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domingo, 26 de enero de 2014

SÍNTESIS


         Mas de una vez, a lo largo de estos tres años largos de blog,  me he preguntado que esto cuando se acaba. No me he dado respuesta  y en este momento no la tengo. Tampoco puedo responder al sentido de estos textos porque no sé si los hago para alguien o para mí mismo. Me inclino más por lo segundo. Después de tantos años con los más pequeños creo que he aprendido que ellos son la fuente de la vida y en ellos se encuentran todos los avatares, gozos y dificultades del crecimiento quizás más a las claras que cuando ya crecemos.

         En estos primeros años no hemos aprendido todavía a fingir. Ahí es donde me parece que sigo colgado y quieto, mirando intensamente lo que puedo recordar de lo que he vivido. Es cierto que hoy no tengo la fuente delante de mis ojos y que ahora hablo solo de lo que soy capaz de sacar de mis vivencias pasadas pero también es verdad que me miro por dentro y me doy cuenta de que todavía soy capaz de producir en mi interior exclamaciones como  ¡PUES YA NO SOY TU AMIGO1 o similares cuando quiero castigar profundamente a alguien. Y es que de tanto contacto con la infancia no me cabe duda que me he vuelto un poco niño eterno. Cumplo años como es ley de vida pero mi cerebro razona con la lógica que he compartido durante tantos años. Y no me pesa. Al contrario. Creo que nunca se es tan radical como cuando se están formando en el cerebro las estructuras básicas del comportamiento. Entonces, y creo que sólo entonces o por lo menos entonces más que nunca, uno es capaz de cambiar radicalmente  muchas cosas:  afectos, costumbres,  espacios…., casi de todo y salir airoso de trances tan profundos.

         Yo, que no tengo perro ni quiero apegarme a ningún animal por cuestión de principio y con todo el respeto para los animales y para quien los tenga, he visto más de una vez cómo un perro callejero era capaz de seguir y pegarse a una persona, sencillamente porque  lo ha mirado con afecto. Algo parecido les pasa a los niños. No entienden de nombres concretos pero son catedráticos en afectos. Cuántas veces hemos visto cómo un pequeño se enganchaba a una pierna pensando que era de un familiar y era de un extraño. Lo que buscaba no era tanto una persona concreta sino una pierna a la que adherirse y que pudiera considerar amiga. También hemos podido experimentar miles de veces que tú dejas de tratar a un pequeño unos meses y cuando vuelves a verlo lo saludas con gusto y te das cuenta de que o no se acuerda en absoluto de ti o le queda un recuerdo lejano que necesita de nuevo recomponerse para conseguir intimidad. Esto se nota mucho en los hijos de padres que trabajan en el mar, por ejemplo o con camiones, que pasan muchos días fuera de casa. Cuando llegan al hogar, los pequeños los reciben como verdaderos extraños.


         También les sucede a las personas que están perdiendo la memoria. Llega un momento en que no conocen a nadie de los que han tratado en su vida. Seguramente no conocen ni a las personas más cercanas que los están cuidando cada día. Pero sí que reaccionan a los tratos amables y cariñosos que reciben, tanto si son de sus familiares como si son de personas con las que no tienen ningún lazo familiar. Un profesional, por ejemplo, que lo esté cuidando y lo trate con amabilidad. No sé si es que la vida no es más que un círculo que vuelve en los últimos años al lugar del que partió. Seguramente hay algo de eso pero no me interesan demasiado las figuras geométricas. Prefiero afirmar con la solvencia que me dan mis años de trabajo en este tema, que para los niños lo que importa no es quién está con ellos y la relación familiar que le une a una persona sino cómo se produce el trato que recibe de esa persona, tanto si es de su familia como si se trata de un extraño.  


domingo, 19 de enero de 2014

FRÍO


         Estamos en Enero. Son los días más fríos del año y no es extraño que los pequeños vayan a la escuela o salgan a la calle atascados de ropa. La idea de combatir el frío no tiene discusión alguna, pero sí que puede tenerla el atasco de ropa con el que se les viste. Si van en los carritos parecen muñecos. En estos últimos tiempos, encima con el suplemento del plástico que lo cubre todo y que supongo que su sentido fundamental será el de servir de paraguas exclusivamente.

