Seguidores

domingo, 25 de agosto de 2019

TEXTOS



         Son los últimos días de Agosto y aprovecho que mi ciudad, Granada, se encuentra con la gente en las playas, para pasearme entre los muchos huecos que la próxima semana se volverán a cubrir, una vez que cada mochuelo vuelva a su olivo. Los grandes almacenes, puntuales a la rentabilidad de sus negocios, ya tienen expuesto su verdadero Agosto que hoy se llaman libros de texto. Mi amigo Alfonso, responsable de la Librería Escuela Popular en otro tiempo cooperativa, me dice que en septiembre se dirime el ochenta por ciento de las ventas del año por causa de los libros de texto. Les toca a las familias estrujar los ahorros que les hayan podido quedar del veraneo o sencillamente encontrar el crédito necesario para hacer frente al lote de libros que deben llevar los pequeños a sus colegios la próxima semana, una vez que empiecen las clases. Nunca he tenido nada contra los libros de texto pero sigo sin entender cómo es posible que  los profesionales de la educación permitamos que unas empresas sean las que nos marquen el camino a seguir en nuestro trabajo y nos roben de hecho la potestad de diseñar y poner en práctica los programas de trabajo que tenemos que desarrollar a lo largo del curso.

         Sé de sobra que nadie viene a ponernos una pistola en el pecho para decirnos cómo tenemos que desarrollar nuestra labor y que los textos no son más que propuestas en nuestras manos que usaremos o no según nuestro criterio. Eso es verdad. Lo que pasa es que luego viene el tío Paco con la rebaja y la realidad es que todo el trabajo que debiera correr de nuestra cuenta, si nos lo encontramos recopilado en unos cuantos libros que tampoco están tan mal aunque inevitablemente nunca pueden ofrecer un punto de vista tan cercano como el  nuestro sobre unos alumnos con nombres y apellidos determinados que deberían ser atendidos desde su realidad particular en vez de disponer de unos libros que los ignoran porque para su rentabilidad tienen que alzarse a base de generalidades que puedan abarcar miles usuarios de necesidades tan distintas que al final todos resultan extraños, si bien los maestros pueden sentirse muy cómodos con esos instrumentos en la mano.

         Es verdad que todos tenemos derecho a vivir y las editoriales también. Yo no tengo nada contra eso. Lo que sí digo es que estamos  hablando de pequeños de dos o tres años que llegan a la escuela cargados ya de materiales en los que llevan desarrollados los temas que deben trabajar a lo largo del curso, antes incluso de que nadie les haya preguntado cómo se llaman, dónde viven y a qué familia pertenecen. Y esto es un drama antes de empezar a trabajar. Cuando los maestros se encuentran con todo ese arsenal de propuestas minuciosamente pautadas hasta por días para que no quede ni un solo hueco por cubrir, ve tú y explícale a quien quieras que el verdadero responsable del currículo es el maestro y que en sus manos está en todo momento el desarrollo del trabajo que se ha de cubrir en cada aula. Habrá de todo en la viña del señor pero si me lo ponen tan fácil, lo normal es que cada mañana abra mi libro guía y me dedique a cubrir los objetivos y contenidos que otros han pensado en mi lugar y que no entre en complicaciones.

         Muchos de nosotros hemos militado contra los libros de texto, sólo en defensa de la independencia de cada maestro para responder con su mejor saber del plan de trabajo concreto que debía aplicar a ese grupo concreto de pequeños. Es verdad que eso conlleva algo más de complicación porque el compromiso es el de particularizar los conocimientos para que respondan a los intereses de unos alumnos concretos que viven en un lugar concreto. Siempre recuerdo, por ejemplo, las alusiones al mar que venían en mi Enciclopedia Álvarez cuando yo vi el mar a los once años. Lo mismo podríamos decir sobre las alusiones a las tierras de interior. Los libros de texto pueden ser unos colaboradores al servicio de los maestros para enriquecer y facilitar el desarrollo de los objetivos y contenidos que deben desarrollar para cada grupo  y no convertirse en catecismos que se aplican cada día sin entrar a cuestionarse la utilidad de sus propuestas.


