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domingo, 5 de julio de 2020

REBROTES



         Llevamos ya dos semanas de nueva libertad. Podemos salir y entrar a criterio, desplazarnos por todo el país sin restricciones. Hasta empezamos a poder viajar al extranjero con algunos países que nos van permitiendo la entrada sin demasiadas cortapisas. Si no reconociéramos que eso es mejor, mucho mejor que lo que hemos tenido durante los tres meses de encierro, sería no querer reconocer los progresos. Se nos ha dicho y se nos sigue diciendo que tengamos cuidado que el virus sigue ahí y que ahora el contagio depende de nosotros porque somos cada uno los que podemos infectar, porque podemos llevar el virus dentro y todavía no ha mostrado sus efectos o también porque podemos ser asintomáticos, que estamos infectados pero que no tenemos síntomas. De ahí que las medidas en las que más se insiste es en mantener la distancia de seguridad, uno o dos metros y en las mascarillas con carácter obligatorio, que sirve como freno para infectar o para ser infectados. Y esta es nuestra vida a la espera de una vacuna o medicamento eficaz que, por ahora, no hemos conseguido.

         Estas medidas se proclaman cada día, pero la realidad nos muestra que la obligación se ha relajado sustancialmente y de mantenerla las autoridades en tiempo de confinamiento, ahora pasamos a tenerla cada uno de nosotros y la gente ha vuelto a la calle con verdadero mono de calle. Ya de por sí nosotros somos más bien callejeros, amantes del sol y del aire libre y hasta noctámbulos contumaces, sobre todo los jóvenes, que toman la noche como su espacio reservado. En condiciones normales esto es un problema más o menos conocido pero en estos momentos se presta a reuniones familiares o de grupos de amigos y hasta de explosiones de grandes grupos, bien en la playa, festejando resultados futbolísticos, manifestaciones puntuales por reivindicaciones concretas y hasta provocaciones manifiestas contrarias a cualquier medida coercitiva. O sea, que el mantenimiento de la nueva normalidad es compleja y hasta molesta.

         El resultado es que aparecen brotes de infección en lugares diversos de la geografía española y que en los últimos días proliferan en una cantidad que empieza a preocupar. La última medida llegó ayer en la que una de las autonomías, Cataluña para ser exactos, ordenó aislar una zona de su territorio y 200000 personas han dado un paso atrás y se encuentran recluidos de nuevo durante 15 días al menos, porque los brotes se estaban desmadrando en esa demarcación. Vivir con algunas limitaciones puede llegar a ser hasta irritante, pero volver a las andadas debe ser demoledor y puede que esta vuelta parcial al confinamiento se repita en otras zonas si las condiciones se salen de madre. Es verdad que no se para de insistir en que no hay que bajar la guardia pero me parece que empieza a sonarnos como a música celestial. También se nos recuerda la obligación de cumplir las normas de circulación y muchos no las cumplimos. Nos comportamos como si no fuera con nosotros hasta que tenemos el suceso encima.

         Mis compañeros me hacen comentarios, alegrándose de que vayamos saliendo de las situaciones más comprometidas y yo lo comprendo porque ellos puede que todavía se encuentren en medio de medidas menos esperanzadoras. Pero todos tenemos que ser conscientes de que el virus sigue entre nosotros. Lo que estamos pasando no es más que la primera ola y por pandemias anteriores como la de la gripe española de hace un siglo, sabemos que duró cerca de tres años y fue su segunda ola la más mortífera. Es verdad que hoy sabemos algo más de esta pandemia pero tenemos que atender lo que la OMS nos cuenta y es que estamos al principio y que este proceso puede ser largo. Unido a eso hay algunas noticias que resultan desoladoras para confiar en algo. EEUU unidos ya ha manifestado que ha comprado toda la producción de un medicamento,  remdesivir, que parece que mejora las patologías más graves y reduce la mortalidad y el tiempo de hospitalización. Con estos mimbres no podemos ir demasiado lejos.


