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domingo, 24 de enero de 2021

TÁCTICAS


         Hemos mencionado en alguna ocasión cómo, ni en los momentos más confusos, como es el caso de esta pandemia que atravesamos, las distintas opciones políticas, todas legítimas sin duda, aparcan sus intereses particulares para encontrar acuerdos comunes que tranquilicen a la gente a la que se deben y suavicen las angustias más agudas que no faltan nunca, mucho menos ahora. El resultado de la legítima punga se parece mucho a un gallinero en el que lo que más resalta al profano que mira es la gresca permanente, como si cualquier forma de acuerdo estuviera fuera de programa. Es cierto que en política, la crítica es el fundamento de la democracia en la que, por esencia, cualquier opción lleva en su discurso una parte de la verdad pero no cabe la menor duda que hay momentos, y este de plena pandemia es uno de ellos, en los que los que no militamos en primera línea, estamos en nuestro derecho de quejarnos de tanta chispa de las que saltan y nos caen encima a los que miramos el acontecer cotidiano con ojos de supervivencia día a día y no solo de confrontación.



         El comienzo de año lo hemos comenzado en España con todos los indicadores en contra y con una curva de infección en el pico más alto conocido, por tercera vez. Esperamos angustiados que de un momento a otro, la curva se estabilice y comience e descender, aunque tenga que ser con la desesperante lentitud que ya lo ha hecho en las dos ocasiones anteriores, y seguramente así será porque así lo dice la estadística pero es que el tiempo pasa,  las fuerzas se terminan agotando y uno empieza a darse cuenta de que es la vida la que está pasando al mismo tiempo y son ya diez meses de espera de no sé qué los que llevamos ya en el cuerpo los que resistimos mal que bien y no encontraos en los discursos políticos que se tiran a la cara unos y otros como si fueran guijarros los que dejan de traernos algún consuelo por la situación hostil que ciertamente atravesamos y que cada día necesitamos con más urgencia.



         Estoy seguro que, aparte de consideraciones pegadas a la realidad de cada día que hacen aflorar las distintas maneras de ver los mismos problemas que compartimos, existe una falta de cultura política o de educación para la discrepancia. Inevitablemente me sale mi vena de maestro que ya ha agotado su tiempo oficial de servicio a la sociedad y que ha vivido hasta la extenuación las particularidades de la convivencia con los menores y que se da cuenta cada día de que nuestros líderes levantan la voz por cualquier causa, plantean debates maximalistas que no encuentran cauces de salida desde su mismo planteamiento o manifiestan actitudes intransigentes que solo permiten irritar continuamente el discurso imprescindible, pero no alcanzan la madurez de conseguir puntos de salida que permitan al cuerpo social respiros parciales y no mantenerlos en todo momento en un grito, cosa que es de todo punto imposible.



         No sé en qué momento, ni los muertos y el desamparo que necesitamos dejar en el camino, pero tenemos que terminar asumiendo cosas tan básicas como que el que no piensa como yo no tiene por qué ser mi enemigo, que sus posiciones ideológicas, tan lejanas de las mías, encierran una carga de verdad que yo no comprendo pero que tengo que aprender a aceptar con la mima naturalidad que acepto que amanece cada mañana, que la VERDAD no existe ni con pandemia ni sin pandemia y que convivir es el derecho a discrepar, porque no todos pensamos lo mismo, pero también es la obligación de encontrar acuerdos porque no se trata de encontrar la VERDAD, que no existe, sino ir elaborando pequeñas verdades cada día que nos permitan resolver nuestras discrepancias y no tener que pensar que para que cada uno viva se vea como imprescindible que nuestro vecino no. Tenemos ejemplos en la historia que nos manifiestan reiteradamente a dónde nos conducen las actitudes maximalistas y excluyentes. Siempre echo de menos la ausencia de una signatura troncal que se llame convivencia. Hoy la necesitamos con mucha urgencia. 

