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domingo, 26 de enero de 2020

MEMORIA



         Se dice que la vejez se identifica cuando se va abandonando el presente y uno se dedica a vivir de recuerdos. Probablemente se trata de un mito como tantos otros que arrastramos para explicar lo que nos convence y lo que no de nuestra vida. La infancia sería, según esta lógica simplista una forma de construir cada día como si la vida fuera un conjunto de vivencias que nos invitan a entrar para impregnarnos de experiencias de las que iremos configurando nuestra vida. Nunca me olvido sentado en una silla y pasando hojas de un libro de Guillermo. Mi familia estaba convencida de que yo leía, pero no era verdad. Sencillamente de tanto repetir el paso de las hojas del libro me había aprendido el texto de cada página y lo repetía con fidelidad al contenido que yo había aprendido, que no identificaba con letras ni con palabras sino con la fotografía de la parte del texto que correspondía a la parte de la historia que asociaba a los dibujos. Yo sabía que no era capaz de leer por más que mi familia intentara hacérmelo creer a base de repetir la historia cada día.

         Mis primeros años de escuela todo se centraba en repetir una y mil veces unos estereotipos que terminaban por incrustarse en el cerebro y que podíamos repetir mientras pensábamos en las Batuecas, por ejemplo. Años después he visto en las escuelas musulmanas algo parecido con los versículos del Corán lo que convierte el modelo de escuela en una especie de acumulación indefinida de frases del libro sagrado como si la capacidad de las personas no fuera más que un almacén de frases a través de las cuales acceden a nuestro interior todos los conocimientos posibles que el mundo nos puede ofrecer. Yo me eduqué en la doctrina cristiana pero la forma era muy parecida a lo que hemos descrito. Soy capaz de recordar todavía conocimientos de entonces a base de preguntas y respuestas sin razonamiento alguno sobre el contenido.

         En los primeros ochenta se produjo una guerra sin cuartel contra el memorismo y los docentes jóvenes que éramos entonces nos dedicamos a centrar los contenidos a partir de nuestras capacidades de interiorizar cada conocimiento de modo que despreciábamos, por ejemplo que Moscú era la capital de Rusia pero no pasábamos por alto el minucioso estudio físico y humano de la calle en que vivíamos. Nos volcamos en una escuela de la experiencia y abandonamos como si se tratara de nuestro enemigo despersonalizador de la escuela de la memoria que nos había abarrotado de conocimientos sacados del contexto de vida en el que nos movíamos. El paso de los años nos ha traído como resultado un mayor y mejor equilibrio en la adquisición y asunción de los conocimientos, lejos ya de aquellos primeros bandazos encaminados a sublevarnos contra las rutinas que nos habían torturado los años anteriores y que nos habían sacado de nuestras experiencias individuales, fuera de los pilares básicos de cualquier construcción educativa sólida.

         Seguramente el equilibrio perfecto no existe, ni en educación ni en nada en la vida. Hoy no sería capaz de tolerar una educación que prescinda de la memoria como capacidad privilegiada de los seres humanos para almacenar los conocimientos pero desde luego no se me ocurriría ni por un momento ignorar las particularidades de cada uno de los alumnos a la hora de construir su estructura educativa, sus conocimientos básicos y sus palancas elementales y firmes con las que construir su vida intelectual. Lejos ya de los vaivenes de la historia tenemos que asumir las síntesis como las mejores lecciones con las que nos debemos quedar. Necesitamos la capacidad acumulativa porque nuestra mente no tiene límites conocidos y tenemos derecho a vivir nuestra capacidades como un valor pero sin ignorar por un momento ni quienes somos ni dónde se encuentran nuestras primeras claves del conocimiento, que no es en otro lugar que en el interior de nosotros mismos.


