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domingo, 27 de agosto de 2023

CONCENTRACIONES


         En los 76 años que llevo cumplidos he ido al fútbol una vez. Jugaba el Granada con el Sabadell y no recuerdo quien ganó. Sí recuerdo bien el miedo que me dio contemplar, durante los 90 minutos que duró el partido, aquel mar de cabezas y de gritos. No me podía quitar del pensamiento la idea de lo que podría pasar si de pronto sucediera un imprevisto y aquella masa humana se moviera sin orden ni concierto. Desde entonces, que era un muchacho, quien me conoce sabe que donde exista una muchedumbre, del tipo que sea, allí no estaré yo. Lamentablemente sí compruebo que cada vez suceden más acontecimientos que acumulan miles y miles de personas. Hemos vivido en vivo y en directo más de una y más de dos peloteras, humanas que se han descontrolado en un instante y cuyo resultado ha supuesto una serie de muertos por aplastamiento que da verdadero pavor contemplarlo en los noticiarios. Las secuencias han sido de muy diversa índole: Desde multitudinarias peregrinaciones religiosas, hasta conciertos o cualquier otra concentración que por cualquier imprevisto se desborda y sucede una tragedia de consecuencias imprevistas.



         El fútbol, por ejemplo, es paradigmático en este sentido. Hasta 100000 personas llegan a concentrarse en los mejores estadios conocidos y subiendo. Toda una ciudad mediana concentrada en un puñado de metros sin poderse rebullir mientras duran los partidos, 90 minutos por lo menos, con el alma en un hilo porque serían presa fácil del pánico ante cualquier imprevisto. El nivel de cualquier concentración es inusitadamente alto y hasta temerario ante cualquier imprevisto. Sin embargo, cada día existen más ocasiones que precisan de grandes acumulaciones humanas para considerarse exitosas, de modo que las personas, una a una, vamos perdiendo presencia y poder individualmente. Vamos, que uno a uno somos cada vez menos porque los momentos en los que precisamos ser muchedumbre son cada vez más. Como se puede suponer, mi caso concreto es que decidí bajarme de ese estilo de vida y cada vez necesito más espacio a mi alrededor para encontrarme a gusto.



         Nunca he sabido por qué es impensable, por ejemplo, un concierto de música del mejor solista del mundo, o el segundo, ante siete espectadores. No digamos cualquier partido de la liga, con un aforo máximo de 100 personas en las gradas. Sé que es insólito y lo hemos comprobado cuando se han producido acontecimientos a puerta cerrada, por cualquier razón, la COVIT por ejemplo, hace bien poco. Me consta que la fórmula de las concentraciones suelen tener un marcado carácter económico, aunque no siempre. Pero yo no quiero centrarme hoy en las recaudaciones, aunque todo el mundo puede comprender que 20000 personas hacen un caja más abultada que 1000 para quien organice el acontecimiento. Quizá no sea tan matemático pero mi reflexión intenta centrarse en cada persona individualmente y llego al convencimiento que en las concentraciones el valor de las personas es inversamente proporcional al número de los concentrados.



         Aprovechando que este texto no es más que una digresión de viejo chocho, tampoco habría que hacerle mucho caso. Lo que sí digo para concluir y dejar de daros la barrila es que si algún día me buscáis para algo, podéis tener la certeza de que no me vais a encontrar en ninguna de las concentraciones al uso, cada vez más, por cierto. En todo caso, si alguien está muy interesado en encontrarme, puede mirar en cualquier rincón, que a lo mejor tiene éxito y estoy allí, normalmente solo leyendo o de cháchara con la última amistad que haya encontrado por el ancho mundo. Pero como me resulta bastante improbable que algo así suceda, prefiero cerrar la reflexión contemplando, desde bien lejos, cómo la masa humana se dirige a la concentración correspondiente de cualquier día en concreto, que cada vez hay más, mientras me siento en cualquier repecho, bien lejos y bien alto, para presenciar el espectáculo a distancia. Seguramente habrá en el futuro más reflexiones sobre el problema de las concentraciones y sus circunstancias. Por hoy, mirad mi mano cómo os dice a dios y os desea buen acontecimiento, mientras me quedo con el de vivir. Con él me sobra. 



