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domingo, 4 de diciembre de 2016

CHAPUZA


         Los sinsentidos de los que algunas veces hablamos al comentar la estructura escolar dan como resultado puentes como este en el que estamos metidos que más de uno y más de dos lo habrán comenzado el día 2 de diciembre y pueden volver al trabajo  el día 13 si logran empalmar la Constitución con la Inmaculada sorteando los días 7 y 9, laborables a pesar de todo. Pero no se puede olvidar que las vacaciones de Navidad comenzarán, como muy tarde el día 23, alrededor de otros 18 o 20 días, con lo que entre unas cosas y otras, casi un mes de vacaciones  por la cara. Si lo que prevalece es el agobio del trabajo, cuantos más días lejos de él mejor, por supuesto. Pero si contamos con el trabajo como valor hacemos un pan como unas hostias.

         En reiteradas ocasiones nos hemos parado a reflexionar sobre las consecuencias del cambio de ritmo de vida para los menores, sobre todo como en esta época en la que hace un par de meses que comenzó el curso y a estas alturas se está consolidando una incipiente estructura de trabajo que, se quiera o no, significa disciplina, seguir el hilo de las costumbres que derivan de la implantación del programa, de los horarios y de las rutinas derivadas del día a día. Pues bien, cuando todo esto está todavía frágil porque lleva poco tiempo de implantación, por razones que mejor que no analicemos para no meternos en berenjenales, cortamos el ritmo y nos metemos de nuevo en pleno ocio sin venir a cuento poniendo patas arriba cualquier lógica de implantación de una mínima estructura de trabajo escolar y forzamos a las familias a que asuman las 24 horas de sus hijos como puedan o como no puedan.

         Tradicionalmente la conciliación de la vida familiar con las necesidades de la educación de los menores ha sido y en un problema que se resolvía con el sacrificio de la madre que terminaba abandonando el trabajo para dedicarse a la crianza de los hijos y todos tan contentos. Todos menos ellas naturalmente. La flagrante injusticia de esa lógica se ha visto superada por la idea de que todos somos iguales y de que los hijos tienen madre y también padre que resulta que no es ni más ni menos importante que la madre y que las necesidades de los hijos han de ser compartidas por razón de justicia y de dignidad. Y aquí arranca un problema que no tenemos resuelto de ninguna manera. El padre y la madre ahora pueden estar trabajando los dos a tiempo completo porque son muchos los compromisos a los que hay que hacer frente, con lo que los niños son de hecho criados por los abuelos cada vez en mayor medida y los padres apenas los ven. Si encima, como en el caso que comentamos, se trata de atenderlos a tiempo completo por la concatenación de puentes y por la frecuencia y longitud de las vacaciones, los resultados no sé por qué nos pueden extrañar si después nos arrojan datos de que no alcanzamos las cotas mínimas de conocimientos que cabría exigirnos.


         No seré yo el que defienda el trabajo durante muchas horas para los pequeños, ni mucho menos. Sí defiendo, por el contrario, y con toda la fuerza que puedo, la conveniencia de la estabilidad de la vida escolar, que no son sólo lecciones sino convivencia en sentido mucho más amplio, que permita a los pequeños sentir los beneficios de la vida con sus iguales, el nacimiento y la consolidación de amistades profundas y el desarrollo de proyectos comunes que los hagan acceder al conocimiento a través del trabajo en grupo. No debería ser demasiado pedir y nos permitiría mostrar una cara digna, que no sé de qué modo vamos a poder mirarnos al espejo con tanto puente y vacación alrededor.

domingo, 27 de noviembre de 2016

CONSECUENCIAS

         Si recordáis, el domingo pasado os dejé casi con la palabra en la boca porque tenía y quería asistir a una manifestación a favor de la infancia que se celebró en todo el mundo, aquí en Granada en la Plaza del Carmen, sede del Ayuntamiento, entre las 12 y las dos de la tarde. Y allí que me planté. Compartí con colegas y familias que asistieron con sus hijos a reivindicar dignidad de trato para los menores. Me gustó que esta vez no buscáramos alguna mejora inmediata como otras, cosa muy legítima por otra parte. Se trataba de una reivindicación de fondo. Algo parecido a un trato de ciudadanía para los menores que son personas y merecen el mismo respeto que cualquiera, aunque sus pocos años no les permitan exigirlo con voz propia. A su manera lo hacen, pero sólo para quien se moleste en escucharlos.