domingo, 28 de junio de 2020

BROTES


         En estos momentos  superamos ya los 10 millones de infectados en todo el mundo. El foco comenzó en China, se desplazó después a Europa y en estos momentos se encuentra en América. China y Europa ya doblegaron la primera ola de contagios. América se encuentra todavía sin terminar de doblegar la curva. España, desde donde escribo, ha vuelto a la nueva normalidad como el resto de Europa. Lo que pasa es que el proceso no deja de ser una división administrativa, estadística o didáctica porque la realidad es que el virus no se ha ido y que todos seguimos siendo susceptibles de infección porque los estudios que se han hecho sobre la cantidad de personas que hasta el momento se encuentran con el virus superado anda alrededor del 5 o 7 por ciento de la población. Parece que el confinamiento, que en España ha sido bastante severo, ha logrado que la gente no se contagie de manera masiva pero, a la vez, también ha logrado que la mayor parte de la gente, más del 90 por ciento se encuentren con posibilidad de contagio porque no hemos logrado todavía ni una vacuna ni un medicamento eficaz que nos defienda.

         Hemos vivido los 98 días de aislamiento en nuestros domicilios como un drama, y lo ha sido. Pero ahora que hemos salido a la calle nos encontramos con que para reservarnos frente al virus, que sigue con nosotros, lo que tenemos no es más que medidas de distanciamiento personales y mascarillas que dificulten la transmisión del virus entre las personas. Ninguna de las dos medidas nos resultan gratas y nos hemos cansado de ellas por lo que, aunque las autoridades sanitarias y políticas no cejan de insistirnos en que tenemos que hacer frente al virus porque sigue con nosotros, cada vez nos resulta más difícil creerlo y actuar en consecuencia. Tanto más cuanto que ahora no hay medidas especiales y solo se cuenta con la solidaridad de las personas para que tomen conciencia de que la mejor y única protección eficaz es la de cambiar nuestras costumbres hasta tanto no encontremos una barrera eficaz.

         Y es verdad que estamos cambiando. No hay más que salir a la calle y ver la cantidad de gente con mascarillas con la que nos cruzamos. Nosotros no teníamos historia de protección de nuestras vías respiratorias, hasta el punto de que nos resultaba extraño ver a los orientales con ellas puestas que lo achacábamos a su defensa contra la contaminación. Podemos decir que el problema sanitario se encuentra disponible y bastante mejor preparado que al principio para soportar los posibles brotes que están surgiendo en determinadas concentraciones humanas que surgen por actitudes irresponsables de algunos grupos que, o bien ignoran las recomendaciones o, sencillamente, se sienten al margen de su cumplimiento, como si no fuera con ellos. Y la vacuna no llega. En los primeros días no paraban de aparecer noticias de que la vacuna estaba a la vuelta de la esquina. Hoy vamos sabiendo que no era más que propaganda y que la tal vacuna, que seguro que llegará, tardará lo que tenga que tardar y, desde luego, bastante más de lo que nos anunciaban.

         Estamos mejor que al principio, es verdad. Hemos dejado en el camino a 28000 conciudadanos que no han podido superar el virus, más de la mitad mayores de 70 años especialmente vulnerables a sus efectos. Los que hasta el momento seguimos vivos hemos sido testigos de una pandemia desconocida, cuyos efectos nos van a acompañar todavía bastante tiempo. Si dispusiéramos de una dosis de humildad suficiente, igual nos dedicábamos a entender que nos visita un enemigo común y que entre todos estaríamos en mejores condiciones de combatirlo, pero no estoy yo muy seguro de que seamos capaces de aprender algo tan simple. Nos miramos unos a otros y vemos un mundo que ha permanecido casi paralizado 98 días y ahora ha de enfrentarse a un enorme problema social y económico porque parar los motores de la sociedad ha sido difícil pero reanudar su funcionamiento no lo va a ser menos. Probablemente lo va a ser más, bastante más y eso es lo que nos queda por delante.