domingo, 20 de agosto de 2023

TAL DÍA COMO HOY

 


         Acaba de amanecer y ya no está Federico. Quizá ni se ha enfriado todavía su cadáver. ¡Por maricón! Recibió, seguramente después de muerto ya, el último tiro en el culo de la mano de su primo Trescastro. Perdónalos, señor, que no saben lo que hacen. Otra mentira más con la que muchos hemos crecido. Un PERRO ANDALUZ que será inmortalizado por una película realizada por sus amigos Buñuel y Dali, todavía en vida, por haber publicado una porquería llamada EL ROMANCERO GITANO. Qué agudeza de visión, qué mirada más certera la de estos dos genios. Un intento de muerte que tal vez anunciaba la definitiva, la madrugada del 20 de Agosto de 1936, una vez el odio desatado. En odio fuimos expertos muchas veces pero en nuestra Guerra Civil, los militares sublevados contra el gobierno legítimo de la República Española obtuvieron sobresaliente cum laude. Lo de Federico, al final es sólo una anécdota. Uno más entre tantos miles de muertos que regaron de fosas comunes y de cunetas la geografía española con la impagable colaboración de Mussolini y de Hitler y la cobardía de las democracias europeas.



         Federico no es más que uno entre miles, que cayeron como él  y que la mayoría siguen caídos mientras algún presidente del PP, Pablo Casado, sigue diciendo que su recuerdo no es más que la guerra de los abuelos. Que no debe haber otro recuerdo que el olvido. ¡Viva la convivencia que se fundamenta en el odio y en la muerte! Lo mejor es pasar por el BARRANCO DE VÍZNAR de la mano de tu padre cada domingo y escuchar de su boca: Mira niño esos pinos, con qué salud crecen. Sus raícen tienen jugo suficiente de donde alimentarse. Me explicaba que unos estaban de arriba abajo y otros, de derecha a izquierda. Así se mantenían seguros y no se resbalaban. ¡Qué más da cuantos fueran!. Demasiados sin duda. Ahora, al cabo de los años, casi de tapadillo, va saliendo su recuerdo en forma de huesos mientras algún presidente de gobierno, Mariano Rajoy, se pavoneaba diciendo que en su presupuesto, la cantidad asignada para la Memoria Histórica es 0 y hacía el cero con los dedos de su mano, por si a alguien no le había quedado claro.



         He crecido jugando frente a la placa de la iglesia de mi pueblo dedicada a la memoria por los caídos por Dios y por España. Debajo de ella he jugado y he crecido en la ignorancia de la división inmensa que significaba. Todavía está la señal de donde estuvo y en mi memoria nunca se borrará el recuerdo de tanta ignominia de vivir en un país en el que sólo hay españoles envueltos en una bandera y luego muertos ignorados en sus fosas correspondientes después de 80 años. Cualquiera que pretenda pedir dignidad para su recuerdo porque fueron tan españoles como Franco, por lo menos, todavía son dudosos y merecen ser mirados de refilón. Lo último que he conocido es que en EL BARRANCO DE VÍZNAR puede que haya unos 200 cadáveres, de los cuales parece que ya se han identificado unos 80. Federicos todos cuya muerte fue producto del odio y de la traición a su patria de los que se levantaron contra su gobierno, por más que sus descendientes sigan dándonos lecciones de constitucionalismo, como si España siga siendo su cortijo.



         Ni he conocido otra guerra que la que he contado, en 2023, cuando he alcanzado los 76 años, y prefiero morirme mil veces antes que conocer ninguna, por más que la de Ucrania y tantas otras silenciadas, nos rodeen por los cuatro puntos cardinales. Sé que me expreso un poco deslavazado pero he preferido eso, tal como me ha venido a la cabeza de la mano de mi padre, que en paz descanse, que aunque él no lo quisiera luchó con los vencedores por ser hijo de viuda según decía, prefiero estos flases de aquí y de allá en la primera vez que trato el tema por miedo, por silencio y por vergüenza sobre un tiempo que sigue presente entre nosotros mientras exista una sola familia que reclame dignidad para un antepasado, cuyos restos sigan abandonados en una cuneta o en una fosa común por el delito de haber dado su vida por España, su país. Un nardo lorquiano a cada muerto olvidado, hasta el momento presente, y justicia para los caídos, aunque muchos no fueran por Dios ni por aquel ejército sublevado.     



