ya hemos empezado pero es un tipo de vida que no hemos conocido. No es una nueva normalidad sino una nueva anormalidad, que no es lo mismo. Y qué me decís con las mascarillas. Os confesaré que me había comprado un par de ellas en mi farmacia habitual para no usarlas sino en casos estrictamente obligatorios, los transportes públicos por ejemplo. Pues ayer la probé por primera vez y por pocas me ahogo. Sé que exagero y que terminaré acostumbrándome como todo el mundo, faltaría más. Pero de normalidad nada. Pareceremos marcianos como tantas veces nos hemos reído de los japoneses y los chinos cuando los hemos visto con mascarillas a tutti plen. Aunque no sea creyente…, ¡que dios nos coja confesaos!. 

domingo, 10 de mayo de 2020

RESPONSABILIDAD


         Poco a poco vamos tomando la calle con los sentidos y con el cuerpo en general. Sobre todo los niños. Nos vamos enterando de que las cosas no sé si van a volver a ser como antes, pero si eso llega, va a tardar lo suyo. Por lo pronto la presencia de las mascarillas parece que se va a generalizar y nosotros no estábamos acostumbrados a esa prenda. Es más, apenas la fabricábamos. Ha supuesto un gran problema hacerse de pronto con millones de mascarillas, justo en el momento en que todo el mundo las quiere y la producción está concentrada en China. Los aeropuertos chinos se han convertido en un mercadillo gigante en el que las reglas del sacrosanto mercado se han disuelto como un azucarillo y se ha sabido que lotes de equipos contratados y pagados por determinados países han cambiado de manos antes de subir al avión comprometido, sencillamente porque se ha presentado un agente de un país más poderoso y ha pagado el doble por el lote y don dinero, una vez más, ha impuesto su poder por encima de cualquier otra norma que el propio mercado nos hacía pasar por buena. La ley del más poderoso se ha impuesto una vez más en momentos tan críticos en una guerra sin cuartel.

         Aparte de tragar semejantes injusticias, de sobra conocidas a lo largo de la Historia, hemos tenido que volver la mirada hacia nosotros mismos, tragarnos las frustraciones correspondientes, aprovechar lo que se pueda del común campo de batalla y ponernos de la noche a la mañana a fabricar mascarillas, equipos de protección, respiradores para los más enfermos y soportar el temporal como mejor se está pudiendo. En nuestro caso la primera ola de contagio ha sido doblegada y muerde el polvo hasta el nivel del principio, cuando hace un par de meses no conocíamos a este COVIT 19 de los demonios que ha venido a ponernos la vida patas arriba. Nos reíamos de los orientales que exhibían como prenda habitual la mascarilla como si fueran marcianos. Pues aquí la tenemos, ya veremos hasta cuándo.

         No vamos a renegar a estas alturas de la calle tan raquítica que tenemos aunque, francamente no tiene mucho que ver con la que conocíamos, porque el mero hecho de respirar, mirar, oler…, ya es todo un logro que pequeños y mayores estamos volviendo a tomar. El gobierno ha dividido la vuelta a la nueva normalidad en cuatro fases para que nos vayamos dando cuenta de algo hemos conseguido porque volvemos al mundo que conocíamos, pero que vamos a hacerlo muy despacio para que nos vayamos enterando de que la vida no va a ser la misma que nos dejamos cuando se nos ordenó aquello del quédate en casa. La semana de los paseos por franjas de edad ha ido razonablemente bien salvo algunas zonas especialmente aglomeradas a las que les ha sido especialmente difícil crear un espacio imprescindible entre todos los que querían salir. A partir de ahora viene lo bueno porque van e empezar a abrir los bares, las tiendas de menos de 400 metros cuadrados…, un paso más en que la vida se imponga y nosotros dentro de ella.

         Al final el gran problema va a consistir en aprender a vivir físicamente solos y separados unos de otros un par de metros. Este pequeño espacio de distancia nos está cambiando la vida más que ninguna otra cosa. Esta tierra ha creado su fama de cercanía a lo largo de siglos y el Sur ha consagrado su gracia y su salero a base de acercarnos los unos a los otros, en gran medida de manera conveniente y muchas veces hasta inconveniente. Yo creo que aquí va a estar el quid de la cuestión. El año pasado nos visitaron 84 millones de personas de todo el mundo convirtiendo al turismo en la primera industria nacional. Esto ha bajado el contador a cero de manera fulminante y así estamos en este momento. A ver quién es el guapo que pone en marcha semejante locomotora para convencer de nuevo al mundo de que somos los mejores y olé, cuando nos ven paseando con mascarillas de aquí para allá y enterrando a nuestros miles de muertos más que de bulla como cualquier hijo de vecino. 

domingo, 3 de mayo de 2020

DESESCALADA.