domingo, 19 de enero de 2020

PROPIEDAD



         Cuando discutimos y mi hija Elvira quiere quedar por encima me tira a la cara esta frasecita, en veces las cosas no son  como uno quiere y normalmente se sale con la suya porque la frase me hace mucha gracia. No sé de dónde se la ha sacado. Estos días está España encendida con la educación porque algún partido se empeña en que puede condicionar la escuela pública y decir a los profesores qué partes del currículo son aceptables para sus hijos y cuáles no. Y lo que podría ser una saludable relación dialéctica entre padres y maestros para mejorar los contenidos que se les ofrecen a los pequeños se convierte en una guerra sin sentido en donde una serie de familias exigen que sus hijos asistan a determinadas enseñanzas y prescindan de otras en función de los criterios familiares. Como el asunto no está sacado a la luz de manera dialogada sino impuesta parece que van a tener que ser los jueces de nuevo los que metan mano y diriman el asunto. No hace tanto las familias pudientes no llevaban sus hijos a la escuela y tenían en casa sus profesores particulares. Nadie se metía en los programas que estudiaban. El asunto viene cuando la vida evoluciona, la escuela pública se impone, se generaliza y parece que algunos pretenden seguir imponiendo un currículo determinado.

         Podríamos decirles que se llevaran sus hijos a su casa y allí les enseñen lo que estimen oportuno, pero no. Hoy sabemos que las cosas no son tan sencillas. Los hijos son responsabilidad de sus familias, pero no son propiedad de nadie. Viven en un mundo cada día más interdependiente en el que nos necesitamos unos a otros cada día más y lo que tenemos que buscar no son zonas de aislamiento sino más y más espacios de interdependencia porque ahí es donde se encuentra la mayor riqueza. La llegada, por fin, de la escuela pública ha venido a garantizarnos a todos grandes beneficios educativos para todos. Yo he conocido cuando no era posible garantizar una plaza educativa pública para todos. Esto dio origen a la enseñanza concertada con la idea de que ayudara a garantizar una educación general básica. En ningún caso que se convirtiera en sustituto del estado como garante de las plazas necesarias y de los contenidos. Me resulta un poco ridículo referirme a estos temas porque me parece que ya fueron motivo de tratamiento en los primeros ochenta y a estas alturas deberían estar resueltos.

         Tengo la sensación de que la historia ha venido empujando en el sentido de que los servicios públicos alcanzaran a todos los ciudadanos con la mayor calidad posible y parece que en este momento hay determinadas personas que se creen con el derecho de acotar para sus hijos aquellas materias que consideran adecuadas y, desde sus casa intervenir en lo que deben estudiar o lo que no. Precisamente en el momento en que hemos alcanzado unos niveles de calidad y de extensión suficientes empezamos a tirar cada uno para su cortijo intentando parcializar una educación cuyo mérito fundamental consiste precisamente en ser global y en garantizar que todos tenemos acceso a ella. Es un poco el mundo al revés. Las familias tienen garantizado un papel activo en la educación, siempre a través del diálogo y para enriquecer con todos los aportes posibles los contenidos que les lleguen a los pequeños. Eso forma parte de la estructura escolar en la que nadie se considera en posesión de la verdad sino parte de un conjunto de aportaciones que les pueden y deben beneficiar a los pequeños.

         Tengo la sensación de que lo que están buscando algunos en España es remar contra corriente y eso me parece que es un empeño inútil. La política se hace indispensable para avanzar pero a veces, y este caso parece una de ellas, lo que busca es sencillamente una quimera. No creo que haya forma humana de aclararse si lo que pretendemos es que cada niño lleve en sus manos una especie de recetario sobre lo que su familia considera que debe estudiar o sobre lo que no. Si no formara parte de la guerra ideológica que está a flor de piel por el cambio de gobierno, diría que les dejáramos en paz, sencillamente porque no hay manera de mantener una situación de discriminación por mucho tiempo. En estos momentos lo urgente nos ensombrece en gran medida lo importante como una densa niebla que espero que pase pronto y volvamos a la normalidad y a ver las cosas con una cierta distancia.


