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domingo, 29 de marzo de 2020

ENCERRADOS



         Lo que está pasando en el mundo con el COVIT 19 es una revolución de consecuencias que en este momento no somos capaces de calibrar. Esta pandemia nos tiene atrapados y estamos luchando como locos por salir de ella de la mejor manera posible, pero eso, con ser dramático no es más que la primera parte. Los que conocen las guerras siempre dicen que lo peor no es la guerra en sí sino la terrible y larga posguerra en la que hay que reconstruirlo todo de nuevo, no hasta ponerlo como estaba, que es imposible, sino hacer que podamos vivir de nuevo en aquel espacio que conocimos antes del conflicto y que ya nunca será el mismo. No quiero caer en ningún tipo de derrotismo porque la vida siempre es más fuerte que cualquier guerra o que cualquier virus pero sí creo que es importante saber en qué estamos metidos y tomar conciencia de las dimensiones de lo que estamos atravesando. No puedo dejar este tema sin tener un recuerdo especial a los 60 millones de refugiados que pululan por el mundo sin una patria que los acoja. ¿Cómo verán ellos el virus? ¿Estarán contagiándose?¿A dónde podrán acudir para hacerse un test?¿Tendrán mascarillas o tendrán que pedirlas a China también?¿para qué querrán ellos las mascarillas?.

         No quiero seguir con las preguntas aunque me pasaría toda la mañana preguntando y preguntándome. Hoy quiero centrarme en el encierro porque, con más o menos intensidad, de un encierro se trata. Y quiero centrarme concretamente en uno de esos apartamentos de unos 50 metros, en el que vive alguien: un padre, una madre y dos hijos. Uno concretamente de dos años. Voy concretando y me voy poniendo nervioso porque me doy cuenta de la cantidad de supuestos que me dejo en el tintero. No quiero pensar ni por un momento en quienes disponen de espacio y hasta de un jardín para vivir el suplicio. Lo siento también por ellos, pero me quedo con mi propuesta. ¿Habrá estado sola la pareja alguna vez tanto tiempo seguido? ¿De qué hablarán? Si discuten…, qué pasa. ¿Dónde se aíslan si uno quiere estar sólo? ¿Se acuestan los cuatro a la misma hora? Y miles y miles que se me quedan colgando porque no quiero agobiarme ni agobiaros.

         Desde que empezó esta historia fue en lo que pensé. Será deformación profesional o no sé lo que será pero se me viene a la cabeza qué hace una persona de menos de tres años en un espacio minúsculo, junto a su familia las 24 horas del día cuando lo que tiene que hacer en la vida es conseguir el más completo desarrollo muscular a base de moverse de todas las formas posibles. Si no se mueve es como si se muriera muscularmente hablando pero si se mueve seguro que estará molestando todo el tiempo porque el resto de la familia ya no está en ese momento vital. La persona músculo como podríamos llamarla, no puede hacer otra cosa porque es su momento. No tendrá otro en el que su cuerpo esté tan necesitado de movimiento y es ahora cuando está mejor dotado para correr de acá para allá y subirse y bajarse de cualquier sitio que pueda. Todos tenemos límites en la vida para cualquier cosa pero cuando todo tu cuerpo te está pidiendo actividad porque es su momento y tienes que prescindir porque no hay espacio y porque molestas, ¿qué?.

         Cada uno elige sus fantasmas y yo me he centrado en estos dos porque he querido. Los refugiados en general que, curiosamente, han desaparecido del mapa como por ensalmo. Parece como si el maldito COVIT 19 hubiera resuelto el problema de un plumazo o los hubiera devuelto a sus hogares de los que ninguno quiso salir en realidad. Se han acabado casi todos los problemas como por arte de magia. Un problema se acaba cuando se pone encima otro de mayores dimensiones. Ahora no vemos más que coronavirus. Como si el mundo se hubiera acabado tal como lo conocíamos y ahora no hay más que resolver esta urgencia que nos está cambiando. Quiero seguir recordando a las personas que acaban de llegar a la vida, a esta vida concreta, y que lo primero con que se encuentran es con un corsé de semejante tamaño que les dice que no pueden moverse más allá de unos metros porque molestan. Como si este mundo no fuera también de ellos.


