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domingo, 15 de septiembre de 2019

DESGARRO


         Habitualmente procuro decidir el tema a tratar cada semana cuando estoy sentado frente a la pantalla porque quiero que cualquier incidencia que traiga la actualidad se cuele por derecho propio en este tema sin fin que vengo teniendo con vosotros desde hace estos días nueve años. Ayer me dio la excusa una entrevista a una madre que hace 15 perdió a un hijo con cinco años de un tumor cerebral. No sé si existe un desgarro mayor en este mundo que perder a un hijo. Vaya, por tanto, mi máximo respeto y toda mi solidaridad a esa madree y a toda la familia. Lo que pasa es que hablaba en la tele y la veía y escuchaba mucha gente, entre ellos yo y desde el más profundo respeto personal ante su drama, contaba que el primer día que tuvo que entrar a la UCI para ver a su hijo operado de la cabeza, se sentó en la puerta y pasaban otros miembros de la familia pero ella no era capaz. Desde el punto de vista personal…, cómo no comprender y compartir semejante dolor. Pero la señora dijo que se puso a rezar el rosario y parece que la oración le dio fuerzas para asumir su drama y eso merece ser discutido.

         Me acordé de la película CAMINO y de aquella niña muriéndose en su cama de una leucemia, una vez agotadas todas las posibilidades quirúrgicas. Su familia delante de ella, impotente ante su drama y aquel sacerdote arrogante, exhortando a todos para que se alegraran porque su hija estaba a punto de viajar al cielo y gozar de Dios para siempre. Los familiares sonreían de manera forzada  mientras las lágrimas de dolor brotaban sin parar. Otros desgarros parecidos como los cadáveres que escupe el mar y nos los deja en la playa para vergüenza del mundo o esos que ni siquiera vemos porque la guerra nos los ha deshecho y sus familiares no pueden tener el derecho a un velatorio y un entierro dignos. Estos desgarros de seres indefensos comprendo que nos sensibilicen de manera especial porque no somos de piedra. Todo el respeto personal, repito, pero el mensaje de que los rezos de una religión concreta como medicinas eficaces cuando la ciencia se muestra incapaz me parece un poco indecente, la verdad.

         Durante muchos años he militado en las filas de la religión católica y no me arrepiento de ello porque en aquel tiempo actué con toda la sinceridad de la que era capaz. Hoy no milito en ninguna religión con la misma sinceridad que entonces y no acepto más Dios que las personas que viven a mi alrededor y el mundo que nos acoge a todos porque entiendo que el único Dios posible es el tiempo que nos dio la vida y que nos la quitará cualquier día porque somos tiempo como todo lo que vive. Tengo un hijo y dos hijas y no me he visto en la tesitura, hasta el momento, de tener que despedir a alguno de ellos antes de que yo desaparezca de este mundo. Pero desde el respeto a las creencias de cualquier persona no puedo aceptar que el rezo de cualquier oración se convierta en el talismán que te haga soportar el dolor por la pérdida. Respeto absolutamente si a esa madre o a la familia que aparece en la película les servía para interiorizar el drama que tenían entre manos pero no me parece honesto dejar ese mensaje colgando para todo el que vea y escuche en ese momento.

         Insisto una y mil veces en mi respeto personal a las personas afectadas. Mi máxima cercanía en momentos tan trágicos pero los duelos no son de una confesión concreta. Son universales y cada religión o cada cultura tiene sus mecanismos, que pone en práctica cuando se enfrenta a fenómenos de difícil interiorización por procedimientos ordinarios. El dolor ha existido siempre y hoy no está resuelto ni creo que se resuelva nunca porque significa un desgarro íntimo que nuestra razón no puede comprender en el momento que se produce. Es el tiempo y la reflexión la que va encajando dentro de nuestras vidas estas vivencias que en un momento dado nos marcan de manera insoportable hasta que terminamos aprendiendo a vivir con todas las experiencias que vamos acumulando. No hay religión ni Dios que valga para resolver semejante dolor en el momento en que se produce. Es la vida, de la que todos formamos parte pero que es más grande que todos, la que termina integrando todo lo que nos acontece como si todo el vivir fuera un campo del que tiene que brotar el mañana.  

domingo, 8 de septiembre de 2019

RECUERDO



         Tantas veces me hubiera gustado no tener que hablar del primer tramo educativo y he tenido que hacerlo que una más creo que se va a notar poco. Esta semana he visto dos temas relacionados con este asunto en la prensa nacional. Uno en el que se dice que en la Comunidad de Madrid 40.000 pequeños van a disponer de plaza gratuita en este curso que empieza. Nosotros en Granada nunca tuvimos las plazas gratuitas sino que las familias pagan en función de los ingresos aplicando un baremo proporcional. Mentiría si dijera que lo considero, pero es verdad que viene funcionando con un nivel de consenso muy aceptable lo que, después de 40 años, no me parece poco. No creo que nadie piense que ha sido la actual administración de la Comunidad de Madrid la que ha implantado la medida pero, por si alguien lo piensa ya le digo yo que no, que ojalá, porque debería ser un asunto unánime el que los pequeños puedan gozar de un puesto escolar público desde que nacen pero la realidad está todavía bastante lejos de  ser así. Espero que la medida se mantenga y no le pase como al MADRID CENTRAL.

         El segundo artículo tiene más que ver con las verdaderas raíces de la discriminación de este sector educativo y se llama dinero. Desde que se acordó la separación de la primera infancia en dos sectores en 0 a 3 y 3 a 6, precisamente con una administración del Partido Socialista, supimos que tenía un carácter económico. La medida determinante consistió en ofrecer para sus profesionales un módulo de Formación Profesional y prescindir de la Diplomatura de Magisterio. Me consta que la preparación del módulo ofrece unos contenido muy correctos y, si llega el caso, más cercanos a lo que después significa el ejercicio profesional de modo que la preparación podría aceptarse si en vez de dejarla tal como está se le añadiera un complemento universitario que la homologara con el resto. Pero es que ahí es donde estaba y sigue estando el nudo gordiano. Se trata de ofrecer una titulación más llevadera para, a renglón seguido, reflejarlo en el sueldo y hacer que del grupo dos que se corresponde con todos los maestros, sean del grupo tres como auxiliares.

         Este segundo artículo me parece de más calado porque pone el dedo en la llaga de la discriminación que sufren los profesionales que atienden a los de 0 a 3 años. Precisamente al momento de la vida en el que se juega al menos el 50% de las capacidades de una persona ponemos a unos profesionales cuya responsabilidad está más dirigida a criterios sociales y sanitarios que pedagógicos. El trabajo, por tanto, se centra más en que los pequeños estén limpios y su salud a punto que en desarrollar con ellos todo un programa educativo enfocado a sus capacidades motoras y de conocimiento. Como conozco modestamente el sector me consta que muchas personas que desarrollan su trabajo en él se preocupan por su preparación, de modo que el resultado es mucho mejor del que cabría esperar si atendemos sólo a lo que se espera de ellos, pero el veneno de la discriminación ya se inoculó en su principio y, hagan lo que hagan están marcados por el sello de ayudantes y cualquiera puede verlos en los centros deambulando de un grupo a otro a la espera de que cualquier maestro o maestra los reclame para cambiarle los pañales a quien lo necesite porque todo un titulado de Magisterio parece que no se puede manchar las manos.

