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domingo, 17 de febrero de 2019

MERCADEO



         La vida no vale nada o tiene una valor ilimitado, según en el país en que se nazca. Tenemos ejemplos hasta reventar. El de los pobres apenas cubre unos renglones y en ellos caben millones. Sus vidas son apenas un milagro. Pueden caer en el Mediterráneo y allí se quedan durmiendo para siempre bajo sus aguas o se convierten en carne de cañón si pertenecen a uno de los muchos países en guerra, de estos que no salen en los telediarios o sólo cubren unos segundos y con unas frases, así por encima, se resuelve la noticia o son carne de portada y nos mantienen con el alma en un hilo, ocupando horas y horas de programación para concluir con un fin trágico, previsible desde el primer momento, después de haber vendido horas y horas de anuncios durante las noticias, copando tertulias con argumentos peregrinos en medio de una feria extraña que uno no termina de encajar en otra lógica que no sea la del mercado puro y duro. Con los casos como el de Julen, bien reciente, al parecer vamos comiendo.

         Los que militamos desde siempre contra los excesos expositivos gratuitos de los menores llegamos en muchos momentos a dudar de esa férrea guardia que ejercemos para evitar tentaciones que nos rozan en muchas ocasiones. Uno es de carne y hueso y cuando ves por muchos lugares la falta de escrúpulos y la facilidad con que se comercia y se vive de los pequeños, en realidad parece como si uno estuviera en otro planeta. Mi hija Elvira, que en estos días va a cumplir 19 años, recuerda que en sus primera infancia tuvo que escuchar en referencias a su persona más de una propuesta en la hubiera podido exponerse públicamente con determinadas destrezas que se descafeínan bajo el epígrafe de superdotación. En estos tiempos salen pequeños superdotados por todos los rincones. Ella misma se interroga sobre lo que hubiera podido ser si su familia se hubiera deslizado por el camino de las concesiones, por otra parte tan cercanas.

         Me parece memorable, como vimos hace unos días, que un pequeño,  que nació con el corazón fuera de su cuerpo, fuera sometido a una serie de operaciones hasta lograr mantenerlo con vida y con su corazón en su lugar. O la detección de malformaciones de un bebé en el propio vientre de su madre y operarlo allí mismo con técnicas muy avanzadas hasta lograr que siguiera creciendo libre de anomalías y que terminara naciendo en su momento con toda normalidad. En esos momentos uno puede hasta sentirse orgulloso de pertenecer a un mundo que es capaz de responder a semejantes retos. Lo que pasa es que cuando al mismo tiempo se nos ofrecen situaciones en las que constatamos que hay vidas que no valen nada y que se pierden en cualquier bombardeo sin que nadie haga nada para pararlo o en medio del mar, sencillamente porque vienen en brazos de sus madres, dónde están, por cierto, sus padres, buscando un mundo mejor, en esos momentos uno se queda paralizado y no puede entender tanta diferencia de trato entre personas nacidas en el mismo siglo.

         Al final lo que sucede es que valemos o no valemos según donde hayamos nacido. No sólo cuenta el país que nos acoge sino nuestras propias familias, si se da el caso tan frecuente de que no soporten la idea de que somos personas normales que deben ser respetadas en sus manifestaciones y en su evolución. Robarle a cualquiera su infancia, sea por la causa que sea, eso no hay modo de resarcirlo. Al final lo que vamos consiguiendo es hacer monstruos que podrán lamentarse siempre de lo que podrían haber sido si se les hubiera permitido vivir su vida en paz. Yo no sé cómo se puede, por ejemplo, justificar la música de Mozart y de su hermana, a la que casi nunca se menciona cuando iban juntos, si hemos de verlos como lo que fueron durante su infancia: monstruos de circo como la mujer barbuda, que entraban y salían de las casas de los nobles, ofreciendo sus insólitas capacidades interpretativas, pero dejando de vivir sus infancias en paz mientras su padre Leopoldo se ganaba la vida a costa de la explotación de sus hijos.


