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domingo, 21 de mayo de 2017

FAMILIA


         Reconozco que ahora estoy más pendiente de la prensa en relación con los contenidos que se tratan en este blog. Y no es porque no se encuentren contenidos de interés si este autor echa una mirada a sus interiores, no. Lo que sí es cierto es que en más de una ocasión ha aparecido por debajo de mi puerta la patita de la duda y he llegado a pensar si al final no estaba instalado en la nebulosa de los recuerdos en exclusiva y me ha parecido injusto porque los asuntos que aquí se tratan lo primero que he querido que trasluzcan es verdad y en la medida de lo posible que estén pegados a la tierra y que se puedan constatar en casos concretos, unos idénticos y otros parecidos.


         La última gran revolución que se ha producido en mi país con relación a la familia ha sido la de legalizar cualquier tipo de matrimonio, independientemente del sexo los novios que lo demanden. Ya lleva unos pocos años esta norma en vigor y personas de todas la ideologías se están acogiendo a ella aunque desde el primer día hay un sector de la población que no para de despotricar que a dónde vamos a llegar con normas como esta y que Dios no está de acuerdo con que dos mujeres o dos hombres se casen si quieren porque el matrimonio tiene que ser entre un hombre y una mujer. Que qué va a ser de los hijos que viven en una casa con dos hombres o con dos mujeres porque han decidido adoptarlos, que dónde queda la figura del padre y de la madre y que esto parece el Patio de Monipodio en el que cada uno hace lo que le da la gana. Afortunadamente ya tenemos experiencias hasta de separaciones de estas nuevas familias del mismo sexo para confirmar, como no podía ser de otra manera, que se trata de personas normales y corrientes, capaces hasta de dejar de quererse.


         Cierro mis ojos y pienso en esos hijos que viven con su padre y con su madre y que han de soportar borracheras y gritos continuos de uno de los dos o de los dos, que han de vivir con los abuelos y hasta con los vecinos porque sus padres han emigrado para buscarse la vida, que apenas si se ven porque las jornadas de trabajo no lo permiten y en realidad viven los pequeños al calor del primero que se lo ofrezca, que no disponen de nadie que los controle y que crecen mimados y superprotegidos sin que exista a su lado un criterio de orden y de disciplina capaz de hacerlos sentirse queridos y de decirles que no en un momento determinado y que los pequeños sientan en su piel la cercanía y el apego de una figura adulta que está por ellos y con ellos. Y se me llenan los ojos de supuestas familias tradicionales con los niños abandonados por las calles sin que nadie levante la voz en defensa ni de la ruina de esa familia ni de la ruina de esos pequeños.



         Y se encierra uno en uno mismo, desesperado de repetir a todo el que haya querido oír que el amor, el cuidado y la dedicación no saben de sexo ni de nada sino que hasta los perros, que no son humanos, pueden ofrecer amor a sus hijos o a cualquier persona y que quien lo recibe se siente querido. Que los niños no están pendientes de cómo van vestidos sus padres sino de si los quieren o no, de si los cuidan o no y que eso es lo que nos debe preocupar y no los sexos de cada uno. Cuántas veces hemos conocido a alguien que se ha criado con los vecinos y ha crecido tan cuidado como sus hermanos que se han criado con sus padres o más. ¡Quién es el juez que en vez de mirar el apego que reciben los pequeños se pasa la vida examinando a su familia para ver si cumple los requisitos que considera indispensables!. ¡Cuándo dejaremos de ser hipócritas!.


domingo, 14 de mayo de 2017

CHUPE


         Sé que no es la primera vez que este tema aparece pero después de siete años, tampoco puede resultar demasiado extraño. Los motivos para que aparezca un tema pueden ser muy dispares. Hoy la excusa ha sido un artículo de prensa online que es la única que leo. La cuestión era que qué es lo que dicen los expertos y creo que me ha motivado porque estoy de expertos hasta la sopa. Entiendo que tiene que haberlos, tanto en este asunto del chupe como en cualquier otro susceptible de interpretaciones, pero leo el artículo y no puedo evitar que me dé la risa. Cuentan la conveniencia o no de utilizar el chupete en función de que pueda afectar al nacimiento de los dientes o, esto es de mi cosecha, a la deformación de la boca por meterse los dedos en el caso de que quitemos el chupe por las bravas.