         Sé que es muy cruel decirlo y me duele en el alma, pero es que es la verdad. La secuencia termina cuando a fin de mes llegan las nóminas y los de FP se encuentran con que no llegan a 1000 euros mientras que sus compañeros, que tampoco pueden tirar cohetes se distancian alrededor de 500 euros por encima de ellos cuando el trabajo en la realidad es muy parecido. Tendría que darnos vergüenza, en el caso de que la tuviéramos, que precisamente el sector educativo más importante, que es el de los primeros tres años de la vida, en vez de disponer de una dotación económica y profesional a su altura, se haya convertido en el hermano pequeño de la educación y disponga de la titulación académica más baja como si para los más pequeños cualquier preparación fuera suficiente: ¡Total, quién se va a enterar si ellos apenas hablan!.


domingo, 1 de septiembre de 2019

COMIENZO


         El mes de septiembre que hoy comienza será, como siempre en este país, en el que arranca el nuevo curso. Parece que los ciclos formativos van por semanas de menor a mayor, lo que quiere decir que mañana empiezan los nuestros, los más pequeños. Atendiendo a la gran profundidad del cambio que supone iniciar la vida en común con los iguales, los previos que debían llevar en sus cabezas son un correcto conocimiento del nuevo espacio en el que se van a desenvolver, las nuevas personas que van a estar a su cuidado y los nuevos compañeros con los que van a convivir a partir de ahora. Hay fotos que suelen aparecer en la prensa del comienzo del curso de los más pequeños con las que no me gustaría encontrarme: llorando y casi arrastrando de la mano de sus familiares, cargados con mochilas que les cubren toda la espalda, en filas como si fueran a la guerra, y otras con las que sí: podrían entrar junto a sus familias, en pequeños grupos hablando entre ellos como quien va a llegar a un lugar que conoce y no teme sino que desea, maestros y maestras esperando en la puerta, con la sonrisa en los labios, dispuestos a darles la bienvenida y llamándoles por sus nombres propios y no por sus apellidos.

         No sé si será suficiente con los que he dicho para modificar la imagen del comienzo del curso de algo terrorífico a los que llevan a los pequeños arrastrando como si fueran a un matadero por otra en la que se les ve llegar a un lugar que ya conocen de antemano y en el que esperan encontrar a personas mayores que los van a cuidar, que saben cómo se llaman y que los llaman por sus nombres desde el primer momento y a un montón de compañeros y compañeras, algunos ya conocidos, con los que van a compartir la vida desde mañana y van a jugar y a crecer juntos en ese espacio amigo impresionante, que se ha dado en llamar escuela. Desde luego lo que me parecería una tortura es verlos arrastrando hasta la puerta y escuchar las barraqueras desde el quinto pino mientras los adultos lo asumen como algo normal ignorando que de semejante secuencia va a depender gran parte de la visión de la escuela y de lo nuevo que ese menor está interiorizando.

         Yo creo que la noción se encuentra dentro de la memoria colectiva y no hace falta insistir mucho en ello pero, por si acaso, el primer día, como tantas primeras experiencias que la vida nos depara: nacimiento, primer amor, primer beso o primer día de escuela se van a gravar en nosotros para siempre. Razón de más para que en todos los casos dediquemos tiempo y esfuerzo para que esas experiencias, especialmente profundas, dejen en los pequeños un dulce sabor que interioricen con placer y que deseen repetir una y mil veces. Su vida posterior estará marcada por esta primera lección, tanto si es positiva, como deseamos fervientemente, como si, desgraciadamente, es negativa y después habrá que mantener en el subconsciente durante años cuando la realidad pudo ser muy otra, a poco que las personas responsables: maestros o familiares, se hubieran preocupado de que la primera experiencia hubiera sido positiva. Por qué no pueden entrar los pequeños a la escuela riendo y jugando, me sigo preguntando yo.

         En este país hace muy pocos años que se empezó a perseguir por parte de las autoridades las llamadas novatadas que eran jugarretas y bromas pesadas y hasta crueles con las que los compañeros de cursos superiores recibían a los nuevos. Estoy seguro que se siguen dando, porque la crueldad está muy arraigada en la naturaleza humana por desgracia, pero ahora, por lo menos, se encuentran con el aparato del poder enfrente y no de cómplice. Esto se produce con los más mayores, sobre todo con los universitarios. Los más pequeños, tradicionalmente ignorados, resultan ser los más permeables a las primeras experiencias, tanto positivas como negativas. Razón de más para que empleemos un tiempo precioso en preparar la recepción del primer día por la enorme trascendencia  para el futuro de que el contenido sea grato o terrorífico. Viva la sonrisa, vivan los compañeros, viva la escuela y viva el futuro. Ojalá esa sea la lección que aprendan los pequeños su primer día de escuela.

domingo, 25 de agosto de 2019

TEXTOS



         Son los últimos días de Agosto y aprovecho que mi ciudad, Granada, se encuentra con la gente en las playas, para pasearme entre los muchos huecos que la próxima semana se volverán a cubrir, una vez que cada mochuelo vuelva a su olivo. Los grandes almacenes, puntuales a la rentabilidad de sus negocios, ya tienen expuesto su verdadero Agosto que hoy se llaman libros de texto. Mi amigo Alfonso, responsable de la Librería Escuela Popular en otro tiempo cooperativa, me dice que en septiembre se dirime el ochenta por ciento de las ventas del año por causa de los libros de texto. Les toca a las familias estrujar los ahorros que les hayan podido quedar del veraneo o sencillamente encontrar el crédito necesario para hacer frente al lote de libros que deben llevar los pequeños a sus colegios la próxima semana, una vez que empiecen las clases. Nunca he tenido nada contra los libros de texto pero sigo sin entender cómo es posible que  los profesionales de la educación permitamos que unas empresas sean las que nos marquen el camino a seguir en nuestro trabajo y nos roben de hecho la potestad de diseñar y poner en práctica los programas de trabajo que tenemos que desarrollar a lo largo del curso.

         Sé de sobra que nadie viene a ponernos una pistola en el pecho para decirnos cómo tenemos que desarrollar nuestra labor y que los textos no son más que propuestas en nuestras manos que usaremos o no según nuestro criterio. Eso es verdad. Lo que pasa es que luego viene el tío Paco con la rebaja y la realidad es que todo el trabajo que debiera correr de nuestra cuenta, si nos lo encontramos recopilado en unos cuantos libros que tampoco están tan mal aunque inevitablemente nunca pueden ofrecer un punto de vista tan cercano como el  nuestro sobre unos alumnos con nombres y apellidos determinados que deberían ser atendidos desde su realidad particular en vez de disponer de unos libros que los ignoran porque para su rentabilidad tienen que alzarse a base de generalidades que puedan abarcar miles usuarios de necesidades tan distintas que al final todos resultan extraños, si bien los maestros pueden sentirse muy cómodos con esos instrumentos en la mano.