         La reconquista de la libertad frente al  COVIT 19 empieza el próximo lunes día 11. Hasta entonces sólo a los menores se les han abierto las puertas, siempre acompañados de un familiar de referencia durante una hora al día, con algunos juguetes individuales,  hasta tres menores por adulto y sin usar los espacios habituales de juego. Digamos que a media mies, pero ya ha sido un paso importante que nos ha señalado la salida. Las calles se han llenado de vida con la presencia de los pequeños y hemos contado los días hasta llegar al sábado día 9, ayer, en el que se ha dado el siguiente paso. Hasta el lunes 11, de 6 a 10 de la mañana y de 8 a 11 de la noche, los deportistas tienen opción de dar rienda suelta a sus musculaturas, cosa que suputo un reventón de vida porque en las grandes aglomeraciones de gente resultó casi imposible guardar las distancias. Parece como si todos hubieran estado detrás de la puerta esperando la señal de salida. Los abueletes tenemos de 10 a 12 de la mañana y de 7 a 8 de la tarde un tiempo reservado para dar nuestros paseos y reencontrarnos con la primavera, que siempre estuvo ahí. Comunico que tuve opción de oler mi celinda insigne, a la que todavía le quedaban unas pocas flores, aunque la mayoría ya estaban en el suelo.

         Poco a poco las calles se van cubriendo de personas, un poco encorsetadas en espacios y en tiempos, pero plenas de vida. A este tramo mi gobierno le llama Fase 0. Nos ha mostrado lo que será la fase 1 que comienza a partir del lunes 11 y que iremos detallando. A la vuelta le llama LA NUEVA NORMALIDAD lo que, de entrada, me mosquea porque significa que entramos en un tipo de vida que no conocemos y que tendremos que aprender a ejercitar. Toda la actividad que se vaya liberando tendrá que disponer de distancias físicas y de mascarillas en cantidades masivas de modo que los dos metros de distancia va a ser el espacio más íntimo porque el virus sigue ahí y porque la curva estadística que parece casi vencida puede repuntar en cualquier momento y crear un problema en el sistema sanitario como lo ha creado el primer envite. Resulta que el confinamiento estaba y está relacionado principalmente con las capacidades de atención de los servicios sanitarios. En algún caso se han visto desbordados y de lo que se trata es que eso no vuelva a suceder. Que nos vamos a seguir infectando, sin duda, pero que se va a intentar que sea poco a poco.

         Y sí, ayer volví a la calle después de 47 días confinado. No pude todavía encontrarme con mis hijos, pero sí con los jardines de Fuente Nueva, con ese pulmón cerca de mi casa que me permitió un paseo reconfortante en un día que alcanzó casi los 30 grados centígrados. Parecía que estaba preparado para todo lo que se le vino encima. No vi muchas caras porque la mayoría la llevaban cubierta. Yo no lo soporto. Me he comprado mascarillas y me las pondré cuando sea obligatorio pero parece que me estoy desenvolviendo entre marcianos. Es más, lo que hacemos no es mirarnos para saludarnos sino para ver si estamos a la distancia suficiente o hay que encontrar corredores donde sentirnos seguros, como si cada persona con la que te cruzas fuera un peligro para ti y tuvieras que resguardarte por si acaso. Y dicen que así deberá seguir siendo hasta que aparezca una vacuna que nos haga sentirnos a salvo del nuevo virus. Nueva guerra por el dominio del mundo de todos contra todos. Como siempre. Los que parecen tener más posibilidades son los EEUU y China y ahí van amenazándose a ver quién la saca primero.

