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domingo, 27 de enero de 2019

MAGIA



         Esta mañana a las 12 se celebrará el funeral de córpore insepulto del pequeño Julen que cayó hace un par de semanas en un pozo de 25 centímetros de ancho y de 71 metros de profundidad. Su rescate ha sido una inmensa obra de ingeniería civil  de trece días de duración en los que se ha horadado en el monte de Totalán, en Málaga un pozo paralelo de un metro de ancho más o menos hasta la profundidad en la que estaba el pequeño y una vez alcanzada, con una jaula construida para el caso, los bomberos asturianos han bajado para realizar a mano otro túnel horizontal hasta donde se suponía que estaba el pequeño y allí lo han encontrado sin vida. Una vez visible, ha sido la guardia civil judicial la que se ha hecho cargo del cuerpo a la vez que comenzaba el atestado del caso para dilucidar la cantidad de incógnitas que deja sin resolver y que exigen explicación. Todo el país se siente hoy orgulloso de que no se ha escatimado en medios para llegar hasta donde se encontraba el cuerpo del niño de manera impecable. Yo también, la verdad.

         Dicho esto, los primeros datos de la autopsia realizada al pequeño, cuyo cuerpo ya se encuentra en poder de su destrozada familia, indican, como parece lógico, que murió seguramente el mismo día que cayó, a consecuencia de los golpes en la cabeza. No sé cómo es posible pensar otra cosa porque estamos hablando de 71 metros de caída. Aunque parezca terrible, me consuela saber que su sufrimiento debió terminar pronto. Lo que me parece inusitado y escandaloso es que hasta el último día de perforación el discurso era de que el niño pudiera estar vivo. Es cierto que en otras catástrofes hemos visto situaciones dramáticas en las que el más pequeño hueco de aire ha bastado para que la vida se mantuviera pero han sido trece días de espera y no quiero pensar, una vez que el drama se había producido, la agonía del pequeño si las previsiones que se decían desde fuera hubieran acertado.

         Una vez terminada toda esta catarsis colectiva y que el cuerpo de Julen reciba sepultura en la intimidad como ha pedido su familia, todos debemos recogernos un poco en nosotros mismos y meditar sobre los límites de nuestras ideas que en pleno siglo XXI son capaces de poner en pie un discurso completamente mágico sobre la desgracia de un pequeño y mantener en vilo una tesis a todas luces inexplicable que la verdad ha venido, afortunadamente para el pequeño, a poner en su sitio. Los dramas suceden y nos dejan destrozados. Pienso en su familia y me estremezco, tanto más cuanto que hace algo más de un año ya perdieron a otro hijo de tres años por muerte súbita en un día normal de playa. Pues aun así hay que hacer de tripas corazón y retomar la vida, sacando fuerzas de flaqueza y huir de ideas rocambolescas para que el recogimiento y la realidad sea la que nos vaya reconciliando de nuevo con la vida.

         Estas situaciones tan singulares muchas veces nos empujan a sacar conclusiones como si ellas fueran lo normal. Y no es verdad. Lo normal, a pesar de todo, sigue siendo el día a día, las rutinas sencillas de cumplir un horario razonable, de salir a la calle y pasear con los pequeños sabiendo que la seguridad de sus movimientos nunca puede ser total pero sí se produce con altas dosis de confianza y de que no podemos acobardarnos por más que secuencias como la que acabamos de vivir nos hagan temblar en un momento determinado. Eso y que la justicia sea ahora la que tenga que depurar hasta el final todo el cúmulo de circunstancias que han dado como resultado el que en pleno campo alguien sea capaz de hacer un pozo y que se encuentre abierto a plena luz. Sabemos que no es el único en Andalucía y los poderes públicos deben dedicarse a perseguir estas anomalías en vez de compartir tesis mágicas cuando la realidad se está manifestando  a nuestro alrededor cada día, para mal y para bien.


domingo, 20 de enero de 2019

GARANTÍA



         En estos momentos España entera se encuentra con el alma en un hilo por el hecho dramático de que un pequeño de dos años ha caído por un pozo de 25 centímetros de ancho y 71 metros de profundidad cerca del pueblo malagueño de Totalán. Hoy se cumplen siete días de angustia porque todo el conocimiento humano conocido no ha sido capaz, de sacarlo en un suspiro, que es lo que hubiéramos querido. La vida no es una garantía sino que allí había un pozo abierto que no tenía por qué estar y los niños juegan y andan por el campo y comen gusanitos y no conocen los peligros que puede haber al alcance de sus pies. Se está horadando el monte para acceder hasta donde se sabe que está el pequeño Julen en una carrera desesperada porque cada minuto de espera es una angustia colectiva que crece y que no puede entender cómo ocurren dramas semejantes. Al mismo tiempo un pequeño de cuatro años ha muerto de un tiro durante una cacería en la que participaban sus familiares. Apenas se le ha prestado atención a la noticia.

