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domingo, 15 de septiembre de 2019

DESGARRO


         Habitualmente procuro decidir el tema a tratar cada semana cuando estoy sentado frente a la pantalla porque quiero que cualquier incidencia que traiga la actualidad se cuele por derecho propio en este tema sin fin que vengo teniendo con vosotros desde hace estos días nueve años. Ayer me dio la excusa una entrevista a una madre que hace 15 perdió a un hijo con cinco años de un tumor cerebral. No sé si existe un desgarro mayor en este mundo que perder a un hijo. Vaya, por tanto, mi máximo respeto y toda mi solidaridad a esa madree y a toda la familia. Lo que pasa es que hablaba en la tele y la veía y escuchaba mucha gente, entre ellos yo y desde el más profundo respeto personal ante su drama, contaba que el primer día que tuvo que entrar a la UCI para ver a su hijo operado de la cabeza, se sentó en la puerta y pasaban otros miembros de la familia pero ella no era capaz. Desde el punto de vista personal…, cómo no comprender y compartir semejante dolor. Pero la señora dijo que se puso a rezar el rosario y parece que la oración le dio fuerzas para asumir su drama y eso merece ser discutido.

         Me acordé de la película CAMINO y de aquella niña muriéndose en su cama de una leucemia, una vez agotadas todas las posibilidades quirúrgicas. Su familia delante de ella, impotente ante su drama y aquel sacerdote arrogante, exhortando a todos para que se alegraran porque su hija estaba a punto de viajar al cielo y gozar de Dios para siempre. Los familiares sonreían de manera forzada  mientras las lágrimas de dolor brotaban sin parar. Otros desgarros parecidos como los cadáveres que escupe el mar y nos los deja en la playa para vergüenza del mundo o esos que ni siquiera vemos porque la guerra nos los ha deshecho y sus familiares no pueden tener el derecho a un velatorio y un entierro dignos. Estos desgarros de seres indefensos comprendo que nos sensibilicen de manera especial porque no somos de piedra. Todo el respeto personal, repito, pero el mensaje de que los rezos de una religión concreta como medicinas eficaces cuando la ciencia se muestra incapaz me parece un poco indecente, la verdad.

         Durante muchos años he militado en las filas de la religión católica y no me arrepiento de ello porque en aquel tiempo actué con toda la sinceridad de la que era capaz. Hoy no milito en ninguna religión con la misma sinceridad que entonces y no acepto más Dios que las personas que viven a mi alrededor y el mundo que nos acoge a todos porque entiendo que el único Dios posible es el tiempo que nos dio la vida y que nos la quitará cualquier día porque somos tiempo como todo lo que vive. Tengo un hijo y dos hijas y no me he visto en la tesitura, hasta el momento, de tener que despedir a alguno de ellos antes de que yo desaparezca de este mundo. Pero desde el respeto a las creencias de cualquier persona no puedo aceptar que el rezo de cualquier oración se convierta en el talismán que te haga soportar el dolor por la pérdida. Respeto absolutamente si a esa madre o a la familia que aparece en la película les servía para interiorizar el drama que tenían entre manos pero no me parece honesto dejar ese mensaje colgando para todo el que vea y escuche en ese momento.

         Insisto una y mil veces en mi respeto personal a las personas afectadas. Mi máxima cercanía en momentos tan trágicos pero los duelos no son de una confesión concreta. Son universales y cada religión o cada cultura tiene sus mecanismos, que pone en práctica cuando se enfrenta a fenómenos de difícil interiorización por procedimientos ordinarios. El dolor ha existido siempre y hoy no está resuelto ni creo que se resuelva nunca porque significa un desgarro íntimo que nuestra razón no puede comprender en el momento que se produce. Es el tiempo y la reflexión la que va encajando dentro de nuestras vidas estas vivencias que en un momento dado nos marcan de manera insoportable hasta que terminamos aprendiendo a vivir con todas las experiencias que vamos acumulando. No hay religión ni Dios que valga para resolver semejante dolor en el momento en que se produce. Es la vida, de la que todos formamos parte pero que es más grande que todos, la que termina integrando todo lo que nos acontece como si todo el vivir fuera un campo del que tiene que brotar el mañana.  