     

domingo, 13 de agosto de 2023

AGOBIO

 

         Nunca entendí muy bien el sentido de los puentes. En este momento, no sólo atravesamos agosto, mes inhábil donde los haya, al menos en este país, sino que encima atravesamos un puente que empezó el viernes pasado y dará fin el miércoles próximo. Casi una semana en la que el 70% de la población dejará su microespacio playero para hacer sitio a los que faltan por conseguir su piel de gamba característica, que les hará sufrir el escozor nocturno por exceso de sol y mostrar el moreno social frente a vecinos y compañeros de trabajo, cuando logremos trabajar por fin. Del 30% restante lo único que hay que decir es que  ni pincharon ni cortaron nunca ni este año tampoco. Nunca conocieron eso del veraneo ni lo van a conocer este año, ni con puente ni sin él. Son ese sector que siempre anda por el límite de la subsistencia y que sólo es capaz de alcanzar el fin de mes a base de complementos alimenticios, ayudas de transporte y subvenciones varias, para las que hay que guardar colas y colas, en las que son verdaderos especialistas.



         Se están levantando las primeras voces que señalan el agobio de millones de traslados, de la playa a la casa o de la casa a la playa como si en el hecho mismo del desplazamiento estuviera alguna forma de bienestar. Me he pateado varias veces esta España nuestra, en pleno verano y sin aire acondicionado en el Forito, sin conciencia alguna de estar viajando. He proclamado siempre que viajar no importa. Ya el viejo Atahualpa Yupanqui decía esta inmensa manía de cambiar los paisajes, que son siempre los mismos: inviernos, primaveras… Yo elegí siempre julio, no para ir, sino para tener que ir. Me importaba, sobre todo que, fuera donde fuera, alguien me esperara porque necesitaba algo de mí. Y agosto trabajaba, a sabiendas de que el descanso de la mayoría aliviaba mi esfuerzo con la mitad de alumnos, como mucho. El llamado veraneo, sobre todo julio y agosto, no sé si, puede ser gozoso. Lo que sí sé que es, es trasiego, comercio, desplazamiento para conseguir millones de visitantes y aumento del PIB, que ya supera el 12% en la cuenta de resultados.



         Recuerdo cuando las autoridades esperaban al pie del avión al turista 2 millones, que obtenía de premio su estancia gratis porque buscábamos visitantes como locos que nos dejaran dólares a cambio de casi lo que quisieran, mientras el 30% de colgados inundaban Europa despreciando por completo los rayos de sol y buscando desesperados dólares para construirse su casita, imposible con los recursos de aquí. Hoy con las pateras para arriba y para abajo, hemos olvidado ya que, no hace tanto, inundamos Europa entera, a base de maletas de cartón atadas con una cuerda para evitar que se abrieran y mostraran sus vergüenzas interiores y unos ojos como platos ante idiomas completamente desconocidos que había que aprender, jornadas maratonianas de trabajo porque había que dejar el pellejo si hacía falta con tal de conseguir los fondos suficientes para la casita imposible, un pequeño negocio, una forma de vida con dignidad, que su país le negaba.



         Como todo en la vida tiene su proceso, hoy nos encontramos en pleno agobio porque muchos miles se han creído lo que vendíamos que como España no hay ná y nos visitan a millones. Tanto que empezamos a ver que no cabemos, que tenemos que salir de nuestras viviendas para dejar que los turistas las ocupen y paguen dinerales que están fuera de nuestro propio alcance, mientras los precios suben y suben para nuestros bolsillos y los centros urbanos se alejan y se alejan de nosotros, que sólo alcanzamos habitáculos, cada vez más alejados de lo que un día fueron nuestras ciudades. Tímidamente vemos, de vez en cuando, algunos visitantes que se acercan  y ocupan espacios y actividades que hemos olvidado hace tiempo por falta de rentabilidad y nos empiezan a explicar que no todo en la vida es el dinero y que hay conceptos a los que llaman, calidad de vida, que puede que merezcan la pena antes que un fajo de billetes que te cuesta la misma vida conseguir y que, una vez que lo consigues, te das cuenta que tu vida no mejora.  


