Seguidores

domingo, 30 de diciembre de 2018

IRENE



         Acaban de comunicarme desde la organización a la que ella pertenecía ROSA SENSAT que Irene ha muerto. Así, sin más. Irene Balaguer Felip, hija intelectual de Marta Mata i Garriga que en paz descanse. Dos mujeres que son orgullo de Cataluña y de España, ambas presidentas del Consejo Escolar del estado español dedicaron su vida a la educación como primera militancia, aunque vivieron adscritas al Partido Socialista de Cataluña. Su prestigio personal hace que tengan que ser necesariamente un referente en la educación de este país y que aunque su cuerpo ya no esté, su memoria perviva cada vez que los educadores queramos pensar en la dignidad profesional y en el compromiso por la mejora educativa.
        
Conocí a Irene en el INCIE de Madrid en 1974 en unas Jornadas sobre la primera infancia y desde entonces hemos vivido unidos por el empeño en dignificar esta primera etapa de la vida, ella desde su privilegiada posición en Barcelona, siempre de la mano de Marta y todos los demás seguros siempre de que su colaboración para cualquier iniciativa sobre el tema tendría, sin duda, la inestimable colaboración de ambas. Yo confieso haber dicho muchas veces que la distancia más corta desde Granada era Barcelona, 1000 km, después Madrid, 500 y por último Sevilla, 250. No es por desmerecer a nadie pero hablar de Educación Infantil con Barcelona era saber que la sintonía y la comprensión estaban aseguradas. Esta foto que veis de Irene no es la mejor ni mucho menos, pero la tomé yo en un congreso en Murcia y tiene el valor de lo propio, el mismo que os quiero transmitir hoy sobre una persona valiosa para la educación de la primera infancia.

         En ese mismo congreso de Murcia fraguamos lo que después sería la revista INFANCIA, tanto en castellano como en catalán que en poco tiempo se convirtió en un referente del rigor y de la autenticidad sobre los contenidos ideológicos y educativos de los primeros años de la vida de las personas. Años después se llegó a publicar una versión para Europa y para el mundo entero con los más brillantes extractos obtenidos de nuestras propias versiones. La casa de Irene ha sido mi casa cada vez que hemos tenido algún acontecimiento en Barcelona, que han sido muchos y he asistido a algunos de ellos con la profunda confianza de que estaba en mi casa y con mis amigos intelectuales y personales.

         A estas alturas de la vida sé de sobra que un día nos moriremos todos y que hoy le ha tocado a Irene como hace unos años le tocó a Marta y como cualquier día me tocará a mí. Ningún dramatismo por tanto sobre el acontecimiento pero como el acto de sentir es libre y personal quise cuando Marta sentirlo mucho y hoy con Irene, más cercana a mí por edad y por vivencias comunes os lo comunico con todo el sentimiento de que soy capaz, aunque las lágrimas me las guardo para mi intimidad, para que quienes la conocisteis lo podáis compartir y quienes no, podáis saber que os habéis perdido el contacto con una gran persona, con una trabajadora infatigable en favor de la primera infancia y con una ambiciosa empedernida en encontrar las mejores ideas para aportar a este sector educativo.

         Espero que su familia pueda tener acceso a estas sencillas palabras que sabrán que salen de la cabeza de un amigo y de la autenticidad de un compañero que la ha respetado siempre como persona y que la valora hoy en su ausencia para que su memoria nos sirva a todos como acicate para saber que el camino es largo y que personas como Irene nos enseñan que no hay que desfallecer porque la primera infancia merece todo el esfuerzo que seamos capaces de poner a su servicio.
         Irene, querida amiga y compañera, tú no morirás mientras yo viva y siempre te tendré como ejemplo de dignidad profesional y de compromiso político en favor de los más pequeños.  


domingo, 23 de diciembre de 2018

INVIERNO


         Apenas hace unas horas que este invierno se ha instalo entre nosotros. Nada fuera de lo normal. Una vez más se cumple el ciclo de la vida y en este momento es lo que toca. Para mi si hay un cambio que quiero compartir. Es posible que me haya puesto hasta pesado con los días que iban ganando oscuridad y lo venía sintiendo casi con agobio físico. Este año lo he percibido en algún momento. Es posible que con el paso de los años cada vez se vaya uno pareciendo más a un niño. No me extrañaría. Lo cierto es que se asocia el sol y la luz natural con el jolgorio y la alegría y, por el contrario, la oscuridad con el recogimiento y la reflexión. El hecho de que los días más cortos del año coincidan con las vacaciones de navidad hace que sean las familias las que tengan que bregar con lo más oscuro del año. He salido alguna vez de compras y he podido constatar el creciente empeño del comercio por combatir la oscuridad con millones de luces.

         Este año especialmente parece que hemos tirado la casa por la ventana en gasto de iluminación artificial. Como si nos hubiéramos creído que la luz tiene alguna simbología con nuestro mundo interior, aunque solo se trate de unas cuantas bombillas. Quiero suponer que las nuevas maneras de iluminar no significan directamente más carestía porque estamos llegando a ciertas cuadraturas del círculo y somos capaces de iluminar más las ciudades con tipos de luz más barata. Muy cerca de donde vivo, Granada, es donde al parecer se produce el milagro. Un pueblo de Córdoba, Puente Genil se ha convertido en la meca de las iluminaciones. Empezó en su momento alineando bombillas normales y hoy goza de una potente industria de la iluminación extensiva con los últimos adelantos tecnológicos capaces de producir a gusto del consumidor más exigente los diseños más arriesgados que iluminan cualquier noche de España y hasta del mundo. Me alegro por mis vecinos y les deseo el mejor de los futuros.

         Quiero volver de todas formas a nuestro asunto persistente de preocuparnos por los menores  y ligarlos con la luz, de ahí el ejemplo manifestado, porque cada vez se ven menos pequeños por las calles. La prisa se nos ha metido en el cuerpo de tal manera que ya somos incapaces de andar con nuestros hijos tranquilamente por la calle e invertir el tiempo suficiente como para que ellos puedan mirar cada uno de los miles focos de atención que los llaman. Permitirles que se vayan parando en todo aquello que deseen, que toquen lo que necesiten y que vayan conociendo la vida por sus propias experiencias y a su ritmo. Somos capaces de diseñar los artilugios más modernos para facilitarnos la vida pero parece que a la vez nos negamos a disfrutar de ella utilizando el tiempo para satisfacer nuestra curiosidad y para gozar de todo lo que la realidad nos ofrece.