         Del encuentro, aparte del gozo de encontrarme con compañeros de trabajo que están cada día ejerciendo, cosa que siempre les da un plus de autoridad porque cuando hablan lo hacen del testimonio directo, también el encuentro con las familias que, las que asisten a estas convocatorias , y ya las conozco de hace unos pocos años, sobre cuarenta más o menos, emana de ellos una fuerza que uno no sabe muchas veces de dónde sale, que les hace asistir con sus hijos, bailar y cantar con ellos y compartir, sobre todo compartir entusiasmo e intenciones, las que correspondan en cada caso. En esta ocasión se trata de poner en activo lo que se ha dado en llamar PLATAFORMA O – 6 ES FUTURO  con el objeto de aunar fuerzas las personas interesadas para el mejor conocimiento de la infancia y compartir las problemas que su crianza lleva consigo. Los que quisimos nos apuntamos y yo dejo el nombre aquí por si le interesa a alguien ponerse en contacto y participar también.

         Mientras iba de un lado a otro saludando, una familia con dos niñas me miraba con gana de algo. Soy más tímido de lo que parezco y tardé un rato en ponerme suficientemente cerca para que la madre, una vez más la madre, me saludara. A través de ella saludé a la familia y a la hija mayor se le salían los ojos y la sonrisa y yo no sabía por qué. – ¿La recuerdas?, ¡Es Leire! Tenía tres años cuando cantaba contigo en el patio y tú le pellizcabas la cara y le decías… ( una de mis frases inconfundibles que no recuerdo ahora),  que todavía repite a pesar de que han pasado ya cinco años.
Yo miré a Leire y no pude por menos que darle un abrazo y quedarme pegado a ella, como un oso, que es el abrazo que reservo para  menores, con la certeza de transmitirles los sentimientos más profundos que  guardo hacia ellos y que les llegan directamente a través del cuerpo. Leire se aferró a mí y estuvimos un rato contándonos sabe dios qué. Cuando nos separamos nos miramos y no pude resistirme a traérmela en el móvil. Esta que veis es Leire. Me partió por completo una vez más, como sólo pueden partir a uno los sentimientos vivos de una persona limpia.

         La familia y yo nos quedamos un poco pasmados. No sabíamos qué decir, una vez que se había producido ese momento mágico que no acepta palabras. La madre me informó que iban a la escuela cada día porque su hija pequeña Carlota, a la que yo sólo conocí en aquel momento porque estaba presente con Leire, asistía y era ya el último año. Con eso puse punto y final a mi presencia en el acto porque no me sentía capaz de más. Después de Leire, me quedé impresionado no sé para cuanto tiempo. No puedo identificar el contacto concreto con Leire aunque sí recuerdo la secuencia del grupo que nos sentábamos en el patio en corro y cantábamos cada tarde las canciones que cada uno nos sabíamos mientras iban llegando las familias para llevárselos a casa. 

domingo, 20 de noviembre de 2016

MANIFESTACIÓN


         Nunca he creído en las casualidades. Sí, por el contrario, en que pasan cosas de las que somos incapaces de encontrar el hilo que las ha traído en el tiempo y en el espacio, pero eso es muy distinto. Mi encuentro de la otra tarde con Lucía es una de ellas. Nos paramos un momento para preguntarnos por nuestras cosas y me informó que hoy hay concentración en la plaza del ayuntamiento a mediodía a favor de la infancia. La última a la que asistimos se planteó como forma de parar el rum rum que se estaba formando para cuestionar una vez más la institución municipal granadina dedicada a la primera infancia, va ya para 35 años. Hoy no es el caso. Solo reivindicar la dignidad de este sector educativo que en los primeros ochenta del siglo pasado quedó un poco descolgado y sigue siendo el pobre.

