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domingo, 19 de mayo de 2019

AIRE



         Los cuatro elementos básicos de la vida: agua, aire, tierra y fuego no deben faltar en ningún momento en el proceso educativo porque significan ni más ni menos que las cuatro columnas sobre las que se asientan nuestros conocimientos. Si pensamos en la estructura escolar podemos ver cómo estos elementos se encuentran lejos de la estructura en la que se desenvuelven los pequeños lo que produce un tipo de vida sin referencias sólidas por falta de apoyos básicos en los que cimentar los aprendizajes. El único punto de referencia en el que se asientan y la principal  función de los menores  es la de seguir la palabra del maestro. En honor a la verdad una estructura semejante garantiza mínimos de bienestar y de estabilidad que socialmente se asumen como suficientes. Y en algunos sentidos lo son, no cabe duda. Otra cosa es cuando nos paramos a pensar el altísimo precio que hay que pagar por esos mínimos de estabilidad con que nos damos por satisfechos.

         La estructura escolar mayoritaria aparece como desideologizada y solo interesada en conseguir niveles mínimos de integración y de capacidad que homologuen los conocimientos en la mayoría de los pequeños y esos niveles se consiguen siguiendo las indicaciones de los maestros, pero a costa de que las iniciativas individuales de los pequeños queden en casi todos los casos anuladas, ignoradas o menospreciadas porque se convierten en focos de inestabilidad metodológica en los que el estaff directivo no puede ejercer un dominio tan absoluto como el que precisa una educación dirigida. Hablar, por ejemplo, de talleres de cocina con pequeños equipos de pequeños que manipulen e intervengan en los alimentos de los que se abastecen a diario. Ser capaces de fabricar sus panes en esos talleres activos, cocerlos en hornos que la escuela ponga a disposición, hacer salidas en grupo para adquirir los elementos básicos que nos van a servir para elaborar nuestros platos elementales. Usar la vida a nuestro servicio e intervenir en ella en calidad de protagonistas se ve sospechoso cuando no directamente hostil al orden asentado.

         Recuerdo nuestras primeras experiencias de asambleas y de planificaciones al aire libre. Diré en honor a la verdad que fueron facilitadas por la escasez de espacio interior y por los altos niveles de agresividad que vivíamos con frecuencia. Lo primero que constatamos con el aire libre fue como la agresividad bajaba de manera significativa. Lo segundo era la diversidad de intereses que manifestaban los miembros del grupo en función  de los distintos focos de atención que el espacio libre nos ofrecía en los que cada individuo podía fijar su atención. Es verdad que no siempre la climatología nos permitía disponer del patio como espacio de elaboración pero el sólo hecho de disponer del aire, de las hojas de los árboles, del canto de los pájaros, del sol o de la sombra como paredes naturales, hacía que nuestra atención pudiera diversificarse y centrarse no sólo en la palabra del maestro sino en los variados focos de atención que nos ofrecía nuestro espacio común.

         Ha llovido mucho desde aquellas sorpresas iniciales. La educación ha conseguido alturas técnicas que en aquellos tiempos, los primeros ochenta, nos parecían impensables, pero en ningún caso ha dejado de ser ideológica y hoy sigo completamente convencido de que una escuela del orden es una ideología concreta impuesta a los pequeños, exactamente lo mismo que una escuela diversa. No quiero tampoco concretar demasiado sobre la diversidad porque comprendo que hay muchas formas y todas pueden ser válidas pero sí quiero insistir en la necesidad de encontrar un sistema de educación y de trabajo que ofrezca distintas maneras de alcanzar objetivos. El mismo hecho de plantearse determinados objetivos a conseguir significa ya una opción que lleva implícito una dirección unipersonal o una forma abierta de llegar a las metas que no tenga por qué estar prefijada de antemano sino que se vaya consiguiendo en la medida en que diversos intereses se mezclen en el proceso. La escuela tiene que ser lo más de todos que sea posible.