         Es verdad que todos tenemos derecho a vivir y las editoriales también. Yo no tengo nada contra eso. Lo que sí digo es que estamos  hablando de pequeños de dos o tres años que llegan a la escuela cargados ya de materiales en los que llevan desarrollados los temas que deben trabajar a lo largo del curso, antes incluso de que nadie les haya preguntado cómo se llaman, dónde viven y a qué familia pertenecen. Y esto es un drama antes de empezar a trabajar. Cuando los maestros se encuentran con todo ese arsenal de propuestas minuciosamente pautadas hasta por días para que no quede ni un solo hueco por cubrir, ve tú y explícale a quien quieras que el verdadero responsable del currículo es el maestro y que en sus manos está en todo momento el desarrollo del trabajo que se ha de cubrir en cada aula. Habrá de todo en la viña del señor pero si me lo ponen tan fácil, lo normal es que cada mañana abra mi libro guía y me dedique a cubrir los objetivos y contenidos que otros han pensado en mi lugar y que no entre en complicaciones.

         Muchos de nosotros hemos militado contra los libros de texto, sólo en defensa de la independencia de cada maestro para responder con su mejor saber del plan de trabajo concreto que debía aplicar a ese grupo concreto de pequeños. Es verdad que eso conlleva algo más de complicación porque el compromiso es el de particularizar los conocimientos para que respondan a los intereses de unos alumnos concretos que viven en un lugar concreto. Siempre recuerdo, por ejemplo, las alusiones al mar que venían en mi Enciclopedia Álvarez cuando yo vi el mar a los once años. Lo mismo podríamos decir sobre las alusiones a las tierras de interior. Los libros de texto pueden ser unos colaboradores al servicio de los maestros para enriquecer y facilitar el desarrollo de los objetivos y contenidos que deben desarrollar para cada grupo  y no convertirse en catecismos que se aplican cada día sin entrar a cuestionarse la utilidad de sus propuestas.


domingo, 18 de agosto de 2019

RITMOS



         Los animales me merecen todo el respeto del mundo pero vivo solo en estos momentos y no tengo la tentación de poner a mi lado uno cualquiera de los muchos a los que hemos dado en llamar mascotas. Como los perros proliferan extraordinariamente no puedo sustraerme a seguirlos con la vista. Os invito. Vestimentas y collares aparte no hay más que observar unos minutos para darnos cuenta de que van buscando su ritmo y sus intereses en todo momento, como no puede ser de otra manera. Los paseos se convierten en una guerra completamente injusta en la que los dueños se dedican a ignorar por sistema los intereses de los animales y los someten a tirones a cada momento como si estuvieran interesados en que los perros dejaran de ser perros. En realidad lo que sucede es que la condición de la mascota no cuenta casi para nada. Sólo tiene sentido en la medida en que sirve al interés del dueño sin respetar que el ser vivo que llevamos atado del cuello tiene los suyos, que son tan dignos y tan respetables como los nuestros.

         He comenzado por el ejemplo de las mascotas, sobre todo los perros que están más a la vista de todos pero, como es propio en mí, de quien hablo es de las personas pequeñas. Quizá la playa pueda servirnos como paradigma ya que los núcleos urbanos han quedado despoblados, se aparca de lujo en julio y agosto, y hemos trasladado una enorme masa humana al borde del mar. El problema de los pequeños es en esencia el mismo que en las ciudades: nadie los escucha. Un perro se para a oler porque los perros huelen por naturaleza y el dueño se impacienta y le da un tirón de la correa para convertirlo en alguien que obedece, tenga las inclinaciones que tenga por naturaleza. Algo así les pasa a los pequeños. Tanto en la playa como en cualquier otro espacio su verdadera obligación es la de obedecer. Lo de menos es si necesita un espacio determinado para jugar con el agua, por ejemplo. Lo que cuenta es que no moleste y que el ritmo dominante de los adultos sea el que se imponga en última instancia.

         Los perros me sirven como ejemplo de sometimiento pero el sistema es perfectamente idéntico al de cualquier otro sometimiento como suele ser el de los pequeños. No ignoramos que el agua es un elemento extremadamente apetecible para los niños. Muchas veces llegamos a pensar que no se cansan y tenemos que sacarlos cuando ya les vemos la piel arrugada de tanto tiempo en contacto. Es verdad que les apetece pero no es menos cierto que parece que llegan a poseer el agua a escondidas o a ratos o a pesar de la persecución sistemática a la que los sometemos: no salpiques, no tires piedras, ten cuidado que cubre, ven que te eche crema, no me mojes que me molesta…, y apreciaciones por el estilo. Con este ritmo normativo los pequeños terminan abrazando el líquido elemento como si se tratara de una tabla de salvación que les permite evadirse un poco de nuestro circuito de ordeno y mando y se abandonan al gozo del agua con desesperación porque saben que no les va a durar a su alcance ni mucho menos lo que desean o necesitan.

         Al final el asunto está en quién manda en cada momento y con cada elemento. No voy a cometer ahora la ligereza de sugerir que sean los pequeños los que manden porque ya es sabido que, sea con el agua o con cualquier otro orden de la vida, su capacidad no está preparada aun y somos nosotros los adultos los responsables de hacer que crezcan en armonía y que vayan alcanzando sus plenas capacidades a su tiempo. Lo que sí es fundamental es que nos demos cuenta de que son seres capaces con el agua y con todo y que nuestra función debe ser la de ayudarles a que sean cada día más capaces, no la de cortarle las alas en el momento en que veamos aparecer el primer plumón. Estos procesos de evolución se han de conseguir armonizando los ritmos de cada uno. Es normal que el ritmo del abuelo no sea el mismo que el del padre o el del hijo, pero sí tenemos que ser conscientes de que todos los ritmos son legítimos y respetables. Cada uno debe tener su espacio de realización porque todos tienen sus derechos. La vida no es de amos y de criados sino de personas libres que tienen que convivir.


domingo, 11 de agosto de 2019

MUERTE



        Hace un par de semanas mi compañero y conocido comentarista nuestro Manuel Ángel Puentes, recientemente jubilado, me daba la noticia de que un artículo suyo relativo a la muerte vista por los pequeños aparecía en la revista  PENSAR JUNTOS que edita el Centro de Filosofía para niños de España. Me pareció de interés y le pedí permiso para hacerme con la revista y comentar el artículo. No tuvo inconveniente y me hice con el número correspondiente, concretamente el tres, relativo al año 2019 puesto que se trata de una publicación anual. Aquí lo tengo en mis manos y he tenido ocasión de leer el artículo con interés por el tema que trata y por venir de quien viene, que es un profesional que se ha pasado su vida trabajando con pequeños de 0 a 6 años, cosa que para mí es una garantía de fiabilidad sobre los mensajes que puede aportar. Se titula Cuando la muerte pisa mi huerto. Tratamiento de la muerte en Educación Infantil. El tema me parece de mucho interés porque estoy seguro que en las familias y en las clases este tema está presente de vez en cuando y no sé si tratado con la dignidad y el respeto que requiere.