domingo, 21 de junio de 2020

NORMALIDAD



         Después de 98 días de estado de alarma, desde anoche a las doce, coincidiendo casualmente con la entrada del verano, nos encontramos por fin, con lo que el gobierno ha dado en llamar nueva normalidad. Ya hemos constatado que no nos parecemos mucho a quienes y a lo que éramos antes del quince de Marzo, cuando empezó este baile. Lo primero es que somos oficialmente 28000 españoles menos, lo cual es un pico. Pero más que los muertos en sí, la gente lamenta que no ha podido acompañar a sus muertos hasta el último momento ni se ha podido agrupar para despedirlos como de costumbre: los creyentes con su rito religioso y los demás concentrando alrededor del muerto a los amigos y vecinos que libremente hubieran querido. Este cambio de costumbres tradicionales es de lo más referido por los que se les preguntan sobre lo que más le ha afectado de la pandemia. Mientras nuestros rituales son los conocidos parece como si nuestras alegrías y nuestros dolores se desenvolvieran en casa y supiéramos más o menos, las dimensiones de cada acontecimiento.

         Los primeros días de la alarma, los supermercados se quedaron desabastecidos por completo, sobre todo sorprendentemente, de papel higiénico. El propio gobierno y la patronal de las grandes cadenas salieron a los medios a insistir en que tranquilidad, que al día siguiente las tiendas volverían a estar abastecidas como siempre y la gente fue comprobando que era así. Tuvimos que aprender a guardar colas en la calle, cosa que solo conocíamos en los que reclamaban ayudas caritativas, a guardar la distancia de dos metros, la presencia de las mascarillas cuando su abastecimiento fue posible, que no fue inmediato porque todos los países estaban desabastecidos de estos materiales y hubo que batirse el cobre en China, principal proveedor mundial hasta que las industrias nacionales se pusieron las pilas, que tardaron poco pero que la espera se hizo eterna porque los materiales se necesitaban en el momento. La guerra por conseguirlos antes que los demás fue implacable y nada aleccionadora.

         No fue la única guerra la de los materiales. La de los números se estableció casi desde el primer momento. Hablábamos de que era algo nuevo y desconocido, pero eso era de boquilla porque lo que reclamábamos con más fuerza eran certezas del tipo que fuera. Necesitábamos saber cuántos éramos los afectados, cuánto tardaban en llegar los materiales, cómo estábamos con relación a los países de nuestro entorno y quién se iba a hacer responsable de lo que nos estaba pasando. Esta última responsabilidad era casi de cajón que iba a recaer sobre el gobierno. En cierto modo porque era lo normal y en otro cierto modo porque la  oposición pensó que era un buen momento para apretar al gobierno y lograr derribarlo, sin poder garantizar una alternativa viable. No lo han conseguido hasta el momento aunque no dejan de intentarlo cada día, lo que quiere decir que el clima político se hace irrespirable. Como si no tuviéramos bastante con la propia pandemia.

         La presencia del virus se manifiesta en focos de contagio, más o menos grandes, pero localizados hasta el momento. Su foco principal ha girado y se encuentra en América, quienes con más o menos acierto, se defienden del primer envite como lo hicimos nosotros desde mediados de Marzo. Las lagunas de conocimiento siguen en pie y en este momento ni existe una vacuna que pueda enfrentar la capacidad infecciosa, ni un medicamento que permita aliviar los efectos del covit 19. La mayoría de los muertos ahora no son nuestros sino de la otra zona del mundo. Es verdad que sabemos algunas cosas que no sabíamos al principio, por ejemplo, que la mejor medicina somos nosotros con nuestro aislamiento. Ha sido a fin de cuentas la barrera más eficaz para contener la infección y hasta para doblegarla, por el momento. Pero nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.