domingo, 12 de mayo de 2019

PALABRAS



         Ayer, afortunadamente, fue un día más en el que Granada se cubrió de gloria y en medio de su Feria del Libro decidió instalar una presencia específica del 0 a 6 a través de lo que dio en llamar SUSURROS DEL BOSQUE que se tradujo en un espacio particular en medio de la Fuente de las Batallas, en pleno corazón de la ciudad, con la idea de contar cuentos a los más pequeños que se acercaron con sus familiar y que entre cojines y en el acogedor suelo de Puerta Real, durante unas horas de la mañana del sábado,  una serie de familias y de profesionales pusieron su esfuerzo y su tiempo al servicio de la primera infancia. Se propició que los libros, las historias, las palabras en definitiva se adueñaran de aquel espacio y señalaran de nuevo que Granada y la primera infancia hacen buenas migas. Los acontecimientos se suceden y eso va creando una cultura de que hay presencias que se repiten en el tiempo y van haciendo historia. Es hacer camino al andar.

         Recuerdo en   los primeros ochenta en el mismo lugar de ayer, entonces en permanente embotellamiento de coches, las primeras manifestaciones en defensa de la primera infancia al grito de NO QUEREMOS SER GUARDADOS, QUEREMOS SER EDUCADOS en las que la gente nos miraba como a seres de otro planeta cuando escuchaban las consignas que eran las canciones infantiles de la época y de siempre y sonaban con la misma fuerza que las más profundas reivindicaciones laborales de los adultos. Era el tiempo en el que defendíamos que el juego era el mejor camino hacia la educación, hoy de nuevo en desgracia porque suena a holganza, a vida fácil y a menosprecio del esfuerzo. Nada más lejos de la realidad. No hay esfuerzo mayor que el que uno realiza con placer y porque le sale de dentro como parte de sus inclinaciones naturales. Cualquier pequeño enfrascado en una actividad placentera lo verás poniéndose el tiempo por montera y sudará la gota gorda con placer, sencillamente porque le entusiasma lo que está haciendo.

         Algunos nos creímos ya entonces aquella máxima de que sarna con gusto no pica y desde entonces hemos tenido ocasión de verlo refrendado por la realidad millones de veces. No hay que tenerle miedo al placer que no nos hace comodones, lo que nos hace es selectivos, que es algo bien distinto. La vieja máxima de que debe ser el dolor la vía certera para la educación y el crecimiento no es más que una deriva de la letra con sangre entra de infausto recuerdo, que tantas desgracias dejó por el camino. No es verdad que haya que sufrir para crecer. Sí es verdad que muchos hemos sufrido para crecer, pero siempre indebidamente porque hemos podido experimentar, desgraciadamente para nosotros en otras cabezas, que gozando también se accedía al conocimiento, se aprendía al mismo ritmo o más que a través del sufrimiento y que la sonrisa en la cara no es sólo un adorno sino que se puede convertir en una seña de identidad para denominar a la alegría de vivir y que no debemos tenerle miedo a gozar.

         Se desprecia lo que se ignora. Ayer una vez más se demostraba que el gozo no es inactivo, ni apático, ni indolente. Todo lo contrario. Se transforma en una locomotora que nos hace sentirnos dueños de nosotros mismos y del tiempo que nos ha tocado vivir y nos lanza a la calle como verdaderos bólidos con la conciencia de que el esfuerzo está en nosotros y podemos usarlo para ampliar los espacios de convivencia y para acrecentar el placer de vivir. Ayer se trataba de una nueva concentración, de la que esperamos que no falten muchas más, relacionada con las palabras. Se hablaba, se contaban cuentos, chascarrillos, se sonreía y se constataba una vez más que la vida puede ser hermosa y compartida y que no debemos renunciar por nada del mundo a sentirnos protagonistas de semejante aventura por más que los agoreros nos anden amenazando con los peligros de la dicha, que a dónde vamos a parar con tanto goce. La respuesta está en venir y en ver lo que pasa cuando uno lo experimenta: sencillamente que has encontrado el camino.