         Con lo cual vivimos en un contrasentido. Tenemos a nuestro alcance más elementos de gozo que nunca. He puesto como ejemplo el de la iluminación urbana porque parece que este año destaca de manera especial. Como si nos hubiéramos vuelto locos por la luz o por las luces pero curiosamente estas posibilidades no ofrecen como resultado un disfrute más pleno, sobre todo para los más pequeños en los que se nota especialmente la ausencia de tiempo disponible para el goce. Y es precisamente el tiempo el que nos puede y nos debe facilitar el goce. Todos los recursos nos sirven como la hierba a los rumiantes. Es importante que ingieran cantidad suficiente para llenar la panza pero si luego no son capaces de emplear el tiempo para rumiar lo ingerido, no se producir la alimentación. El exceso de luces como el aluvión informativo que nos llega a través de las redes sociales nos llena la mente de sensaciones que precisan de tiempo de digestión mental para que no nos convirtamos en seres repletos de datos pero vacíos por completo de elaboración mental indispensable para transformarlos en conocimiento. 
  

domingo, 16 de diciembre de 2018

INTERCAMBIO



         Más de una vez y siempre de manera injusta, los profesionales de la educación hemos lamentado entre nosotros que para ser padres no se necesite ningún examen. Es cierto que a veces uno ve lagunas en las familias que resultan inexplicables pero no es menos cierto que en nosotros mismos, a poco que nos analicemos, esas lagunas que censuramos o de las que nos lamentamos las vivimos nosotros mismos con nuestros propios hijos ante los que ya no estamos obligados a manifestar ningún disfraz profesional. Es más, también hemos llegado a comentar que no hay pequeños menos permeables a nuestras propuestas educativas que los hijos de compañeros. Es como si nos llegaran vacunados e impermeabilizados y fueran especialmente reticentes. Recuerdo una compañera que nos comentaba que su hijo adolescente le recriminaba con sarcasmo: ¡A ver qué dice la pedagoga! Y eso era lo que más le dolía a su madre.

         No digo que no tengamos razones para reaccionar de manera tan injusta y tan arrogante porque a lo largo de la jornada de trabajo uno ve cosas y situaciones que le resultan difíciles de digerir pero es que también es difícil aplicarnos como profesionales la autocrítica suficiente para entender que nosotros nos dedicamos a mirar a los demás pero al mismo tiempo formamos parte de ellos y cuando terminamos nuestro trabajo participamos  de los mismos vicios que denunciamos. Si hay una imagen que ofrezca como nadie la propuesta más justa de la vida afectiva y emocional es la de un mercadillo callejero. Todas las personas que se acercan, tanto si venden como si compran, lo hacen pensando que van a conseguir lo que buscan a buen precio. No creo que a nadie en un mercadillo le vayan a pedir otro certificado que no sea el de persona y allí se sabe como en ningún otro sitio que cualquier cosa tiene un precio y que hay que ingeniárselas por conseguir lo que uno busca lo más barato posible y eso se consigue regateando.

         Entre los pequeños la convivencia siempre es un regateo en el que cada uno intenta conseguir lo que quiere y sabe que tiene que ofrecer algo a cambio porque en esta vida nada es gratis. Sé que me repito como una comida indigesta pero es que hay vivencias que nos aleccionan de modo que nos sirven de paradigma para aclararnos nosotros y para explicar fenómenos que de otro modo nos las veríamos y nos las desearíamos. Cuando Alba y Fernando querían jugar a padres y madres todo era delicioso, pero no contaban con Cristian que se metió en medio y exigió ser el padre. Tuvieron que ingeniárselas haciendo que Fernando fuera el perro para que Cristian los dejara en paz y ellos se alejaron de su zona de influencia para seguir jugando, que era lo que querían, pero no como padre y como madre que hubiera sido su deseo, sino como madre y como perro para tener la fiesta en paz.

         Todo este juego de intereses elementales que están presentes en el comportamiento humano son los que configuran la convivencia y no están relacionados exactamente con los niveles culturales por más que la cultura tenga su importancia sino que forman parte del trasiego o intercambio en el que se fundamenta la vida. No es extraño, y creo que todos lo hemos vivido, encontrarnos a personas que no disponen de una gran cultura y que los vemos desenvolverse en la vida de forma superior. Y al contrario. También nos encontramos con personas de alto nivel cultural que no son capaces de salir de atolladeros familiares o sociales que la vida les pone delante y se les atragantan. El entramado de la vida no tiene una correspondencia directa con la estructura social de valores en la que nos desenvolvemos. Creo que es más sensato que nos acerquemos unos a otros con la conciencia de que todos tenemos algo que ofrecer y que todos sabemos que cuando uno quiere algo sabe que tiene que pagar un precio por ello y que eso no es un mal fundamento para la convivencia.


domingo, 9 de diciembre de 2018

ALEGRÍA



         Entramos en los días más cortos de luz y puede que sea por ese reino de la oscuridad por lo que hacemos los máximos esfuerzos en iluminar todos los espacios posibles como si fuéramos más fuertes que las propias leyes de la naturaleza. Lo cierto es que hacemos lo indecible para subvertir este tiempo oscuro y frío que nos invita a recogernos como ninguno y ante el que nos sublevamos como podemos a base de iluminación artificial y a base de jolgorio alcohólico y de comilonas. Los pequeños en este tiempo como en cualquier otro suelen ser los convidados de piedra que, como mucho,  son traídos y llevados de aquí para allá como si fueran muebles, sin ningún respeto para sus necesidades y obligándolos a que sigan la estela de los adultos dentro de sus carritos como si fueran muñecos de cartón piedra que se sacan a la calle para lucirlos o pesos muertos con los que hay que apechugar como un tributo que los adultos pagan a la vida para satisfacer sus deseos de convertirse en familias.

         Algunas propuestas sencillas quizá puedan aportar cercanía entre pequeños y mayores y satisfacción en las relaciones. Si son muy pequeños hay unas bolsas que cualquier adulto se instala a modo de arnés en donde el bebé puede ir pegado físicamente al adulto, calentándose con el contacto directo, casi piel con piel, siempre teniendo en cuenta que el pequeño mire a quien lo lleva que creo que es la postura que ofrece más seguridad y teniendo todo el mundo al alcance de sus ojos con sólo volver la cabeza. Si se trata de un carrito independiente conviene instalarlo de modo que el pequeño pueda acceder visualmente al adulto querido que lo lleva y lo trae, cosa que le dará tranquilidad y confianza. De otra forma perderá la referencia de la persona adulta con la consiguiente angustia y  desorientación. Si es dentro de la casa lo que verdaderamente importa no son las cosas de que el menor disponga sino la cercanía a las personas adultas y la integración en el conjunto familiar con que se le trate.