domingo, 18 de agosto de 2019

RITMOS



         Los animales me merecen todo el respeto del mundo pero vivo solo en estos momentos y no tengo la tentación de poner a mi lado uno cualquiera de los muchos a los que hemos dado en llamar mascotas. Como los perros proliferan extraordinariamente no puedo sustraerme a seguirlos con la vista. Os invito. Vestimentas y collares aparte no hay más que observar unos minutos para darnos cuenta de que van buscando su ritmo y sus intereses en todo momento, como no puede ser de otra manera. Los paseos se convierten en una guerra completamente injusta en la que los dueños se dedican a ignorar por sistema los intereses de los animales y los someten a tirones a cada momento como si estuvieran interesados en que los perros dejaran de ser perros. En realidad lo que sucede es que la condición de la mascota no cuenta casi para nada. Sólo tiene sentido en la medida en que sirve al interés del dueño sin respetar que el ser vivo que llevamos atado del cuello tiene los suyos, que son tan dignos y tan respetables como los nuestros.

         He comenzado por el ejemplo de las mascotas, sobre todo los perros que están más a la vista de todos pero, como es propio en mí, de quien hablo es de las personas pequeñas. Quizá la playa pueda servirnos como paradigma ya que los núcleos urbanos han quedado despoblados, se aparca de lujo en julio y agosto, y hemos trasladado una enorme masa humana al borde del mar. El problema de los pequeños es en esencia el mismo que en las ciudades: nadie los escucha. Un perro se para a oler porque los perros huelen por naturaleza y el dueño se impacienta y le da un tirón de la correa para convertirlo en alguien que obedece, tenga las inclinaciones que tenga por naturaleza. Algo así les pasa a los pequeños. Tanto en la playa como en cualquier otro espacio su verdadera obligación es la de obedecer. Lo de menos es si necesita un espacio determinado para jugar con el agua, por ejemplo. Lo que cuenta es que no moleste y que el ritmo dominante de los adultos sea el que se imponga en última instancia.

         Los perros me sirven como ejemplo de sometimiento pero el sistema es perfectamente idéntico al de cualquier otro sometimiento como suele ser el de los pequeños. No ignoramos que el agua es un elemento extremadamente apetecible para los niños. Muchas veces llegamos a pensar que no se cansan y tenemos que sacarlos cuando ya les vemos la piel arrugada de tanto tiempo en contacto. Es verdad que les apetece pero no es menos cierto que parece que llegan a poseer el agua a escondidas o a ratos o a pesar de la persecución sistemática a la que los sometemos: no salpiques, no tires piedras, ten cuidado que cubre, ven que te eche crema, no me mojes que me molesta…, y apreciaciones por el estilo. Con este ritmo normativo los pequeños terminan abrazando el líquido elemento como si se tratara de una tabla de salvación que les permite evadirse un poco de nuestro circuito de ordeno y mando y se abandonan al gozo del agua con desesperación porque saben que no les va a durar a su alcance ni mucho menos lo que desean o necesitan.

         Al final el asunto está en quién manda en cada momento y con cada elemento. No voy a cometer ahora la ligereza de sugerir que sean los pequeños los que manden porque ya es sabido que, sea con el agua o con cualquier otro orden de la vida, su capacidad no está preparada aun y somos nosotros los adultos los responsables de hacer que crezcan en armonía y que vayan alcanzando sus plenas capacidades a su tiempo. Lo que sí es fundamental es que nos demos cuenta de que son seres capaces con el agua y con todo y que nuestra función debe ser la de ayudarles a que sean cada día más capaces, no la de cortarle las alas en el momento en que veamos aparecer el primer plumón. Estos procesos de evolución se han de conseguir armonizando los ritmos de cada uno. Es normal que el ritmo del abuelo no sea el mismo que el del padre o el del hijo, pero sí tenemos que ser conscientes de que todos los ritmos son legítimos y respetables. Cada uno debe tener su espacio de realización porque todos tienen sus derechos. La vida no es de amos y de criados sino de personas libres que tienen que convivir.


