Seguidores

domingo, 22 de diciembre de 2019

ADELAIDA



         Voy ya un poco tarde pero es que no me puedo resistir a contar. En definitiva para eso monté este blog. Es verdad que los asuntos van referidos sobre todo a la educación de los más pequeños. Bueno, hoy es la historia de una familia que a lo largo de 21 años nos ha venido prestando a sus cinco hijos porque han creído en nuestra en nuestra forma de crianza. Mi relación ha sido, sobre todo con Adelaida, la madre y ella es la protagonista. No habrá más nombres. No hacen falta tampoco. Yo necesito contar la secuencia porque os juro que estoy impactado, si bien a mi edad es verdad que nada te extraña ya en gran medida. Lo que no quiere decir que esté uno de vuelta de todo. En mi caso, ni mucho menos. Sobre todo porque ahora que me siento más libre me dedico a escarbar en mi interior para encontrar los aspectos más profundos. Los selecciono lo mejor que puedo y, como en este caso, los saco a la luz por si sirven de muestra para que alguien, como yo, pueda entender la futilidad de la vida un poco mejor. No sé si es posible crecer en sabiduría pero intentarlo no me parece un vano empeño. Y en eso estoy, mientras el cuerpo aguante.

         La historia es como sigue: Llego el día 20 por la mañana al Colegio Público Sierra Nevada a recoger, junto con otras tres entidades sociales del barrio del Zaidín, unas ayudas que nos han preparado en unas preciosas cajitas rojas y que nosotros agradecemos intensamente, no tanto por el valor económico, que también, sino por lo que significa de implicación de la infancia en los problemas reales del barrio y por su interés de colaborar en lo posible con los más necesitados. Como yo siempre llego temprano, me siento a esperar donde me dicen hasta que llegue el momento de la entrega. Me encuentro a una alumna que tuve con su gemela y que ambas están haciendo prácticas en el centro. Me da mucha alegría, aunque sé que implica que en mi vida hace ya mucho tiempo de casi todo.

         Se me acerca un señor, el compañero de Adelaida, con el que tuve también mucha amistad y por las mismas razones que con ella. Recuerdo que en su tiempo nos reíamos porque ambos trabajaban en el departamento de psicología social de la Universidad de Granada y proponíamos poner en la escuela una sucursal con ellos y sus cinco hijos. Empezó Adelaida a parir hijos y ellos empeñados en que querían una hija hasta que llegaron a cinco. Nos reíamos mucho porque al paso que iban les faltaba cada día menos para crear un club de fútbol. Aquí me quedé y desaparecí de sus vidas después de haber vivido 21 años en contacto con la familia porque aunque los mayores iban saliendo, siempre había un pequeño que ocupaba nueva plaza con todos los honores de hermano casi interminable. Todos los hermanos en las escuelas públicas tienen más puntuación por el argumento de reagrupamiento familiar. Con toda la confianza refrescada lo saludo y le pregunto por la familia por si ha aumentado y por los mayores, que seguro que vuelan solos ya.

         Con toda la claridad de la lengua castellana me dice que Adelaida murió el verano pasado por efecto de un cáncer de útero que se la llevó en unos pocos meses. Me quedo de piedra. Le digo que me ha dado el día y automáticamente me da vergüenza y le doy mi pésame porque estoy seguro de que ellos se quedarían mucho más de piedra que yo. Me sigue contando que a partir del suceso la familia se ha tenido que adaptar y que los mayores están dando la talla, asumiendo tareas que están a su alcance y recomponiendo por completo las responsabilidades porque la vida sigue y hay que salir adelante con la nueva situación que se ha creado, una vez que Adelaida ha desaparecido. Nos despedimos con toda la cordialidad del mundo y aquí me tenéis, colgado de la noticia, comentándosela a cualquiera que me encuentro a ver si a base de repetirla termino asumiéndola y, ahora, a vosotros. Será el tiempo que pasó sin que nos relacionáramos, o no sé lo que será, pero Adelaida la tengo en el cuerpo, sobre todo su sonrisa.