 

domingo, 10 de enero de 2021

INMOVILIZADOS


         El 14 de Marzo de 2020 España tenía una seria de problemas como cualquier otro país de nuestro entorno, más el de la coalición de gobierno recién creada que logró salir adelante con una mayoría suficiente. Las fuerzas de la derecha decidieron, valiéndose de sus argumentos peregrinos, que tal gobierno era legal pero no legítimo. Con ese planteamiento decidieron atacarlo sin piedad desde el primer día, en el convencimiento de que podrían derribarlo. De repente el gobierno decide decretar el Estado de Alarma como mejor forma de combatir el COVIT 19, que ya era una realidad. Desde aquel día la legitimidad del gobierno se ha venido discutiendo, sencillamente porque no se soporta que pueda estar sustentado parlamentariamente por las fuerzas de izquierdas. La derecha promueve que su representatividad, que nadie discute, vale más que otras representatividades, presentes en el Congreso por el mismo procedimiento que el de ellos. Como si fueran ellos y no los votos de los ciudadanos los que deciden quién debe estar y quién no o que haya representantes que sean más legítimos que otros.



         Con ese tira y afloja se nos ha ido el primer año de gobierno y han sido el virus y sus consecuencias los que se han llevado el grueso del discurso político, aunque el tono bronco innecesario no ha faltado en ningún momento. Hoy 10 de Enero de 2021el discurso ha cambiado radicalmente, sencillamente porque la mitad de España ha aparecido con un manto de 50 centímetros de nieve y promete terminar de nevar a lo largo del día de hoy, pero mantener las heladas toda la semana próxima. Lo que no terminaban de lograr, porque la pandemia lo necesitaba, que los ciudadanos nos mantuviéramos en nuestras casas salvo casos indispensables, parece que lo está consiguiendo la nieve que, aparte de la belleza de la estampa blanca y del corte de 20000 kilómetros de carreteras, está logrando que entendamos que hay que confinarse, aparte de para combatir al virus, ahora por la dificultad añadida de movernos entre la nieve helada, que hacía por lo menos 50 años que no habíamos visto.



         Parece que la mejor manera de que un problema se resuelva es ponerle encima otro más gordo. Es evidente la enorme dificultad que representa desenvolverse en medio metro de nieve y con temperaturas bajo cero, pero no deja de tener interés darnos cuenta de que ya llevamos algo más de 24 horas sin tirarnos los trastos a la cabeza como si el manto blanco bajo el que nos moveremos durante los próximos días nos sirviera al mismo tiempo como calmante de nuestro exacerbado ánimo, que necesita un poco de paz y asumir algo tan simple como que dos y dos son cuatro, que en política significa que la mayoría que sustenta un gobierno no depende de que lo diga nadie que no sean los votos de los ciudadanos, que son la verdadera fuente de legitimidad. De paso tampoco estaría mal que asumiéramos que quien no piensa como yo no es mi enemigo, sino mi adversario pero tan ciudadano como yo.



         A lo largo de mi vida he pisado nieve suficiente como para, sin quitarle un ápice de belleza, tenerle un nivel importante de miedo, porque significa una dificultad para desenvolverse de primera magnitud. Si encima, como parece, las temperaturas van a mantenerse suficientemente bajas como para que todo ese manto se endurezca y permanezca entre nosotros varios días hasta que se termine convirtiendo en agua, sé que la vida no va a ser fácil durante el tiempo que esta situación dure. De todas formas no quiero ser derrotista y prefiero animar a unas y a otros a que, aprovechando este cúmulo de penalidades que se nos acumulan, pudiéramos bajar un poco la presión política y nos volcáramos en resolver los problemas que nos agobian y nos demos cuenta de que no hace falta que nos amarguemos la vida artificialmente con nuestras exageraciones, que ya se encarga la vida por sí misma de complicarnos la lucha de cada día. Un poco de luz, por favor, ahora que tenemos tanto blanco a nuestro alrededor.  