domingo, 11 de agosto de 2019

MUERTE



        Hace un par de semanas mi compañero y conocido comentarista nuestro Manuel Ángel Puentes, recientemente jubilado, me daba la noticia de que un artículo suyo relativo a la muerte vista por los pequeños aparecía en la revista  PENSAR JUNTOS que edita el Centro de Filosofía para niños de España. Me pareció de interés y le pedí permiso para hacerme con la revista y comentar el artículo. No tuvo inconveniente y me hice con el número correspondiente, concretamente el tres, relativo al año 2019 puesto que se trata de una publicación anual. Aquí lo tengo en mis manos y he tenido ocasión de leer el artículo con interés por el tema que trata y por venir de quien viene, que es un profesional que se ha pasado su vida trabajando con pequeños de 0 a 6 años, cosa que para mí es una garantía de fiabilidad sobre los mensajes que puede aportar. Se titula Cuando la muerte pisa mi huerto. Tratamiento de la muerte en Educación Infantil. El tema me parece de mucho interés porque estoy seguro que en las familias y en las clases este tema está presente de vez en cuando y no sé si tratado con la dignidad y el respeto que requiere.

         Mi experiencia más traumática con la muerte fue la de un pequeño de cinco años que se nos desvaneció en unas escaleras del colegio sin que supiéramos por qué. Se lo llevó la ambulancia y a la mañana siguiente nos enteramos que había fallecido. Fuimos al hospital y pudimos verlo en la morgue, cosa que no le deseo a nadie. Nos llegamos al domicilio familiar a dar el pésame y la madre, rota de dolor, nos confesó que ella era consciente de que esto podía pasar en cualquier momento porque su hijo tenía una cardiopatía congénita que podía aparecer y que ella no había dicho nada porque no se hacía a la idea de que su hijo fuera tratado como un enfermo. En aquel momento respetamos la actitud de la madre por el momento que estábamos viviendo con el cadáver de su hijo presente pero lo cierto es que no estábamos seguros hasta haber hablado con los médicos de si se había desvanecido o de si fue una caída en la que se había golpeado la cabeza. Hoy, con el paso de los años, sólo puedo decir que la experiencia fue muy traumática y las circunstancias concretas han pasado a un segundo término.

         Supongo que todos los profesionales hemos vivido algún episodio en el que la muerte haya estado presente y en las familias también se habrá percibido de alguna manera más o menos cercana. Manuel hace un amplio recorrido del tema de la muerte en su grupo recogiendo diálogos de los pequeños en los que podemos leer en directo cómo ven ellos el asunto y cuál es la lógica que aplican para interiorizar la idea de la muerte como concepto en muchos casos y como testimonio directo en alguno desgraciadamente  también. De las dos maneras la muerte es un concepto que está presente en la vida de todas las personas y me parece inútil intentar secuestrarla y hacer como si no fuera verdad a base de negarla o de dulcificarla y falsearla como si los pequeños fueran tontos, cosa que no es lo mismo ni mucho menos. El artículo es amplio y creo que recoge con dignidad un asunto tan serio pero visto desde los ojos de los pequeños. A más de uno le puede sorprender.

         El tema de la muerte no debemos eludirlo porque, tanto si lo sabemos como si no, está presente en la vida de los pequeños y si actuamos como si ese tema no fuera con nosotros lo que conseguiremos como en el sexo u otros temas más o menos delicados, es que los pequeños se enfrenten solos a ellos y sean los medios de comunicación o sus propias reflexiones los que sirvan de referentes y nosotros nos iremos convirtiendo en figuras menos relevantes y cada vez más alejadas de sus vidas. Creo, por tanto que nuestra misión debe estar siempre cerca de los pequeños y de sus problemas, afrontar todo los asuntos con la mayor honestidad que sepamos y, como creo que queda muy claro en el artículo de Manuel, escucharlos a ellos. Son pequeños pero no tontos. Tienen una opinión de todo lo que pasa cerca de ellos y nosotros podemos intervenir sólo si ellos nos sienten cerca. Si los escuchamos nos daremos cuenta de que son capaces de interiorizar todos los aspectos de la vida, incluida la muerte, y encontrar salidas para seguir viviendo que es su gran reto.


