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domingo, 18 de febrero de 2024

POLARIZACIÓN

 

         Esta palabra que titula el texto de hoy pertenece perfectamente a nuestra lengua. Yo la asocio al terreno de la ciencia y, como tal, se la ha venido utilizando con toda normalidad. La cuestión es que, de un tiempo a esta parte, se ha puesto de moda para denominar ese enfrentamiento casi irreconciliable entre las distintas opciones políticas. Lo que tendría que ser la saludable discrepancia en la defensa de opciones diversas sobre la interpretación de la vida, que formaría parte de la verdad de cada problema, no sería más que el conjunto de distintas opciones posibles, todas legítimas y necesarias para dar validez a la diversa realidad, que se completaría con las distintas interpretaciones posibles. El mal uso prolongado en el tiempo, da como resultado la situación de polarización que vivimos. Podríamos definir las distintas posiciones como partes o aspectos parciales de una verdad común, imprescindible sin cada una de las opciones posibles. No sé si el mal uso consentido y dilatado en el tiempo termina distorsionándose y haciendo que cada opción o interpretación de la realidad necesite, para reafirmarse, prescindir de cualquier argumento que no sea el suyo propio, con lo cual, el resultado final, necesariamente tiene que ser parcial e inexacto.



         Se entra en un bucle interpretativo en el que cada opción, perfectamente legítima por otra parte, adopta la costumbre de ignorar cualquier argumento que no sea el propio e intenta imponer una explicación sobre lo que acontece, que no tiene en cuenta más que su propia explicación, con lo cual los distintos discursos que tendrían que formar parte de un resultado final unitario e integrador, se convierten en argumentos excluyentes que ignoran todo lo que no forme parte de su argumentario, sencillamente y, por tanto,  en enemigo a batir. Si nos paráramos un poco y enfriáramos la reflexión de cada uno, tendríamos que concluir que no hay argumento que pueda salir delante de manera estable si no dispone de componentes de los distintos miembros en litigio y que ignorar a cualquiera de ellos, significa mantener vivo el conflicto, sin posible solución.



         De esta deformación de uso ha salido la polarización de marras y ahora andamos con ella debajo del brazo cada uno, ignorando el resultado ineludible. No hay resultado posible si no se cuenta con las posiciones de cada uno de los contendientes ni verdad duradera que ignore los argumentos de cada uno de ellos. No sé en qué momento se llega a enfrentamientos tan excluyentes. De lo que sí estoy seguro es que a base de excluir partes del discurso común no habrá manera de consensuar nada y, por tanto, el conflicto permanente campará por sus respetos sin solución a la vista. Dicho de otra manera: para encontrar un resultado que permita soluciones de futuro es imperativo bajarse del burro todos los componentes en conflicto, reconocer cada uno a su vecino y aceptar partes del discurso que no sean las propias para que los miembros en litigio se sientan integrados en el discurso final. De lo contrario no podrá haber ningún acuerdo porque el sector que se sienta excluido no aceptará solución alguna hasta que una parte de su argumentario no esté presente en la solución final.



         Podríamos decir, por tanto, que bien está la polarización para el campo de la ciencia, de la que nació seguramente, porque en el terreno político, todo lo que huela a polarizar llevará implícito el estigma de .la discordia, por afirmación del discurso propio y por exclusión o ignorancia del contrario. Lo estamos viendo en el mundo entero. Todo lo que no sea alcanzar pactos en los que las distintas opciones se sientan integradas de alguna manera, no pueden significar acuerdos de futuro. Es cierto que las soluciones integradoras suelen resultar incómodas para las distintas partes. Nadie puede sentirse demasiado satisfecho porque tiene que haber cedido un espacio suficiente para verse dentro del conjunto, pero sabiendo que partes de su verdad siguen pendientes. Me siento ridículo con esta explicación, que considero tan simple, porque no entiendo cómo no se entiende.



domingo, 11 de febrero de 2024

ADOPCIONES

 