domingo, 12 de enero de 2020

RUTINAS



         En mi infancia la noción de rutina estaba muy denostada porque nos pasábamos la vida con ellas. En cada momento sabíamos lo que había que hacer y nuestro único empeño consistía en saltárnoslas. Por supuesto la reprimenda llegaba de manera inexorable. Muchos años después algunos somos capaces de recordar aquellas reprimendas como parte de un folklore que nos termina por hacer reír aunque en su momento la cosa tuviera poca gracia. Era un mundo mucho más pobre. En bastantes momentos miserable en donde la supervivencia a todos los niveles era el primer objetivo. Me consta que el mundo es muy grande y que lo que trato de mostrar es sólo una ínfima parte. Cualquiera de otro lugar podría aparecer con realidades muy distintas, pero cada uno es cada uno y esta es la mía. Con la llegada de los años 60 del siglo pasado apareció el milagro español. Los pobres se fueron al extranjero y los europeos descubrieron nuestro sol. Los que permanecimos aquí descubrimos que las personas tienen un cuerpo con el que se puede gozar hasta por el simple hecho de mostrarlo.

         Toda esa revolución que vemos ahora y que podemos hablar de ella pero que entonces, cuando se estaba produciendo de verdad ni nos dábamos cuenta, ha tenido como consecuencia que este país se ha convertido en parte del mundo desarrollado, siempre en el furgón de cola naturalmente, y que hoy adolecemos de casi todos los vicios del primer mundo pero de bastantes menos de sus beneficios, sencillamente porque hemos alcanzado esa cota de bienestar pero a trancas y barrancas, con la lengua fuera y, como quien dice, en el último momento. De aquellas miserias de guardar nuestro carrito de cartón con la yunta de bueyes para los Reyes del año que viene cuando apenas lo habíamos disfrutado dos o tres días a que sea difícil que pase un día sin que aparezca un regalo por algún sitio. Nuestra capacidad de sorpresa ha quedado embotada por acumulación.

         Cuando alguien me cuenta lo bueno que era el tiempo de antiguamente, echo la vista atrás y me sonrío a la vez que constato que no quisiera volver por nada del mundo. Lo que no quiere decir que todo lo antiguo fuera malo ni que todo lo nuevo sea bueno. Lo mismo era un exceso tener que provocar diabluras para que pasara lo emocionante que dejar de sorprendernos por nada porque vivimos en una época en la que cada día pueden pasar sorpresas de todo tipo. En algún momento he llegado a preguntar a un pequeño que qué comía a mediodía y me ha respondido que tapillas. Yo soy el primero que valoro la cultura de las tapas como un placer de esta tierra pero es evidente que un pequeño debe comer comida a su hora, sentado cómodamente y usando el tiempo necesario para saborear los alimentos. Me parece que hemos llegado a cambiar los términos y se ha convertido en costumbre lo que debía ser excepcional y viceversa. En esta latitud hemos asumido un tipo de vida como de nuevos ricos que todo nos lo merecemos por nuestra bella cara o por nuestros euros.

         Un postre de flan o de tarta de queso pude ser una exquisitez, pero lo que no debe faltar en ninguna dieta infantil normal tiene que ser una manzana cada día o un plátano, ingerido apaciblemente delante de un plato, con tiempo suficiente de por medio para que aprendamos a saborearlo. Yo recuerdo que siempre pensaba que por qué yo no me podía comer nunca una fruta que no tuviera algún punto podrido. Muchos años después entendí que en mi cada nos quedábamos con la fruta que se iba a tirar porque había empezado a podrirse porque  nos la vendían mucho más barata. Tenemos que entender que los extremos no son deseables y que la calidad de vida no está en tener muchas cosas sino en aprovechar la bondad de lo sencillo. Tendríamos que hacer el pino con las orejas si hiciera falta porque los niños tomaran fruta abundante a diario aunque hubiera que prescindir de algunos pasteles riquísimos, sencillamente porque la fruta es vida y los pasteles pueden ser un detalle para un día pero perjudican como alimento cotidiano.


