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domingo, 29 de diciembre de 2019

REQUISITOS



         El planeta es cada día más pequeño. Los que vivimos en esta parte del mundo en la que vivir es una decisión y cada vida es como un mundo vamos tirando del carro de una serie de valores: los nombramos, los ordenamos y los establecemos como patrones. Luego vivimos más o menos con ese patrón de comportamiento que hemos diseñado y podemos incluso interiorizar que lo que hemos establecido significa que la realidad queda marcada por esas señales. Pero la experiencia nos dice que eso no es sino una ilusión que apenas comprende una parte del mundo que no llega ni a la mitad.  Después viene el tío Paco con la rebaja y nos pone delante de los ojos un carrito metálico recogiendo chatarra que nos ocupa el espacio de las magníficas aceras que nos hemos dado. ¿Quién es capaz de explicar dónde y cómo vive esa gente que empuja el carrito, que nos ocupa el espacio y que se cruza con nosotros cada día y nos deja el característico olor de llevar sabe dios cuántos días sin ducharse? Y son ciudadanos de la Unión Europea. Ni siquiera los podemos acusar de inmigrantes y están aquí de pleno derecho.

         No digamos los que de vez en cuando nos llegan en alguna patera. El otro día pude ver por la tele una compuesta a base de mujeres con bebés o embarazadas. Nuestro mundo de traje y corbata no es el único que existe. Justo al lado se encuentra el gran océano del hambre que nos mira con deseo y que en cuanto puede se cuela entre nosotros porque hasta nuestras migajas les parecen deseables. Y nos asustamos de ver a tantos y empezamos a decir que hay que poner muros y que cada uno en su casa o que no hay pan para todos y que primero estamos nosotros y otras lindezas por el estilo. Yo mismo recuerdo que hasta dentro de mi país pude vivir la emigración algunos veranos en los que necesitaba conseguir fondos para seguir mis estudios y más de un compañero se atrevió a decirme que iba a robarles el pan de sus hijos. Y me sentí herido para siempre porque hay cosas en la vida que no se olvidan.

         Un bebé aquí es una decisión, por eso están tan caros y nacen tan pocos. Significa una revolución sin precedentes y se mueven como verdaderos monumentos a la vida, rodeados de servicios, si bien las necesidades siguen siendo muy superiores, y con un nivel de garantía muy alto, ¡ya era hora¡. Pero este mundo es mucho más. Un bebé también es una violación sistemática como botín de guerra, a sabiendas de que tanto el hijo como su madre van a quedar marcados de por vida porque la religión en la que viven así lo estipula. Y no es uno ni dos ni mil sino números de vergüenza que ni siquiera queremos nombrar, como si ignorándolos ya no hubieran existido. O son producto de un trato entre familias a través de matrimonios concertados en los que madres con nueve o diez años empiezan a ejercer de esposas a la espera de que la naturaleza las ponga a punto para traer toneladas de hijos que cubren con un manto de ignominia el terreno en el que viven. Algunas pueden llevar las marcas del ácido en la cara porque por un momento se atrevieron a ser libres cuando no estaba permitido por su cultura.

         Todo este tipo de situaciones tan dispares conviven amalgamadas dentro del mismo planeta como si este mundo que es uno por más que queramos levantar muros, nos muestra realidades tan dispares que casi no nos reconocemos como miembros de esta misma vida. Yo vivo esperando ansiosamente que se produzca una repatriación de algún inmigrante de los miles que pueblan la Costa del Sol que apenas dista 200 kilómetros de donde vivo. No, no nos engañemos. No sobran los negros ni los latinos ni los musulmanes. Los que sobran son los pobres, como siempre. Hoy les encontramos una excusa para intentar que no nos rocen si es posible pero en todos los tiempos y en todas las culturas los pobres han sido un estorbo. Ni se les estudia ni salen en los cuadros que adornan los museos. Algún día, espero, abriremos los ojos y nos daremos cuenta de que los que vivimos debemos poder usar de las posibilidades que garantizan la vida y la hacen más digna, tanto si vives en Doha como si acabas de cruzar el Estrecho en una patera en brazos de tu madre.


domingo, 22 de diciembre de 2019

ADELAIDA



         Voy ya un poco tarde pero es que no me puedo resistir a contar. En definitiva para eso monté este blog. Es verdad que los asuntos van referidos sobre todo a la educación de los más pequeños. Bueno, hoy es la historia de una familia que a lo largo de 21 años nos ha venido prestando a sus cinco hijos porque han creído en nuestra en nuestra forma de crianza. Mi relación ha sido, sobre todo con Adelaida, la madre y ella es la protagonista. No habrá más nombres. No hacen falta tampoco. Yo necesito contar la secuencia porque os juro que estoy impactado, si bien a mi edad es verdad que nada te extraña ya en gran medida. Lo que no quiere decir que esté uno de vuelta de todo. En mi caso, ni mucho menos. Sobre todo porque ahora que me siento más libre me dedico a escarbar en mi interior para encontrar los aspectos más profundos. Los selecciono lo mejor que puedo y, como en este caso, los saco a la luz por si sirven de muestra para que alguien, como yo, pueda entender la futilidad de la vida un poco mejor. No sé si es posible crecer en sabiduría pero intentarlo no me parece un vano empeño. Y en eso estoy, mientras el cuerpo aguante.

         La historia es como sigue: Llego el día 20 por la mañana al Colegio Público Sierra Nevada a recoger, junto con otras tres entidades sociales del barrio del Zaidín, unas ayudas que nos han preparado en unas preciosas cajitas rojas y que nosotros agradecemos intensamente, no tanto por el valor económico, que también, sino por lo que significa de implicación de la infancia en los problemas reales del barrio y por su interés de colaborar en lo posible con los más necesitados. Como yo siempre llego temprano, me siento a esperar donde me dicen hasta que llegue el momento de la entrega. Me encuentro a una alumna que tuve con su gemela y que ambas están haciendo prácticas en el centro. Me da mucha alegría, aunque sé que implica que en mi vida hace ya mucho tiempo de casi todo.

         Se me acerca un señor, el compañero de Adelaida, con el que tuve también mucha amistad y por las mismas razones que con ella. Recuerdo que en su tiempo nos reíamos porque ambos trabajaban en el departamento de psicología social de la Universidad de Granada y proponíamos poner en la escuela una sucursal con ellos y sus cinco hijos. Empezó Adelaida a parir hijos y ellos empeñados en que querían una hija hasta que llegaron a cinco. Nos reíamos mucho porque al paso que iban les faltaba cada día menos para crear un club de fútbol. Aquí me quedé y desaparecí de sus vidas después de haber vivido 21 años en contacto con la familia porque aunque los mayores iban saliendo, siempre había un pequeño que ocupaba nueva plaza con todos los honores de hermano casi interminable. Todos los hermanos en las escuelas públicas tienen más puntuación por el argumento de reagrupamiento familiar. Con toda la confianza refrescada lo saludo y le pregunto por la familia por si ha aumentado y por los mayores, que seguro que vuelan solos ya.