domingo, 8 de septiembre de 2019

RECUERDO



         Tantas veces me hubiera gustado no tener que hablar del primer tramo educativo y he tenido que hacerlo que una más creo que se va a notar poco. Esta semana he visto dos temas relacionados con este asunto en la prensa nacional. Uno en el que se dice que en la Comunidad de Madrid 40.000 pequeños van a disponer de plaza gratuita en este curso que empieza. Nosotros en Granada nunca tuvimos las plazas gratuitas sino que las familias pagan en función de los ingresos aplicando un baremo proporcional. Mentiría si dijera que lo considero, pero es verdad que viene funcionando con un nivel de consenso muy aceptable lo que, después de 40 años, no me parece poco. No creo que nadie piense que ha sido la actual administración de la Comunidad de Madrid la que ha implantado la medida pero, por si alguien lo piensa ya le digo yo que no, que ojalá, porque debería ser un asunto unánime el que los pequeños puedan gozar de un puesto escolar público desde que nacen pero la realidad está todavía bastante lejos de  ser así. Espero que la medida se mantenga y no le pase como al MADRID CENTRAL.

         El segundo artículo tiene más que ver con las verdaderas raíces de la discriminación de este sector educativo y se llama dinero. Desde que se acordó la separación de la primera infancia en dos sectores en 0 a 3 y 3 a 6, precisamente con una administración del Partido Socialista, supimos que tenía un carácter económico. La medida determinante consistió en ofrecer para sus profesionales un módulo de Formación Profesional y prescindir de la Diplomatura de Magisterio. Me consta que la preparación del módulo ofrece unos contenido muy correctos y, si llega el caso, más cercanos a lo que después significa el ejercicio profesional de modo que la preparación podría aceptarse si en vez de dejarla tal como está se le añadiera un complemento universitario que la homologara con el resto. Pero es que ahí es donde estaba y sigue estando el nudo gordiano. Se trata de ofrecer una titulación más llevadera para, a renglón seguido, reflejarlo en el sueldo y hacer que del grupo dos que se corresponde con todos los maestros, sean del grupo tres como auxiliares.

         Este segundo artículo me parece de más calado porque pone el dedo en la llaga de la discriminación que sufren los profesionales que atienden a los de 0 a 3 años. Precisamente al momento de la vida en el que se juega al menos el 50% de las capacidades de una persona ponemos a unos profesionales cuya responsabilidad está más dirigida a criterios sociales y sanitarios que pedagógicos. El trabajo, por tanto, se centra más en que los pequeños estén limpios y su salud a punto que en desarrollar con ellos todo un programa educativo enfocado a sus capacidades motoras y de conocimiento. Como conozco modestamente el sector me consta que muchas personas que desarrollan su trabajo en él se preocupan por su preparación, de modo que el resultado es mucho mejor del que cabría esperar si atendemos sólo a lo que se espera de ellos, pero el veneno de la discriminación ya se inoculó en su principio y, hagan lo que hagan están marcados por el sello de ayudantes y cualquiera puede verlos en los centros deambulando de un grupo a otro a la espera de que cualquier maestro o maestra los reclame para cambiarle los pañales a quien lo necesite porque todo un titulado de Magisterio parece que no se puede manchar las manos.

         Sé que es muy cruel decirlo y me duele en el alma, pero es que es la verdad. La secuencia termina cuando a fin de mes llegan las nóminas y los de FP se encuentran con que no llegan a 1000 euros mientras que sus compañeros, que tampoco pueden tirar cohetes se distancian alrededor de 500 euros por encima de ellos cuando el trabajo en la realidad es muy parecido. Tendría que darnos vergüenza, en el caso de que la tuviéramos, que precisamente el sector educativo más importante, que es el de los primeros tres años de la vida, en vez de disponer de una dotación económica y profesional a su altura, se haya convertido en el hermano pequeño de la educación y disponga de la titulación académica más baja como si para los más pequeños cualquier preparación fuera suficiente: ¡Total, quién se va a enterar si ellos apenas hablan!.