         Encontré un buen motivo para dar sentido a esta mañana, una vez que esta página, que es lo primero, quede de cara a la luz y abarcando el mundo entero y comunicando sus contenidos con cualquiera que se sienta concernido. No es la primera vez que nos concentramos para levantar la voz por la infancia y creo que tampoco será la última pero la convicción de la dignidad educativa de los primeros años de la vida es tan profunda en muchos de nosotros, que estaremos presentes y apoyando la idea tantas veces como haga falta y esperando siempre que los poderes públicos se enteren de una vez de que los primeros años de la vida no pueden ser el pobre del sistema educativo al que hasta ahora se le ofrecen las migajas y el trabajo se centra más en atender los aspectos sanitarios y sociales que platean los más pequeños que son importantes y reales sin duda, pero que no son los esenciales.

         Si hay un sector de la vida en el que la inversión pública en su promoción y cuidado justifican el empleo de importantes cantidades de dinero, ese es el de los primeros años  porque durante el breve tiempo que dura se dirimen la mayoría de las capacidades que las personas van a poder usar y desplegar a lo largo del resto. Lo digo y de tantas veces como lo he dicho durante todos los años de docencia se me queda un cierto regusto a repetido pero no voy a dejar de hacerlo mientras mi convicción sea la que es y mientras la sociedad no termine de enterarse de que no habrá dineros mejor invertidos que aquellos que vayan destinados a facilitar y resolver las dificultades que plantea el crecimiento durante los primeros años de la vida de las personas. A la vez, por más que estas ideas se repitan siempre suenan a nuevas como si colaborar a la maduración humana en los primeros años tuviera y punto quijotesco, insólito y arriesgado.

         No quiero pensar que tenga que ver con que estas personas no votan y se puede pasar de ellas. Total, si algo no es adecuado, lo único que hacen es llorar. Pero no es justo y alguien tiene que levantar la voz para decirlo. Nos pasamos la vida argumentando la cantidad de dificultades que la estructura educativa tiene, las bajas calificaciones que nuestro sistema ofrece si lo comparamos con el resto de los países y el resultado claramente insatisfactorio que alcanzamos comparativamente pero estamos agarrados con uñas y dientes a una estructura y somos incapaces de soltarnos de unos  contenidos que a nadie consuelan y abrirnos a nuevas posibilidades que lo peor que nos pueden aportar es que sean tan malas como las que hemos soltado pero que yo estoy seguro que nos van a aportar satisfacciones que hoy nos parecen impensables. Cuando se ha trabajado con estas edades es imposible no haber visto que allí está la fuente del conocimiento y del futuro.  

domingo, 13 de noviembre de 2016

SUPERDOTADOS


         No sé dónde está la clave para que determinados temas adquieran carta de naturaleza y salgan a la palestra. Se habla de ellos como si fueran nuevos, aparecen los sabio pelotas de siempre explicando el origen, el ámbito de contenido que van a ocupar y todo el mundo tan contento. Al poco tiempo desaparecen y hasta otra. Si te vi no me acuerdo. Si no fuera porque mis años en la radio me dejaron bien claro que no surge ningún tema a la actualidad si no hay alguien por detrás que decide sacarlo, pensaría que es como una ventolera de verano que aparece de pronto y que lo mismo que surge se va y hasta.

         Podría estarme refiriendo a mil cosas y todas podían ser verdad pero me estoy refiriendo a los superdotados, esos pequeños que un día caen en las manos de algún maestro o psicólogo  que se cree que sabe mucho y después de un estudio de valor incierto, decide ponerles el apelativo de SUPERDOTADOS. Desde ese momento todo aquel que haya quedado ungido va a tener la vida entera para convivir con el dichoso nombrecito. Es posible que su familia lo segregue y aprenda a vivir con otro conjunto de seres tan ungidos como él y se acostumbre a vivir en un mundo que es sólo para los elegidos de, los que tienen que vivir en la cresta de la ola social porque han sido privilegiados por la fortuna y al parecer gozan de unas capacidades que sólo están destinadas a una minoría que, mira por dónde, se sitúan en  la parte alta de la tabla social y a los que hay que cuidar especialmente porque van a aportar a la sociedad los servicios más cualificados y los demás, la mayoría que no es superdotada, van a recibir a la larga, los beneficios de su influencia.