         Con toda la claridad de la lengua castellana me dice que Adelaida murió el verano pasado por efecto de un cáncer de útero que se la llevó en unos pocos meses. Me quedo de piedra. Le digo que me ha dado el día y automáticamente me da vergüenza y le doy mi pésame porque estoy seguro de que ellos se quedarían mucho más de piedra que yo. Me sigue contando que a partir del suceso la familia se ha tenido que adaptar y que los mayores están dando la talla, asumiendo tareas que están a su alcance y recomponiendo por completo las responsabilidades porque la vida sigue y hay que salir adelante con la nueva situación que se ha creado, una vez que Adelaida ha desaparecido. Nos despedimos con toda la cordialidad del mundo y aquí me tenéis, colgado de la noticia, comentándosela a cualquiera que me encuentro a ver si a base de repetirla termino asumiéndola y, ahora, a vosotros. Será el tiempo que pasó sin que nos relacionáramos, o no sé lo que será, pero Adelaida la tengo en el cuerpo, sobre todo su sonrisa.


domingo, 15 de diciembre de 2019

NATALIDAD



         Esta semana ha salido la prensa en tromba proclamando por las esquinas que la tasa de natalidad ha sido en España la misma que en 1941. Tal como se ha contado parecía un lamento, una amenaza de cataclismo y poco más. No dudo que la realidad sea la que se dice, lo que no entiendo es por qué nos extrañamos de algo que tenemos delante de los ojos cada día y nos negamos a ver. Para que aumenten los habitantes de un país hace falta algo tan elemental como que los adultos lo  quieran. Quiero pensar que no habrá que andar explicando que no es cierto lo de la cigüeña y que los pequeños nacen cuando sucede un cúmulo de cosas completamente naturales y que significan sobre todo un compromiso con la vida no inferior a veinte años y de ahí para arriba. Sin cumplir esta premisa cómo nos vamos a quejar de que no nazcan nuevos bebés. Hemos alcanzado un nivel de necesidades que hay que satisfacer para comprometernos. Antes nacían niños como churros: las mujeres se pasaban media vida embarazadas y la mortalidad infantil campaba a sus anchas. Hoy los requisitos para un nacimiento han subido algunos peldaños y hay que disponer una serie de servicios públicos que requieren inversiones que todavía no se ofrecen.

         Lo último que quisiera es que mi discurso sirviera de alarma o de reproche. Lo que digo es que las cosas siempre pasan por algo y que a la vez que nos estamos rasgando las vestiduras porque nos faltan niños, ponemos todas las trabas del mundo para  adoptarlos y cerramos las fronteras a cal y canto como si nos fueran a invadir. Da la sensación de que queremos una pescada muy gorda y que pese muy poco y eso no existe en el mercado. Hemos alcanzado cotas de bienestar en las que cada persona se siente libre para organizar su vida sexual, por ejemplo, sin tenerla que ligar directamente a la reproducción, lo cual significa una auténtica revolución que tantos países quisieran, pero que lleva aparejado un importante descenso de los niveles de responsabilidad hacia la crianza de los hijos si no es en unas condiciones nuevas en la que todos, mujeres y hombres, debemos involucrarnos por igual y los servicios públicos deben satisfacer algunas de las  necesidades que la crianza de los hijos lleva consigo.

         Que haya muchos nuevos nacimientos puede ser muy bueno para un país pero hoy sabemos que tenemos que valorar muy bien cuáles son los precios que hay que pagar por ello. Tradicionalmente han sido las mujeres las que han arrastrado con la responsabilidad de la crianza hasta el punto de que los machos hemos llegado a asumir que eso era lo natural. De hecho, en más de medio mundo todavía es así. Pero una serie de países han alcanzado la posibilidad de disfrutar del sexo cuanto quieran sin que se hayan de producir embarazos. Cuando se asume la aventura de la paternidad se valoran las necesidades sociales que traen consigo y se exigen servicios públicos adecuados que siguen faltando y se asume que la responsabilidad de la crianza es de toda la familia y no sólo de la madre. Todo esto trae consigo que un nuevo ser no sea ya en muchos sitios producto una noche loca, ni un coito a destiempo ni desmanes por el estilo sino un planteamiento conjunto y formando parte de un proyecto de vida en el que queda incluido el nuevo ser que llega con una serie de necesidades debajo del brazo y en el que todos debemos involucrarnos.

         Las necesidades de afecto que vamos dejando sin cubrir se manifiestan en nuevas formas de soledad y se hacen visibles socialmente en la cada día mayor presencia de mascotas que vienen a sustituir ausencias de compromisos con más implicación por nuestra parte. Una mascota, a fin de cuentas, no es más que un hijo de rebajas, con el que cabe disponer de un compromiso pero que te pide menos implicación personal que un nuevo ser humano. Hemos ganado sin duda en condiciones materiales y en medios para nuestro desenvolvimiento personal pero no hemos ganado tanto en madurez y cada día nos conformamos con menos a la hora de afrontar el imprescindible compromiso con la vida. Creo que cada día estamos un poco más solos y más desamparados.


domingo, 8 de diciembre de 2019

PLANETA



         Lo hemos tenido en casa esta semana. Desde hace unos treinta años ya se viene avisando que este planeta está en peligro, que nos habíamos tomado tan a pecho que somos los amos del mundo que podía llegar el momento en que la capacidad del planeta se viera desbordada por la acción del ser humano y nos viéramos abocados al desastre puro y duro. Que todavía estábamos a tiempo pero que teníamos que ir tomando medidas contra la contaminación desbocada. Se está pasando el tiempo y me temo que los cambios de vida imprescindibles para el sostenimiento de la vida se van alargando entre las tímidas medidas por una parte y la arrogancia de unos pocos poderosos que se empeñan en que aquí no pasa nada y que los científicos y los pusilánimes no hacen más que dramatizar una situación que no llega a tanto. Lo cierto es que el tiempo pasa y nos vamos acercando irresponsablemente al punto de no retorno a base de argumentos engañosos y sin tocar nuestro cómodo nivel de vida que  nos permite no entender que el mundo nunca fue nuestro y que solo somos una parte del conjunto y tenemos deberes ineludibles que nos empiezan a agobiar.

         Cuando hace unos años vivimos el tsunami del sudeste asiático, que en un rato dejó un reguero de miles de muertos, comprobamos el poder de las fuerzas de la tierra y la pequeñez y fragilidad del ser humano. Las señales no han parado y todas nos hablan de que nos estamos pasando y mucho, suponiendo que estamos en la cumbre del poder cuando nunca fue cierto y cada vez lo es menos, de modo que si no nos planteamos un cambio de vida radical, más pronto que tarde nos vamos a ver abocados a entender la realidad a base de experiencias cada día más dramáticas y más fuera de nuestro alcance. Madrid ha sido el último encuentro mundial para reflexionar sobre los cambios que cada día son más urgentes porque las posibilidades de supervivencia se acortan por momentos en la medida en que escuchamos con sordina las señales que cada día nos llegan con más nitidez. La primera es que los países más contaminantes, EEUU a la cabeza, se empeñan en negar el dramatismo de la situación y no hay modo pacífico de que entiendan que tienen una serie de obligaciones para con el conjunto proporcional al poder que ejercen de manera irresponsable.