         Mi experiencia más traumática con la muerte fue la de un pequeño de cinco años que se nos desvaneció en unas escaleras del colegio sin que supiéramos por qué. Se lo llevó la ambulancia y a la mañana siguiente nos enteramos que había fallecido. Fuimos al hospital y pudimos verlo en la morgue, cosa que no le deseo a nadie. Nos llegamos al domicilio familiar a dar el pésame y la madre, rota de dolor, nos confesó que ella era consciente de que esto podía pasar en cualquier momento porque su hijo tenía una cardiopatía congénita que podía aparecer y que ella no había dicho nada porque no se hacía a la idea de que su hijo fuera tratado como un enfermo. En aquel momento respetamos la actitud de la madre por el momento que estábamos viviendo con el cadáver de su hijo presente pero lo cierto es que no estábamos seguros hasta haber hablado con los médicos de si se había desvanecido o de si fue una caída en la que se había golpeado la cabeza. Hoy, con el paso de los años, sólo puedo decir que la experiencia fue muy traumática y las circunstancias concretas han pasado a un segundo término.

         Supongo que todos los profesionales hemos vivido algún episodio en el que la muerte haya estado presente y en las familias también se habrá percibido de alguna manera más o menos cercana. Manuel hace un amplio recorrido del tema de la muerte en su grupo recogiendo diálogos de los pequeños en los que podemos leer en directo cómo ven ellos el asunto y cuál es la lógica que aplican para interiorizar la idea de la muerte como concepto en muchos casos y como testimonio directo en alguno desgraciadamente  también. De las dos maneras la muerte es un concepto que está presente en la vida de todas las personas y me parece inútil intentar secuestrarla y hacer como si no fuera verdad a base de negarla o de dulcificarla y falsearla como si los pequeños fueran tontos, cosa que no es lo mismo ni mucho menos. El artículo es amplio y creo que recoge con dignidad un asunto tan serio pero visto desde los ojos de los pequeños. A más de uno le puede sorprender.

         El tema de la muerte no debemos eludirlo porque, tanto si lo sabemos como si no, está presente en la vida de los pequeños y si actuamos como si ese tema no fuera con nosotros lo que conseguiremos como en el sexo u otros temas más o menos delicados, es que los pequeños se enfrenten solos a ellos y sean los medios de comunicación o sus propias reflexiones los que sirvan de referentes y nosotros nos iremos convirtiendo en figuras menos relevantes y cada vez más alejadas de sus vidas. Creo, por tanto que nuestra misión debe estar siempre cerca de los pequeños y de sus problemas, afrontar todo los asuntos con la mayor honestidad que sepamos y, como creo que queda muy claro en el artículo de Manuel, escucharlos a ellos. Son pequeños pero no tontos. Tienen una opinión de todo lo que pasa cerca de ellos y nosotros podemos intervenir sólo si ellos nos sienten cerca. Si los escuchamos nos daremos cuenta de que son capaces de interiorizar todos los aspectos de la vida, incluida la muerte, y encontrar salidas para seguir viviendo que es su gran reto.


domingo, 4 de agosto de 2019

PROCESOS



         Ya superará los 40 años pero nos apareció en la escuela diciendo que era celíaco y que no podía comer nada que tuviera harina de trigo. Traía su propio pan y sus propias galletas . Ninguno conocíamos por entonces lo que aquello significaba. Sólo por eso había que llamarlo por lo menos JEROMINÍN, aunque se nos podían haber ocurrido cosas peores. Ya nos llegaba marginado de casa. Cuando había que comer él se sentía el rey del mambo de ver a todos a su alrededor cómo comía aquellos panes tan raros , aunque no lo parecían, mientras nosotros, la plebe, sólo disponíamos de trozos de pan normales y corrientes. Explicamos en la asamblea de la mañana lo que le pasaba a JEROMINÍN y de las razones por las que todos teníamos que tener cuidado de que no comiera más pan o galletas que las que traía de su casa. Parecía un teatro y tal vez lo fuera. Lo cierto es que él se sentía protagonista porque era un espectáculo sin comerlo ni beberlo, nunca mejor dicho. Le fue difícil integrarse porque los demás pensábamos que se nos rompía en cualquier momento.

         Después apareció alguno que dijo algo parecido, pero éste con el huevo. No tuvo, ni con mucho, el impacto, no sé si porque JEROMINÍN fue el primero o porque nosotros nos llegamos a acostumbrar a que había personas a las que les iba la vida si comían de algo de lo que los demás nos alimentábamos con toda normalidad. Lo curioso del caso es que ninguna particularidad se cumplió como estaba previsto de antemano y, que yo sepa, en ningún momento hubimos de tomar medidas especiales aunque las familias nos dejaban en el botiquín lo que debíamos administrar a sus hijos en caso de incidentes. Estoy seguro de que todos nos saltamos las prohibiciones en algún momentos: los sufridores porque se les iban los ojos por probar lo que comían todos, que a ellos les estaba vetado. En algún caso hubo chivatazos de que se habían saltado las tajantes normativas al respecto pero como no los habíamos visto con nuestros ojos tuvimos que esperar algún síntoma de peligro para actuar en consecuencia y todavía estamos esperando.

         Llegué a convencerme por completo de que la fuerza de la normalidad era más fuerte que la bomba atómica y que las leyes de la vida no había fuerza capaz de ponerlas en cuestión. Todavía lo creo aunque, como ya soy viejo, aliño la creencia con un poco de escepticismo,  por si acaso. Un verano me dio por experimentar el logro de un intenso bronceado sin aplicarme una sola gota de ningún producto. Los míos se reían como tantas veces pero yo, a las cuatro de la tarde me subía a la terraza con las obras completas de Goethe como lectura y las carnes al aire y, con disciplina espartana, tomaba el sol dosificando los minutos de manera creciente. No se me ocurre pontificar sobre los efectos del sol en la piel humana, líbreme dios, pero sí confirmo que me puse completamente moreno, que en mi pellejo no entró una sola gota de potingue y que mi referencia para aquel empeño fue la de que en mi adolescencia, cuando trabajaba en los tejares por necesidad, nadie vino a decirme que tenía que protegerme la piel ni a mí ni a ninguno de mis compañeros.

         Insisto con toda lealtad que no pretendo de estos humildes testimonios dar lecciones de ciencia ni pontificar sobre nada. Sí respondo de que lo que cuento es verdad y que estoy seguro que los grupos de pequeños tienden en todo momento a ser más o menos como los demás. Todos aprendimos a comer galletas para celíacos y, aunque no tenga constancia directa, estoy seguro de que nuestro celíaco favorito, JEROMINÍN se buscó la vida para saltarse sus estrictas normas porque, aunque no llegó a ser preciso inyectarle lo que teníamos reservado para casos de urgencia, algo debió haber porque alguna diarrea lo señaló más de una vez. También nos lo fuimos tragando, él el primero, porque a nadie nos interesaba declararnos culpables. Es más, hoy pienso que esa misma fuerza de que todos busquemos ser normales y corrientes al precio que sea, aunque deba estar sometida a todas las excepciones que la ciencia nos indique, en ningún momento debemos hacerla desaparecer porque es la fuerza de la vida, que trata en todo momento de que la normalidad se imponga aunque para ello haya que pagar algunos precios. 


domingo, 28 de julio de 2019

COMUNICACIÓN



         Con atrevida frecuencia oímos que la actualidad está repleta de lagunas y que antes las cosas eran distintas y, en general, mejores. Como más verdaderas. El pasado es una forma de paraíso perdido que se añora. Lo aplicamos a nuestro asunto de la primera infancia pero podríamos aplicarlo a cualquier orden de la vida. Desde una simple manzana que no resiste compararla con las de antes, sobre todo si para alcanzarla había que saltar una tapia y arriesgarse a través del tronco del manzano madre. ¡Y las calles! Aquellas calles en las que nos pasábamos media vida sin que nadie nos echara cuentas. Aparecíamos a las horas de las comidas y no siempre. Muchas veces un pañuelo bien atado albergaba el típico canto de pan con aceite que nos acompañaba esparciendo sus manchurrones por aquí y por allá porque nos faltaba tiempo para el juego y comer se podía comer en cualquier momento y en cualquier lugar con tal de no perder una buena guerra a pedrada limpia o los juegos de lima en los que la propia vida pendía de un hilo en todo momento.