domingo, 5 de mayo de 2019

COMER



         Nos hemos pasado años y años viendo y usando expendedores de chuches y de bollos industriales en lugares bien visibles de los colegios de modo que cualquiera, introduciendo una simple moneda por la ranura correspondiente tenía a su alcance un importante chute de azúcar y de hidratos para animar la mañana. Ahora esas mismas máquinas se están transformando en expendedoras de piezas de fruta y creo que debemos alegrarnos por eso porque afecta directamente a la salud de nuestros pequeños. Lo que pasa es que todo ha llegado de la noche a la mañana, así, de golpe y nadie ha pedido perdón ni ha cantado un mea culpa para que quienes hemos visto el fenómeno anterior como de lejos podamos hacernos una idea más o menos real de por qué antes fue lo que fue. Es verdad que se han explicado las causas de este cambio actual y los beneficios que produce a todo el mundo la ingesta de frutas y eso es de agradecer pero uno no puede dejar de preguntarse: y si esto era tan bueno, por qué no nos lo pusieron desde el principio.

         No se trata de hacer sangre ni de regodearse en el castigo. Celebramos sin reparos esta nueva deriva de viva la fruta, que ya era hora. Lo que no podemos ignorar es que todas las chuches y las bollerías industriales no llegaron a los centros ni a las tiendas de los barrios por generación espontanea ni de la noche a la mañana. Se instalaron en nuestras vidas por todo un proceso cultural de vida fácil y rápida en la que no había tiempo para nada y era más cómodo comprar un concentrado muy dulce para el desayuno y que el pequeño se lo fuera comiendo por el camino antes que sentarse con ellos tranquilamente, cortarles trozos de fruta y un poco de pan con aceite de oliva y tomate, por ejemplo y emplear el tiempo necesario para desayunar porque desayunar bien es fundamental para la salud, para el estudio y para las relaciones entre pequeños y adultos. Es tanto como aprender que las cosas vienen a nuestra vida por razones concretas y no por gusto.

         Está muy bien, quiero repetir, que ahora en los centros educativos se pueda comprar una fruta fresca con introducir una moneda por la ranura. Repito que está muy bien y que ya era hora. Lo que quiero que entendamos es que tenemos que averiguar con detalle porqué llegamos donde habíamos llegado, porque fue por unas razones concretas y no porque sí. No. Las cosas no pasan porque sí y necesitamos profundizar las razones que nos llevaron a alcanzar las cotas de desvarío que habíamos alcanzado para que entendamos que hoy no hemos puesto frutas por gusto sino por unas razones muy profundas que van mucho más allá de cambiar una fruta por un pelotazo de azúcares concentrados que, si me apuras, están mucho más dulces que cualquier fruta y son mucho más fáciles de comer. Las frutas en las máquinas son una maravilla pero la verdadera maravilla está en que entendamos por qué debemos comer más frutas y menos concentrados azucarados.

         Estos pequeños que veis están trabajando un trozo de masa con sus propias manos y la van a transformar en un panecillo que se va a cocer en el horno que está al lado y que ellos lo van a ver en directo y cuando salgan los panecillos y se enfríen un poco porque del horno salen quemando, ellos se los van a comer con todo el gusto del mundo porque han salido de sus manos. Han empleado toda una mañana para visitar una panadería de Alfacar, mi pueblo, que hace muchas generaciones que vive del pan y que abastece a miles de familias de Granada, que está a ocho kilómetros,  de este exquisito alimento y que por eso las noches no se dedican exactamente a dormir sino a fabricar el pan que tendrá que salir a su destino con las primeras luces del día. Hay mucha gente que trabaja en el pan y en el pueblo apenas hay paro pero todo ese proceso se produce a base de muchos esfuerzo y de muchas horas de dedicación y de que todos los miembros de la familia aporten su granito de arena. Los pequeños no habrán perdido la mañana sino que habrán conocido todo el proceso que hay delante de un rico bocado de pan recién salido del horno.