         Sé de lo que hablo porque un día yo también fui ungido aunque no pasó de ser una ventolera  en la que mi yo se hinchó un poco más de su tamaño habitual, que nunca fue pequeño, y no tuvo más consecuencias porque el paso siguiente de haberme aislado en una urna de cristal con otros privilegiados como yo no llegó a plantearse por razones económicas, que nunca fueron boyantes en mi familia. Percibí la marca de todas formas  y durante mucho tiempo me sentí infravalorado en los servicios que recibía de la sociedad porque mis capacidades, según me habían hecho creer, eran dignas de mejor destino que el de ir aprobando cursos poco a poco, como el resto de mis compañeros. Todavía ahora, en el declive de mi vida, percibo aquella marca como una señal que no me sirvió para acercarme más a mis amigos ni para hacerme una persona más servicial y sí para tomar conciencia de que mi capacidad estaba por encima del trabajo que estaba desarrollando y que la sociedad era injusta conmigo porque no me ofrecía todos los servicios para los que mi capacidad intelectual estaba destinada.


         Sabemos de sobra que cada persona tiene una dotación distinta a la del vecino pero la razonable diferencia entre llamarse Antonio o Gloria, Azucena o Fermín, Clara o José Luis, natural, rica y diversificadora no tiene por qué fabricar nuevos compartimentos en los que unos vivamos marginados de los otros, como si las normales injusticias de la vida no nos marginaran suficientemente. La estructura escolar debe tener la función contraria, la de hacer que todos aportemos al conjunto  lo que seamos capaces para que el conjunto sea el resultado del esfuerzo de todos y en el que todos nos podamos sentir integrados. Sé que hay personas con unas capacidades y otros con otras pero la vida nos va demostrando cada día más que de esa realidad incuestionable, lo peor que podemos hacer es separar a unos niños de otros porque el resultado seguro que va a ser perjudicial y empobrecedor para todos.


domingo, 6 de noviembre de 2016

DEBERES


         Las protestas son siempre señal de vida. Más de una vez he tenido que escuchar que por lo menos peleamos. La entrada de los occidentales en las casas cuna de algunos países del este tras la caída del muro de Berlín, la mayor impresión era de que los pequeños miraban a los intrusos y no hacían ningún gesto, ni de gusto ni de disgusto. Y esto viene a cuento de que en mi país, España, durante los fines de semana de noviembre se ha declarado una huelga de deberes. Oficialmente las familias se niegan a que sus hijos se pasen el fin de semana no pensando en otra cosa que en cumplimentar las tareas que les han encargado en el cole, como viene siendo habitual.

         Para una persona como yo, sé que no soy el único pero me gusta contarlo en primera persona, que se ha pasado toda su vida académica explicando la conveniencia de que los niños trabajen en su colegio, con sus compañeros y con sus maestros, y no poniéndoles trabajos para la casa sino desarrollando su labor en los espacios y tiempos adecuados, tal medida me produce una sensación contradictoria. Durante años he visto cómo mi idea y mi testimonio, ha sido ampliamente vapuleada por activa y por pasiva y en cada momento con argumentos completamente peregrinos, todos encaminados a la conveniencia del trabajo frente a los que nos tomábamos nuestra función más bien como una especie de broma en medio de la que los pequeños se dedicaban a jugar y a disfrutar de la vida que a producir conocimientos y a cumplir con un amplio programa de actividades propuestas, tanto si les gustaban  como si no.

         Sé que no he sido sólo pero sí que hemos sido, y estoy seguro que seguimos siendo, una importante minoría los que entendemos que la vida y la fuerza de afirmación personal de los pequeños, si se les permite, es capaz de cubrir los objetivos que cualquier programa puede trazar. He visto con mis ojos y durante largos años hasta el punto que creo haberlo aprendido, que aquella máxima de no me des pan, ponme donde haya es una verdad como un templo y se cumple cada día si uno está dispuesto a ponerlo en práctica. En mis comienzos docentes recuerdo con verdadera pasión cuando en clase nos poníamos nuestros propios programas de trabajo, organizábamos nuestros desarrollos curriculares y concluíamos con nuestra evaluación en asamblea. Aparte del hecho de sentirnos todos protagonistas de nuestro trabajo cada día y de saber que más de una familia amenazaba a los niños con que no fueran a la escuela como castigo no encuentro otras dificultades. La última, quizás, la de recibir un abrazo de alguien que me para el otro día por la calle y me dice ¿me conoces? Y yo lo miro a los ojos y le respondo ¡tú eres Íñigo Entrala Cuesta, cómo te voy a olvidar!.


