Seguidores

domingo, 9 de diciembre de 2018

ALEGRÍA



         Entramos en los días más cortos de luz y puede que sea por ese reino de la oscuridad por lo que hacemos los máximos esfuerzos en iluminar todos los espacios posibles como si fuéramos más fuertes que las propias leyes de la naturaleza. Lo cierto es que hacemos lo indecible para subvertir este tiempo oscuro y frío que nos invita a recogernos como ninguno y ante el que nos sublevamos como podemos a base de iluminación artificial y a base de jolgorio alcohólico y de comilonas. Los pequeños en este tiempo como en cualquier otro suelen ser los convidados de piedra que, como mucho,  son traídos y llevados de aquí para allá como si fueran muebles, sin ningún respeto para sus necesidades y obligándolos a que sigan la estela de los adultos dentro de sus carritos como si fueran muñecos de cartón piedra que se sacan a la calle para lucirlos o pesos muertos con los que hay que apechugar como un tributo que los adultos pagan a la vida para satisfacer sus deseos de convertirse en familias.

         Algunas propuestas sencillas quizá puedan aportar cercanía entre pequeños y mayores y satisfacción en las relaciones. Si son muy pequeños hay unas bolsas que cualquier adulto se instala a modo de arnés en donde el bebé puede ir pegado físicamente al adulto, calentándose con el contacto directo, casi piel con piel, siempre teniendo en cuenta que el pequeño mire a quien lo lleva que creo que es la postura que ofrece más seguridad y teniendo todo el mundo al alcance de sus ojos con sólo volver la cabeza. Si se trata de un carrito independiente conviene instalarlo de modo que el pequeño pueda acceder visualmente al adulto querido que lo lleva y lo trae, cosa que le dará tranquilidad y confianza. De otra forma perderá la referencia de la persona adulta con la consiguiente angustia y  desorientación. Si es dentro de la casa lo que verdaderamente importa no son las cosas de que el menor disponga sino la cercanía a las personas adultas y la integración en el conjunto familiar con que se le trate.

         El valor de los regalos, que los adultos asociamos a lo que nos cuestan en monedas a los pequeños no les importan lo más mínimo y sí, en cambio, les convencen o no en función de la relacción que crean con las personas adultas y en función del papel que le hacen desempeñar en el conjunto. Podemos gastarnos lo que queramos para sentirnos satisfechos pero nuestros menores van a intentar, sobre todo, sentirse incluidos en el conjunto familiar y que las cosas que se les regalan no signifiquen en ningún caso maneras de excluirlos del conjunto, cosa a la que suelen ser extremadamente sensibles. Por eso el mejor regalo que se le puede hacer a un menor es el de nosotros mismos, el de compartir nuestro tiempo con ellos, el de incluirlos en nuestra vida y el de integrar su progreso al del conjunto familiar y no considerarlos como apéndices al margen cuya función en el mundo es la de complicarnos la vida.

         Una hermosa propuesta, pasear con ellos, si es posible andando a su ritmo y permitiéndoles que descubran los espacios y las texturas de cada cosa con la que se encuentran, tanto si llegamos a algún sitio de destino como si no. Pequeños talleres en la casa con los alimentos de modo que desde que su capacidad lo permita aprendan a elaborar platos de ensaladas o de frutas picadas que después sirvan para alimentos de toda la familia. Son dos recursos que llenan de satisfacción o todos los que participan, que no cuestan dinero y cuya importancia es de muy largo alcance. Por supuesto no son los únicos pero sí indican que lo que importa en la relación con los pequeños no es lo que seamos capaces de comprarles sino la disponibilidad que ofrezcamos de compartir nuestra vida con ellos. No me resisto en ejemplificar el regalo impresionante que ofrece el abuelo en el que ha invertido media paga y que a los pocos minutos en los que todavía están los adultos alabando el contenido, el pequeño se lo está pasando pipa con el envoltorio de cartón. 


domingo, 2 de diciembre de 2018

REGALOS



         Tradicionalmente la Navidad daba comienzo en cuanto salíamos del puente de la Constitución y de la Inmaculada. No recuerdo en años anteriores más cercanos pero lo que sí sé decir es que acabamos de estrenar diciembre y ya estamos metidos hasta el corbejón en plena algarabía de nacimientos, de anuncios a cual más conmovedor, de iluminaciones callejeras que rebasan todos los límites de la prudencia. Desgraciadamente no es que me extrañe pero cada día me reafirmo más en la idea de que nos gusta más un foco que nada. No sé cómo lo hacemos pero de cada contenido, como es tan difícil llegar al tuétano, hacemos gorgoritos porque parezca que lo contemplamos cuando en el fondo lo que estamos haciendo es acariciar la superficie de todas las maneras posibles y, la mayor parte de las veces, el meollo de la cuestión se queda esperando tiempos mejores. El enorme problema de los desahucios en España, por ejemplo, todos hablamos de él, pero ahí sigue presente cada día como una plaga maldita que no logramos quitarnos de encima.