domingo, 28 de abril de 2019

ÁRBOL



         Antes de ayer, viernes, a las ocho de la tarde se estrenó un documental de 70 minutos dirigido por Miguel Ángel Martínez, con el nombre de EL ÁRBOL DE LAS ESCUELAS. Significa un empeño personal de un padre que hace años tuvo a sus dos hijos en una de ellas, DUENDE, y que, vaya usted a saber por qué, se empeñó en que esa experiencia la quería recoger en imágenes, darle forma narrativa, y sacarla a la luz desde su perspectiva personal para que se pueda conocer este valor neto de Granada, según su opinión, y compartir o extender a otros lugares según los casos. Hace tres años recibí una llamada suya porque quería entrevistarme para que participara en su proyecto, a lo que yo accedí encantado como siempre. En el árbol central del Carmen de los Mártires, a la espalda de la Alhambra nos pasamos una tarde tirándome de la lengua para que  fuera explicando mi experiencia infantil y la ligazón con la fundación de las escuelas infantiles municipales de Granada a las que contribuí a fundar y en las que trabajé gran parte de mi vida.

         Me pareció una magnífica idea porque las experiencias valiosas de la vida está bien vivirlas y hacerlas inolvidables, pero también contarlas para que se puedan  convertir en foco de luz para quien quiera acercarse a ellas. Pero tres años dan mucho de sí. Uno puede hasta pensar que sería demasiado bonito pero que las dificultades para ponerlo en pie son tantas que no es la primera vez que se terminan diluyendo y pasan a formar parte de todos esos muertos que uno tiene en el olvido y que los deja que descansen en el amplio cementerio de lo que pudo ser y no fue. Yo sé lo que esta experiencia significó para mí porque la viví, la gocé y la sufrí en primera persona, pero no puedo entender el impacto en la mente de un padre que la ha vivido sólo con sus ojos y en lo que ha visto reflejado en sus hijos mientras asistieron o luego después, una vez que se incorporan a los centros públicos a los que asisten en este momento.

         Es verdad que el empeño de Miguel Ángel no se ha puesto en pie sólo y que mucha gente ha colaborado para verlo hoy como un elemento más del proyecto global de Granada con la primera infancia a tantos niveles. Estoy seguro que en momentos de soledad se habrá visto tentado de tirar la toalla y aceptar que se había empeñado en una quimera y que es posible que no mereciera tanto esfuerzo y tanta incomprensión. Algunos lo hemos experimentado unas pocas veces en la vida y hemos tenido que admitir que solo algunas de las ideas que un día nos hicieron vibrar han visto la luz. En aquellos momentos nos hundíamos en la miseria pero no sé de dónde sacábamos la fuerza para poner en marcha nuevos proyectos, algunos de los cuales podemos hoy mirarlos a la cara, dormirnos con ellos y sentir que nuestra vida ha tenido sentido por lo que toca a la realización personal y por la obra realizada para una ciudad y para cualquiera que quiera compartirla. En su soledad y en su desánimo, este hombre lo tiene que haber sentido del mismo modo pero de donde sea ha sacado fuerzas y ha visto cumplido su sueño.

         Su empeño ha ido sacando colaboraciones muy diversas. Una labor tan amplia es imposible hacerla sólo, pero ha sido su fuerza interior la que ha permitido que ese hilo frágil que su empeño significaba, haya ido realizando los pespuntes imprescindibles para convertirlo en este hermoso documental que acabamos de vivir y que espero que tenga larga vida y pueda ser compartido por muchas más personas sensibilizadas con la primera infancia. El equipo de realización habrá celebrado muchas reuniones para seleccionar de todo el material acumulado el filtro suficiente como para que quede una historia aceptable en tiempo, en calidad técnica y en contenido temático. Siempre podrá ser discutible como cualquier obra humana y estoy seguro que habrá nuevos proyectos más perfectos en el futuro pero hoy EL ÁRBOL DE LAS ESCUELAS se incorpora al acerbo común de Granada, uno más de tantos, llegado de México de la mano y del empeño de Miguel Ángel. Enhorabuena a todos.