         El valor de los regalos, que los adultos asociamos a lo que nos cuestan en monedas a los pequeños no les importan lo más mínimo y sí, en cambio, les convencen o no en función de la relacción que crean con las personas adultas y en función del papel que le hacen desempeñar en el conjunto. Podemos gastarnos lo que queramos para sentirnos satisfechos pero nuestros menores van a intentar, sobre todo, sentirse incluidos en el conjunto familiar y que las cosas que se les regalan no signifiquen en ningún caso maneras de excluirlos del conjunto, cosa a la que suelen ser extremadamente sensibles. Por eso el mejor regalo que se le puede hacer a un menor es el de nosotros mismos, el de compartir nuestro tiempo con ellos, el de incluirlos en nuestra vida y el de integrar su progreso al del conjunto familiar y no considerarlos como apéndices al margen cuya función en el mundo es la de complicarnos la vida.

         Una hermosa propuesta, pasear con ellos, si es posible andando a su ritmo y permitiéndoles que descubran los espacios y las texturas de cada cosa con la que se encuentran, tanto si llegamos a algún sitio de destino como si no. Pequeños talleres en la casa con los alimentos de modo que desde que su capacidad lo permita aprendan a elaborar platos de ensaladas o de frutas picadas que después sirvan para alimentos de toda la familia. Son dos recursos que llenan de satisfacción o todos los que participan, que no cuestan dinero y cuya importancia es de muy largo alcance. Por supuesto no son los únicos pero sí indican que lo que importa en la relación con los pequeños no es lo que seamos capaces de comprarles sino la disponibilidad que ofrezcamos de compartir nuestra vida con ellos. No me resisto en ejemplificar el regalo impresionante que ofrece el abuelo en el que ha invertido media paga y que a los pocos minutos en los que todavía están los adultos alabando el contenido, el pequeño se lo está pasando pipa con el envoltorio de cartón. 


domingo, 2 de diciembre de 2018

REGALOS



         Tradicionalmente la Navidad daba comienzo en cuanto salíamos del puente de la Constitución y de la Inmaculada. No recuerdo en años anteriores más cercanos pero lo que sí sé decir es que acabamos de estrenar diciembre y ya estamos metidos hasta el corbejón en plena algarabía de nacimientos, de anuncios a cual más conmovedor, de iluminaciones callejeras que rebasan todos los límites de la prudencia. Desgraciadamente no es que me extrañe pero cada día me reafirmo más en la idea de que nos gusta más un foco que nada. No sé cómo lo hacemos pero de cada contenido, como es tan difícil llegar al tuétano, hacemos gorgoritos porque parezca que lo contemplamos cuando en el fondo lo que estamos haciendo es acariciar la superficie de todas las maneras posibles y, la mayor parte de las veces, el meollo de la cuestión se queda esperando tiempos mejores. El enorme problema de los desahucios en España, por ejemplo, todos hablamos de él, pero ahí sigue presente cada día como una plaga maldita que no logramos quitarnos de encima.

         El otro día hemos vivido un desgarro nacional cuando hemos conocido que una mujer ha saltado al vacío desde un sexto piso con un pequeño en brazos porque no ha soportado la presión de que fueran a desahuciarla a la mañana siguiente. Un golpe así de seco nos deja helados en el momento en que se produce porque nos pone delante de nuestros ojos el fracaso colectivo que significa. Pero al momento seguimos con la fiesta, con las luces, con el ruido..., con la parafernalia en definitiva, a sabiendas de que el drama sigue ahí presente y será cuestión de días que tengamos otro aldabonazo parecido hasta ver si en algún momento nos dedicamos a escuchar el verdadero sonido social que nos está interpelando y que nos empeñamos en no oír. Ayer miles de voluntarios se afanaban en recoger varios millones de kilos de alimentos no perecederos para repartirlos entre las familias más necesitadas. Y no está mal, pero yo siempre recuerdo aquel dicho de "no me des pan, ponme donde haya.

         Quizá nos hemos volcado demasiado en la cultura de la, de lo superfluo, del fogonazo del momento y nos hemos olvidado del verdadero progreso que se forja con el trabajo duro y seguramente poco brillante de cada día. Recuerdo los primeros años de la democracia en España en los que algún político mayor me contaba la cantidad de millones que había que invertir en infraestructuras y lo poco que la gente lo iba a valorar porque no se ven. Son dineros enterrados niño, me decía. Y no le faltaba razón al bueno de Juan Tapia, socialista de toda la vida. Pero eso es un peaje que hay que asumir porque los verdaderos progresos sociales no están en los miles de bombillas que son capaces de lucir para un evento como la Navidad que se alarga y se alarga y vamos a terminar ignorando cuándo empieza y cuándo acaba. El verdadero progreso está en que seamos capaces de lograr que esa persona con su pequeño en brazos encuentre una salida de vida antes que saltar por el balcón desde una sexto piso para terminar de una vez.

         Lo último que quisiera ser es un aguafiestas pero lo que no quiero es que nos sigamos deslumbrando con flores de un día y sigamos mirando para otro lado mientras se siguen pudriendo los verdaderos problemas que todos conocemos pero que preferimos pasar de largo y entontecernos con el ruido y la parafernalia para que no nos duelan demasiado. Sugiero un regalo que percibo en algunos discursos que no terminan de levantar la voz. Sabemos que 2008 fue un drama y que desde entonces, lo que se llamó a bombo y platillo reformas estructurales, porque algunos decían que desgraciadamente lo que había que hacer era trabajar más y ganar menos, ya se ha cumplido,  pero lo que hemos logrados es que la clase media, el principal sostén de cualquier estado del bienestar sea hoy más pobre que entonces y que haya más ricos que entonces. El regalo puede ser retomar un rumbo que se torció entonces y que nos tiene varados en el desconcierto. Regalémonos justicia, que tan cara se cotiza.


domingo, 25 de noviembre de 2018

COMPRAS



         Esta semana hemos vivido la explosión del VIERNES NEGRO, directamente llegada de los EEUU y parece que para quedarse. La incidencia es cada año más importante aunque no ha llegado al delirio producido en su casa madre, supongo que por aquello de que no suele tener color cuando se compara el original con la copia. También en esta copia, o sea en España, se ha introducido la variante de que en vez de Viernes Negro se ha convertido en Semana Negra por estirarlo un poco más. El fundamento es muy sencillo. Los comercios ya han vendido toda la moda que han sido capaces y se encuentran con grandes cantidades de producto que les ocupan los espacios. Hacen una campaña con precios muy apetecibles para que la gente les libere los almacenes en los que ellos puedan poner los nuevos géneros de primavera aunque a estas últimas ventas no les saquen más beneficio que el costo y disponer de liquidez para sus nuevos pagos.