domingo, 22 de marzo de 2020

CONFINAMIENTO



         Este coronavirus que nos está inundando, covid 19 por nombre, no tiene solución como ninguno otro con los que convivimos y que hemos terminado por integrar de modo que hoy forman parte de nosotros mismos. Les llamamos gripe porque no sabemos nombrarlos con sus nombres científicos. Cada año se nos presentan en otoño, nos invaden y en primavera suelen veranear porque el calor los achanta. A los grupos sociales de riesgo: personas mayores, dependientes y enfermos crónicos se les vacuna con cepas anteriores para que el impacto sea algo menor. La a campaña de 2017–18 dejó, sólo en España 700000 afectados, 52000 hospitalizados y 15000 muertos. Supongo que cada país tendrá sus propios datos que interioriza como parte de su forma de vida. Esto lo tenemos integrado y casi no es noticia. La curva de peligrosidad según las edades es idéntica a la que se publica para el covid 19, casi todos se producen en los mayores de 50 años y van creciendo a medida que envejecen. Por tanto, nada nuevo bajo el sol. La angustia es libre y, como vemos, va por zonas pero la única particularidad que tiene el covid 19 es la de ser nuevo y desconocido hasta el momento.

         Mientras nos vamos infectando, porque a un virus no hay manera de domarlo, lo vamos conociendo. Lo más destacable es la carrera furiosa para encontrar la primera vacuna para combatirlo, un asunto comercial y de prestigio que protagonizan sobre todo los dos gigantes China y EEUU. Ya la anuncian pero saben que no va a ser verdad antes de un año porque la ciencia tiene sus tiempos y para ser creíbles los resultados deben gozar de todas las garantías. Estoy seguro que tendremos la dichosa vacuna, pero en su momento. Mientras tanto, qué. Pues aquí estamos, haciendo lo que podemos y lo que sabemos para capear el temporal. Se ha decidido recluirnos en nuestras casas  entre 15 días y dos meses porque necesitamos tiempo para que nuestras estructuras sanitarias puedan atender con dignidad a los afectados más graves y no se vean desbordadas por la avalancha de infectados porque el covid 19 se propaga con mucha rapidez.

         Los poderes públicos se sienten desbordados, y con razón, con los efectos de este bichito que se nos ha colado de la noche a la mañana que les está obligando a tomar medidas tan generales y tan drásticas que no conocíamos casi nadie. Sólo los pocos supervivientes de las guerras son capaces de recordar situaciones similares. La reclusión es la vacuna ha dicho nuestro presidente y es verdad, pero no nuestra vacuna contra el virus, que terminará por infectarnos a la mayoría sino contra nuestras limitaciones sanitarias que no podrían atendernos si todos nos infectamos de golpe. La reclusión, la higiene y las distancias de seguridad nos permiten dosificar las infecciones para que los servicios puedan responder a unos números de infectados similares a las posibilidades disponibles. Seguramente terminaremos infectados casi todos, inevitablemente, pero poco a poco. Gran Bretaña intentó dejar libre el proceso infeccioso pero con el paso de los días va reculando y adoptando medidas similares al resto del mundo ante el temor de verse desbordados.

         Llevo una semana recluído, como todo el mundo, durante la que he salido dos veces a por provisiones estrictamente y soportando los días hasta que el proceso permita modificar esta forma de vida artificial pero seguramente inevitable. Como soy un lector empedernido me cuesta poco esfuerzo por la cantidad de horas que ya invertía anteriormente en la lectura. Me afecta sólo la limitación impuesta a mis pocas salidas anteriores. Pero estoy seguro que se está produciendo una verdadera revolución en la estructura social porque la vida, de la noche a la mañana, nos ha abocado a vivir de otra manera durante un tiempo limitado pero desconocido. La situación me recuerda al cuento de Julio Cortázar, LA AUTOPISTA DEL SUR correspondiente a su libro de relatos TODOS LOS FUEGOS, EL FUEGO, en el que un inmenso atasco en una autopista hace que los coches permanezcan recluídos en ella varios meses y sus ocupantes tengan que aprender a sobrevivir en unas condiciones nuevas y desconocidas.