         Puedo explicar estas secuencias porque en más de ocasión he participado de ellas pero lo que no puedo defender a poco que me pare es que aquella vida tuviera en sus entrañas nada que no fuera altas dosis de soledad y de abandono que, eso sí que es riguroso, convertía cualquier día en un verdadero campo de batalla donde pasaban cosas como que a Juanito le saltaran un ojo con un perdigonazo del que su madre Teresa nunca logró reponerse del todo. Que Pepe Carlos lograra sacar una sábana de su casa y se tirara delante de nuestros ojos asombrados desde más de diez metros de altura en la Puente de lo que todavía nos reímos cada vez que nos vemos pero que aquella tarde fue un drama para su casa y para el pueblo entero, del que se habló durante mucho tiempo. O aquellas batallas campales contra los de Víznar que organizábamos en el Camino del Arzobispo a la altura del Cortijo de Pepino, no sé muy bien si recordando la guerra civil, todavía reciente o dando rienda suelta a esa libertad que hoy soñamos pero que sólo se llamaba abandono, miseria mental y física.

         Así se escribe la historia, plagada de sueños que añoran una juventud hoy perdida y olvidando una serie de deficiencias y perversiones que nos negamos a estas alturas a llamar por su nombre. Es verdad que hoy tenemos muchas deficiencias y algunos entre los que me cuento no paramos de denunciar y de proponer comportamientos que pueden recordar tiempos pasados pero que nunca deberíamos añorar su vuelta porque lo único que significaron fue miserias, coletazos de una guerra fratricida en la que jamás debimos participar por nada del mundo que tuvo como consecuencia un país devastado entre padres e hijos o entre hermanos, sin la grandeza siquiera de haber pertenecido a uno de los dos bandos que asolaron Europa con la Segunda Guerra Mundial y de la que fuimos apenas el experimento preliminar como seis meses después de terminar la nuestra pudimos comprobar. Nada, por tanto, por lo que enaltecer un país que se pasó tres años matándose solito con ayudas interesadas, eso sí y que vivió la historia desde fuera de la historia.

         Confianza en el futuro por todo lo que antecede y también porque la ciencia no entiende de barcos y no para de ahondar en nuevos argumentos de convivencia, en conocimientos sobre las miles de incógnitas que nos envuelven y en nuestra misión histórica que hay muchos que pensamos que por más tropezones a que nos someta, no para de avanzar, puede que incluso a pesar de nosotros. Es verdad que a muchos la impaciencia se nos dispara y no entendemos, por más que la realidad sea tozuda, cómo somos incapaces de elegir caminos del entendimiento, de respeto y de progreso a favor de las indicaciones que los pequeños no paran de mostrarnos en cuanto nos paramos a escucharlos y preferimos la pobreza intelectual de transitar por normas y estructuras de comportamiento de cartón piedra que, con la excusa de garantizar supuestos mínimos académicos, nos hacen saltar por encima de los avances técnicos y del sentido común de los pueblos sabios  y persistimos en los trágala a los que sometemos a nuestros niños y, en el fondo, a nosotros mismos. La vida será más fuerte, no tengo duda, y terminará por imponerse a pesar de nosotros.


domingo, 21 de julio de 2019

CONFIANZA



         Ya he comentado más de una vez en esta tribuna que la añoranza de tiempos pasados no deja de ser una quimera, una máscara con la que muchas veces intentamos disfrazar el presente en momentos en que nos viene gordo, cuando la realidad es que somos incapaces de responder a los retos que nos ofrece la actualidad y tratamos de disfrazarlos en sueños del pasado. En educación, como en tantas otras cosas, cada día vamos mejorando con ligeros pasos adelante, con algunos hacia atrás, que de todo hay y aprendiendo a duras penas que el camino es largo y las dudas muchas. En los ochenta partíamos de unos niveles de calidad bajos aunque en España la que se llamó Ley Villar no era desdeñable. Fue fácil abrazarse a la LOGSE, una ley descafeinada pero positiva globalmente. Llegamos a creernos que estábamos haciendo algo importante y hoy no dudo que lo hicimos. Nos volvimos modernos en educación como en otras muchas cosas. Tiempo después, a qué negarlo, fueron apareciendo las perversiones prácticas de una buena ley. Algunos pensamos incluso que nuestra mentalidad, cosa insólita, no estaba a la altura.

         Pero no quiero sino pasar por encima del contexto y dejar constancia del terreno en el que nos tocó jugar. Dos señales, inseguridad y desconfianza, nos llevaron a ir pervirtiendo un texto legal abierto y moderno para introducirlo en el túnel de la garantía de resultados mínimos sin darnos cuenta de que por ese camino terminaríamos por vaciar de contenido una propuesta ambiciosa y de altos vuelos. Hoy estamos en fase de receso en ambiciones si bien es verdad que hemos abierto el abanico de exigencias y hemos ganado en otros espacios: seguridad, alimentación, salud…, en los que es posible que estuviéramos necesitados y no tuviéramos suficiente conciencia. Seguramente por nuestra juventud también aquellos años lo fueron de ilusión en el futuro. Mi amiga María Rosa Pettri, italiana, cuando venía a nuestros congresos nos decía: Parece que os queréis comer la historia. Tenéis que daros tiempo porque los cambios han de ir más despacio.  Entonces no lo entendíamos porque todo nos parecía poco. Hoy sabemos que hasta se puede andar para atrás.

         Cuando teníamos la ambición en las manos nos empezó a temblar la inseguridad de no ser capaces de estar a la altura o bien de que los pequeños no fueran capaces de responder con la profundidad y la amplitud con que los estudios técnicos nos lo aseguraban  y nosotros lo veíamos en nuestro trabajo diario, sencillamente porque siempre se quedaban flecos sin resolver y nos metían la duda en el cuerpo. Esos gérmenes fueron haciendo mella y nos fueron cortando alas cuando las posibilidades legales nos permitían seguir volando y descubriendo horizontes nuevos que estaban a nuestro alcance, hasta que ayudados por cambios políticos conservadores que accedieron al poder por el desgaste de la izquierda, nos hicieron dirigirnos a los cuarteles de invierno de la seguridad administrativa y como segando nuestra capacidad de soñar para afianzarnos en las estrictas condiciones materiales, muy respetables también pero mucho menos ilusionantes. Aquí estamos hoy, mucho mejor dotados en medios sin duda, pero con la capacidad de soñar un poco embotada.

