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domingo, 26 de abril de 2020

REENCUENTRO



         Hay familias que han dormido esta noche inquietas porque hoy, por primera vez a pesar de que yo dije por error que el lunes pasado, van a volver a pisar la calle con los pequeños. No será como antes pero el desconfinamiento empieza con justicia por los niños. Podrán salir hasta tres con uno de sus adultos de referencia por espacio aproximado de una hora como máximo, en un espacio aproximado de hasta un kilómetro. Podrán sacar algunos juguetes pero no se abren los espacios habituales de juego y hay que mantener las distancias de seguridad de los dos metros  y con mascarillas, de modo que el experimento no deja de ser un ensayo con todas las precauciones posibles de lo que ojalá termine siendo la punta de lanza para recuperar todo lo que hemos perdido con la pandemia, que es mucho. Si este primer paso no tiene consecuencias sanitarias adversas, el próximo lunes, dos de mayo, aparecerá el segundo en el que se podrá salir a hacer deporte individual y paseos en circuitos cercanos a las viviendas. Parece como si retomáramos la vida con pies de plomo.

         Las diferentes tomas de contacto con esa vida habitual que vivíamos como si nada se han puesto caras, muy caras. Tendremos que ir aproximándonos a la diversidad de secuencias de nuestro modo de vida de forma diferente. Aprender a vivir de nuevo con un estilo desconocido, evitando el contacto físico, por ejemplo, manteniendo unas distancias que nos resultan completamente insólitas y que se van a convertir en habituales hasta que no dispongamos de una vacuna que frene este virus que se ha colado en nuestras vidas sin que nadie lo invite. O tal vez sí. No sabemos cómo ha surgido. Quizá con tiempo y con ciencia podamos explicar qué ha pasado en realidad. Por ahora sólo tenemos voceros que van y vienen de aquí para allá proclamando todo tipo de explicaciones sin mucho fundamento. No consiguen que sepamos nada sólido porque nadie sabe nada a ciencia cierta, pero sí que con sus teorías apresuradas e imprudentes consiguen que vivamos esta grave situación con un poco más de inquietud, por si la propia pandemia no fuera suficiente por sí misma.

         El criterio de esperar a la vacuna obliga a que tengamos que caminar hasta entonces como de puntillas, con la amenaza de que en cualquier momento pueda surgir un rebrote y tengamos que volver a recluirnos de nuevo, cosa que resultaría inevitable aunque muy dolorosa. Este virus fue desconocido desde el principio y nos obliga a salir a la calle mirando a izquierda y derecha porque nos lo podemos encontrar detrás de cualquier esquina. Ante él nos sentimos como desnudos y necesitamos la vacuna que nos permita hacerle frente para que nos permita volver a nuestra vida conocida o aproximada. Y todo esto se nos ha venido encima en el plazo de dos meses, más o menos. Ahora parece que el bicho ya pululaba por nuestras calles un tiempo indefinido antes pero como nadie lo conocía, podía andar de aquí para allá con toda tranquilidad. Ya le hemos visto la cara microscópica de consecuencias desconocidas pero peligrosas. Ahora sabemos cómo se las gasta y hemos reaccionado contra él reivindicando nuestra forma de vida.

         Algunas lecciones sí que podríamos sacar del contacto con este virus. Nos ha pillado con una ciencia que, al menos en España, llevaba varios años rebajando su presupuesto como si nada. O sea que en pañales. Las deslocalizaciones industriales han dado como resultado que todos los requisitos médicos imprescindibles para combatirlo haya que comprarlos fuera al precio y condiciones que nos los quieran vender porque no disponemos de industria propia para abastecernos. Aquella sanidad de la que alardeábamos como una de las mejores del mundo ha demostrado tener los pies de barro porque los poderes públicos la han ido vaciando de presupuesto por lo que muchos de sus espacios y de sus profesionales se han inhabilitado o se han marchado a otros países a prestar sus servicios porque aquí, en el suyo, no encontraban un puesto digno. Ojalá aprendamos, pero no es fácil. Construir siempre cuesta sudores y requiere esfuerzos sostenidos que no sé si estamos dispuestos a costear.