         Hablamos del frío porque es ahora en Enero lo que prima en esta latitud pero lo mismo podríamos hablar del calor en verano. En realidad estamos hablando de cómo combatir las temperaturas extremas  para que los pequeños se sientan bien. En lo tocante al frío hay que ser bastante prudentes porque por el afán de que no pasen frío somos capaces de atiborrarlos de ropa de manera que no puedan moverse con soltura. En el carrito se les ve pero en la escuela muchas veces sucede lo mismo y resulta que el exceso de abrigo para lo que les sirve en realidad es para que se sientan atiborrados y pierdan la posibilidad de explorar las cosas o de relacionarse con los compañeros. Es difícil poner una norma en este sentido porque depende mucho de cada familia. Lo que sí se puede plantear es que a partir de un par de mangas de abrigo, lo demás no sirve más que para dificultar. En los más pequeños, además, el exceso significa una tortura a la hora, por ejemplo, de cambiarles los pañales o una dificultad añadida cuando de lo que se trata es de  que ellos mismos vayan encontrando la manera de resolver sus necesidades y precisan ropa cómoda que suba y baje con facilidad.

         En cualquier época, la mejor ropa no es casi nunca la que está más de moda o la que marca la tendencia de esa temporada. Lo que importa es encontrar una ropa que le sirva a la persona para lo que necesita en cada momento. En los primeros años, que son nuestro cometido, lo que necesitan son prendas que ellos puedan manejar solos, bien para el cuarto de baño o para jugar con cierta comodidad sin tener que estar en todo momento pendientes de si se manchan o no o de que les ayuden los adultos. Es más, la calidad de una escuela se podría medir en si los pequeños salen con su ropa impecable a la hora de recogerlos, lo que indicaría que han debido moverse bien poco, o, por el contrario los recogemos con la ropa lista para la lavadora, lo que seguro que nos está diciendo que han estado de aquí para allá las horas que han permanecido en el centro y que necesariamente se han tenido que manchar como cualquiera que interacciona con los elementos a su alcance: tierra, comida, colores, agua…. Lo que menos necesitan los pequeños es la servidumbre de la moda que, si en cualquier momento de la vida puede ser discutible, desde luego en estos primeros años habría que pasar por completo de ella en beneficio de la eficacia que facilite la vida y los movimientos.


         Algún pediatra amigo nos ha repetido más de una vez que la medida podemos ser perfectamente nosotros mismos. No es raro que nosotros nos encontremos suficientemente abrigados con dos o tres mangas y sin embargo a nuestros pequeños nos falten  siempre abrigos que colocarles encima “para que no pasen frío”.  Es más, hay unos monos en los que terminamos metiéndolos que no les sirven más que para que se sientan como muñecos embotados que no pueden moverse ni para un lado ni para otro. Sin ánimo de precisar ningún modelo concreto, seguramente será eficaz un tipo de ropa que permita que los propios pequeños puedan accionar con ella, tanto en los juegos de patio como en el cuarto de baño, lo que nos vendría a decir que deberían tener, al menos, una parte de abajo y una parte de arriba para facilitar los movimientos. Como síntesis, el exceso de ropa les impide hacerlo.

domingo, 12 de enero de 2014

DIVERSIDAD


         Una vez que ya ha pasado una semana de curso, los maestros habrán tenido ocasión de superar el bache de las vacaciones y la normalidad se habrá terminado imponiendo. Las aguas habrán vuelto a su cauce. Todo en orden de nuevo. Bien es verdad que eso significa a su vez tomar como modelo de comportamiento de los pequeños el que la escuela promueve. Podríamos tomar también cualquier otro: el que tienen en su casa, el que manifiestan con los abuelos…. Habría muchas normalidades si nos ponemos a profundizar pero nos centramos en la escuela como guía, un poco por principio y también porque nos abarca los tiempos más productivos de la jornada y a  un gran número de personas.