 

domingo, 3 de enero de 2021

REALIDAD

 

         Levantarse cada mañana con los estímulos que comentábamos la semana anterior cambia por completo la manera de ver la vida. De hecho ya estamos aplicando al año recién estrenado una serie de adjetivos positivos, incluso entusiastas que, indiscutiblemente tienen su fundamento, pero que se encuentran muy lejos de la realidad que palpamos. Hemos vivido el privilegio de conocer a Araceli Hidalgo que, con sus 96 años, nos ha infundido ánimo mientras ofrecía su brazo para que le inyectaran la primera vacuna. Eso no se puede discutir y es radicalmente estimulante. Pero han empezado a pasar los días y vemos que el mismo proceso de vacunación es muy difícil por la propia complejidad física del transporte y manipulación de la primera vacuna disponible Pfizer. Mucho más si tenemos en cuenta que la influencia de las navidades han acuñado una frase que resulta cruel, pero que me parece cierta en España preferimos festejar a salvar vidas. A modo de ejemplo, en diciembre han muerto 6000 personas por causa del COVIT 19 que, con ser muchas menos que en los peores momentos en los que llegamos a acercarnos a los 1000 diarios, debiera resultarnos insoportable.



         Y es que, sin ser mentira los estímulos positivos que nos han  vendido con la llegada de la primera vacuna, no es menos cierto que las curvas de contagio siguen subiendo como producto de los incumplimientos de las normas durante estas fiestas que no terminarán hasta el miércoles día 6 con la cabalgata de reyes. Al comienzo habíamos bajado dolorosamente la curva de los 200/100000 y en el día de hoy acariciamos los 300/100000 y subiendo y no parece que nos escandalicemos demasiado. Es verdaderamente dramático ver con la facilidad con la que sube la curva de contagios y los sudores que nos cuesta bajarla. Al final eso significa muertos que se van quedando en el camino y que nos acusan más porque cada día sabemos mejor cómo combatir el virus y, por tanto, somos más responsables si no lo hacemos.



  Con el estímulo positivo entre manos, antes de entonar cualquier nota de victoria, ya podríamos mirar a los ojos la realidad y concentrar nuestros esfuerzos en bajar la curva de contagios lo más cercano al 0 posible, como llegamos a lograrlo a final de junio del año pasado y colaborar con nuestro esfuerzo al efecto benefactor de la vacuna, que es indudable desde el primer momento pero que no nos va a permitir relajarnos hasta que pasen bastantes meses, que será, eso esperamos, cuando más de la mitad de la población se encuentre debidamente vacunada y logremos la tan ansiada inmunidad de grupo. Las previsiones teóricas nos dicen que sobre mitad de año podemos haberlo conseguido y ojalá sea así, pero hay que irlo viendo paso a paso. Puede ser y hay datos que lo avalan, pero no faltan complicaciones como la aparición, por ejemplo, de la cepa británica, que son palos en las ruedas del camino de salida, que nos pueden complicar y mucho la solución.



         Suponiendo que la solución se alcance más o menos en el tiempo previsto, hacia mitad de 2021, qué nos encontramos entonces. Pues un mundo que se va a parecer poco al que abandonamos allá por marzo de 2020 porque habrá que afrontar una enorme reconstrucción social y económica como si acabáramos de salir de una guerra. Los mejores augurios nos dicen que no alcanzaremos los niveles previos, por lo menos hasta el 2022 con mucha suerte. Pero es que lo de volver a la normalidad, que ojalá consigamos, desde luego no tiene por qué ser a la que dejamos. En medio han pasado cosas, hemos visto nuestras fortalezas y también nuestras debilidades. Eso debería enseñarnos que se puede y se debe aprender porque no estamos inmunes de que cualquier otro fenómeno imprevisto, aunque no tenga por qué llamarse COVIT 19, nos pueda alcanzar de nuevo y nos debería encontrar con la guardia alta y las debilidades mejor cubiertas y no con la cara de lelos que nos encontró la que tenemos encima.   