domingo, 19 de abril de 2020

AÑORANZA


         En este largo confinamiento por el covit 19 algunos venimos reclamando desde el principio un tratamiento más abierto para los niños. Le semana pasada los llegué a comparar por pura desesperación con las mascotas y sugerí, incluso, que si lo que los diferenciaba era un collar, se podría pensar antes que verlos en la casa encerrados tantos días cuando a ellos, en realidad esta pandemia ni les va ni les viene. Hoy me alegra, es un decir, que a partir de mañana vamos a poder ver a menores de 12 años por la calle, bien es verdad que junto a un adulto y sólo para los asuntos establecidos: pasear a las mascotas, comprar el pan o ir al supermercado. Me alegro por todos: ellos porque algo de aire libre van a poder ingerir y el resto porque se nos va a poner una cara más humana y más sensible con los más pequeños. No quiero insistir de nuevo en las consecuencias de tan largo alcance por causa de tanto encierro que no entienden y que es contrario a las leyes universales de desarrollo de las personas. Espero y deseo que sea el comienzo de una serie de relajaciones que nos permitan de nuevo gozar de la vida en directo.

         Podría haber concluido el párrafo con la vuelta a la normalidad pero me he retenido a conciencia porque tenemos que saber que este asunto de la normalidad nunca ha significado muchas cosas en concreto pero me temo que a partir de nuestra vuelta a la calle va a significar muchas menos. El otro día mi hija Alba me mandó una rama de celindo florecido porque sabe que su olor es uno de mis delirios desde hace mil años y sólo florece unos días al año, en esta época. Sin embriagarme varias veces de esa fragancia insólita y celestial este año sé que no soy el mismo. Tengo uno a cien metros de mi casa, en plena calle, que me ha surtido de olor estos diez últimos años. Ya en la salida de la ciudad, ese bofetón de amarillo de los jaramagos que son los reyes de los campos en barbecho y de los bordes de todos los caminos también me faltan. Son como piezas de mi vida de las que tengo que prescindir por causa del virus y que no se lo voy a perdonar nunca porque me va a hacer un poco más extraño en esta vida.

         Podría continuar con otras cosas y aspectos de valor que este año hay que dejar de lado y seguiremos viviendo, aunque ya no seremos los mismos. Por mi pasión de lector no añoro la soledad física. La lectura me permite vivir miles de vidas con la imaginación pero sí me falta la presencia de los míos. En mi familia nunca hemos sido muy zalameros, más bien con espacio suficiente como para que cada uno se mueva con holgura pero sí nos hemos mirado y nos hemos sentido cerca y ahora eso sólo nos es permitido a través del móvil o del ordenador y, francamente, no es lo mismo. Cuando me conecto con mi hijo mayor Nino, su hija África no para de dar la vara metiéndose en la imagen para ocupar la pantalla, esa que ocupa con normalidad con sus juegos cuando viene de visita en condiciones normales. Cuando mi Elvira, la menor, duerme en mi casa nos instalamos de manera natural en distintas dependencias de la casa y nos pasamos las horas muertas, ella con sus estudios y yo con mis lecturas, ambos conscientes de la presencia del otro.

         Aparte de alegrarme de que los más pequeños puedan ver la luz un poco a partir de mañana y de mencionar algunas secuencias de mi normalidad, cada uno tendrá la suya, las comento consciente de que va a pasar mucho tiempo para volver a vivir secuencias como esas. No sé si lo que llega va a ser mejor que lo que hemos dejado atrás pero hoy no me imagino cómo va a ser un mundo en el que no pueda tocar a las personas, susurrarles al oído, abrazarnos y sentirnos uno cada vez que nos apetezca. Es posible que algún día podamos recuperar alguno de los gestos que comento pero parece que va a pasar bastante tiempo durante el que no vamos a poder ni vernos las caras. Esto no es ni más ni menos que un mundo que no conocemos. Los más jóvenes puede que se adapten porque ese va a ser el suyo pero algunos ya con una edad, creo que nos vamos a sentir extraños, sin fuerza ni ganas para tanta distancia.