domingo, 21 de abril de 2019

RESPETO


         Uno se mira en el espejo y, como es natural, se ve cada día un poco más viejo. Pero tú sabes que la vida está contigo porque el asunto de que tratas, antes como trabajo de cada día y ahora como recuerdo y reflexión, es el de los primeros años de las personas que son como una fuente sin fin a través de la cual brota la vida. Me siento como el receptor privilegiado porque mis ojos están siempre pegados al principio de la vida, a las primeras evoluciones en las que se manifiesta la capacidad sin fin de aprender que tenemos las personas, la enorme variedad de caminos de que dispone la naturaleza para evolucionar y perfeccionarse y el placer infinito de estar viendo cómo, al alcance de tus manos, se va produciendo la vida en toda su diversidad. Cuando te dan un abrazo por la calle y te hacen referencia a aquellos años de privilegio que compartisteis te das cuenta de que ese oficio que tantas veces te pareció un sueño no fue tal y esa persona que te lo recuerda con fervor hace que lo compartido siga siendo una realidad palpitante y perfectamente actual, pase el tiempo que pase.

         Si tuviera que definir mi trabajo con palabras creo que la primera sería capacidad porque los primeros años de vida se valoran como débiles e indefensos, pero los que hemos estado tan cerca de ellos sabemos que nada más lejos de la realidad. Los pequeños llegan a la vida con montañas de posibilidades encerradas en su cerebro que pugnan todo el tiempo por salir a la luz y desarrollarse en cantidad a priori ilimitada. Los últimos estudios afirman que la capacidad cerebral que conocemos no supera en ningún caso el quince por ciento. O sea que la educación se encuentra poco menos que en pañales, no sólo porque aquí estemos hablando de los primeros años, sino porque la capacidad de que disponen esos seres que acaban de llegar al mundo está en pañales también. El campo de trabajo se nos presenta enorme y estamos apenas en los primeros compases.

         No podemos ofrecer a los pequeños el campo educativo completamente abierto porque en seguida averiguamos que a pesar de que sus capacidades son monumentales y la mayoría de ellas completamente desconocidas todos nos desenvolvemos en un mundo material con unas coordenadas de espacio y tiempo en las que nos tenemos que nos marcan un camino. Quizá es la parte de nuestro trabajo que está más clara porque si los pequeños se llenan de angustia porque les falten las atenciones de limpieza, descanso, alimentación mínimas se bloquean y sus fuentes dejan de manar, no porque se hayan secado, las capacidades siempre estarán en su interior esperando un cauce que les haga salir a la realidad, pero pueden tener durante no se sabe cuánto tiempo las salidas bloqueadas y parecer que dentro no hay nada cuando la verdad es que estamos taponando las vías de salida. El agua debe disponer de un cauce adecuado y entonces fluye con armonía. Si no hay cauce ella encontrará alguna forma de sacar a la luz su potencial.

         Si estos condicionantes previos los tenemos suficientemente claros es posible que dudemos infinidad de veces porque somos personas y el aprendizaje está siempre detrás de las dudas pero es imprescindible saber que detrás de esas dudas están las capacidades de los pequeños que, si se lo permitimos, nos van a dar las pistas que necesitamos para completar el proceso y confiar en nuestras propias fuerzas para acompañarlo y enriquecerlo. Nuestra labor me parece indispensable como garantes de ese adecuado cauce para que las capacidades fluyan con armonía y a su humor, pero tenemos que ser muy conscientes de que la capacidad de los pequeños es la verdadera veta que debe fluir. Ellos son los verdaderos protagonistas de su propio desarrollo y nosotros, aunque imprescindibles, no somos más que el instrumento que debe ser garante de que se produzca y que lo haga en las mejores condiciones posible. 