domingo, 27 de diciembre de 2020

ESTÍMULOS

         Ya he reiterado en domingos anteriores que la verdadera lucha contra la pandemia, al menos en España, no se libra en el terreno de la salud sino en la disputa política que, desde mediados de marzo, que tuvimos el disgusto de verle la cara al dichoso COVIT 19 no hemos parado ni un  momento de tirarnos los trastos argumentales a la cabeza, a sabiendas, desde el primer momento, que la mejor medicina era el remar todos en la misma dirección. Hemos llegado a la navidad con la disputa en dos frentes: bajar la curva de contagios hasta 25 cada 100000 habitantes o las tesis de los de enfrente que cada día se desviven un poco más por abrir bares y comercios al menos una hora más de la que aconseje el gobierno. Producto de la pugna hemos logrado que en el puente de la Constitución que ya empezábamos a bajar de los 200 cada 100000 después de haber subido hasta 1000 cada 100000, la Comunidad de Madrid decidiera que habría que abrir la mano de manera intermitente, al menos para hacerse ver. Total que hemos llegado a la navidad con la curva de nuevo en ascenso.



         Hoy hemos pasado el primer rubicón de la nochebuena, que no se ha salvado para nada y que la hemos vivido como hemos podido, pero muy distinta a la habitual y aquí estamos a la espera del segundo rubicón de la nochevieja que esperemos que no se desmadre demasiado y nos permita salvar la cara con la conciencia de que lo que tenemos entre manos es serio y necesita del concurso de todos. Esta mañana viviremos, por fin, un estímulo material positivo porque en una residencia de mayores de Guadalajara se va a inyectar la primera vacuna a bombo y platillo a una usuaria de 90 años y a una cuidadora. Habrá millones de cámaras para grabar el momento. Se pondrán algunas dosis más a otras personas porque es verdad que empieza la vacunación con la velocidad que se puede, que no es mucha porque dependemos de las disponibilidades que Europa nos ofrece y de la capacidad nuestra para distribuirla.



         Es apenas una pequeña señal, es cierto, pero es un punto de luz muy esperado. Significa el inicio de la solución de este problema que nos ha encontrado sin ninguna capacidad de respuesta para enfrentarlo. No soy muy amigo de la publicidad pero comprendo que estamos muy necesitados de estímulos, sobre todo positivos, porque desde mediados de marzo navegamos a la deriva en cuestión de salud y los estímulos que elaboramos no van dirigidos en ningún momento a moderar los ánimos sino a todo lo contrario, precisamente porque la intención no ha sido hasta el momento salvar la salud sino lograr la caída del gobierno, que la oposición considera ilegítimo pese a estar apoyado por una mayoría indiscutible del Congreso de los Diputados. No me gusta nada que las cosas sucedan así, pero eso es lo que tenemos hasta el momento.



         La primera vacuna de que disponemos, Pfizer, es endiablada de manejar. Viene a 70 grados bajo cero, se administra en dos dosis a cada persona con un intervalo de unos 21 días entre una y otra. Con esta complejidad no será fácil llegar al verano con la mayoría de la población, sobre el 70 por ciento, vacunados, que es lo que necesitaríamos para sentirnos inmunizados como grupo y volver de nuevo a conseguir cotas de bienestar que, con todas sus limitaciones y defectos, habíamos conseguido hasta mitad de marzo de 2020 en que nos arrolló este huracán que nos ha cambiado la vida desde entonces. Es posible, por tanto, que las previsiones no se cumplan una vez más y las vacunaciones se alarguen más de lo previsto. Lo que nadie nos va a quitar es el gozo de ver esta mañana a las dos primeras personas que reciben la primera vacuna que esperemos que sirva, cuanto antes, para parar este virus de la desesperación que, desde marzo, nos tiene en el limbo del desconocimiento y del desconcierto. No creo que la guerra política amaine tan fácil, entre otras cosas porque forma parte de la democracia, aunque no sea obligatorio que en todo momento tenga que ser a cara de perro. Bienvenida la vacuna. 


domingo, 20 de diciembre de 2020

NAVIDADES

 