domingo, 15 de diciembre de 2019

NATALIDAD



         Esta semana ha salido la prensa en tromba proclamando por las esquinas que la tasa de natalidad ha sido en España la misma que en 1941. Tal como se ha contado parecía un lamento, una amenaza de cataclismo y poco más. No dudo que la realidad sea la que se dice, lo que no entiendo es por qué nos extrañamos de algo que tenemos delante de los ojos cada día y nos negamos a ver. Para que aumenten los habitantes de un país hace falta algo tan elemental como que los adultos lo  quieran. Quiero pensar que no habrá que andar explicando que no es cierto lo de la cigüeña y que los pequeños nacen cuando sucede un cúmulo de cosas completamente naturales y que significan sobre todo un compromiso con la vida no inferior a veinte años y de ahí para arriba. Sin cumplir esta premisa cómo nos vamos a quejar de que no nazcan nuevos bebés. Hemos alcanzado un nivel de necesidades que hay que satisfacer para comprometernos. Antes nacían niños como churros: las mujeres se pasaban media vida embarazadas y la mortalidad infantil campaba a sus anchas. Hoy los requisitos para un nacimiento han subido algunos peldaños y hay que disponer una serie de servicios públicos que requieren inversiones que todavía no se ofrecen.

         Lo último que quisiera es que mi discurso sirviera de alarma o de reproche. Lo que digo es que las cosas siempre pasan por algo y que a la vez que nos estamos rasgando las vestiduras porque nos faltan niños, ponemos todas las trabas del mundo para  adoptarlos y cerramos las fronteras a cal y canto como si nos fueran a invadir. Da la sensación de que queremos una pescada muy gorda y que pese muy poco y eso no existe en el mercado. Hemos alcanzado cotas de bienestar en las que cada persona se siente libre para organizar su vida sexual, por ejemplo, sin tenerla que ligar directamente a la reproducción, lo cual significa una auténtica revolución que tantos países quisieran, pero que lleva aparejado un importante descenso de los niveles de responsabilidad hacia la crianza de los hijos si no es en unas condiciones nuevas en la que todos, mujeres y hombres, debemos involucrarnos por igual y los servicios públicos deben satisfacer algunas de las  necesidades que la crianza de los hijos lleva consigo.

         Que haya muchos nuevos nacimientos puede ser muy bueno para un país pero hoy sabemos que tenemos que valorar muy bien cuáles son los precios que hay que pagar por ello. Tradicionalmente han sido las mujeres las que han arrastrado con la responsabilidad de la crianza hasta el punto de que los machos hemos llegado a asumir que eso era lo natural. De hecho, en más de medio mundo todavía es así. Pero una serie de países han alcanzado la posibilidad de disfrutar del sexo cuanto quieran sin que se hayan de producir embarazos. Cuando se asume la aventura de la paternidad se valoran las necesidades sociales que traen consigo y se exigen servicios públicos adecuados que siguen faltando y se asume que la responsabilidad de la crianza es de toda la familia y no sólo de la madre. Todo esto trae consigo que un nuevo ser no sea ya en muchos sitios producto una noche loca, ni un coito a destiempo ni desmanes por el estilo sino un planteamiento conjunto y formando parte de un proyecto de vida en el que queda incluido el nuevo ser que llega con una serie de necesidades debajo del brazo y en el que todos debemos involucrarnos.

         Las necesidades de afecto que vamos dejando sin cubrir se manifiestan en nuevas formas de soledad y se hacen visibles socialmente en la cada día mayor presencia de mascotas que vienen a sustituir ausencias de compromisos con más implicación por nuestra parte. Una mascota, a fin de cuentas, no es más que un hijo de rebajas, con el que cabe disponer de un compromiso pero que te pide menos implicación personal que un nuevo ser humano. Hemos ganado sin duda en condiciones materiales y en medios para nuestro desenvolvimiento personal pero no hemos ganado tanto en madurez y cada día nos conformamos con menos a la hora de afrontar el imprescindible compromiso con la vida. Creo que cada día estamos un poco más solos y más desamparados.