         Originalmente el asunto es muy simple. A cada persona nos debe corresponder la misma medida de poder por el hecho de haber nacido. Pero esto es algo que nunca ha sido verdad y que los imperios que en el mundo han sido: Egipto, Roma, España, EEUU, o los que puedan venir en el futuro, han creído que ellos eran más que nadie y que su fuerza era la verdad, sencillamente porque lo decían ellos. Así hemos llegado hasta aquí, con el mismo nivel de sordera del que a lo largo de los siglos hemos hecho gala. Es una forma de vivir basada en la ley del más fuerte y es la misma que rige todavía hoy. Parece que nuestro destino inexorable es el abismo y que no hay forma de eludirlo desde el momento es que el que lleva la voz cantante no es capaz de darse cuenta de que su poder no debe ejercerlo en su beneficio sino en el del conjunto, lo cual sería completamente nuevo en la historia porque no tenemos ejemplos en contrario. Los tenemos y muchos por parte de los sufridores pero en ningún caso por parte de los hegemónicos.

         No sé si suena a pesimista mi discurso. Lo que pretende ser es lúcido y que nos sirva para entender que el poder, tanto político como personal como del tipo que sea, no puede destinarse a gozar de privilegios sino a cargarnos de responsabilidad y a aportar salidas dignas para el conjunto de seres que nos rodean. Esto ha debido ser así desde el principio de los tiempos pero la realidad es tozuda y nos dice reiteradamente que no ha sido así y que los más fuertes han puesto las leyes que les han convenido en cada momento y que lo siguen haciendo hoy. En Madrid se han acordado medidas sensatas de control del derroche y de buenas intenciones para el futuro de la vida. El problema es quién le hace entender a los poderosos depredadores que se encuentran en la cima del poder que ellos deben ser los que marquen el camino y servir de espejo donde el conjunto nos miremos.


domingo, 1 de diciembre de 2019

SALUD



         A lo largo de esta semana mi amigo Ignacio me ha preguntado a través de un mensaje si me pasa algo porque el domingo pasado se quedó sin mi texto correspondiente, sencillamente porque yo estaba hospitalizado. Es la primera vez en mi vida que esto me pasa pero se me ha puesto por delante una apendicitis, me ha doblado de dolor y he recabado en urgencias sin más remedio. Si hubiera sido joven y sano hubiera sido cuestión de media hora de quirófano y un par de días de recuperación pero a estas alturas de mi vida, ni lo uno ni lo otro. He pasado siete días en una cama pública, maravillosamente cuidado con todo lujo de profesionales a cual más competente, como todos los enfermos internados, para limpiar mi cuerpo de la infección que él mismo ha producido para defenderse de la agresión de la apéndice inflamada, por medio de una punción en el punto del dolor para extraer el líquido indeseable allí creado y una fuerte dosis de antibióticos. Todo ello sin probar bocado ni líquido los cuatro primeros días por si había que operar de urgencia, cosa que no ha sido imprescindible, por ahora.

         El resumen del episodio es que he salido del hospital el miércoles pasado y he decidido que esperaba hasta este domingo para aparecer ante vosotros, dar las explicaciones correspondientes, tranquilizar a quienes se hayan preocupado demasiado, aunque ya puede verse que nadie es eterno y que un día u otro, aparecen incidencias contra las que uno no puede hacer gran cosa más que seguir las indicaciones médicas y confiar en que la solución, si es que la hay, aparezca lo antes posible y uno pueda volver a su normalidad. He comentado varias veces el chiste del abuelo que se muere y llega al cielo. Lo recibe San Pedro y empieza a celebrar la de cosas buenas que se va a encontrar en cuanto cruce la puerta y el abuelo calla y escucha con atención. Cuando San Pedro termina su relato el abuelo le responde… - Si todo eso está muy bien…, pero… como en la casa de uno… Pues eso.

         He pensado en las secciones de niños hospitalizados y en la imposible manera de pasar el rato a la espera de que las dolencias remitan y la desesperación de las largas horas de espera se resuelva de cualquier manera. Para los pequeños es un drama incomprensible pero para los familiares que les acompañan no lo es menos porque, aparte de estar con ellos, que no es moco de pavo, poco pueden hacer para influir en sus procesos clínicos, muchas veces sin solución. Como dato, a los pocos días de tomar yo posesión de la habitación 922 de Hospital Virgen de las Nieves, antiguo Ruiz de Alda, héroe franquista de nuestra guerra civil, apareció Pablo en la de enfrente con sus noventa años a cuestas y con no sé qué dolencia en su cuerpo y con su Alzheimer en el espíritu. Lo que sí sé es lo claro que se le escuchaban las voces a grito pelado llamando a su madre en cuanto alguien osaba tocarlo. Corroboré una vez más lo que se oculta en los lugares más profundos de nuestro cerebro y cómo cuando queremos conocer nuestros recuerdos esenciales, tenemos que retroceder a nuestra infancia porque allí están sin duda.

         Nunca me he visto tan bien atendido y con tantos medios materiales a mi servicio, es cierto. Lo he dicho mientras estaba encamado y lo repito ahora que el episodio forma parte de mis recuerdos aunque mi capacidad gustativa no se ha recuperado todavía, no sé si por efecto de la medicación o por alguna razón que desconozco. Lo creo de verdad y lo valoro en lo que vale, que creo que es mucho. Eso no obsta para que el muñequito, de los muchos que mis hijas me han creado para definirme, que mejor define mi estado de ánimo a la salida hasta mi casa sea este que os dejo aquí como muestra del estado de ánimo con el que retomo la vida, a sabiendas de que somos frágiles y no sabemos qué nos depara el mañana. En el lecho del dolor he cumplido mis setenta y tres años y, por tanto, más temprano que tarde tendré que verme de nuevo ante la próxima botana que me tenga reservada la vida y espero asumirla con entereza y humildad como parte del proceso natural, pero me alegro mucho de estar de nuevo con vosotros.


domingo, 17 de noviembre de 2019

FRÍO



         Hemos tenido una entrada de otoño en la que las noticias eran de sequía. Cada día nos mostraban pantanos con menos de un veinte por ciento de agua. En este momento la media España del norte se encuentra con más de cien carreteras secundarias cortadas y con un metro de nieve. Y seguimos, porque hoy se espera lluvia a base de bien. En Granada las noches ya bajan de los cero grados y puede que mañana esté Sierra Nevada hasta arriba de nieve. Los programas meteorológicos se han convertido en estrellas porque en vez de contarnos lo que pasa nos lo venden. Hasta del tiempo hemos hecho un espectáculo. Me consta que bastante gente es capaz de ignorar las noticias pero se plantan delante del televisor y no se pierden ni un detalle de lo que cada cadena es capaz de mostrarnos sobre el tiempo. Pienso en aquellos mapas hechos a mano y las tizas de Mariano Medina.  Me da ternura cuando los comparo con los que se muestran hoy con evoluciones en directo de los vientos, de las isobaras o de las previsiones bastante precisas a tres días vista.