         El otro día hemos vivido un desgarro nacional cuando hemos conocido que una mujer ha saltado al vacío desde un sexto piso con un pequeño en brazos porque no ha soportado la presión de que fueran a desahuciarla a la mañana siguiente. Un golpe así de seco nos deja helados en el momento en que se produce porque nos pone delante de nuestros ojos el fracaso colectivo que significa. Pero al momento seguimos con la fiesta, con las luces, con el ruido..., con la parafernalia en definitiva, a sabiendas de que el drama sigue ahí presente y será cuestión de días que tengamos otro aldabonazo parecido hasta ver si en algún momento nos dedicamos a escuchar el verdadero sonido social que nos está interpelando y que nos empeñamos en no oír. Ayer miles de voluntarios se afanaban en recoger varios millones de kilos de alimentos no perecederos para repartirlos entre las familias más necesitadas. Y no está mal, pero yo siempre recuerdo aquel dicho de "no me des pan, ponme donde haya.

         Quizá nos hemos volcado demasiado en la cultura de la, de lo superfluo, del fogonazo del momento y nos hemos olvidado del verdadero progreso que se forja con el trabajo duro y seguramente poco brillante de cada día. Recuerdo los primeros años de la democracia en España en los que algún político mayor me contaba la cantidad de millones que había que invertir en infraestructuras y lo poco que la gente lo iba a valorar porque no se ven. Son dineros enterrados niño, me decía. Y no le faltaba razón al bueno de Juan Tapia, socialista de toda la vida. Pero eso es un peaje que hay que asumir porque los verdaderos progresos sociales no están en los miles de bombillas que son capaces de lucir para un evento como la Navidad que se alarga y se alarga y vamos a terminar ignorando cuándo empieza y cuándo acaba. El verdadero progreso está en que seamos capaces de lograr que esa persona con su pequeño en brazos encuentre una salida de vida antes que saltar por el balcón desde una sexto piso para terminar de una vez.

         Lo último que quisiera ser es un aguafiestas pero lo que no quiero es que nos sigamos deslumbrando con flores de un día y sigamos mirando para otro lado mientras se siguen pudriendo los verdaderos problemas que todos conocemos pero que preferimos pasar de largo y entontecernos con el ruido y la parafernalia para que no nos duelan demasiado. Sugiero un regalo que percibo en algunos discursos que no terminan de levantar la voz. Sabemos que 2008 fue un drama y que desde entonces, lo que se llamó a bombo y platillo reformas estructurales, porque algunos decían que desgraciadamente lo que había que hacer era trabajar más y ganar menos, ya se ha cumplido,  pero lo que hemos logrados es que la clase media, el principal sostén de cualquier estado del bienestar sea hoy más pobre que entonces y que haya más ricos que entonces. El regalo puede ser retomar un rumbo que se torció entonces y que nos tiene varados en el desconcierto. Regalémonos justicia, que tan cara se cotiza.


domingo, 25 de noviembre de 2018

COMPRAS



         Esta semana hemos vivido la explosión del VIERNES NEGRO, directamente llegada de los EEUU y parece que para quedarse. La incidencia es cada año más importante aunque no ha llegado al delirio producido en su casa madre, supongo que por aquello de que no suele tener color cuando se compara el original con la copia. También en esta copia, o sea en España, se ha introducido la variante de que en vez de Viernes Negro se ha convertido en Semana Negra por estirarlo un poco más. El fundamento es muy sencillo. Los comercios ya han vendido toda la moda que han sido capaces y se encuentran con grandes cantidades de producto que les ocupan los espacios. Hacen una campaña con precios muy apetecibles para que la gente les libere los almacenes en los que ellos puedan poner los nuevos géneros de primavera aunque a estas últimas ventas no les saquen más beneficio que el costo y disponer de liquidez para sus nuevos pagos.

