Desde 2010 dirige Plena
Inclusión España, federación que representa a más de 950 entidades y a 150.000
personas con discapacidad intelectual y del desarrollo.
Este martes 1 de septiembre
estrenamos nuevo curso en Capaces con un nuevo episodio de la
tercera temporada del videopodcast ‘Capaces de todo’. Tras pasar
por el micrófono de Pilar García de la Granja personas tan relevantes en el
mundo de la discapacidad como la
artista y gestora cultural Costa Badía, Ruth Vidriales -directora
técnica de la Confederación Autismo España- o
Fide Mirón, vicepresidenta de Feder (Federación Española deEnfermedades
Raras), llega el turno de Enrique Galván, director
de Plena Inclusión, federación que representa a más de 950
entidades y 150.000 personas con discapacidad
intelectual y del desarrollo en nuestro país.
En una extensa charla, Galván
cuenta a Pilar García de la Granja cómo, con apenas 16 años, cuando aún estaba
en el instituto, le ofrecieron ser voluntario en un club de ocio para
personas con discapacidad intelectual. Desde entonces, no se ha desvinculado
del colectivo ni del mundo asociativo, trabajó como cuidador mientras
estudiaba educación
especial y psicología y, tras pasar por varios puestos, dirige
desde hace 16 años Plena Inclusión España. Durante este tiempo,
Enrique Galván tiene claro que el mérito no ha sido solo suyo: "Las
personas con discapacidad intelectual han sido mis grandes maestras",
asegura con orgullo.
Gran defensor de la inclusión en
todos los ámbitos, y un gran 'enemigo de los listones', sobre todo en
educación, Galván asegura que "las personas con discapacidad intelectual
son personas que no se van a adaptar un curículum, pero sí podemos profundizar
en las cosas que son importantes para ellos" y "adaptarnos a sus
necesidades". "Capacidades y competencia existen, pero nos falta
ambición para desplegar eso, porque el mero hecho de educar es aceptar la
diversidad que tienes en frente", asegura.
En su charla tampoco faltó
espacio para el empleo, una de las grandes asignaturas pendientes
del colectivo de las personas con discapacidad intelectual, especialmente
aquellas con grandes necesidades de apoyo. "Ya tenemos experiencias y
estudios rigurosos en España que demuestran que con el empleo personalizado, la
inclusión laboral de las personas con grandes necesidades de apoyo es
posible, pero falta ambición, recursos y perseverar en el tiempo", aseguró
tajante.
También se puso sobre la mesa la falta de inversión pública en las
familias de las personas con discapacidad intelectual y en la precariedad que
aún existe en el sistema de la dependencia, un
sistema que Galván calificó de "muy precario y muy poco
ajustado a las necesidades de las personas", especialmente en un contexto
en el que, en muchos casos, las personas con discapacidad intelectual se
convierten en adultos y sus padres entran
Ha muerto a los 80 años Marcos Rodríguez Pantoja, más conocido como el niño lobo de Sierra Morena. Marcos Rodríguez, según ha adelantado el diario La Región, ha fallecido en Ourense, la provincia en la que acabó residiendo después de una vida intensa, repleta de vicisitudes, que comenzó ya en su infancia. Rodríguez Pantoja nació en Añora (Córdoba) en junio de 1946. A los seis años se fue a vivir a Sierra Morena con un anciano pastor, que murió. Tras la muerte de su cuidador sobrevivió junto a una manada de lobos en uno de los parajes más inaccesibles de la sierra de Cardeña y Andújar. Se lo encontró a los 17 años la Guardia Civil, vestido con pieles y sin apenas poder hablar.
La historia de Marcos Rodríguez Pantoja fue llevada al cine por el cordobés Gerardo Olivares, que hace 16 años rodó Entre lobos. La película, protagonizada por Juan José Ballesta, tuvo un gran éxito y el propio Rodríguez Pantoja participó en el rodaje, como asesor principal y también como asistente en el trabajo con los lobos. Su vida, una vez que la Guardia Civil se lo encontró en la sierra, no fue fácil.
La infancia de Marcos estuvo marcada por la pobreza de la posguerra y por unas circunstancias familiares extremadamente difíciles. Su madre murió durante el parto. Su padre volvió a casarse y la familia terminó trasladándose a Fuencaliente, en Ciudad Real, donde sobrevivía con la fabricación de carbón vegetal. Cuando Marcos era todavía un niño, su padre lo entregó a unos propietarios de Sierra Morena, que lo enviaron a vivir con un anciano cabrero en plena montaña.