domingo, 12 de abril de 2020

LLANO



         Cómo sustraerse a la pandemia mental que significa la aparición de este COVIT 19. No hay cadena de noticias que no abra y cierre con este asunto. En el mundo ya hemos rebasado los 2 millones de casos infectados. En este momento EEUU alcanza  por sí solo los 500000 y el señor Trump ha pasado de reírse del bicho hace apenas un mes a promover cada día un poco más de prioridad para este asunto, bien entendido que son los estados los que dentro de cada territorio deben tomar las medidas pertinentes y las que han tomado hasta el momento no parecen suficientemente potentes  para retener el crecimiento. Ya sabemos, eso sí, que la mayoría de los infectados son los afroamericanos y los latinos lo que no debe extrañarnos demasiado porque este virus, como el resto de las desgracias,  sí entiende de pobreza y tal vez sea este capítulo el que menos estamos considerando como en todas las demás pandemias que en el mundo han sido. El tío San ha tomado la cabeza de esta plaga y veremos las dimensiones que adquiere, porque hasta hoy no para de subir. La pobreza está suficientemente extendida como para que sea un motivo de preocupación desconocer hasta qué punto va a afectar a la mitad del mundo pobre.

         En lo que toca a España hemos llegado en la fase ascendente a crecimientos del 30% entre un día y otro. Hoy nos damos con un canto en los dientes cuando las estadísticas nos señalan un crecimiento del 3% sostenido en esta última semana. Con este descenso tan notorio y con la cuarta semana de confinamiento de la población se ha terminado la guasa de la novedad y empezamos a vivir la angustia de no poder salir a la calle y de empezar a interiorizar que nuestra vida ha cambiado como de la noche al día. Quédate en casa ha pasado a ser la consigna estrella porque nos damos cuenta día a día de la enorme dificultad que supone su cumplimiento. El permiso de sacar a las mascotas es poco menos que en un circo si el asunto no fuera tan grave. Hay mascotas que salen de la mano de varios dueños cada día y  lo que antes era que les diera el aire y cumplieran sus necesidades fisiológicas, ahora se convierte poco menos que en maratones a los que el ingenio de los vecinos cómplices los someten. El cerco se ha estrechado contra esos abusos.

         Sobre los niños reconozco que la misma angustia por la dimensión del problema me ha hecho que no entrar todavía a fondo. Sí que empezamos a ver en las noticias como algo pintoresco a pequeños que tiran de sus familias en dirección a la puerta de la calle porque no pueden entender cómo es posible que nadie se acuerde que ellos necesitan el aire, el sol, los columpios…, las calles en definitiva, que empiezan a echarlas de menos desesperadamente. Sé que aparecen en las noticias como detalle pintoresco  pero no es un detalle sino un elemento trocal que va a tener consecuencias importantes en sus vidas. No tengo la más mínima animadversión por las mascotas. Tampoco dispongo del saber suficiente como para ofrecer una propuesta que nos saque de esta situación de hoy para mañana. Pero no puedo dejar de lamentar que miles de pequeños sigan en sus casas encerrados días y días, que ya va para un mes en España,  mientras miles y miles de mascotas disfrutan de un poco de aire y de ejercicio con el acompañamiento de sus seres queridos. Si pienso en los discapacitados intelectuales, por ejemplo, sabe dios lo que estará pasando por sus cabezas con el confinamiento.

         Insisto en que no tengo una propuesta de solución para este complejo y vidrioso asunto que se no ha metido por las puertas y nos está agobiando cada día un poco más y veremos lo que dura. Tampoco quisiera estar en el pellejo de las personas que deben tomar las decisiones que después nos afectan a todos. Sólo escribo estas reflexiones como forma de rumiar esta frustración continuada que parece que no tiene fin y también, por qué no, por si algo de lo que cuento tuviera utilidad para quien pueda leerme, que mayores cosas se han visto. Sólo con esa intención de reflexionar por reflexionar y sabiendo que lo que diga no pasa de ser una opinión individual, aislar a los más pequeños y reclamar para ellos, al menos el mismo derecho que el que se concede a las mascotas, creo que no es mucho pedir. Si hay que pensar en el complemento de los collares para que no se escapen, entonces me callo porque no me gustaría agravar el gasto familiar hasta ese punto. Bastante hay ya con lo que hay. 