domingo, 1 de septiembre de 2019

COMIENZO


         El mes de septiembre que hoy comienza será, como siempre en este país, en el que arranca el nuevo curso. Parece que los ciclos formativos van por semanas de menor a mayor, lo que quiere decir que mañana empiezan los nuestros, los más pequeños. Atendiendo a la gran profundidad del cambio que supone iniciar la vida en común con los iguales, los previos que debían llevar en sus cabezas son un correcto conocimiento del nuevo espacio en el que se van a desenvolver, las nuevas personas que van a estar a su cuidado y los nuevos compañeros con los que van a convivir a partir de ahora. Hay fotos que suelen aparecer en la prensa del comienzo del curso de los más pequeños con las que no me gustaría encontrarme: llorando y casi arrastrando de la mano de sus familiares, cargados con mochilas que les cubren toda la espalda, en filas como si fueran a la guerra, y otras con las que sí: podrían entrar junto a sus familias, en pequeños grupos hablando entre ellos como quien va a llegar a un lugar que conoce y no teme sino que desea, maestros y maestras esperando en la puerta, con la sonrisa en los labios, dispuestos a darles la bienvenida y llamándoles por sus nombres propios y no por sus apellidos.

         No sé si será suficiente con los que he dicho para modificar la imagen del comienzo del curso de algo terrorífico a los que llevan a los pequeños arrastrando como si fueran a un matadero por otra en la que se les ve llegar a un lugar que ya conocen de antemano y en el que esperan encontrar a personas mayores que los van a cuidar, que saben cómo se llaman y que los llaman por sus nombres desde el primer momento y a un montón de compañeros y compañeras, algunos ya conocidos, con los que van a compartir la vida desde mañana y van a jugar y a crecer juntos en ese espacio amigo impresionante, que se ha dado en llamar escuela. Desde luego lo que me parecería una tortura es verlos arrastrando hasta la puerta y escuchar las barraqueras desde el quinto pino mientras los adultos lo asumen como algo normal ignorando que de semejante secuencia va a depender gran parte de la visión de la escuela y de lo nuevo que ese menor está interiorizando.

         Yo creo que la noción se encuentra dentro de la memoria colectiva y no hace falta insistir mucho en ello pero, por si acaso, el primer día, como tantas primeras experiencias que la vida nos depara: nacimiento, primer amor, primer beso o primer día de escuela se van a gravar en nosotros para siempre. Razón de más para que en todos los casos dediquemos tiempo y esfuerzo para que esas experiencias, especialmente profundas, dejen en los pequeños un dulce sabor que interioricen con placer y que deseen repetir una y mil veces. Su vida posterior estará marcada por esta primera lección, tanto si es positiva, como deseamos fervientemente, como si, desgraciadamente, es negativa y después habrá que mantener en el subconsciente durante años cuando la realidad pudo ser muy otra, a poco que las personas responsables: maestros o familiares, se hubieran preocupado de que la primera experiencia hubiera sido positiva. Por qué no pueden entrar los pequeños a la escuela riendo y jugando, me sigo preguntando yo.

         En este país hace muy pocos años que se empezó a perseguir por parte de las autoridades las llamadas novatadas que eran jugarretas y bromas pesadas y hasta crueles con las que los compañeros de cursos superiores recibían a los nuevos. Estoy seguro que se siguen dando, porque la crueldad está muy arraigada en la naturaleza humana por desgracia, pero ahora, por lo menos, se encuentran con el aparato del poder enfrente y no de cómplice. Esto se produce con los más mayores, sobre todo con los universitarios. Los más pequeños, tradicionalmente ignorados, resultan ser los más permeables a las primeras experiencias, tanto positivas como negativas. Razón de más para que empleemos un tiempo precioso en preparar la recepción del primer día por la enorme trascendencia  para el futuro de que el contenido sea grato o terrorífico. Viva la sonrisa, vivan los compañeros, viva la escuela y viva el futuro. Ojalá esa sea la lección que aprendan los pequeños su primer día de escuela.