         Esta semana hemos sido conmocionados  por la noticia de que dos hijos, de 13 y 15 años, han matado a su madre adoptiva de una puñalada en el cuello y, después, intentaron huir. Lo primero que se me ha venido a la mente ha sido el asesinato de Asunta Basterra, aquella niña gallega de 12 años, a manos de sus padres adoptivos, hace unos años. En ambos casos se hizo hincapié en la cualidad de adoptados de los menores. Las noticias no afirmaban en ninguno de los dos casos la condición de adoptados de los menores como determinantes en la tragedia pero el mismo hecho de que lo mencionaran sin más, hace que el sentido de la información, hace que quien  lo lee fije su criterio en esa cualidad, en el primer caso para responsabilizar a los padres de Asunta como si la niña no estuviera suficientemente querida y hasta envidiada por el punto de genialidad que, al parecer, manifestaba. En el caso de los dos hermanos ha quedado la imagen de que puede haber sido la excesiva rigidez normativa de la madre la que puede haber desencadenado la tragedia porque los rendimientos académicos de ambos, al parecer, eran muy buenos.



         Creo que sería justo desligar la idea de la adopción de los trágicos resultados finales en ambos casos porque, desgraciadamente, entre uno y otro caso, hemos tenido noticias de menores maltratados y muertos por sus progenitores con los argumentos más diversos, sin que la paternidad sea cuestionada por más que los resultados, en esos casos, hayan resultado lo mismo de trágicos. Tradicionalmente venían apareciendo en los medios el psicólogo de la Fiscalía de menores de Madrid Javier Urra o el Juez de menores de Granada Emilio Calatayud como expertos universales que nos hacían una serie de comentarios para informar al público ignorante sobre estos comportamientos extremos que nos conmueven durante el tiempo de vida que dura una noticia, cada vez más corto por cierto. En este último caso, el juez Calatayud no se ha hecho presente, a pesar de que sigue ofreciendo comentarios y hasta algún libro sobre las sentencias originales que en algún momento lo pusieron de actualidad..



         Estos hechos que nos alarman en un momento determinado, por su excepcionalidad y dramatismo, creo que debieran tratarse como situaciones posibles del mundo en que nos movemos, hablar de ellos, si se quiere, alejando lo más posible las situaciones extremas con  las que se muestran en los medios porque estoy seguro que si analizáramos con una cierta profundidad y rigor, podríamos aprender que protagonizar situaciones tan límite son las menos y se diluyen si las integráramos como partes de la normalidad de la vida, por más que en el momento en que se produzcan, nos puedan parecer insólitas. El transcurrir de la vida nos lleva y nos trae por situaciones que debiéramos compartir con detenimiento sin tener que ponernos las manos en la cabeza a cada paso, sobre todo porque la actualidad nos destaca cada vez más detalles que nos pueden sorprender y que en realidad se nos convierten en motivos de deslumbramiento repentinos, pero que terminan influyendo muy poco en nosotros, que vamos acostumbrándonos a todo, o, incluso, destacando siempre los picos atractivos de las noticas y menospreciamos el acontecer cotidiano de la vida, en el que  estamos la mayoría de los que vivimos.



         Mi propuesta sería que aprendiéramos a interesarnos lo más posible por los muchos ámbitos de normalidad, tanto si los conocemos por la prensa, cosa que veo difícil si adolece de algún motivo de impacto, o los conocemos cada uno por las propias experiencias que vivimos en nuestro ámbito más cercano. Seguro que podremos comprobar que son la inmensa mayoría de los casos. No digo con esto que las excepcionalidades, que cualquier día nos impresionan por su crudeza, debamos ignorarlas. Seguro que nos pueden ser útiles para saber que la vida nos puede sorprender en cualquier momento, pero sin  olvidar que el grueso de la información con la que vivimos, está compuesta de situaciones sencillas que nos ilustran y nos sujetan al mundo.     



domingo, 4 de febrero de 2024

AGUA

 