domingo, 15 de marzo de 2020

PANDEMIA


         Me encuentro en mi casa escribiendo este artículo como cada domingo, solo como siempre, pero ahora por obligación porque mi país, tras la declaración de pandemia de este virus nuevo que nos ofreció China hace un par de meses y que ha aglutinado alrededor de su minúscula persona el discurso mundial.  Promete que en los próximos meses no tengamos otro asunto del que hablar que el de su microscópica existencia. Para más inri resulta que China, que ha sido su cuna, actúa con su contundencia implacable de la que en determinadas ocasiones hace gala, y a estas alturas ya ha pasado su calvario. Ahora nos pasa el testigo a los europeos y hasta tiene la gallardía de ofrecerse como apoyo y como guía a este viejo continente que se encuentra más o menos bloqueado por causa de este visitante indeseado y todos bailando al son que toca su diminuta majestad. Gran Bretaña, que va por libre como tantas veces, decide pasar del virus y permitirle que campe por sus respetos y se acoge a la selección natural como si fuera un nuevo Darwin especialista en virus.

         Ya se encuentra toda España disminuida en sus movimientos como Italia y como el resto de Europa parece que va a ir asumiendo poco a poco, al menos los quince días de rigor que parece que tiene el coronavirus de vida. La experiencia de China ha sido dramática pero parece que ya han controlado la pandemia. España tiene desgarradoras experiencias porque a comienzos del siglo XX se hizo mundialmente famosa a través de la gripe española que comenzó en enero de 1918 y se dio por concluida en diciembre de 1920. Se llevó por delante 50 millones de personas en todo el mundo. Eso sí es para echarse a temblar. Hoy nos dedicamos a ir contando los muertos uno a uno como si todo fuera inmenso cuando en realidad lo único que este virus tiene de preocupante es que es nuevo y que hasta el momento no lo conocíamos. Aquí estamos todos como pollos sin cabeza dando bandazos de aquí para allá hasta ver si encontramos una vacuna eficaz que nos demuestre que somos más fuertes que él como hemos creído que lo éramos sobre todos los que en el mundo han sido.

         Esta del enclaustramiento durante 15 días por lo menos va a significar una prueba de fuego que hasta el momento no conocíamos y que nos va a medir hasta qué punto somos capaces de desenvolvernos en una situación nueva que ya no busca dotarnos de medios de subsistencia sino ser capaces, en un momento dado,  de prescindir de casi todos ellos y aislarnos voluntariamente como la mejor medicina para combatir esta miseria nueva que se nos ha venido encima sin comerlo ni beberlo y nos pone a prueba de una manera nueva como colectivo. Nos hemos pasado siglos para dotarnos de recursos para resolver nuestras necesidades básicas y ahora que, al menos en parte del mundo que habitamos, las tenemos resueltas, nos viene de la noche a la mañana este virus, se ríe de nosotros en nuestra cara y se salta todas las fronteras que creíamos que teníamos y nos pide que nos comportemos como seres que son capaces de ser humildes y aceptar aislarse durante al menos 15 días para ganarle la guerra a este bichito que nadie es capaz de ver a simple vista y que nos tiene a todos bailando al son que toca.