         La vida nos fuerza a multitud de adaptaciones y el saber adaptarse a tiempos distintos, acciones distintas, personas distintas es todo un valor que debemos defender. Pero la adaptación  tiene un coste importante para la persona, cuya tendencia es a que todo suceda  en el terreno de lo conocido y huir de las sorpresas que suponen las novedades y que fuerzan a sacar respuestas nuevas para  los nuevos retos. Las adaptaciones significan un esfuerzo y poner en cuestión las costumbres que vienen configurando nuestra vida. Son, por tanto, deseables desde el punto de vista del crecimiento personal, pero en educación todo hay que medirlo y saber que las cosas se han de producir con sus límites correspondientes. Podríamos cuestionar una vida que nunca se sale de la misma rutina porque empobrece a la persona que la vive y le reduce  sus posibilidades de crecimiento y de conocimiento de situaciones nuevas, pero lo mismo tendríamos que cuestionar otra que esté cambiando cada día porque la persona se termina perdiendo entre tantas novedades y no tiene tiempo de echar raíces en ninguna.

           Y es que la vida precisa armonía, ni demasiado mucho ni demasiado poco.  Que haya cosas y situaciones diversas a las que debamos irnos adaptando, pero a la vez con un ritmo que nos permita identificar lo nuevo que nos vaya sucediendo y nos dé tiempo a incorporarlo a nuestra vida como una propuesta diferenciada que para adaptarnos a ella tenemos que estructurar comportamientos también diferenciados y que a la vez estén a nuestro alcance. Recuerdo hace años que en la escuela nos entró la furia de las salidas y llegó un momento en que los pequeños no tenían una conciencia clara de a dónde venían. Lo tuvimos que reflexionar en profundidad y cambiar de rumbo porque los niños llegaban por la mañana y ya estaban preparándose para salir como empezaba a ser lo habitual. Y resulta que una actividad, la de salir y conocer el entorno, que es buena de por sí, termina distorsionando la percepción de los niños que empiezan a dudar de que la clase sea su punto de referencia básico. Aquello se cambió y creo que conseguimos un mayor grado de equilibrio.

         Lo mismo se puede decir de los afectos. De los muchos entre los que se han de desenvolver los pequeños: padre, madre, abuelos, compañeros, familiares, vecinos…, resulta que todos y cada uno de ellos pueden ser enriquecedores y de hecho lo son, pero han de vivirse es unas proporciones que no pongan en cuestión la armonía que requiere el crecimiento personal. Seguramente no sobra ninguna de las posibles influencias afectivas y todas pueden ser positivas pero tanto puede molestar un exceso de normativa como puede significar el afecto paterno, como un exceso de mimo que puede aportar el afecto de los abuelos como podemos echar en falta la intimidad necesaria si sólo nos relacionamos con compañeros… Y quiero insistir en que los componentes que cada sector aporta al conjunto pueden ser perfectamente válidos y deseables. Lo que sucede es que al final, la madurez de las personas ha de salir de una adecuada proporción de todas las influencias posibles.

         Y es que la vida  quiere un poco de todo. Necesita del frío y del calor, de la humedad y de la sequía, del viento y de la calma chicha… y de ese conjunto, más o menos armonizado, es de donde surge como resultado la madurez de la persona.


domingo, 5 de enero de 2014

ARTIFICIOS


         Mientras van saliendo estas palabras que buscan comunicación, reflexión y una cierta profundidad en el análisis de lo que pasa con la educación de los más pequeños, sé que en miles de calles y de plazas públicas, millones de personas van como locas de acá para allá para ver las cabalgatas de los Reyes Magos con sus hijos colgados. No sé qué pensarán los pequeños pero este ritual que se repite cada año invariablemente  no deja de ser un artificio, creo que excesivo, mucho más ligado al comercio y a la necesidad de solventar una campaña de venta de juguetes con el trasfondo religioso de la supuesta adoración de los magos que otra cosa.