         Muchas veces he verbalizado que los pequeños crecen a pesar de los adultos. Es exagerado, lo sé, pero no creo que tanto. Recuerdo en mi propia vida, que tampoco es tanto, cómo a los pequeños se les mojaba el chupe en azúcar para calmar su incomodidad o su llanto. Incluso en anís,  con lo que no quiero ni pensar la borrachera en la que caían los pequeños y seguro que se dormían. ¿No se iban a dormir si estaban como una cuba?.  Casi de antes de ayer recuerdo un anuncio de la tele en el que un dibujo de niño con cara de listo decía que debíamos darle a los pequeños  QUINA SAN CLEMENTE, un vino dulce de alta graduación y la razón era que DA UNAS GANAS DE COMERRRRR… Tampoco quiero dejar aquí un estudio exhaustivo de las tropelías que hemos hecho con los pequeños, siempre con la mejor intención, no me cabe ninguna duda, buscando su bienestar y ya de camino que nos dejaran un poco tranquilos también a los adultos porque las noches son muy largas y hay mucho tiempo para desesperarse cuando los persistentes llantos arrecian.

         No me puedo quitar de la cabeza, allá por 1984 cuando había bastantes menos expertos que fueran capaces de aportar algo sobre los más pequeños, una de las maestras que asistía a mi curso sobre la necesidad del juego para el buen desarrollo de los pequeños que me espera al final y me hace una pregunta de carácter personal para decirme que su hija de ocho años no paraba de chuparse el dedo desde que le quitaron el chupe y que toda su familia la persigue para que deje el vicio y la niña no para y tiene el dedo en carne viva y ella está angustiada y no sabe lo que hacer. Ella misma  esperaba que su hija se durmiera para quitarle el dedo de la boca para evitar, decía, que la boca se le fuera a deformar. En la conversación termina diciéndome el profundo motivo de su angustia y era que su hija le estaba preguntando cada vez con mas frecuencia: Mamá, ¿tú me quieres? Y esa inseguridad de la niña le estaba quitando el sueño.


         Yo no me he considerado experto más que en hablar con las personas y estar seguro que por ese camino es por donde pueden llegar las soluciones a los problemas que la vida nos plantea. Tampoco me consideré entonces cuando me compañera me manifestó su angustia. En realidad hoy tampoco tengo claro si mi propuesta fue válida o no pero no tuve dudas y le dije: Yo no sé lo que hay que hacer en un caso como el que me cuentas pero lo que sí te digo es que si fuera mi hija me iba con ella esta misma tarde a una farmacia y le pondría que eligiera unos cuantos chupes y que chupara hasta que se cansara de una vez pero que en ningún momento le faltara la seguridad de que tú, que eres su madre estás con ella por encima de que se chupe el dedo o que no. Hoy haría lo mismo.  

domingo, 7 de mayo de 2017

SOMOS


         Hay muchos lenguajes y todos pueden hacernos decir verdad o por el contrario nos pueden llevar a engaño. Bueno, todos no. Hay un lenguaje que por más que quiera nos define irremediablemente y es el lenguaje  de los hechos. Al final es el único que nos define de manera determinante  porque por encima de las ideas, de las intenciones, de las miles de posibilidades que el devenir de la vida nos ofrece en cada momento nos definimos por hacer una sola cosa y esa es como nuestra seña de identidad, como nuestra firma en el documento de la realidad, nuestra huella, nuestra definición como personas, nuestro dibujo final. Si alguien quiere saber quiénes somos de verdad tendrá que dejarse de zarandajas y bucear en nuestros hechos porque es allí donde estamos reflejados con fidelidad.



         Cuando echo mano a mi infancia, la fuente más fidedigna de lo que somos aunque desgraciadamente podamos  recordar tan poco,  me veo inmerso en el devenir de cada día y la calle era mi principal escuela porque allí hacíamos la mayor parte de nuestra vida entonces. Las peleas entre los niños eran una actividad cotidiana, unas veces en broma, la mayoría, y otras, las menos, en serio. No se me daban mal las primeras partes de las luchas y recuerdo  tener a mis contrincantes en el suelo a mi disposición con cierta frecuencia. Pero una vez allí no sabía qué hacer con ellos. Nunca he sido capaz de materializar la idea de dar un puñetazo o un cabezazo a alguien así en frío. En medio de la refriega sí podíamos intercambiarnos golpes a son y sintrón  sin ningún problema pero una vez que tenía al contrincante a mi disposición,  yo mismo me daba por ganador y dejaba la pelea. Lo malo es que el otro muchas veces no estaba por la labor, se reponía y entonces era yo el tenía que soportar su revancha y salir trasquilado del conflicto.