         Y para todo este sencillo circuito comercial que podría ser explicado paso a paso y que la gente podría llegar a entenderlo, en vez de hacerlo así, montamos circos como si la realidad fuera como no es y en realidad sólo importara todo este subterfugio publicitario en el que todos nos volvemos un poco locos. En España esto se ha venido imponiendo con un criterio más cercano a la realidad y lo hemos venido conociendo como Rebajas pero sus fechas no coinciden con este aluvión que nos llega de EEUU y gracias a las nuevas tecnologías lo que está produciendo es que en el mundo exista un solo país porque es precisamente el que termina imponiendo su cultura de hecho. De ese modo vamos perdiendo nomenclaturas y costumbres particulares y nos vamos apuntando al carro hegemónico, si bien siempre como hermanos menores que sólo nos movemos al rebufo del caballo ganador. Perdemos particularidad y en algún sentido, sobre todo económico, ganamos universalidad.

         Esta realidad universal, en Latinoamérica se nota mucho más porque la cercanía y los intereses del gran líder EEUU es más visible y de manera mimética en muchos casos. Así todos de una manera o de otra vamos apeteciendo cada vez más convertirnos en yanquis, aunque en muchos casos seamos de pacotilla porque no tenemos las raíces que ellos reflejan ante el implacable dios del beneficio al que terminan sacrificándolo todo en última instancia y como no disponen de ningún soporte cultural en el que apoyarse, se inventan uno que pretende envolvernos a todos y que se llama dólar. De ninguna manera pretendo convertirme en puritano para defender los particularismos opresivos en los que hemos vivido casi todos y que nos han permitido mantenernos en la miseria hasta hoy. Estoy seguro que este aluvión comercial que nos invade trae consigo una ficción de poder que nos permite engañarnos y tener la sensación de que somos lo que no somos durante una semana, un día, un momento siquiera.

         A los más pequeños todo este berenjenal no les llega a través de análisis teóricos pero es indudable que participan de él porque están inmersos en sus efectos y van y vienen y viven al ritmo que imponen los nuevos tiempos y las nuevas costumbres. En realidad son los más permeables a las nuevas influencias hasta el punto de que son los primeros en aprenderlas y, si llega el caso, argumentarlas en el conjunto familiar para que todos terminemos bailando al son que convenga en cada momento. No hay más que pensar un poco en nuestras tradiciones, sobre todo los que ya tenemos una edad, y darnos cuenta de cómo están pasando al olvido muchos de nuestros esquemas de vida tradicional y de cómo vamos, andando cada vez más, al son de los nuevos del éxito y del deslumbrante fulgor de los fogonazos inmediatos. Seguramente no merece la pena lamentarnos porque si algo se pierde, seguro que va a ser reemplazado por otra cosa, pero sí tener conciencia de lo que nos va pasando para que la corriente no nos haga perder el norte.


domingo, 18 de noviembre de 2018

CINE



         A pesar de haber cruzado ya la barrera de los setenta, mi docencia empezó con el cine. Cada domingo tenía el encargo de preparar una charla - debate sobre las películas memorables de entonces ante unas doscientas personas que descubríamos paso a paso los entresijos del séptimo arte. Hoy sé que no era la primera ni mucho menos pero en aquel momento recuerdo la llegada del color a la pantalla para quedarse. Supongo que debe ser por eso por lo que el cine y sus posibilidades siempre ha entrado y salido por mi docencia. Los últimos años me he visto, además, adentrándome en la animación, en parte porque ejercía para los primeros años de vida y en parte también porque coincidía con la crianza de mi última hija, Elvira. Esta feliz coincidencia me ha permitido dedicar bastantes horas a ver algunos títulos, bastantes para ser sinceros, suficientes como para encarecer que este nuevo arte debe utilizarse como pieza importante en cualquier curriculum que se precie.

         Por sintetizar os acercaré tres títulos que de ninguna manera engloban la ingente  producción que hoy está disponible, pero que sí supone desde la alta calidad, mensajes diversos y llenos de atractivo para que los menores conozcan el lenguaje cinematográfico y sus enormes posibilidades en la educación. Es más, estoy escribiendo y me voy dando cuenta de que es posible de que también yo, que me las doy de moderno, estoy escribiendo para el pasado porque las inmensas aportaciones informáticas hacen que casi cada día se vayan aportando nuevas posibilidades suficientes como para hacer que personas que como mi Elvira nacieron con la informática en los dientes se comporten en la vida con unas claves que no tengan mucho que ver con las mías. En realidad lo compruebo cada día y a veces lo hablamos entre nosotros porque ella también se sorprende de mi torpeza en el manejo de las novísimas posibilidades que la vida le ofrece a quien se encuentre dentro de su ámbito de acción.

         HISTORIA DE UNA GAVIOTA Y EL GATO QUE LA ENSEÑÓ A VOLAR, EL VIAJE DE CHIHIRO Y MONSTRUOS S.A. Podríamos utilizar muchos más títulos pero estos tres me parecen suficientemente representativos. El primero porque se trata de una obra humanista del autor chileno Luis Sepúlveda que la escribe como novela de éxito y que él mismo acomete la ingente labor de ofrecerla en película asumiendo por su cuenta el proceso de animación. La segunda en la que la alta calidad gráfica japonesa se manifiesta al mundo consiguiendo un óscar para esta historia moderna donde las haya y a la vez encarnando las más arcanas costumbres japonesas con la calidad y clarividencia que la cultura de hoy es capaz de poner de relieve para que pueda ser conocida y gozada por el mundo entero. Y la última, una comedia americana que, a través de una historia trepidante y de inocente simplicidad es capaz de lograr montarse encima del gigante Disney y forzar, si no estoy equivocado, a una fusión empresarial con Pixar para mantener el imperio de la animación mundial.