         Cada vez se ven por la calle más abrazaderas en donde los pequeños de menos de dos años van colgados de sus familiares calentándose con los calores corporales de sus mayores. Me parece una magnífica idea y no creo que exista un sistema de abrigo más natural y equilibrado que el cuerpo y los latidos de la persona que me cuida. Recuerdo que nos trajeron una bolsa para transportar a mi hijo el mayor que hoy tiene cuarenta y siete años y cómo íbamos por la calle haciendo gentes como si estuviéramos ofreciéndole al niño algo del otro mundo. Lo que conocemos como modernidad no ha llegado para anular aberraciones en las que hemos caído pero sí permite que convivan al mismo tiempo distintas culturas sobre. En los setenta se nos quiso hacer creer que el aceite de girasol era mejor que el de oliva, sencillamente porque los Estados Unidos no sabían qué hacer con su superproducción. A los niños había que operarlos de anginas a la primera de cambio porque quitar las anginas, al parecer, era mejor que mejorar los cuidados. Estuvo en profunda crisis la lactancia natural supongo que para aprovechar mejor el tiempo de sus madres, que por entonces empezaban a incorporarse al mercado de trabajo.

         Lo que quiero destacar es la de vaivenes que somos capaces de dar poniendo de moda determinadas costumbres y adornándolas debidamente de argumentos sesgados, sencillamente porque en cada momento somos capaces de defender lo que interese, tanto si el fundamento en el que nos basamos es sólido no. La cultura de la libertad que ahora disfrutamos, al menos en el país que vivo, permite que no se imponga un solo discurso y que seamos capaces de ser diversos en nuestros fundamentos y en nuestras prácticas. De vez en cuando se ven por las calles carritos de bebés perfectamente rosas o azules dependiendo de los inquilinos que llevan dentro y se simultanean con las abrazaderas. Yo tengo claro cuál es mi opción como he explicado unos renglones atrás, pero me quiero felicitar porque en el cuidado de los pequeños como en cualquier otro aspecto de la vida podamos cruzar verdades de índole diversa sin que ninguno se tenga que sentir con la verdad ni tampoco marginado por el hecho de ser distinto.

         He puesto el ejemplo de la información meteorológica porque me parece paradigmático de a dónde se puede llegar a base de exagerar un tema, sencillamente por el hecho de que la gente pueda estar más interesada en él. Tenemos que aprender que la diversidad, tanto en conocimientos como en cualquier otro orden de la vida es una riqueza sin paliativos y que tenemos que aprender a vivir en la diversidad, sencillamente porque en la vida somos diversos y el hecho de serlo y de que aprendamos a vivir como diversos es una de nuestras mayores riquezas. Nunca faltan corrientes integristas de la índole que sea, que buscan uniformarnos porque el enemigo para ellos tiene que existir y es el otro, el que no es como yo. Hoy el mundo es suficientemente pequeño como para que necesitemos aprender que todos tenemos cabida en nuestra admirable diversidad y sin necesidad de que nadie se crea más que nadie.


domingo, 10 de noviembre de 2019

OTOÑO


         Ahora no hay escapatoria. Las primeras nieves, el cambio de hora que hace que empiece a anochecer a las seis de la tarde, el contacto con los cero grados de madrugada, signos todos inconfundibles de que el otoño nos ocupa de pleno. Para mi gusto nos adentramos en los dos meses más tristes del año pero eso va en gustos. Tampoco falta quien celebra ese dominio de las sombras aunque no sea mi caso. Es cierto que, incluso para mí, esta estación tiene aspectos de belleza incomparable. Debería ser obligatorio pasearse por la Alpujarra y gozar de esas gamas de amarillos, rojizos y marrones increíbles que cada familia de árboles nos pone delante de los ojos antes de que el invierno termine con el ciclo vital y todo quede desnudo hasta que pasen unos pocos meses y la vida se muestre de nuevo en todo su esplendor. Lo primero que habría que calibrar con los pequeños es que el frío que se va apoderando de todos les debía permitir moverse. Muchas veces resulta agobiante verlos completamente abrigados y sin poderse mover.

         El propio cuerpo es perfectamente capaz de generar calor si dispone de suficiente movimiento. Eso no impide entender que hace frío y que debemos cubrirnos para sobrellevar las temperaturas, la lluvia y los demás accidentes meteorológicos que nos cubren cada día. En esta ciudad, Granada, sabemos bastante de fríos porque la estación lo impone pero también porque apenas a 30 kilómetros del casco urbano, se encuentra Sierra Nevada, Sulair de los musulmanes, que ahora se cubre de blanco hasta bien entrada la primavera, aunque hay umbrías que no terminan de deshelarse en todo el año  y el viento que nos llega de la nieve nos hace movernos todo el invierno en contacto con los 0 grados y de ahí para abajo. Los pequeños deben conocer con su cuerpo el lugar en el que viven y aprender a desenvolverse con esas características. Por encima del frío los pequeños van a querer jugar porque en ello les va la vida. Esto tenemos que saberlo y disponer para ellos espacios y tiempos para que lleven a cabo su asignatura por excelencia: el juego.

         Dentro del  aula he tenido predilección con disponer de una cocinita pequeña que nos sirviera para ofrecer los resultados de las transformaciones más elementales que, por más sencillas que nos parezcan y que lo son, la mayoría de .los pequeños no las han presenciado. Los ciclos del agua están al alcance de la mano y seguro que todos los conocen de manera aislada pero lo que dudo que hayan experimentado es echar en un cazo unos cubitos de hielo, verlos cómo por efecto del calor se vuelven líquidos en unos minutos y dejarlos calentar de nuevo y que se conviertan en vapor delante de sus ojos y, una vez que el vapor se acaba darnos cuenta de que el cazo está completamente vacío. Lo he realizado muchas veces y siempre impacta porque todo sucede en pocos minutos. La humilde realización de una tortilla es otro de los ejemplos que impresionan. El estrellar el huevo, batirlo delante de sus ojos y que vean cómo cambia de textura y de color para convertirse en una rica tortilla que termina repartida y degustada en pequeños trozos. Esos experimentos caben en cualquier época, pero el otoño es especialmente rico en  sabores al amor de la lumbre.

         En nuestro cole hay varios caquis que son la delicia de muchos ahora que maduran y que pueden ser degustados a placer. En las pruebas de cualquier tipo hay que tener manga ancha porque hay quienes se vuelven locos con lo nuevo mientras que también hay quien no acepta probar nada que se salga de su rutina de cada día. Un membrillo troceado y mezclado con los trozos de un boniato y hervidos con agua abundante, una rama de canela y azúcar al gusto puede ser un manjar de dioses para quien lo acepte de buen grado. O asar unas castañas, pelarlas y dejarlas de un día para otro y al día siguiente cocerlas también con agua abundante, una rama de canela y azúcar al final del cocido, una vez que el caldo espesa y se convierte casi en un puré. El otoño ofrece opciones abundantes para conocer sabores y descubrir que la naturaleza es siempre una sorpresa, estemos en la estación que estemos.

domingo, 3 de noviembre de 2019

COLONIA



         En nuestro programa de trabajo había dos momentos, primavera y otoño,  en los que salíamos de colonias con todo el grupo. Al principio era de lunes a viernes, lo que significaba un esfuerzo muy notable, tanto más cuanto que al lunes siguiente había que estar de nuevo al pie del cañón. Reflexionando en grupo descubrimos que el objetivo que pretendíamos, que era que durmieran juntos y lejos de sus familias, lo podíamos alcanzar con dos días y una noche, con un importante ahorro de energía para nosotros. Salíamos un jueves por la mañana y volvíamos el viernes por la tarde. Seguramente ese ahorro estaba directamente relacionado con que nos íbamos haciendo mayores y dosificábamos mejor nuestras capacidades físicas. Pero el principal objetivo se cumplía. Eso era verdad. Me pasé muchos años proponiendo al equipo que me permitieran pernoctar en el mismo cole para que viviéramos la experiencia de no cambiar de espacio, aunque sí de actividad. Siempre se votó en contra y me quedé con las ganas. Años después, mi compañero Manuel Ángel lo ha conseguido. Me alegro por él.

