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domingo, 20 de marzo de 2011

JUGAR

Jugar es vivir. No es posible saber cual es el principio, el primer día en el que se empieza a jugar. Ni falta que hace. Pero es cierto que desde el momento en que una persona se encuentra alimentada, descansada, limpia y con alguien cerca que le ofrece una mirada, una palabra, una caricia, está reclamando una respuesta en relación con la oferta: un gritito, una sonrisa, un golpecito con la mano que todavía no se domina. No sé si ahí está el principio, pero lo que sí me parece es que esas son las condiciones aceptables para que un ser que acaba de venir al mundo se entere de que este mundo es algo positivo para él, que lo reclama y que cuenta con él y que espera su respuesta.

Con un comienzo semejante se abre un inmenso potencial de posibilidades que cada uno ha de descubrir personalmente a base, por ejemplo, de repetir mil veces cada sonido hasta empezar a modular las palabras, las exclamaciones o los distintos tonos en función de lo que pretende comunicar en cada momento. Los movimientos son otro campo impresionante de posibilidades que hay que explorar en el momento en que se dispone del gozo suficiente como para desearlo. Y se empieza moviendo el cuerpo en su conjunto sin un sentido concreto, por el puro deseo de moverse y poco a poco se va accediendo a cada una de las partes y a darnos cuenta de la cantidad ingente de posibilidades que el movimiento nos ofrece.


El juego es la vida y se juega cuando lo que se quiere es vivir. Sentir la necesidad de evolucionar pasa por asumir el aprendizaje como proceso de evolución y de perfeccionamiento de nuestras posibilidades. Eso necesita inversión de tiempo y de esfuerzo y es cada uno individualmente el que ha de hacerlo. Nadie puede hacerlo por nosotros. Lo que sí pueden los mayores es desde el principio darse cuenta de que los pequeños tienen mucho trabajo personal por delante y por eso necesitan ser respetados en su tiempo y en sus esfuerzos personales. Es verdad que muchas veces nos cuesta trabajo entender que tan pequeños tengan tantas necesidades. También los adultos tendemos a creer que sin nosotros no es posible que los pequeños evoluciones y no es cierto. Nuestra intervención es imprescindible, pero ha de ser limitada y debemos entender que los aprendizajes han de ser asumidos por cada uno en particular y para eso necesitan su tiempo y su proceso de experimentación.

No es fácil aprender ni se han de aprender pocas cosas. Es muy ardua la tarea de crecer y necesita todo el esfuerzo personal y la inestimable colaboración del entorno más cercano que es el que tiene que garantizar el mejor clima posible para que ese proceso largo, lento y dificultoso, se produzca en las mejores condiciones posibles. No hay otra forma que la de juego. Jugar es el primer y mejor libro al que nos acercamos en este mundo y no está hecho para leerlo ni para transportarlo de un sitio a otro, sino para vivirlo, para asumirlo minuto a minuto y peldaño a peldaño. En la medida que podamos jugar aprenderemos más y mejor y querremos seguir haciéndolo. Por eso es fundamental que podamos jugar, porque sólo jugando estaremos conociendo la vida y sus procesos esenciales.

domingo, 13 de marzo de 2011

RUTINAS

La vida se compone de un conjunto de porciones, podríamos llamarlos ladrillos a sabiendas de que no lo son, colocados uno junto a otro, que van formando un armazón que viene en llamarse con el nombre de cada uno. No hay muchos secretos ni estamos sometidos a cambios bruscos ni a genialidades y ocurrencias. El valor que se impone es el poder de cada día y esa porción que poco a poco nos va definiendo, moldeando, labrando con esfuerzo cómo somos y quiénes somos. Entender esto tiene poco secreto pero mucha importancia.

No sé qué milagro puede existir en propiciar que una persona que acaba de nacer se levante a una hora determinada, coma mas o menos a las mismas horas cada día, se le cambien los pañales y se le propicie el descanso un tiempo conveniente, pero siempre el mismo más o menos y por la noche se encuentre con el sueño a su hora y durante un periodo más o menos idéntico. Pues bien, este conjunto de rutinas, acciones sin gran trascendencia que se repiten, son las que van formando una estructura de vida que con el paso de los días va definiendo al sujeto que las vive, lo va configurando y va haciendo desarrollar a esa persona un tipo de comportamiento que está directamente relacionado con esas vivencias.