         Sería hermoso hablar de aprendizajes tras el nuevo virus, que es de lo que se trata. Esto ha sido un parón seco que, aparte de las dificultades sanitarias, nos ha traído una catástrofe económica y social de proporciones desconocidas. En un par de meses hemos perdido lo que, con suerte, nos va a costar al menos un par de años remontar. La mayor dificultad para España creo que va a consistir en hacer que todo el turismo que ha dejado de venir y que se había convertido en la principal industria del país, 84 millones de personas el año pasado, vuelva a confiar en que este es un país seguro para ellos. Poner en marcha los negocios relacionados con este sector nos va a hacer sudar sangre. Lo bueno que tiene la vida es que no entiende de barcos y que detrás de un día viene otro, tanto si queremos como si no. El virus llegó y nos cambió nuestras claves. Con el paso de los días nos iremos dando cuenta de que, los que seguimos vivos nos iremos acoplando a los nuevos tiempos y a los nuevos condicionantes pero, no lo olvidemos…, nosotros…, los de entonces…, no seremos los mismos.

domingo, 26 de abril de 2020

REENCUENTRO



         Hay familias que han dormido esta noche inquietas porque hoy, por primera vez a pesar de que yo dije por error que el lunes pasado, van a volver a pisar la calle con los pequeños. No será como antes pero el desconfinamiento empieza con justicia por los niños. Podrán salir hasta tres con uno de sus adultos de referencia por espacio aproximado de una hora como máximo, en un espacio aproximado de hasta un kilómetro. Podrán sacar algunos juguetes pero no se abren los espacios habituales de juego y hay que mantener las distancias de seguridad de los dos metros  y con mascarillas, de modo que el experimento no deja de ser un ensayo con todas las precauciones posibles de lo que ojalá termine siendo la punta de lanza para recuperar todo lo que hemos perdido con la pandemia, que es mucho. Si este primer paso no tiene consecuencias sanitarias adversas, el próximo lunes, dos de mayo, aparecerá el segundo en el que se podrá salir a hacer deporte individual y paseos en circuitos cercanos a las viviendas. Parece como si retomáramos la vida con pies de plomo.

         Las diferentes tomas de contacto con esa vida habitual que vivíamos como si nada se han puesto caras, muy caras. Tendremos que ir aproximándonos a la diversidad de secuencias de nuestro modo de vida de forma diferente. Aprender a vivir de nuevo con un estilo desconocido, evitando el contacto físico, por ejemplo, manteniendo unas distancias que nos resultan completamente insólitas y que se van a convertir en habituales hasta que no dispongamos de una vacuna que frene este virus que se ha colado en nuestras vidas sin que nadie lo invite. O tal vez sí. No sabemos cómo ha surgido. Quizá con tiempo y con ciencia podamos explicar qué ha pasado en realidad. Por ahora sólo tenemos voceros que van y vienen de aquí para allá proclamando todo tipo de explicaciones sin mucho fundamento. No consiguen que sepamos nada sólido porque nadie sabe nada a ciencia cierta, pero sí que con sus teorías apresuradas e imprudentes consiguen que vivamos esta grave situación con un poco más de inquietud, por si la propia pandemia no fuera suficiente por sí misma.

         El criterio de esperar a la vacuna obliga a que tengamos que caminar hasta entonces como de puntillas, con la amenaza de que en cualquier momento pueda surgir un rebrote y tengamos que volver a recluirnos de nuevo, cosa que resultaría inevitable aunque muy dolorosa. Este virus fue desconocido desde el principio y nos obliga a salir a la calle mirando a izquierda y derecha porque nos lo podemos encontrar detrás de cualquier esquina. Ante él nos sentimos como desnudos y necesitamos la vacuna que nos permita hacerle frente para que nos permita volver a nuestra vida conocida o aproximada. Y todo esto se nos ha venido encima en el plazo de dos meses, más o menos. Ahora parece que el bicho ya pululaba por nuestras calles un tiempo indefinido antes pero como nadie lo conocía, podía andar de aquí para allá con toda tranquilidad. Ya le hemos visto la cara microscópica de consecuencias desconocidas pero peligrosas. Ahora sabemos cómo se las gasta y hemos reaccionado contra él reivindicando nuestra forma de vida.