         Cuando se trabaja en grupo hay que asumir que las ideas no basta con tenerlas sino que deben ser compartidas por la mayoría para que el grupo las asuma. Esto es una de las cosas que más trabajo me ha costado interiorizar. Ya es difícil tener una idea pero el verdadero problema estaba en persuadir a los compañeros y no siempre se tenía la paciencia necesaria. El resultado era que cuando una cosa se hacía era del grupo y el grupo en su conjunto respondía de ella, pero también que muchas ideas podían no llegar a realizarse por problemas personales si quien las proponía no gozaba de las simpatías de la mayoría o no la defendía con la consiguiente capacidad de persuasión. Llegaba a resultar injusto y hasta desesperante, pero nadie dijo nunca que trabajar en grupo fuera fácil y si alguien llegó a decirlo no sabía bien de lo que hablaba. He conocido casi todos los niveles de trabajo en nuestra empresa y me siento muy satisfecho por ello, pero ha sido a base de constancia porque mi ímpetu muchas veces despertaba recelos y no era suficientemente persuasivo.

         Otro día nos detendremos en la vida en grupo pero hoy no me resisto a contar la experiencia de la zorra, que pasan los años y no se me va de la cabeza. Habíamos ido de colonias de otoño a Ermita Vieja en Dílar, a unos 20 kilómetros de Granada. Por la tarde, con las linternas en la mano, salíamos de paseo antes de que anocheciera y en un recodo del camino nos sentamos para hacer una asamblea y hablar de lo que veíamos. Estamos dando las primeras palabras y vemos salir a una zorra que se planta en medio del camino por el que habíamos subido y nos mira descarada. Nos quedamos impresionados y callados como muertos. La zorra camina hacia abajo, se acerca a la linde del camino y orina en la hierba. Nos vuelve a mirar y sigue andando hacia el otro lado. Vuelve a orinar y nos mira de nuevo. Repetía la operación y nosotros no abríamos la boca. A los pocos minutos llegó a una curva y desapareció. Alguien dijo: Está buscando novio. Y seguimos nuestro paseo porque la luz del día se iba y teníamos que iluminarnos con las linternas, que era nuestra intención.

         Seguramente de cada colonia tendremos recuerdos de impacto que a poco que hagamos memoria afloran. En su momento cada uno de ellos supuso una experiencia que hizo que cada colonia se diferenciara del resto. Cuando salían de nuestro cole de Infantil, los pequeños habían vivido hasta seis colonias, lo que supone un arsenal de experiencias nada desdeñable. Cada uno podrá hablar de las que más le hayan impresionado pero yo mantengo en el recuerdo la secuencia de la zorra por dos razones. Por parte de la zorra porque nos mostró claramente lo que quería hacer y los pequeños la entendieron. Por parte de todos, el silencio sepulcral que se produjo en aquellos breves minutos, cosa nada fácil, que nos permitieron seguir a la zorra en su cometido hasta que llegó a la esquina y siguió su camino dejándonos a todos con la boca abierta.


domingo, 27 de octubre de 2019

INCLUSIÓN



         Las noticias doblan su valor si son directas, recientes y de primera mano. Acabo de acondicionar las fotos que me han parecido más apropiadas y me siento delante de la pantalla del ordenador para daros cuenta del acto que ha inaugurado a las 10 de la mañana el Alcalde de Granada. Se trata de la 6ª Marcha Asprogrades por la Diversidad. Acabo de dejar a los participantes con su paseo otoñal gozoso y me he venido a cumplir mi compromiso semanal conmigo mismo y espero que también con muchos de vosotros, para que os llegue calentito. Supongo que dentro de unas horas, otros informativos más objetivos darán cuenta del acto, como debe ser. Digamos que esto es una confidencia entre amigos, casi familiares, que no busca tanto hacer crónica sino valorar la importancia de que unos cientos de personas con necesidades específicas y sus familias inunden una serie de calles de la ciudad, se hagan presentes para el resto de los ciudadanos y manifiesten con su presencia que el espacio público mejora si estamos todos y que la diversidad no es una limitación sino una riqueza.

         El contenido es ni más ni menos que promover la diversidad como riqueza y la forma es la de un paseo por una serie de calles acotadas entre el Quiosco de la Música en el Paseo del Salón y la sede de Asprogrades junto al Palacio de los Deportes. En medio, una serie de tenderetes por los que hay que pasar y que te sellen la hoja de control, aprovisionarte en ellos con lo que te ofrezca cada uno, (la imagen ofrece el de la Fuente de las Batallas en el que se puede retirar un rico bocata de Pan de Alfacar con aceite de oliva virgen extra de los Montes Orientales). En otros puntos de control ofrecerán otras propuestas, todas livianas y que contribuirán a que la mañana de este domingo se convierta en una secuencia de vida en la que Granada aparezca más diversa. El Alcalde ha tenido la amabilidad de estar en el punto de salida a las 10 de la mañana y a cada pequeño grupo de caminantes les ha ido deseando un feliz paseo, cosa que la organización le ha agradecido.

         Valorar un acto tan sencillo no es más que mostrar dónde quiere poner este que os escribe el acento sobre lo que merece destacar y lo que no. No vais a encontrar en el recorrido ni competición ni record ni figuras espectaculares que nos impresionen por alguna razón al resto de los ciudadanos. Vais a encontrar, eso sí,  pequeños grupos de personas, grandes, pequeñas, bastante distintas entre sí en aspecto y en capacidades, que toman la ciudad, que la hacen suya y que nos dicen con su presencia que el espacio público es de todos y que cuanto más distintos seamos los que lo vivamos, más calor tendrá el conjunto. Como sabéis, a Granada no le faltan monumentos que mostrar a quien la visita, que cada día son más, afortunadamente. Pero esta mañana ha lucido con luz propia uno que luce como el que más y ha sido el de su gente, joven y vieja, en zapatillas o en carrito pero todos formando parte de un mismo cuerpo social que nos enriquece. No sólo es digna de ver la Alhambra y tantos otros monumentos como encierra Granada. Sus ciudadanos son también un monumento vivo que pasea por sus calles esta mañana.