         Estoy de acuerdo con que las familias se rebelen contra le hegemonía tan brutal que ha impuesto la vida académica, que parece que se quiere adueñar de todo el tiempo de los pequeños. También entiendo que los docentes se quejen del problema de que se pueda enfrentar el estamento docente con las familias pero lo cierto es que un aldabonazo de atención para manifestar que los pequeños son de ellos mismos y no de la escuela, tampoco de la familia, por supuesto. Si esta protesta va encaminada a que los menores se encuentren un poco más libres y sean capaces de entender que junto a ellos hay todo un mundo que los espera y que los necesita al margen de la escuela, me parece válida. Pero no me chupo el dedo y me doy cuenta de que un gesto como este también puede significar que los menores se sientan un poco más solos todavía y pierdan el pan y el perro. Entonces sería un nuevo desastre.


domingo, 30 de octubre de 2016

MUERTOS


         Empieza a quedar hasta anacrónico decir que esta noche pasada, en que para más inri hemos tenido que atrasar los relojes y encontrarnos esta mañana con una hora de más, el mundo católico en el que nos movemos festeja la noche de Todos los santos, del recuerdo a los muertos, vamos. Lo que pasa es que ya parece que eso es historia porque fieles a las leyes de la publicidad y del mercado lo que se ha festejado esta noche no ha sido otra cosa que Halloween,  impuesto definitivamente desde el mundo americano y haciendo que, aparte de que los jóvenes terminen integrados por completo por ese discurso dominante, releguen sus raíces cada vez un poco más al mundo del olvido y se distancien de los esquemas de comportamiento que venían vigente en esta cultura.

         Cuando yo era pequeño se festejaba el uno de noviembre como día de todos los santos y el día dos el de los difuntos. En realidad los dos días estaban dedicados a los muertos pero parece que el primero era para  los muertos de lujo y el segundo para los de andar por casa. En mi pueblo un grupo de niños nos instalábamos  en la torre de la iglesia y durante las 48 horas nos dedicábamos  a tocar a muerto cada media hora. En el campanario conocí  las lechuzas porque había un nido y pude comprobar la maravillosa suavidad de su plumaje. Nunca he tocado algo así. No me extraña que vuelen y que apenas se escuche su desplazamiento por el aire. Mientras algunos nos dedicábamos a tocar a muerto, otros nos paseábamos por el pueblo con una banasta  al grito de
                               Los angelotes,
                                Del cielo venimos.
                                Uvas y melones,
                                 De todo pedimos.
Con las banastas repletas de frutos de otoño nos manteníamos en lo alto del campanario durante los dos días de recuerdo a los muertos.

         Otro rito indispensable era la visita al cementerio en la que, mientras los adultos se dedicaban a limpiar y dar lustre a los espacios donde dormían el sueño eterno sus familiares difuntos, los niños recorríamos todo el marasmo de tumbas desordenadas,  ilustrándonos con nombres y edades que terminaban ilustrándonos con las costumbres y los tiempos del ayer. Recuerdo con toda nitidez que alguien que había muerto a los 54 años, por ejemplo ya era considerado como una persona mayor  y la categoría de ángel estaba reservada para aquellos que hubieran fallecido con menos de diez años. Algunos podíamos recordar cómo había sido su entierro con las cajas blancas y llenas de flores acompañando al muerto. Los cadáveres adultos iban con la caja oscura, cerrada y a hombros de cuatro o seis hombres. Los de niños eran llevados entre cuatro, pero sujetos con dos grandes toallas, abiertas y con un familiar llevando la tapa blanca para cerrarla en el último momento. Es un recuerdo muy claro porque la muerte de los niños era relativamente frecuente. Confirmo hoy cómo el valor de la vida no es el mismo que el de entonces, del mismo modo que no tiene nada que ver en este espacio que vivimos con el que se tiene unos kilómetros más abajo.