domingo, 5 de enero de 2020

REGALOS



         La fiesta de Reyes se ha convertido en el último coletazo de Navidad. Tradicionalmente, al menos en esta zona del mundo, era el momento de los regalos, ansiosamente esperados por los pequeños. Se vivían con desesperación porque sabíamos bien que las vacaciones se acababan el día 7 y la posibilidad de disfrutar era demasiado exigua. A poco que te descuidaras, inexistente. No hay que irse muy lejos para haber vivido el panorama que cuento. Muchos lo llevaremos grabado hasta el último día de nuestras vidas. Hoy, en esta misma zona del mundo, no hay que olvidarlo, las cosas han cambiado mucho porque el comercio se ha adueñado del panorama y no deja títere con cabeza. No hay persona, pequeña o grande,  que no se sienta deudora de su regalo correspondiente ni hay que esperar a nada porque para eso está el viejo de la barriga convertido en agente comercial que se presenta en cualquier domicilio con el saco repleto de regalos, sea la hora que sea, el día que sea y para cualquier miembro de la familia. De modo que la Navidad se ha convertido en el Agosto de la sección regalos de cualquier centro comercial.

         Voy siguiendo mis palabras y me resulta ridículo intentar reconocer el trasfondo religioso que un día tuviera este periodo. Por abundar en el exceso, este año en España se ha convertido en una gracieta hacer una competición de iluminaciones de espacios públicos y una serie de alcaldes han puesto los centros de sus ciudades como los chorros del oro, todos con dinero público, a ver quién es más capaz de convertir la noche en día durante el periodo del que hablamos. No dudo que pueda resultar atractivo y sobre todo rentable tal inversión. Lo que no termino de ver claro es qué tiene todo eso que ver con lo que se celebra y da origen a estas fiestas. Seguramente que en algún momento nos daremos cuenta del sonoro ridículo que hacemos todos y terminaremos por llamar a las cosas por su nombre y dejarnos de subterfugios para esconder el verdadero negocio que subyace tras el origen religioso que estuvo en el principio.

         En lo que toca a los niños, la noción del regalo tenía sentido cuando no había capacidad económica casi para nada. Se buscaba alguna manera de compensar a los pequeños de tanta penuria y se buscaban fiestas en las que la familia hacía un esfuerzo especial para que los pequeños tuvieran posibilidades que el día a día les negaba por falta de medios. De esta situación, que fue el origen, hemos pasado a pervertir el trasfondo religioso que en su día sirvió de excusa y convertir el acontecimiento en un hecho comercial normal y corriente, con un nivel publicitario cada año más agresivo, en el que no hay comercio que se precie que no espere acrecentar sus ventas al son de villancicos que cuentan lo que pasó en Belén hace 2000 años con unos inmigrantes que llegaron a empadronarse porque no lo estaban y que en el viaje se les presentó el parto y tuvieron que resguardarse en una cueva porque nadie les daba cobijo porque no tenían dinero para pagar. Jugamos con muñequitos representando la secuencia con entusiasmo mientras volvemos la cara cuando por nuestro lado pasan los que llegan cada día de lugares de pobreza y de persecución, que son de carne y hueso y tienen nombres y apellidos.

         El nivel de hipocresía y de desnaturalización de las ideas ha llegado a tal punto que hemos confundido el culo con las témporas. No tiene por qué haber problema en establecer un periodo de compras porque los comercios necesitan deshacerse de las reservas de artículos de que disponen porque detrás de la puerta está la primavera y con ella la nueva campaña. Necesitan hacer caja para invertir en el nuevo año y son capaces para ello de vender su alma al primero que la pague. Esto puede ser normal y nadie debería extrañarse. Lo malo es que no se llama a las cosas por su nombre y necesitamos excusas de cualquier orden para esconder las verdaderas intenciones que nos mueven. Y en medio del maremágnum ya he podido ver anuncios en los que Papa Noel se encuentra con los Reyes Magos y todos dialogan amigablemente a ver quién de ellos coloca el mejor regalo. ¡Y lo que nos queda por delante!.