            

domingo, 6 de agosto de 2023

NEGOCIAR

 


         Una vez concluído el largo proceso de elecciones, una vez digerida la borrachera de poder de la derecha, que ha cubierto con sus colores la mayoría de España, hasta el punto que daba la impresión de que le sobraban las encuestas y demás previsiones cuando llegamos a las generales. Una vez que la vida, como bien se sabe, da muchas vueltas y nadie debe vender la piel del oso antes de cazarlo, los resultados indiscutibles que le derecha esperaba como colofón del proceso de cambio que tenía en sus cálculos, y resulta que se  pasó de frenada dando por buenos unos resultados, que pregonaba a bombo y platillo, a los que les faltaba un pequeño detalle: el recuento de los votos. Ciertamente, obtuvo un magnífico resultado cuyo contenido estaba engordado por la absorción de Ciudadanos, que ha desaparecido del mapa por completo, junto a un buen bocado de VOX por efecto del voto útil, pese a que esta fuerza mantiene un grupo nada despreciable de más de 30 diputados, que son muchos votos.



         Desde los primeros momentos del recuento ya se veía que algo no cuadraba, porque los dos grandes partidos acumulaban porcentajes a la par y eso no era lo previsto. A medida que los números avanzaban, el PP se distanciaba, pero con tan desesperante lentitud que sus 150 y más diputados de la mayoría de los sondeos no había manera de acercarlos. Tanto más cuanto que el otro mayoritario, el PSOE, lejos de hundirse en la miseria arrastrado por el endiablado sanchismo, resulta que se resistía como gato panza arriba y hasta repuntaba de los 120 diputado que traía de la legislatura anterior. El total fue que la derecha ganó con solvencia pero que los números no llegaban al fatídico 176 de la mayoría absoluta que parecía hasta sobrado según las buenas encuestas. Esa misma noche se echó mano al recurso de que debía gobernar la lista más votada a ver si así colaba alguna forma de hegemonía, sabiendo, ellos mismos y todos, que en España no gobierna la lista más votada sino quien logra concentrar una mayoría parlamentaria suficiente. Tanto más cuanto que el propio PP ya arrastraba algunos acuerdos. Extremadura, Valencia… en los que habían pactado, desbancando a la lista más votada.



         El total es que, a estas alturas andamos con la conciencia de que el PP ha ganado pero que los números no le dan para gobernar y que le toca al PSOE y SUMAR intentarlo porque disponen de mayor capacidad de interlocución. España es suficientemente diversa como para disponer de fuerzas menores que, sumadas a través de las consiguientes negociaciones, pueden alcanzar el ansiado 176 de la mayoría absoluta que permita gobernar bajo  la presidencia del diabólico Pedro Sánchez. Eso o en el caso de que fuera imposible un acuerdo, plantear la vergonzante repetición electoral que significaría tarjeta roja para todos porque no es el pueblo quien no ha votado bien, sino las fuerzas negociadoras que habrán sido incapaces de ponerse de acuerdo con lo que el pueblo ha votado. Los resultados no son buenos ni malos. Son los que son y los políticos, lo que deben hacer es obedecerlos porque es lo que la ciudadanía ha dicho, que es quien manda.



         Parece que las alaracas del triunfo insuficiente bajan de tono y los silencios de la coalición capaz de conseguir un gobierno, anda discutiendo la mejor manera de convencer a unos y a otros para salir de este atolladero en el que todos se encuentran, intentando dar forma a unos resultados que no se esperaban. Por cierto, un pequeño detalle del que oigo hablar poco. Hace cinco años, los independentistas catalanes rozaban el 50%. Después de estas elecciones se quedan en el 28%. ¿Podría esto querer decir que alguien ha acertado con la política en Cataluña y que otro alguien debería bajar el tono de las críticas al gobierno, a la vista de los resultados?. Vamos a terminar esta reflexión sobre los resultados electorales que pretende ser justa si bien no  ecuánime, sencillamente porque es imposible. Corramos un tupido velo y no molestemos a quienes se ocupan de las negociaciones discretas hasta ver si nos ofrecen lo antes posible la mayoría de gobierno que necesitamos.   