         En la ansiada búsqueda de la confrontación política, que no cesa, el contexto en el que nos desenvolvemos, Europa, se está encargando de imponernos cauces de convivencia que solos no hubiéramos soñado. Sin pretender demasiada exactitud hace como un mes se nos impuso la idea del toque de queda como un elemento que ayudaría a mitigar esta pandemia que los invade. En España estos términos militaristas no habían cabido jamás. Ha bastado que varios países europeos los hayan hecho suyos y este es el momento en que el toque de queda entra y sale por nuestras calles como Pedro por su casa. Estuvimos a punto de liarla a cuenta de si salvábamos la salud o la navidad. Ha bastado que algunos países que hasta el momento habían tenido buenos datos suban en la curva de contaminaciones de unos días acá para que ya no haya caso. Nos hemos vuelto de la noche a la mañana defensores implacables de la salud y estamos dispuestos a descafeinar nuestras profundas esencias religiosas y acotar la festividad al mínimo con tal de mantener a raya al bicho.



         Hasta la llegada de la vacuna se convirtió en posible motivo de discordia porque alguien sugirió el siete de enero como día para empezar las vacunaciones y eso se convertía en una posibilidad de reivindicar el cuatro y, si no, pues guerra al canto. En medio ha vuelto a entrar Europa, nuestra madre, nuestro mar de la tranquilidad, nuestro líquido casi infinito en el que con facilidad nos diluimos y nos ha dejado con la boca abierta y con nuestros deseos de grito en los labios porque ha logrado adelantar la entrega de las primeras vacunas un par de semanas y nuestra furia de arañarnos se ha visto frustrada ante la cortante orden de que va a ser el día veintisiete de diciembre cuando empiecen los primeros pinchazos. Hay más de uno y más de dos que se están quedando demasiadas veces con la boca abierta y con los gritos en la punta de la lengua sin terminar de materializarse. Claro que a falta de argumentos siempre se puede aprovechar las casi lágrimas de Merkel para concluir que nuestro presi no suelta ni una porque es un frívolo, que es lo que es.



         De modo y manera que se nos van disolviendo los motivos de enfrentamiento como azucarillos. Ni todo el aparataje navideño, con lo que eso ha significado tradicionalmente para este país, ha sido motivo suficiente para enfrentarnos. Es más, a medida que van pasando días sin que las chispas de la discordia salten desde los asientos del Congreso de los Diputados, hay un peligro real de que muchos nos vayamos acostumbrados a ese vicio implacable de la convivencia y nos alejemos inexorablemente del insulto y de discrepar por el gusto de discrepar. Camino peligroso que nos puede llevar, a poco que nos descuidemos, a ver cómo pasa el tiempo sin que vuelen las diatribas y puedan verse los primeros asomos de acuerdos sin que nadie sienta la imperiosa necesidad de poner el grito en el cielo. Igual cualquier día nos encontramos con que se han renovado los órganos de gobierno de los jueces, sencillamente porque su mandato lleva cumplido más de dos años y ya va siendo hora de cumplir con las normas establecidas en nuestra Constitución, esa que tanto nos llenamos la boca de que todo el mundo cumpla, en vez de empezar a dar ejemplo cumpliéndola nosotros.



         Total, que a pesar de que no cesamos de buscar con denuedo motivos de disputa, van pasando los días y somos capaces de que, a la vuelta de la esquina, se nos hayan pasado las navidades sin haber lanzado un buen dardo al de enfrente. Igual tiene que ver todo aquello del tiempo de paz que tanto se ha cantado y el que millones de personas han insistido en creer aunque los argumentos que lo abalen no siempre se han podido ver. Y es verdad que los conflictos locales no han cesado, que las caravanas de refugiados siguen deambulando de un sitio a otro sin que nadie los quiera y que la pobreza se extiende por las esquinas, mientras seguimos intentando encontrar motivos de discordia, bien agrandando los que tenemos o, sencillamente, inventando bulos por aquí y por allá, aprovechando que internet nos lo pone fácil. 