         Es posible que los adultos seamos incapaces de ponernos en lugar de los pequeños o sencillamente que todos, al final, nos veamos arrollados por una corriente consumista que la publicidad se encarga de convertírnosla en necesidad o que nos sintamos inclinados a encontrar argumentos que nos lleven a soñar con paraísos artificiales y con delirios de grandeza. Es posible que haya un poco de cada cosa y puede que algún otro argumento que yo no detecto en este momento pero no deja de ser innecesario y escandaloso todo este ritual al que nos dejamos arrastrar con el argumento completamente falaz e inútil, de que los pequeños se emocionan con el espectáculo y que es para ellos en definitiva para los que se organiza todo este descomunal sarao cuando sabemos perfectamente que los pequeños son completamente sobrepasados y envueltos en el gentío, en el frío dominante y en la dificultad de ver lo que está pasando con toda esa muchedumbre que necesita mirar al mismo tiempo. Mi experiencia personal con mis tres hijos no ha llegado más allá de locas caminatas de acá para allá hasta encontrar el mejor espacio que les permita ver lo que pasa y un enorme cansancio una vez que se han pasado los primeros minutos de impacto  de tanto colorido y tanto ruido.

         En los textos anteriores ya hemos tenido ocasión de ofrecer las propuestas que consideramos idóneas para los pequeños y, por tanto, no vamos a insistir más en ese punto. Como, a pesar de todos los pesares será una realidad que mañana, que es fiesta, podremos ver en los noticiarios cómo se ha producido el ritual de recepción de los magos y todo su séquito, cómo se les ha dejados puestos el vaso con agua o con anís y el mantecado correspondiente buscando una magia imposible, cómo se madruga para abrir los regalos que los supuestos magos han dejado junto al árbol o en cualquier otro rincón de la casa y se muestra hasta la saciedad la cara de sorpresa de los pequeños que no terminan de creerse que todo o parte de lo que habían pedido a sus padres o escrito en unas cartas ahora esté delante de ellos y a su disposición para ser utilizado. A  esta especie de contubernio que se repite cada año no sé si le queda algo de mágico después de tanta envoltura comercial como le arropa. Lo que sí sé es que lo que importa para el beneficio de los pequeños no es el impacto deslumbrante de un momento de artificio, sino el estado permanente de que en la casa se cuente con ellos, se les respete y se les considere como miembros activos de la unidad familiar.


         Reconozco que puedo resultar un poco aguafiestas pero es que me parece determinante que nos demos cuenta lo antes posible y de la manera más profunda posible, que la educación no es ningún florilegio ni de reyes ni de fiestas ni de momentos deslumbrantes por la razón que sea. Que la educación es la construcción de relaciones que debe elaborar día a día la unidad familiar o la estructura escolar según los casos y que ladrillo a ladrillo se va agregando a la vida de todos y haciendo que los nuevos miembros que han nacido y que se han incorporado los últimos al conjunto que decidió darles la opción de que vinieran a este mundo, los acoja, les permita un espacio propio en el conjunto y los incorpore a la vida.

domingo, 29 de diciembre de 2013

CONSTRUIR


         No creo que nadie se lo haya propuesto expresamente pero es cierto que estos días son especialmente dados a la magia.  Quiero suponer que por la gran cantidad de oscuridad que acumulan, ya que son los más cortos del año. También es verdad que, una vez superado el rubicón del 21 de Diciembre, Solsticio de Invierno, aunque muy lentamente, ganamos luz minuto a minuto con el horizonte puesto en el 21 de Junio, luminaria máxima del año.

         No sé si por la magia o por la ampliación de luz que vuelve a nacer volvemos la vista a los más pequeños  y tratamos de dotarlos de objetos que los acompañen y que les faciliten el imprescindible desarrollo que sus aprendizajes requieren. Bien es verdad que los regalos han perdido gran parte de su valor desde el momento en que se han convertido en algo cotidiano, cuando precisamente su mayor atractivo estaba en su rareza. El regalo se reservaba para un día especial y en este momento lo raro es que un día cualquiera no haya un regalo por cualquier motivo. De todos modos y por no llevar todos los análisis al mismo tiempo, es cierto que estos días son regaleros por antonomasia y vamos a ceñirnos un poco a ellos. También hemos dicho ya que no nos engañemos, que el mayor y mejor regalo que los niños esperan es el de que la estructura familiar cuente con ellos. El que se cuente con ellos en el devenir de cada día y el de que sus adultos de referencia se les muestren cercanos y disponibles, no tanto como objetos que ellos puedan manejar a su capricho, cosa que muchas veces sucede, sino  en su trato normal como personas, como miembros activos de la familia.