         Esta reflexión no es más que un apunte sobre la modernidad en educación que viene insistir en la idea de que no se puede caminar contra el viento de los tiempos y que tenemos que entender que las puertas al campo no pasan de ser intentos ineficaces. Podemos, claro que sí, negar los tiempos que llegan, ponernos delante a sabiendas de que vamos a ser arrollados por la fuerza de la innovación, pero eso no nos va a suponer más que dolor, desdicha y hasta ignorancia. También podemos, y es lo que intento defender, dejarnos llevar por la vida que nos envuelve con su fuerza y desde el permanente riesgo de dudar de casi todo, avanzar con sentido crítico por los ámbitos de lo desconocido con nuestros pequeños que llevan los últimos hallazgos como marca indeleble en su frente y que tienen que encontrar un lugar en ese mundo nuevo. Podemos, eso sí, hacer que ese camino les sea más leve.


domingo, 11 de noviembre de 2018

VIVIR



         Hemos hablado de la abundancia de frutos a lo largo y ancho del otoño pero también podemos hacer referencia a las distintas maneras de aprender. No es lo mismo que nos dediquemos a contar los frutos, a leer sus componentes y los espacios donde más abundan, incluso a dibujarlos en un cuadernos y contar historias en las que estos frutos participen. Es una manera de conocerlos sin duda pero desde la lejanía. A final de septiembre, apenas empezado el curso podemos hacer que alguna familia nos aporte una caja con varios kilos de uvas a la que podemos dedicar un buen rato cualquier mañana y pisarla aquellos que quieran, recoger su zumo con un color tan desagradable y hacer que lo vayan probando aquellos que se atrevan para que se den cuenta del sabor de privilegio que se obtiene del pisado de la uva. Es posible que algunos lo hayan vivido con sus familias pero en primera persona las experiencias tienen siempre un valor añadido inconfundible.

         Desde este primer rito otoñal de la vendimia podemos subir hasta la navidad con las castañas asadas, unas veces llevando frutos más raros que muchos ni van a conocer y no estaría de más que saborearan, como almencinas, majoletas, serbas, acerolas, o azofaifas y otras trabajando mezclas exquisitas como la del boniato con el membrillo cocido a fuego lento con una rama de canela dentro, un buen trozo de piel de limón y otro de naranja y azúcar al gusto hasta hacer que ambas frutas se ablanden y el caldo se empiece a convertir en puré. Todas las veces que lo hemos experimentado en clase los niños han sido reticentes a probarlo porque no forma parte de su dieta habitual ni los frutos son frecuentes en los mercados del barrio pero siempre hay alguien que los conoce y habla bien de ellos lo que nos sirve como palanca para introducir un nuevo sabor en sus vidas y una exquisitez que no tienen a su alcance fácilmente.

         Que la escuela sea un centro del saber a través de libros, de cuadernos, de lápices y de ceras de colores está bien y nos permite unos niveles de conocimiento nada desdeñables pero si estas formas más o menos lógicas de aprender las acercamos un poco a la realidad y las mezclamos con los olores, los sabores o las texturas de los mismos elementos que estamos estudiando el resultado no tiene punto de comparación. Yo no sé qué tiene de malo disponer de un sencillo infernillo en la clase que nos permita realizar sencillas mezclas de disfrute inmediato y de manejo sencillo. El experimento de los tres estados del agua es muy gráfico y tarda poco en producirse y siempre parece magia cuando no es más que el efecto del calor, primero sobre unos cubitos de hielo hasta conseguir el agua y si seguimos, hacer que el mismo agua se evapore y que veamos la nube de vapor subir y comprobar cómo el recipiente se queda completamente vacío en un espacio de diez minutos más o menos, antes de que su atención se disperse.

         Una vez que la costumbre de usar el infernillo con cierta frecuencia, el camino se construye solo porque cada día puede haber un reto nuevo que experimentar y desde luego arrancar con la idea de que los pequeños sean capaces de probar sabores nuevos es algo que cuesta en un principio como todo lo nuevo, pero no significa más que falta de costumbre que se va resolviendo a medida que las experiencias se van incorporando al saber del grupo y podemos contar episodios de cómo pasó con la vendimia, el sabor agridulce del boniato y el membrillo o el caldo espeso del potaje de castañas y lo que nos costó guardar las castañas asadas el día anterior sin que nos las comiéramos. Ciertamente unos resultados van a ser más atractivos que otros pero todos van a formar parte de ámbitos nuevos de conocimiento que no formaban parte de ellos y que en la medida que se hagan presentes en la clase podremos hablar de ellos como frutos de nuestro esfuerzo de grupo.


domingo, 4 de noviembre de 2018

FRUTOS



         Hay una estación en el año que destaca sobre todas por la abundancia y por la diversidad de frutos y es el otoño. Cuando yo era pequeño un  grupo de niños subíamos a lo más alto del campanario de la iglesia el día de los santos y allí permanecíamos tocando a muerto dos día y dos noches. Eran toques cortos y cada media hora. Los llamábamos "doblar a muerto". Una parte del grupo se paseaba por el pueblo pidiendo viandas para abastecernos porque no íbamos ni a nuestras casas. Esta pequeña letanía era el reclamo al tocar en las puertas:
Los angelotes,
del cielo venimos.
Uvas y melones,
de todo pedimos.

         Cada familia nos regalaba lo que buenamente podía pero las canastas llegaban al campanario llenas. La fiesta terminaba normalmente en el cuarto de baño porque nos atiborrábamos sólo de frutas, cosa a la que no estábamos acostumbrados y las diarreas aparecían con frecuencia. Por las noches convivíamos con las lechuzas que anidaban en los recovecos de las partes más altas y salían y entraban de noche para sus rapiñas. Nunca he tocado un plumaje más suave ni he percibido un vuelo tan silencioso como el de estos hermosos animales, siempre huidizos y huraños.

         Es un ejemplo vivido durante los años de mi niñez, sólo como ejemplo de lo fácil que es en otoño acceder a cualquier tipo de fruta. El último fin de semana de septiembre todavía queda una hermosa tradición en Granada que consiste en llenar de tenderetes el centro, la Fuente de las Batallas, con los primeros frutos de otoño: nueces, castañas, acerolas, azofaifas, serbas, almencinas, majoletas, membrillos, boniatos, caquis... Es verdad que cada año hay menos y en cambio se sustituyen por chucherías industriales que tienen mucho menos sentido, pero algunos procuramos no faltar a la cita y comprar los frutos que no suelen venderse en los mercados normalmente y que me recuerdan cuando en grupo nos íbamos al campo a la salida de la escuela y nos subíamos a los árboles y nos llenábamos los bolsillos de almencinas por ejemplo, que eran las más ricas y luego ahuecábamos una caña a modo de canuto o cerbatana de unos 20 centímetros de larga y allí metíamos los huesos y nos los lanzábamos unos a otros como juego con una gracia muy relativa porque el que recibía los proyectiles maldita la gracia que le hacía. Y si era el maestro..., para qué te cuento.