El pastor fue quien le enseñó las primeras herramientas para desenvolverse en un entorno hostil: hacer fuego, buscar agua y alimentos, reconocer plantas y cuidar de las cabras. Pero la muerte del anciano convirtió aquella infancia ya excepcional en una experiencia de aislamiento absoluto. Marcos quedó solo en el monte y tuvo que aprender a sobrevivir sin la compañía de otros seres humanos.
Fue entonces cuando los animales se convirtieron en su principal referencia. Durante años permaneció en contacto con la fauna de Sierra Morena y desarrolló una relación especialmente estrecha con una manada de lobos. Con el paso del tiempo aprendió a desenvolverse en el medio natural, a imitar sonidos y a utilizar recursos que le permitieron sobrevivir. En sus testimonios posteriores explicaría que los animales fueron su familia y que nunca le hicieron daño.
El regreso a un mundo que ya no conocía
El reencuentro con la sociedad se produjo cuando la Guardia Civil lo localizó en la sierra. Para entonces, Marcos había pasado una parte esencial de su vida alejado de las personas. Apenas podía expresarse con normalidad, caminaba descalzo y utilizaba pieles para protegerse.
La vuelta a la vida humana resultó mucho más complicada que su supervivencia en el monte. Tuvo que volver a aprender hábitos tan elementales como hablar, caminar erguido, vestirse o utilizar cubiertos.
Después llegaron años de trabajos y desplazamientos. Marcos trabajó como albañil y pasó por distintos lugares, entre ellos Madrid, Fuengirola y Mallorca. También hizo el servicio militar. Pero su dificultad para comprender las reglas de una sociedad de la que había estado apartado durante tantos años lo convirtió en una persona especialmente vulnerable. Durante su vida adulta sufrió engaños, estafas y abusos relacionados con su desconocimiento del dinero y de las relaciones sociales.
El antropólogo Gabriel Janer Manila estudió su caso durante los años setenta. Su investigación puso el foco no solo en la extraordinaria capacidad de supervivencia de Marcos, sino también en las circunstancias que habían conducido a su abandono. La pobreza extrema y la violencia familiar aparecieron como elementos fundamentales para comprender cómo un niño terminó aislado en Sierra Morena.
Fotograma de la película 'Entrelobos' que narra la historia de Marcos Rodríguez Pantoja
De Sierra Morena a Ourense
Décadas después de abandonar el monte cordobés, Marcos terminó encontrando en Galicia el que sería su último hogar. Su llegada a Ourense estuvo relacionada con las personas que fue conociendo a lo largo de su vida y que le ayudaron a encontrar un lugar estable donde vivir.
En 2018, este periódico relataba las dificultades que atravesaba en Rante, una aldea ourensana. Marcos vivía solo y necesitaba ayuda para afrontar los gastos de su vivienda. Una asociación, Amigas das Árbores da Limia, que colaboraba con él y lo llevaba a dar charlas por Galicia, había impulsado una campaña para ayudarle a sufragar la compra de una caldera.
Marcos vivió posteriormente en San Cibrao das Viñas, donde encontró una vivienda cedida por el Concello y el acompañamiento de vecinos y servicios sociales. Allí, pudo llevar una vida más tranquila, rodeado de personas que conocían su pasado y le ayudaban en las cuestiones del día a día.
Una historia convertida en película
La vida de Marcos Rodríguez Pantoja saltó definitivamente a la cultura popular con Entre lobos, la película dirigida por el cordobés Gerardo Olivares y estrenada en 2010. El filme, protagonizado por Juan José Ballesta, Sancho Gracia y el propio Marcos en su etapa adulta, reconstruyó su infancia en Sierra Morena y su relación con los animales.
Olivares conoció la historia de Marcos a través de la información publicada sobre otros casos de personas que habían vivido aisladas de la sociedad y decidió llevarla al cine. El rodaje se desarrolló en buena parte en la sierra de Cardeña-Montoro y contó con lobos ibéricos criados en cautividad, pero sin amaestrar, una de las dificultades que el director consideró esenciales para dotar de credibilidad a la película.
Marcos no fue únicamente el personaje real en el que se inspiraba la película. También participó directamente en el rodaje. Su conocimiento del comportamiento de los lobos resultó especialmente valioso y colaboró como asesor. Además, apareció interpretándose a sí mismo en la película.