         Y para todo este sencillo circuito comercial que podría ser explicado paso a paso y que la gente podría llegar a entenderlo, en vez de hacerlo así, montamos circos como si la realidad fuera como no es y en realidad sólo importara todo este subterfugio publicitario en el que todos nos volvemos un poco locos. En España esto se ha venido imponiendo con un criterio más cercano a la realidad y lo hemos venido conociendo como Rebajas pero sus fechas no coinciden con este aluvión que nos llega de EEUU y gracias a las nuevas tecnologías lo que está produciendo es que en el mundo exista un solo país porque es precisamente el que termina imponiendo su cultura de hecho. De ese modo vamos perdiendo nomenclaturas y costumbres particulares y nos vamos apuntando al carro hegemónico, si bien siempre como hermanos menores que sólo nos movemos al rebufo del caballo ganador. Perdemos particularidad y en algún sentido, sobre todo económico, ganamos universalidad.

         Esta realidad universal, en Latinoamérica se nota mucho más porque la cercanía y los intereses del gran líder EEUU es más visible y de manera mimética en muchos casos. Así todos de una manera o de otra vamos apeteciendo cada vez más convertirnos en yanquis, aunque en muchos casos seamos de pacotilla porque no tenemos las raíces que ellos reflejan ante el implacable dios del beneficio al que terminan sacrificándolo todo en última instancia y como no disponen de ningún soporte cultural en el que apoyarse, se inventan uno que pretende envolvernos a todos y que se llama dólar. De ninguna manera pretendo convertirme en puritano para defender los particularismos opresivos en los que hemos vivido casi todos y que nos han permitido mantenernos en la miseria hasta hoy. Estoy seguro que este aluvión comercial que nos invade trae consigo una ficción de poder que nos permite engañarnos y tener la sensación de que somos lo que no somos durante una semana, un día, un momento siquiera.

         A los más pequeños todo este berenjenal no les llega a través de análisis teóricos pero es indudable que participan de él porque están inmersos en sus efectos y van y vienen y viven al ritmo que imponen los nuevos tiempos y las nuevas costumbres. En realidad son los más permeables a las nuevas influencias hasta el punto de que son los primeros en aprenderlas y, si llega el caso, argumentarlas en el conjunto familiar para que todos terminemos bailando al son que convenga en cada momento. No hay más que pensar un poco en nuestras tradiciones, sobre todo los que ya tenemos una edad, y darnos cuenta de cómo están pasando al olvido muchos de nuestros esquemas de vida tradicional y de cómo vamos, andando cada vez más, al son de los nuevos del éxito y del deslumbrante fulgor de los fogonazos inmediatos. Seguramente no merece la pena lamentarnos porque si algo se pierde, seguro que va a ser reemplazado por otra cosa, pero sí tener conciencia de lo que nos va pasando para que la corriente no nos haga perder el norte.


domingo, 18 de noviembre de 2018

CINE



         A pesar de haber cruzado ya la barrera de los setenta, mi docencia empezó con el cine. Cada domingo tenía el encargo de preparar una charla - debate sobre las películas memorables de entonces ante unas doscientas personas que descubríamos paso a paso los entresijos del séptimo arte. Hoy sé que no era la primera ni mucho menos pero en aquel momento recuerdo la llegada del color a la pantalla para quedarse. Supongo que debe ser por eso por lo que el cine y sus posibilidades siempre ha entrado y salido por mi docencia. Los últimos años me he visto, además, adentrándome en la animación, en parte porque ejercía para los primeros años de vida y en parte también porque coincidía con la crianza de mi última hija, Elvira. Esta feliz coincidencia me ha permitido dedicar bastantes horas a ver algunos títulos, bastantes para ser sinceros, suficientes como para encarecer que este nuevo arte debe utilizarse como pieza importante en cualquier curriculum que se precie.

         Por sintetizar os acercaré tres títulos que de ninguna manera engloban la ingente  producción que hoy está disponible, pero que sí supone desde la alta calidad, mensajes diversos y llenos de atractivo para que los menores conozcan el lenguaje cinematográfico y sus enormes posibilidades en la educación. Es más, estoy escribiendo y me voy dando cuenta de que es posible de que también yo, que me las doy de moderno, estoy escribiendo para el pasado porque las inmensas aportaciones informáticas hacen que casi cada día se vayan aportando nuevas posibilidades suficientes como para hacer que personas que como mi Elvira nacieron con la informática en los dientes se comporten en la vida con unas claves que no tengan mucho que ver con las mías. En realidad lo compruebo cada día y a veces lo hablamos entre nosotros porque ella también se sorprende de mi torpeza en el manejo de las novísimas posibilidades que la vida le ofrece a quien se encuentre dentro de su ámbito de acción.