   

domingo, 30 de julio de 2023

RESACA


         Hasta el domingo pasado, que fue el momento de votar, habíamos vivido un importante empacho de balandronadas de todos los partidos, de encuestas augurando victorias y derrotas, hasta el punto que algunos, se dice, ya tenían configurados hasta los nombres de los ministros, que se daban por ciertos, con lo cual, llegó a dar la impresión de que las elecciones casi sobraban, salvo en el caso  de que coincidieran con lo que proclamaban los encuestadores y opinadores de turno. Y resulta que tuvieron que llegar las ocho de la tarde, hora de cierre de los colegios electorales para darnos cuenta de que esa y no otra era la hora de la verdad en la que íbamos a comprobar, sin lugar a dudas, lo que la ciudadanía había decidido con sus votos. No se tardó mucho en comenzar a sorprendernos porque los resultados que iban apareciendo en las pantallas a la velocidad del rayo no coincidían con las verdades que nos habían hecho creer las previsiones, antes de tocar un voto siquiera. No pretendo hacer sangre con los apriorismos que muchos tenían como verdades, al margen de los resultados que se veían en las urnas, pero que nadie conocía en el primer momento y prefiero dejarlo así.



         Después de cuatro horas de recuentro, velocidad fulminante a todas luces, nos topamos con la palmaria realidad que arrojaban los resultados finales en la que se dice quién gana, quien pierde y resulta que no coincide exactamente con lo que se andaba diciendo hasta el momento mismo de comenzar a contar los votos. Hoy ya tenemos la totalidad de los resultados, antes de ayer se contaron los últimos, correspondientes a los españoles que viven en el extranjero y que tienen su derecho a votar como cualquiera. Ahora sabemos lo que han dicho las urnas en su totalidad, sin que conozcamos incidencia significativa que pueda alterar el recuento. Como muchos ya tenían sus previsiones y la realidad de los datos no se los confirma, el recurso es el de intentar ofrecer una realidad a la medida, lo cual sería para reir, si no fuera para llorar.



         En el sistema español, los ciudadanos eligen a los representantes previstos por cada circunscripción, en función de la proporción espacial de España y de su población. Una vez que están elegidos todos los representantes, serán ellos los que tendrán que reunirse en las Cortes y forjar las mayorías capaces de sustentar el gobierno que disponga del apoyo necesario. Desde 1978, la Constitución española establece que el proceso sea éste y así es como hay que cumplirlo. Por supuesto, en cualquier momento la Constitución se puede cambiar para que diga otras cosas, pero está previsto también cual es el procedimiento para poderla cambiar. Desde luego no es por el gusto de nadie en particular sino cumpliendo unas reglas previstas de antemano. Y en ello estamos. Hay muchos que se muestran reticentes a cualquier cambio como si lo que fue acordado en un momento no pudiera ser distinto con el paso del tiempo o por la voluntad de las mayorías adecuadas. No tiene por qué haber ningún miedo al cambio cuando los procedimientos para hacerlo están perfectamente previstos y son los que son.



         Lo que no parece razonable es que, cuando a cualquier grupo le interese intente difundir una realidad a su medida para que el cambio se produzca en su beneficio, ignorando lo acordado por todos desde el principio. Otro bulo frecuente que se esgrime para la formación de mayorías es el de intentar que todos los votos de los representantes no valgan lo mismo y unos se consideren mejores que otros. En ningún sitio está previsto tal diferenciación y todos los representantes lo son ‘porque están avalados por los votos ciudadanos, piensen lo que piensen y vivan donde vivan. No sé si la resaca final de los resultados, a muchos nos haya nublado la vista y no nos permite ver la realidad como es y como todos la conocemos. Quizá la propia desazón de que las cosas no hayan salido como yo creía o como algunos me habían hecho creer me pueda llevar a montar una realidad a mi conveniencia…, por si cuela.       