domingo, 5 de abril de 2020

PICO



         A lo largo de tres inmensas semanas sin poder salir de casa, porque esa parece ser la mejor vacuna contra el COVIT 19, hemos escuchado enciclopedias de datos y de opiniones de modo que nos hemos convertido en monográficos del virus. Tenemos virus hasta en la sopa, y nunca mejor dicho. Es más, tenemos hasta guerra de cifras. Ahora resulta que las cifras que China ha ofrecido no tienen nada que ver con su realidad que, según occidente, ha sido muy superior. En la misma Europa no es el mismo recuento de víctima si estamos en Francia que no contabiliza los ancianos de las residencias que si estamos en España que sí. Parece que la realidad no cuenta porque lo que llega a la gente no son respiradores ni UCIs ni neumonías sino discursos que salen de unas fuentes interesadas que, tanto si quieren como si no, son sesgadas aunque no sea más que porque junto a la información oficial aparecen todo tipo de noticias falsas a las que el virus y sus consecuencias sirven como palanca aceptable para la lucha política de desgaste al gobierno. Y con eso y un bizcocho nos estamos volviendo cada día un poco más locos o un poco más desinformados, que viene a ser lo mismo.

         Ya parece constatado que por lo menos nos queda tanto encierro como el que hemos tenido porque la curva estadística del virus nos dice que ya hemos alcanzado el pico y ahora estamos bajando lentamente pero no se van a dar las garantías de que no pueda haber repunte hasta que prácticamente hayan desaparecido los nuevos casos. En ese momento empezaríamos a volver a la normalidad por partes. Una normalidad que empezamos a saber que no va a ser aquella que dejamos cuando comenzó el encierro sino otra muy distinta. Habrá cosas que ya nunca volverán a ser las mismas y otras que no cambiarán ni por una pandemia ni por nada. Que habrá pobres y que habrá ricos no hay mucha duda y que ambos se parecerán como dos gotas de agua a los que ya estaban casi desde el principio de los tiempos.

         Mientras tanto, aquí van unas cuantas perlas para que no se diga. Un partido político de España ha demandado al presidente del gobierno ante los jueces como responsable de todas las muertes por el virus, que ya superan las 11000. Que este virus no es más que la III guerra mundial y que se da por terminada con la victoria de China y Rusia sobre EEUU y Europa. Que el virus no es un ser vivo sino que ha surgido de los laboratorios chinos y es capaz de vivir en el momento en que se adhiere a un lóbulo pulmonar. Quizá convenga que pare, no tanto porque no pueda ser cierto cualquier cosa de las miles que se andan diciendo, sino porque la verdad no la vamos a saber en este momento en el que, dramáticamente, nos estamos manteniendo más de propaganda y no porque nadie lo pretenda de manera expresa, que puede haber alguien que lo pretenda,  sino porque no lo vamos a saber con el fragor de la refriega que en este momento atravesamos. Tampoco estoy seguro que lo logremos con el tiempo.

         Empezamos diciendo que la normalidad que nos espera puede que sea distinta a la normalidad que conocíamos hasta ahora. Para mí el valor de la propaganda adquiere una dimensión mayor de la que tenía. Ya sabía que las guerras siempre las cuentan los vencedores y, por tanto, su versión es de parte interesada. Los datos van a tener más o menos valor dependiendo de la fiabilidad que nos ofrezca la fuente de la que salen. Hay que darse cuenta de la fuerza que puede llegar a tener un virus incipiente que nos ha puesto a todos patas arriba en pocos meses. Ahora no tiene mucho sentido que yo diga, por ejemplo, que jamás he asistido a un partido de futbol porque me ha dado pánico la inmensidad de personas juntas al mismo tiempo y que, pese a ser una persona que me encanta vivir en comunidad, abomino de las multitudes. Si me quieres encontrar nunca me busque donde haya mucha gente. Necesitamos espacio para valorarnos como personas. Presiento que este no va a ser el último escrito sobre el virus. Tardará en formar parte de nuestras vidas como una pieza más y no como una amenaza.