         En la frontera sur de EEUU se concentran grupos de inmigrantes de países centroamericanos y las autoridades del norte separan a los pequeños de sus familias porque esa parece ser la mejor fórmula que conocen de lograr que no traspasen la frontera y terminen entrando. El presidente Trump tiene a su administración paralizada y a los 800000 funcionarios sin cobrar hace más de un mes como medida de presión para que el Congreso, con mayoría demócrata, le apruebe fondos para levantar el muro al que se comprometió como medida estrella en la campaña en la que fue elegido hace dos años. Cada día, sin ir más lejos, están muriendo niños en el Estrecho de Gibraltar en los brazos de sus madres encima de barquichuelas de juguete en las que se juegan la vida y muchos la pierden intentando llegar a este primer mundo con el que sueñan y que no sabe qué hacer para encontrar muros eficaces que mantengan la miseria separada de la abundancia, como si eso fuera posible.

         La vida no es ninguna garantía. Es verdad que hemos alcanzado importantísimas cotas de conocimiento y bienestar pero al mismo tiempo nuestras propias injusticias e imprevisiones nos tienen con el alma en un hilo por unas razones o por otras y creemos que avanzamos sólo por el hecho de encontrarnos en una zona del mundo en la que los bienes materiales circulan con fluidez. De pronto nos topamos con un tiro que no se dirige a su objetivo y que encuentra en su trayectoria a un pequeño de cuatro años y nos frena en seco y nos sirve de espejo que nos muestra nuestra fragilidad. O sin venir a cuento, otro pequeño que pasea comiendo gusanitos por un monte junto a su familia se encuentra con un pozo de 25 centímetros de ancho que no tenía por qué estar donde estaba y nos sume a todo el país en una angustia insoportable que no somos capaces de resolver tan rápido como quisiéramos. o alguien piensa que el mundo se puede parcelar con fronteras y se empeña en imposibles y pone patas arriba a su país si hace falta o los mares que nos unen se convierten en cementerios que nos separan producto de injusticias que hemos fabricado con el tiempo.

         No. La vida no es ninguna garantía. Como mucho un libro abierto en el que podemos leer cosas, si queremos, que están pasando continuamente. De sus mensajes podemos extraer lecciones de todo tipo porque al final lo que está escrito tiene que ser interpretado por la voluntad de quien lo lee de modo que un mismo hecho: una patera, un  muro, una escopeta, un agujero, que son situaciones inocuas de por sí, se convierten en mensajes tan diversos según quien los mire, que nos tienen aquí entretenidos discutiendo sin parar si son galgos o si son podencos mientras los más débiles sufren cada día las consecuencias de esos peligros o injusticias perfectamente reales a la espera de que seamos capaces de ponernos de acuerdo en lo que verdaderamente está pasando con lo que tenemos delante de los ojos. No hay peor ciego que el que no quiere ver y creo que en ello estamos.


domingo, 13 de enero de 2019

ABRIGO



         Nunca llegué a tenerlo pero recuerdo que los niños pequeños, para el control de sus esfínteres lo que llevaban era unos pantalones cortos como todos, con sus tirantes y abiertos por abajo por completo de modo que cuando querían satisfacer alguna necesidad no tenían más que abrirse los pantalones y hacerla  donde se encontraran. Los que disponíamos de un nivel de pobreza semejante pero algo más de distinción llevábamos el mismo tipo de pantalones, cosidos por abajo, con su bragueta correspondiente y varios botones que podían desabrocharse en caso necesario y como ropa interior unos pantalones de lienzo abiertos por delante que daba imagen de algún mayor abrigo pero de una estética endemoniada. En los primeros años no recuerdo haber sentido otra cosa que la sensación de cierto cuido en comparación con los de los pantalones abiertos pero cuando descubrimos la moda de los slip la vergüenza era morrocotuda porque la estética de nuestros calzoncillos dejaba mucho que desear ya que los hacían las madres como mejor sabían.