domingo, 14 de abril de 2019

APRENDER



         En educación hay algunas claves que convendría no olvidar. Los pequeños no aprenden porque nadie les enseñe de esta manera o de otra. Aprenden porque quieren y cuando quieren. Si no empezamos desde aquí me temo que vamos a construir en falso. Estoy seguro que hace falta crear una determinada infraestructura en la que el proceso educativo se pueda producir en condiciones aceptables y para todas las personas. Necesitará espacios y tiempos adaptados a las edades a las que vaya dirigido. Necesitará un conjunto humano de adultos que responda socialmente de que se lleve a cabo. Probablemente todo esto será muy bueno para que exista una cobertura suficiente. Pero no nos engañemos. El aprendizaje no va a depender de eso. El aprendizaje se va a producir si logramos que los medios a nuestra disposición hagan que los pequeños quieran aprender. Y si quieren aprender se va a producir el conocimiento y si no, no. Es así de crudo y lo mejor es que nos lo digamos sin paños calientes porque es la realidad.

         Hacen falta edificios aceptables donde se pueda vivir en buenas condiciones y que quepamos todos. Hacen falta una serie de medios que permitan a los alumnos entender por qué es importante transitar por unos caminos y no por otros para acceder a determinados conocimientos. Es necesario disponer de una cierta distribución del espacio y del tiempo para que la actividad se desarrolle en buenas condiciones. Todo esto es verdad pero tenemos que entender que todo lo que hemos señalado son sólo medios, más o menos importantes pero medios. Lo verdaderamente esencial es que exista un grupo de personas que quiera aprender y, si conseguimos eso, los medios que pongamos a su disposición pasarán a desempeñar un papel subsidiario, que es el que les corresponde y la educación se centrará en las personas afectadas, que son el verdadero núcleo indispensable e imprescindible. Ese sin el cual nada es posible. Si ese núcleo quiere aprender, el aprendizaje se producirá y si no, no.

         Es posible que resulte reiterativo pero es que lo hago a propósito. Pasa el tiempo y siempre andamos con la mirada puesta en elementos no nucleares de la educación: que si los edificios, que si los mejores libros y cuadernos, que si un número aceptable de alumnos por aula. que si todas las medidas de seguridad,... que si esto, que si lo otro y que si lo de más allá y creo que todo es necesario, no me cabe duda. Por nada del mundo quisiera que nadie interpretara que desprecio ninguno de los elementos que ayudan a que la educación se produzca en las mejores condiciones. Por nada del mundo. Lo que digo una y mil veces es que todo eso no es el núcleo en que se fundamenta la educación y que el núcleo se encuentra en el interior de esas personas que nos empeñamos en seguir llamando alumnos, que acceden cada día a las aulas y que tenemos que lograr que deseen aprender porque si ellos no quieren aprender no lo van a hacer aunque nosotros hagamos el pino con las orejas.

         Sé de sobra que decirlo es fácil pero que desentrañar ese misterio por el cual un pequeño quiera una cosa y deje de querer otra es endiablado y en muchos momentos lo vemos fuera de nuestro alcance. Por eso damos tantas vueltas para modificar los medios a ver si así logramos el objetivo sin pasar por el núcleo. Una y mil veces nos damos cuenta de que no es posible y una y mil veces seguimos intentándolo por donde no es, sencillamente porque nos resulta más fácil, porque consideramos que está en nuestras manos y porque lo podemos dominar con nuestras propias fuerzas. Es gana. Una y mil veces la realidad nos dice que la educación tiene un sólo protagonista y es esa persona pequeña que nos llega a nuestras manos cada mañana, que lleva en su interior todas las claves de su aprendizaje. Nuestro trabajo no es ofrecerles las mejores explicaciones sobre las cosas, que son  importantes sin duda, sino lograr que ellos se interesen por el mundo que nos rodea y se dispongan a desentrañarlo y transformarlo con todas sus fuerzas. Si logramos eso podemos morir en paz.