         Será por deformación profesional pero no puedo dejar de pensar en los más pequeños y en la miseria de espacios en los que tantas familias viven y que en estos días no van a tener ni el consuelo de salir a los espacios libres para respirar un poco de aire. Nueva experiencia para los que no tuvimos la desgracia de vivir experiencias tan desgarradoras como la guerra y que ahora tenemos que desenvolvernos con este desafío del aislamiento. Es toda una novedad comunitaria que habrá que pasar con la mayor normalidad posible pero también sabiendo que es un drama y que habrá que estudiar en los manuales futuros por si aprendemos algo sobre nuestras posibilidades de adaptación a situaciones nuevas. En Gran Bretaña nos contarán cómo se resuelve una pandemia como esta, sencillamente mirando hacia otro lado como si no fuera con ellos. Como dicen en mi pueblo… hay gente pa to.  

domingo, 8 de marzo de 2020

CONSTELACIÓN


         En mi segundo curso de estudios pedagógicos ya estudiaba que en la historia de cada persona se sintetiza la historia del género humano. Aquello sonaba fuerte. Otro nos hacía saber también que no hay nada nuevo bajo el sol, que puede tener un significado parecido y hasta un tercer aldabonazo se concreta en que soy humano y nada de lo humano me resulta extraño. Podríamos seguir si nos seguimos estrujando el magín pero tampoco creo que sea nuestro objetivo hoy. Con lo recogido podemos disponer de pilares suficientes como para darnos cuenta de que una persona que nace es mucho más que una individualidad aislada. En su configuración andan sintetizados siglos de ciencia que le van a llegar por mil caminos distintos de modo que no será lo mismo alguien que ha nacido esta mañana que otra persona que nació hace unos siglos. Todo un bagaje cultural se arrastra de oficio y llegamos a este mundo con una mochila que no es exactamente nuestra como individualidades sino como miembros de una especie. Cabría afinar para discernir qué traemos y qué aprendemos, pero ese es el enigma que, hasta el momento, nadie ha logrado dilucidad con claridad.

         El enigma de cada uno con su especie se complica un poco más si nos ceñimos a cada persona con su contexto más cercano. Más claro todavía. Dos personas que nacen, una al lado de la otra, pueden ser muy distintas desde el momento en que para hacerse presentes en este mundo sus particularidades pueden ser radicalmente distintas. No resulta difícil entender que un nacimiento de una madre de 15 años que fue concebido urgentemente en un cuarto de baño con un alto nivel de alcohol en los cuerpos de sus progenitores tiene enormes diferencias con otro nacimiento largamente deseado, que se produce como resultado de un profundo deseo de sus familias y que se le espera con ansia. A cualquiera le queda claro las enormes diferencias previas entre un nacimiento y otro pero tampoco podemos pasarnos de listos pensando que sabemos lo que no sabemos. Nadie puede derivar de estos mimbres tan distintos que los resultados van a ser unos u otros porque no hay garantía de que dos más dos vayan a ser cuatro en todos los casos.

         He llamado constelación a este artículo para dejar claro que hay todo un conjunto de influencias que rodean a cada ser humano desde el mismo momento en que viene a este mundo y que van a determinar en una medida su evolución futura. Esto no creo que nadie se atreva a negarlo. Pero tenemos que andar con tiento porque siendo cierto lo que acabamos de decir tenemos que ser muy prudentes en lo que podemos seguir diciendo. Hasta el momento no es posible seguir más allá porque la vida es tan rica que hace que cualquier cosa tenga su posibilidad de existir, tanto si nace con muchas probabilidades como si no. Claramente es posible que alguien que ha nacido entre algodones termine siendo un bala perdida como que quien nació de una noche loca termine siendo una persona sensata y con criterio. Es verdad que también hay que señalar que no tienen las mismas posibilidades uno que otro porque los condicionantes son muy distintos y empujan en direcciones, si no contrarias, al menos divergentes.

         Podríamos unir factores de género, hoy que es el DIA DE LAS MUJERES para complicar un poco más el puzle de la vida y tendríamos razones para ello. Las mismas que hemos explicado en los dos casos anteriores podríamos añadirle si es un niño o una niña quien acaba de nacer. Todo esto que antecede me lleva a darme cuenta de que cada nueva vida es una historia individual frente a quien quiera hacer que todos seamos lo mismo, que no faltan, si bien es verdad que hay toda una serie de componentes que todas las personas que venimos al mundo traemos por el hecho de ser personas y nos diferencias de otros seres vivos con los que compartimos el mismo mundo. Nuestra ciencia no es capaz de ir, hoy por hoy,  mucho más allá lo que hace que tengamos que ser suficientemente humildes para aceptar lo que la vida nos ofrece y seguir aprendiendo porque los enigmas siguen en pie y nos siguen condicionando.  

