Que
nadie se me escandalice. No es que me haya dado ahora, a mis años, por el
seguimiento del ciclo religioso que dicta que en las casas hay que poner el
Belén por estos días. Todo el respeto para quien lo haga, pero no, yo no. Sin
embargo sí quiero comentar un Belén concreto que hay colocado en un Chino,
cerca de mi casa. Por todas las tiendas se ven figuras y ornamentos para
comprar y hacer con ellos el tradicional Belén que, por más que el Árbol empuja
y Papá Noël no digamos, sigue siendo un atractivo indiscutible en esta zona del
mundo. El Chino vecino tiene sus figuras para vender como todo hijo de vecino,
pero lleva dos o tres años que habilita un gran espacio de su escaparate y,
hecho insólito para mi, un artesano de Granada expone su particular Belén sin
rigor histórico alguno pero con toda la
riqueza que su imaginación le ofrece.
No lo
he intentado porque insisto que mi afición no participa de este ritual pero sí
me interesa destacar que, pese a estar expuestas para la venta las figuras de
este artesano, como todas, en el escaparate no hay momento del día en que no
haya personas contemplando las propuestas de figuras y de mundo que esta
persona ha tenido a bien comunicar para que puedan ser objetos de los que se
nutra el Belén de las casas que se sientan interesadas. Entre las personas, una
gran proporción de niños que, curiosamente, se dedican a admirarse
estruendosamente con lo que se muestra en el escaparate que yo no sé si tiene
que ver mucho con Palestina, Belén, palacios de Herodes, molinos, lavanderas y
pastores, pero sí que tiene que ver con lo que significa el invierno para esta
tierra y forma parte de nuestra cultura: matanza, herrería, recogida de la
aceituna, cultivos de hortalizas de las que se ven cada día en la Vega de Granada
tan cercana, transportes de pollos y cerdos en carros tirados por bueyes,
tractores que trasladan la aceituna de los olivos a la almazara, Alhambra como
palacio, no se sabe muy bien de qué rey o gobernante al uso y viviendas que
seguro que no difieren mucho de las de la zona a que los belenes se refieren,
pero que sí nos dicen a nosotros lo cercanas que nos resultan las formas de
cortijos o los techos de lajas alpujarreños.
Cada
vez que vuelvo de mi largo paseo diario y paso por la exposición tan particular
y tan rica aminoro el paso o incluso me hago el remolón para contemplar el
espectáculo, digno de ver sin duda yrecoger los testimonios y comentarios de
las personas que suelen estar viéndolo y que lo comentan desde la cercanía,
como si se tratara de algo suyo. Saben de qué se trata, saben lo que tiene que
haber y lo que no y el sentido que tiene cada uno de los elementos que hay
expuestos pero no dejan de manifestar su admiración por lo convencional que
aparece y por lo nuevo, lo mismo de cercano que lo manido y tan propio del
mundo que intenta reflejarse como lo más conocido. Los diálogos que se
establecen entre personas mayores, abuelos sobre todo que tienen más tiempo
disponible, o entre abuelos y pequeños que van de su mano, constituyen a mi
juicio todo un tratado de transmisión cultural de primer orden.
Me
resulta chocante el conjunto, además, porque parece un contrasentido que un
Chino, que es por antonomasia un canto a la ligereza comercial y a la falta de
rigor de calidad, esa es la imagen que se nos transmite, se haya convertido
durante varios años ya, en toda una exposición de artesanía de miles de figuras
minuciosamente trabajadas a mano y una a una, con motivos específicos y
particulares de esta tierra y, teóricamente, muy alejados de lo que representan
estos establecimientos de todo a cien y de que cuando algo se estropea
sencillamente se tira sin que nadie se plantee arreglarlo y que pueda servir de
nuevo. Puede que incluso sea esta última idea la que más me llama la atención y
la que haya producido que lo presente aquí en el lluvioso y gris día de hoy.




