         No descubro nada si afirmo que estamos inmersos en  un ciclo de sequía. En otros tiempos también los hubo y, probablemente, las reservas hídricas no eran tan cuantiosas como las que teníamos almacenadas en pantanos. Quizá, por eso, hemos venido anunciando que las reservas descendían, sobre todo en Cataluña y en Andalucía, pero íbamos tirando de reservas hasta que hemos llegado a un nivel en  el que, las hayamos llevado a bajo mínimos y puede que hayamos llegado a un punto en el que tenemos que ver medidas que no conocíamos hasta el momento. Históricamente, si llovía comíamos y si no llovía, nos moríamos de hambre. Con el tiempo nos habíamos dotado de embalses y hemos acumulado reservas que han suavizado las sequías y hemos dado tiempo a que vuelvan las lluvias antes de verle las orejas al lobo, pero vemos que el agua no llega y las medidas tradicionales se agotan. Quizá también hemos llegado a pensar que no dependíamos tanto  del agua como dependemos y, en vez de moderar su uso, hemos llegado a pensar que todo el monte es orégano, y hemos llenado el suelo patrio de necesidades acuíferas y nos estamos quedando a cristo mío porque no llueve lo que necesitamos y porque cada día necesitamos más.



         No me voy a detener mucho en el descubrimiento de los acuíferos, con los que en origen no contábamos y, con el paso del tiempo, supimos que suponían un importante colchón para tiempos de vacas flacas. Aparte del socorrido recurso de salir en procesión para rogar a dios para que se diera cuenta de nuestras faltas y abriera las compuertas de una vez, como si la solución fuera llegar y topar. Ya las rogativas no se ven tanto, pero todavía se hacen presentes de vez en cuando. A pesar de que la ciencia nos ha abierto tantas puertas, todavía acudimos a la magia divina, por si acaso. Mientras tanto, la idea de moderación de las necesidades se ha ido alejando y, de hecho, nos comportamos como si el gasto de necesidades no tuviera límite y parece que nos hemos convencido de que podemos necesitar sin límite y la realidad nos está diciendo que de qué.



         Si las previsiones sobre el cambio climático se confirman, y parece que lo van haciendo, no es que hoy llueve poco y esperemos a mañana, sino que mañana lloverá menos y tendremos que acostumbrarnos a vivir utilizando menos agua porque los ciclos de lluvia se nos están secando, entre otras cosas, porque nuestras previsiones nunca se han moderado, sino todo lo contrario. Ya se habla de acercar grandes barcos a algunas desaladoras que hemos ido construyendo en lugares estratégicos, llenar los barcos de agua dulce y transportarlos a los lugares donde la necesidad es más apremiante. Nos resulta chocante la medida, sencillamente porque, hasta el momento, ni nuestras posibilidades lo permitían, ni disponíamos de sistemas de transporte que hicieran factible tal medida. Quizá un recurso semejante nos pueda permitir unos pocos días de margen para mitigar nuestras necesidades. Tampoco estaría de más que estudiáramos nuestras necesidades y viéramos si no hemos llegado demasiado lejos y pueda haber llegado el momento de pisar un poco el freno.



Las necesidades de gasto han aumentado tanto que no nos va a bastar con un sólo recurso y vamos a tener que usar de todas nuestras posibilidades, haciendo uso de nuevas maneras de ayuda y, al mismo tiempo, moderar los niveles de gasto que se convierten en escandalosos si miramos hasta dónde hemos llegado. No me considero capaz de discernir sobre los complementos que puedan ser necesarios en un futuro próximo o los aspectos susceptibles de moderación que se puedan acordar. Lo que sí parece cierto es que no parece andar muy lejos y los recursos de que nos hemos ido dotando, más los que hemos ido descubriendo, se van agotando por momenos y nuestras necesidades no disminuyen, sino todo lo contrario. Podríamos ser un poco humildes y aprender a  vivir moderando nuestras necesidades en aspectos que sean asumibles y acercarnos a los nuevos ciclos que nos impone la vida. 