El estreno convirtió de nuevo su vida en noticia y permitió que una nueva generación conociera una historia que ya había sido objeto de investigaciones antropológicas, reportajes y libros. RTVE también dedicó un reportaje a su figura en 2010 y recorrió junto a él los lugares de Sierra Morena en los que había vivido durante su infancia y adolescencia.
Nuevas lecturas intentan remendar una tradición de estudios que se han centrado en ocultar o minusvalorar la homosexualidad como clave de lectura del poeta andaluz
Ir a Madrid, 2006. Una madre lleva a su hijo, al que llaman mariquita en el colegio, a lamanifestación del Orgullo. Unadrag queense acerca y le dice al niño: “Soy tu profesora de matemáticas”. Le sorprende un poco que la temible y exuberante señorita Paquita haya sustituido los leggins de leopardo y elbolsote de falso cocodrilo por una peluca y un vestido rojo con escote, pero su mente asume que las cosas pueden ser así. La madre lleva una camiseta con la cara de un escritor y el lema “ME VUELVES LORCA”.Sevilla, 1974. Mi tía Loli está harta de “los mariquitas que van con elRomancero gitanoa las manifestaciones estudiantiles, como si fuera elManifiesto comunista”. Su amigo, también gay, va con el librito de marras y se ríe de la acidez de ella. Mi tía le dice que ni lo ha leído. Una década después empieza a cuidar a este amigo de una enfermedad que no existía en tiempos deFederico García Lorca. Lo hará hasta el final. Esa edición delRomancero gitano, de Salvat, la he heredado yo.
A Lorca bien podrían haberle horrorizado ambas escenas, por cursis —“los maricas / turbios de lágrimas, carne para fusta, / bota o mordisco de los domadores...”—, o quizás, quién sabe, habría encontrado ternura en la transformación de su persona en icono de la homosexualidad. Sobre el teatro, Lorca había dicho que “para volver a adquirir fuerza, debe volver al pueblo, del que se ha apartado”. ¿Habría pensado lo mismo de su figura? ¿Federico, el poeta de esa acepción radical de pueblo, que es el pueblo queer, el pueblo de todos los expulsados de la norma? Nunca podremos saberlo, porque es en el hueco entre el asesinato de un hombre y la bilis de la Historia donde se forma el mito. Unos y otros, y por razones muchas veces antagónicas, claman contra la supuesta apropiación o instrumentalización de su vida y obra, protesta estéril porque Lorca no pertenece del todo a nadie, porque cada cual podrá elegir uno de esos “mil Federicos”, en la expresión del propio poeta, que siguieron multiplicándose hasta después de su asesinato aquel 18 de agosto de 1936. Su protagonismo absoluto, sin embargo, lo hace estar a merced de todos los vientos y oleajes, y su nombre queda tan institucionalizado como territorializado.
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Cuando elevamos una figura al estatus de “gloria nacional” se le suele otorgar una cierta atemporalidad a su obra y una supuesta universalidad a los temas que trata. Pero es la elástica capacidad de hablar a cada época de una forma diferente, pentecostal, el gran milagro de Lorca. La capacidad de ser para otros cuerpos, de ir creciendo de forma diversa en cada comunidad de lectores: en los cincuenta era el poeta de la forma neopopular, en los setenta y ochenta el inspirador de los flamencos modernos; en otras épocas el activista teatral, o el feminista, el animalista, el taurino, el turista, el director, el burgués de izquierdas… más cubista que rotundo, más adaptable que original. Lorca como un gran ladrón de formas, como el sonido definitivo de una poesía española. Lorca casi como acaparador, como dice María Salgado en Lírica, uno de los ensayos más lúcidos que se han escrito sobre poesía (La Uña Rota, 2026): “Hay algo previo a ti que te hace imposible no arrancar tu primer libro con una cita de Lorca, como quien pide permiso o se inscribe en un registro […] Y estoy por afirmar aquí que buena parte del modo de expresión de la melancolía, la angustia y la pena en la poesía en España se las ha quedado Lorca”, algo que casa con la exposición de Georges Didi-Huberman en el Reina Sofía. Todo parece ya dicho por Lorca. Después de él, un abismo que asusta.
Este absolutismo lorquiano no implica que el debate sobre su figura tenga los días contados; más bien, la ubicuidad de su mundo se contrapone con la realidad de su desaparición como sujeto, con su archivo siempre a medias y la censura o el silenciamiento —más institucional que popular— de toda una serie de temas o ejes de su poética. En nuestro tiempo, y a juzgar el número de obras literarias, artículos, películas y exposiciones recientes y por venir en estos próximos meses, el esfuerzo recae en volver a leer a Lorca desde el lugar de su homosexualidad, que no es ya un detalle biográfico, sino un eje que hace tambalear el estatus aséptico —heterosexual— de “gloria literaria nacional”. Estas lecturas vienen a intentar remendar una tradición de estudios que en su mayoría se han centrado en ocultar o minusvalorar la homosexualidad como clave de lectura hasta hace muy poco, aunque esto haya supuesto unos trompicones, saltos y carambolas sonrojantes.