         Como profesional de la primera infancia durante alrededor de 30 años he visto casi de todo. Muchas veces petos apretadísimos casi imposibles de permitir el acceso a unos trozos de plástico llamados "picos" que sujetaban los pañales de gasa de algodón que almacenaban los excrementos y que se cambiaban varias veces a lo largo del día. Las dificultades eran de tal calibre que recuerdo haber discutido más de una vez en reuniones técnicas algunos tipos de vestimenta tipo chándal que facilitara la sujeción en la cintura y la bajada y subida con facilidad para las personas responsables del mantenimiento de la higiene y para los propios interesados en el momento en que ya empezaban a controlar esfínteres hacia los dos años más o menos. Las niñas no solían tener estos problemas si venían vestidas de niñas pero los inviernos de Granada son muy duros, esta mañana marca el termómetro 6 grados bajo cero, y para mitigar el frío terminaban todos con la misma vestimenta más o menos.

         Después de muchas discusiones comentando las ventajas e inconvenientes para alcanzar algún tipo de uniforme que respetara el abrigo de los meses de invierno a la vez que la facilidad del cambio de pañales cada vez que fuera necesario terminamos por abandonar la idea por miedo a que todos pudieran ir iguales, cosa que hemos odiado siempre, si bien explicábamos a las familias la conveniencia de huir de los petos y buscar formatos de ropa tipo chándal que pudiera ser de abrigo pero que permitiera bajarse y subirse con facilidad para los que teníamos que responder de la limpieza de los pequeños o incluso para ellos mismos cuando ya su edad y conocimiento permitía que fueran aprendiendo a controlar sus esfínteres. Para la limpieza se ha usado el jabón líquido y esponjas, que llegaron a ser individuales por cuestiones de higiene y que han terminado en la aberración de las toallitas de un solo uso que ahora tienen atorados a miles de desagües porque son muy resistentes y no circulan por las cañerías con la fluidez imprescindible.

         Terminamos hablando de ropa de abrigo o mejor adecuada para la higiene sin que tuviera carácter de uniforme pero que sí respetara unos criterios de facilidad de acceso a los cambios imprescindibles de pañales en caso necesario a la vez que garantizaban el abrigo en los pelones días del invierno granadino. En aquellos momentos las discusiones tenían alguna utilidad pero ahora que ya estoy fuera del circuito laboral paseo por la calle y veo algunos monos de plástico de una sola pieza y me acuerdo de lo incómodos que tendrán que ser para los cambios de pañales. No digamos si son ellos mismos los que tienen que encontrar la fórmula de acceder a los cuartos de baño para controlar sus esfínteres. Comprendo que es difícil conseguir los equilibrios para la mejor satisfacción de las necesidades de cada momento, pero me doy cuenta de la fuerza del comercio, que es el que al final termina imponiendo su ley.


domingo, 6 de enero de 2019

TRADICIONES



         A primeros de diciembre sufrimos el ataque comercial del Viernes Negro que nos pilló en plena temporada y nos hizo descomponer la estructura que teníamos montada de temporada hasta fin de año y a primeros de enero Las Rebajas. Ahora tenemos Viernes Negro más Rebajas. No sé cómo van a resultar las cuentas del comercio con este contratiempo de fechas. Hoy celebramos Los Reyes Magos y teóricamente los pequeños de la casa a través de una serie de rituales absurdos que si calcetines, que si mantecados, que si una copa de anís terminan levantándose a recoger los regalos que habían pedido. Pero ya no nos acordamos, según parece, de que al principio de las vacaciones apareció venido de los hielos del norte el viejo de las barbas blancas y mono rojo, al que llamamos Papá Noel, que nos traía también regalos en su trineo tirado por unos cuantos renos. O sea que ahora tenemos regalos al principio y regalos al final. Como si la vida fuera un continuo regalo que nos merecemos por nuestra bella cara.

         Cuando a mí me tocó hacer de padre de pequeños decidimos que nos íbamos a adaptar al tiempo de vacaciones y que los regalos que acordáramos se pondrían a disposición los primeros días para poder disfrutar durante más tiempo de ellos. Porque cuando fui niño y estuve sometido a la tiranía de los Reyes Magos lo que sí viví fue todo el tiempo de vacaciones de Navidad con un tipo de vida completamente normal, más preocupado de la recogida de la aceituna, que es en esta época,  con la conciencia de que el día 6, o sea hoy, algo aparecería por ahí para jugar, pero ya sin mucho chiste porque por más que te ilusionaras, al día siguiente empezaba el cole de nuevo y los juguetes desaparecían como por ensalmo. Puede que a lo largo del año aparecieran algún día especialmente señalado o directamente los dejaríamos para el año próximo que volverían a salir como si fueran nuevos. Montábamos el nacimiento y todo, pero no tenía una relación directa con los regalos, cuya utilidad iba por otro lado.