 

domingo, 28 de enero de 2024

CLIMA


         Este invierno hemos podido vivir en el norte de Europa, Suecia por ejemplo, hasta 42 grados bajo cero mientras en el Mediterráneo sur alcanzábamos los 28 grados positivos. La distancia entre los dos puntos no alcanza los 4000 kilómetros, Las opiniones más autorizadas afirman, cada vez con más rotundidad, que la mala intervención humana está detrás de estas diferencias abismales entre formas de vida tan dispares y, a juzgar por la tibia toma de conciencia sobre las medidas que tendríamos que tomar a gran escala y no tomamos, no parece que podamos corregir con medidas eficaces, determinadas anomalías que ya estamos viendo y que nos van llevando a situaciones desconocidas hasta el momento y para las que no tenemos defensas a nuestro alcance. Cada día parece más claro que los cambios a los que tendríamos que hacer frente, pueden llegar a ser tan profundos que nos resistimos a asumir los esfuerzos que necesitaríamos incorporar. También debemos asumir nuestra ignorancia sobre los movimientos de la tierra y las repercusiones que traen aparejados, el de balanceo sin ir más lejos.



         Conozco a una familia de dos padres suecos, profesionales liberales, que viven en su país 60 días ejerciendo sus profesiones médicas con normalidad y luego se vienen a nuestro sur para pasar 20 días de descanso en la casa que han adquirido. La pareja y sus tres hijos adoptados  podríamos decir que están viviendo dos vidas, intercalando periodos de frío polar, que nosotros no conocemos, con otras que a ellos les resultarán veraniegas, sólo con la posibilidad de coger un vuelo y desplazarse tres o cuatro horas en dirección sur. Repiten semejante fórmula de vida, aparte de que porque la consideren buena para ellos y para sus hijos, también porque sus posibilidades económicas se lo permiten. No sé si esta forma se podría ampliar a muchas más personas. Tampoco si semejante forma de vida pueda ser apetecible, pero me temo que las condiciones económicas no permitirían ampliar la fórmula demasiado.



         No puedo presenciar las monumentales nevadas que vemos por el norte, con la consiguiente paralización de la vida social, casi por completo, sin que seamos capaces de imaginar alguna forma de intercomunicación entre el norte y el sur para compensar la exasperante deficiencia de agua, unos miles de kilómetros más abajo. Para colmo de nuestra vergüenza, sabemos que existen instalaciones que permiten trasvasar ingentes cantidades de petróleo a través de inmensos oleoductos, desde lugares donde se produce hasta donde se necesita y estamos mirando como panolis ingentes almacenes de agua que podrían realizar un viaje parecido para servir como elemento de compensación de un elemento como tan esencial como el agua. En honor a la verdad he de decir que me faltan conocimientos para verificar si tal solución es aconsejable o no, pero no puedo dejar de pensar  en una solución parecida cuando contemplo ciudades y aeropuertos paralizados por las bajísimas temperaturas y los nevazos monumentales, mientas en pleno enero estamos rozando los calores veraniegos y empezamos con restricciones importantes para disponer de agua para beber.



         Claro que tampoco conviene olvidar que en el mismo lugar donde las sequías se van generalizando, nos enteramos que se instalan enormes campos de golf o importantes superficies de regadíos de naranjos o de frutos rojos, que se han puesto tan de modas en los últimos años, utilizando para su cultivo cientos de pozos ilegales, de los que se roba agua subterránea, que resulta que es de todos y que significa una reserva estratégica de primer orden para garantizar la supervivencia general en tiempo de vacas flacas, siempre y cuando los poderes públicos dispongan los mecanismos de vigilancia suficientes para evitar que unos pocos se permitan el lujo de disponer a su criterio de los recursos de todos. Ponerse a pensar soluciones a las necesidades que sufrimos nos producen sorpresas que se encuentran al alcance de nuestras manos y que se pueden poner en funcionamiento, casi de un día para otro.   