         HISTORIA DE UNA GAVIOTA Y EL GATO QUE LA ENSEÑÓ A VOLAR, EL VIAJE DE CHIHIRO Y MONSTRUOS S.A. Podríamos utilizar muchos más títulos pero estos tres me parecen suficientemente representativos. El primero porque se trata de una obra humanista del autor chileno Luis Sepúlveda que la escribe como novela de éxito y que él mismo acomete la ingente labor de ofrecerla en película asumiendo por su cuenta el proceso de animación. La segunda en la que la alta calidad gráfica japonesa se manifiesta al mundo consiguiendo un óscar para esta historia moderna donde las haya y a la vez encarnando las más arcanas costumbres japonesas con la calidad y clarividencia que la cultura de hoy es capaz de poner de relieve para que pueda ser conocida y gozada por el mundo entero. Y la última, una comedia americana que, a través de una historia trepidante y de inocente simplicidad es capaz de lograr montarse encima del gigante Disney y forzar, si no estoy equivocado, a una fusión empresarial con Pixar para mantener el imperio de la animación mundial.

         Esta reflexión no es más que un apunte sobre la modernidad en educación que viene insistir en la idea de que no se puede caminar contra el viento de los tiempos y que tenemos que entender que las puertas al campo no pasan de ser intentos ineficaces. Podemos, claro que sí, negar los tiempos que llegan, ponernos delante a sabiendas de que vamos a ser arrollados por la fuerza de la innovación, pero eso no nos va a suponer más que dolor, desdicha y hasta ignorancia. También podemos, y es lo que intento defender, dejarnos llevar por la vida que nos envuelve con su fuerza y desde el permanente riesgo de dudar de casi todo, avanzar con sentido crítico por los ámbitos de lo desconocido con nuestros pequeños que llevan los últimos hallazgos como marca indeleble en su frente y que tienen que encontrar un lugar en ese mundo nuevo. Podemos, eso sí, hacer que ese camino les sea más leve.


domingo, 11 de noviembre de 2018

VIVIR



         Hemos hablado de la abundancia de frutos a lo largo y ancho del otoño pero también podemos hacer referencia a las distintas maneras de aprender. No es lo mismo que nos dediquemos a contar los frutos, a leer sus componentes y los espacios donde más abundan, incluso a dibujarlos en un cuadernos y contar historias en las que estos frutos participen. Es una manera de conocerlos sin duda pero desde la lejanía. A final de septiembre, apenas empezado el curso podemos hacer que alguna familia nos aporte una caja con varios kilos de uvas a la que podemos dedicar un buen rato cualquier mañana y pisarla aquellos que quieran, recoger su zumo con un color tan desagradable y hacer que lo vayan probando aquellos que se atrevan para que se den cuenta del sabor de privilegio que se obtiene del pisado de la uva. Es posible que algunos lo hayan vivido con sus familias pero en primera persona las experiencias tienen siempre un valor añadido inconfundible.

         Desde este primer rito otoñal de la vendimia podemos subir hasta la navidad con las castañas asadas, unas veces llevando frutos más raros que muchos ni van a conocer y no estaría de más que saborearan, como almencinas, majoletas, serbas, acerolas, o azofaifas y otras trabajando mezclas exquisitas como la del boniato con el membrillo cocido a fuego lento con una rama de canela dentro, un buen trozo de piel de limón y otro de naranja y azúcar al gusto hasta hacer que ambas frutas se ablanden y el caldo se empiece a convertir en puré. Todas las veces que lo hemos experimentado en clase los niños han sido reticentes a probarlo porque no forma parte de su dieta habitual ni los frutos son frecuentes en los mercados del barrio pero siempre hay alguien que los conoce y habla bien de ellos lo que nos sirve como palanca para introducir un nuevo sabor en sus vidas y una exquisitez que no tienen a su alcance fácilmente.

         Que la escuela sea un centro del saber a través de libros, de cuadernos, de lápices y de ceras de colores está bien y nos permite unos niveles de conocimiento nada desdeñables pero si estas formas más o menos lógicas de aprender las acercamos un poco a la realidad y las mezclamos con los olores, los sabores o las texturas de los mismos elementos que estamos estudiando el resultado no tiene punto de comparación. Yo no sé qué tiene de malo disponer de un sencillo infernillo en la clase que nos permita realizar sencillas mezclas de disfrute inmediato y de manejo sencillo. El experimento de los tres estados del agua es muy gráfico y tarda poco en producirse y siempre parece magia cuando no es más que el efecto del calor, primero sobre unos cubitos de hielo hasta conseguir el agua y si seguimos, hacer que el mismo agua se evapore y que veamos la nube de vapor subir y comprobar cómo el recipiente se queda completamente vacío en un espacio de diez minutos más o menos, antes de que su atención se disperse.