domingo, 29 de diciembre de 2019

REQUISITOS



         El planeta es cada día más pequeño. Los que vivimos en esta parte del mundo en la que vivir es una decisión y cada vida es como un mundo vamos tirando del carro de una serie de valores: los nombramos, los ordenamos y los establecemos como patrones. Luego vivimos más o menos con ese patrón de comportamiento que hemos diseñado y podemos incluso interiorizar que lo que hemos establecido significa que la realidad queda marcada por esas señales. Pero la experiencia nos dice que eso no es sino una ilusión que apenas comprende una parte del mundo que no llega ni a la mitad.  Después viene el tío Paco con la rebaja y nos pone delante de los ojos un carrito metálico recogiendo chatarra que nos ocupa el espacio de las magníficas aceras que nos hemos dado. ¿Quién es capaz de explicar dónde y cómo vive esa gente que empuja el carrito, que nos ocupa el espacio y que se cruza con nosotros cada día y nos deja el característico olor de llevar sabe dios cuántos días sin ducharse? Y son ciudadanos de la Unión Europea. Ni siquiera los podemos acusar de inmigrantes y están aquí de pleno derecho.

         No digamos los que de vez en cuando nos llegan en alguna patera. El otro día pude ver por la tele una compuesta a base de mujeres con bebés o embarazadas. Nuestro mundo de traje y corbata no es el único que existe. Justo al lado se encuentra el gran océano del hambre que nos mira con deseo y que en cuanto puede se cuela entre nosotros porque hasta nuestras migajas les parecen deseables. Y nos asustamos de ver a tantos y empezamos a decir que hay que poner muros y que cada uno en su casa o que no hay pan para todos y que primero estamos nosotros y otras lindezas por el estilo. Yo mismo recuerdo que hasta dentro de mi país pude vivir la emigración algunos veranos en los que necesitaba conseguir fondos para seguir mis estudios y más de un compañero se atrevió a decirme que iba a robarles el pan de sus hijos. Y me sentí herido para siempre porque hay cosas en la vida que no se olvidan.

         Un bebé aquí es una decisión, por eso están tan caros y nacen tan pocos. Significa una revolución sin precedentes y se mueven como verdaderos monumentos a la vida, rodeados de servicios, si bien las necesidades siguen siendo muy superiores, y con un nivel de garantía muy alto, ¡ya era hora¡. Pero este mundo es mucho más. Un bebé también es una violación sistemática como botín de guerra, a sabiendas de que tanto el hijo como su madre van a quedar marcados de por vida porque la religión en la que viven así lo estipula. Y no es uno ni dos ni mil sino números de vergüenza que ni siquiera queremos nombrar, como si ignorándolos ya no hubieran existido. O son producto de un trato entre familias a través de matrimonios concertados en los que madres con nueve o diez años empiezan a ejercer de esposas a la espera de que la naturaleza las ponga a punto para traer toneladas de hijos que cubren con un manto de ignominia el terreno en el que viven. Algunas pueden llevar las marcas del ácido en la cara porque por un momento se atrevieron a ser libres cuando no estaba permitido por su cultura.

         Todo este tipo de situaciones tan dispares conviven amalgamadas dentro del mismo planeta como si este mundo que es uno por más que queramos levantar muros, nos muestra realidades tan dispares que casi no nos reconocemos como miembros de esta misma vida. Yo vivo esperando ansiosamente que se produzca una repatriación de algún inmigrante de los miles que pueblan la Costa del Sol que apenas dista 200 kilómetros de donde vivo. No, no nos engañemos. No sobran los negros ni los latinos ni los musulmanes. Los que sobran son los pobres, como siempre. Hoy les encontramos una excusa para intentar que no nos rocen si es posible pero en todos los tiempos y en todas las culturas los pobres han sido un estorbo. Ni se les estudia ni salen en los cuadros que adornan los museos. Algún día, espero, abriremos los ojos y nos daremos cuenta de que los que vivimos debemos poder usar de las posibilidades que garantizan la vida y la hacen más digna, tanto si vives en Doha como si acabas de cruzar el Estrecho en una patera en brazos de tu madre.