domingo, 4 de agosto de 2019

PROCESOS



         Ya superará los 40 años pero nos apareció en la escuela diciendo que era celíaco y que no podía comer nada que tuviera harina de trigo. Traía su propio pan y sus propias galletas . Ninguno conocíamos por entonces lo que aquello significaba. Sólo por eso había que llamarlo por lo menos JEROMINÍN, aunque se nos podían haber ocurrido cosas peores. Ya nos llegaba marginado de casa. Cuando había que comer él se sentía el rey del mambo de ver a todos a su alrededor cómo comía aquellos panes tan raros , aunque no lo parecían, mientras nosotros, la plebe, sólo disponíamos de trozos de pan normales y corrientes. Explicamos en la asamblea de la mañana lo que le pasaba a JEROMINÍN y de las razones por las que todos teníamos que tener cuidado de que no comiera más pan o galletas que las que traía de su casa. Parecía un teatro y tal vez lo fuera. Lo cierto es que él se sentía protagonista porque era un espectáculo sin comerlo ni beberlo, nunca mejor dicho. Le fue difícil integrarse porque los demás pensábamos que se nos rompía en cualquier momento.

         Después apareció alguno que dijo algo parecido, pero éste con el huevo. No tuvo, ni con mucho, el impacto, no sé si porque JEROMINÍN fue el primero o porque nosotros nos llegamos a acostumbrar a que había personas a las que les iba la vida si comían de algo de lo que los demás nos alimentábamos con toda normalidad. Lo curioso del caso es que ninguna particularidad se cumplió como estaba previsto de antemano y, que yo sepa, en ningún momento hubimos de tomar medidas especiales aunque las familias nos dejaban en el botiquín lo que debíamos administrar a sus hijos en caso de incidentes. Estoy seguro de que todos nos saltamos las prohibiciones en algún momentos: los sufridores porque se les iban los ojos por probar lo que comían todos, que a ellos les estaba vetado. En algún caso hubo chivatazos de que se habían saltado las tajantes normativas al respecto pero como no los habíamos visto con nuestros ojos tuvimos que esperar algún síntoma de peligro para actuar en consecuencia y todavía estamos esperando.

         Llegué a convencerme por completo de que la fuerza de la normalidad era más fuerte que la bomba atómica y que las leyes de la vida no había fuerza capaz de ponerlas en cuestión. Todavía lo creo aunque, como ya soy viejo, aliño la creencia con un poco de escepticismo,  por si acaso. Un verano me dio por experimentar el logro de un intenso bronceado sin aplicarme una sola gota de ningún producto. Los míos se reían como tantas veces pero yo, a las cuatro de la tarde me subía a la terraza con las obras completas de Goethe como lectura y las carnes al aire y, con disciplina espartana, tomaba el sol dosificando los minutos de manera creciente. No se me ocurre pontificar sobre los efectos del sol en la piel humana, líbreme dios, pero sí confirmo que me puse completamente moreno, que en mi pellejo no entró una sola gota de potingue y que mi referencia para aquel empeño fue la de que en mi adolescencia, cuando trabajaba en los tejares por necesidad, nadie vino a decirme que tenía que protegerme la piel ni a mí ni a ninguno de mis compañeros.

         Insisto con toda lealtad que no pretendo de estos humildes testimonios dar lecciones de ciencia ni pontificar sobre nada. Sí respondo de que lo que cuento es verdad y que estoy seguro que los grupos de pequeños tienden en todo momento a ser más o menos como los demás. Todos aprendimos a comer galletas para celíacos y, aunque no tenga constancia directa, estoy seguro de que nuestro celíaco favorito, JEROMINÍN se buscó la vida para saltarse sus estrictas normas porque, aunque no llegó a ser preciso inyectarle lo que teníamos reservado para casos de urgencia, algo debió haber porque alguna diarrea lo señaló más de una vez. También nos lo fuimos tragando, él el primero, porque a nadie nos interesaba declararnos culpables. Es más, hoy pienso que esa misma fuerza de que todos busquemos ser normales y corrientes al precio que sea, aunque deba estar sometida a todas las excepciones que la ciencia nos indique, en ningún momento debemos hacerla desaparecer porque es la fuerza de la vida, que trata en todo momento de que la normalidad se imponga aunque para ello haya que pagar algunos precios. 