         Reconozco que éramos un poco mayores pero me sirve el ejemplo para que os riáis un poco y para reforzar la idea de que el otoño es la estación de los frutos y reclamar que la escuela no se mantenga al margen de la vida en la medida que pueda porque cuesta poco reclamar a las familias pequeñas aportaciones de frutas de la época y plantear una mañana de trabajo con los pequeños para recordar la estación y saborear frutas que pueden ser hasta desconocidas para ellos porque la vida nos ha traído por vericuetos que hay cosas de la naturalezas que hemos perdido casi por completo. Puede ser muy educativo en cualquier momento hacerlas presentes, probarlas incluso los que se atrevan. En nuestras escuelas es una institución la Fiesta de Otoño, con su fuego en el patio para asar castañas y para compartir las aportaciones de las familias durante un buen rato aunque luego la comida sea sólo de ensalada porque la barriga ya va bien servida.
         Comprendo que cada espacio tendrá sus circunstancias particulares y no todos tenemos por qué hacer las cosas del mismo modo, pero me parece positivo que la escuela no se componga sólo de libros, de papeles y de materiales ajenos a la vida que pasa cerca de nosotros. Creo que mancharnos de vida, hacer que la escuela se manche de vida es una hermosa manera de invitar a los pequeños a que participen del festín que la vida encierra siempre, sobre todo en determinados momentos como en los otoños fecundos..


domingo, 28 de octubre de 2018

CORDÓN



         Parece que a medida que pasa el tiempo y la sociedad nos ofrece más posibilidades materiales nos vamos volviendo más frágiles, más dependientes , sencillamente el atiborramiento de información inmediata nos impide la paz imprescindible para rumiar y digerir todo lo que nos llega. El otro día conocimos el drama de un señor que se dejó en el coche a un pequeño de algo menos de dos años que tendría que haber llevado a su cole como cada mañana. Cuando volvió al coche por la tarde el pequeño estaba muerto. A él le dio un patatús y han tenido que ingresarlo para que se recupere. Cuando todo esto se nos va diciendo sin ningún análisis resulta que nosotros mismos nos vamos acostumbrando a recibir en bruto las noticias y nuestra capacidad de análisis o de digestión se nos embota y al final nos insensibilizamos. Estos días hemos vivido unas tormentas que han inundado varios pueblos vecinos y hemos visto cómo la fuerza del agua se llevaba cualquier cosa por delante. Pues algo así.

         Los equilibrios son siempre difíciles y hemos de asumir errores porque la propia vida es un tanteo permanente y porque el conocimiento o la madurez no tiene otra vía de producirse que a base de errores. No arriesgarse a vivir es una manera de esconder la cabeza bajo tierra como los avestruces y pensar que a base de negar los problemas vamos a superarlos cuando lo único que consigue este comportamiento es hacernos más frágiles y pusilánimes ante cualquier dificultad de las miles que la vida nos pone por delante.  Tampoco sería prudente abandonar a los pequeños en medio de los vendavales para que aprendan a valerse por sí mismos sin los imprescindibles apoyos adultos para que vayan logrando su fortalecimiento. Sé que el equilibrio es muy delicado porque unas veces te pasas y otras no llegas, pero hay que asumir esas limitaciones y salir a la vida cada mañana con la conciencia de nuestras limitaciones pero con nuestra determinación a flor de piel.

         En nuestra escuelas cada otoño y cada primavera decidimos   dormir fuera de las familias y con su grupo, al menos una noche. Con el paso de los años se ha convertido en un clásico. Le hemos llamado COLONIAS por llamarle algo. Hemos experimentado salidas de playa, de sierra y hasta, según me comentó Manuel el año pasado, pasar la noche en su propio cole, iniciativa que propuse reiteradamente y no se me aceptó en aquel momento y parece que él ha conseguido, por fin. Me alegro por los pequeños y por él. Estoy seguro que habrá sido una vivencia muy particular que el grupo se dé cuenta que sus espacios de cada día tienen otra vida que no conocían cuando se iban a su casa cada tarde. Una razón más para darnos cuenta de las posibilidades que cualquier secuencia de la vida no puede ofrecer si miramos lo mismo de siempre desde otro lugar.

         Sé que la vida es muy variada y cada día más. Es posible que muchos pequeños hayan experimentado la sensación de dormir fuera de sus padres, pero seguro que no la de dormir con todo su grupo. Para mí, por ejemplo, uno de los momentos más fuertes era siempre la hora de despertar sin que sus referentes espaciales o personales sean los que tienen cada día. Me parecía como si tuvieran que construir la vida con otros parámetros. Siempre era un riesgo y seguro que lo sigue siendo y en todos los grupos se escapaban algunas lágrimas a las que teníamos que acudir al momento porque en ese caso, los referentes habituales se habían perdido y no había repuestos a su alcance. Crecer es algo emocionante, pero nadie dijo que fuera gratis. Hay que dejarse la vida en ello y no siempre tenemos los agarraderos que necesitamos a nuestro alcance. Más de una vez nos sentimos perdidos. El reencuentro con las familias es sencillamente apoteósico. Todos hemos crecido un poco y hemos pagado nuestro precio por ello.


domingo, 21 de octubre de 2018

CIUDAD



         Ya sé que a estas horas el texto tendría que estar editado pero es que acabo de llegar de la calle porque la ciudad está tomada por un importante grupo de personas que participan en un paseo por la DIVERSIDAD. Lo organiza ASPROGRADES, que es un referente en Granada porque atiende a unos 300 discapacitados y hoy están convocados para pasearse por la ciudad, lucir las camisetas correspondientes para que la ciudadanía los conozca, pasar por los distintos puntos de control estratégicamente colocados en donde les sellarán las tarjetas de participantes que han adquirido por 5 euros cuando se han inscrito y gozar de esta maravillosa mañana de otoño con sus familiares recorriendo las calles. En la meta, el premio se sorteará dividiendo el tiempo de los primeros y el de los últimos porque no se trata de competir. En cada control gozarán de refrescos, de desayuno saludable y sobre todo, del placer de sentirse importantes viviendo semejante iniciativa.

         Granada es un acontecimiento en cualquier momento pero a las 9 y media de la mañana, hora en la que me he personado en el punto de salida en el Paseo del Salón junto al kiosco de la música era una delicia. No había coches apenas y las familias iban llegando con los ojos pegados todavía, pero decididos a compartir con los discapacitados, familiares o no, que eran los verdaderos protagonistas, esta forma de recorrer la ciudad, conocerla un poco más y sentirse dueños de ella todos juntos. Me he agenciado un buen repertorio de fotos para inmortalizar el acontecimiento aunque aquí no os puedo mostrar más que estas pocas, que me parecen suficientes para poneros los dientes largos. Como dato os diré que el autobús 11, que es el que me ha acercado al punto de salida, el único viajero que llevaba en su interior, aparte del conductor naturalmente, era yo. Me daba hasta pudor ir ocupando todo el espacio.