         Muchos años después, la tele llegó a mi vida a mis quince años, he visto en los programas de naturaleza cómo los animales fuertes sólo matan para comer cuando lo necesitan y las luchas de poder las resuelven casi siempre con exhibiciones de fuerza o con manifestaciones de superioridad sin que la crueldad esté presente en el conflicto pero en esas situaciones se ve que el vencedor y el vencido hablan el mismo lenguaje y tanto uno como otro aceptan el resultado sin necesidad de llegar hasta las últimas consecuencias, Ese no solía ser mi caso, aunque algunas veces sí lo era. La mayoría terminaba con el rabo entre las piernas porque la crueldad es algo que nunca ha entrado en mi cabeza en un conflicto abierto. También he conocido desgraciadamente que para hacer daño no hace falta ser valiente sino ser capaz, en un momento determinado, de aprovechar tu ventaja y dar el golpe decisivo sin pensar en el daño que haces sino garantizando tu ventaja.


         El otro día conocí que el señor Trump ordenó explosionar la llamada MADRE DE TODAS BOMBAS, en la cabeza de los terroristas de ISIS poniéndonos a todos en riesgo por las posibles respuestas indiscriminadas de los terroristas y porque el mundo entero se ha enterado que ya no queda más que un paso para llegar a la amenaza nuclear con la que ahora se encuentra tonteando ante las bravuconadas de Corea del Norte. Y a todo esto, él no hace otra cosa que ordenar mientras se encuentra perfectamente a salvo con todas las medidas de seguridad a su alrededor mientras cada uno de nosotros nos vamos convirtiendo por mor de sus decisiones, en personas cada día más frágiles, más vulnerables ante el aumento exponencial de los peligros que nos acechan por las decisiones de una persona que nos quiere convencer que todo es para proteger nuestra seguridad. Sus palabras pueden asustarnos pero el verdadero peligro está en sus hechos.

domingo, 30 de abril de 2017

CELINDAS


         Cualquier secuencia de la vida significa una posibilidad de aprende. Otra cosa es que nuestra manera de mirar esté abierta al aprendizaje, cosa que es imprescindible o, sencillamente, pasemos por delante de los acontecimientos sin pena ni gloria. En ese caso ya nos pueden poner delante la montaña más alta que no la veremos, sencillamente porque no tenemos la voluntad de ver. Estos días no tengo más que salir a la calle y vuelvo completamente embriagado de color y de olor porque la primavera se encuentra en su cenit. Ya está terminando la presencia del azahar que nos ha supuesto a los forofos ir de acá para allá debajo de los miles de naranjos que hay plantados por las calles andaluzas para cubrirnos con su embrujo y terminar completamente borrachos de su esencia efímera. En unos días las flores se marchitarán y habrá que esperar un largo año para gozar su esencia de nuevo.

         Ayer por la tarde mismo y,  justo al lado de mi puerta, pude gozar junto a mi hija Elvira con otra fragancia que,  sin desmerecer para nada al azahar, diría que nos enloquece más profundamente. Se trata de la celinda. Ya la venía siguiendo desde que sus inmaculados pétalos aparecieron y cada día me he ido acercando con veneración para robarle una porción de su fragancia y embriagarme con ella unos segundos. Ayer le comentaba a mi hija que comprendo a los insectos que se vuelven locos en cuanto perciben semejante olor y se acercan a libar los azúcares de su polen a la vez que nos dejan el beneficio de la fecundación que garantizará que el año próximo podamos gozar de nuevo de semejante tesoro. El azahar ha crecido mucho porque por las calles hay muchos naranjos que nos lo garantizan pero las celindas se han reducido hasta el punto que se han convertido en una rareza. Hay que encontrarlas en rincones discretos y a poco que te descuidas, cuando quieres acordar han terminado los pétalos su ciclo, desesperadamente corto, y tienes que renunciar a su olor hasta el año próximo.