         Algunas lecciones sí que podríamos sacar del contacto con este virus. Nos ha pillado con una ciencia que, al menos en España, llevaba varios años rebajando su presupuesto como si nada. O sea que en pañales. Las deslocalizaciones industriales han dado como resultado que todos los requisitos médicos imprescindibles para combatirlo haya que comprarlos fuera al precio y condiciones que nos los quieran vender porque no disponemos de industria propia para abastecernos. Aquella sanidad de la que alardeábamos como una de las mejores del mundo ha demostrado tener los pies de barro porque los poderes públicos la han ido vaciando de presupuesto por lo que muchos de sus espacios y de sus profesionales se han inhabilitado o se han marchado a otros países a prestar sus servicios porque aquí, en el suyo, no encontraban un puesto digno. Ojalá aprendamos, pero no es fácil. Construir siempre cuesta sudores y requiere esfuerzos sostenidos que no sé si estamos dispuestos a costear.


domingo, 19 de abril de 2020

AÑORANZA


         En este largo confinamiento por el covit 19 algunos venimos reclamando desde el principio un tratamiento más abierto para los niños. Le semana pasada los llegué a comparar por pura desesperación con las mascotas y sugerí, incluso, que si lo que los diferenciaba era un collar, se podría pensar antes que verlos en la casa encerrados tantos días cuando a ellos, en realidad esta pandemia ni les va ni les viene. Hoy me alegra, es un decir, que a partir de mañana vamos a poder ver a menores de 12 años por la calle, bien es verdad que junto a un adulto y sólo para los asuntos establecidos: pasear a las mascotas, comprar el pan o ir al supermercado. Me alegro por todos: ellos porque algo de aire libre van a poder ingerir y el resto porque se nos va a poner una cara más humana y más sensible con los más pequeños. No quiero insistir de nuevo en las consecuencias de tan largo alcance por causa de tanto encierro que no entienden y que es contrario a las leyes universales de desarrollo de las personas. Espero y deseo que sea el comienzo de una serie de relajaciones que nos permitan de nuevo gozar de la vida en directo.

         Podría haber concluido el párrafo con la vuelta a la normalidad pero me he retenido a conciencia porque tenemos que saber que este asunto de la normalidad nunca ha significado muchas cosas en concreto pero me temo que a partir de nuestra vuelta a la calle va a significar muchas menos. El otro día mi hija Alba me mandó una rama de celindo florecido porque sabe que su olor es uno de mis delirios desde hace mil años y sólo florece unos días al año, en esta época. Sin embriagarme varias veces de esa fragancia insólita y celestial este año sé que no soy el mismo. Tengo uno a cien metros de mi casa, en plena calle, que me ha surtido de olor estos diez últimos años. Ya en la salida de la ciudad, ese bofetón de amarillo de los jaramagos que son los reyes de los campos en barbecho y de los bordes de todos los caminos también me faltan. Son como piezas de mi vida de las que tengo que prescindir por causa del virus y que no se lo voy a perdonar nunca porque me va a hacer un poco más extraño en esta vida.

         Podría continuar con otras cosas y aspectos de valor que este año hay que dejar de lado y seguiremos viviendo, aunque ya no seremos los mismos. Por mi pasión de lector no añoro la soledad física. La lectura me permite vivir miles de vidas con la imaginación pero sí me falta la presencia de los míos. En mi familia nunca hemos sido muy zalameros, más bien con espacio suficiente como para que cada uno se mueva con holgura pero sí nos hemos mirado y nos hemos sentido cerca y ahora eso sólo nos es permitido a través del móvil o del ordenador y, francamente, no es lo mismo. Cuando me conecto con mi hijo mayor Nino, su hija África no para de dar la vara metiéndose en la imagen para ocupar la pantalla, esa que ocupa con normalidad con sus juegos cuando viene de visita en condiciones normales. Cuando mi Elvira, la menor, duerme en mi casa nos instalamos de manera natural en distintas dependencias de la casa y nos pasamos las horas muertas, ella con sus estudios y yo con mis lecturas, ambos conscientes de la presencia del otro.

         Aparte de alegrarme de que los más pequeños puedan ver la luz un poco a partir de mañana y de mencionar algunas secuencias de mi normalidad, cada uno tendrá la suya, las comento consciente de que va a pasar mucho tiempo para volver a vivir secuencias como esas. No sé si lo que llega va a ser mejor que lo que hemos dejado atrás pero hoy no me imagino cómo va a ser un mundo en el que no pueda tocar a las personas, susurrarles al oído, abrazarnos y sentirnos uno cada vez que nos apetezca. Es posible que algún día podamos recuperar alguno de los gestos que comento pero parece que va a pasar bastante tiempo durante el que no vamos a poder ni vernos las caras. Esto no es ni más ni menos que un mundo que no conocemos. Los más jóvenes puede que se adapten porque ese va a ser el suyo pero algunos ya con una edad, creo que nos vamos a sentir extraños, sin fuerza ni ganas para tanta distancia.