   

domingo, 13 de diciembre de 2020

APRENDIZAJE

 


         A estas alturas de nuestro contacto con el COVIT 19  el principal aprendizaje es que parece que hay salida de este largo y oscuro túnel que nos tiene en sus manos, va para un año. Seguimos sin saber de manera fehaciente por dónde pero ya no es novedad hablar de vacunas porque hay abundantes pruebas de que la ciencia ha metido mano y muchas de ellas están en los últimos estados de experimentación. Concretamente en Europa, que es desde donde yo hablo, hay contratos cerrados con varias y otros a punto de firmarse, aunque lo cierto es que sólo conocemos la primera Pfizer, de la que se están repartiendo los primeros miles de dosis. En Gran Bretaña hemos visto los primeros pinchazos introducirse en los brazos de algunos ancianos, que han resultado ser los primeros seleccionados por orden de prioridad. Seguirán los profesionales de la salud y, poco a poco, el resto de la población hasta alcanzar el total de las necesidades. En China y en Rusia también están comenzando los primeros repartos, pero nos quedan lejos y, o bien ni siquiera los conocemos o no los tenemos en consideración. Como mucho los insinuamos a título informativo.



         Esta zona del mundo en la que vivimos, que hemos dado en llamar Occidente, nos ha enseñado que todo está movido por el padre dólar, o euro. Ya se ha establecido toda una jerarquía de trato en función de las cantidades a cuenta aportadas a las empresas titulares de las vacunas que van estando listas para uso o a punto  de estarlo. A España le toca esperar hasta dentro de un mes, más o menos, para que lleguen las primeras dosis del pedido global que Europa como conjunto ha contratado y pagado a cuenta, antes incluso de tener constancia de si las reservas abonadas se cumplirán o no en los términos comprometidos. No quiero ni pensar cuándo y cómo tendrán acceso los países llamados en vías de desarrollo, que siguen albergando la mayoría de la población del planeta.



         El presidente saliente de EEUU, señor Trump se ha visto frustrado en sus aspiraciones iniciales de ser el primero en el mundo en conseguir para su país las primeras dosis, pero ya nos ha hecho saber que la próxima semana estarán operativas para sus compatriotas, esas que él venía guardando encarecidamente como elementos de poder en la recámara y que afortunadamente no le han servido tampoco para ganar las elecciones de noviembre, a pesar de que están siendo los tribunales de su país los que le van clavando en la frente, sentencia a sentencia, que ha perdido y que él sigue sin reconocer, cada día más solo. La primera que estamos viendo, que es la Pfizer y resulta que ha llegado a su comercialización en unas condiciones bastante incómodas. Para empezar, a menos de 80 grados bajo cero y con un importante peligro de romper la cadena de frío que la invalidaría automáticamente. Al mismo tiempo, aunque han salido con una eficacia nominal de alrededor del 95 por ciento, cosa que habrá que comprobar en la realidad, resulta que ha de administrarse en dos dosis, con tres semanas de intervalo entre una y otra,  para complicar un poco más la entrada en vigor de sus efectos.



         Hasta el momento hemos aprendido que las mascarillas tendrán que seguir con nosotros hasta que veamos los efectos de las vacunas que se están administrando. Que las medidas de higiene hay que mantenerlas como elementos complementarios y benefactores sin precisar demasiado. Que el aire libre, del que los primeros momentos huimos como de la misma peste, podemos buscarlos con garantías como benefactores de por sí por contraposición a los espacios cerrados. Y que con esta forma de vida que nos ha quedado, más o menos encorsetada, podemos seguir tirando hasta que alguna de las vacunas que van estando en vigor se vayan imponiendo en esta realidad triste e indefensa por la que atravesamos y nos vaya abriendo camino para encarar el futuro. Como cada inclemencia, muchos no la han superado y tienen que pasar a nuestro recuerdo y a nuestras lágrimas, a la espera de que todos terminemos reuniéndonos con ellos, allá donde se encuentren.    