         Esto que antecede no quiere ser ningún lamento. En todo caso intenta ser un poco de sentido de realidad para que tengamos conciencia de dónde nos encontramos. No vale angustiarnos porque el futuro sigue estando ahí delante y nos sigue esperando como siempre. Necesitamos, eso sí, superar las inseguridades que nos encorsetan y nos llegan a anquilosar nuestras capacidades y saber que los pequeños a nuestro cuidado necesitan que se confíe en sus posibilidades, como siempre, y se les escuche porque cada día nos están enviando mensajes de lo que son capaces de aportar a su crecimiento y a su desarrollo. El viejo refrán de no me des pan, ponme donde haya, fue válido ayer, lo es hoy y seguro que lo va a seguir siendo mañana. No sé si hemos perdido tiempo o si necesitábamos este tiempo menos ambicioso para asegurarnos un poco más en el suelo que pisamos y sentirnos seguros en el momento en que nos decidamos a reanudar la marcha. “Es posible que sea verdad, amiga María Rosa, que teníamos que darnos tiempo”.


domingo, 14 de julio de 2019

RESPETO



         Con la desaparición física de nuestra compañera Irene Balaguer, como concluíamos la semana pasada, nos queda su legado. Su legado no es añoranza, ni desánimo, ni la más mínima sombra de duda sobre nuestra función de profesionales de la Educación Infantil. Su legado se llama compromiso. Ella siempre tuvo un partido político de referencia que era conocido y nunca fue motivo de conflicto insalvable porque el diálogo se produjo en todo momento, tanto en los acuerdos como en los desacuerdos. Otros, como fue mi caso, decidimos mantenernos al margen de los partidos pero nunca al margen de la militancia pedagógica que hemos compartido con Irene y con tantas otras personas que siguen comprometidas con causas que socialmente se podrían considerar perdidas como la primera infancia, los refugiados, la calidad del aire que respiramos o los alimentos que ingerimos. Es verdad que en algunos momentos he echado de menos la ausencia de un apoyo político de un grupo fuerte como puede ser un partido, pero su ausencia ha sido un peaje que he asumido desde el principio y lo he pagado. No se puede tener todo en esta vida y no he querido renunciar a la libertad personal que ha sido el precio, a veces demasiado caro.

         Una de las palabras que más sonó el seis de Julio en el encuentro en Barcelona en recuerdo de Irene fue la de respeto a la infancia. Esta idea ha sido uno de los motores de nuestro esfuerzo a lo largo de los años y estoy seguro que va a seguir vigente en el momento presente y garantizo que en el futuro. El respeto a la infancia significa un estilo de vida radicalmente distinto al que conocemos de manera mayoritaria desgraciadamente. El respeto no significa ni más ni menos que asumir un punto de partida en el que el recién nacido es una persona con todos los derechos, dueño de su destino y perfectamente capaz de desenvolverse en la sociedad, siempre que se le faciliten los medios y las personas durante sus años de formación, que son bastantes. Sabemos que con mucha frecuencia los pequeños llegan a una familia y se convierten en juguete por múltiples razones, todas ajenas a la persona que llega.

         Los más modernos estudios nos hablan de la familia como una constelación de afectos, de intereses, de limitaciones, de frustraciones y de expectativas que giran alrededor de los pequeños y que inevitablemente los están condicionan y arropan desde el primer momento de vida. No existe un proceso evolutivo puro sino que cualquier evolución individual se encuentra contaminada por fuerzas de muy diverso signo que condicionan la vida del menor. Esto es malo y es bueno a la vez porque le aportan a su vida un cierto colchón de afectos en lo que se siente seguro aunque al mismo tiempo significan también limitaciones para poner en práctica sus capacidades, que van a entrar en pugna con prejuicios de alguno de los miembros de su círculo más cercano. Parece un callejón sin salida y en muchos casos lo es porque toda esa maraña afectiva que envuelve al pequeño puede terminar por agostarlo y anularlo como persona.

         Por eso no nos cansamos de pedir respeto para los menores, sobre todo para los más pequeños. Son personas y como tales tienen unos derechos que tenemos que garantizarles las personas que vivimos a su lado. Son capaces de resolver muchas de las dificultades que la vida les plantean. Otras no y para eso estamos nosotros, para ayudarles a fortalecer sus capacidades, que son muchas más de las que pensamos y con nuestra colaboración puntual cuando la necesiten, con nuestro respeto a permitirles desarrollarse a su modo en un clima de confianza y de seguridad podrán crecer en un espacio y en un tiempo amigos. La escuela no debe servir para doctrinar a nadie ni para hacernos a todos amoldarnos a unas normas impuestas por alguien que busca unos resultados concretos en defensa de sus intereses. La escuela debe ser la garantía de libertad para quienes llegan a sus aulas con casi todo su desarrollo personal por ejercitar. En  la medida en que los pequeños se sientan respetados, que me gusta mucho más que queridos, serán más capaces de desenvolverse entre ellos y en la estructura social correspondiente, aprenderán a resolver mejor  las dificultades que inevitablemente les depara el presente y, sobre todo, el futuro.


domingo, 7 de julio de 2019

FUERZA



         Esta mañana tomaba el recién estrenado AVE de Barcelona Granada junto con mi amiga y compañera profesional de Educación Infantil, Mercedes Toro, tras haber asistido a una jornada especial con Irene Balaguer como recuerdo personal y como referente internacional a los pocos meses de su muerte. En la Escuela de Verano de Rosa Sensat, que la propia Irene presidió durante varios años, cada verano miles de maestros y maestras reflexionan sobre su práctica y profundizan sobre su trabajo en un intento por mantenerse actualizados sobre su misión pedagógica para encontrar la manera más acertada de responder a los retos que el momento presente va planteando. La organización ha tenido la magnífica iniciativa de dedicar una jornada especial, la de ayer, día 6 de Julio, a que quienes conocimos y tratamos a Irene reflexionáramos sobre su figura. Desde Brasil a Dinamarca, desde Uruguay hasta la Gran Bretaña, desde México hasta Francia o Italia o cualquiera de los puntos de España, sobre todo Granada que pese a su modestia poblacional ha concentrado 25 profesionales en Barcelona para recordar a Irene a la que hemos vivido tan ligados durante tantos años.

         Os dejaré al final un enlace para que quien lo desee acceda al texto que ofrecí en diciembre en este mismo blog, más íntimo y personal sobre su figura. No pretendo ofrecer una semblanza rigurosa sobre el contenido de las distintas aportaciones que imagino que en alguna de las revistas INFANCIA  irán apareciendo en los próximos meses. Prefiero centrarme en el aspecto personal de su figura en el sector para decir que la palabra que más ha aparecido en las aportaciones ha sido la de que nos ha dejado huérfanos con su desaparición de este mundo y por eso nos hemos visto en la necesidad de reunirnos para hablar de ella. Lo hemos hecho y, tanto su familia, su esposo Toni como sus hijos Marta, Clara y Pere, presentes en el encuentro con su dolor a cuestas, como su otra familia, esa que formamos los que hemos compartido vida y militancia pedagógica con ella, también rotos por su ausencia nos hemos mirados a los ojos y nos hemos dicho: Y AHORA QUÉ.