domingo, 10 de febrero de 2019

CONCILIACIÓN



         Recuerdo miles de veces mientras tenía hijos pequeños el privilegio que suponía en mi familia que tanto mi pareja como yo trabajáramos en este sector de la educación. El tema de la conciliación laboral es un invento de estos últimos años, sencillamente porque cuando un hijo pequeño se ponía enfermo tenía que ser atendido por su madre o por cualquiera de la familia que estuviera disponible. El padre ni se cuestionaba porque era el encargado de conseguir el mantenimiento y eso no se discutía. En unos pocos años que viví en trabajo cooperativo llegamos a acordar que un hijo enfermo era igual que su adulto de referencia enfermo, con lo cual uno de los dos podía quedarse en casa sin que nadie le reclamara nada. Sabíamos que esa situación  era insólita en aquel momento y nuestra mente no era capaz de valorar la envergadura de una atención adecuada a los hijos si la familia trabajaba, no porque no tuvieran derecho sino por lo increíble en la situación global de entonces.

         Me doy cuenta que voy hablando y parece que hago referencia a la prehistoria cuando me estoy fijo en los primeros ochenta del siglo pasado. Entonces nos creíamos modernos porque encarábamos el tema como un asunto al que la sociedad tenía que darle solución por más novedoso que lo consideráramos. En general en mi familia salimos del paso por la alta comprensión de nuestra empresa y por el privilegio de ser los dos adultos del sector. Hubo un momento, por una hepatitis de mi hijo Nino con siete años, en que los dos meses de reposo nos parecieron demasiado y tuvimos que contratar a una persona que garantizara la prescripción de reposo de los médicos. Años después hemos conocido que tal prescripción no se cumplió como se había recomendado y también que en otros países ese reposo tan prolongado no se consideraba la medida adecuada para esa enfermedad, pero eso vino después, mucho después como tantas cosas.

         Esta mañana en mi país, España, el asunto prioritario es el de que hay convocada una manifestación en Madrid, que promete ser apoteósica, para reivindicar la bandera española, que va a ondear a los cuatro vientos. No quiero ni pensar qué va a pasar con los miles de pequeños que se van a ver alterados mientras sus familiares dan banderazos arriba y abajo. En todos los momentos ha habido pluff de este calibre porque de lo que hemos huido como de la peste, hoy y siempre, ha sido de encarar los problemas fundamentales de nuestra convivencia. Tenemos desde siempre una irresistible tendencia a escamotear lo que nos agobia y a salir por los cerros de Úbeda como si a base de preocuparnos por cuestiones marginales las fundamentales se resolvieran como por arte de magia. Pero la realidad no es así. Esta tarde miles de personas van a volver a su casa y se van a encontrar con los mismos problemas que tenían cuando enarbolaron la bandera de la patria, durante un par de horas por la mañana, quiero pensar que creyendo que estaban haciendo algo importante.

         Estoy seguro de que el problema de la conciliación laboral no es el único que afronta un país pero sé que es uno de los fundamentales. También sé que nunca fue digno de consideración y que se está haciendo presente en estos últimos años, sencillamente porque la historia avanza a pesar de que queramos meterla debajo de la mesa y taparla a base de banderas. Nunca me cupo en la cabeza, y hoy menos que nunca, que exista otra bandera que la vida pero la vida me enseña cada día que las personas nos volvemos locos huyendo de lo que nos acosa y sólo de vez en cuando nos damos de bruces con la realidad que tenemos delante de los ojos. Por el bien de todos deseo que de una vez afrontemos este drama social que siempre estuvo entre nosotros y que llegó a convertirse hasta en un importante  problema de natalidad para muchos países, entre ellos el nuestro.


