
Los primeros meses son tan difusos, tan arriesgados, tan inexpertos, tan elementales… Es demasiado fuerte encontrarte entre los brazos ese trozo de carne casi desconocido, nuevo, que te reclama de manera perentoria y que decide instalarse en tu vida con casa y con bagaje y que llega mandando hasta el punto que ya nada va a ser lo que era para ti. Por lo pronto ha conseguido que los espacios y los tiempos se produzcan en función de sus necesidades. Pero también las personas. Ya no hay modo de encontrar un resquicio en el que no esté presente. Y, además, el primero. Ni dormir, ni lavarte, ni mirar las estrellas, ni salir a la luz… todo lo elemental, lo que era tuyo sin discusión ni duda, pues todo está en función del que acaba de llegar porque en la escala de prioridades se ha puesto a la cabeza.

Y no es poca frustración tener que asumir que no hay manera humana de encontrar un resquicio de vuelta atrás y de volver al tiempo en el que podías echarte un rato y dar una simple cabezada. Vano empeño. Ya nada será igual por mucho tiempo. Toda una vida que se te ha venido de golpe, elegida, sin duda, querida incluso aunque desconocida, pero espesa y potente que se te va metiendo en tu cuerpo cada día y que va a penetrar hasta lo más profundo de tus necesidades y de tus decisiones. Y esto es solo una parte. La tuya. Esa que se puede ver de tu piel para dentro. En la que todavía vas a disponer de algún poder porque depende de ti mismo, pero qué hacer con tu vecino, con tu amor y tu desvelo, con ese nuevo elemento de vida que por días se va manifestando por sí mismo, que va ocupando espacio propio y que, aunque no te deja ni pie ni pisado porque sus necesidades te han inundado la vida, quiere espacio propio, abierto y respetado, en donde pueda desplegar su vida a costa tuya pero de modo independiente.

Ya la garantía de subsistencia para el recién llegado es un esfuerzo agónico de concentración, gozoso casi siempre pero despiadado en algunos momentos. Nunca como ahora tu fuerza se ha templado tanto, ha encontrado los resquicios más íntimos, se ha medido tan minuciosamente hasta encontrar todas las posibilidades de gozar y sufrir, de ofrecer y recibir, de sentirte necesario y de encajar tanto amor hasta cubrir la tabla del pecho. Es verdad que depende de ti eso que te mira y te llora y te acaricia y te sonríe, pero no es menos cierto que cada día tú ya eres menos tú y que ya no te vas reconociendo si no es en unidad con ese extraño que cada día es más imprescindible.
Y quiere luz y sombra, quiere tu palabra en susurro y en canción. Quiere sus posiciones. Es verdad que la vida es la vida pero uno puede morir de monotonía. Hay que encontrar la forma de que al nuevo le lleguen los colores, que perciba el calor de los brazos y el fresco de la mañana, la dulzura del reposo y el valor del movimiento. El sabor de la sal y la dulzura de la fruta. Todo son cosas elementales y que se van produciendo de manera espontánea, pero que no se pueden olvidar y que hay que asumir como necesarias porque no son sólo un fenómeno del desarrollo que termina por definirse como un derecho que el nuevo ha de tener garantizado y que eres tú su albacea, su garante, su promotor incluso, porque en los tiempos en que se aprende a bocanadas se muestra dependiente y su fuerza eres tú.

