domingo, 22 de diciembre de 2019

ADELAIDA



         Voy ya un poco tarde pero es que no me puedo resistir a contar. En definitiva para eso monté este blog. Es verdad que los asuntos van referidos sobre todo a la educación de los más pequeños. Bueno, hoy es la historia de una familia que a lo largo de 21 años nos ha venido prestando a sus cinco hijos porque han creído en nuestra en nuestra forma de crianza. Mi relación ha sido, sobre todo con Adelaida, la madre y ella es la protagonista. No habrá más nombres. No hacen falta tampoco. Yo necesito contar la secuencia porque os juro que estoy impactado, si bien a mi edad es verdad que nada te extraña ya en gran medida. Lo que no quiere decir que esté uno de vuelta de todo. En mi caso, ni mucho menos. Sobre todo porque ahora que me siento más libre me dedico a escarbar en mi interior para encontrar los aspectos más profundos. Los selecciono lo mejor que puedo y, como en este caso, los saco a la luz por si sirven de muestra para que alguien, como yo, pueda entender la futilidad de la vida un poco mejor. No sé si es posible crecer en sabiduría pero intentarlo no me parece un vano empeño. Y en eso estoy, mientras el cuerpo aguante.

         La historia es como sigue: Llego el día 20 por la mañana al Colegio Público Sierra Nevada a recoger, junto con otras tres entidades sociales del barrio del Zaidín, unas ayudas que nos han preparado en unas preciosas cajitas rojas y que nosotros agradecemos intensamente, no tanto por el valor económico, que también, sino por lo que significa de implicación de la infancia en los problemas reales del barrio y por su interés de colaborar en lo posible con los más necesitados. Como yo siempre llego temprano, me siento a esperar donde me dicen hasta que llegue el momento de la entrega. Me encuentro a una alumna que tuve con su gemela y que ambas están haciendo prácticas en el centro. Me da mucha alegría, aunque sé que implica que en mi vida hace ya mucho tiempo de casi todo.

         Se me acerca un señor, el compañero de Adelaida, con el que tuve también mucha amistad y por las mismas razones que con ella. Recuerdo que en su tiempo nos reíamos porque ambos trabajaban en el departamento de psicología social de la Universidad de Granada y proponíamos poner en la escuela una sucursal con ellos y sus cinco hijos. Empezó Adelaida a parir hijos y ellos empeñados en que querían una hija hasta que llegaron a cinco. Nos reíamos mucho porque al paso que iban les faltaba cada día menos para crear un club de fútbol. Aquí me quedé y desaparecí de sus vidas después de haber vivido 21 años en contacto con la familia porque aunque los mayores iban saliendo, siempre había un pequeño que ocupaba nueva plaza con todos los honores de hermano casi interminable. Todos los hermanos en las escuelas públicas tienen más puntuación por el argumento de reagrupamiento familiar. Con toda la confianza refrescada lo saludo y le pregunto por la familia por si ha aumentado y por los mayores, que seguro que vuelan solos ya.

         Con toda la claridad de la lengua castellana me dice que Adelaida murió el verano pasado por efecto de un cáncer de útero que se la llevó en unos pocos meses. Me quedo de piedra. Le digo que me ha dado el día y automáticamente me da vergüenza y le doy mi pésame porque estoy seguro de que ellos se quedarían mucho más de piedra que yo. Me sigue contando que a partir del suceso la familia se ha tenido que adaptar y que los mayores están dando la talla, asumiendo tareas que están a su alcance y recomponiendo por completo las responsabilidades porque la vida sigue y hay que salir adelante con la nueva situación que se ha creado, una vez que Adelaida ha desaparecido. Nos despedimos con toda la cordialidad del mundo y aquí me tenéis, colgado de la noticia, comentándosela a cualquiera que me encuentro a ver si a base de repetirla termino asumiéndola y, ahora, a vosotros. Será el tiempo que pasó sin que nos relacionáramos, o no sé lo que será, pero Adelaida la tengo en el cuerpo, sobre todo su sonrisa.