domingo, 3 de febrero de 2019

CONFIANZA



         No creáis que no me he dado cuenta, que sí. Llevo varias semanas con la exposición por los suelos como si la vida que muestro estuviera permanentemente arrastrada y no nos quedara a los que la vivimos hoy más que adocenarnos y vivir al pairo de la desdicha, encajando los dramas que la realidad nos impone cada día y esperando cada día el golpe siguiente. Estoy seguro que no nos faltarían argumentos para hundirnos en la miseria porque nos rodean feroces como fieras pero los que hemos vivido muchos años pegados a los más pequeños sabemos que eso no pasa de ser una quimera sin fundamento. El espacio que ocupan los primeros años de la vida tiene fuerza para dar y tomar. Lo mismo que de las malas compañías no se puede esperar nada bueno, de las buenas no hay modo de bajar  la cabeza, asumiendo, eso sí, los dramas que la vida nos ofrece y que sería ridículo ignorar.

         Mi ciudad, Granada, creo haberlo dicho ya en este rosario de actualidades que os ofrezco cada semana, es dura en los extremos climáticos, tanto en invierno como en verano y con unas amplitudes térmicas en un solo día que con frecuencia superan los 20 grados. Estamos acostumbrados a salir vestidos de una manera por la mañana, tener que aligerarnos de ropa a mediodía y arrastrar los abrigos en el brazo y tenerlos que volver a usar por la tarde, una vez que anochece, que es muy pronto. Y todo en un solo día. Parece que este año una ola de frío ha bajado del ártico y grandes extensiones del planeta están sobreviviendo con  temperaturas inusualmente bajas. Ese no es nuestro caso. Yo me levanto cada mañana a pocos grados bajo cero, menos de 5 casi siempre, y sé que lo único que está pasando es enero, que aquí se le conoce como claro y helaero. Me abrigo bien y sé que a mediodía estaremos alrededor de los 20 grados. Ahora llega febrero y aquí se dice que busca la sombra el perro no porque no haga frío, que lo hace, sino porque en cualquier recacha puede empezar a picar el sol en pleno día.

         Con los pequeños pasa un poco igual. En un sólo día debemos habilitar para ellos condiciones de supervivencia porque no disponen muchas veces de recursos para protegerse ante determinadas dificultades climatológicas o de cualquier otro tipo pero los ciclos de la vida están en ellos más a flor de piel que en los mayores que hemos perdido frescura y nuestras condiciones de habitabilidad y supervivencia arrastran demasiados condicionantes. Cualquier pequeño es capaz de haber sufrido una mala noche y haber descansado mal y en pleno día lo ves como una rosa, como si las incidencia no fueran con él. Por eso tenemos que aprender a confiar en sus capacidades y estar a su lado ofreciéndoles nuestra colaboración para el caso o el momento que lo necesiten, lo que les proporcionará una seguridad fundamental para su desenvolvimiento pero siempre dispuestos a quitarnos de en medio y no ser un tapón para la vida que surge en ellos siempre por encima de todo.

         En mi paseo vespertino ya fui capaz de fotografiar la otra tarde los primeros jaramagos que han empezado, desde las zonas marginales de mi ciudad, a anunciar que la vida está siempre por encima de todo y que en pleno invierno los días van tomando un poco más de luz, minuto a minuto, y vislumbrando la primavera paso a paso. Podemos llevar en los carritos a los pequeños embotados en abrigos como si fueran muñecos inmóviles pero si somos capaces de ponernos con ellos al sol de mediodía y los liberamos de de los envoltorios de nuestro miedo, al momento empezarán a comerse el mundo subiendo y bajando de cualquier objeto a su alcance como si todo lo que existe no tuviera más función que servirles para su desarrollo motor. La vida, estaría bien que lo entendiéramos de una vez para siempre, se impone siempre a cualquier dificultad porque es más fuerte que el mayor de los contratiempos que podamos encontrar en el camino.