domingo, 7 de abril de 2019

ENFERMEDADES



         Poco a poco me voy dando cuenta de cómo me desnudo por completo. Es posible que eso es lo que deseara en el fondo cuando comencé este camino en el 2010. Por supuesto no se me va a ocurrir lamentarlo a estas alturas. A lo hecho, pecho, que decían en mi pueblo. Mi desarrollo profesional ha significado una lucha permanente contra las rígidas estructuras sociales, que en los 70 rallaban el ridículo en muchos aspectos, pero también contra los prejuicios personales propios y el miedo a lo desconocido. Uno no nace enseñado en la vida. Al contrario. Cuando pretendes abrir un camino nuevo en el orden que sea, todo son dudas. Te arriesgas porque lo sientes absolutamente necesario, pero te orientas mucho más por lo que no quieres que por lo que quieres. Lo que se quiere casi siempre son dudas al principio,  que se van consolidando con el tiempo en la medida en que vas excluyendo lo que no quieres. Hoy, tantos años después, las dudas persisten si bien lo vivido se me afianza como útil, a pesar de los muchos errores, unos constatados y otros aceptados aunque sean desconocidos.

         La salud es una de las aspiraciones que, una vez más, se está imponiendo socialmente y ya no sé esta vez lo que nos va a exigir para mantener su hegemonía. Me acuerdo de mis interminables discusiones con el magnífico pediatra Rafa Parrilla a propósito, por ejemplo, de la limpieza, que era y sigue siendo uno de los caballos de batalla sin solución posible de la educación. Reconozco para empezar que seguro que nosotros nos podíamos estar pasando en cuanto a permisividad aunque no sea más que por metodología del diálogo. Yo no pretendía llevar razón más allá de encontrar para los pequeños espacios naturales de actividad que les permitieran crecer por ellos mismos. Pero él tenía que reconocerme que los quirófanos llegaban en su obsesión por la esterilización al absurdo de tener que abrir las ventanas en determinados momentos porque el espacio interior había alcanzado la cota de no permitir que las heridas cauterizaran por falta de microbios.

         Este fenómeno de la absurda limpieza no puede decir de ninguna manera que la suciedad es la buena pero sí tiene que aceptar que la limpieza también tiene que estar sometida a límites porque la vida necesita cotas de permisividad que nos fortalezcan, no porque en ningún momento establezcamos contacto con la suciedad sino porque nuestro organismo haya aprendido del contacto con la vida a integrar los cuerpos extraños que nos puedan beneficiar y eso signifique al mismo tiempo que se haya ampliado nuestra capacidad de defensa para hacer frente a nuestros microbios perjudiciales. La limpieza es necesaria, es verdad, pero no al precio de nuestra indefensión sino a base de lograr fortalecernos a partir de un adecuado contacto con la vida real y ampliando nuestra capacidad de defensa de todo aquello que nos pueda perjudicar.

         Sé perfectamente que una cosa es hablar y otra muy distinta contrastar el discurso con la realidad de cada día,  como sé que el equilibrio  imprescindible no lo tiene nadie y eso significa que el devenir diario se convierte en un riesgo continuo al que no podemos renunciar porque de hacerlo nos despeñaremos por una pendiente de indefensión creciente que nos abocará a la vulnerabilidad sin fin. Es verdad que del mismo modo tenemos que estar alerta para no volvernos locos y terminar aceptando como válido cualquier riesgo, cosa que también nos puede llevar a situaciones imposibles de resolver por nuestros propios medios. Esto quiere decir que la vida es un un riesgo permanente y que no es posible salir de ese laberinto sino que tenemos que arriesgarnos a sobrevivir dentro de él. Salir de cualquier riesgo significa eludir la vida del mismo modo que vivir también es aprender a elegir en cada momento y una cosa no se puede separar de la otra sin perder el norte.