         Las ciudades, aparte de ser espacios habitados más o menos grandes, Granada es más bien mediana, pueden ser al mismo tiempo todo aquello que se quiera de ellas siempre que se promuevan iniciativas diversas y los poderes públicos, como en este caso, colaboren para que el desarrollo se produzca con la debida protección y con las garantías de seguridad que se necesiten. La organización no ha pretendido ocupar las calles ni dificultar el tráfico normal, pero siempre un importante grupo humano, sobre todo tan particular como el que configura este acontecimiento, necesita algún refuerzo y la policía local junto a un importante plantel de personas voluntarias, aparte de dar colorido al trayecto, aportan niveles de seguridad y complementan las indicaciones estáticas para que nadie se despiste y los distintos puntos de control puedan ser visitados por los participantes a lo largo de toda la mañana, que no hay prisa.

         Este cronista que os habla, que ya tiene una edad y algún que otro achaque, se conforma por esta vez con contaros el acontecimiento, que no es poco. Como colofón, mientras estoy obteniendo las fotos, alguien me dice: ¡Tú eres Antonio! ¿No me conoces? ¡Yo soy Paula! Y una vez más la vena sensible de quien os habla se despierta porque recuerdo a Paula, que forma parte del grupo de voluntarios con su camiseta amarilla fosforito y a su hermana Marta, que ahora es cantante y a su madre Alicia, que tiene un gusto espectacular para vestir, de modo que va por la calle y todo el mundo la mira, yo creo que con envidia, y a su padre Manuel España, que es el cantante profesional de la familia por el que parece que no pasan los años. Nos damos un abrazo entrañable, recordamos cuando yo era el maestro de la escuela Belén y ella y su hermana dos pequeñas alumnas que descubrían el mundo desde aquella plataforma viva. Me emociona que este texto tenga la frescura palpitante de lo inmediato. De hecho todavía no habrá terminado el paseo y quien esté leyendo esto, ya está participando de él de alguna manera.


domingo, 14 de octubre de 2018

PRIORIDADES



         Parece cruel pero hemos tenido que esperar hasta 2018 para que los políticos se hayan comprometido en ofrecer una plaza escolar pública de 0 a 3 años a cualquier familia que lo solicite. Ni siquiera sabemos cuánto puede significar de gasto este servicio porque jamás se ha experimentado. Es terrible en las condiciones en que están viviendo y creciendo los menores de 3 años. Disponen de una plaza escolar pública alrededor del 20% de los que lo solicitan. El resto pasa su tiempo en brazos de abuelos, algún familiar caritativo, con sus padres si no trabajan o en cuchitriles sin muchas condiciones de habitabilidad porque la administración no ha podido ponerse muy seria en cuanto a las condiciones que debe exigir a los locales que abren sus puertas porque hasta el momento no ha considerado prioritario hacerse cargo ella misma de este profundo problema social. Hoy se acaba de declarar la intención de hacerlo si por fin se logran aprobar los presupuestos que se están preparando para el año próximo, que ya veremos.

         Todo es cuestión  de prioridades. Los gobiernos administran el dinero de todos y pueden dedicarlos, por ejemplo a salvar los bancos, como en su día lo hizo el gobierno español o pueden dedicarlos a ofrecer a las familias una plaza pública para sus hijos menores de 3 años si así lo estima oportuno. De la enorme cantidad de necesidades sociales, en cada momento se eligen aquellas que se consideran prioritarias. Seguramente todas  pueden ser perfectamente legítimas pero las consecuencias son muy distintas si se eligen unas u otras. Un puesto universitario es muy importante y nos cuesta a todos un importante montante económico, a pesar de las tasas que pagan los estudiantes, pero nunca he podido entender la razón de por qué los menores de 3 años no pueden ser medidos por el mismo rasero salvo constatar así, por encima, que los menores no votan, cosa que es cierta. Pero no creo que sea por eso. Técnicamente, desde luego, no tiene explicación.

         Nuestras cuatro escuelas en Granada son públicas, pero no estatales, sino municipales. Aparecieron en los primeros ochenta siguiendo el hermoso ejemplo de Barcelona que a su vez lo importó de Regio Emilia en Italia. En la vida casi todo sucede así: unos nos inspiramos en otros y unas veces mejoramos y otras metemos la pata, que de todo pasa. Lo cierto es que aquellas experiencias municipales no se extendieron. En Andalucía hemos sido los únicos. Y eso que nunca hemos sido completamente gratuitos. Nuestra familias han pagado todas su plaza aplicando una fórmula sobre los ingresos de modo que quien gana más, paga más y quien gana menos paga menos. Yo creo que nada es perfecto en este mundo pero parece que no lo han visto las familias demasiado mal porque su preocupación fundamental no es lo que deben pagar sino conseguir una plaza, cosa desdichadamente casi imposible en muchas ocasiones. El ayuntamiento ha hecho sin duda un gran esfuerzo económico pero las familias también han aportado su parte. Lástima que el estado no ha querido hasta el momento participar en esta hermosa labor cuando debería, pienso yo, haber sido el primero.

         Me alegro de que por fin los esfuerzos económicos del presupuesto público para 2019 se hayan acordado de los menores de 3 años y espero con fervor que terminen aprobándose, cosa que no se ve fácil porque son muchos pasos los que faltan todavía para garantizarlos y muchas las zancadillas que le quedan por recibir porque ya les están llamando suicidas y otras lindezas por el estilo, aunque espero que no sea por las migajas que pretenden aplicar al ciclo de 0 a 3 años. Si por fin se lograra un acuerdo tendríamos el privilegio de conocer cuáles son las necesidades reales que tiene España, no para escolarizar a todos los menores de 3 años, que eso nadie lo ha pedido, sino para garantizar una plaza pública a las familias que lo necesiten, que es de lo que se trata y con lo que empezaríamos a darnos con un canto en los dientes por fin.


domingo, 7 de octubre de 2018

INDIGNACIÓN


         El asunto me resulta abominable. Desgraciadamente es muy frecuente y todos somos un poco responsables, unos más que otros naturalmente, pero el resultado me viene indignando desde que empezó a enseñar la patita, allá por 1983. Virginia, la responsable del Centro Ocupacional de discapacitados intelectuales que presido desde que me jubilé de mi trabajo con los menores de 6 años, me pide consejo porque en la clase de su hijo  Martín de tres o cuatro años hay un compañero un poco autista que con frecuencia no controla sus esfínteres. La maestra espera con impaciencia que la administración mande una persona de refuerzo para que se encargue de la limpieza y no termina de llegar. Cada vez que sucede llama a la madre para que lo limpie y la madre ha tenido que dejar su trabajo porque se ha repetido en varias ocasiones. Mientras llega la madre el niño es apartado del grupo. En vez de responderle buenamente monto en cólera porque este asunto, que se repite una y otra vez aunque Virginia no lo sepa, me parece denigrante para todos.