domingo, 27 de enero de 2019

MAGIA



         Esta mañana a las 12 se celebrará el funeral de córpore insepulto del pequeño Julen que cayó hace un par de semanas en un pozo de 25 centímetros de ancho y de 71 metros de profundidad. Su rescate ha sido una inmensa obra de ingeniería civil  de trece días de duración en los que se ha horadado en el monte de Totalán, en Málaga un pozo paralelo de un metro de ancho más o menos hasta la profundidad en la que estaba el pequeño y una vez alcanzada, con una jaula construida para el caso, los bomberos asturianos han bajado para realizar a mano otro túnel horizontal hasta donde se suponía que estaba el pequeño y allí lo han encontrado sin vida. Una vez visible, ha sido la guardia civil judicial la que se ha hecho cargo del cuerpo a la vez que comenzaba el atestado del caso para dilucidar la cantidad de incógnitas que deja sin resolver y que exigen explicación. Todo el país se siente hoy orgulloso de que no se ha escatimado en medios para llegar hasta donde se encontraba el cuerpo del niño de manera impecable. Yo también, la verdad.

         Dicho esto, los primeros datos de la autopsia realizada al pequeño, cuyo cuerpo ya se encuentra en poder de su destrozada familia, indican, como parece lógico, que murió seguramente el mismo día que cayó, a consecuencia de los golpes en la cabeza. No sé cómo es posible pensar otra cosa porque estamos hablando de 71 metros de caída. Aunque parezca terrible, me consuela saber que su sufrimiento debió terminar pronto. Lo que me parece inusitado y escandaloso es que hasta el último día de perforación el discurso era de que el niño pudiera estar vivo. Es cierto que en otras catástrofes hemos visto situaciones dramáticas en las que el más pequeño hueco de aire ha bastado para que la vida se mantuviera pero han sido trece días de espera y no quiero pensar, una vez que el drama se había producido, la agonía del pequeño si las previsiones que se decían desde fuera hubieran acertado.

         Una vez terminada toda esta catarsis colectiva y que el cuerpo de Julen reciba sepultura en la intimidad como ha pedido su familia, todos debemos recogernos un poco en nosotros mismos y meditar sobre los límites de nuestras ideas que en pleno siglo XXI son capaces de poner en pie un discurso completamente mágico sobre la desgracia de un pequeño y mantener en vilo una tesis a todas luces inexplicable que la verdad ha venido, afortunadamente para el pequeño, a poner en su sitio. Los dramas suceden y nos dejan destrozados. Pienso en su familia y me estremezco, tanto más cuanto que hace algo más de un año ya perdieron a otro hijo de tres años por muerte súbita en un día normal de playa. Pues aun así hay que hacer de tripas corazón y retomar la vida, sacando fuerzas de flaqueza y huir de ideas rocambolescas para que el recogimiento y la realidad sea la que nos vaya reconciliando de nuevo con la vida.

         Estas situaciones tan singulares muchas veces nos empujan a sacar conclusiones como si ellas fueran lo normal. Y no es verdad. Lo normal, a pesar de todo, sigue siendo el día a día, las rutinas sencillas de cumplir un horario razonable, de salir a la calle y pasear con los pequeños sabiendo que la seguridad de sus movimientos nunca puede ser total pero sí se produce con altas dosis de confianza y de que no podemos acobardarnos por más que secuencias como la que acabamos de vivir nos hagan temblar en un momento determinado. Eso y que la justicia sea ahora la que tenga que depurar hasta el final todo el cúmulo de circunstancias que han dado como resultado el que en pleno campo alguien sea capaz de hacer un pozo y que se encuentre abierto a plena luz. Sabemos que no es el único en Andalucía y los poderes públicos deben dedicarse a perseguir estas anomalías en vez de compartir tesis mágicas cuando la realidad se está manifestando  a nuestro alrededor cada día, para mal y para bien.