domingo, 29 de marzo de 2020

ENCERRADOS



         Lo que está pasando en el mundo con el COVIT 19 es una revolución de consecuencias que en este momento no somos capaces de calibrar. Esta pandemia nos tiene atrapados y estamos luchando como locos por salir de ella de la mejor manera posible, pero eso, con ser dramático no es más que la primera parte. Los que conocen las guerras siempre dicen que lo peor no es la guerra en sí sino la terrible y larga posguerra en la que hay que reconstruirlo todo de nuevo, no hasta ponerlo como estaba, que es imposible, sino hacer que podamos vivir de nuevo en aquel espacio que conocimos antes del conflicto y que ya nunca será el mismo. No quiero caer en ningún tipo de derrotismo porque la vida siempre es más fuerte que cualquier guerra o que cualquier virus pero sí creo que es importante saber en qué estamos metidos y tomar conciencia de las dimensiones de lo que estamos atravesando. No puedo dejar este tema sin tener un recuerdo especial a los 60 millones de refugiados que pululan por el mundo sin una patria que los acoja. ¿Cómo verán ellos el virus? ¿Estarán contagiándose?¿A dónde podrán acudir para hacerse un test?¿Tendrán mascarillas o tendrán que pedirlas a China también?¿para qué querrán ellos las mascarillas?.

         No quiero seguir con las preguntas aunque me pasaría toda la mañana preguntando y preguntándome. Hoy quiero centrarme en el encierro porque, con más o menos intensidad, de un encierro se trata. Y quiero centrarme concretamente en uno de esos apartamentos de unos 50 metros, en el que vive alguien: un padre, una madre y dos hijos. Uno concretamente de dos años. Voy concretando y me voy poniendo nervioso porque me doy cuenta de la cantidad de supuestos que me dejo en el tintero. No quiero pensar ni por un momento en quienes disponen de espacio y hasta de un jardín para vivir el suplicio. Lo siento también por ellos, pero me quedo con mi propuesta. ¿Habrá estado sola la pareja alguna vez tanto tiempo seguido? ¿De qué hablarán? Si discuten…, qué pasa. ¿Dónde se aíslan si uno quiere estar sólo? ¿Se acuestan los cuatro a la misma hora? Y miles y miles que se me quedan colgando porque no quiero agobiarme ni agobiaros.

         Desde que empezó esta historia fue en lo que pensé. Será deformación profesional o no sé lo que será pero se me viene a la cabeza qué hace una persona de menos de tres años en un espacio minúsculo, junto a su familia las 24 horas del día cuando lo que tiene que hacer en la vida es conseguir el más completo desarrollo muscular a base de moverse de todas las formas posibles. Si no se mueve es como si se muriera muscularmente hablando pero si se mueve seguro que estará molestando todo el tiempo porque el resto de la familia ya no está en ese momento vital. La persona músculo como podríamos llamarla, no puede hacer otra cosa porque es su momento. No tendrá otro en el que su cuerpo esté tan necesitado de movimiento y es ahora cuando está mejor dotado para correr de acá para allá y subirse y bajarse de cualquier sitio que pueda. Todos tenemos límites en la vida para cualquier cosa pero cuando todo tu cuerpo te está pidiendo actividad porque es su momento y tienes que prescindir porque no hay espacio y porque molestas, ¿qué?.

         Cada uno elige sus fantasmas y yo me he centrado en estos dos porque he querido. Los refugiados en general que, curiosamente, han desaparecido del mapa como por ensalmo. Parece como si el maldito COVIT 19 hubiera resuelto el problema de un plumazo o los hubiera devuelto a sus hogares de los que ninguno quiso salir en realidad. Se han acabado casi todos los problemas como por arte de magia. Un problema se acaba cuando se pone encima otro de mayores dimensiones. Ahora no vemos más que coronavirus. Como si el mundo se hubiera acabado tal como lo conocíamos y ahora no hay más que resolver esta urgencia que nos está cambiando. Quiero seguir recordando a las personas que acaban de llegar a la vida, a esta vida concreta, y que lo primero con que se encuentran es con un corsé de semejante tamaño que les dice que no pueden moverse más allá de unos metros porque molestan. Como si este mundo no fuera también de ellos.