Tanto el vivirlas como el no vivirlas nos define de la misma manera porque los días pasan por todos y nos van dejando su marca indeleble y para siempre. Lo que pasa es que si cada porción de influencia se nos instala sin orden ni concierto, sin apenas relación con la anterior, nos irá dejando una marca de comportamiento inseguro, voluble y desorientado mientas que si el orden de la influencia que nos llega se mantiene constante, asumirenos la estructura de vida como un elemento que nos ofrece seguridad, previsión, conocimiento y fortaleza. Y tanto una cosa como otra, sin necesidad de que nadie nos lo explique, sencillamente por la fuerza de la repetición que funciona en nosotros como un clavo que se va introduciendo dentro a base de golpes y cada golpe pertenece a un día. Un golpe solo no tiene casi nunca un valor determinante, pero el conjunto de golpes nos da indicio de la hondura y la profundidad de la vivencia que estamos asumiendo.

Ni debemos, por tanto, angustiarnos por meteduras de pata que todos cometemos en algún momento, ni tampoco engolarnos con genialidades de un momento brillante. Tanto unas como otras no legan a tener más valor que el de momentos aislados con una importancia muy limitada. Pero lo que importa de verdad suele suceder en la sombra, en la humildad de cada día, sin brillo, pero con el valor de la constancia, que es lo que va produciendo en la persona que crece una estructura de comportamiento en un sentido o en otro. Ni que decir tiene que mi aportación se inclina si ninguna sombra de duda por aquella influencia que llega a los niños a través de la estabilidad y de la repetición porque esas características son las que producen en los más pequeños vivencias de seguridad, de estabilidad y de consolidación con la vida y con las personas que lo cuidan. Cualquier otra fórmula, por genial que pueda ser en un momento, propicia la digresión y desorienta al pequeño y lo dispersa.

domingo, 6 de marzo de 2011

POSESIÓN

La vida es como un arco que se va desplegando en el espacio y encontrando una curva que debe concluir junto al punto en el que comenzó. Cuando se empieza a vivir el mundo existe porque nosotros lo vemos. Somos la medida de todas las cosas. Todo es nuestro, nos pertenece por derecho de posesión. Las cosas son si las miramos y cuando queremos que algo no esté, sencillamente nos tapamos los ojos y con eso desaparece. No ha realidad que no pase por nosotros y mientras nosotros lo estimamos oportuno. Es el gran MÍO de cada uno.

La experiencia nos ha de ir limando con el roce implacable de los años hasta lograr que nos demos cuenta, primero de que al menos somos dos: cada uno de nosotros por un lado y el resto del mundo por otro. Con esa idea andaremos toda nuestra infancia hasta que ya en la adolescencia suframos la segunda gran revolución que nos dice que sólo somos parte de un grupo entre muchos otros grupos al margen de nosotros que tienen su vida propia. A partir de ahí, nada nuevo. Solo un proceso de expropiación de poder hasta llevar al punto, si es que llegamos, de ser capaces de prescindir de todo y aceptar que nuestro mundo ya no es este y que mejor nos vamos y aceptar la muerte como un bálsamo de paz y entregarnos a ella.
En la conciencia esto es así, pero es así porque la cultura forma ese cauce en nosotros para hacernos circular por ese proceso, digamos que razonable, en el que el ciclo de la vida se cumple y va desde tenerlo todo hasta terminar desnudo de deseos y aceptando el final con dignidad.

Existe la prueba de por donde somos capaces de despeñarnos si la razón no impera y nos impulsa solamente el deseo como si estuviéramos repitiendo de nuevo los procesos iniciales. Las formas de demencia que conocemos nos hacen involucionar hasta encontrar nuestros inicios, los procesos más simples de comportamiento, aquellos en los cuales no existía otra cosa que nosotros y el mundo no era otra cosa que nuestro criado en exclusiva y en todo momento pendiente de nuestros antojos. Incluso en esos casos en los que la razón ha dado paso en nuestra mente al desenfreno del deseo, llega un momento que hasta el propio deseo se convierte en demasiado elaborado y somos capaces de alcanzar cotas más elementales de comportamiento y se nos puede olvidar masticar, o respirar y entonces nos morimos, sin ninguna conciencia de lo que estamos haciendo y como si todo fuera algo que nos está pasando fuera de nosotros y solo somos una pieza de un rompecabezas que nos incluye y que nos lleva donde quiere.