En 1983, una serie de figuras de la cultura reciben por correo ordinario unos poemas inéditos de Lorca, los Sonetos del amor oscuro. No hay remite, solo una nota que indica que los sonetos ven la luz “para recordar la pasión de quien los escribió”. La familia Lorca entra en pánico: sólo había dado luz verde para su publicación en Francia. El ABC va al rescate y se publican de forma oficial los “sonetos de amor”; Miguel García-Posada dice, en el estudio que acompaña a los once poemas, que se omite el “oscuro” en el título para evitar la “abusiva simplificación”, puesto que el adjetivo era más bien “poético y complejo”, es decir, que no quería significar lo que efectivamente significaba. La homosexualidad de Lorca no era ni mucho menos un secreto, claro; la anécdota setentera con la que comienza este artículo es verídica y los poemas de Lorca fueron un útil código gay en la España de la dictadura. Lo difícil era asumir que esa homosexualidad era un eje evidente en la obra del autor, sin máscaras, puesto que el relato oficial estaba cercenado. El franquismo hizo lo que pudo por destruir al poeta y su voz, con cierto empeño en las primeras décadas de dictadura, pero le terminó saliendo Lorca por las orejas y su prestigio internacional era tal que, entre el blanqueamiento y el disfrute, recurrió a la folklorización para intentar solucionar el problema, para pemanizarlo, con relativo éxito. Aguilar publicó la primera edición de unas obras completas muy incompletas en 1954.
Antes de todo esto, ya el Partido Comunista le había censurado una estrofa a Cernuda en el número homenaje a Lorca de Hora de España, en 1937. La homosexualidad del poeta lo alejaba de la visión aséptica y absoluta de mártir de la guerra y algunos versos no sonaban nada viriles: “Mira los radiantes mancebos / Que vivo tanto amaste / Efímeros pasar junto al fulgor del mar”. Por supuesto, la capacidad de censura del PCE era muy inferior a la de Franco, sobre todo a partir de 1939, pero el gesto sirve para concluir que en principio nadie tenía ganas de anunciar a Lorca como poeta, sobre todo, homosexual.
Tampoco la universidad española, hasta hace menos de dos décadas y salvo honrosas excepciones, ha contravenido esta máxima y ha tendido a un formalismo de tal pulcritud que sonroja por pacato en su acercamiento a Lorca. Un ejemplo es la edición dePoeta en Nueva Yorkde María Clementa Millán en Cátedra (1990), que evita casi toda referencia a la homosexualidad del poeta y olvida que los poemas responden a un contexto tan específico como biográfico, algo que demostró el profesor José Antonio Llera en un artículo deCuadernos Hispanoamericanos titulado ‘La perdiz de Federico García Lorca’ (2015). Las ediciones españolas de Lorca han seguido esta línea; hasta la monumental y muy valorable edición que García-Posada hizo de sus Obras completas, editada por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores en 1996, y que llegó a muchísimas casas, es decepcionante en este aspecto. Contrasta este silencio académico con la popularidad de Lorca como escritor gay dentro y fuera de España. Tenemos anécdotas, como la familiar que cuento arriba, que nos garantizan que los códigos de Lorca eran entendidos por los queentendían, y al fin algunas obras académicas recientes analizan el carácter comunitario de la disidencia sexual en torno a la literatura en el siglo XX, comoLa verdad ignorada: homoerotismo masculino y literatura en España (1890-1936) (Cátedra, 2021), de Emilio Peral Vega, o el monumental estudio de Ramón Martínez,Su fulgor puede destruir vuestro mundo. Una mirada LGTBI+ a la literatura española(Egales, 2026). En el exterior, el tema homosexual fue una de las claves para la popularización del autor de forma mucho más evidente, con el exilio republicano y el sentimiento antifascista en el entorno cultural como banderas y cauces hasta florecer en el imaginario de poetas y militantesqueer del contexto anglosajón. Jack Spicer, el poeta más original del San Francisco de los cincuenta, escribióA la manera de Lorca (Salto de página, 2018) en 1957, una serie de traducciones libres con comentarios en prosa a los textos del poeta. Lorca era frecuentemente citado por los autores del Harlem Renaissance, leída en los círculos gays londinenses de los sesenta y representado