domingo, 6 de diciembre de 2020

VACUNA

 


         Pasan los días y la pandemia se nos va metiendo en nuestras vidas como un elemento más y no diré que se nos hace indispensable, pero sí que cada día se nos hace más difícil pensar en nosotros sin virus. Es más, no hace ni un año que tuvimos el disgusto de conocerla y esta es la hora en la que ya disponemos de fases de nuestra historia común con una evolución significativa. Recuerdo las primeras reacciones y estaban impregnadas de incredulidad, como si no llegáramos a creernos que nos había pasado lo que nos había pasado. Hoy eso no se discute y un elemento tan insólito en nuestras vidas como era una mascarilla, que yo no me había puesto jamás, se ha convertido en algo habitual. No se me ocurre salir a la calle sin instalarme este elemento entre oreja y oreja. Sigo con los mismos elementos de juicio sobre su utilidad, o sea, poquísimos si es que tengo algunos, pero no se me ocurre salir sin ella. En mi caso concreto, el simple hecho de tener que ponérmela es el principal elemento disuasorio de mi presencia en la calle, sencillamente porque en casa puedo estar sin ella.



         Repasando así por encima los hitos de este larguísimo año que está a punto de terminar y que va a ser de infausta memoria, se han instalado en nuestra mente palabras que casi no conocíamos y que hoy nos suenan como campanas: covit 19, guantes, desinfección, uci, pandemia y muerte, sobre todo muerte que nos ha llevado a prescindir del doble de ciudadanos que en cualquier otro año. Estos días nos levantamos y nos acostamos con otra nueva: vacuna, que nos suena a niño, a visita rutinaria al médico y a pinchazo a traición con su llanto correspondiente y alguien muy allegado que nos intenta tranquilizar inútilmente y al que miramos con odio porque con su concurso el médico nos ha hecho pasar un mal rato. Nuestra salvación, se nos explica hasta la saciedad, es la vacuna. El mundo entero está como loco por obtener la mejor en el menor tiempo posible. Ahora nos enteramos de que no hay una sino un montón posibles de las cuales algunas ya están a nuestro alcance.



         Conocíamos el sentido de la vacuna como la mejor utilidad de los cuidados médicos. La medicina podía curarnos de las inclemencias de la vida pero podía, sobre todo, prevenir de posibles enfermedades desconocidas que, a través de la VACUNA nuestro cuerpo podía volverse inmune a virus nuevos que se han hecho presentes en el mundo y que no conocíamos hasta el momento. La vacuna va a conseguir que seamos capaces de integrar el bicho como parte de nosotros. Es verdad que conocimos en su momento, por ejemplo, la vacuna contra la poliomielitis, contra la malaria, contra la tuberculosis y contra tantas otras enfermedades, alguna de ellas completamente erradicadas hoy. Lo que no habíamos valorado era que la tal vacuna había supuesto un proceso de conocimiento de varios años. Esta contra el COVIT 19 nos ha puesto a funcionar a toda velocidad de modo que parece que en algo menos de un año ya existen varios modelos y uno de ellos se empieza a inocular en Gran Bretaña la próxima semana.



         Estoy seguro que mucho del posible beneficio de la vacuna super rápida que ya se ha hecho presente no va a tener el grado de utilidad que dice que tiene. En gran medida la fulminante presencia está más ligada a la publicidad que a la eficacia. Pero esto no quiere decir más que los lobis económicos han producido su efecto y gran parte de la aportación unida a la vacuna se va a quedar en menos a la vuelta de poco tiempo. A pesar de esas miserias de coyuntura no conocemos mejor forma de combatir una pandemia como la que tenemos encima que a base de vacunas. Con buen criterio las autoridades han dado en ofrecer la posibilidad de que la población la asuma con carácter voluntario, al menos de momento, para que no la perciba como un enemigo sino como el mejor medio de defensa ante la presencia de un patógeno desconocido. A nosotros parece que nos va a tocar para enero y ya vemos la posible solución al alcance de la mano. El tiempo lo dirá.