domingo, 25 de agosto de 2019

TEXTOS



         Son los últimos días de Agosto y aprovecho que mi ciudad, Granada, se encuentra con la gente en las playas, para pasearme entre los muchos huecos que la próxima semana se volverán a cubrir, una vez que cada mochuelo vuelva a su olivo. Los grandes almacenes, puntuales a la rentabilidad de sus negocios, ya tienen expuesto su verdadero Agosto que hoy se llaman libros de texto. Mi amigo Alfonso, responsable de la Librería Escuela Popular en otro tiempo cooperativa, me dice que en septiembre se dirime el ochenta por ciento de las ventas del año por causa de los libros de texto. Les toca a las familias estrujar los ahorros que les hayan podido quedar del veraneo o sencillamente encontrar el crédito necesario para hacer frente al lote de libros que deben llevar los pequeños a sus colegios la próxima semana, una vez que empiecen las clases. Nunca he tenido nada contra los libros de texto pero sigo sin entender cómo es posible que  los profesionales de la educación permitamos que unas empresas sean las que nos marquen el camino a seguir en nuestro trabajo y nos roben de hecho la potestad de diseñar y poner en práctica los programas de trabajo que tenemos que desarrollar a lo largo del curso.

         Sé de sobra que nadie viene a ponernos una pistola en el pecho para decirnos cómo tenemos que desarrollar nuestra labor y que los textos no son más que propuestas en nuestras manos que usaremos o no según nuestro criterio. Eso es verdad. Lo que pasa es que luego viene el tío Paco con la rebaja y la realidad es que todo el trabajo que debiera correr de nuestra cuenta, si nos lo encontramos recopilado en unos cuantos libros que tampoco están tan mal aunque inevitablemente nunca pueden ofrecer un punto de vista tan cercano como el  nuestro sobre unos alumnos con nombres y apellidos determinados que deberían ser atendidos desde su realidad particular en vez de disponer de unos libros que los ignoran porque para su rentabilidad tienen que alzarse a base de generalidades que puedan abarcar miles usuarios de necesidades tan distintas que al final todos resultan extraños, si bien los maestros pueden sentirse muy cómodos con esos instrumentos en la mano.

         Es verdad que todos tenemos derecho a vivir y las editoriales también. Yo no tengo nada contra eso. Lo que sí digo es que estamos  hablando de pequeños de dos o tres años que llegan a la escuela cargados ya de materiales en los que llevan desarrollados los temas que deben trabajar a lo largo del curso, antes incluso de que nadie les haya preguntado cómo se llaman, dónde viven y a qué familia pertenecen. Y esto es un drama antes de empezar a trabajar. Cuando los maestros se encuentran con todo ese arsenal de propuestas minuciosamente pautadas hasta por días para que no quede ni un solo hueco por cubrir, ve tú y explícale a quien quieras que el verdadero responsable del currículo es el maestro y que en sus manos está en todo momento el desarrollo del trabajo que se ha de cubrir en cada aula. Habrá de todo en la viña del señor pero si me lo ponen tan fácil, lo normal es que cada mañana abra mi libro guía y me dedique a cubrir los objetivos y contenidos que otros han pensado en mi lugar y que no entre en complicaciones.

         Muchos de nosotros hemos militado contra los libros de texto, sólo en defensa de la independencia de cada maestro para responder con su mejor saber del plan de trabajo concreto que debía aplicar a ese grupo concreto de pequeños. Es verdad que eso conlleva algo más de complicación porque el compromiso es el de particularizar los conocimientos para que respondan a los intereses de unos alumnos concretos que viven en un lugar concreto. Siempre recuerdo, por ejemplo, las alusiones al mar que venían en mi Enciclopedia Álvarez cuando yo vi el mar a los once años. Lo mismo podríamos decir sobre las alusiones a las tierras de interior. Los libros de texto pueden ser unos colaboradores al servicio de los maestros para enriquecer y facilitar el desarrollo de los objetivos y contenidos que deben desarrollar para cada grupo  y no convertirse en catecismos que se aplican cada día sin entrar a cuestionarse la utilidad de sus propuestas.