domingo, 28 de julio de 2019

COMUNICACIÓN



         Con atrevida frecuencia oímos que la actualidad está repleta de lagunas y que antes las cosas eran distintas y, en general, mejores. Como más verdaderas. El pasado es una forma de paraíso perdido que se añora. Lo aplicamos a nuestro asunto de la primera infancia pero podríamos aplicarlo a cualquier orden de la vida. Desde una simple manzana que no resiste compararla con las de antes, sobre todo si para alcanzarla había que saltar una tapia y arriesgarse a través del tronco del manzano madre. ¡Y las calles! Aquellas calles en las que nos pasábamos media vida sin que nadie nos echara cuentas. Aparecíamos a las horas de las comidas y no siempre. Muchas veces un pañuelo bien atado albergaba el típico canto de pan con aceite que nos acompañaba esparciendo sus manchurrones por aquí y por allá porque nos faltaba tiempo para el juego y comer se podía comer en cualquier momento y en cualquier lugar con tal de no perder una buena guerra a pedrada limpia o los juegos de lima en los que la propia vida pendía de un hilo en todo momento.

         Puedo explicar estas secuencias porque en más de ocasión he participado de ellas pero lo que no puedo defender a poco que me pare es que aquella vida tuviera en sus entrañas nada que no fuera altas dosis de soledad y de abandono que, eso sí que es riguroso, convertía cualquier día en un verdadero campo de batalla donde pasaban cosas como que a Juanito le saltaran un ojo con un perdigonazo del que su madre Teresa nunca logró reponerse del todo. Que Pepe Carlos lograra sacar una sábana de su casa y se tirara delante de nuestros ojos asombrados desde más de diez metros de altura en la Puente de lo que todavía nos reímos cada vez que nos vemos pero que aquella tarde fue un drama para su casa y para el pueblo entero, del que se habló durante mucho tiempo. O aquellas batallas campales contra los de Víznar que organizábamos en el Camino del Arzobispo a la altura del Cortijo de Pepino, no sé muy bien si recordando la guerra civil, todavía reciente o dando rienda suelta a esa libertad que hoy soñamos pero que sólo se llamaba abandono, miseria mental y física.

         Así se escribe la historia, plagada de sueños que añoran una juventud hoy perdida y olvidando una serie de deficiencias y perversiones que nos negamos a estas alturas a llamar por su nombre. Es verdad que hoy tenemos muchas deficiencias y algunos entre los que me cuento no paramos de denunciar y de proponer comportamientos que pueden recordar tiempos pasados pero que nunca deberíamos añorar su vuelta porque lo único que significaron fue miserias, coletazos de una guerra fratricida en la que jamás debimos participar por nada del mundo que tuvo como consecuencia un país devastado entre padres e hijos o entre hermanos, sin la grandeza siquiera de haber pertenecido a uno de los dos bandos que asolaron Europa con la Segunda Guerra Mundial y de la que fuimos apenas el experimento preliminar como seis meses después de terminar la nuestra pudimos comprobar. Nada, por tanto, por lo que enaltecer un país que se pasó tres años matándose solito con ayudas interesadas, eso sí y que vivió la historia desde fuera de la historia.

         Confianza en el futuro por todo lo que antecede y también porque la ciencia no entiende de barcos y no para de ahondar en nuevos argumentos de convivencia, en conocimientos sobre las miles de incógnitas que nos envuelven y en nuestra misión histórica que hay muchos que pensamos que por más tropezones a que nos someta, no para de avanzar, puede que incluso a pesar de nosotros. Es verdad que a muchos la impaciencia se nos dispara y no entendemos, por más que la realidad sea tozuda, cómo somos incapaces de elegir caminos del entendimiento, de respeto y de progreso a favor de las indicaciones que los pequeños no paran de mostrarnos en cuanto nos paramos a escucharlos y preferimos la pobreza intelectual de transitar por normas y estructuras de comportamiento de cartón piedra que, con la excusa de garantizar supuestos mínimos académicos, nos hacen saltar por encima de los avances técnicos y del sentido común de los pueblos sabios  y persistimos en los trágala a los que sometemos a nuestros niños y, en el fondo, a nosotros mismos. La vida será más fuerte, no tengo duda, y terminará por imponerse a pesar de nosotros.


