Las
aportaciones como las de la semana anterior significan como puntales en el
camino que se pretende largo. Cuando se habla en general, este que escribe
procura hacerlo con la mayor carga de verdad y de rigor que puede pero
fácilmente puede verse como un cúmulo de reflexiones o de propuestas que por ir
dirigidas a cualquiera, al final no vaya dirigida a nadie en concreto. Por eso
es fundamental, al menos de vez en cuando, poner los pies en el suelo y hacer
como la prueba del algodón para verificar que lo que se dice no son brindis al
sol sino encarnaciones en personas concretas, con nombres y apellidos. Sabemos
que Héctor y su familia han recibido el mensaje y que se congratulan, lo que
llena de gozo a este que escribe y le sirve de estímulo.
Seguramente
un comienzo aceptable como primera unidad de trabajo con los pequeños puede ser su
propio cuerpo. Los niños se comportan muy globalmente, tanto para expresarse
como para asumir los conocimientos que la vida les ofrece. Esto no es malo ni
bueno. Sencillamente es. Pero el hecho de que sea así no quiere decir que tenga
que ser así siempre. Nosotros somos los encargados de, asumiendo como real esta
forma de comportamiento de los más pequeños, hacer que evolucione hacia unos
conocimientos de mayor amplitud y de mayor diversidad que les va a hacer verse
como seres más amplios de lo que ellos mismos se sienten. Y esto seguramente
que se puede aprender con el paso del
tiempo y confiando en exclusiva en la evolución natural pero es peligroso que
nuestra única guía para que los niños evolucionen sea sólo el paso del tiempo
porque de ninguna manera garantiza ni la evolución adecuada y la evolución
ordenada.
Muchas
veces hemos añorado tiempos pasados como ejemplos de libertad y de una vida más
gozosa cuando éramos más libres, cuando jugábamos en la calle sin tanto control
o cuando nos subíamos a los árboles o nos paseábamos por el campo con los
amigos. Es comprensible que uno tenga esos recuerdos y los quiera mitificar con
la distancia que dan los años, pero en ningún caso responde a la verdad. La
memoria nos juega malas pasadas y nos hace seleccionar los recuerdos para
quedarnos sólo con aquello que nos agrada y ocultándonos partes de la
experiencia que en su momento constituyeron sensaciones desagradables, incluso
trágicas. Hay un hecho incuestionable y es que nuestros recuerdos nos llevan a
una edad en la que éramos más jóvenes o sencillamente niños, recuerdo que suele
ser grato, visto ahora con el paso del tiempo. A partir de ahí ya es fácil
extrapolar esa gratitud a todo lo que nos pasaba. Nos olvidamos de los momentos
de angustia, de los miedos a los que aquel estilo de vida nos sometía y a que
la ley de la selva con el dominio del más fuerte imperaba mucho más que hoy,
que también impera en gran medida. De hecho los accidentes graves en los
pequeños y hasta la mortalidad eran moneda
cotidiana y eso no suele contar entre nuestros recuerdos infantiles.
Y es
que la necesidad de educación desde muy pronto, sin ser ningún paraíso significa un paso importante en los servicios
de los poderes públicos para la infancia. Suele ser el cuerpo entero el
paradigma del aprendizaje y es importante hacerlo valer, que los niños se
sientan protagonistas desde el principio de su propio conocimiento y de su
propia formación. Una buena propuesta puede ser que unos y otros se miren, se
toquen, presenten y expliquen las distintas partes de las que están formados, para
qué sirven y cómo y cuándo las utilizan . A la vez que se van conociendo en
detalle, que van asumiendo al compañero como elemento también de conocimiento y
de relación, se van formando una cierta conciencia de grupo, que significa un
estadío más elevado al de individuo sin más y va naciendo en ellos la necesidad
de relación con los vecinos porque son miembros de la misma estructura que nos
incluye y que nos permite enriquecernos
a través de la comunicación entre unos y otros. Crecer en grupo es la mejor
forma de crecer.




