domingo, 15 de diciembre de 2019

NATALIDAD



         Esta semana ha salido la prensa en tromba proclamando por las esquinas que la tasa de natalidad ha sido en España la misma que en 1941. Tal como se ha contado parecía un lamento, una amenaza de cataclismo y poco más. No dudo que la realidad sea la que se dice, lo que no entiendo es por qué nos extrañamos de algo que tenemos delante de los ojos cada día y nos negamos a ver. Para que aumenten los habitantes de un país hace falta algo tan elemental como que los adultos lo  quieran. Quiero pensar que no habrá que andar explicando que no es cierto lo de la cigüeña y que los pequeños nacen cuando sucede un cúmulo de cosas completamente naturales y que significan sobre todo un compromiso con la vida no inferior a veinte años y de ahí para arriba. Sin cumplir esta premisa cómo nos vamos a quejar de que no nazcan nuevos bebés. Hemos alcanzado un nivel de necesidades que hay que satisfacer para comprometernos. Antes nacían niños como churros: las mujeres se pasaban media vida embarazadas y la mortalidad infantil campaba a sus anchas. Hoy los requisitos para un nacimiento han subido algunos peldaños y hay que disponer una serie de servicios públicos que requieren inversiones que todavía no se ofrecen.

         Lo último que quisiera es que mi discurso sirviera de alarma o de reproche. Lo que digo es que las cosas siempre pasan por algo y que a la vez que nos estamos rasgando las vestiduras porque nos faltan niños, ponemos todas las trabas del mundo para  adoptarlos y cerramos las fronteras a cal y canto como si nos fueran a invadir. Da la sensación de que queremos una pescada muy gorda y que pese muy poco y eso no existe en el mercado. Hemos alcanzado cotas de bienestar en las que cada persona se siente libre para organizar su vida sexual, por ejemplo, sin tenerla que ligar directamente a la reproducción, lo cual significa una auténtica revolución que tantos países quisieran, pero que lleva aparejado un importante descenso de los niveles de responsabilidad hacia la crianza de los hijos si no es en unas condiciones nuevas en la que todos, mujeres y hombres, debemos involucrarnos por igual y los servicios públicos deben satisfacer algunas de las  necesidades que la crianza de los hijos lleva consigo.

         Que haya muchos nuevos nacimientos puede ser muy bueno para un país pero hoy sabemos que tenemos que valorar muy bien cuáles son los precios que hay que pagar por ello. Tradicionalmente han sido las mujeres las que han arrastrado con la responsabilidad de la crianza hasta el punto de que los machos hemos llegado a asumir que eso era lo natural. De hecho, en más de medio mundo todavía es así. Pero una serie de países han alcanzado la posibilidad de disfrutar del sexo cuanto quieran sin que se hayan de producir embarazos. Cuando se asume la aventura de la paternidad se valoran las necesidades sociales que traen consigo y se exigen servicios públicos adecuados que siguen faltando y se asume que la responsabilidad de la crianza es de toda la familia y no sólo de la madre. Todo esto trae consigo que un nuevo ser no sea ya en muchos sitios producto una noche loca, ni un coito a destiempo ni desmanes por el estilo sino un planteamiento conjunto y formando parte de un proyecto de vida en el que queda incluido el nuevo ser que llega con una serie de necesidades debajo del brazo y en el que todos debemos involucrarnos.

         Las necesidades de afecto que vamos dejando sin cubrir se manifiestan en nuevas formas de soledad y se hacen visibles socialmente en la cada día mayor presencia de mascotas que vienen a sustituir ausencias de compromisos con más implicación por nuestra parte. Una mascota, a fin de cuentas, no es más que un hijo de rebajas, con el que cabe disponer de un compromiso pero que te pide menos implicación personal que un nuevo ser humano. Hemos ganado sin duda en condiciones materiales y en medios para nuestro desenvolvimiento personal pero no hemos ganado tanto en madurez y cada día nos conformamos con menos a la hora de afrontar el imprescindible compromiso con la vida. Creo que cada día estamos un poco más solos y más desamparados.