         Mi hija Alba cogió la costumbre de secuestrar al niño Jesús del nacimiento el primer día junto con un pollito amarillo muy vistoso que ponía ella y nuestro Belén se pasaba todo el tiempo sin el niño porque no había modo de que la Alba devolviera al niño hasta que llegaba la hora de deshacer el Nacimiento. Este año nos ha confesado que todavía guarda al niño secuestrado y al pollito, después de unos 35 años que ya no ponemos Nacimiento. Se ve que terminó fijándose en esas dos figuras y las ha incorporado a sus tótem personales de modo que los guarda como oro en paño entre esos enseres que cada uno tenemos, unos de valor material y otros no, pero que forman parte de nuestra estructura de recuerdos y que para nosotros son verdaderos tesoros. Quiero pensar que algo así hará cada familia para no verse  envuelta en la vorágine comercial en la que no falta día que no haya una razón para hacerlo fiesta.

         Nosotros teníamos unas tradiciones concretas. Mejores o peores, pero nuestras. Lo que pasa es que el imperio americano nos ha colonizado por la vía de la dominación económica y a eso no hay quien se resista por lo visto. Hemos incorporado sus nuevos cánones de comportamiento pero no hemos renunciado a los nuestros, con lo cual, entre unas cosas y otras, no hay día que no tengamos nuestras buenas excusas para vaciar el bolsillo de lo mucho o de lo poco que tenga, que parece ser que es el verdadero sentido de tanto jolgorio. En España se dice que el turismo se ha convertido en la primera industria nacional. O sea que lo de conocer el mundo y las culturas son cuentos españoles. De lo que se trata es de meter en el territorio patrio la mayor cantidad de personas posibles y desalojarles los bolsillos aunque para eso tengamos que cantarles el gorigori si hace falta. Pues algo así nos pasa con la magia de estas fechas por más que disfracemos a la mona con luces de colores.


domingo, 30 de diciembre de 2018

IRENE



         Acaban de comunicarme desde la organización a la que ella pertenecía ROSA SENSAT que Irene ha muerto. Así, sin más. Irene Balaguer Felip, hija intelectual de Marta Mata i Garriga que en paz descanse. Dos mujeres que son orgullo de Cataluña y de España, ambas presidentas del Consejo Escolar del estado español dedicaron su vida a la educación como primera militancia, aunque vivieron adscritas al Partido Socialista de Cataluña. Su prestigio personal hace que tengan que ser necesariamente un referente en la educación de este país y que aunque su cuerpo ya no esté, su memoria perviva cada vez que los educadores queramos pensar en la dignidad profesional y en el compromiso por la mejora educativa.
        
Conocí a Irene en el INCIE de Madrid en 1974 en unas Jornadas sobre la primera infancia y desde entonces hemos vivido unidos por el empeño en dignificar esta primera etapa de la vida, ella desde su privilegiada posición en Barcelona, siempre de la mano de Marta y todos los demás seguros siempre de que su colaboración para cualquier iniciativa sobre el tema tendría, sin duda, la inestimable colaboración de ambas. Yo confieso haber dicho muchas veces que la distancia más corta desde Granada era Barcelona, 1000 km, después Madrid, 500 y por último Sevilla, 250. No es por desmerecer a nadie pero hablar de Educación Infantil con Barcelona era saber que la sintonía y la comprensión estaban aseguradas. Esta foto que veis de Irene no es la mejor ni mucho menos, pero la tomé yo en un congreso en Murcia y tiene el valor de lo propio, el mismo que os quiero transmitir hoy sobre una persona valiosa para la educación de la primera infancia.

         En ese mismo congreso de Murcia fraguamos lo que después sería la revista INFANCIA, tanto en castellano como en catalán que en poco tiempo se convirtió en un referente del rigor y de la autenticidad sobre los contenidos ideológicos y educativos de los primeros años de la vida de las personas. Años después se llegó a publicar una versión para Europa y para el mundo entero con los más brillantes extractos obtenidos de nuestras propias versiones. La casa de Irene ha sido mi casa cada vez que hemos tenido algún acontecimiento en Barcelona, que han sido muchos y he asistido a algunos de ellos con la profunda confianza de que estaba en mi casa y con mis amigos intelectuales y personales.

