Se cumplen 900 años del nacimiento de este
célebre filósofo, médico, jurista, astrónomo y matemático
Alberto Gómez – EL DIARIO
Abril de 2026 está
señalado en el calendario como el noningentésimo aniversario del
nacimiento de Averroes, una de las mentes más brillantes de la civilización
andalusí. Nacido en la populosa Córdoba en 1126 bajo el nombre de Abu l-Walid Muhammad ibn Rusd, este sabio
encarnó el ideal del polímata medieval. Su legado como filósofo,
médico, jurista, astrónomo y matemático continúa siendo un pilar
fundamental para comprender el desarrollo intelectual de Occidente. A través de
los siglos, su figura ha sido reivindicada como un puente esencial entre
diversas tradiciones y culturas. Hoy, su ciudad natal y diversas instituciones
internacionales celebran nueve siglos de una razón que buscó iluminar el
mundo.
Averroes no solo fue un hombre de su tiempo, sino un visionario cuya sombra
intelectual se proyecta con fuerza hasta la actualidad. La conmemoración de su
nacimiento invita a redescubrir al hombre que armonizó el rigor de la lógica
con la profundidad de la fe. Su vida fue un testimonio de búsqueda incansable de
la verdad en todas sus formas. Averroes procedía de una distinguida
familia de juristas muladíes que ocuparon cargos de máxima
responsabilidad en la administración cordobesa. Tanto su abuelo como su padre
fueron cadíes mayores, una tradición que él mismo continuaría con gran
prestigio. Su formación fue excepcionalmente completa, abarcando desde la
teología tradicional y el derecho malikí hasta la medicina y las ciencias.
Estudió con maestros notables como Ibn Harún de Trujillo e Ibn Tufayl, quien se
convirtió en su gran protector.
Córdoba impulsa el Año Internacional de Averroes con actos en España, París y Marrakech
Desde muy joven, demostró un
interés especial por la lógica aristotélica como herramienta para el argumento
riguroso. Esta base multidisciplinar le permitió abordar los problemas de su
época con una profundidad analítica sin precedentes. Su incansable labor de
estudio le llevó a escribir aproximadamente 10.000 folios sobre temas
jurídicos y filosóficos. La curiosidad intelectual de Averroes no
conocía límites, adentrándose incluso en la astronomía y
la zoología. Su linaje no solo le otorgó posición, sino una
responsabilidad hacia el conocimiento que marcaría su destino.
Su carrera profesional estuvo
estrechamente ligada a la dinastía almohade, sirviendo bajo los
califas Abu Yaqub Yusuf y al-Mansur. En 1169 fue nombrado cadí de Sevilla,
y más tarde alcanzó el puesto de magistrado supremo en Córdoba. Su labor
jurídica se caracterizó por un sentido profundo de la justicia y una defensa
del razonamiento independiente. Además de su faceta legal, ejerció como médico
de la corte en Marrakech tras la retirada de su maestro. Esta posición
de cercanía al poder le permitió influir en el ambiente intelectual del
califato más esplendoroso. Los gobernantes almohades protegieron las ciencias
profanas y le confiaron misiones de gran importancia política. Su prestigio
como jurisconsulto y sanador le valió el reconocimiento tanto en al-Andalus
como en el Magreb.
A pesar de los vaivenes
políticos, Averroes mantuvo siempre su compromiso con el
servicio público y la ciencia. Su vida profesional fue un equilibrio constante
entre la administración del derecho y el ejercicio de la medicina. En el ámbito
de la filosofía, Averroes pasó a la historia con el sobrenombre de “El
Comentador” de Aristóteles. Por petición expresa del califa Yusuf,
emprendió la tarea monumental de explicar y resumir la obra del Estagirita. Su
objetivo era recuperar la pureza del pensamiento aristotélico, eliminando las
distorsiones neoplatónicas de sus predecesores. Comentó casi todo el corpus
aristotélico, incluyendo la metafísica, la física, la ética y la poética.
Gracias a sus traducciones al hebreo y al latín, la Europa medieval pudo redescubrir el racionalismo griego. Sus comentarios se dividieron en tres niveles: epítomes, paráfrasis y comentarios literales de gran profundidad. Su autor preferido era Aristóteles, de quien destacó la importancia de la biología y el estudio naturalista. Incluso Dante lo situó en su Divina Comedia junto a los más grandes sabios de la antigüedad. Su labor exegética no fue una mera repetición, sino una reinterpretación crítica que revitalizó la filosofía occidental. Sin su intervención, gran parte del conocimiento clásico se habría perdido para la escolástica latina.
La tesis central de su
pensamiento filosófico-teológico se resume en que “la verdad no se
opone a la verdad”. En su obra “El Tratado Decisivo” defendió la armonía
perfecta entre la revelación religiosa y la razón filosófica. Averroes sostenía
que la ley islámica no solo permite, sino que obliga a los sabios a estudiar
la filosofía. Para él, la razón es la mejor vía para comprender el sentido profundo y
alegórico de las escrituras. Distinguía entre diversos tipos de racionalidad,
reservando la demostración lógica como el método superior para
alcanzar la certeza. Esta postura buscaba desactivar los fanatismos y
fundamentalismos que comenzaban a surgir en su tiempo. Al afirmar la unidad de
la verdad, abrió un camino hacia la autonomía de la filosofía frente a la
teología.
Acusado y desterrado
En medicina, su obra cumbre fue
el “Kulliyat fi-l-tibb” o Libro de las generalidades de la medicina.
Esta enciclopedia, que gozó de gran prestigio en las universidades europeas,
abordaba la anatomía, la fisiología y la terapéutica. En el ámbito jurídico,
escribió la “Bidaya”, un tratado donde analizaba las diversas escuelas de
derecho islámico. Una de sus aportaciones más revolucionarias fue el reconocimiento
de los derechos de las mujeres en asuntos públicos. Averroes defendió que
las mujeres podían ejercer el cargo de juez y participar activamente en la vida
social.
Los mayores expertos mundiales en
Averroes reivindican su figura y la vigencia de su pensamiento en un congreso
internacional
En 1195, bajo la presión de
sectores ultraconservadores, fue sometido a un proceso por presunta impiedad.
Sus escritos fueron condenados y sus libros quemados públicamente en la
plaza de Córdoba. El filósofo fue desterrado a la localidad de Lucena, donde sufrió la
humillación de ser expulsado de la mezquita. Las acusaciones se centraban en su
defensa de la filosofía y en sus críticas sociales contenidas en comentarios
políticos. Afortunadamente, el califa al-Mansur revocó finalmente el edicto de
destierro y lo reclamó en la corte de Marrakech. Sin embargo, la salud del
sabio ya estaba debilitada y falleció en Marruecos en diciembre de 1198.
Por deseo propio, sus restos fueron trasladados meses después para descansar en
su amada Córdoba.