domingo, 18 de agosto de 2019

RITMOS



         Los animales me merecen todo el respeto del mundo pero vivo solo en estos momentos y no tengo la tentación de poner a mi lado uno cualquiera de los muchos a los que hemos dado en llamar mascotas. Como los perros proliferan extraordinariamente no puedo sustraerme a seguirlos con la vista. Os invito. Vestimentas y collares aparte no hay más que observar unos minutos para darnos cuenta de que van buscando su ritmo y sus intereses en todo momento, como no puede ser de otra manera. Los paseos se convierten en una guerra completamente injusta en la que los dueños se dedican a ignorar por sistema los intereses de los animales y los someten a tirones a cada momento como si estuvieran interesados en que los perros dejaran de ser perros. En realidad lo que sucede es que la condición de la mascota no cuenta casi para nada. Sólo tiene sentido en la medida en que sirve al interés del dueño sin respetar que el ser vivo que llevamos atado del cuello tiene los suyos, que son tan dignos y tan respetables como los nuestros.

         He comenzado por el ejemplo de las mascotas, sobre todo los perros que están más a la vista de todos pero, como es propio en mí, de quien hablo es de las personas pequeñas. Quizá la playa pueda servirnos como paradigma ya que los núcleos urbanos han quedado despoblados, se aparca de lujo en julio y agosto, y hemos trasladado una enorme masa humana al borde del mar. El problema de los pequeños es en esencia el mismo que en las ciudades: nadie los escucha. Un perro se para a oler porque los perros huelen por naturaleza y el dueño se impacienta y le da un tirón de la correa para convertirlo en alguien que obedece, tenga las inclinaciones que tenga por naturaleza. Algo así les pasa a los pequeños. Tanto en la playa como en cualquier otro espacio su verdadera obligación es la de obedecer. Lo de menos es si necesita un espacio determinado para jugar con el agua, por ejemplo. Lo que cuenta es que no moleste y que el ritmo dominante de los adultos sea el que se imponga en última instancia.

         Los perros me sirven como ejemplo de sometimiento pero el sistema es perfectamente idéntico al de cualquier otro sometimiento como suele ser el de los pequeños. No ignoramos que el agua es un elemento extremadamente apetecible para los niños. Muchas veces llegamos a pensar que no se cansan y tenemos que sacarlos cuando ya les vemos la piel arrugada de tanto tiempo en contacto. Es verdad que les apetece pero no es menos cierto que parece que llegan a poseer el agua a escondidas o a ratos o a pesar de la persecución sistemática a la que los sometemos: no salpiques, no tires piedras, ten cuidado que cubre, ven que te eche crema, no me mojes que me molesta…, y apreciaciones por el estilo. Con este ritmo normativo los pequeños terminan abrazando el líquido elemento como si se tratara de una tabla de salvación que les permite evadirse un poco de nuestro circuito de ordeno y mando y se abandonan al gozo del agua con desesperación porque saben que no les va a durar a su alcance ni mucho menos lo que desean o necesitan.

         Al final el asunto está en quién manda en cada momento y con cada elemento. No voy a cometer ahora la ligereza de sugerir que sean los pequeños los que manden porque ya es sabido que, sea con el agua o con cualquier otro orden de la vida, su capacidad no está preparada aun y somos nosotros los adultos los responsables de hacer que crezcan en armonía y que vayan alcanzando sus plenas capacidades a su tiempo. Lo que sí es fundamental es que nos demos cuenta de que son seres capaces con el agua y con todo y que nuestra función debe ser la de ayudarles a que sean cada día más capaces, no la de cortarle las alas en el momento en que veamos aparecer el primer plumón. Estos procesos de evolución se han de conseguir armonizando los ritmos de cada uno. Es normal que el ritmo del abuelo no sea el mismo que el del padre o el del hijo, pero sí tenemos que ser conscientes de que todos los ritmos son legítimos y respetables. Cada uno debe tener su espacio de realización porque todos tienen sus derechos. La vida no es de amos y de criados sino de personas libres que tienen que convivir.