domingo, 12 de abril de 2020

LLANO



         Cómo sustraerse a la pandemia mental que significa la aparición de este COVIT 19. No hay cadena de noticias que no abra y cierre con este asunto. En el mundo ya hemos rebasado los 2 millones de casos infectados. En este momento EEUU alcanza  por sí solo los 500000 y el señor Trump ha pasado de reírse del bicho hace apenas un mes a promover cada día un poco más de prioridad para este asunto, bien entendido que son los estados los que dentro de cada territorio deben tomar las medidas pertinentes y las que han tomado hasta el momento no parecen suficientemente potentes  para retener el crecimiento. Ya sabemos, eso sí, que la mayoría de los infectados son los afroamericanos y los latinos lo que no debe extrañarnos demasiado porque este virus, como el resto de las desgracias,  sí entiende de pobreza y tal vez sea este capítulo el que menos estamos considerando como en todas las demás pandemias que en el mundo han sido. El tío San ha tomado la cabeza de esta plaga y veremos las dimensiones que adquiere, porque hasta hoy no para de subir. La pobreza está suficientemente extendida como para que sea un motivo de preocupación desconocer hasta qué punto va a afectar a la mitad del mundo pobre.

         En lo que toca a España hemos llegado en la fase ascendente a crecimientos del 30% entre un día y otro. Hoy nos damos con un canto en los dientes cuando las estadísticas nos señalan un crecimiento del 3% sostenido en esta última semana. Con este descenso tan notorio y con la cuarta semana de confinamiento de la población se ha terminado la guasa de la novedad y empezamos a vivir la angustia de no poder salir a la calle y de empezar a interiorizar que nuestra vida ha cambiado como de la noche al día. Quédate en casa ha pasado a ser la consigna estrella porque nos damos cuenta día a día de la enorme dificultad que supone su cumplimiento. El permiso de sacar a las mascotas es poco menos que en un circo si el asunto no fuera tan grave. Hay mascotas que salen de la mano de varios dueños cada día y  lo que antes era que les diera el aire y cumplieran sus necesidades fisiológicas, ahora se convierte poco menos que en maratones a los que el ingenio de los vecinos cómplices los someten. El cerco se ha estrechado contra esos abusos.

         Sobre los niños reconozco que la misma angustia por la dimensión del problema me ha hecho que no entrar todavía a fondo. Sí que empezamos a ver en las noticias como algo pintoresco a pequeños que tiran de sus familias en dirección a la puerta de la calle porque no pueden entender cómo es posible que nadie se acuerde que ellos necesitan el aire, el sol, los columpios…, las calles en definitiva, que empiezan a echarlas de menos desesperadamente. Sé que aparecen en las noticias como detalle pintoresco  pero no es un detalle sino un elemento trocal que va a tener consecuencias importantes en sus vidas. No tengo la más mínima animadversión por las mascotas. Tampoco dispongo del saber suficiente como para ofrecer una propuesta que nos saque de esta situación de hoy para mañana. Pero no puedo dejar de lamentar que miles de pequeños sigan en sus casas encerrados días y días, que ya va para un mes en España,  mientras miles y miles de mascotas disfrutan de un poco de aire y de ejercicio con el acompañamiento de sus seres queridos. Si pienso en los discapacitados intelectuales, por ejemplo, sabe dios lo que estará pasando por sus cabezas con el confinamiento.

         Insisto en que no tengo una propuesta de solución para este complejo y vidrioso asunto que se no ha metido por las puertas y nos está agobiando cada día un poco más y veremos lo que dura. Tampoco quisiera estar en el pellejo de las personas que deben tomar las decisiones que después nos afectan a todos. Sólo escribo estas reflexiones como forma de rumiar esta frustración continuada que parece que no tiene fin y también, por qué no, por si algo de lo que cuento tuviera utilidad para quien pueda leerme, que mayores cosas se han visto. Sólo con esa intención de reflexionar por reflexionar y sabiendo que lo que diga no pasa de ser una opinión individual, aislar a los más pequeños y reclamar para ellos, al menos el mismo derecho que el que se concede a las mascotas, creo que no es mucho pedir. Si hay que pensar en el complemento de los collares para que no se escapen, entonces me callo porque no me gustaría agravar el gasto familiar hasta ese punto. Bastante hay ya con lo que hay.