         Una vez que la costumbre de usar el infernillo con cierta frecuencia, el camino se construye solo porque cada día puede haber un reto nuevo que experimentar y desde luego arrancar con la idea de que los pequeños sean capaces de probar sabores nuevos es algo que cuesta en un principio como todo lo nuevo, pero no significa más que falta de costumbre que se va resolviendo a medida que las experiencias se van incorporando al saber del grupo y podemos contar episodios de cómo pasó con la vendimia, el sabor agridulce del boniato y el membrillo o el caldo espeso del potaje de castañas y lo que nos costó guardar las castañas asadas el día anterior sin que nos las comiéramos. Ciertamente unos resultados van a ser más atractivos que otros pero todos van a formar parte de ámbitos nuevos de conocimiento que no formaban parte de ellos y que en la medida que se hagan presentes en la clase podremos hablar de ellos como frutos de nuestro esfuerzo de grupo.


domingo, 4 de noviembre de 2018

FRUTOS



         Hay una estación en el año que destaca sobre todas por la abundancia y por la diversidad de frutos y es el otoño. Cuando yo era pequeño un  grupo de niños subíamos a lo más alto del campanario de la iglesia el día de los santos y allí permanecíamos tocando a muerto dos día y dos noches. Eran toques cortos y cada media hora. Los llamábamos "doblar a muerto". Una parte del grupo se paseaba por el pueblo pidiendo viandas para abastecernos porque no íbamos ni a nuestras casas. Esta pequeña letanía era el reclamo al tocar en las puertas:
Los angelotes,
del cielo venimos.
Uvas y melones,
de todo pedimos.

         Cada familia nos regalaba lo que buenamente podía pero las canastas llegaban al campanario llenas. La fiesta terminaba normalmente en el cuarto de baño porque nos atiborrábamos sólo de frutas, cosa a la que no estábamos acostumbrados y las diarreas aparecían con frecuencia. Por las noches convivíamos con las lechuzas que anidaban en los recovecos de las partes más altas y salían y entraban de noche para sus rapiñas. Nunca he tocado un plumaje más suave ni he percibido un vuelo tan silencioso como el de estos hermosos animales, siempre huidizos y huraños.

         Es un ejemplo vivido durante los años de mi niñez, sólo como ejemplo de lo fácil que es en otoño acceder a cualquier tipo de fruta. El último fin de semana de septiembre todavía queda una hermosa tradición en Granada que consiste en llenar de tenderetes el centro, la Fuente de las Batallas, con los primeros frutos de otoño: nueces, castañas, acerolas, azofaifas, serbas, almencinas, majoletas, membrillos, boniatos, caquis... Es verdad que cada año hay menos y en cambio se sustituyen por chucherías industriales que tienen mucho menos sentido, pero algunos procuramos no faltar a la cita y comprar los frutos que no suelen venderse en los mercados normalmente y que me recuerdan cuando en grupo nos íbamos al campo a la salida de la escuela y nos subíamos a los árboles y nos llenábamos los bolsillos de almencinas por ejemplo, que eran las más ricas y luego ahuecábamos una caña a modo de canuto o cerbatana de unos 20 centímetros de larga y allí metíamos los huesos y nos los lanzábamos unos a otros como juego con una gracia muy relativa porque el que recibía los proyectiles maldita la gracia que le hacía. Y si era el maestro..., para qué te cuento.

         Reconozco que éramos un poco mayores pero me sirve el ejemplo para que os riáis un poco y para reforzar la idea de que el otoño es la estación de los frutos y reclamar que la escuela no se mantenga al margen de la vida en la medida que pueda porque cuesta poco reclamar a las familias pequeñas aportaciones de frutas de la época y plantear una mañana de trabajo con los pequeños para recordar la estación y saborear frutas que pueden ser hasta desconocidas para ellos porque la vida nos ha traído por vericuetos que hay cosas de la naturalezas que hemos perdido casi por completo. Puede ser muy educativo en cualquier momento hacerlas presentes, probarlas incluso los que se atrevan. En nuestras escuelas es una institución la Fiesta de Otoño, con su fuego en el patio para asar castañas y para compartir las aportaciones de las familias durante un buen rato aunque luego la comida sea sólo de ensalada porque la barriga ya va bien servida.
         Comprendo que cada espacio tendrá sus circunstancias particulares y no todos tenemos por qué hacer las cosas del mismo modo, pero me parece positivo que la escuela no se componga sólo de libros, de papeles y de materiales ajenos a la vida que pasa cerca de nosotros. Creo que mancharnos de vida, hacer que la escuela se manche de vida es una hermosa manera de invitar a los pequeños a que participen del festín que la vida encierra siempre, sobre todo en determinados momentos como en los otoños fecundos..