  

domingo, 21 de enero de 2024

CARNAVAL

 

         Es seguramente el primer gran acontecimiento del nuevo año. Si hubiera que asociarlo a un sustantivo conocido, hablaríamos de jolgorio, por sintetizar. La principal idea es la de disfrazarse, salir a la calle y lograr pasar desapercibidos. Es más, uno intenta molestar de broma, siempre de broma, a cualquiera, al grito de ¡no me conoces!. Y antes de que alguien pueda identificar al que hace la gracia, desaparece en busca del próximo vecino, al que seguir molestando. Cuando yo era pequeño, antes de ayer, como quien dice, guardábamos la vejiga de los cerdos, que en este tiempo eran las matanzas, la inflábamos y, como un globo andábamos dándonos vejigazos unos a otros a modo de gracias. Lo que hoy destaca como característico es la idea de ridiculizar, utilizando músicas muy conocidas, expresiones que hayan sido compartidas en el año que pasó, como forma de reírse de situaciones que en su momento se tomaron en serio pero que con la excusa de que estamos en Carnaval y vamos disfrazados, se acepta la licencia de que terminemos riéndonos los unos de los otros como si la vida no mereciera la pena tomarla tan en serio.



         Si nos centramos en Cádiz como ejemplo masivo de vivencia carnavalesca, termina por ser un alarde de humor y de graciosa sabiduría en la que los acontecimientos más destacados del país aparecerán en alguna comparsa o chirigota para que todos podamos recordar acontecimientos que sucedieron y que tuvieron su importancia, pero que terminamos ridiculizando como si, al final, no fuera para tanto y se viera como saludable terminar haciendo gracietas de algunos acontecimientos que, en su momento, tuvieron su seriedad, pero que podemos terminar tomándonos a broma casi todo lo que nos acontece, aprovechando que estamos en un nuevo año y, con lo pasado podemos hacer pelillos a la mar. El trasfondo de terminar ridiculizándonos a nosotros mismos, suele ser una medida saludable que lava reacciones que, en su momento pudieron tomarse demasiado en serio.



         A título de prueba, no hay más que recurrir al lenguaje político. Cualquier reacción a las que estamos acostumbrados cada día, se manifiesta como si fuera el no va más. Así, hemos entrado en una espiral de exageraciones que terminan por devaluar la parte de verdad que encierra lo que nos pasa, sencillamente porque todo no puede ser lo más de lo más. Seguramente a muchas de las exageraciones que hemos vivido y estamos viviendo, no le vendría mal un toque de humor y tomarnos a broma lo que creíamos este mundo y el otro cuando en realidad, con un poco de guasa de por medio, podríamos aprender que la mayoría de lo que nos pasa, se puede quedar en bastante menos. Una pedorreta de por medio puede poner los argumentos en su justa medida y una invitación a calificar las reacciones como si no tuvieran tanta importancia porque con la política de las exageraciones permanentes, lo que termina pasando es que el propio lenguaje se nos queda vacío de contenido porque todo no puede ser tan extraordinario como lo ponemos.



         La Constitución que todos tenemos en la boca para descalificar al vecino y quedárnosla sólo para nosotros, parece que hemos hecho una obra de moros porque, después de muchos años, hemos logrado cambiar la palabra  disminuidos por la de  personas con discapacidad. El nivel de incomunicación había llegado hasta tal punto que parece que hemos logrado una heroicidad por cambiar una palabra que hoy resultaba hasta humillante para los afectados, por una frase más acorde al respeto debido a tantas personas. Cuando, una vez votado el cambio, casi por unanimidad, uno miraba los prolongados aplausos no podía sino sonreír con cierta sorna porque…, la verdad, ya era hora. Que el cambio se haya producido me parece bien, pero no dejo de ver con un cierto rubor que haya habido que esperar años para conseguirlo. Un poco más de Carnaval en nuestra vida no estaría de más.  



domingo, 14 de enero de 2024

SÍSIFO

 