         Cierro los ojos y recuerdo en mis primeros años aquellas presentaciones de ramos a la virgen cada tarde de las muchachas de mi pueblo durante todo mayo. La celinda era precisamente la que no faltaba en ningún ramo con lo que la iglesia concentraba esa maravilla de olor muy concentrado. Luego había más flores, al gusto de cada muchacha pero la celinda acompañaba siempre por hermosa y por barata. Tengo esa imagen incrustada de la mano de mis madrinas Emilia y Águeda con sus maguitos cubriéndoles los brazos porque a la iglesia no se podía entrar luciendo la carne de los brazos y con sus velos, bordados en tul por ellas mismas cubriendo sus cabellos y yo como un niño repipi de sus manos siempre, oliendo a narices llenas de aquellas fragancias que nunca jamás he logrado quitar de mi memoria y que las sigo persiguiendo por estas fechas porque sé que son tesoros pero también que son efímeras y que si un año me descuido, me las pierdo y es un verdadero drama para mí.

         La lección de este texto pretende ser doble. Por una parte tiene que ver con nuestra capacidad de gozar, que suele estar muy cerca de nosotros casi siempre y que no está relacionada con ninguna campaña publicitaria  comercial sino con la naturaleza y con sus ciclos. No hay más que estar atentos y acercarnos en el momento justo porque el don puede ser para todos. Y con otra por la profundidad de las experiencias que se impregnan en los primeros años que se quedan dentro de nosotros y que nos definen para siempre con esos aprendizajes adheridos a nuestra inteligencia. Lo mismo que para conocer determinadas limitaciones en nuestro desarrollo los analistas han de  buscarlas en los primeros años, también las raíces de los gozos más profundos hay que encontrarlas en los primeros años y es que es en esa zona de la vida donde verdaderamente se dirime lo esencial de nuestras personalidades.

domingo, 23 de abril de 2017

LIBRO


         Cuando los textos que aquí voy dejando gota a gota tienen una referencia inmediata a la realidad concentran una fuerza especial ligada al acontecer diario. Lucía ya me había avisado que nuestras escuelas estaban organizando algo. Era suficiente para que yo me hiciera presente a eso de las doce de la mañana en La Fuente de Las Batallas, en pleno centro de Granada. La excusa, el Día del Libro, que no era ayer sino hoy. Había varias casetas anunciando novedades y confiando en poder ofrecerlas al público durante todo el fin de semana. El propio vagón de ludoteca de la Fundación también estaba allí a la espera de que las familias llegaran con sus pequeños, pero el punto de vida no era más que unos telones de techo separados por unas paredes a base de colores y de hilos de lana que separaban y que unían al mismo tiempo. Allí estaba, la vida y el trabajo coordinado de un montón de gente, empeñada esta vez bajo la bandera de que la etapa de 0 a 6 años sea una y tenga unidad educativa y los poderes públicos no permitan que los primeros años, de 0 a 3 se separen definitivamente del ciclo educativo.

         Tuve la tentación de que la primera foto hubiera sido una hermosa barriga que vi por allí formando parte de un cuerpo joven de madre que ya andaba buscando un lugar adecuado en el mundo para su retoño, que estaba a punto de ver la luz de un momento a otro. Me quedé con la gana. Otro día será. Esta vez prefiero mostraros la pancarta que da sentido a la vieja lucha, nunca ganada pero hasta el momento tampoco completamente perdida y me puse a dar vueltas por aquellos rincones y saludando aquí y allá a una serie de personas con las que he compartido mi vida y que, llevan en su mente una parte de mi lo mismo que yo la llevo de ellas, unas veces para bien y otras para mal, que de todo tiene la convivencia. Ahí andamos y aunque los cuerpos que nos sustentan están cada día más arrugados, las familias que se sienten convocadas y sobre todo sus frutos recién paridos son los mismos retos que nos hablan de vida, de esfuerzo nuevo y de futuro y exigen de nosotros la misma frescura que hace años porque ellos no entienden de guerras que no pasen por su vida.

         No eran grandes los recintos amurallados por hilos de colores pero todos despedían calor, cercanía y conciencia de que el objeto del esfuerzo no subía más allá de un par de palmos, como siempre y éramos los adultos, como siempre, los que teníamos que bajar de nuestras alturas y alcanzar la talla de ellos y la medida de ellos porque el trabajo de preparación del acto estaba como siempre hecho a su medida y para que los pequeños, los más pequeños,  se sintieran una vez más protagonistas y o bien solos si era posible o con sus familias como soporte, lo más frecuente, vivieran con nosotros un rato de sábado en recuerdo de los libros, esos artículos que tienen hojas y dentro miles de historias que vivir y que soñar. Allí me quedé un momento escuchando a Manuel y a Víctor leyendo cuentos de un libro que tenían entre manos y que mostraba imágenes para que los pequeños vieran de dónde salían las palabras.