domingo, 21 de julio de 2019

CONFIANZA



         Ya he comentado más de una vez en esta tribuna que la añoranza de tiempos pasados no deja de ser una quimera, una máscara con la que muchas veces intentamos disfrazar el presente en momentos en que nos viene gordo, cuando la realidad es que somos incapaces de responder a los retos que nos ofrece la actualidad y tratamos de disfrazarlos en sueños del pasado. En educación, como en tantas otras cosas, cada día vamos mejorando con ligeros pasos adelante, con algunos hacia atrás, que de todo hay y aprendiendo a duras penas que el camino es largo y las dudas muchas. En los ochenta partíamos de unos niveles de calidad bajos aunque en España la que se llamó Ley Villar no era desdeñable. Fue fácil abrazarse a la LOGSE, una ley descafeinada pero positiva globalmente. Llegamos a creernos que estábamos haciendo algo importante y hoy no dudo que lo hicimos. Nos volvimos modernos en educación como en otras muchas cosas. Tiempo después, a qué negarlo, fueron apareciendo las perversiones prácticas de una buena ley. Algunos pensamos incluso que nuestra mentalidad, cosa insólita, no estaba a la altura.

         Pero no quiero sino pasar por encima del contexto y dejar constancia del terreno en el que nos tocó jugar. Dos señales, inseguridad y desconfianza, nos llevaron a ir pervirtiendo un texto legal abierto y moderno para introducirlo en el túnel de la garantía de resultados mínimos sin darnos cuenta de que por ese camino terminaríamos por vaciar de contenido una propuesta ambiciosa y de altos vuelos. Hoy estamos en fase de receso en ambiciones si bien es verdad que hemos abierto el abanico de exigencias y hemos ganado en otros espacios: seguridad, alimentación, salud…, en los que es posible que estuviéramos necesitados y no tuviéramos suficiente conciencia. Seguramente por nuestra juventud también aquellos años lo fueron de ilusión en el futuro. Mi amiga María Rosa Pettri, italiana, cuando venía a nuestros congresos nos decía: Parece que os queréis comer la historia. Tenéis que daros tiempo porque los cambios han de ir más despacio.  Entonces no lo entendíamos porque todo nos parecía poco. Hoy sabemos que hasta se puede andar para atrás.

         Cuando teníamos la ambición en las manos nos empezó a temblar la inseguridad de no ser capaces de estar a la altura o bien de que los pequeños no fueran capaces de responder con la profundidad y la amplitud con que los estudios técnicos nos lo aseguraban  y nosotros lo veíamos en nuestro trabajo diario, sencillamente porque siempre se quedaban flecos sin resolver y nos metían la duda en el cuerpo. Esos gérmenes fueron haciendo mella y nos fueron cortando alas cuando las posibilidades legales nos permitían seguir volando y descubriendo horizontes nuevos que estaban a nuestro alcance, hasta que ayudados por cambios políticos conservadores que accedieron al poder por el desgaste de la izquierda, nos hicieron dirigirnos a los cuarteles de invierno de la seguridad administrativa y como segando nuestra capacidad de soñar para afianzarnos en las estrictas condiciones materiales, muy respetables también pero mucho menos ilusionantes. Aquí estamos hoy, mucho mejor dotados en medios sin duda, pero con la capacidad de soñar un poco embotada.

         Esto que antecede no quiere ser ningún lamento. En todo caso intenta ser un poco de sentido de realidad para que tengamos conciencia de dónde nos encontramos. No vale angustiarnos porque el futuro sigue estando ahí delante y nos sigue esperando como siempre. Necesitamos, eso sí, superar las inseguridades que nos encorsetan y nos llegan a anquilosar nuestras capacidades y saber que los pequeños a nuestro cuidado necesitan que se confíe en sus posibilidades, como siempre, y se les escuche porque cada día nos están enviando mensajes de lo que son capaces de aportar a su crecimiento y a su desarrollo. El viejo refrán de no me des pan, ponme donde haya, fue válido ayer, lo es hoy y seguro que lo va a seguir siendo mañana. No sé si hemos perdido tiempo o si necesitábamos este tiempo menos ambicioso para asegurarnos un poco más en el suelo que pisamos y sentirnos seguros en el momento en que nos decidamos a reanudar la marcha. “Es posible que sea verdad, amiga María Rosa, que teníamos que darnos tiempo”.