domingo, 11 de agosto de 2019

MUERTE



        Hace un par de semanas mi compañero y conocido comentarista nuestro Manuel Ángel Puentes, recientemente jubilado, me daba la noticia de que un artículo suyo relativo a la muerte vista por los pequeños aparecía en la revista  PENSAR JUNTOS que edita el Centro de Filosofía para niños de España. Me pareció de interés y le pedí permiso para hacerme con la revista y comentar el artículo. No tuvo inconveniente y me hice con el número correspondiente, concretamente el tres, relativo al año 2019 puesto que se trata de una publicación anual. Aquí lo tengo en mis manos y he tenido ocasión de leer el artículo con interés por el tema que trata y por venir de quien viene, que es un profesional que se ha pasado su vida trabajando con pequeños de 0 a 6 años, cosa que para mí es una garantía de fiabilidad sobre los mensajes que puede aportar. Se titula Cuando la muerte pisa mi huerto. Tratamiento de la muerte en Educación Infantil. El tema me parece de mucho interés porque estoy seguro que en las familias y en las clases este tema está presente de vez en cuando y no sé si tratado con la dignidad y el respeto que requiere.

         Mi experiencia más traumática con la muerte fue la de un pequeño de cinco años que se nos desvaneció en unas escaleras del colegio sin que supiéramos por qué. Se lo llevó la ambulancia y a la mañana siguiente nos enteramos que había fallecido. Fuimos al hospital y pudimos verlo en la morgue, cosa que no le deseo a nadie. Nos llegamos al domicilio familiar a dar el pésame y la madre, rota de dolor, nos confesó que ella era consciente de que esto podía pasar en cualquier momento porque su hijo tenía una cardiopatía congénita que podía aparecer y que ella no había dicho nada porque no se hacía a la idea de que su hijo fuera tratado como un enfermo. En aquel momento respetamos la actitud de la madre por el momento que estábamos viviendo con el cadáver de su hijo presente pero lo cierto es que no estábamos seguros hasta haber hablado con los médicos de si se había desvanecido o de si fue una caída en la que se había golpeado la cabeza. Hoy, con el paso de los años, sólo puedo decir que la experiencia fue muy traumática y las circunstancias concretas han pasado a un segundo término.

         Supongo que todos los profesionales hemos vivido algún episodio en el que la muerte haya estado presente y en las familias también se habrá percibido de alguna manera más o menos cercana. Manuel hace un amplio recorrido del tema de la muerte en su grupo recogiendo diálogos de los pequeños en los que podemos leer en directo cómo ven ellos el asunto y cuál es la lógica que aplican para interiorizar la idea de la muerte como concepto en muchos casos y como testimonio directo en alguno desgraciadamente  también. De las dos maneras la muerte es un concepto que está presente en la vida de todas las personas y me parece inútil intentar secuestrarla y hacer como si no fuera verdad a base de negarla o de dulcificarla y falsearla como si los pequeños fueran tontos, cosa que no es lo mismo ni mucho menos. El artículo es amplio y creo que recoge con dignidad un asunto tan serio pero visto desde los ojos de los pequeños. A más de uno le puede sorprender.

         El tema de la muerte no debemos eludirlo porque, tanto si lo sabemos como si no, está presente en la vida de los pequeños y si actuamos como si ese tema no fuera con nosotros lo que conseguiremos como en el sexo u otros temas más o menos delicados, es que los pequeños se enfrenten solos a ellos y sean los medios de comunicación o sus propias reflexiones los que sirvan de referentes y nosotros nos iremos convirtiendo en figuras menos relevantes y cada vez más alejadas de sus vidas. Creo, por tanto que nuestra misión debe estar siempre cerca de los pequeños y de sus problemas, afrontar todo los asuntos con la mayor honestidad que sepamos y, como creo que queda muy claro en el artículo de Manuel, escucharlos a ellos. Son pequeños pero no tontos. Tienen una opinión de todo lo que pasa cerca de ellos y nosotros podemos intervenir sólo si ellos nos sienten cerca. Si los escuchamos nos daremos cuenta de que son capaces de interiorizar todos los aspectos de la vida, incluida la muerte, y encontrar salidas para seguir viviendo que es su gran reto.