El principio es la posesión absoluta y la cultura y el aprendizaje es el proceso de desprendimiento de nosotros mismos y de nuestras cosas hasta llegar a la renuncia total en el mejor de los casos y a sabiendas de que de no renunciar nosotros, será la contundencia de la vida la que se encargará de enajenarnos de todo sin contemplación alguna ni tampoco crueldad sino como algo inevitable que debe cumplirse y que esta, que siempre estuvo, por encima y al margen de nosotros.

domingo, 27 de febrero de 2011

INTEGRACIÓN

La principal grandeza de una escuela es la de tener grupos de personas de la misma edad juntos. Comprendo que es poco grandilocuente y que se trata de algo sencillo, tal vez demasiado sencillo. Pero después de tantos años de trabajo estoy empeñado en ser lo más honesto posible conmigo mismo. Por eso no quiero desbarrar ni buscar argumentos enrevesados que vengan a darle realce a una afirmación que se sostiene por ella misma y que se encuentra al alcance de todas las entendederas.


Sé que hubo un tiempo en que los niños se agrupaban con los niños y las niñas con las niñas. Hubo otro tiempo en que los blancos tenían que estar con los blancos y los negros con los negros. Hoy mismo, sin ir más lejos, hay mucha gente empeñada en poner a los listos con los listos y a los tontos con los tontos. Y cada uno de los que pensaron y piensan esas cosas tienen sus razones perfectamente lógicas que yo no quiero entrar a discutir porque me he pasado la vida discutiendo y ahora tengo una profunda pereza de ponerme a perder el poco tiempo que me queda, que es cada día más precioso y que estoy comprometido conmigo en aprovecharlo lo mejor posible. Es como una especie de ardor que me sube de los pies a la cabeza y que me empuja a mirar la almendra de las cosas y pasar de las zarandajas.
Un grupo de tres niños y tres niñas de 10 meses, por ejemplo, con una niña ciega, con un negro, una china y alguno cuya familia la forma un solo adulto es incomparablemente más rico que cualquier otro grupo de la misma edad con un nivel de inteligencia similar, un color de piel, sea el que sea, y una situación social y económica semejante.
Sé perfectamente que la mera composición no es gran cosa por sí sola y que depende después de mil factores: persona que está con ellos, espacio en el que se desenvuelven, las familias concretas que los traen y los llevan…. Todos estos factores van a ser agentes activos con poder suficiente para que las vidas que empiezan se conviertan en fuentes de aprendizaje o en factores de frustración, pero quiero destacar que ya el hecho mismo de la composición determina en gran medida lo que va avenir después.

Cuando hablamos de integración sabemos que hay que tener e cuenta que cada problemática personal tiene unas dificultades concretas y deberá disponer de unas propuestas de trabajo específicas para lograr el mejor desarrollo posible de cada persona. Esto es verdad y no cabe duda al respecto. Pero quiero destacar especialmente el hecho de la diversidad como factor de riqueza porque tal vez es el que menos se destaca y sin embargo considero que es el fundamental. Recuerdo aquel refrán de NO ME DES PAN, PONME DONDE HAYA.


Y es que Don Perogrullo, ese que a la mano cerrada la llamaba puño, todavía tiene mucho que enseñarnos y nosotros mucho que aprender de él. Y pasa el tiempo y creo que cada vez más. Las tecnologías se complican por momentos pero el sentido común se hace cada vez más necesario y mas raro a la vez.

domingo, 20 de febrero de 2011

DISCAPACIDAD

Nacemos de todos y cada uno somos un mundo. Todo esto es verdad, pero siempre desde parámetros de lo que llamamos normalidad. Siempre encontraremos que nuestro hijo no es tan guapo como el vecino o que nuestra hija es más bajita que la de enfrente, pero nos iremos conformando con el tiempo y a medida que los vayamos conociendo e identificando.