         Antes de entrar de lleno en  el tema de hoy, quiero completar los tumultos  de la semana anterior añadiendo el de las rebajas, a propuesta de uno de los comentarios recibidos, que agradezco de corazón. En cierto modo, el hecho de decidir introducirse en los avatares de la vida, significa que estrujas tu interior para trasmitir todo lo que llevas dentro, pero sabiendo que todo ese bolo  que comunicas no se ha formado sólo por tu propio esfuerzo, sino que una buena parte de su contenido lo has recogido de tu capacidad de ver lo que sucede a tu alrededor. Una vez debidamente batido, lo que uno extrae de su interior y la mezcla con todo lo que va recogiendo de lo que pasa fuera de sí mismo, es como se justifica lo que termina aportando y comunica finalmente. Asumo, por tanto las rebajas  como uno de los tumultos que debió ser aludido la semana anterior y cuya ausencia sólo me explico porque comenzaron el mismo domingo en que se elaboró el texto y su repercusión estará vigente, como cada año, hasta final de febrero. Su función, como siempre, no es beneficiar al usuario, sino desalojar los almacenes para dar paso a la campaña de primavera, que está a las puertas y que necesita todos los espacios disponibles.



         Una vez terminado el ciclo que cierra el año comercial, sin solución de continuidad nos enfrentamos de nuevo a Sísifo, el dios preso de los ciclos de la vida, que vuelve a cargar a sus espaldas la nueva piedra de lo desconocido y reinicia su ascensión, sin otro sentido que llevar su contenido hasta la cima, a sabiendas de que en cuanto finalice su escalada, la piedra eterna volverá a caer hasta el fondo del abismo y esperará que el propio Sísifo la vuelva a echar a sus espaldas para iniciar un nuevo ascenso. En ese empeño de sube y baja sin fin, se va escribiendo la historia, en la que algunos ilusos intentamos interpretar contenidos que se ajusten a nuestros miedos y a nuestras dudas, cuando lo que acontece, en sentido estricto, no es otra cosa que un devenir repetitivo, al que llamamos vida, que un día nos introdujo y que otro no sacará de la escena.



         Como nuestro aprendizaje no es muy elaborado, a las puertas se nos aparece el primer boom universal que hemos dado en llamar Carnaval, que como un irresistible impulso de energía, nos mueve a que inundemos las calles bailando. Así podemos mirar a Río y aprender de su fuerza y su imaginación para hacernos aparecer con su incansable samba, nuestra capacidad de movernos nos confunde con la vida, una vez más. Cada grupo humano manifiesta su nuevo impulso a su modo, según ha ido aprendiendo de su historia. Cómo olvidar, estando en España, la particularidad y el brillo de Cádiz, emblema nuestro por excelencia, sin pretender menospreciar a nadie. Seguramente es el Carnaval, el primer ciclo masivo del año, el que antes de que finalice enero, nos hace mostrar esa fuerza inagotable que tal vez deseamos y que no nos cansamos de exhibir a través del movimiento callejero. Quizá sea, en nuestro espacio, la mejor forma de conjurar el frío, que se nos mete en los huesos y que ese baile que no nos cansamos de mostrar mientras nos disfrazamos de las figuras más cómicas e insólitas, como si nuestro poder no tuviera límite.



         Mientras contemplamos a Sísifo con su piedra a las espaldas iniciando la primera subida del año, bien cabe reflexionar sobre el sentido de la vida que solo se fundamente en ascender hasta el punto más alto de la más alta montaña, hasta que la piedra vuelva a rodar montaña abajo y allí espere a que el Sísifo incansable vuela a cargarla en sus hombros, para iniciar una nueva subida. A partir de esa realidad incontrovertible, cada uno somos muy quienes para asociar ese esfuerzo a un conjunto de creencias, que podemos llamar religiones y que no son otra cosa que intentos de encontrar un sentido a comportamientos que, si los miramos así, en frío, lo único que muestran, son maneras de asociar nuestros distintos momentos vitales a los momentos del año en los que la vida se define. A partir de ahí, que cada uno los llame como quiera. 



domingo, 7 de enero de 2024

¡CHIN PUN!