domingo, 8 de diciembre de 2019

PLANETA



         Lo hemos tenido en casa esta semana. Desde hace unos treinta años ya se viene avisando que este planeta está en peligro, que nos habíamos tomado tan a pecho que somos los amos del mundo que podía llegar el momento en que la capacidad del planeta se viera desbordada por la acción del ser humano y nos viéramos abocados al desastre puro y duro. Que todavía estábamos a tiempo pero que teníamos que ir tomando medidas contra la contaminación desbocada. Se está pasando el tiempo y me temo que los cambios de vida imprescindibles para el sostenimiento de la vida se van alargando entre las tímidas medidas por una parte y la arrogancia de unos pocos poderosos que se empeñan en que aquí no pasa nada y que los científicos y los pusilánimes no hacen más que dramatizar una situación que no llega a tanto. Lo cierto es que el tiempo pasa y nos vamos acercando irresponsablemente al punto de no retorno a base de argumentos engañosos y sin tocar nuestro cómodo nivel de vida que  nos permite no entender que el mundo nunca fue nuestro y que solo somos una parte del conjunto y tenemos deberes ineludibles que nos empiezan a agobiar.

         Cuando hace unos años vivimos el tsunami del sudeste asiático, que en un rato dejó un reguero de miles de muertos, comprobamos el poder de las fuerzas de la tierra y la pequeñez y fragilidad del ser humano. Las señales no han parado y todas nos hablan de que nos estamos pasando y mucho, suponiendo que estamos en la cumbre del poder cuando nunca fue cierto y cada vez lo es menos, de modo que si no nos planteamos un cambio de vida radical, más pronto que tarde nos vamos a ver abocados a entender la realidad a base de experiencias cada día más dramáticas y más fuera de nuestro alcance. Madrid ha sido el último encuentro mundial para reflexionar sobre los cambios que cada día son más urgentes porque las posibilidades de supervivencia se acortan por momentos en la medida en que escuchamos con sordina las señales que cada día nos llegan con más nitidez. La primera es que los países más contaminantes, EEUU a la cabeza, se empeñan en negar el dramatismo de la situación y no hay modo pacífico de que entiendan que tienen una serie de obligaciones para con el conjunto proporcional al poder que ejercen de manera irresponsable.

         Originalmente el asunto es muy simple. A cada persona nos debe corresponder la misma medida de poder por el hecho de haber nacido. Pero esto es algo que nunca ha sido verdad y que los imperios que en el mundo han sido: Egipto, Roma, España, EEUU, o los que puedan venir en el futuro, han creído que ellos eran más que nadie y que su fuerza era la verdad, sencillamente porque lo decían ellos. Así hemos llegado hasta aquí, con el mismo nivel de sordera del que a lo largo de los siglos hemos hecho gala. Es una forma de vivir basada en la ley del más fuerte y es la misma que rige todavía hoy. Parece que nuestro destino inexorable es el abismo y que no hay forma de eludirlo desde el momento es que el que lleva la voz cantante no es capaz de darse cuenta de que su poder no debe ejercerlo en su beneficio sino en el del conjunto, lo cual sería completamente nuevo en la historia porque no tenemos ejemplos en contrario. Los tenemos y muchos por parte de los sufridores pero en ningún caso por parte de los hegemónicos.

         No sé si suena a pesimista mi discurso. Lo que pretende ser es lúcido y que nos sirva para entender que el poder, tanto político como personal como del tipo que sea, no puede destinarse a gozar de privilegios sino a cargarnos de responsabilidad y a aportar salidas dignas para el conjunto de seres que nos rodean. Esto ha debido ser así desde el principio de los tiempos pero la realidad es tozuda y nos dice reiteradamente que no ha sido así y que los más fuertes han puesto las leyes que les han convenido en cada momento y que lo siguen haciendo hoy. En Madrid se han acordado medidas sensatas de control del derroche y de buenas intenciones para el futuro de la vida. El problema es quién le hace entender a los poderosos depredadores que se encuentran en la cima del poder que ellos deben ser los que marquen el camino y servir de espejo donde el conjunto nos miremos.