         El circuito se acababa pronto y Conchi nos despedía con su sonrisa a todo el que, una vez visitado cada uno de los espacios a su gusto, decidía seguir recorriendo la ciudad una hermosa mañana de primavera. Nunca fueron nuestros acontecimientos grandes en extensión. Seguro que sí en hondura y este también lo fue. No había más que mirar los ojos de los pequeños para tener la certeza de que se sentían en un espacio amigo, que estaba montado para ellos y que en esta ocasión con la excusa del Día del Libro, también buscaba su cercanía para que aprendieran a gozar con otros compañeros y de la mano de sus familias.

domingo, 16 de abril de 2017

MÁSCARAS


         Estas vacaciones de Semana Santa son probablemente las más proporcionadas porque duran sólo nueve días y se producen en un momento en que los pequeños ya tienen historia  de grupo. Han seleccionado quienes de sus compañeros les caen mejor y quienes peor. Han fijado sus prioridades y si les preguntamos por sus amigos son capaces de responder unos cuantos nombres que frecuentan más. En esa situación ya no perjudica tanto pasar unos pocos días separados porque luego es fácil conectar de nuevo. Estas vacaciones como las de Navidad tienen un componente religioso indiscutible, que es el que las define por encima de otras particularidades. Será aconsejable un descanso o no pero es cierto que las vacaciones se justifican por acontecimientos religiosos católicos concretamente.

         No sé si nos estamos quedando sin referentes colectivos o qué es lo que nos está pasando pero a lo largo de toda la semana ha sido la religiosidad la que ha sobrevolado por el espacio y por el tiempo. No una religiosidad de contenido y compromiso, sino esa otra superficial y bullanguera,  ligada al folklore,  que se ha manifestado sacando a la calle todo tipo de imágenes relacionadas con la pasión y muerte de Jesucristo imponiendo de hecho que la vida de los pueblos y ciudades esté mediatizada por esas ceremonias fúnebres y multitudinarias y que la vida social se paralice y se supedite al ritual genérico de las procesiones durante las tardes y noches y al espectáculo tétrico de los penitentes con la presencia de sus máscaras y sus interminables filas de velas encendidas como espectáculos de otro tiempo que se resisten a desaparecer de este siglo XXI y que nos dejan una estampa  esperpéntica, ajena a nuestro mundo.

         Ni por un momento quisiera que se interpretara la más mínima falta de respeto a ninguna auténtica religiosidad. Al contrario. No sé si en algún tiempo las sociedades pudieron ser tan uniformes que una religión, la que fuera, se impusiera por completo hasta condicionar la vida del conjunto, pero en este momento, por más alardes de fuerza que se hagan, en una sociedad como la nuestra es imposible eliminar su esencia diversa, que es lo que prima cada día más en todos los órdenes de la vida y yo celebro esa diversidad que nos aporta  riqueza y posibilidades continuas de aprender unos de otros y que requiere sobre todo respeto para que cada persona o cada colectivo se sienta legitimado para expresar sus ideas y para vivir como desee aceptando y respetando a quienes no piensan como ellos. Paseando por las calles he podido ver los negocios chinos o musulmanes, cada día más numerosos,  completamiento abiertos como un día cualquiera puesto que ellos no tienes nada que festejar y son ciudadanos tan dignos como nosotros. Cada día más sucede que son tan ciudadanos de este país como nosotros y han nacido aquí como nosotros. La variedad es sobre todo riqueza.