Otra cosa muy distinta es cuando me voy dando cuenta con el paso del tiempo que no ve, o no oye, o no sujeta la cabeza, o tiene los ojos achinados, o no me mira y parece perdido… Será mas pronto o mas tarde, dependiendo de nuestra experiencia o de nuestra perspicacia, cuando nos demos cuenta de que algo serio tiene nuestro retoño que lo va a definir de por vida y que se sale de lo que se entiende como normal. Es entonces cuando el martillo pilón de la vida nos estampa un mazazo seco en la cara y nos deja de una pieza. Lo primero es la sensación de nuestro fracaso personal, nuestra incapacidad para ofrecer a la vida un hijo sano. Lo segundo es hundirnos en la miseria de la depresión. Y los días pasan que vuelan sin que muchas veces reaccionemos con la celeridad necesaria y empezamos a perder un tiempo precioso para entender lo que nos ha pasado y para empezar a trabajar en la dirección que beneficie al recién nacido por encima o por debajo de nuestras vivencias interiores.
Y es que hace falta entender que nuestros hijos no son nuestros. Son nuestra responsabilidad pero ellos y nosotros nos debemos a la sociedad en la que vivimos. Probablemente cuesta entender esto, sobre todo cuando nuestro fruto vemos que ha nacido con deficiencias importantes y nos sentimos por los suelos. Pero es justamente entonces cuando esta idea es mas necesaria. Primero para saber lo antes y lo mejor posible, el alcance del problema con el que ha nacido nuestro hijo. Y en segundo lugar para encontrar lo antes posible la mejor forma de tratar su desarrollo en la conciencia de que cuanto antes seamos capaces de asumir lo que tenemos entre manos y nos pongamos manos a la obra, mayores y mejores efectos vamos a conseguir en su beneficio.

Con frecuencia la reacción es esconder y escondernos el problema como si con esa actitud lo estuviéramos conjurando para que desaparezca. Sobre todo perderemos un tiempo precioso porque cualquier tratamiento a seguir necesita que sea cuanto antes. Con todo el dolor o la sensación de fracaso que se nos venga encima, pero tenemos que ser conscientes de que nuestro hijo depende de nosotros pero se debe a la sociedad y es ella, con nuestra incansable dedicación, la que tiene que articular la mejor fórmula de vida para él. Ya ha pasado el tiempo de enclaustrarnos con nuestro problema y hacer que el ser que nos ha llegado se desenvuelva en una jaula de oro bajo nuestro cuidado pero fuera del mundo.


Es fundamental nuestra reacción rápida y lo más desapasionada posible, sobre todo en beneficio del recién nacido. Eso no quita que, a la vez, podamos sufrir todo lo que queramos, pero procurando que nuestro sufrimiento o nuestro complejo no interfiera en las posibilidades de recuperación de nuestro hijo

domingo, 13 de febrero de 2011

ENTRE IGUALES

Cuando se piensan en personas de pocos meses de vida, no es extraño que susciten ternura, afán de protección y conciencia de que son muy indefensos. Estos son los mecanismos que usa la naturaleza para que al recién llegado no le falten los cuidados necesarios. Pero la sensación no deja de ser un espejismo. Cada persona dispone de mecanismos de supervivencia suficientes como para cumplir su misión en la vida desde el lugar en que se encuentra. Un recién nacido no es tan indefenso como parece.


Los que hemos defendido desde hace más de 30 años que, cuanto antes, los niños donde mejor se educan es en contacto con otros niños, a veces hemos parecido ogros despiadados y faltos de la imprescindible sensibilidad afectiva. Es posible. Pero para no tener sensibilidad, algunos hemos pagado el precio de nuestra vida laboral en contacto con estos seres recién llegados y de ellos hemos aprendido algunas cosas. Ahora que ya hemos concluido el ciclo activo hasta nos interesa seguir reflexionando sobre el asunto y hasta intentamos comunicar, por si alguien quisiera escucharlo, algunos datos fríos y ampliamente constatados sobre la mejor forma de evolucionar en la vida.

Miles de veces hemos dicho desde la Escuela que HAY CARIÑOS QUE MATAN. Aunque sea un dicho sin más, encierra una verdad terrible y que toca los interiores más profundos de las personas. No es posible dudar de los amores paternofiliales así, sin más. Pero uno no se explica muchas veces cómo es posible tratar a estos pequeños de manera que, lejos de que vayan encontrando sus propias formas de salir adelante, de crecer, de ser cada día un poco más capaces de resolver sus problemas, lo que nos encontramos es situaciones de dependencia tan fuertes que hacen que se acabe el mundo para el pequeño o para el mayor si algo de su estructura les cambia y que se cree un esquema de vida en que ninguno de los dos parezca capaz de salir adelante sin la influencia del otro.