domingo, 14 de junio de 2020

SALIDA


         La semana próxima será, salvo caso de fuerza mayor, el final del estado de alarma, aprobado a mediados de marzo, como forma legal prevista en la Constitución para situaciones parecidas a la que ha provocado el coronavirus. A partir del 22 de junio, lunes rige la legislación normal y cada persona podrá ir y venir por todo el territorio nacional sin limitación alguna. Esto no quiere decir que la pandemia esté superada porque el virus sigue entre nosotros como podemos comprobar por los repuntes localizados que están surgiendo en distintos puntos del país. Lo que sí quiere decir es que la curva estadística que nos ha puesto en crisis de manera alarmante desde marzo ha sido doblegada y que el país se atreve a entrar en la nueva normalidad con la conciencia de que ha salido de la primera embestida del virus pero alerta porque el virus sigue actuando en el mundo y, entre nosotros incluso, de vez en cuando deja salir su capacidad de infección y hasta de muerte. Los técnicos dicen que parece que la fuerza infecciosa ha disminuido; como si el bicho fuera consciente de que si quiere sobrevivir entre nosotros tiene que moderar su capacidad de infección.

         Cada eslabón de libertad que se nos ha ido ofreciendo, la población lo ha tomado como con furia, dejando de manifiesto que el efecto de la reclusión ha actuado como una camisa de fuerza de la que nos libramos como si explosionáramos. Al principio se propusieron sanciones a las personas que no siguieran las indicaciones que se iban imponiendo, pero a medida que ha pasado el tiempo, la propia administración, aunque en ningún momento ha eliminado las sanciones porque siempre hay personas que se sienten por encima de los demás y piensan que las normas no van con ellos, ha visto que la solución más eficaz no podía estar en ese terreno sino que había que reclamar el compromiso de cada persona como la mejor y última garantía de éxito en el cumplimiento de unas obligaciones excepcionales que se alargaban en el tiempo y que en la desescalada manifestaban la dificultad creciente sin el compromiso de todos.

         En todas las fases hemos ido viendo personas y pequeños grupos que se han saltado la normativa y que la administración se habrá encargado de sancionar convenientemente pero la inmensa mayoría del país está cumpliendo con lo propuesto por el gobierno. Muchos hemos lamentado que la situación política se ha colado demasiado en medio de la pandemia, enrareciendo el aire en un momento en el que lo más urgente era y sigue siendo vencer al virus y volver cuanto antes a la mayor normalidad posible. Ya se sabe que en una democracia hace falta un juego de fuerzas que actúen en distintos frentes de gobierno y oposición para que unas sirvan de contrapeso a las otras, pero en los momentos más críticos han sobrado luchas políticas de corto alcance y han debido primar los esfuerzos consensuados para salir del bache en el que el virus nos tenía metidos hasta los ojos.

         La problemática de salud está pasando a segundo término porque la situación se ve más o menos controlada, salvo repuntes infecciosos alarmantes que todavía no se pueden descartar. Ahora emergen en toda su extensión las secuelas económicas y sociales que la pandemia traía en su cola. Un país como España, cuya principal industria era el turismo, cortado en seco durante tres meses. Veremos, desde el uno de Julio que van a poder volver los turistas, cuanto se puede salvar este año del inmenso destrozo por tanto tiempo de paralización. Las empresas que se han quedado en el camino y cómo hay que hacer para poner el país en marcha de nuevo. Las mejores previsiones apuntan a que nos va a costar dos años de recuperación esta crisis que nadie esperaba. Podemos haber aprendido muchas cosas sobre la fragilidad y sobre las dificultades imprevistas pero no tengo mucha seguridad que las estemos aprendiendo. La vida siempre nos ofrece posibilidades de aprender pero nuestros intereses miserables se ponen delante la mayor parte de las veces.