en lugares tan marcados como el Village de Nueva York en los setenta. El mito estaba más que consolidado fuera y, de hecho, algunas de las interpretaciones homosexuales de Lorca han sido más importadas que propias, como explica Noël Valis enLorca después de Lorca, una historia de la recepción tan concienzuda y documentada que hace parecer evidente lo casi imposible. La editorial Renacimiento acaba de publicarla. Los estudiosos que estaban fuera de España, y por tanto libres de la censura, sí se atrevieron a afrontar directamente el tema. Ángel Sahuquillo defendió su tesis sobre homosexualidad y poesía del 27 en Estocolmo en los ochenta, y logró publicar un volumen con la Diputación de Alicante que llevaba por títuloFederico García Lorca y la cultura de la homosexualidad masculina: Lorca, Dalí, Cernuda, Gil-Albert, Prados y la voz silenciada del amor homosexualy que pasó algo desapercibido entre el público general, pero hay que reconocerle el valor. Y ya en democracia comienzan a llegar las aportaciones de Daniel Eisenberg, Christopher Maurer e Ian Gibson. A favor de estos estudiosos jugaba la distancia de la larga sombra del franquismo y de las reticencias universitarias españolas, muy marcadas por la estilística y algo reacias a los estudios culturales. Gibson se enemistó con mucha gente cuando publicóLorca y el mundo gay(Planeta, 2009), pero el libro destapó un asunto fundamental que desvelaba que el principal problema al hablar de la homosexualidad de Lorca —y de publicar sus poemas más explícitos, y de encontrar los manuscritos completos— era un archivo cercenado por el miedo y la homofobia. Una exposición reciente en la Residencia de Estudiantes pretendía explicar algunos de estos problemas, el exilio y la disgregación de manuscritos y el arduo trabajo para reconstruirlos y digitalizarlos. Hay ya mucho de libre acceso en la Fundación García Lorca, pero sigue siendo demasiado lo que falta. Aunque, Christopher Maurer, que comisaria esta muestra, dirigió otra en el Centro Lorca de Granada que sí trataba de forma explícita la homosexualidad del poeta, Manuel Avís denuncia que en esta última sobre el archivo el tema quede escorado, cuandola homosexualidad es, según su lectura, uno de los motivos principalesde la destrucción de documentos. Las razones de este mal archivo son múltiples. En primer lugar, hay una pérdida material causada por el propio Lorca, que tendía a regalar manuscritos, copias únicas, a amigos. Luego está la guerra: muchos amantes queman cartas, esconden por miedo —Conchita García Lorca decía haberlos escondido hasta en el pajar—. Los exilios son extraños, y a veces también lo es la suerte. Antes de marcharse a Granada en 1936, Lorca va a ver a Bergamín a su despacho para entregarle Poeta en Nueva York. Como no está,deja el manuscrito sobre su mesa. Bergamín lo recoge y se lo lleva al exilio, hasta conseguir publicarlo en México en 1940. Con El público, sin embargo, la historia es diferente: Lorca entrega el manuscrito a su gran amigo Martínez Nadal el 13 de julio de 1936, y este no lo publica hasta 1976. Otro manuscrito lo tenía la familia de Dulce María Loynaz, pero, según su testimonio, su hermano Carlos Manuel, que padecía una enfermedad mental, lo destruyó. De los Sonetos del amor oscuro ya hemos hablado. Sucede que varios de los manuscritos más incompletos, aquellas obras perdidas o fragmentarias, tienen que ver de forma más explícita con la homosexualidad del poeta. Es esta la parte del archivo más perdida, la más difícil de publicar. A la destrucción se suma el silencio: el de Martínez Nadal es ostentoso, pero también el de otros tantos, sobre todo alguno de los muchos novios de Lorca, que se mantuvieron callados durante años o para siempre. Cada tanto tiempo aparece un pequeño milagro a modo de nueva lectura del archivo, una fuente nueva que va ampliando un puzle que nunca se podrá completar. Uno de esos milagros será la publicación este próximo otoño de losRecuerdos: Breve historia de un amor, deJuan Ramírez de Lucas, uno de los últimos novios de Lorca. La edición está a cargo de Christopher Maurer y Víctor Fernández y ambos insisten en la complejidad de un texto escrito décadas después de la muerte de Lorca. No son por tanto unos diarios, ni un relato urgente, sino las reflexiones de