domingo, 1 de diciembre de 2019

SALUD



         A lo largo de esta semana mi amigo Ignacio me ha preguntado a través de un mensaje si me pasa algo porque el domingo pasado se quedó sin mi texto correspondiente, sencillamente porque yo estaba hospitalizado. Es la primera vez en mi vida que esto me pasa pero se me ha puesto por delante una apendicitis, me ha doblado de dolor y he recabado en urgencias sin más remedio. Si hubiera sido joven y sano hubiera sido cuestión de media hora de quirófano y un par de días de recuperación pero a estas alturas de mi vida, ni lo uno ni lo otro. He pasado siete días en una cama pública, maravillosamente cuidado con todo lujo de profesionales a cual más competente, como todos los enfermos internados, para limpiar mi cuerpo de la infección que él mismo ha producido para defenderse de la agresión de la apéndice inflamada, por medio de una punción en el punto del dolor para extraer el líquido indeseable allí creado y una fuerte dosis de antibióticos. Todo ello sin probar bocado ni líquido los cuatro primeros días por si había que operar de urgencia, cosa que no ha sido imprescindible, por ahora.

         El resumen del episodio es que he salido del hospital el miércoles pasado y he decidido que esperaba hasta este domingo para aparecer ante vosotros, dar las explicaciones correspondientes, tranquilizar a quienes se hayan preocupado demasiado, aunque ya puede verse que nadie es eterno y que un día u otro, aparecen incidencias contra las que uno no puede hacer gran cosa más que seguir las indicaciones médicas y confiar en que la solución, si es que la hay, aparezca lo antes posible y uno pueda volver a su normalidad. He comentado varias veces el chiste del abuelo que se muere y llega al cielo. Lo recibe San Pedro y empieza a celebrar la de cosas buenas que se va a encontrar en cuanto cruce la puerta y el abuelo calla y escucha con atención. Cuando San Pedro termina su relato el abuelo le responde… - Si todo eso está muy bien…, pero… como en la casa de uno… Pues eso.

         He pensado en las secciones de niños hospitalizados y en la imposible manera de pasar el rato a la espera de que las dolencias remitan y la desesperación de las largas horas de espera se resuelva de cualquier manera. Para los pequeños es un drama incomprensible pero para los familiares que les acompañan no lo es menos porque, aparte de estar con ellos, que no es moco de pavo, poco pueden hacer para influir en sus procesos clínicos, muchas veces sin solución. Como dato, a los pocos días de tomar yo posesión de la habitación 922 de Hospital Virgen de las Nieves, antiguo Ruiz de Alda, héroe franquista de nuestra guerra civil, apareció Pablo en la de enfrente con sus noventa años a cuestas y con no sé qué dolencia en su cuerpo y con su Alzheimer en el espíritu. Lo que sí sé es lo claro que se le escuchaban las voces a grito pelado llamando a su madre en cuanto alguien osaba tocarlo. Corroboré una vez más lo que se oculta en los lugares más profundos de nuestro cerebro y cómo cuando queremos conocer nuestros recuerdos esenciales, tenemos que retroceder a nuestra infancia porque allí están sin duda.

         Nunca me he visto tan bien atendido y con tantos medios materiales a mi servicio, es cierto. Lo he dicho mientras estaba encamado y lo repito ahora que el episodio forma parte de mis recuerdos aunque mi capacidad gustativa no se ha recuperado todavía, no sé si por efecto de la medicación o por alguna razón que desconozco. Lo creo de verdad y lo valoro en lo que vale, que creo que es mucho. Eso no obsta para que el muñequito, de los muchos que mis hijas me han creado para definirme, que mejor define mi estado de ánimo a la salida hasta mi casa sea este que os dejo aquí como muestra del estado de ánimo con el que retomo la vida, a sabiendas de que somos frágiles y no sabemos qué nos depara el mañana. En el lecho del dolor he cumplido mis setenta y tres años y, por tanto, más temprano que tarde tendré que verme de nuevo ante la próxima botana que me tenga reservada la vida y espero asumirla con entereza y humildad como parte del proceso natural, pero me alegro mucho de estar de nuevo con vosotros.