domingo, 7 de junio de 2020

TERCERA



         Decíamos la semana pasada que la división en fases no era más que una forma de que la gente percibiera un proceso metodológico, porque básicamente los contenidos de cada fase eran los mismos. Se trataba y se trata de evitar aglomeraciones de personas, sobre todo en espacios cerrados: máximo de diez en la primera fase, de quince en la segunda y de veinte en la tercera. Se sigue recomendando el frecuente lavado de manos y la obligatoriedad de mascarillas en todo momento, sobre todo en espacios cerrados, en transportes públicos y en lugares donde sea difícil mantener la distancia de seguridad de dos metros más o menos. Esta distancia de seguridad está quedando como verdadero producto estrella para combatir esta pandemia. Es verdad que los contagios y las muertes ya han bajado sustancialmente, pese a las complicaciones políticas surgidas por la recogida de datos desde los distintos centros de poder, sobre todo cuando son de distinto signo político. Las medidas relajan la vida y hacen posible que se vuelvan a tomar las calles, los negocios y los lugares de ocio, con lo que la vida va volviendo a tomar ritmo.

         Toda esta desescalada respondía a criterios estrictamente clínicos. La prioridad era la salud y las medidas políticas se iban tomando en función de ella. Como es cierto que la agudeza de la pandemia baja, sin abandonar del todo los criterios clínicos, nos damos cuenta de que aparecen otros que hasta el momento estaban agazapados bajo el paraguas de la salud pero que, ahora que la salud se eleva, levantan su cabeza. España tiene una industria bandera, que es el turismo. Significa el quince por ciento de toda su riqueza y que puso el marcador a cero el quince de marzo y desde entonces no ha llegado ni un solo turista. Todo el servicio que el año pasado se movilizó para atender a los más de 80 millones de visitantes que llegaron se redujo a cero de la noche a la mañana y en cero sigue hasta el momento.

         Es una presión demasiado fuerte y el gobierno se ha visto obligado a relajar las medidas. Ya ha dado una fecha, 1 de julio, para dar por oficialmente doblegada la pandemia y abrir la vía turística para naturales y extranjeros. Todos sabemos que  las cifras del año pasado serán inalcanzables pero se trata, al menos, de salvar la temporada, el enorme paro que lleva inactivo tres meses ya y que puede seguir así si no se va abriendo la mano. En medio de tanta angustia colectiva se ha colado una medida nueva en forma de derecho de la que se había venido hablando esporádicamente pero que nadie se había atrevido a tomar hasta el momento: EL INGRESO MÍNIMO VITAL. Alrededor de un millón de las familias más pobres, van a disponer de una cantidad modesta al mes, entre 500 y 1000 euros dependiendo de los miembros que la compongan, que se van a convertir en un seguro de vida para los gastos más acuciantes. A grandes males, grandes remedios. Seguramente si no hubiéramos llegado a este nivel de crisis, los técnicos estarían todavía dándole vueltas al concepto hasta dilucidar si eran galgos o podencos y las familias más vulnerables en colas cada día más largas para conseguir comida como estamos viendo cada día.

         Lo que han dado en llamar NUEVA NORMALIDAD empezará a regir el próximo 1 de julio pero ya vamos sabiendo que las mascarillas han venido para quedarse y la distancia de seguridad también y esto es completamente nuevo. Al parecer las dos medidas se necesitan hasta que exista una vacuna contra el virus o alguno de los medicamentos se demuestre eficaz. Ninguna de las dos cosas están a nuestro alcance en este momento a pesar de las guerras entre las superpotencias, EEUU y China sobre todo, anunciando a bombo y platillo que a la vuelta de la esquina sacan la esperada vacuna, no porque sea verdad, que vaya usted a saber, sino para que el mundo entero los mire y se entere de que uno de los dos van a desarrollar el discurso hegemónico en el futuro inmediato.