un hombre que se enamoró de Lorca cuando tenía 18 años y el poeta 36 y que luego se alistó en la División Azul. La familia ha mantenido los textos ocultos; aunque hubo incluso una resolución en el Congreso para digitalizar y publicar los documentos, nada se hizo, y ha sido gracias al documental que prepara Manuel Menchón, con el título deLa voz quebrada, que la familia ha decidido dejar ir estos documentos. Hay espacios e historias de Lorca apenas contadas que renacen ahora en libros comoLorca en Vermont: El poeta español y su amante americano, dePatricia A. Billingsleyque acaba de salir en Taurus. Pero con algunos otros casos es imposible recrear lo que sucedió o lo que queda, y por todos lados faltan cartas y documentos. Los estudiosos coinciden en que aún hay mucho escondido o por hallar: Víctor Fernández apunta al archivo de Martínez Nadal en Londres, Manuel Avís cree que hay material importante en colecciones privadas y en ventassottovoce. Este archivo maltrecho ha generado un género propio de obras que deben imaginar los huecos y completar con ficción las demoras de la Historia. El hito esLa piedra oscura, la obra teatral de Alberto Conejero que trabaja sobre la memoria perdida de Rafael Rodríguez Rapún, probablemente el amor más hondo del último Lorca. La obra acaba de ser reeditada en Cátedra por Emilio Peral —que también prepara una edición de losSonetos del amor oscuropara la misma editorial— junto a otros dos títulos del dramaturgo, y ha sido la base para el que será sin duda el evento mediático del otoño: el estreno deLa bola negra, dirigida por los Javis. La película triunfadora en Cannes parte del argumento de Conejero para recrear otros tiempos lorquianos que llegan hasta nuestro presente. En esta misma línea estará la novela de Manuel Avís que publicará en septiembre Cabaret Voltaire con el título deDéjame que baile: el escritor imagina, combinando archivos existentes y otros recreados, una biografía afectiva y sexual de Lorca. El objetivo es “una oda a la ternura de un hombre que amó mucho y a muchos”. Avís insiste en que “la imaginación es una forma justa de reivindicación frente a un archivo amputado”, que siempre llega tarde. Ya Manuel Francisco Reina intentó hacer algo similar conLos amores oscuros(Planeta, 2012), aunque recibió críticas por ciertos desajustes biográficos y por publicar sin autorización el contenido de archivos como el de Ramírez de Lucas, con gran disgusto para la familia. Los enfados, con todo, no son inútiles; los pudores y los miedos son tan elocuentes como los gritos a viva voz. Hay un poeta debajo de todo esto, y es la voz más radical e importante de un siglo XX terrible que apenas empezamos a reconstruir tras décadas de cordialidad impostada. La historiaqueerno obedece a un afán identitario: es una forma de remover todas las alfombras, de convocar a todos los fantasmas.
Nadie comprendía el perfume
de la oscura magnolia de tu vientre.
Nadie sabía que martirizabas
un colibrí de amor entre los dientes.
Mil caballitos persas se dormían
en la plaza con luna de tu frente,
mientras que yo enlazaba cuatro noches
tu cintura, enemiga de la nieve.
Entre yeso y jazmines, tu mirada
era un pálido ramo de simientes.
Yo busqué, para darte, por mi pecho
las letras de marfil que dicen siempre,
siempre, siempre: jardín de mi agonía,
tu cuerpo fugitivo para siempre,
la sangre de tus venas en mi boca,
tu boca ya sin luz para mi muerte.
...oooOOOooo..
Casida 1.
Casida del herido por el agua
Quiero bajar al pozo,
quiero subir los muros de Granada,
para mirar el corazón pasado
por el punzón oscuro de las aguas.
El niño herido gemía
con una corona de escarcha.
Estanques, aljibes y fuentes
levantaban al aire sus espadas.
¡Ay, qué furia de amor, qué hiriente filo,
qué nocturno rumor, qué muerte blanca!
¡Qué desiertos de luz iban hundiendo
los arenales de la madrugada!
El niño estaba solo
con la ciudad dormida en la garganta.
Un surtidor que viene de los sueños
lo defiende del hambre de las algas.
El niño y su agonía, frente a frente,
eran dos verdes lluvias enlazadas.
El niño se tendía por la tierra
y su agonía se curvaba.
Quiero bajar al pozo,
quiero morir mi muerte a bocanadas,
quiero llenar mi corazón de musgo,
para ver al herido por el agua.
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