         A estas alturas de la vida sé de sobra que un día nos moriremos todos y que hoy le ha tocado a Irene como hace unos años le tocó a Marta y como cualquier día me tocará a mí. Ningún dramatismo por tanto sobre el acontecimiento pero como el acto de sentir es libre y personal quise cuando Marta sentirlo mucho y hoy con Irene, más cercana a mí por edad y por vivencias comunes os lo comunico con todo el sentimiento de que soy capaz, aunque las lágrimas me las guardo para mi intimidad, para que quienes la conocisteis lo podáis compartir y quienes no, podáis saber que os habéis perdido el contacto con una gran persona, con una trabajadora infatigable en favor de la primera infancia y con una ambiciosa empedernida en encontrar las mejores ideas para aportar a este sector educativo.

         Espero que su familia pueda tener acceso a estas sencillas palabras que sabrán que salen de la cabeza de un amigo y de la autenticidad de un compañero que la ha respetado siempre como persona y que la valora hoy en su ausencia para que su memoria nos sirva a todos como acicate para saber que el camino es largo y que personas como Irene nos enseñan que no hay que desfallecer porque la primera infancia merece todo el esfuerzo que seamos capaces de poner a su servicio.
         Irene, querida amiga y compañera, tú no morirás mientras yo viva y siempre te tendré como ejemplo de dignidad profesional y de compromiso político en favor de los más pequeños.  


domingo, 23 de diciembre de 2018

INVIERNO


         Apenas hace unas horas que este invierno se ha instalo entre nosotros. Nada fuera de lo normal. Una vez más se cumple el ciclo de la vida y en este momento es lo que toca. Para mi si hay un cambio que quiero compartir. Es posible que me haya puesto hasta pesado con los días que iban ganando oscuridad y lo venía sintiendo casi con agobio físico. Este año lo he percibido en algún momento. Es posible que con el paso de los años cada vez se vaya uno pareciendo más a un niño. No me extrañaría. Lo cierto es que se asocia el sol y la luz natural con el jolgorio y la alegría y, por el contrario, la oscuridad con el recogimiento y la reflexión. El hecho de que los días más cortos del año coincidan con las vacaciones de navidad hace que sean las familias las que tengan que bregar con lo más oscuro del año. He salido alguna vez de compras y he podido constatar el creciente empeño del comercio por combatir la oscuridad con millones de luces.

         Este año especialmente parece que hemos tirado la casa por la ventana en gasto de iluminación artificial. Como si nos hubiéramos creído que la luz tiene alguna simbología con nuestro mundo interior, aunque solo se trate de unas cuantas bombillas. Quiero suponer que las nuevas maneras de iluminar no significan directamente más carestía porque estamos llegando a ciertas cuadraturas del círculo y somos capaces de iluminar más las ciudades con tipos de luz más barata. Muy cerca de donde vivo, Granada, es donde al parecer se produce el milagro. Un pueblo de Córdoba, Puente Genil se ha convertido en la meca de las iluminaciones. Empezó en su momento alineando bombillas normales y hoy goza de una potente industria de la iluminación extensiva con los últimos adelantos tecnológicos capaces de producir a gusto del consumidor más exigente los diseños más arriesgados que iluminan cualquier noche de España y hasta del mundo. Me alegro por mis vecinos y les deseo el mejor de los futuros.

         Quiero volver de todas formas a nuestro asunto persistente de preocuparnos por los menores  y ligarlos con la luz, de ahí el ejemplo manifestado, porque cada vez se ven menos pequeños por las calles. La prisa se nos ha metido en el cuerpo de tal manera que ya somos incapaces de andar con nuestros hijos tranquilamente por la calle e invertir el tiempo suficiente como para que ellos puedan mirar cada uno de los miles focos de atención que los llaman. Permitirles que se vayan parando en todo aquello que deseen, que toquen lo que necesiten y que vayan conociendo la vida por sus propias experiencias y a su ritmo. Somos capaces de diseñar los artilugios más modernos para facilitarnos la vida pero parece que a la vez nos negamos a disfrutar de ella utilizando el tiempo para satisfacer nuestra curiosidad y para gozar de todo lo que la realidad nos ofrece.