domingo, 17 de noviembre de 2019

FRÍO



         Hemos tenido una entrada de otoño en la que las noticias eran de sequía. Cada día nos mostraban pantanos con menos de un veinte por ciento de agua. En este momento la media España del norte se encuentra con más de cien carreteras secundarias cortadas y con un metro de nieve. Y seguimos, porque hoy se espera lluvia a base de bien. En Granada las noches ya bajan de los cero grados y puede que mañana esté Sierra Nevada hasta arriba de nieve. Los programas meteorológicos se han convertido en estrellas porque en vez de contarnos lo que pasa nos lo venden. Hasta del tiempo hemos hecho un espectáculo. Me consta que bastante gente es capaz de ignorar las noticias pero se plantan delante del televisor y no se pierden ni un detalle de lo que cada cadena es capaz de mostrarnos sobre el tiempo. Pienso en aquellos mapas hechos a mano y las tizas de Mariano Medina.  Me da ternura cuando los comparo con los que se muestran hoy con evoluciones en directo de los vientos, de las isobaras o de las previsiones bastante precisas a tres días vista.

         Cada vez se ven por la calle más abrazaderas en donde los pequeños de menos de dos años van colgados de sus familiares calentándose con los calores corporales de sus mayores. Me parece una magnífica idea y no creo que exista un sistema de abrigo más natural y equilibrado que el cuerpo y los latidos de la persona que me cuida. Recuerdo que nos trajeron una bolsa para transportar a mi hijo el mayor que hoy tiene cuarenta y siete años y cómo íbamos por la calle haciendo gentes como si estuviéramos ofreciéndole al niño algo del otro mundo. Lo que conocemos como modernidad no ha llegado para anular aberraciones en las que hemos caído pero sí permite que convivan al mismo tiempo distintas culturas sobre. En los setenta se nos quiso hacer creer que el aceite de girasol era mejor que el de oliva, sencillamente porque los Estados Unidos no sabían qué hacer con su superproducción. A los niños había que operarlos de anginas a la primera de cambio porque quitar las anginas, al parecer, era mejor que mejorar los cuidados. Estuvo en profunda crisis la lactancia natural supongo que para aprovechar mejor el tiempo de sus madres, que por entonces empezaban a incorporarse al mercado de trabajo.

         Lo que quiero destacar es la de vaivenes que somos capaces de dar poniendo de moda determinadas costumbres y adornándolas debidamente de argumentos sesgados, sencillamente porque en cada momento somos capaces de defender lo que interese, tanto si el fundamento en el que nos basamos es sólido no. La cultura de la libertad que ahora disfrutamos, al menos en el país que vivo, permite que no se imponga un solo discurso y que seamos capaces de ser diversos en nuestros fundamentos y en nuestras prácticas. De vez en cuando se ven por las calles carritos de bebés perfectamente rosas o azules dependiendo de los inquilinos que llevan dentro y se simultanean con las abrazaderas. Yo tengo claro cuál es mi opción como he explicado unos renglones atrás, pero me quiero felicitar porque en el cuidado de los pequeños como en cualquier otro aspecto de la vida podamos cruzar verdades de índole diversa sin que ninguno se tenga que sentir con la verdad ni tampoco marginado por el hecho de ser distinto.

         He puesto el ejemplo de la información meteorológica porque me parece paradigmático de a dónde se puede llegar a base de exagerar un tema, sencillamente por el hecho de que la gente pueda estar más interesada en él. Tenemos que aprender que la diversidad, tanto en conocimientos como en cualquier otro orden de la vida es una riqueza sin paliativos y que tenemos que aprender a vivir en la diversidad, sencillamente porque en la vida somos diversos y el hecho de serlo y de que aprendamos a vivir como diversos es una de nuestras mayores riquezas. Nunca faltan corrientes integristas de la índole que sea, que buscan uniformarnos porque el enemigo para ellos tiene que existir y es el otro, el que no es como yo. Hoy el mundo es suficientemente pequeño como para que necesitemos aprender que todos tenemos cabida en nuestra admirable diversidad y sin necesidad de que nadie se crea más que nadie.