         También hemos defendido que los objetos a los que llamamos regalos que vayan a ponerse a disposición de los más pequeños, quizá sea más aconsejable ponerlos en los primeros días de vacaciones para que dispongan de más tiempo de uso. La tradición de los Reyes Magos parece que tiene más que ver en este sentido con que los pequeños vean los regalos y en pocos días desaparezcan de sus manos y se guarden no sé muy bien para qué. Pues si podemos valorar algunos criterios que sean mejores que otros a la hora del regalo yo propondría el criterio de la simplicidad como el más idóneo. Un juguete elaborado lo más que se puede lograr con él es repetir y repetir la cualidad que destaque mientras que un objeto simple y primitivo permite a quien lo maneja construirlo a su antojo y hasta encontrarle distintas posibilidades de uso según los momentos del día o los días del año. En el juguete muy elaborado el pequeño parece parte del juguete mismo y ambos un objeto de  consumo más que otra cosa, mientras que en el juguete primitivo es posible  la experimentación, jugar con formas y estructuras distintas y convertirse en  protagonista de sus distintas posibilidades. Quizá por eso hay juguetes que no pasan de moda, tipo arquitecturas o similares mientras que otros viven sometidos a las campañas anuales y surgen y desaparecen del mercado con gran facilidad.


         Y es que en esto de los juguetes como en cualquier otro orden lo que no conviene es perder la perspectiva y tener claro en todo momento qué es lo importante y qué lo accesorio. Lo debo haber comentado ya pero siempre recuerdo el comentario de un abuelo desengañado que con bastante desazón  se lamentaba de que su nieto había recibido en estos días un hermoso regalo suyo con el que esperaba colmar sus deseos y que al poco rato se encontró al nieto jugando con la caja en que llegó envuelto el regalo mientras que el regalo se moría de risa abandonado en un rincón. Muchas veces vemos este tipo de secuencias y preferimos no mirar, como si no estuvieran sucediendo, antes que sentirnos fracasados en nuestra elección. Sería bueno que fuéramos capaces de leer la realidad y darnos cuenta de cómo el paso de la vida nos va dejando señales frecuentes a través de las que es posible orientarse y no perder el camino.

domingo, 22 de diciembre de 2013

TIEMPO


         Somos tiempo y muy limitado por cierto en todos los casos. Con quién y cómo pasemos el poco tiempo de que disponemos nos definirá irremisiblemente. Podemos andar con argumentos del color que queramos pero al final seremos como haya sido nuestro paso por el tiempo que nos ha tocado que, por si alguien no lo tiene claro, se compone de 24 horas cada día y es igual para todos. Más democrático, imposible. 

         Con el trasfondo de nuestro asunto educativo, ahora nos encontramos con unos 20 días en los que disponemos de los pequeños a placer y ellos también de nosotros. Eso es lo esencial. A partir de ahí todo se puede someter a las explicaciones que cada uno elija: Que si tengo mucho que hacer y hay que estar en todo…, que tengo que  comprar para toda la familia…, que si los juguetes de los niños, que hay que prepararlos con tiempo que luego se acumula todo a última hora…, que no sé qué poner de comer para no repetir lo del año anterior…, mil argumentos que al final nos van a servir para que nuestro tiempo se ocupe sin que hayamos contado con nuestros pequeños. Nos organizaremos solos y ellos también tendrán una distribución del tiempo que no compartirán con nosotros.  Yo no quiero entrar en honduras. Lo que sí digo es que lo primero que los pequeños necesitan de nosotros es precisamente a nosotros y eso es justamente lo que les falta casi siempre. Todas las excusas pueden ser válidas, no digo que no. Pero la realidad es muy terca y si lo que indica es que no compartimos nuestro escaso tiempo, cualquier nivel de influencia profunda se nos estará escapando de las manos.