domingo, 28 de octubre de 2018

CORDÓN



         Parece que a medida que pasa el tiempo y la sociedad nos ofrece más posibilidades materiales nos vamos volviendo más frágiles, más dependientes , sencillamente el atiborramiento de información inmediata nos impide la paz imprescindible para rumiar y digerir todo lo que nos llega. El otro día conocimos el drama de un señor que se dejó en el coche a un pequeño de algo menos de dos años que tendría que haber llevado a su cole como cada mañana. Cuando volvió al coche por la tarde el pequeño estaba muerto. A él le dio un patatús y han tenido que ingresarlo para que se recupere. Cuando todo esto se nos va diciendo sin ningún análisis resulta que nosotros mismos nos vamos acostumbrando a recibir en bruto las noticias y nuestra capacidad de análisis o de digestión se nos embota y al final nos insensibilizamos. Estos días hemos vivido unas tormentas que han inundado varios pueblos vecinos y hemos visto cómo la fuerza del agua se llevaba cualquier cosa por delante. Pues algo así.

         Los equilibrios son siempre difíciles y hemos de asumir errores porque la propia vida es un tanteo permanente y porque el conocimiento o la madurez no tiene otra vía de producirse que a base de errores. No arriesgarse a vivir es una manera de esconder la cabeza bajo tierra como los avestruces y pensar que a base de negar los problemas vamos a superarlos cuando lo único que consigue este comportamiento es hacernos más frágiles y pusilánimes ante cualquier dificultad de las miles que la vida nos pone por delante.  Tampoco sería prudente abandonar a los pequeños en medio de los vendavales para que aprendan a valerse por sí mismos sin los imprescindibles apoyos adultos para que vayan logrando su fortalecimiento. Sé que el equilibrio es muy delicado porque unas veces te pasas y otras no llegas, pero hay que asumir esas limitaciones y salir a la vida cada mañana con la conciencia de nuestras limitaciones pero con nuestra determinación a flor de piel.

         En nuestra escuelas cada otoño y cada primavera decidimos   dormir fuera de las familias y con su grupo, al menos una noche. Con el paso de los años se ha convertido en un clásico. Le hemos llamado COLONIAS por llamarle algo. Hemos experimentado salidas de playa, de sierra y hasta, según me comentó Manuel el año pasado, pasar la noche en su propio cole, iniciativa que propuse reiteradamente y no se me aceptó en aquel momento y parece que él ha conseguido, por fin. Me alegro por los pequeños y por él. Estoy seguro que habrá sido una vivencia muy particular que el grupo se dé cuenta que sus espacios de cada día tienen otra vida que no conocían cuando se iban a su casa cada tarde. Una razón más para darnos cuenta de las posibilidades que cualquier secuencia de la vida no puede ofrecer si miramos lo mismo de siempre desde otro lugar.

         Sé que la vida es muy variada y cada día más. Es posible que muchos pequeños hayan experimentado la sensación de dormir fuera de sus padres, pero seguro que no la de dormir con todo su grupo. Para mí, por ejemplo, uno de los momentos más fuertes era siempre la hora de despertar sin que sus referentes espaciales o personales sean los que tienen cada día. Me parecía como si tuvieran que construir la vida con otros parámetros. Siempre era un riesgo y seguro que lo sigue siendo y en todos los grupos se escapaban algunas lágrimas a las que teníamos que acudir al momento porque en ese caso, los referentes habituales se habían perdido y no había repuestos a su alcance. Crecer es algo emocionante, pero nadie dijo que fuera gratis. Hay que dejarse la vida en ello y no siempre tenemos los agarraderos que necesitamos a nuestro alcance. Más de una vez nos sentimos perdidos. El reencuentro con las familias es sencillamente apoteósico. Todos hemos crecido un poco y hemos pagado nuestro precio por ello.