domingo, 20 de enero de 2019

GARANTÍA



         En estos momentos España entera se encuentra con el alma en un hilo por el hecho dramático de que un pequeño de dos años ha caído por un pozo de 25 centímetros de ancho y 71 metros de profundidad cerca del pueblo malagueño de Totalán. Hoy se cumplen siete días de angustia porque todo el conocimiento humano conocido no ha sido capaz, de sacarlo en un suspiro, que es lo que hubiéramos querido. La vida no es una garantía sino que allí había un pozo abierto que no tenía por qué estar y los niños juegan y andan por el campo y comen gusanitos y no conocen los peligros que puede haber al alcance de sus pies. Se está horadando el monte para acceder hasta donde se sabe que está el pequeño Julen en una carrera desesperada porque cada minuto de espera es una angustia colectiva que crece y que no puede entender cómo ocurren dramas semejantes. Al mismo tiempo un pequeño de cuatro años ha muerto de un tiro durante una cacería en la que participaban sus familiares. Apenas se le ha prestado atención a la noticia.

         En la frontera sur de EEUU se concentran grupos de inmigrantes de países centroamericanos y las autoridades del norte separan a los pequeños de sus familias porque esa parece ser la mejor fórmula que conocen de lograr que no traspasen la frontera y terminen entrando. El presidente Trump tiene a su administración paralizada y a los 800000 funcionarios sin cobrar hace más de un mes como medida de presión para que el Congreso, con mayoría demócrata, le apruebe fondos para levantar el muro al que se comprometió como medida estrella en la campaña en la que fue elegido hace dos años. Cada día, sin ir más lejos, están muriendo niños en el Estrecho de Gibraltar en los brazos de sus madres encima de barquichuelas de juguete en las que se juegan la vida y muchos la pierden intentando llegar a este primer mundo con el que sueñan y que no sabe qué hacer para encontrar muros eficaces que mantengan la miseria separada de la abundancia, como si eso fuera posible.

         La vida no es ninguna garantía. Es verdad que hemos alcanzado importantísimas cotas de conocimiento y bienestar pero al mismo tiempo nuestras propias injusticias e imprevisiones nos tienen con el alma en un hilo por unas razones o por otras y creemos que avanzamos sólo por el hecho de encontrarnos en una zona del mundo en la que los bienes materiales circulan con fluidez. De pronto nos topamos con un tiro que no se dirige a su objetivo y que encuentra en su trayectoria a un pequeño de cuatro años y nos frena en seco y nos sirve de espejo que nos muestra nuestra fragilidad. O sin venir a cuento, otro pequeño que pasea comiendo gusanitos por un monte junto a su familia se encuentra con un pozo de 25 centímetros de ancho que no tenía por qué estar donde estaba y nos sume a todo el país en una angustia insoportable que no somos capaces de resolver tan rápido como quisiéramos. o alguien piensa que el mundo se puede parcelar con fronteras y se empeña en imposibles y pone patas arriba a su país si hace falta o los mares que nos unen se convierten en cementerios que nos separan producto de injusticias que hemos fabricado con el tiempo.

         No. La vida no es ninguna garantía. Como mucho un libro abierto en el que podemos leer cosas, si queremos, que están pasando continuamente. De sus mensajes podemos extraer lecciones de todo tipo porque al final lo que está escrito tiene que ser interpretado por la voluntad de quien lo lee de modo que un mismo hecho: una patera, un  muro, una escopeta, un agujero, que son situaciones inocuas de por sí, se convierten en mensajes tan diversos según quien los mire, que nos tienen aquí entretenidos discutiendo sin parar si son galgos o si son podencos mientras los más débiles sufren cada día las consecuencias de esos peligros o injusticias perfectamente reales a la espera de que seamos capaces de ponernos de acuerdo en lo que verdaderamente está pasando con lo que tenemos delante de los ojos. No hay peor ciego que el que no quiere ver y creo que en ello estamos.