         Desde que empezamos a trabajar con pequeños, allá por 1978 ya teníamos el problema del control de los esfínteres como un asunto de primer orden. Nunca hemos dejado de atender este servicio porque hemos pensado que formaba parte de la educación como cualquier otro tema y todos nos hemos responsabilizado de atender a la limpieza de los pequeños con la misma intensidad que cuando hemos jugado con ellos o cuando hemos salido de paseo por la calle o cuando nos hemos enfrentado a la comida puesto que todos comen en la escuela porque sus familias trabajan. Sencillamente este tema del control de esfínteres ha sido un capítulo educativo como cualquier otro. Cuando se inventó en España la Educación Infantil, en el Congreso de Barcelona de 1983 para sustituir a la antigua Preescolar, la administración se emperró y logró dividir la etapa de 0 a 6 años en dos ciclos, de 0 a 3 y de 3 a 6, cosa que algunos insistimos sin resultado que sería fuente de conflicto y división en aquel presente pero sobre todo en el futuro.

         El modelo nos venía de Italia y allí ya estaban funcionando las batas azules que eran personas que no necesitaban ser maestras, cuya función era la de ayudar, no ser tutoras y sobre todo cobrar menos, que yo creo que era lo más importante para la administración. En aquel momento el problema no era muy grande porque la mayoría de los pequeños empezaban su escolarización a los 4 años. Hoy, con el descenso de natalidad y el aumento de los servicios tenemos capacidad para escolarizar a todos los de tres años y hasta de menos. El problema de los esfínteres se ha resuelto a base de ayudantes de refuerzo en cada ciclo que las tutoras reclaman cada vez que algún pequeño lo necesita, con lo que hemos creado de hecho dos categorías de docentes: los tutores, que cobran más y atienden los programas educativo y los auxiliares o limpiaculos en lenguaje chabacano pero real que cobran menos y que están a lo que ordenan los tutores.

         Todo este entramado que creo que ya he explicado en alguna otra ocasión es para decir que la limpieza de los pequeños o cambiarle los pañales no le corresponde a los tutores del grupo sino a los ayudantes con lo que, aparte de ser una aberración técnica que cualquiera que conozca este trabajo no puede sostener porque todos los momentos de contacto son de un valor primordial y el del cambio de pañales es uno de los importantes, la propia imagen de que los pequeños vean diferencias de trato entre profesionales según los servicios que reciben de ellos es muy poco edificante. No es verdad que haya servicios de primera y otros de segunda y si un pequeño necesita en un momento que se le cambie de ropa cualquiera debe ser capaz de responsabilizarse antes que someterlo a la humillación de llamar a su familia y dejarlo tirado como un apestado mientras tanto. Creo que el asunto merece sobradamente una indignación. 
      

domingo, 30 de septiembre de 2018

PROTAGONISMO



         Hay secuencias definitorias que uno ha vivido y que le es imposible sacarlas de la memoria. Nunca dejo de recordar que en mi pobre escuela de pueblo había un ridículo cuarto de baño que estoy seguro que fue pensado para los alumnos y que sólo usaba el maestro. Tenía su llave correspondiente, que usaba solo él, mientras los niños orinábamos en plena calle de manera habitual. Nadie, que yo sepa, levantó la voz en ningún momento para poner las cosas en su sitio en todos los años que permanecí en la Escuela. Sé que no es más que un ejemplo pero es que así eran las cosas entonces y en alguna medida siguen siéndolo hoy todavía. Decir que los niños deben ser los protagonistas de la escuela sólo es una frase pero o logramos que eso sea así o la escuela no sirve. Lo podíamos aplicar a otros órdenes de la vida como hospitales o consultas de muchos tipos pero nos quedaremos con la escuela, que es nuestro objetivo.

         Parece de Pero Grullo decir que un pequeño asiste a la escuela o que asiste a su escuela pero la diferencia es como entre el día y la noche. No quisiera ser simplista pero es que hay cosas que se ven a ojos vistas. Tú miras a la cara cómo llegan los pequeños a su escuela por la mañana y puedes conocer en gran medida lo que se vive dentro. Cuando en muchos momentos hemos diferenciado nuestra docencia, que han sido muchos, con la docencia tradicional, siempre he dicho a las familias que miraran los ojos de sus hijos cada mañana cuando se acercaban a la escuela. Unos días han sido de gloria y otros de sufrimiento pero siempre han sido ellos los protagonistas y han estado seguros en todo momento de que ellos eran actores fundamentales de lo que pasaba allí dentro. Esta noción tan simple significa para los pequeños la seguridad de que la escuela es de ellos y que ellos son una pieza angular del acontecer diario.

         No sé si será demasiada credulidad o inocencia pero sí que he experimentado que entre Pepito y un alumno o entre Mari y un alumna hay todo un mundo perfectamente diferenciado. Los apellidos: Rodríguez, López..., ofrecen un cierto carácter militar que siempre me puso los pelos de punta. En Octubre de 1959 llegué a los Maristas por primera vez con mi beca bajo el brazo y me encontré en un inmenso patio con otros 1500 compañeros. A través del altavoz nos iban nombrando a los nuevos para clasificarnos. Recuerdo perfectamente haber escuchado mi nombre y no me moví porque no podía asumir que el que sonaba  fuera yo. A lo largo de la primera mañana todos terminamos distribuidos pero yo no podía pensar que nadie supiera que yo estaba allí si no me miraba o si no me hablaba. Nunca sentí ese colegio como mío y siempre me sentí un invitado, aunque al padre Marcelino lo sigo llevando en mi corazón porque con él me sentía una persona. Me hubiera aprendido el mundo entero si me lo hubiera pedido.

         La diferencia entre una escuela a la que uno se acerca para servirla y otra a la que uno se acerca y la siente suya y está convencido de que está dispuesta para servirte a ti es esencial desde el primer momento. Sería ridículo decir que con eso basta porque el trabajo y el esfuerzo de cada día es esencial en todos los casos, pero la motivación que se produce entre una institución que tú sientes que te ignora y otra a la que sientes como tuya no tiene color. La primera idea ha sido titular este texto ALEGRÍA pero tampoco me ha parecido que fuera lo que yo quería transmitir. En la vida hay momentos alegres y otros no tanto pero lo que verdaderamente importa es encarar unos y otros sabiendo que la institución que te alberga, la escuela, te incluye en sus fundamentos y te trata como una pieza fundamental de su función en la sociedad a la misma altura que los docentes o que las familias, pero nunca como un apéndice que se mueve al son que alguien toca.