Comprendo que las críticas que se puedan hacer a las familias también se pueden hacer extensivas a la Escuela porque en cualquiera de las dos situaciones se cuecen habas. Pero la situación de Escuela me parece que tiene algo que la familia es incapaz de ofrecerle por más que lo intente: la presencia junto a él de otros miembros del grupo con las mismas demandas que él y con cuerpos y posibilidades muy similares. Desde poderse mirar de vez en cuando, escucharse, desear cosas casi idénticas y demandar atenciones parecidas y en momentos determinados: comida, sueño, limpieza u otros. La solución de estas demandas hace que ellos se vayan dando cuenta casi desde el principio, de que no son solos en el mundo, de que sus demandas son muy parecidas a las de los demás y de que casi todo lo que quieren se puede lograr con tal de tener un poco de paciencia para que los que le rodean también vayan satisfaciendo sus demandas. Esto tan simple resulta ser de los aprendizajes más profundos de esta edad de pocos meses de vida. En la familia es casi imposible que algo así se produzca.


domingo, 6 de febrero de 2011

ESCUELA






Cuando pensamos en los recién nacidos la mente se nos va a una habitación confortable, en penumbra, casi en silencio, muy limpia, oliendo a colonia de bebé y una madre abnegada que entra y que sale con mucho cuidado de no molestar al recién legado que yace en una cuna reluciente, casi todo el tiempo durmiendo. En contados momentos la madre lo coge en sus brazos amorosos y le hace mamar de sus pechos. Una vez que termina se lo suele cargar sobre el hombro izquierdo a la espera de que eructe, le cambia los pañales y vuelta a la cuna, su verdadera cada los primeros meses.
Ojalá que, al menos, este fuera el esquema mínimo de todos los recién nacidos. Desgraciadamente, nada más lejos. La mayoría han de asumir desde demasiado pronto un tipo de vida directamente relacionado con el de sus madres y no sometido a sus propias necesidades, como sería lo lógico, sino adaptándose más o menos a situaciones, espacios y tiempos en los que sus madres dispongan, aparte de sus obligaciones, de tiempos a salto de mata para atenderlos y andar satisfaciendo sus necesidades mientras cumplen con las obligaciones que la vida les impone.

Cada país, del mundo desarrollado se entiende porque los demás no cuentan pese a ser la mayoría, reserva unos tiempos de crianza que normalmente los satisfacen las madres y que últimamente se los turnan si lo desean madres y padres para dedicarlos a la atención del recién nacido. Van desde las 16 semanas que reserva España a las más de 50 de algunos países del norte de Europa. El tiempo reservado a la crianza de los hijos suele servir como uno de tantos indicadores de progreso. Más tiempo dedicado, más rico el país. Y no me parece mal. Pero me resulta chocante que no se contemple la posibilidad de medir como factor de progreso el disponer de espacios públicos, Escuelas Infantiles, donde los niños asistan para afrontar su crecimiento y desarrollo, no aislados sino en grupo. Los grupos adecuados para los más pequeños están alrededor de cinco o seis miembros por cada persona dedicada a ellos.

Los pocos centros que existen reciben a las familias con su sentimiento de culpa acuestas porque se ven obligadas a desprenderse, según ellas demasiado pronto, de sus más tiernos vástagos y se ven obligadas a dejarlos en manos extrañas con todo el dolor de sus corazones. Con tales planteamientos, esas fórmulas de vida en común desde los primeros meses nacen viciadas y teniendo que abrirse camino casi contracorriente. Los que hemos vivido nuestro desarrollo profesional con semejante planteamiento nos damos cuenta hasta qué punto, y no sé por qué, se favorece la fórmula de cada hijo con su madre, y se deja sólo para los casos en que no hay otro remedio, la de vida en común. Podría aducirse la dificultad económica por lo caro que resulta mantener a una maestra para cinco o seis pequeños, pero no creo que sea más barato mantener a uno de los progenitores completamente dedicado al nuevo ser una serie importante de meses con cargo al presupuesto público. Podría, al menos, la administración disponer de plazas suficientes para la demanda que existe y no permitir que el disponer de una plaza sea como una lotería. Esta es la contradicción. Conseguir una plaza es extremadamente difícil y pones al hijo con complejo de abandono. ¡Viva la coherencia!