         La lección que quiero dejar a quien se acerque y lea este texto es que juntos y todos valemos más que cada uno separado de los demás y mirándonos de reojo con desconfianza. También que esta lección tan sencilla pero tan profunda al mismo tiempo está al alcance de cualquier colectivo que se lo proponga y pague con el esfuerzo de organización el precio de su presencia. Es importante que nos metamos en la cabeza que todos juntos valemos más y somos mejores que uno más uno, más uno.. que, a fin de cuentas no es más que un conjunto de soledades repetidas hasta el infinito. Había sonrisas esta mañana dignas de inmortalizar, no por la relevancia social de quienes la mostraban, sino por la hondura de su gesto y su valor dentro del conjunto dispuesto a comerse la ciudad. Argumentaría hasta morirme el valor de la diversidad pero os animo a organizar algo parecido y a que lo sintáis vosotros mismos en primera persona.


domingo, 20 de octubre de 2019

PENSAR


         No me voy a cansar nunca de insistir que, en educación como en tantos órdenes de la vida, no hay forma más idónea de optimizar las capacidades que encontrar el viento a favor de las capacidades personales y aprovechar el impulso que nos motiva a actuar siguiendo nuestras inclinaciones. De no ser así todo se convierte en una guerra sin cuartel, en una historia de desdichas y en unos resultados por el que se paga el precio de la amargura de vivir, que me parece excesivo en todos los casos. Me ratifico en los argumentos de la semana pasada, en los que cada día creo más y mejor y hoy intento dar un paso más en el camino de seguir los fluidos naturales no conduce más que a resultados gozosos, a los que cada pequeño se entrega con entusiasmo, estimulantes porque es lo más hermoso de nosotros mismos lo que se manifiesta y permanentes porque las vivencias que vamos experimentando, lejos de darnos miedo o pereza, lo que producen en nuestro interior es que se materialice lo mejor que tenemos en sentimientos y es aspiraciones. Es posible que los paraísos se encuentren al alcance de nuestras manos.

         Hablamos de la palabra como de la principal fuente de lenguaje y como vehículo indispensable para estructurar el pensamiento. Sabemos lo que somos capaces de pronunciar y no hay forma de conocimiento que no pase por poner palabras a cualquier hallazgo al que podamos acceder por intuiciones. Es posible que la luz del progreso nos llegue por cualquier vía instantánea, es cierto. También es cierto que sabemos muy poco de cómo nuestro cerebro termina por inclinars4e por un camino y no por otros cuando razona, pero del mismo modo es verdad que cada hallazgo no es tal hasta que no somos capaces de transformarlo en palabras y lo comunicamos a los demás. Cuando nos encontramos con alguien de tres años enfrascado en interminables soliloquios ligüísticos consigo mismo estamos en presencia del manantial de donde brotan las ideas.

         Creo incluso que lo que la escuela tendría que favorecer es que todas las personas fuéramos capaces de dar rienda suelta nuestras capacidades fonéticas aunque las aulas parecieran manicomios o jaulas de grillos, sencillamente porque ese jolgorio incomprensible con el que se comienza, poco a poco se va convirtiendo en una fábrica de palabras, de frases, de ideas en definitiva. Inexplicablemente para la lógica científica somos capaces de sacrificar el gozo de vivir, que es lo más grande que nos puede suceder por conseguir unos escuálidos objetivos mínimos a los que logramos acceder con miles de desigualdades personales, dejando por el camino toda nuestra alegría de vivir y aprendiendo con la mayor desdicha que hemos venido al mundo a sufrir y que lo que logramos a través del sufrimiento es lo que vale. Yo siempre pensé que cualquiera que viera llegar a nuestros pequeños con esos ojos que perece que se les van a salir de las órbitas, consciente de que llegan a un espacio de vida que los espera con fe en ellos.

         Ayer acompañé a mi hija Elvira a una extracción de sangre. En la sala de espera crucé la mirada con Miguel, síndrome de Down, acompañado de su madre, que llegó para lo mismo. Inmediatamente nos reconocimos, nos sonreímos y nos saludamos como si nos hubiéramos visto ayer. Según comentó su madre, Miguel había cumplido 30 años y yo lo tuve con 4 y 5. Le vi los mismos ojos de alegría y el encuentro nos alegró la mañana a nosotros y al resto de los que esperaban su extracción en completo silencio y cada uno hablando consigo mismo a través de sus móviles, última manera que hemos inventado de estar solos. Cuando me fui escuche que Miguel le comentaba a su madre: ¿Has visto que Majo? Mientras ella le pedía que hablara más bajo y la gente parecía que había despertado. Cuándo nos vamos a enterar que la palabra es la vida y que al principio fue el verbo, que el verbo estaba en dios y que el verbo era dios y que Jesucristo no fue más que el verbo hecho carne.  

domingo, 13 de octubre de 2019

HABLAR



         En el momento de la vida en que el desarrollo intelectual se produce a base de hablar y de moverse, la escuela dice a los pequeños siéntate y calla. No sé en qué momento pero esta frase la he usado en alguna otra ocasión. Desde que la fragüé, hace ya muchos años, se ha convertido en un santo y seña profesional que me orienta y que me indica por dónde no se debe ir. Hemos hablado de la lectura y de la escritura y de las perversiones que la estructura escolar ha llegado a tener como referentes aceptables, como leer 60 palabras por minuto, para enfrentarse a primero con apenas seis años de edad. Y nos hemos quedado tan panchos. El lenguaje se lee y se escribe pero, sobre todo, se habla. Y aquí de lo que se trata es de que los pequeños aprendan a inhibir las irresistibles tendencias comunicativas hablándose y moviéndose para alcanzar en cada uno la insoportable condición de isla que, una vez asumida con mucho esfuerzo, estaremos lamentando el resto de nuestra vida. Sé que parece endiablado, pero es que lo es y no quiero edulcorarlo por nada del mundo.

         Entre los 0 y los 3 años, las personas somos una fábrica de desarrollo muscular. Es irresistible el deseo de conocer cada músculo y de ponerlo en movimiento en toda su capacidad. Nos resulta casi insoportable a los adultos, sencillamente porque ya pasamos esa etapa hace muchos años. Pero en vez de comprender esa situación y tratar de encontrar posibilidades para que los pequeños pongan los suyos en movimiento como están exigiendo con todas sus fuerzas, que sería lo lógico y lo razonable, lo que buscamos casi siempre es desactivar esa fuerza interior que tienen  y, casi siempre con mucho dolor y con mucha frustración, terminamos imponiendo nuestras normas coercitivas por encima de su fuerza explosiva natural y el resultado es que los pequeños aprender a templarse por imperativo adulto y solo sacan a la luz sus impulsos naturales, bien a nuestras espaldas o cuando logran zafarse de nuestra vigilancia. En ambos casos un desarrollo penoso, pobre y con conciencia de ilegalidad. Vamos abriendo un abismo entre lo que se desea y lo que se permite que se irá ampliando con el paso del tiempo.