domingo, 22 de marzo de 2020

CONFINAMIENTO



         Este coronavirus que nos está inundando, covid 19 por nombre, no tiene solución como ninguno otro con los que convivimos y que hemos terminado por integrar de modo que hoy forman parte de nosotros mismos. Les llamamos gripe porque no sabemos nombrarlos con sus nombres científicos. Cada año se nos presentan en otoño, nos invaden y en primavera suelen veranear porque el calor los achanta. A los grupos sociales de riesgo: personas mayores, dependientes y enfermos crónicos se les vacuna con cepas anteriores para que el impacto sea algo menor. La a campaña de 2017–18 dejó, sólo en España 700000 afectados, 52000 hospitalizados y 15000 muertos. Supongo que cada país tendrá sus propios datos que interioriza como parte de su forma de vida. Esto lo tenemos integrado y casi no es noticia. La curva de peligrosidad según las edades es idéntica a la que se publica para el covid 19, casi todos se producen en los mayores de 50 años y van creciendo a medida que envejecen. Por tanto, nada nuevo bajo el sol. La angustia es libre y, como vemos, va por zonas pero la única particularidad que tiene el covid 19 es la de ser nuevo y desconocido hasta el momento.

         Mientras nos vamos infectando, porque a un virus no hay manera de domarlo, lo vamos conociendo. Lo más destacable es la carrera furiosa para encontrar la primera vacuna para combatirlo, un asunto comercial y de prestigio que protagonizan sobre todo los dos gigantes China y EEUU. Ya la anuncian pero saben que no va a ser verdad antes de un año porque la ciencia tiene sus tiempos y para ser creíbles los resultados deben gozar de todas las garantías. Estoy seguro que tendremos la dichosa vacuna, pero en su momento. Mientras tanto, qué. Pues aquí estamos, haciendo lo que podemos y lo que sabemos para capear el temporal. Se ha decidido recluirnos en nuestras casas  entre 15 días y dos meses porque necesitamos tiempo para que nuestras estructuras sanitarias puedan atender con dignidad a los afectados más graves y no se vean desbordadas por la avalancha de infectados porque el covid 19 se propaga con mucha rapidez.

         Los poderes públicos se sienten desbordados, y con razón, con los efectos de este bichito que se nos ha colado de la noche a la mañana que les está obligando a tomar medidas tan generales y tan drásticas que no conocíamos casi nadie. Sólo los pocos supervivientes de las guerras son capaces de recordar situaciones similares. La reclusión es la vacuna ha dicho nuestro presidente y es verdad, pero no nuestra vacuna contra el virus, que terminará por infectarnos a la mayoría sino contra nuestras limitaciones sanitarias que no podrían atendernos si todos nos infectamos de golpe. La reclusión, la higiene y las distancias de seguridad nos permiten dosificar las infecciones para que los servicios puedan responder a unos números de infectados similares a las posibilidades disponibles. Seguramente terminaremos infectados casi todos, inevitablemente, pero poco a poco. Gran Bretaña intentó dejar libre el proceso infeccioso pero con el paso de los días va reculando y adoptando medidas similares al resto del mundo ante el temor de verse desbordados.

         Llevo una semana recluído, como todo el mundo, durante la que he salido dos veces a por provisiones estrictamente y soportando los días hasta que el proceso permita modificar esta forma de vida artificial pero seguramente inevitable. Como soy un lector empedernido me cuesta poco esfuerzo por la cantidad de horas que ya invertía anteriormente en la lectura. Me afecta sólo la limitación impuesta a mis pocas salidas anteriores. Pero estoy seguro que se está produciendo una verdadera revolución en la estructura social porque la vida, de la noche a la mañana, nos ha abocado a vivir de otra manera durante un tiempo limitado pero desconocido. La situación me recuerda al cuento de Julio Cortázar, LA AUTOPISTA DEL SUR correspondiente a su libro de relatos TODOS LOS FUEGOS, EL FUEGO, en el que un inmenso atasco en una autopista hace que los coches permanezcan recluídos en ella varios meses y sus ocupantes tengan que aprender a sobrevivir en unas condiciones nuevas y desconocidas.