         Con la traca final de la Cabalgata y sus consecuencias más el epílogo de roscones a tutiplén, damos por concluido el proceso navideño de 2023 y 2024. A la espera de haber aprendido, como la prudencia sugiere, yo no voy a pontificar desde más púlpito que la modestia de este señor mayor que os escribe. Seguramente este proceso de ¡Felices Pascuas y Próspero Año Nuevo! que acaba de concluir, no tiene mucha más lección que la de cualquiera de los anteriores que en el mundo han sido. Desde mi posición de venerable espectador de lo que acontece, que poco más doy a estas alturas por mis propias limitaciones físicas, no he podido resistirme a nombrar, por fin, la palabra que llevo en la punta de la lengua, casi desde el principio del jolgorio y no la he querido sacar por si mi apreciación no se cumplía. Pero los días han ido pasando implacables y, según mi criterio, ni un solo paso se ha producido, que pudiera modificar su contenido. La llamé tumulto, cuando apenas era un pensamiento imberbe que no se atrevía a ver la luz pero han ido pasando los días y la incipiente bola ha ido tomando forma y hoy, que ojalá sea el fin, se manifiesta como tal tumulto de cuerpo entero.



         La Academia dice que tumulto es un alboroto producido por una multitud, una confusión agitada o un desorden ruidoso. Pues todo eso, elevado a una potencia importante, es lo que espero que hayamos terminado de vivir en el día de hoy, a ver si recuperamos algo de salud física y mental, que buena falta nos hace. El tumulto tuvo su origen en la razón comercial de montar un buen agosto trayendo y llevando artículos de cualquier pelaje que animaran el conveniente trapicheo que justifique el proceso de soltar toda la guita posible por los posibles compradores y llenar los bolsillos de los principales instigadores del tumulto, que resulta ser el destino final de semejante animación y exacerbada locura. No es el de la Navidad el único tumulto destacable, que el año nos reserva variedad suficiente como para perder la cabeza en más de una ocasión y, si se tercia, olvidarse de encontrarla sine díe.



         En medio del proceso, este año hemos podido competir sobre si el rey Baltasar debía ser un señor pintado de negro o un negro autóctono, que ya tenemos suficiente a nuestro alrededor, de los que se cuelan desde las pateras, para tener que seguir con unas tradiciones que nos recuerdan miserias pasadas, de cuando nos impactaba cruzarnos con un negro, por si mordían. Es un litigio como otro cualquiera, una manera bastante inútil de pasar el tiempo sin que tengamos que ver cómo saltan en pedazos por miles los palestinos de Gaza, mientras el señor Netanyahu aparece en la tele con su impecable traje de guerrero valiente, para informarnos que todavía no es momento de parar la guerra porque hay que seguir esquilmando palestinos, que sobran demasiados. Me gustaría que los pequeños confundan lo que de verdad pasa con lo que ellos pueden hacer con sus juguetes porque si de verdad están viendo lo que pasa, no quiero pensar dónde vamos a poder escondernos antes que mirarlos a los ojos para decirles que este es el mundo que decidimos dejarles.



         Me interesa volver a la idea del tumulto porque a medida que voy hablando, me voy dando cuenta de tal vez el tumulto en el que nos intentamos desenvolver pueda estar relacionado con pasar y cruzar por situaciones tan dramáticas sin que se nos caiga la cara. A fin de cuentas, no parece que haya mucha diferencia entre una calle bombardeada en Gaza, con una imagen del destrozo del terremoto de Japón, el volcán de Islandia, la cola de la lotería nacional o la puerta de entrada y salida que cualquiera de los grandes almacenes que nos acosan con sus, cada vez más depurados, mensajes publicitarios. En medio de semejante vorágine, lo que importa es que terminemos por no distinguir, dónde está la verdad y dónde la mentira o si, al final, todo es verdad y nosotros, lo que de verdad somos, apenas simples polichinelas, bailando al son que nos tocan y con el sentido de realidad cada vez más lejos de nuestras vidas. Queridos pequeños, qué dolor tener que miraros a la cara.