domingo, 13 de enero de 2019

ABRIGO



         Nunca llegué a tenerlo pero recuerdo que los niños pequeños, para el control de sus esfínteres lo que llevaban era unos pantalones cortos como todos, con sus tirantes y abiertos por abajo por completo de modo que cuando querían satisfacer alguna necesidad no tenían más que abrirse los pantalones y hacerla  donde se encontraran. Los que disponíamos de un nivel de pobreza semejante pero algo más de distinción llevábamos el mismo tipo de pantalones, cosidos por abajo, con su bragueta correspondiente y varios botones que podían desabrocharse en caso necesario y como ropa interior unos pantalones de lienzo abiertos por delante que daba imagen de algún mayor abrigo pero de una estética endemoniada. En los primeros años no recuerdo haber sentido otra cosa que la sensación de cierto cuido en comparación con los de los pantalones abiertos pero cuando descubrimos la moda de los slip la vergüenza era morrocotuda porque la estética de nuestros calzoncillos dejaba mucho que desear ya que los hacían las madres como mejor sabían.

         Como profesional de la primera infancia durante alrededor de 30 años he visto casi de todo. Muchas veces petos apretadísimos casi imposibles de permitir el acceso a unos trozos de plástico llamados "picos" que sujetaban los pañales de gasa de algodón que almacenaban los excrementos y que se cambiaban varias veces a lo largo del día. Las dificultades eran de tal calibre que recuerdo haber discutido más de una vez en reuniones técnicas algunos tipos de vestimenta tipo chándal que facilitara la sujeción en la cintura y la bajada y subida con facilidad para las personas responsables del mantenimiento de la higiene y para los propios interesados en el momento en que ya empezaban a controlar esfínteres hacia los dos años más o menos. Las niñas no solían tener estos problemas si venían vestidas de niñas pero los inviernos de Granada son muy duros, esta mañana marca el termómetro 6 grados bajo cero, y para mitigar el frío terminaban todos con la misma vestimenta más o menos.

         Después de muchas discusiones comentando las ventajas e inconvenientes para alcanzar algún tipo de uniforme que respetara el abrigo de los meses de invierno a la vez que la facilidad del cambio de pañales cada vez que fuera necesario terminamos por abandonar la idea por miedo a que todos pudieran ir iguales, cosa que hemos odiado siempre, si bien explicábamos a las familias la conveniencia de huir de los petos y buscar formatos de ropa tipo chándal que pudiera ser de abrigo pero que permitiera bajarse y subirse con facilidad para los que teníamos que responder de la limpieza de los pequeños o incluso para ellos mismos cuando ya su edad y conocimiento permitía que fueran aprendiendo a controlar sus esfínteres. Para la limpieza se ha usado el jabón líquido y esponjas, que llegaron a ser individuales por cuestiones de higiene y que han terminado en la aberración de las toallitas de un solo uso que ahora tienen atorados a miles de desagües porque son muy resistentes y no circulan por las cañerías con la fluidez imprescindible.

         Terminamos hablando de ropa de abrigo o mejor adecuada para la higiene sin que tuviera carácter de uniforme pero que sí respetara unos criterios de facilidad de acceso a los cambios imprescindibles de pañales en caso necesario a la vez que garantizaban el abrigo en los pelones días del invierno granadino. En aquellos momentos las discusiones tenían alguna utilidad pero ahora que ya estoy fuera del circuito laboral paseo por la calle y veo algunos monos de plástico de una sola pieza y me acuerdo de lo incómodos que tendrán que ser para los cambios de pañales. No digamos si son ellos mismos los que tienen que encontrar la fórmula de acceder a los cuartos de baño para controlar sus esfínteres. Comprendo que es difícil conseguir los equilibrios para la mejor satisfacción de las necesidades de cada momento, pero me doy cuenta de la fuerza del comercio, que es el que al final termina imponiendo su ley.