         Concretamente este año que hemos dispuesto de días de sol y temperaturas casi veraniegas hemos podido vivir enormes atascos porque el gregarismo social hace que no podamos gozar de lo que tenemos preparado para el goce, que es mucho. Termina imponiéndose que todos vamos a la playa o todos vamos a las procesiones o todos vamos a viajar como si la idea de negocio fuera la verdadera rectora de la vida y no pudiera ser, sencillamente, que aprendamos a ser diversos y a saber combinar todas las posibilidades de vivir que hemos aprendido sin que tengamos que renunciar a nada. Cada día somos capaces de disponer de más y mejores medios para alcanzar  mejor calidad de vida. Lo que hace falta es que sepamos aprovecharlas y mirar a nuestro alrededor para ver que desgraciadamente no todo el mundo vive igual y no faltan situaciones de desesperación bien cercanas que nos debían hacer aprender. 

domingo, 9 de abril de 2017

HERENCIA


        El jueves pasado,  día 7, a las 11 de la mañana, nos habíamos citado en el mirador de San Nicolás para celebrar el 50 aniversario de nuestra graduación como maestros y allí comenzamos a llegar gota a gota, unos solos, otros acompañados de las esposas. Todo parecía normal pero ni nosotros éramos los mismos y el Mirador mucho menos. La de tardes que pasamos entonces,  sentados en el pretil frente a la Alhambra. Nunca estuvimos completamente solos porque esa Plaza es un imán pero un buen día apareció Clinton y se le ocurrió decir que desde esa Plaza se ve la mejor puesta de sol del mundo y a partir de ahí fue el desmadre. Creo que la frase no es mentira pero la Plaza, como casi todo en el Albaicín, es pequeña y solo puede albergar holgadamente a unas pocas personas. Ahora es un mercado casi a cualquier hora. Nos vimos negros para reunirnos e inmortalizar el momento a esas horas de la mañana. No quiero ni pensar lo que sería por la tarde.



         Como pudo, Tomás nos fue explicando lo que fue de Granada después de la Conquista  y  que es la ciudad de Los Cármenes por la concentración de varias viviendas musulmanas para los recién llegados, que no aceptaron vivir con aquellas estrechuras. Nos fue llevando hasta la Mezquita Mayor, hoy Iglesia del Salvador y por el camino nos encontramos a Miguel, el sacristán, que tuvo la amabilidad de abrirnos, porque no eran horas y en lo que un día fue el hermoso Patio de las Abluciones terminó la explicación histórica con su paciencia habitual. Nosotros, aparte de escuchar cómo podíamos,  no dejábamos de mirarnos y de intentar reconocer en los casi setentones que teníamos enfrente a los veinteañeros de hace 50 años, venidos de todo lo que un día fue el Reino, que nos íbamos a diseminar por la vida de entonces en adelante  y que ahora nos replegábamos durante unas horas para decirnos que estábamos vivos, los que estábamos, que éramos los mismos, completamente falso, y que volvíamos por el Ave María de la Cuesta del Chapiz por ver si allí todavía quedaba algo de nosotros, los de entonces.

         No estábamos todos. Algunos, Abril, Béjar y otros porque ya no están con nosotros. Otros porque sus condicionantes personales y familiares no se lo han permitido. José Luis, que se ha tomado mucho interés, no ha logrado concentrarnos más que a 27, que no son pocos de todas formas. Yo recuerdo haber estado en el 25 aniversario un rato por la mañana y nada más. Otros ni eso. Algunos sí vienen manteniendo ciertos contactos más frecuentes. Es posible que para ellos el tiempo pase de otra manera. Qué gusto ver al Sebas, siempre con su música a cuestas. A Rafa Domínguez, que yo llamaba el 2´14 y que ya me puntualizó que nunca pasó de los 2 metros, a Antonio Martínez de Tíjola, tan distinto a mí y que siempre nos llevamos tan bien. A Honorio, que nos consiguió para comer la maravilla de la Universidad del Carmen de la Victoria, exactamente encima de nuestro colegio y con el mismo fondo mágico a nuestra espalda. A Jiménez Pozo y su alegría pegadiza. A Emilio, mi Emilio del alma, a Pepe Larios. Al correctísimo Antonio García Fernández y así, uno por uno podría irme parando en cada uno de los retazos de mi vida que se asienta en cada uno de los presentes.




         El tiempo nos premió y pudimos comer al aire libre, a base de tapitas de jamón, salmón ahumado, gazpacho, tortillas de camarones …, la conversación encendida y el rumor de una fuente, uno de los sonidos más hermosos del mundo que definen Granada y que también han definido mi vida. El tiempo es implacable siempre y la historia terminó con un racimo de recuerdos puestos en común y con un pequeño concierto de nuestros artistas que una vez más tuvieron la generosidad de deleitarnos. Quiero confesaros que no soporto las despedidas y por eso en un momento desaparecí sin más. Pero aquí está mi abrazo y mi mejor deseo para vosotros y para vuestras familias.