         Con el lenguaje hablado, otro que tal. Hacia los 3 años ya se dominan más o menos los distintos sonidos de cada lengua y, a partir de ahí, los pequeños se lanzan a combinar esos sonidos como energúmenos, tanto si responden a palabras con sentido como si no. Es como una orgía de los sonidos. Si respetamos y protegemos esa tendencia, lo que debe pasar es que poco a poco esas cotorras que no meten la lengua en paladar pronunciando lo comprensible y lo incomprensible, vayan acoplándose a los significados de su lengua materna y entre los cinco o seis años los veamos dominando su lengua con toda la soltura que les ha dado ese ejercicio desenfrenado previo. Como normalmente lo que sucede es que nos molestan con toda esa verborrea que se traen consigo mismos, terminamos con mucho esfuerzo, sobre todo en la escuela, imponiéndoles un doloroso silencio, pues lo aceptan de muy mala gana en general y nos escuchan lo que les decimos mientras intentan zafarse de nuestra vigilancia todo lo que pueden para volver a sus andadas.

         Nunca he entendido el empeño que la familia y, sobre todo, de la escuela, de caminar contracorriente poniéndose frente a las tendencias naturales de los pequeños en vez de remar a su favor, hacer que se sientan acogidos, respetados y favorecidos, con todos los medios que la sociedad pone a su disposición remando a favor de ellos. Esto que debería ser lo lógico, lo natural, lo deseable, se convierte en una rareza, las veces que sucede, o sencillamente en una guerra sin cuartel entre alumnos y maestros, en la que inevitablemente son los maestros los que tienen que perder porque los pequeños tienen que crecer y convertirse en .personas capaces, bien con el concurso de los maestros y de la institución escolar, o sin ella. Sé que me está resultando el texto dramático pero, creedme, la realidad es mucho más dramática de lo que mis pobres capacidades exponen en estos renglones. Otra cosa es que intentemos cubrirlo con un manto de normativa que nos justifique. En medio se queda la dicha de vivir y un sin fín de posibilidades perdidas.


domingo, 6 de octubre de 2019

APREMIO



         Ya la semana pasada tratábamos el tema de los conocimientos a destiempo como una manera de andar hacia atrás. Para la interpretación general de la vida tenemos pocas dudas. A nadie se le ocurre ponerse a comer una fruta si no está madura. Tampoco sería muy razonable habitar una casa a la que le falta la techumbre. Es una manera de decir que cada cosa tiene su tiempo y cada conocimiento su momento. El proceso de aprendizaje con frecuencia se convierte en una carrera de alta velocidad con la pretensión inútil y hasta contraproducente de llegar cuanto antes a saber qué letra es la a, por ejemplo, cómo se escribe tu nombre o cualquiera de los tópicos que cada cultura usa en un momento determinado. Y ante semejantes contrasentidos nos podemos quedar tan panchos como si hubiéramos realizado una obra de moros cuando lo que realmente conseguimos es, en el mejor de los casos, un efecto inocuo y la mayor parte de las veces, desencadenar procesos perversos en el normal desarrollo de los pequeños.

         Mientras fui docente no nos ocupábamos de enseñar a leer a los de cinco años. Nos las veíamos y nos las deseábamos para frenar las apetencias de las familias, que eran las que más remetían con la dichosa lectura y escritura. Con los niños no había ningún problema porque el que quería leer, sencillamente leía porque en clase siempre disponía de una aceptable biblioteca o escribía lo que le parecía oportuno sin ningún problema. Pero las familias ya era otra cosa, bien porque los hijos del vecino ya leían y el nuestro todavía no era capaz o falacias de ese calibre. Al comienzo de mi docencia conocí exámenes de lectura y exigencia de hasta 60 palabras por minuto. Aberraciones que llegaban incluso a hacer que un pequeño repitiera el último curso de párvulos porque no alcanzaba la suficiente velocidad lectora. ¡Con cinco años y ya repitiendo!. Y se quedaban tan tranquilos vendiendo su idoneidad técnica a la sociedad de su tiempo. Los nuestros llegaban a primero y casi todos se encuadraban en el pelotón de los retrasados porque normalmente no leían. Otra cosa muy distinta era cuando llegaban las navidades porque la tornas habían cambiado como de la noche al día y casi todos leían sin problema, sencillamente porque era el momento oportuno.

         Hay refranes que debíamos meternos en la sesera con cincel y martillo. No por mucho madrugar amanece más temprano, o vísteme despacio que tengo prisa o sentencias lapidarias por el estilo forman parte de la cultura popular, son usados con frecuencia para ámbitos de la vida muy diversos pero todos encaminados a respetar los niveles de desarrollo y a conseguir una armonía entre lo que una persona es capaz y lo que le exigimos. La cantidad de aberraciones que podemos introducir en las vidas de los pequeños, sencillamente por no ser respetuosos con los tiempos y someter a los aprendices a esfuerzos inadecuados de comprensión, con lo fácil que resulta aceptar que cada uno tiene su propio desarrollo y que hay en la vida tiempos para todo y nosotros lo mejor que podemos hacer es ponernos a favor del respetos a los pequeños y a sus capacidades. Algunas familias nos han reconocido, tiempo después, lo cómodos que han evolucionado sus hijos sin que nadie les haya forzado a lograr cotas para las que no estaban maduros. Pero la mayoría han pasado página y puede que mantengan la duda de lo que sus hijos hubieran sido capaces de saber si se les hubiera apretado un poco en el aprendizaje.

         La vida no se puede convertir en una carrera de obstáculos que tenemos que superar, a todas horas con la lengua fuera. No entiendo si para eso merece la pena el esfuerzo si no aprendemos a gozar de lo que aprendemos y de cómo nos relacionamos con los demás. La escalinata de las dificultades no resulta amarga si se supera en compañía y con el ritmo adecuado. El apremio es muy mal consejero porque, una vez que se inicia puede no tener fin, con lo que la educación puede convertirse en un agobio, cuando lo primero a lo que tenemos que aprender es, sencillamente, a vivir y no es fácil. Cuántas veces nos encontramos dando indicaciones a los pequeños que nosotros no cumplimos, consejos doy que para mí no tengo o haced lo que yo os diga pero no hagáis lo que yo haga. Como puede verse, ni siquiera me remito a la ciencia, que no hace sino confirmar lo que comento. Me quedo en lo que podríamos llamar sentido común que pienso que tiene suficiente eficacia para superar los contrasentidos más comunes.


domingo, 29 de septiembre de 2019

IDIOMAS



         Por más que los estudios comparativos internacionales nos digan que andamos en conocimientos más bien regular estamos centrados en fórmulas cuantitativas y de resultados rápidos que no hace falta ser muy sabio para vaticinar que no nos van a hacer prosperar porque la prisa no es la mejor consejera precisamente. Hago referencia a los idiomas por centrar la atención en algo concreto. Podría referirme a  cualquiera de las muchas deficiencias que nos embargan. Cada día, afortunadamente vamos siendo más biligües, bien porque vivimos en zonas con lengua propia o porque uno de los progenitores nació en otro ámbito ligüístico. En ese caso no hay que dudar. Esos pequeños deben crecer usando la lengua del lugar más la materna. Como norma tardarán un poco más en digerir la diferenciación y el dominio de ambas pero terminarán por desenvolverse en las dos y santas pascuas. Son sus particularidades y cada uno tiene las que tiene.