domingo, 6 de enero de 2019

TRADICIONES



         A primeros de diciembre sufrimos el ataque comercial del Viernes Negro que nos pilló en plena temporada y nos hizo descomponer la estructura que teníamos montada de temporada hasta fin de año y a primeros de enero Las Rebajas. Ahora tenemos Viernes Negro más Rebajas. No sé cómo van a resultar las cuentas del comercio con este contratiempo de fechas. Hoy celebramos Los Reyes Magos y teóricamente los pequeños de la casa a través de una serie de rituales absurdos que si calcetines, que si mantecados, que si una copa de anís terminan levantándose a recoger los regalos que habían pedido. Pero ya no nos acordamos, según parece, de que al principio de las vacaciones apareció venido de los hielos del norte el viejo de las barbas blancas y mono rojo, al que llamamos Papá Noel, que nos traía también regalos en su trineo tirado por unos cuantos renos. O sea que ahora tenemos regalos al principio y regalos al final. Como si la vida fuera un continuo regalo que nos merecemos por nuestra bella cara.

         Cuando a mí me tocó hacer de padre de pequeños decidimos que nos íbamos a adaptar al tiempo de vacaciones y que los regalos que acordáramos se pondrían a disposición los primeros días para poder disfrutar durante más tiempo de ellos. Porque cuando fui niño y estuve sometido a la tiranía de los Reyes Magos lo que sí viví fue todo el tiempo de vacaciones de Navidad con un tipo de vida completamente normal, más preocupado de la recogida de la aceituna, que es en esta época,  con la conciencia de que el día 6, o sea hoy, algo aparecería por ahí para jugar, pero ya sin mucho chiste porque por más que te ilusionaras, al día siguiente empezaba el cole de nuevo y los juguetes desaparecían como por ensalmo. Puede que a lo largo del año aparecieran algún día especialmente señalado o directamente los dejaríamos para el año próximo que volverían a salir como si fueran nuevos. Montábamos el nacimiento y todo, pero no tenía una relación directa con los regalos, cuya utilidad iba por otro lado.

         Mi hija Alba cogió la costumbre de secuestrar al niño Jesús del nacimiento el primer día junto con un pollito amarillo muy vistoso que ponía ella y nuestro Belén se pasaba todo el tiempo sin el niño porque no había modo de que la Alba devolviera al niño hasta que llegaba la hora de deshacer el Nacimiento. Este año nos ha confesado que todavía guarda al niño secuestrado y al pollito, después de unos 35 años que ya no ponemos Nacimiento. Se ve que terminó fijándose en esas dos figuras y las ha incorporado a sus tótem personales de modo que los guarda como oro en paño entre esos enseres que cada uno tenemos, unos de valor material y otros no, pero que forman parte de nuestra estructura de recuerdos y que para nosotros son verdaderos tesoros. Quiero pensar que algo así hará cada familia para no verse  envuelta en la vorágine comercial en la que no falta día que no haya una razón para hacerlo fiesta.

         Nosotros teníamos unas tradiciones concretas. Mejores o peores, pero nuestras. Lo que pasa es que el imperio americano nos ha colonizado por la vía de la dominación económica y a eso no hay quien se resista por lo visto. Hemos incorporado sus nuevos cánones de comportamiento pero no hemos renunciado a los nuestros, con lo cual, entre unas cosas y otras, no hay día que no tengamos nuestras buenas excusas para vaciar el bolsillo de lo mucho o de lo poco que tenga, que parece ser que es el verdadero sentido de tanto jolgorio. En España se dice que el turismo se ha convertido en la primera industria nacional. O sea que lo de conocer el mundo y las culturas son cuentos españoles. De lo que se trata es de meter en el territorio patrio la mayor cantidad de personas posibles y desalojarles los bolsillos aunque para eso tengamos que cantarles el gorigori si hace falta. Pues algo así nos pasa con la magia de estas fechas por más que disfracemos a la mona con luces de colores.