         Su propio testimonio personal en defensa de la primera infancia a lo largo de los años llevaba la respuesta dentro. La Irene como la hemos llamado como si se tratara de alguien de nuestra familia más cercana, nos ha dicho que la lucha ha sido larga hasta el momento presente y se han conseguido cosas importante por la presencia y por la dignidad de las personas en sus primeros años de vida pero el camino es arduo y las necesidades muchas. Con el desgarro en las entrañas por la inesperada marcha de Irene y con las lágrimas en los ojos hay que retomar la lucha porque los que la conocimos y la hemos visto reir y llorar muchas veces sabemos que la fragilidad no ha significado en ningún momento para ella aparcar la defensa de la primera infancia. Al contrario. Su recuerdo será siempre una palanca para saber que esta lucha por la dignidad y por los derechos de los más pequeños tiene con Irene un mito más que junto a tantos como nos han precedido: Marta Mata, Loris Malaguzzi y tantos otros, deben ser los pilares de nuestro trabajo desde su ausencia.

         Carmina Ferrero, otra significada luchadora desde Getafe en Madrid nos informaba en su ponencia que la división que desde 1983 se consagró en España de primera infancia en los dos ciclos de 0 a 3 y 3 a 6 a pesar de la oposición que mantuvimos muchos en el Palacio de Congresos de Barcelona precisamente, muy cerca del edificio Caixa Forum donde estuvimos ayer reunidos, está a punto de desaparecer del sistema educativo español y que el borrador que se está terminando de elaborar para sustituir a la denostada ley Vert puede que termine de una vez con esta división que hemos mantenido vigente durante casi 30 años y que no hay modo de justificar por ningún criterio técnico. Sólo se ha sustentado en criterios económicos manteniendo un primer ciclo de 0 a 3 profesional y laboralmente de más baja calidad que el resto del sistema educativo. Este podría ser el mejor tributo a la figura y a la memoria de Irene que tanto luchó por la dignidad de la primera infancia mientras estuvo entre nosotros.


domingo, 30 de junio de 2019

AGUA



         La vida es amplia, profunda, terrible, placentera, promotora de vida y de muerte. No es nuestra pero nos permite usarla y de hecho nos sobran experiencias tanto de cielo como de infierno a través de su contacto. Cuando hace unos meses el mar nos dejaba en la playa el cadáver de un pequeño de tres años le veíamos su cara más terrible. Estos días nos ha estremecido de nuevo, esta vez ha sido un río con otro cadáver de una niña de menos de dos años que pretendía llegar a los EEUU y su padre y ella aparecieron ahogados en la orilla, arrastrados por la fuerza del agua. Lo mismo podríamos ofrecer imágenes de campos sembrados de arroz que en unos meses serán capaces de alimentar a medio mundo porque decir agua no es más que nombrar una enorme capacidad que la vida ofrece y que no se va a someter a nuestras leyes. Tiene leyes propias y las aplica sin contar con nosotros. Si nos movemos sometiéndonos a su ritmo podemos convivir y aprovecharnos de sus ingentes capacidades , pero si se nos ocurre ponernos en medio de su camino nos hará ver que apenas somos briznas que trae y que lleva a su albedrío.

         No sé si será ese espanto de sabernos tan poca cosa a su lado o qué será lo que produce que el agua siempre haya estado tan lejos de la escuela. En algunas experiencias hemos vivido salidas o colonias de unos días junto al mar en tiempos de calores que piden su consuelo casi desde la mañana a la noche, pero se trata de vivencias ocasionales  alejadas del ritmo diario. No me parece mal en cualquier caso porque cuando el calor aprieta como en estos días que ya hemos superado los 40 grados de un verano que acaba de empezar, cualquier contacto con el líquido elemento lleva dentro su consuelo. Creo que también podríamos poner al alcance de los pequeños porciones de agua más discretas. Un acceso más asequible a los grifos de los que dispongamos sería suficiente para introducir grandes dosis placenteras en el quehacer cotidiano de manera eficaz, sencilla y al alcance de la mano. No veo las dificultades que podría acarrear un reparto del tiempo en el que los pequeños pudieran gozar del agua.

         Los elementos naturales siguen siendo ajenos a la escuela. Como mucho nos encargamos de protegernos de ellos como si se trataran de demonios de los que hay que ponerse a salvo cuanto antes y tenerlos lo más lejos posible. Y es verdad que pueden ponernos en peligro a la primera de cambio y nunca debemos olvidar que sólo somos briznas en comparación con su poder. Pero no es menos cierto que su cercanía o la posibilidad de vivir junto al fuego, al viento, a la tierra o al agua también llevan aparejadas grandes dosis de posibilidades, de conocimiento y de dominio sobre los misterios que llevan implícitos. Últimamente veo en los parques públicos uno grifos en el suelo que en días como lo presentes surgen en forma de chorros y son como imanes para los pequeños que no tardan en sentirse atraídos por la fuerza del agua y con su contacto encuentran seguramente el mejor consuelo para el calor sofocante de determinadas horas de estos días extremos. Pongo este ejemplo del consuelo del agua en estos días pero no habría que pensar mucho para ofrecer muchos otros parecidos.

         Puede parecer que no se sabe qué se puede hacer cuando se contacta con el agua sin un plan preconcebido. Como nos descuidemos podemos caer en una estructura tan hermética y tan estéril como la que usamos habitualmente para dividir el tiempo dentro de la escuela. Seríamos capaces de vaciar de vida casi cualquier potencia y que, como en el caso del agua que se puede convertir en fuente de vida sólo con que permitamos a los pequeños organizar su tiempo y sus energías con su contacto, también podría llamarnos a reflexionar sobre la cantidad de veces que hacemos que la vida se seque por una organización estéril que intentamos imponer a cualquier precio cuando tenemos al alcance de la mano toda la capacidad sin estrenar de los pequeños que no necesitan más que se les permita disponer de sus energías a placer para gozar y para aprender, ambas cosas a su alcance y a cuya consecución se lanzan hasta con desesperación en el momento que encuentran la más mínima posibilidad.


domingo, 23 de junio de 2019

REFUGIADOS



         ¡Que nadie se alarme! ¡No me he convertido de la noche a la mañana en un peligroso seguidor de los apestados de la tierra! Sigo siendo un profesional de la educación jubilado que, una semana más, se empeña en mantener en alto la bandera de la educación de los más pequeños. Ni más ni menos que eso. Lo que sucede es que el otro día leí que andaban por el mundo buscando desesperadamente una tierra que los acoja unos setenta y cuatro millones de personas y me ha dado por reunirlos en  mi cabeza y de pronto me he encontrado con un país, al que podríamos llamar DESESPERACIÓN, casi dos veces España, que un día abandonó lo que consideraba su hogar y que no sabe a dónde ir porque nadie los quiere. Así por encima pienso que deben ser menores de cinco años, que es en lo que se centra mi interés porque más lejos ya no me alcanza la vista, del orden de veinte millones. Sé que todos conocemos esta realidad, aunque sólo sea por la prensa, pero también sé que nos hemos acostumbrado y entramos y salimos de ese conocimiento como si no fuera con nosotros.