         No quiero que nadie piense que me estoy dedicando a valorar nuestras tradiciones del ayer por encima de las de hoy. Solo quiero dejar constancia de las que vivimos por si alguien puede tener interés en conocer de dónde venimos. Como no teníamos chinos donde comprarlo todo barato, pasábamos las tardes ahuecando con una cuchara los melones o las calabazas para, una vez limpios por dentro, rallarles en la corteza figuras simples que se hacían visibles por la noche, una vez que encendíamos una vela que le pegábamos por dentro en la base. Un hilo que permitía que los lleváramos colgando y a dar farolazos a diestro y siniestro por las calles. La muerte siempre ha sido y sigue siendo un enigma tentador que nos sigue teniendo en vilo.


domingo, 23 de octubre de 2016

ACCIÓN


         Aunque hablo de este país en el que vivo, España, estoy seguro que en el resto del mundo tendréis a vuestro alcance secuencias parecidas. En cada época se ponen de moda determinadas ideas fuerza con las que la publicidad se encarga de inundarnos para hacer valer determinados mensajes que interesa vender en ese momento. La idea de la juventud como valor supremo, la ecología y el mundo natural como paraíso soñado y al que hoy quiero referirme, la acción como máxima expresión de vida. Me gusta centrarme en puntos concretos porque me parece que resumen claramente la quimera y el sinsentido en el que nosotros mismos nos metemos. No sé si recordáis un anuncio de gusanitos que para su promoción, aparte de otra serie de sandeces que no tienen relación alguna con el producto, terminan el anuncio diciendo que son de queso natural.

         Uno escucha frases de ese calibre y ya no sabe cómo reaccionar. A la que me quiero referir hoy es de personas mayores que para mostrar lo bien que se conservan nos los presentan subiendo una escalera sin fin que suben sin la más mínima dificultad, o se dedican a tirar bocados a trozos de verduras para mostrar los dientes tan saludables o se ve a los abuelos jugando con los nietos y dándoles al balón taconazos que muestran que con ese abuelo no hay quien pueda. Se trata de vender juventud y salud, cosa frecuente pero ahora, un paso más: es que la salud se nos nota en que no podemos estarnos quietos y derrochamos vitalidad por los cuatro costados. Por eso aparecemos bailando sin pasar o corriendo kilómetros y kilómetros o jugando con los nietos y dándoles sopa con ondas con la vitalidad que derrochamos.  Con esos abuelos no sé hasta dónde van a llegar los nietos. Así, en realidad no hacen falta los padres para nada. Mejor que sigan trabajando jornadas interminables porque los pequeños no los necesitan mientras tengan abuelos que después de echarse las pomadas para combatir el dolor son capaces de comerse el mundo.

         Si uno se para un poco a pensar el sentido de la publicidad, mostrar cualquier producto nuevo y hacer que la gente lo conozca para que pueda comprarlo, verá rápidamente lo lejos que estamos del sentido inicial. Creo que vamos saltando barreras y ya mostramos productos que no sirven para nada que no sea satisfacer necesidades que hemos creado previamente. Recuerdo hace unos años que una cadena  de televisión se dedicó a promocionar  el cacao maravillao a base de una promoción intensiva. Los resultados no se hicieron esperar y comenzaron a solicitar el producto de manera masiva y oh sorpresa inesperada, oh desengaño cruel, el hombre feliz no tenía camisa. Pues aquí, lo mismo. No sé a quién se le ocurrió el experimento pero se tuvo que aclarar que aquel producto que se estaba pidiendo en respuesta a la campaña publicitaria resulta que no respondía a ningún objeto real y  que no se vendía más que humo. Más primitivo recuerdo aquel chiste del hombre que iba por la calle vendiendo ¡a peseta, a peseta! Amigo, pero qué vende. Pues nada, pero es barato.


         En esta ocasión me ha parecido pararme en la idea de la acción como salud, como fuerza vital y con el mensaje de que tenemos que correr por el mundo, bailar todo el rato, subir y bajar escaleras sin cuento como si tal cosa y todo para vender una idea de la vida que a alguien le interesa que interioricemos y es la de comernos el mundo a bocados lo mismo que somos capaces de comernos un trozo de verdura cruda sin que se nos mueva la dentadura postiza ni un centímetro. Al final la síntesis del cuento es que nos columpiamos en una vida cuyo arranque y cuyo destino no tiene nada que ver con la realidad sino con lo que le interesa a la estructura comercial en cada momento.