domingo, 31 de mayo de 2020

SEGUNDA



         Poco a poco vamos pudiendo gozar las mieles de la vida, esas que en tiempos normales ni siquiera las hemos mirado: sol, aire, árboles, un banco de la calle, la calle misma…, cotas de bienestar público tan sencillas que las dábamos por supuestas y que esta maldita pandemia nos las ha robado de la noche a la mañana. Ahora las vamos recuperando paso a paso como si los profundos valores de la vida tuvieran un precio demasiado alto y hubiera que ir recuperando con precaución porque nuestros más profundos amigos, que se habían convertido en fieras y en muerte por el COVIT 19. Como si tuviéramos que darnos cuenta de nuevo de que una calle es una calle, de que un saludo es un saludo y de que el que pasa a tu lado vuelve a ser una persona aunque, por si acaso, lo miramos tras una mascarilla porque el virus nos ha enseñado los dientes y se ha llevado a 30000 de nosotros y nos ha colapsado las UCIs, ha enseñado sus uñas de virus y con lo pequeño que es, que no es posible verlo con nuestros propios ojos, nos ha doblado la rodilla convirtiéndose en un dios de pánico y de impotencia para los arrogantes de nosotros, que nos creíamos dueños del mundo y hemos rodado a sus pies.

         A partir del lunes 1 de junio entramos en la segunda fase de la desescalada en la que nos vamos acercando un paso más a aquella vida que gozábamos hasta mitad de marzo, que perdimos por una decisión gubernamental para protegernos del virus y que ahora vamos tomando de nuevo con pies de plomo porque, aunque no lo vemos, sabemos que está ahí, agazapado en cualquier esquina, a la espera de su momento como hemos podido comprobar en varios núcleos de contagio que ha habido que aislar rápidamente cuando algunos individuos o grupos familiares han pensado por un momento que todo había pasado ya y de manera irresponsable se han saltado las normas como si no fuera con ellos poniéndose en peligro ellos mismos y a todos los que estaban a su lado. Ha habido alguna población como Ceuta por ejemplo, que ha estado a punto de volver a fases anteriores porque han estado a punto de descontrolarse cuando en los inicios de la infección su afección había sido bastante leve.

         La fase dos no difiere sustancialmente de la uno en la calidad sino en la cantidad. Se empiezan a abrir las tiendas y los bares, tanto en las terrazas como en los interiores. Los acontecimientos sociales: bodas, entierros y otras celebraciones aumentan el número de personas que pueden albergar…, como si fuéramos ampliando nuestra capacidad de relación de puntillas, muy conscientes de que detrás de cualquier esquina puede andar al acecho el maldito virus que en un santiamén se instala en nuestros conductos respiratorios y nos manda a la UCI por un mes o más. Y gracias si después nos devuelve al mundo, porque también nos puede mandar directamente al otro barrio. Una vez que hemos pasado la angustia del prolongado encierro no vale la pena arriesgarse a la ligera poniéndonos en peligro nosotros mismos y a los vecinos que nos rodean. El drama que nos espera ya es suficientemente profundo como para que encima se pueda ver agravado por comportamientos irresponsables.

         Esto de las fases, que terminan con la tres, no es más que una metodología como otra cualquiera para retornar a la vida con un poco de orden que pueda evitar el desmadre de que cada uno haga de su capa un sayo. Lo que pasa es que todo lo que se va abriendo también vamos comprobando que ya no es como antes. El gobierno le ha dado en llamar NUEVA NORMALIDAD, por decirle algo. Se han instalo con nosotros las mascarillas y los dos metros de distancia de seguridad y la insistencia en el frecuente lavado de manos, comportamientos muy sencillos, es verdad y que están al alcance de cualquiera pero que significan que ya nada es lo mismo. Estamos aprendiendo, por ejemplo a saludar chocando los zapatos o los codos…, las caricias…, dónde ha ido a parar las caricias… Ni siquiera las sonrisas las podemos esgrimir abiertamente. Las tenemos que esconder como si fueran algo peligroso o de lo que tuviéramos que avergonzarnos… Lo dicho…, mucho ojo al bicho.