domingo, 4 de agosto de 2019

PROCESOS



         Ya superará los 40 años pero nos apareció en la escuela diciendo que era celíaco y que no podía comer nada que tuviera harina de trigo. Traía su propio pan y sus propias galletas . Ninguno conocíamos por entonces lo que aquello significaba. Sólo por eso había que llamarlo por lo menos JEROMINÍN, aunque se nos podían haber ocurrido cosas peores. Ya nos llegaba marginado de casa. Cuando había que comer él se sentía el rey del mambo de ver a todos a su alrededor cómo comía aquellos panes tan raros , aunque no lo parecían, mientras nosotros, la plebe, sólo disponíamos de trozos de pan normales y corrientes. Explicamos en la asamblea de la mañana lo que le pasaba a JEROMINÍN y de las razones por las que todos teníamos que tener cuidado de que no comiera más pan o galletas que las que traía de su casa. Parecía un teatro y tal vez lo fuera. Lo cierto es que él se sentía protagonista porque era un espectáculo sin comerlo ni beberlo, nunca mejor dicho. Le fue difícil integrarse porque los demás pensábamos que se nos rompía en cualquier momento.

         Después apareció alguno que dijo algo parecido, pero éste con el huevo. No tuvo, ni con mucho, el impacto, no sé si porque JEROMINÍN fue el primero o porque nosotros nos llegamos a acostumbrar a que había personas a las que les iba la vida si comían de algo de lo que los demás nos alimentábamos con toda normalidad. Lo curioso del caso es que ninguna particularidad se cumplió como estaba previsto de antemano y, que yo sepa, en ningún momento hubimos de tomar medidas especiales aunque las familias nos dejaban en el botiquín lo que debíamos administrar a sus hijos en caso de incidentes. Estoy seguro de que todos nos saltamos las prohibiciones en algún momentos: los sufridores porque se les iban los ojos por probar lo que comían todos, que a ellos les estaba vetado. En algún caso hubo chivatazos de que se habían saltado las tajantes normativas al respecto pero como no los habíamos visto con nuestros ojos tuvimos que esperar algún síntoma de peligro para actuar en consecuencia y todavía estamos esperando.

         Llegué a convencerme por completo de que la fuerza de la normalidad era más fuerte que la bomba atómica y que las leyes de la vida no había fuerza capaz de ponerlas en cuestión. Todavía lo creo aunque, como ya soy viejo, aliño la creencia con un poco de escepticismo,  por si acaso. Un verano me dio por experimentar el logro de un intenso bronceado sin aplicarme una sola gota de ningún producto. Los míos se reían como tantas veces pero yo, a las cuatro de la tarde me subía a la terraza con las obras completas de Goethe como lectura y las carnes al aire y, con disciplina espartana, tomaba el sol dosificando los minutos de manera creciente. No se me ocurre pontificar sobre los efectos del sol en la piel humana, líbreme dios, pero sí confirmo que me puse completamente moreno, que en mi pellejo no entró una sola gota de potingue y que mi referencia para aquel empeño fue la de que en mi adolescencia, cuando trabajaba en los tejares por necesidad, nadie vino a decirme que tenía que protegerme la piel ni a mí ni a ninguno de mis compañeros.

         Insisto con toda lealtad que no pretendo de estos humildes testimonios dar lecciones de ciencia ni pontificar sobre nada. Sí respondo de que lo que cuento es verdad y que estoy seguro que los grupos de pequeños tienden en todo momento a ser más o menos como los demás. Todos aprendimos a comer galletas para celíacos y, aunque no tenga constancia directa, estoy seguro de que nuestro celíaco favorito, JEROMINÍN se buscó la vida para saltarse sus estrictas normas porque, aunque no llegó a ser preciso inyectarle lo que teníamos reservado para casos de urgencia, algo debió haber porque alguna diarrea lo señaló más de una vez. También nos lo fuimos tragando, él el primero, porque a nadie nos interesaba declararnos culpables. Es más, hoy pienso que esa misma fuerza de que todos busquemos ser normales y corrientes al precio que sea, aunque deba estar sometida a todas las excepciones que la ciencia nos indique, en ningún momento debemos hacerla desaparecer porque es la fuerza de la vida, que trata en todo momento de que la normalidad se imponga aunque para ello haya que pagar algunos precios.