         Con lo cual vivimos en un contrasentido. Tenemos a nuestro alcance más elementos de gozo que nunca. He puesto como ejemplo el de la iluminación urbana porque parece que este año destaca de manera especial. Como si nos hubiéramos vuelto locos por la luz o por las luces pero curiosamente estas posibilidades no ofrecen como resultado un disfrute más pleno, sobre todo para los más pequeños en los que se nota especialmente la ausencia de tiempo disponible para el goce. Y es precisamente el tiempo el que nos puede y nos debe facilitar el goce. Todos los recursos nos sirven como la hierba a los rumiantes. Es importante que ingieran cantidad suficiente para llenar la panza pero si luego no son capaces de emplear el tiempo para rumiar lo ingerido, no se producir la alimentación. El exceso de luces como el aluvión informativo que nos llega a través de las redes sociales nos llena la mente de sensaciones que precisan de tiempo de digestión mental para que no nos convirtamos en seres repletos de datos pero vacíos por completo de elaboración mental indispensable para transformarlos en conocimiento. 
  

domingo, 16 de diciembre de 2018

INTERCAMBIO



         Más de una vez y siempre de manera injusta, los profesionales de la educación hemos lamentado entre nosotros que para ser padres no se necesite ningún examen. Es cierto que a veces uno ve lagunas en las familias que resultan inexplicables pero no es menos cierto que en nosotros mismos, a poco que nos analicemos, esas lagunas que censuramos o de las que nos lamentamos las vivimos nosotros mismos con nuestros propios hijos ante los que ya no estamos obligados a manifestar ningún disfraz profesional. Es más, también hemos llegado a comentar que no hay pequeños menos permeables a nuestras propuestas educativas que los hijos de compañeros. Es como si nos llegaran vacunados e impermeabilizados y fueran especialmente reticentes. Recuerdo una compañera que nos comentaba que su hijo adolescente le recriminaba con sarcasmo: ¡A ver qué dice la pedagoga! Y eso era lo que más le dolía a su madre.

         No digo que no tengamos razones para reaccionar de manera tan injusta y tan arrogante porque a lo largo de la jornada de trabajo uno ve cosas y situaciones que le resultan difíciles de digerir pero es que también es difícil aplicarnos como profesionales la autocrítica suficiente para entender que nosotros nos dedicamos a mirar a los demás pero al mismo tiempo formamos parte de ellos y cuando terminamos nuestro trabajo participamos  de los mismos vicios que denunciamos. Si hay una imagen que ofrezca como nadie la propuesta más justa de la vida afectiva y emocional es la de un mercadillo callejero. Todas las personas que se acercan, tanto si venden como si compran, lo hacen pensando que van a conseguir lo que buscan a buen precio. No creo que a nadie en un mercadillo le vayan a pedir otro certificado que no sea el de persona y allí se sabe como en ningún otro sitio que cualquier cosa tiene un precio y que hay que ingeniárselas por conseguir lo que uno busca lo más barato posible y eso se consigue regateando.

         Entre los pequeños la convivencia siempre es un regateo en el que cada uno intenta conseguir lo que quiere y sabe que tiene que ofrecer algo a cambio porque en esta vida nada es gratis. Sé que me repito como una comida indigesta pero es que hay vivencias que nos aleccionan de modo que nos sirven de paradigma para aclararnos nosotros y para explicar fenómenos que de otro modo nos las veríamos y nos las desearíamos. Cuando Alba y Fernando querían jugar a padres y madres todo era delicioso, pero no contaban con Cristian que se metió en medio y exigió ser el padre. Tuvieron que ingeniárselas haciendo que Fernando fuera el perro para que Cristian los dejara en paz y ellos se alejaron de su zona de influencia para seguir jugando, que era lo que querían, pero no como padre y como madre que hubiera sido su deseo, sino como madre y como perro para tener la fiesta en paz.

         Todo este juego de intereses elementales que están presentes en el comportamiento humano son los que configuran la convivencia y no están relacionados exactamente con los niveles culturales por más que la cultura tenga su importancia sino que forman parte del trasiego o intercambio en el que se fundamenta la vida. No es extraño, y creo que todos lo hemos vivido, encontrarnos a personas que no disponen de una gran cultura y que los vemos desenvolverse en la vida de forma superior. Y al contrario. También nos encontramos con personas de alto nivel cultural que no son capaces de salir de atolladeros familiares o sociales que la vida les pone delante y se les atragantan. El entramado de la vida no tiene una correspondencia directa con la estructura social de valores en la que nos desenvolvemos. Creo que es más sensato que nos acerquemos unos a otros con la conciencia de que todos tenemos algo que ofrecer y que todos sabemos que cuando uno quiere algo sabe que tiene que pagar un precio por ello y que eso no es un mal fundamento para la convivencia.