domingo, 24 de mayo de 2020

IMPACIENCIA



         Burla burlando ya llevamos con este bichito, covit 19 como objeto fundamental de nuestras vidas, más de dos meses. Y pasa un día…, y otro…, y otro y poco a poco nos vamos dando cuenta de hasta qué punto vamos cambiando de manera de vivir. Cuando se nos planteó el confinamiento, allá por mediados de marzo, la cosa  se asumió como si se tratara de un juego. Nos sorprendió de tal manera que asumimos una medida tan drástica y tan insólita sin pestañear. Como figura jurídica para justificar tal decisión se utilizó el estado de alarma, figura contemplada en nuestra constitución, que permitía algunas medidas de restricción de derechos fundamentales que asumimos en su momento sin apenas contestación, en parte por la novedad y en parte por la virulencia del contagio en los primeros días. A medida que han ido pasando las semanas el gobierno ha ido comprobando que cada vez se le hace más difícil sacar adelante la ampliación del estado de alarma porque la impaciencia se va apoderando del cuerpo social y mucho más de la oposición parlamentaria.

         Con bastante descaro y sin demasiado análisis nos hemos venido pavoneando estos años de que nuestra sanidad era una de las mejores del mundo y en justicia debíamos valorarla como una joya nacional. Como no teníamos a nadie que nos contradijera nos lo hemos creído sin más. Pero ha llegado esta dura realidad y nos ha mostrado nuestras vergüenzas de manera palmaria. Ni disponíamos de forma alguna de producción de equipos de seguridad para hacer frente a las necesidades perentorias, por lo que hemos tenido que hacer cola ante la gran madre China para que nos provea de ellos, cosa imposible porque todos los países pedían lo mismo y al mismo tiempo por lo que la guerra por el aprovisionamiento ha sido obscena y despiadada, ni nuestras capacidades humanas eran tan idóneas como pensábamos porque las habíamos ido reduciendo por cuestiones presupuestarias hasta llegar a cerrar plantas hospitalarias completas, en un alarde de arrogancia insultante.

         En estos momentos, cuando ya las fases van pasando con agotadora lentitud pero de manera implacable, aquellos que en un principio acusaban al gobierno de que había retrasado intencionadamente el confinamiento para permitir la manifestación del 8 de marzo, ahora se saltan las medidas de precaución que dictan los expertos y piden libertad a gritos y ocupan las calles porque parece que antes y ahora, ellos son los que tienen que decidir lo que hace falta hacer en cada momento. Un bochornoso espectáculo que tiene una parte de impaciencia comprensible porque estamos todos cansados de tanto encierro a estas alturas, pero otra de indecencia porque los que están promoviendo caceroladas antigubernamentales lo que están es aprovechando ese cansancio de todos para embarrarnos la vida, precisamente ahora que ya empezamos a ver la salida y poniéndonos en riesgo de que todo el drama que ha supuesto la paralización del país en estos últimos dos meses se pueda venir abajo si dejamos de cumplir las precauciones pertinentes para terminar la desescalada, arriesgándonos a un peligroso repunte.

         Las previsiones apuntan a que el gobierno necesita para cerrar el ciclo todo el mes de junio. Este último tramo es el más esperanzador porque la curva de contaminación se está venciendo, los casos de muerte se acercan al cero y la gente empieza a tomar las calles de nuevo, con algunas medidas de higiene y de distanciamiento que no conocíamos hasta ahora. Pero claro, se mete en medio la política de cortos vuelos, esa que no ve más allá de las narices del día a día. Resulta que, parecer, si el gobierno termina con éxito este ciclo de terror insólito podemos tener gobierno para rato y eso es demasiado al parecer para una derecha que está en la oposición, dividida y con fuertes dificultades para alcanzar el poder en un futuro próximo. Solución: embarrar el discurso político a base de argumentos falaces, exageraciones verbales y peticiones de libertad como si estuviéramos en una cárcel y como si esta pandemia la hubiera traído el gobierno en su bolsillo y la hubiera soltado en medio de las calles para su propio beneficio. No hay peor ciego que el que no quiere ver.