         Los niños no aprenden porque nosotros les enseñamos. Eso es un error que cometemos una y otra vez tanto la familia como la escuela por más que intentemos taparlo con argumentos ficticios para tranquilizar nuestras conciencias. Lo pequeños aprenden cuando quieren aprender y porque quieren aprender. Nuestro papel, por tanto, no es el de convertirnos en sus maestros, que maldita la falta que les hacemos como maestros, sino compartir sus vidas, conocer cuáles son las claves que los motivan a querer algo y, a partir de ahí, ayudarlos y acompañarlos  a  que  quieran cosas y a que estén dispuestos a esforzarse para aprender la cantidad de conocimientos y vivencias que la vida les tiene reservados. Si logramos que asuman compartir todos esos retos en nuestra compañía, seguramente que nuestro contacto les va a servir para avanzar más seguros de sí mismos y con más capacidad para resolver los problemas que se les vayan planteando. Cualquier otra alternativa que no pase por la comunicación personal no dejará de ser humo que pasa, pero que no penetra y que no se queda.


         Quizá, por concretar en esta época de vacaciones sí convenga decir que lo que se esté dispuesto a regalar se haga ahora que hay tiempo, precisamente para que puedan experimentar, conocer y manejar cualquier elemento que estemos dispuestos a poner en sus manos. Pero no nos engañemos. Lo que los niños quieren no son cosas por más que lo parezca. Lo que los niños quieren es a nosotros. Es posible que arrastrados por la vorágine ambiente nos reclamen, y puede que a gritos, cualquier objeto que hayan visto en el escaparate pero también puede darse el caso de que le compremos lo que nos pide y al poco tiempo nos encontremos el objeto abandonado por el suelo y el pequeño jugando con la caja en que venía envuelto o dándonos la lata de nuevo con otro capricho  que se le antoje. La crianza no es fácil y los atajos tienen muy pocos resultados. Al final tenemos que asumir de mejor o peor grado, que tenemos bajo nuestra responsabilidad a personas con muchas capacidades para aprender y para madurar en la vida, pero que la relación con nosotros, sus adultos de referencia, es la mejor arma para despertar sus ganas de aprender y para desarrollar sus capacidades. Aquello que seamos capaces de compartir, tanto con los pequeños como con los mayores, eso es lo que nos hace verdaderamente sociales.

domingo, 15 de diciembre de 2013

SOMOS




                       Salimos a la vida con armas y bagajes suficientes para enfrentarnos a este mundo donde pesamos, tenemos frío, calor, sueño, hambre…, y para satisfacer todas estas necesidades solo es posible a partir de atenciones externas. En el magma intrauterino era lo mismo pero todo venía dado. Era automático. Ni molestarnos siquiera. Con el paso del estrecho túnel todo ha cambiado. Se acabó el país de jauja y hay que ir cogiendo protagonismo y manifestar lo que se quiere y lo que no. Y que alguien lo entienda, que esa es otra.
                        Alguien tiene que mirarnos atentamente, leer en nuestros gestos, en nuestros movimientos, descifrar nuestros llantos…, inventar un diálogo a base de aproximaciones y establecer el lenguaje hablado como punto de referencia unilateral hasta que poco a poco se vaya estableciendo la comunicabilidad. Pero para llegar a esa cima hay que andar casi un año entre la bruma del conocimiento y encontrar luz a través de  parámetros que  tenemos albergados en el olvido. Hay que desempolvar la caricia, el susurro, la sonrisa, la dosificación de la luz y de la oscuridad, del ruido y del silencio y recordar que por ahí se encuentran las claves de la vida.

                         Todo eso ha de llegarnos en forma y tiempo, de modo que nos permita satisfacer las necesidades por una parte y a la vez nos vaya creando espacios de atención para ver y dar forma en el cerebro a todo lo que nos rodea. Todo tenemos que  irlo penetrando a través de las atenciones que recibimos y establecer una relación que nos haga sentirnos dentro de  lo que vamos descubriendo. Un viaje sensorial como nunca jamás podremos repetir. La capacidad la traíamos empaquetada en esos pocos kilos de cuerpo con que llegamos. Cada facultad ha de desplegarse poco a poco como la flor que nace, activado por los dedos que nos rozan, por la luz que nos rodea o el silencio que nos acoge y el susurro que nos excita. La palabra, que en origen es un idioma completamente extraño, va introduciéndose suave y encontrando significados y tonos que penetran en el cerebro y se establecen, ya para siempre, sin que después seamos capaces de recordar ni el momento ni la situación que los hizo valer del modo en que los conocemos y los usamos a lo largo de la vida.
                           Nunca somos indefensos. Somos tiempo que pasamos por la vida desempeñando distintos papeles según qué momento. Hay un orden en el que entramos como cualquier otro ser: se nace, se crece, se reproduce y se muere con carácter general. Ese es el esquema inviolable que no se discute. A partir de ese denominador común, todo se empieza a particularizar hasta desembocar después de un largo recorrido en Juan o Elvira, en un lunar junto a la oreja o en la nariz respingona, en el justo tono de voz que la haga inconfundible y en esa cara irrepetible-