         Se me ha antojado pararme esta mañana, mira por dónde, en esta situación del mundo, del mismo mundo que me alberga a mi y a mi país del primer mundo que más o menos tiene garantizado cada día una casa para vivir y alimentos suficientes para sustentarme. DESESPERACIÓN no está localizado en un lugar concreto. Podríamos decir que es un poco de todos. Su destino es huir y su verdadera patria el camino, literalmente, no como figura poética. Sobreviven a todos los fríos y a todos los calores. Los que logran dormir bajo techo lo hacen apenas con unas lonas o chapas y los que claudican a los extremos de la vida, tiran la toalla y, sencillamente, se mueren. En teoría todos pertenecemos a este país tan liviano y tan disperso porque en algún momento hemos estado incluidos en sus garras. Si no nosotros personalmente, nuestros padres o nuestros abuelos. Los periódicos de España daban ayer la noticia de que un señor de 83 años recibió un sonajero, encontrado junto a los restos de su madre, fusilada en la guerra civil española cuando él tenía nueve meses.

         DESESPERACIÓN es una patria en sí misma. Habla todos los idiomas y para entenderse apenas necesita una sonrisa que otra, no hay lengua más clara que una sonrisa, que un trozo de pan o que una mano tendida y la conciencia de que todos somos personas que hemos llegado a este mundo desnudos y solos y que así nos iremos un día de él. A partir de ese mínimo vital ya empiezan los matices que aunque no sean más que  particularidades no esenciales, nos llegan a discriminar de tal manera que parece que pertenecemos a planetas distintos cuando apenas nos separan unos kilómetro de distancia o unos años de historia entre nuestros países. A los españoles nos tocó pertenecer a los parias de la tierra a principios de 1939 y el sur de Francia vivió y nos hizo vivir el suplicio del exilio. Muchos miles se terminaron quedando a vivir en aquel lugar y sus alrededores y allí quedan todavía vestigios de nuestro idioma y de nuestras costumbres en sus descendientes. Muy parecida fue en los 90 la situación de los Balcanes y ahora se van recomponiendo lentamente las crueles heridas que se abrieron durante aquellos años.

         Pero insisto en la universalidad de DESESPERACIÓN. Lo mismo podemos verlo hoy en las fronteras de México con EEUU, que en las de Venezuela con Colombia que en el estrecho de Gibraltar con África que en Europa Oriental con Siria que, sin tener que salir de ningún país concreto, en los arrabales de cualquier ciudad sin necesidad de guerras ni catástrofes. Y digo yo: cómo llamamos a esos niños, qué escuela les ofrecemos, qué futuro les espera, dónde se fundamentan sus sueños, en qué humanidad creen, en qué derecho se justifican sus valores, en qué lengua les hablamos que no sea la del dolor y la de la muerte, que ya la aprenden sin necesidad de profesores. Todas estas reflexiones dando vueltas en esta mente calenturienta me han dejado esta mañana sin más armas que mi voluntad de poner palabras y convertirme en el sencillo sonajero que se llevó la madre a su fusilamiento y que ha llegado a manos de su hijo 83 años después.


domingo, 16 de junio de 2019

FIESTA



         Crear un tópico depende de muchos factores pero una vez que lo hemos impuesto no hay más que repetirlo hasta la extenuación. Hemos mencionado en algún momento la conveniencia de que determinados acontecimientos, las fiestas por ejemplo, deban estar presentes en la vida con las debidas proporciones. Sucede que de no ser así el propio sentido del acontecimiento se sale de madre y pierde su carácter de excepcionalidad. Una fiesta tiene su gracia pero si cada día se convierte en fiesta llegamos a un punto en que los propios pequeños abandonan el sentido de sorpresa y hacen del acontecimiento que se pretende destacar una norma más y llegamos a un punto que no sabemos vivir sin el sobreesfuerzo de la sorpresa. Lo mismo podemos hablar de los regalos. No se explica hoy el devenir cotidiano sin la presencia permanente de los regalos por cualquier causa y hasta sin causa ninguna. Parece que las circunstancias vitales han ido produciendo una subversión de valores de modo que lo que en origen tenía un sentido de sorpresa, hoy no necesita de ninguna excusa para producirse.

         Cuesta trabajo pensar en que llega el fin de curso y no vamos a disponer de nuestra fiesta correspondiente. Ahora sucede que los acontecimiento ya no valen si son sencillos y sirven para que los grupos vivan un momento de placer común que permita  enriquecer la convivencia. La propia dinámica de su repetición trae aparejado el que su contenido tenga una cierta dosis circense de más difícil todavía. Puede llegar un momento en que necesitemos tal nivel de agitación que se involucre en estos excesos toda la familia o el propio barrio si llega el caso. Hace falta para eso que el contenido que se festeje se haga comprensible para todos y nos encontramos con grupos de pequeños con disfraces por cualquier causa adquiridos a precios irrisorios en los chinos y sin valor alguno de originalidad ni de particularidad. No es raro encontrarnos varios batman, otras tantas sirenitas y algunos zorros desperdigados, con lo cual, lo que tenemos es un pan como unas hostias que no nos impacta a nadie y que se consigue sin esfuerzo de nadie.

         El otro día se celebró la fiesta de fin de curso en el cole de mi nieta y el contenido era un baile colectivo con una coreografía digna de cualquier programa de televisión en el que los pequeños de cuatro años tenían que reproducir una de las miles de secuencias que estamos viendo a cada momento,  de modo que todos sabíamos de antemano lo que íbamos a ver y cualquiera de nosotros podía dirigir el contenido porque lo habíamos visto de antemano miles de veces. Recuerdo haberlo estado comentando en mi familia porque no podía haberse producido sin que se hubiera gravado su video correspondiente y que destacábamos lo único que nos pareció original de todo lo que aconteció y fue el maestro que tuvo la feliz ocurrencia de mostrarse con un clavel en la oreja, ornamento específico de las mujeres, que le daba un aire de sorpresa y de algo que llevara implícito un toque de originalidad. El resto del acontecimiento no era ni más ni menos que lo que se esperaba y que todo el mundo conocía de antemano.

         No quiero pecar de Pitufo Malasombra ni de aguafiestas de nadie pero sí veo que estamos perdiendo el norte y confundiendo la gimnasia con la magnesia. La fiesta tiene que ser la vida y la vida tiene importancia suficiente de por sí para no necesitar someterla a estereotipos a propósito de cualquier acontecimiento. En una de mis últimas fiestas de otoño, que en nuestra escuela tenían un contenido muy particular recuerdo un conjunto de disfraces de los chinos que no miraba nadie y nuestro en cambio nuestro Pablo el Rizos disfrazado de butanero con una vestimenta casi normal pero con una bombona de espuma color naranja que su madre logró coserle en el hombro derecho y que fue la sensación de la tarde y no precisamente por lo espectacular sino por lo diferente y lo particular. Nos hemos acostumbrado a lo fácil y a lo convencional de modo que todo intentamos resolverlo con unos euros y una visita a los chinos que nos lo resuelven todo en un santiamén y es que nuestra propia vida se nos está convirtiendo en eso, en algo de unos euros y que podemos adquirir en los chinos sin ningún esfuerzo.