domingo, 1 de marzo de 2020

ANTECEDENTES



         La semana pasada veíamos al nuevo ser aparecer en este mundo, bien por el conducto natural del útero materno o por el más agresivo de la cesárea en el caso de que los facultativos lo consideraran oportuno. Para completar esta información tengo que decir que hace 40 años, cuando nació mi hija Alba de parto natural, en España había un 25% de cesáreas cuando en Dinamarca, por ejemplo, no subía de 15%. La cesárea estaba de moda entonces. En este momento no tengo datos de los últimos años y, por tanto no quiero hacer informaciones sin fundamento. Mi hija Elvira, hace 20 años nació por cesárea y me pareció justificada en su caso. No quiero menospreciar la cesárea como forma de nacimiento que ha salvado miles de vidas que seguramente se habrían perdido de no haber existido esta técnica quirúrgica pero sí recuerdo con claridad avalada por datos estadísticos que hubo un tiempo en que se hacían cesáreas como rosquillas y no siempre porque fuera imprescindible.

         Tengo fijado en la mente, no sé por qué, el caso de Clemente, aunque sé que no era el único, ni mucho menos. Le aplicamos el apelativo de hijo único como si hubiera sido su verdadera profesión, seguramente porque encarnaba mejor que nadie los vicios típicos de tal condición. Era guapísimo, estaba muy mimado, tenía de todos los juguetes imaginables y los llevaba a la escuela habitualmente pero siempre quería jugar sólo Las pasábamos canutas para lograr que compartiera lo mucho que tenía, no sólo por cuestiones materiales, que también, sino porque aprendiera a compartir. No logramos demasiado en su caso y Clemente no fue muy feliz con nosotros hasta donde recuerdo. Con el tiempo su manera de ver la vida cambió y en el grupo se le llegó a considerar, pero no demasiado. Recuerdo más la admiración por su guapura que por su capacidad de relación. De él decíamos que tenía de profesión hijo único y creo que se ajustaba bastante a la realidad.

         Hoy sería muy difícil acuñar estos términos porque los hijos únicos se han convertido en una verdadera clase social que compite con aquellos que tienen hermanos. En muchos casos incluso les aventajan. Esto motiva que la educación que hoy se imparte esté muy condicionada por esta particularidad social. Antes nacían niños como churros y hoy se han puesto muy caros en valor de mercado. Empezando porque las parejas se piensan una y mil veces la decisión de traer un hijo al mundo y llegan a tomar la decisión muchos años después que antes porque necesitan estar muy seguras socialmente de que disponen de las suficientes condiciones para la crianza. Globalmente me parece una actitud sensata y responsable pero hay que pensar que en esta vida no hay nada ideal y esta manera de pensar hace que tengamos un importante problema de natalidad en los países desarrollados y que los padres sean bastante mayores cuando traen al mundo su primer retoño.

         Con trazo grueso podríamos decir que necesitamos traer más hijos al mundo como en otros países o como en los nuestros en tiempos pasados, pero no me parece justo pensar en los nuevos seres que se incorporan al mundo en términos de ganado o con la excusa de “los que Dios quiera” porque sería tanto como no haber aprendido nada de la historia. Cuando yo era pequeño recuerdo con cierta frecuencia ver pasar por la calle las cajas blancas llenas de flores con su pequeño difunto dentro. No se llevaba a hombros sino con dos grandes toallas y con la caja abierta, de modo que el cadáver estaba a la vista de todos. La vida valía mucho menos que hoy pero también es cierto que no podemos generalizar porque hay muchos lugares, hoy, en los que la vida no merece respeto ninguno y muchos nos sentimos avergonzados de tener que convivir con semejantes contradicciones. Sabemos mucho más que hace unos siglos pero, desgraciadamente, eso no garantiza que respetemos lo que sabemos y actuemos en consecuencia. Muchas veces parece que seguimos siendo tan ignorantes como antes o con el mismo nivel de inconsciencia.