domingo, 14 de julio de 2019

RESPETO



         Con la desaparición física de nuestra compañera Irene Balaguer, como concluíamos la semana pasada, nos queda su legado. Su legado no es añoranza, ni desánimo, ni la más mínima sombra de duda sobre nuestra función de profesionales de la Educación Infantil. Su legado se llama compromiso. Ella siempre tuvo un partido político de referencia que era conocido y nunca fue motivo de conflicto insalvable porque el diálogo se produjo en todo momento, tanto en los acuerdos como en los desacuerdos. Otros, como fue mi caso, decidimos mantenernos al margen de los partidos pero nunca al margen de la militancia pedagógica que hemos compartido con Irene y con tantas otras personas que siguen comprometidas con causas que socialmente se podrían considerar perdidas como la primera infancia, los refugiados, la calidad del aire que respiramos o los alimentos que ingerimos. Es verdad que en algunos momentos he echado de menos la ausencia de un apoyo político de un grupo fuerte como puede ser un partido, pero su ausencia ha sido un peaje que he asumido desde el principio y lo he pagado. No se puede tener todo en esta vida y no he querido renunciar a la libertad personal que ha sido el precio, a veces demasiado caro.

         Una de las palabras que más sonó el seis de Julio en el encuentro en Barcelona en recuerdo de Irene fue la de respeto a la infancia. Esta idea ha sido uno de los motores de nuestro esfuerzo a lo largo de los años y estoy seguro que va a seguir vigente en el momento presente y garantizo que en el futuro. El respeto a la infancia significa un estilo de vida radicalmente distinto al que conocemos de manera mayoritaria desgraciadamente. El respeto no significa ni más ni menos que asumir un punto de partida en el que el recién nacido es una persona con todos los derechos, dueño de su destino y perfectamente capaz de desenvolverse en la sociedad, siempre que se le faciliten los medios y las personas durante sus años de formación, que son bastantes. Sabemos que con mucha frecuencia los pequeños llegan a una familia y se convierten en juguete por múltiples razones, todas ajenas a la persona que llega.

         Los más modernos estudios nos hablan de la familia como una constelación de afectos, de intereses, de limitaciones, de frustraciones y de expectativas que giran alrededor de los pequeños y que inevitablemente los están condicionan y arropan desde el primer momento de vida. No existe un proceso evolutivo puro sino que cualquier evolución individual se encuentra contaminada por fuerzas de muy diverso signo que condicionan la vida del menor. Esto es malo y es bueno a la vez porque le aportan a su vida un cierto colchón de afectos en lo que se siente seguro aunque al mismo tiempo significan también limitaciones para poner en práctica sus capacidades, que van a entrar en pugna con prejuicios de alguno de los miembros de su círculo más cercano. Parece un callejón sin salida y en muchos casos lo es porque toda esa maraña afectiva que envuelve al pequeño puede terminar por agostarlo y anularlo como persona.

         Por eso no nos cansamos de pedir respeto para los menores, sobre todo para los más pequeños. Son personas y como tales tienen unos derechos que tenemos que garantizarles las personas que vivimos a su lado. Son capaces de resolver muchas de las dificultades que la vida les plantean. Otras no y para eso estamos nosotros, para ayudarles a fortalecer sus capacidades, que son muchas más de las que pensamos y con nuestra colaboración puntual cuando la necesiten, con nuestro respeto a permitirles desarrollarse a su modo en un clima de confianza y de seguridad podrán crecer en un espacio y en un tiempo amigos. La escuela no debe servir para doctrinar a nadie ni para hacernos a todos amoldarnos a unas normas impuestas por alguien que busca unos resultados concretos en defensa de sus intereses. La escuela debe ser la garantía de libertad para quienes llegan a sus aulas con casi todo su desarrollo personal por ejercitar. En  la medida en que los pequeños se sientan respetados, que me gusta mucho más que queridos, serán más capaces de desenvolverse entre ellos y en la estructura social correspondiente, aprenderán a resolver mejor  las dificultades que inevitablemente les depara el presente y, sobre todo, el futuro.