domingo, 23 de julio de 2023

VOTAR


         Antes de levantarme, que lo suelo hacer alrededor de las seis y media de la mañana, ya andaba con el ceremonial del voto en la cabeza. En la última votación, hace unos tres meses, estaba doblando mis papeletas para meterlas en sus sobres y, por primera vez en mi vida, un señor muy educado se me acercó y me preguntó si necesitaba ayuda. Los temblores habituales de mis manos eran visibles y me dificultaban doblar las papeletas y meterlas en sus sobres correspondientes. En un momento cumplimentó mis preparativos, cosa que le agradecí con la misma  amabilidad con que se había ofrecido y pude ejercer mi derecho como si tal cosa. Pues antes de levantarme esta mañana ya no contemplaba mi votación pendiente, hoy es día de elecciones, de otro modo que el de que alguien me vea preparando mis papeles, con mis temblores correspondientes, y se ofrezca de nuevo a ayudarme a cumplimentar los preparativos. Si vuelve a ocurrir así, considero que se me pondrá muy difícil imaginar el ritual sin pensar el que alguien me ofrezca su ayuda porque mis dificultades no se van a suavizar en elecciones sucesivas. Al contrario.



         Lo referentes que nos muestra la vida sobre cualquier acontecimiento, se nos marcan a fuego y se incorporan a nuestra memoria como si las cosas nunca hubieran sucedido de otro modo. Inevitablemente, recuerdo haberlo comentado cuando los hechos de EEUU y después los de Brasil sucedieron, de modo que el día más importante de la democracia, que es el ritual en el que la ciudadanía introduce su voluntad en forma de voto en una urna de la que, una vez cumplimentada y recontada debe salir el poder legítimo que asuma el gobierno para un nuevo periodo electoral, bien con una nueva mayoría o con la repetición de la existente, en función de lo que los resultados de las urnas arrojen. Pues aquellas imágenes indignas de grupos de ciudadanos asaltando los congresos para imponer su voluntad arbitraria por encima de lo que hubieran dictaminado las urnas, rigurosamente escrutadas, con todas sus garantías. Ese fantasma también se ha hecho presente en España, en esta ocasión con el voto por correo, sin más argumento fehaciente que la prevención. Los datos, ahora que los tenemos, han dado un resultado record de afluencia y un proceso limpio.



         Todos sabemos de siempre que el proceso democrático está fundamentado en la fragilidad porque su valor final debe ser avalado por todas las fuerzas que han concurrido a cada uno de los procesos, o a la justicia en el caso que se detecte algún abuso manifiesto. No sé si podrá ser la incertidumbre de lo que no ha pasado o el exceso de confianza de alguna de las fuerzas contendientes, lo cierto es que todos debiéramos imponernos un poco de prudencia sobre nuestros miedos hasta disponer de los datos ciertos que nos puede haber arrojado el recuento final. Porque cualquier proceso no se termina hasta que los resultados finales no han dicho su última palabra y el aval de los participantes lo rubrica. De ahí su enorme dificultad y su grandeza. Cualquier salida de tono, protagonizada por un líder antes de tiempo, sin las debidas garantías, puede embarrar todo el proceso e introducir a la ciudadanía en un estado de duda y desconfianza que es veneno puro ante la fragilidad que el proceso lleva implícito de por sí.



         En cuanto termine mi comunicación dominical con este blog que me va dibujando semana a semana, me tiro a la calle a depositar mi voto, una vez más y, afortunadamente, ya van muchas que podemos contarlo. Me comerán los nervios a lo largo del día, lo sé, porque quiero que ganen los que yo voto, que considero que son los mejores en programa y en personas que lo defiendan y tendré que esperar hasta que los resultados finales pongan a cada uno en su lugar. Pero el nudo más fuerte que me anda por dentro del cuerpo no es si ganan los que yo quiero o no, con ser importante. Más decisivo todavía que la distribución del poder que arrojen las urnas es el hecho de que todos confiemos en que lo que se está haciendo es limpio y que los resultados deben ofrecernos confianza, tanto si se inclinan a nuestro favor como si no.   