domingo, 10 de noviembre de 2019

OTOÑO


         Ahora no hay escapatoria. Las primeras nieves, el cambio de hora que hace que empiece a anochecer a las seis de la tarde, el contacto con los cero grados de madrugada, signos todos inconfundibles de que el otoño nos ocupa de pleno. Para mi gusto nos adentramos en los dos meses más tristes del año pero eso va en gustos. Tampoco falta quien celebra ese dominio de las sombras aunque no sea mi caso. Es cierto que, incluso para mí, esta estación tiene aspectos de belleza incomparable. Debería ser obligatorio pasearse por la Alpujarra y gozar de esas gamas de amarillos, rojizos y marrones increíbles que cada familia de árboles nos pone delante de los ojos antes de que el invierno termine con el ciclo vital y todo quede desnudo hasta que pasen unos pocos meses y la vida se muestre de nuevo en todo su esplendor. Lo primero que habría que calibrar con los pequeños es que el frío que se va apoderando de todos les debía permitir moverse. Muchas veces resulta agobiante verlos completamente abrigados y sin poderse mover.

         El propio cuerpo es perfectamente capaz de generar calor si dispone de suficiente movimiento. Eso no impide entender que hace frío y que debemos cubrirnos para sobrellevar las temperaturas, la lluvia y los demás accidentes meteorológicos que nos cubren cada día. En esta ciudad, Granada, sabemos bastante de fríos porque la estación lo impone pero también porque apenas a 30 kilómetros del casco urbano, se encuentra Sierra Nevada, Sulair de los musulmanes, que ahora se cubre de blanco hasta bien entrada la primavera, aunque hay umbrías que no terminan de deshelarse en todo el año  y el viento que nos llega de la nieve nos hace movernos todo el invierno en contacto con los 0 grados y de ahí para abajo. Los pequeños deben conocer con su cuerpo el lugar en el que viven y aprender a desenvolverse con esas características. Por encima del frío los pequeños van a querer jugar porque en ello les va la vida. Esto tenemos que saberlo y disponer para ellos espacios y tiempos para que lleven a cabo su asignatura por excelencia: el juego.

         Dentro del  aula he tenido predilección con disponer de una cocinita pequeña que nos sirviera para ofrecer los resultados de las transformaciones más elementales que, por más sencillas que nos parezcan y que lo son, la mayoría de .los pequeños no las han presenciado. Los ciclos del agua están al alcance de la mano y seguro que todos los conocen de manera aislada pero lo que dudo que hayan experimentado es echar en un cazo unos cubitos de hielo, verlos cómo por efecto del calor se vuelven líquidos en unos minutos y dejarlos calentar de nuevo y que se conviertan en vapor delante de sus ojos y, una vez que el vapor se acaba darnos cuenta de que el cazo está completamente vacío. Lo he realizado muchas veces y siempre impacta porque todo sucede en pocos minutos. La humilde realización de una tortilla es otro de los ejemplos que impresionan. El estrellar el huevo, batirlo delante de sus ojos y que vean cómo cambia de textura y de color para convertirse en una rica tortilla que termina repartida y degustada en pequeños trozos. Esos experimentos caben en cualquier época, pero el otoño es especialmente rico en  sabores al amor de la lumbre.

         En nuestro cole hay varios caquis que son la delicia de muchos ahora que maduran y que pueden ser degustados a placer. En las pruebas de cualquier tipo hay que tener manga ancha porque hay quienes se vuelven locos con lo nuevo mientras que también hay quien no acepta probar nada que se salga de su rutina de cada día. Un membrillo troceado y mezclado con los trozos de un boniato y hervidos con agua abundante, una rama de canela y azúcar al gusto puede ser un manjar de dioses para quien lo acepte de buen grado. O asar unas castañas, pelarlas y dejarlas de un día para otro y al día siguiente cocerlas también con agua abundante, una rama de canela y azúcar al final del cocido, una vez que el caldo espesa y se convierte casi en un puré. El otoño ofrece opciones abundantes para conocer sabores y descubrir que la naturaleza es siempre una sorpresa, estemos en la estación que estemos.