domingo, 15 de marzo de 2020

PANDEMIA


         Me encuentro en mi casa escribiendo este artículo como cada domingo, solo como siempre, pero ahora por obligación porque mi país, tras la declaración de pandemia de este virus nuevo que nos ofreció China hace un par de meses y que ha aglutinado alrededor de su minúscula persona el discurso mundial.  Promete que en los próximos meses no tengamos otro asunto del que hablar que el de su microscópica existencia. Para más inri resulta que China, que ha sido su cuna, actúa con su contundencia implacable de la que en determinadas ocasiones hace gala, y a estas alturas ya ha pasado su calvario. Ahora nos pasa el testigo a los europeos y hasta tiene la gallardía de ofrecerse como apoyo y como guía a este viejo continente que se encuentra más o menos bloqueado por causa de este visitante indeseado y todos bailando al son que toca su diminuta majestad. Gran Bretaña, que va por libre como tantas veces, decide pasar del virus y permitirle que campe por sus respetos y se acoge a la selección natural como si fuera un nuevo Darwin especialista en virus.

         Ya se encuentra toda España disminuida en sus movimientos como Italia y como el resto de Europa parece que va a ir asumiendo poco a poco, al menos los quince días de rigor que parece que tiene el coronavirus de vida. La experiencia de China ha sido dramática pero parece que ya han controlado la pandemia. España tiene desgarradoras experiencias porque a comienzos del siglo XX se hizo mundialmente famosa a través de la gripe española que comenzó en enero de 1918 y se dio por concluida en diciembre de 1920. Se llevó por delante 50 millones de personas en todo el mundo. Eso sí es para echarse a temblar. Hoy nos dedicamos a ir contando los muertos uno a uno como si todo fuera inmenso cuando en realidad lo único que este virus tiene de preocupante es que es nuevo y que hasta el momento no lo conocíamos. Aquí estamos todos como pollos sin cabeza dando bandazos de aquí para allá hasta ver si encontramos una vacuna eficaz que nos demuestre que somos más fuertes que él como hemos creído que lo éramos sobre todos los que en el mundo han sido.

         Esta del enclaustramiento durante 15 días por lo menos va a significar una prueba de fuego que hasta el momento no conocíamos y que nos va a medir hasta qué punto somos capaces de desenvolvernos en una situación nueva que ya no busca dotarnos de medios de subsistencia sino ser capaces, en un momento dado,  de prescindir de casi todos ellos y aislarnos voluntariamente como la mejor medicina para combatir esta miseria nueva que se nos ha venido encima sin comerlo ni beberlo y nos pone a prueba de una manera nueva como colectivo. Nos hemos pasado siglos para dotarnos de recursos para resolver nuestras necesidades básicas y ahora que, al menos en parte del mundo que habitamos, las tenemos resueltas, nos viene de la noche a la mañana este virus, se ríe de nosotros en nuestra cara y se salta todas las fronteras que creíamos que teníamos y nos pide que nos comportemos como seres que son capaces de ser humildes y aceptar aislarse durante al menos 15 días para ganarle la guerra a este bichito que nadie es capaz de ver a simple vista y que nos tiene a todos bailando al son que toca.

         Será por deformación profesional pero no puedo dejar de pensar en los más pequeños y en la miseria de espacios en los que tantas familias viven y que en estos días no van a tener ni el consuelo de salir a los espacios libres para respirar un poco de aire. Nueva experiencia para los que no tuvimos la desgracia de vivir experiencias tan desgarradoras como la guerra y que ahora tenemos que desenvolvernos con este desafío del aislamiento. Es toda una novedad comunitaria que habrá que pasar con la mayor normalidad posible pero también sabiendo que es un drama y que habrá que estudiar en los manuales futuros por si aprendemos algo sobre nuestras posibilidades de adaptación a situaciones nuevas. En Gran Bretaña nos contarán cómo se resuelve una pandemia como esta, sencillamente mirando hacia otro lado como si no fuera con ellos. Como dicen en mi pueblo… hay gente pa to.