                           Una vez acotadas las medidas personales, una vez que ya sabemos quienes somos, el mundo se nos abre de par en par para que cada uno escriba su libro de la vida y ofrezca al común de los mortales. Ese testimonio particular que hace más grande el acerbo común, suma al fin y al cabo de los millones de particularidades acumuladas, una junto a otra, para componer la panoplia de personas que hemos pasado por aquí.
 Los lenguajes de la persona recién nacida no se ajustan a los parámetros de los que somos más mayores. Se encuentran demasiado ligados a las sensaciones de placer y dolor, de extrañeza, de sorpresa, … sensaciones que nosotros ya hemos abandonado de nuestra primera línea. Los pequeños reaccionan a base de llanto o de movimientos de acercamiento y rechazo y en ningún caso aparece el componente de la palabra. Pero los adultos que se encuentran cerca tienen necesidad de encontrar formas conocidas a esas reacciones y les van poniendo palabras a las reacciones elementales de los pequeños. Así se crean las historias y las versiones que terminan por ser creídas y por ser esgrimidas como verdades por los mayores, cuando en origen no fueron sino interpretaciones más o menos arbitrarias de secuencias que los pequeños produjeron.

            Y es que quizá no hay otra manera de encontrar formas a lo que pasa que ponerle palabras, con el riesgo, naturalmente, de que lo que contamos que está pasando se encuentre cerca de la realidad o completamente ajeno a ella. Pero es que la propia realidad hay que crearla a partir de las secuencias de palabras con las que nosotros nos arriesgamos a definirla. No hay que tener miedo, por tanto, a poner palabras en las secuencias que se van viviendo con los pequeños, pero es evidente que hay que ser conscientes de que el relato que nosotros vayamos creando al respecto va produciendo una realidad concreta, una forma de interpretación de lo que pasa y una cierta relación entre quien provoca las vivencias, que hoy no habla pero que mañana hablará, una vez que haya interiorizado  nuestro discurso, y la realidad misma, informe en un principio pero que también va tomando forma en la medida en que nosotros la vamos definiendo cada día.
           Porque querámoslo o no, el valor que una vez le demos a un hecho, llanto, por ejemplo, mañana va a tener el mismo  mas o menos y con la repetición se va a terminar haciendo norma, de modo que cuando el pequeño quiera acordar, se va a encontrar con que valora el hecho del llanto según lo que lentamente le hemos ido introduciendo a través de las palabras con que nosotros lo hemos ido definiendo. Lo mismo podemos hablar de otros signos que nos inquietan y a los que nos vemos obligados a buscar definición: limpieza, alimentación, sueño, contacto físico…

          El mundo de las palabras no va incluido en el bebé. Somos los adultos los que vamos introduciendo todo ese mundo y ese baremo asociado a la producción de sus vivencias, pero con el tiempo serán los discursos sobre esas vivencias los que terminarán imponiéndose, unas veces con razón y otras si ella. Si el pequeño se siente reflejado en lo que se cuenta sobre él, se quedará conforme. En caso contrario podremos darnos cuenta de que sus manifestaciones nos estarán diciendo, si queremos escucharlo, que el discurso elaborado no es válido y que tenemos que encontrar palabras más acordes  con los sentimientos que en él se suscitan o, de lo contrario, no se sentirá representado en lo que estamos diciendo de él.

          En los primeros tiempos puede resultar fácil encontrar un discurso con el que el niño pueda estar conforme. En la adolescencia, este cometido puede resultar muchas veces, sencillamente imposible.