
Cuando pensamos en los recién nacidos la mente se nos va a una habitación confortable, en penumbra, casi en silencio, muy limpia, oliendo a colonia de bebé y una madre abnegada que entra y que sale con mucho cuidado de no molestar al recién legado que yace en una cuna reluciente, casi todo el tiempo durmiendo. En contados momentos la madre lo coge en sus brazos amorosos y le hace mamar de sus pechos. Una vez que termina se lo suele cargar sobre el hombro izquierdo a la espera de que eructe, le cambia los pañales y vuelta a la cuna, su verdadera cada los primeros meses.
Ojalá que, al menos, este fuera el esquema mínimo de todos los recién nacidos. Desgraciadamente, nada más lejos. La mayoría han de asumir desde demasiado pronto un tipo de vida directamente relacionado con el de sus madres y no sometido a sus propias necesidades, como sería lo lógico, sino adaptándose más o menos a situaciones, espacios y tiempos en los que sus madres dispongan, aparte de sus obligaciones, de tiempos a salto de mata para atenderlos y andar satisfaciendo sus necesidades mientras cumplen con las obligaciones que la vida les impone.

Cada país, del mundo desarrollado se entiende porque los demás no cuentan pese a ser la mayoría, reserva unos tiempos de crianza que normalmente los satisfacen las madres y que últimamente se los turnan si lo desean madres y padres para dedicarlos a la atención del recién nacido. Van desde las 16 semanas que reserva España a las más de 50 de algunos países del norte de Europa. El tiempo reservado a la crianza de los hijos suele servir como uno de tantos indicadores de progreso. Más tiempo dedicado, más rico el país. Y no me parece mal. Pero me resulta chocante que no se contemple la posibilidad de medir como factor de progreso el disponer de espacios públicos, Escuelas Infantiles, donde los niños asistan para afrontar su crecimiento y desarrollo, no aislados sino en grupo. Los grupos adecuados para los más pequeños están alrededor de cinco o seis miembros por cada persona dedicada a ellos.
Los pocos centros que existen reciben a las familias con su sentimiento de culpa acuestas porque se ven obligadas a desprenderse, según ellas demasiado pronto, de sus más tiernos vástagos y se ven obligadas a dejarlos en manos extrañas con todo el dolor de sus corazones. Con tales planteamientos, esas fórmulas de vida en común desde los primeros meses nacen viciadas y teniendo que abrirse camino casi contracorriente. Los que hemos vivido nuestro desarrollo profesional con semejante planteamiento nos damos cuenta hasta qué punto, y no sé por qué, se favorece la fórmula de cada hijo con su madre, y se deja sólo para los casos en que no hay otro remedio, la de vida en común. Podría aducirse la dificultad económica por lo caro que resulta mantener a una maestra para cinco o seis pequeños, pero no creo que sea más barato mantener a uno de los progenitores completamente dedicado al nuevo ser una serie importante de meses con cargo al presupuesto público. Podría, al menos, la administración disponer de plazas suficientes para la demanda que existe y no permitir que el disponer de una plaza sea como una lotería. Esta es la contradicción. Conseguir una plaza es extremadamente difícil y pones al hijo con complejo de abandono. ¡Viva la coherencia!

