         Otra cosa muy distinta es lo que se entiende como segundo idioma, hoy el inglés. Me parece un error que en los primeros años se intente introducir la segunda lengua cuando todos los estudios solventes lo que nos indican es que lo primero que deben hacer los menores es afianzar la lengua materna y eso no suele pasar antes de los cinco años. No puedo ser muy preciso con los bilingües naturales porque mi experiencia con ellos ha sido muy corta. Mezclar antes de los cinco años una segunda lengua no es más que confundir a los menores y hacer que no asuman la nueva y, sin embargo, tampoco puedan asumir la materna con la solvencia precisa. Decir a los locos por la prisa que no por mucho madrugar amanece más temprano parece un empeño inútil por más que esté cargado de razón porque no hay peor sordo que el que no quiere oír y parece que lo más sencillo hoy y siempre es que los pequeños acumulen conocimientos en tiempo record cuando sería mucho más razonable templar el ritmo y permitir que interioricen lo que aprenden en la medida en que lo requiera su capacidad de maduración.

         Insisto en que he tomado el tema de los idiomas como podría haber tomado cualquier otro. Nunca se resuelve, por ejemplo, el tema del aprendizaje de la lectura y por más que la ciencia nos machaque con la inutilidad de hacer que los pequeños lean cuanto antes, más para satisfacer a sus familias o a la sociedad que para otra cosa, parece que no hay modo de que entendamos que tenemos que retrasar la edad de aprender a leer si queremos que la mayoría aprendan cuando es su momento y con la capacidad de comprensión adecuada y no tengamos que hacer la ridiculez, doy fe de que es cierto, de que, una vez que los pequeños leen tengamos que poner en práctica una asignatura nueva que se llama lectura comprensiva, sencillamente porque hemos adelantado el proceso y es verdad que muchos pequeños terminan leyendo pero no se enteran de lo que leen. Creo que situaciones así no son más que la constatación de un fracaso metodológico que no tendría por qué pasar si nos paráramos un poco a mirar a nuestros alumnos y a ofrecerles un sistema de trabajo que vaya a favor de sus capacidades y no contra ellas.

         Pongo el ejemplo de Lola y de Keity, madre e hija. Lola me dice que su hija se ríe de ella y le dice que no sabe hablar, sencillamente porque me confiesa que le habla a la niña en castellano y no sabe hablarlo muy bien porque ella es británica. La niña, por el contrario, domina el castellano y el inglés. Por supuesto que el asunto cambió por completo cuando el miedo de la madre porque su hija no aprendiera el español se disipó y cuando Lola le habló a su hija en su propia lengua. Sencillamente Keity tenía que tomar conciencia de que era una niña bilingüe y esa iba a ser su vida siempre. Para nada tenía que competir con su madre sobre quién de las dos sabía hablar mejor que la otra sino que cada una sabía lo que tenía que saber. Keity podría explicar a su madre palabras del español que ella no supiera y Lola podría hacer lo mismo con su hija con las deficiencias en inglés que detectara. Me sorprendo que estas cosas que la ciencia tiene sobradamente demostradas sigan siendo materias pendientes en nuestra práctica, con argumentos espurios que no se corresponden con la realidad.


domingo, 22 de septiembre de 2019

SEGREGACIÓN


         Ya había decidido hablar de este tema cuando ayer mismo me encuentro en la tele con una entrevista a un pequeño de dos años y medio junto a sus ufanos padres, que lo llevaban de la mano, porque ha participado esta semana en un programa de talentos y han presentado a su hijo con su tambor y dos baquetas y ha sido la sensación nacional porque ha hecho porromponpón varias veces consecutivas mientras miraba aquí y allá sin entender por qué tantas cámaras lo enfocaban y las luces le molestaban en los ojos. Ya tenemos el héroe del día para deslumbrar al mundo con su presencia, y la de sus padres naturalmente, y, si se tercia, reivindicar un centro especial para que los pequeños de dos años y medio que toquen el tambor y hagan porrompompón dispongan do  todos los medios a su servicio y se conviertan en genios de la humanidad. Y sus padres como acompañantes imprescindibles por la mezcla del óvulo y el esperma particular de donde salió semejante genio. Juro que el público aplaudía.

         Querido público en general, podíamos de vez en cuando pensar un poco, que no duele, y darnos cuenta de que un pequeños de dos años o cualquiera que tenga unos percentiles en los primeros test que se le aplican un poco por encima de lo normal no son ni más personas ni menos que sus vecinos que no llegan a su altura. Es verdad que la escuela tiene que atender a la rica diversidad de individuos que le llegan cada año y hacer que todos, los de arriba y los de abajo, dispongan del mayor y mejor espacio posible para desarrollar sus capacidades particulares de la manera más completa posible pero a la vez que eso, uno de los objetivos esenciales que nos puede ofrecer la escuela es el conocimiento y el trato de unos con otros para que nos demos cuenta que en este mundo estamos gente muy diversa: blancos, amarillos, negros, con los ojos horizontales, narigudos, con la nariz chata… y todos podemos, si no hay una mano negra que lo impida, convivir, aprender juntos y ayudarnos a ser mejores intercambiando lo que cada uno puede aportar a los demás.

         No puedo explicarme cómo para según qué cosas somos tan finos y para otras podemos cometer torpezas de tan grueso calibre. Podemos segregar a los pequeños por capacidades intelectuales, es verdad. Y también por el color de la piel, y por los centímetros de estatura o por el tamaño de su nariz. Si nos lo proponemos, podemos hacer con los pequeños los estropicios más grandes que podamos imaginar y, de hecho, los hacemos. Pero también podríamos acogerlos a todos porque todos son personas, todos ríen y lloran lo mismo, todos nacieron un día y otro tendrán que morir porque así es la vida, y porque la diversidad que la vida nos ofrece no debería convertirnos en un conjunto de compartimentos estancos donde estuviéramos cada uno muy bien medidos y pesados pero más solos que la una sino conviviendo cerca unos de otros, conociendo nuestras diferencias, que las tendremos sin duda, y sabiendo que la diferencia no es más que la joya más grande que la vida  nos ofrece. Todos nos deberíamos aprovechar de ella, no escondernos los unos de los otros.

         Este viejo que os habla, niño mimado en su día, hasta el último aliento va a clamar porque no separemos a los pequeños sino que aprendamos todos que la riqueza es nuestra diversidad precisamente y que debe ser la escuela la que nos dé cobijo a todos. Allí podremos conocernos, aprovecharnos cada uno de las aportaciones de los demás y encontrar una manera de vivir juntos.
Mi hija menor, Elvira, alguna que otra vez me echa en cara que yo me negaba en redondo a que ella hubiera ido a exibirse cuando la reclamaban por alguna particularidad en la que destacaba. La miro con la ternura que puedo, entiendo que al final todos dudamos de lo que la vida nos ofrece cada día y se nos pegan las enfermedades de la calle y le cuento, una vez más, lo grande que es ser una persona capaz de vivir entre otras personas distintas a nosotros pero capaz de aprender de cada uno y de enseñar a cualquiera que esté a nuestro lado porque la diversidad no es una limitación sino un tesoro que tenemos a nuestro alcance.