domingo, 3 de noviembre de 2019

COLONIA



         En nuestro programa de trabajo había dos momentos, primavera y otoño,  en los que salíamos de colonias con todo el grupo. Al principio era de lunes a viernes, lo que significaba un esfuerzo muy notable, tanto más cuanto que al lunes siguiente había que estar de nuevo al pie del cañón. Reflexionando en grupo descubrimos que el objetivo que pretendíamos, que era que durmieran juntos y lejos de sus familias, lo podíamos alcanzar con dos días y una noche, con un importante ahorro de energía para nosotros. Salíamos un jueves por la mañana y volvíamos el viernes por la tarde. Seguramente ese ahorro estaba directamente relacionado con que nos íbamos haciendo mayores y dosificábamos mejor nuestras capacidades físicas. Pero el principal objetivo se cumplía. Eso era verdad. Me pasé muchos años proponiendo al equipo que me permitieran pernoctar en el mismo cole para que viviéramos la experiencia de no cambiar de espacio, aunque sí de actividad. Siempre se votó en contra y me quedé con las ganas. Años después, mi compañero Manuel Ángel lo ha conseguido. Me alegro por él.

         Cuando se trabaja en grupo hay que asumir que las ideas no basta con tenerlas sino que deben ser compartidas por la mayoría para que el grupo las asuma. Esto es una de las cosas que más trabajo me ha costado interiorizar. Ya es difícil tener una idea pero el verdadero problema estaba en persuadir a los compañeros y no siempre se tenía la paciencia necesaria. El resultado era que cuando una cosa se hacía era del grupo y el grupo en su conjunto respondía de ella, pero también que muchas ideas podían no llegar a realizarse por problemas personales si quien las proponía no gozaba de las simpatías de la mayoría o no la defendía con la consiguiente capacidad de persuasión. Llegaba a resultar injusto y hasta desesperante, pero nadie dijo nunca que trabajar en grupo fuera fácil y si alguien llegó a decirlo no sabía bien de lo que hablaba. He conocido casi todos los niveles de trabajo en nuestra empresa y me siento muy satisfecho por ello, pero ha sido a base de constancia porque mi ímpetu muchas veces despertaba recelos y no era suficientemente persuasivo.

         Otro día nos detendremos en la vida en grupo pero hoy no me resisto a contar la experiencia de la zorra, que pasan los años y no se me va de la cabeza. Habíamos ido de colonias de otoño a Ermita Vieja en Dílar, a unos 20 kilómetros de Granada. Por la tarde, con las linternas en la mano, salíamos de paseo antes de que anocheciera y en un recodo del camino nos sentamos para hacer una asamblea y hablar de lo que veíamos. Estamos dando las primeras palabras y vemos salir a una zorra que se planta en medio del camino por el que habíamos subido y nos mira descarada. Nos quedamos impresionados y callados como muertos. La zorra camina hacia abajo, se acerca a la linde del camino y orina en la hierba. Nos vuelve a mirar y sigue andando hacia el otro lado. Vuelve a orinar y nos mira de nuevo. Repetía la operación y nosotros no abríamos la boca. A los pocos minutos llegó a una curva y desapareció. Alguien dijo: Está buscando novio. Y seguimos nuestro paseo porque la luz del día se iba y teníamos que iluminarnos con las linternas, que era nuestra intención.

         Seguramente de cada colonia tendremos recuerdos de impacto que a poco que hagamos memoria afloran. En su momento cada uno de ellos supuso una experiencia que hizo que cada colonia se diferenciara del resto. Cuando salían de nuestro cole de Infantil, los pequeños habían vivido hasta seis colonias, lo que supone un arsenal de experiencias nada desdeñable. Cada uno podrá hablar de las que más le hayan impresionado pero yo mantengo en el recuerdo la secuencia de la zorra por dos razones. Por parte de la zorra porque nos mostró claramente lo que quería hacer y los pequeños la entendieron. Por parte de todos, el silencio sepulcral que se produjo en aquellos breves minutos, cosa nada fácil, que nos permitieron seguir a la zorra en su cometido hasta que llegó a la esquina y siguió su camino dejándonos a todos con la boca abierta.