domingo, 16 de julio de 2023

DEBATES


         Podría pensarse que andamos dando vaivenes y que lo mismo nos planchamos un huevo que nos freímos una corbata. Pero las cosas no son exactamente así. Las explicaciones suelen ser más simples. Sencillamente, uno no puede ignorar su condición de persona y cuando se siente afectado por su intimidad, como fue el caso de la semana pasada, aparca sus bártulos y entra al trapo, aunque salga el sol por Antequera. Pero trata de no ignorar sus interioridades, ni tampoco perder el pie de la actualidad, a ver si puede ir respondiendo, tanto a dios como al diablo. Esta semana se han celebrado dos debates políticos. Uno en Atresmedia entre el Presidente del Gobierno y el líder de la oposición y otro en la Televisión Pública con los portavoces de las principales fuerzas parlamentarias. Sobre los resultados, he leído uno que me cuadra bien y lo incluyo. El primero, sólo dos hombres, embarrado y lleno de mentiras, preocupados más por quién gana en la tele que por  por las propuestas que tenían que ofrecer. El segundo, pese al mayor número de participantes, más claridad en las intervenciones y mejor comprensión para los televidentes.



         Lo lógico hubiera debido ser que los dos candidatos, en el caso del primero, sobre todo, hubieran expuesto sus propuestas de gobierno las hubieran contrastado para que los ciudadanos pudieran crearse un juicio de valor sobre unas u otras y disponer de un juicio más fundado sobre ambas para emitir el voto en las elecciones del próximo domingo. La realidad fue muy otra y los contendientes se dedicaron a embarrar el discurso con continuas interrupciones y a mentir con sus acusaciones al contrario para quedar lo mejor posible ante el espectador, tanto si era verdad loi que se decían como si no.  El segundo debate, pese a disponer de más contertulios, gozó de mayor claridad y los argumentos de unos y de otros pudieron conocerse mejor. La gente que lo siguió pudo informarse de lo que cada uno decía, mientras que en el primero, al quedar más confuso, cada uno habló para su parroquia y los demás nos quedamos, siguiendo el rifirrafe, más o menos avergonzados, pero in conocer las propuestas de cada uno.



         La prensa de la semana ha dado ganador a uno o a otro, dependiendo de las afinidades ideológicas de cada uno. Los argumentos de ambos brillaron por su ausencia, a lo mejor eso es lo que se pretendía, con lo que, a fin de cuentas, quienes salieron perdiendo fue la ciudadanía que escuchaba frente al televisor, que debían haber sido los principales beneficiados. Como no creo en las casualidades, me inclino a pensar que algún asesor que no salió en la pantalla, porque los asesores siempre están escondidos, lo que buscaba era eso precisamente. Podríamos haber llamado al primer debate pelea de gallos, con lo que la gente hubiera dispuesto de mayor conocimiento sobre las verdaderas intenciones de ambos contendientes. Habría que seguir defendiendo los debates por la fuerza del directo y porque se oiga la voz de cada uno sin intermediarios, pero, al mismo tiempo, no estaría de más por parte de, propietarios de cadenas, intervinientes y demás miembros en conflicto, un mayor grado de honestidad para que a la ciudadanía llegue la verdad de lo que se busca, los distintos programas que se confrontan, no que gane mi candidato, aunque sea embarrando el debate y desfigurando, por tanto, la intención.



         Y con esa confusión sobre lo que pretendía ser claridad, afrontamos la última semana de campaña, confiando que cada quién se esté buscando la vida por su cuenta para disponer del mejor criterio a la hora de emitir su voto el próximo domingo. Los tiempos corren sucios y ya hemos tenido que escuchar dudas sobre si los votos por correo, que esta vez son casi tres millones, se habrán emitido correctamente. o no. ¿No le suena a nadie este discurso?. Es rubio, del otro lado del charco y se cree el amo del mundo. Hasta ahora no ha habido justicia que lo pare. Crucemos los dedos porque la verdad se imponga.  En este negro juego estamos todos involucrados.