domingo, 23 de febrero de 2020

PERCEPCIONES



         Con mucha dificultad hacemos referencia a los primeros meses de la vida, sencillamente porque se nos antoja un abismo insondable en el que es mejor no entrar. Se puede comprender pero al mismo tiempo hay que saber con toda certeza que los aprendizajes de más enjundia se están dirimiento en ese tiempo casi olvidado. Quizá por eso convenga de vez en cuando detenerse y sondear a ver qué encontramos en ese arcano tan profundo. Quiero dejar expresamente todos los componentes de las personas que se mueven antes de que los recién nacidos existan como individualidades. Me refiero los deseos de los demás, sobre todo de los que van a ser sus padres, aunque también de toda la constelación familiar que, aunque no tenga una intervención directa en el nuevo ser que va a nacer su capacidad de influencia termina afectando a las motivaciones de sus padres, protagonistas directos de la vida que va a terminar fraguándose como parte de todo ese remolino de fueras. No lo olvidamos y prometemos entrar en su contenido en breve.

         Arrancamos en el propio acto de nacer. Primera diferencia enorme, aunque no la única, la de aparecer a la vida a través de un túnel imposible que la naturaleza ofrece en forma de útero materno o verse obligado a salir por la barriga con toda la violencia que implica una cesárea aunque también con la comodidad de un espacio hecho a medida casi, sin que intervenga  el ingente esfuerzo que precisa atravesar el canal intrauterino hasta ver la luz. Se sabe que no hay en la historia de una persona un desgarro de envergadura similar al del nacimiento, al del paso de la vida dentro del líquido amniótico al de la vida independiente. Inmediatamente después se produce el desgarro pulmonar por el cual entra la respiración autónoma en el cuerpo del recién nacido, lo que supone que los pulmones han de entrar en acción a través del tradicional grito que puede ser respuesta al azote estimulante, cosa que dudo,  o la extrañeza dolorosa al tener que abrir casi de repente los miles de bronquios que estaban tan a gusto siendo respirados por la madre hasta el momento.

         Ninguno de mis tres hijos han tenido el privilegio de ver la luz en presencia de su padre, con mi consiguiente frustración, sencillamente porque la capacidad técnica hegemónica, representada por el cuerpo médico, estimó que era mejor, no sé para quién, que yo esperara en la puerta hasta que ellos consideraran conveniente mientras mis hijos llegaban a este mundo en presencia de extraños que por lo visto sabían perfectamente todo lo que había que hacer en esos momentos y con su madre abandonada por completo encima de ese banco de tortura, cuya función es, sobre todo, que ellos puedan manipular su cuerpo a placer en inmejorables condiciones de posición, de iluminación y de temperatura. Elvira, mi última hija tuvo el privilegio de que junto a su madre estuviera una sobrina que no por casualidad es médica mientras su padre se comía los nudillos en el pasillo porque la dilatación en toda la larga noche de espera no había superado los dos centímetros.

         No quiero dramatizar más de lo conveniente. Sí puedo decir hasta donde alcanza mi experiencia personal de tres hijos que nunca he visto la muerte más cerca lo que me parece completamente lógico porque en esos momentos críticos lo que se juega es el todo, la vida, o la nada, la muerte, en cuestión de segundos. Como no quiero pecar de intransigente, comprendo que el cuerpo técnico que atendió en cada uno de los partos se comportó con los parámetros de calidad que entendía mejor en aquel momento. Pero entiendo que debemos hablar de cada aspecto y opinar sin acritud pero con toda la lucided de la que seamos capaces por si es posible aprender y mejorar. De hecho creo que se ha mejorado y ahora se me ponen los dientes largos cada vez que veo a los padres aportando su presencia al nacimiento de sus hijos, bien con las manos de su madre enlazadas compartiendo la angustia del momento, con el gratificante beso al recién nacido o ejerciendo su papel de protagonistas que le corresponde sin más.


domingo, 16 de febrero de 2020

INDIVIDUALES


         En cualquier orden de la vida es imprescindible una preparación objetiva y solvente. La educación de los primeros años de la vida no es una excepción. Hoy me parece que a nadie le cabe duda pero la verdad es que hasta el siglo XX, el siglo del niño por excelencia, esto no estaba nada claro. Estamos hartos de ver hatos de ropa con niños dentro que viven la vida de sus madres que los llevan a cuestas y no los sueltan en  todo el día. Hasta que no se produce el destete voluntario parece que el pequeño es un apéndice de la madre. Sin darnos cuenta nos ponemos en los tres años y para entonces, aunque dé miedo decirlo, la capacidad de desarrollo de un pequeño ha cubierto ya el 50% de sus posibilidades. En cualquier cultura han sido las madres las que, sólo por el hecho de haberlos parido, cargan con la responsabilidad de su educación y mantienen a sus hijos junto a ellas con la excusa de la lactancia. Ha habido algunas épocas, los años 70 del siglo pasado sin ir más lejos, en que la lactancia no apretó tanto en la cultura, pero la crianza de los niños para sus madres se mantuvo vigente.

         Hoy la ciencia nos ha dicho ya muchas cosas sobre las posibilidades y necesidades de un recién nacido y sobre qué persona adulta es la más idónea para cubrirlas. Esto de asumir que debía ser la madre nos ha venido muy bien a los hombres porque nos ha exonerado de responsabilidades de crianza en los años más decisivos pero al mismo tiempo, en la vida no hay nada inocuo, nos ha excluido de la educación y nos ha hecho aparecer hacia los 3 años, cuando la mitad del desarrollo ya se había producido y no nos hemos enterado siquiera. El tema de la lactancia es un hecho objetivo en el que los machos quedamos excluidos por razones obvias pero el día es muy largo y se compone de muchos ámbitos que pueden ser tan trascendentes para la vida como la propia lactancia y los machos necesitamos introducirnos en la crianza de los pequeños desde el mismo momento en que nacen. Yo he tenido tres hijos, he querido estar presente en los tres partos y la autoridad médica de cada momento ha considerado que era mejor que no.

         Estoy seguro que no han faltado razones de peso para alcanzar las desviaciones que hemos tenido que vivir y que en gran medida seguimos viviendo para discriminar los papeles del padre y de la madre pero estoy seguro que nosotros y nuestros hijos ha vivido separaciones vitales en su educación, sencillamente por la comodidad de unos protocolos que se han ido imponiendo y que conseguían unos logros de comodidad o de higiene para beneficio de la clase médica, por ejemplo, pero que al mismo tiempo hacían que los padres se fueran convirtiendo en los grandes ignorados de las relaciones esenciales con los bebés. Hoy no es posible calibrar los déficits afectivos que han supuesto el hecho de que los padres no hayan vivido apenas momentos de piel con piel con sus hijos recién nacidos y viceversa. El mismo hecho de un parto con los dos miembros presentes aporta un  mensaje de vida radicalmente distinto al del padre que llega de visita a ver a su recién nacido una vez que ya ha pasado todo.

         La desesperación no es buena consejera y hoy parece que muchos principios se están cuestionando por fin y con muchas contradicciones estamos dándonos cuenta, por ejemplo, que el mundo está configurado con hombres y mujeres a partes iguales aproximadamente y que no es posible, como ha pasado desde el principio de los tiempos, que una mitad, los hombres en este caso, se comporte como dueña y señora de todos los resortes legales y las mujeres, la otra mitad, como seres dependientes. Con la relación afectiva ha sido más o menos al revés. Los hombres hemos sido excluidos hasta antes de ayer como quien dice de los momentos decisivos que se producían antes de los tres años y nos habíamos convertido en vecinos que llegaban al final de cada proceso como si sólo fuéramos invitados cuando el valor de nuestras aportaciones era tan necesario como cualquier otro. Al final hemos construido una sociedad de mitades y nos hemos perdido riquezas que espero que el futuro las saque a la luz para beneficio de todos.