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domingo, 19 de febrero de 2017

TIEMPO


         Hay tiempo para todo en la vida. Por momentos pienso que no vale la pena escribir porque ya está todo dicho. Otros, en cambio, me gustaría escribir sobre todo lo que veo porque pienso que se pierden continuamente aristas de la realidad que, si  las fuera contando a medida que las veo ofrecería aspectos insólitos que pasan de largo. Seguramente no es verdad ni una cosa ni la otra y lo que tengo que hacer es ser un poco humilde, cumplir mi compromiso de cada semana lo mejor que sé sobre este tema de la infancia y de la educación. Y es que por más determinación que uno tenga, la duda siempre reivindica su espacio y aflora su patita por donde puede.

         No he viajado a EEUU y no conozco su manera de vivir sino por referencias: cine sobre todo, literatura o noticias. Eso me llevó, por ejemplo, a vivir un buen chasco hace unos meses con la victoria de Trump al comprobar que Hillary tenía menos apoyo popular del que yo suponía si. En el cine no paro de encontrar referencias en defensa de la familia pero nunca encuentro secuencias de familia. Los pequeños americanos que salen en el cine casi siempre están solos y sus familias, sobre todo sus padres, demasiado ocupados haciendo cosas que no pasan por vivir con ellos. Como mucho los acompañan al partido o a la fiesta del cole. Tengo tan interiorizadas estas secuencia que hoy por hoy pienso que el concepto de familia en EEUU no tiene mucho que ver con la idea de convivir, de pasar tiempo juntos. Un padre que abraza a su pequeño porque acaba de conocerlo cuando cumple ocho años, cosa frecuente en el cine, a mí que me dejen de rollos que eso no es más que un encuentro entre dos desconocidos sin vínculos entre ellos.

         Recuerdo cuando en las charlas a las familias me referían que los pequeños manifestaban el hartazgo de sus madres y siempre querían estar con sus padres. Las madres,  mayoría entre mi público,  lo decían con pesar y con desconcierto. Yo no contribuía mucho a despejarlo cuando les decía que eso era debido a que en la vida, lo que tenemos a mano solemos despreciarlo y deseamos lo que no conocemos. Que la solución, por tanto no estaba en sus manos sino en hacer que los padres dejaran de ser esos desconocidos que se movían alrededor de los pequeños y que en algún momento decían la última palabra. Hoy esto se va modificando en alguna medida, desde el momento que los padres se han tirado al barro de la convivencia de cada día y pasan tiempo con sus hijos y las madres asumen que pueden tener una vida individual, aparte de la crianza de los hijos. La cuestión es tan simple como eso. El padre había sido visto siempre desde lejos y se le tenía idealizado. Basta que se acerque al hijo, que conviva a la hora de comer, para el cambio de pañales o a la salida del baño para que se vea una persona distinta por completo, para mal y para bien.


         Y es que somos tiempo, no nos engañemos. Allí donde pasemos nuestro tiempo estará nuestra patria, nuestra familia, nuestros amigos y de ese lugar seremos en definitiva. Cuando hablamos tendemos a mitificar lo que decimos cuando la realidad de la vida es mucho más simple y más a ras de tierra. Lo que los pequeños necesitan para su equilibrio emocional y para el fortalecimiento de sus apegos, que son como las vigas maestras de su personalidad,  no es ni más ni menos que contar cada día con sus padres y con sus madres, interactuar con ellos para los distintos momentos y situaciones de la vida y que eso no sean momentos esporádicas sino el estado habitual de las cosas, las secuencias habituales de cada día.

domingo, 12 de febrero de 2017

METÁFORA


         Estoy convencido de que los lugares desde los que puedan leer este humilde alegato a la vida y de vida en sí mismo, habrá señales desde las que vislumbrar que el tiempo pasa pero que la vida empuja siempre adelante y no se agota por más que nos coman las dudas y los prejuicios. No sé por qué nos cuesta tanto entender lo que tenemos delante de los ojos. Para mí ha sido una de las cosas más difíciles y me lo he dicho miles de veces aunque no estoy seguro de haberlo entendido. Déjate de lo que tú sabes o de lo que quisieras y mira con ojos de ver lo que la vida te pone delante.

         Hemos podido contemplar ya en enero las discretísimas flores de romero y algunos con monte cercano habrán podido presenciar  las amarillas aliagas. Si tenemos humedades cerca, también nos habrán llegado a los ojos las violetas moradas pero a estas alturas, mediado febrero, ya no hay quién se esconda y son los almendros los que pregonan con sus blancas o moradas flores como banderas indiscutibles lo que bulle por sus raíces, lo que se nos está metiendo en el cuerpo a todos, que no es otra cosa que el nuevo ciclo de la vida cuya luz se va apoderando de los días minuto a minuto implacablemente. Este fenómeno del despertar de la vida del letargo invernal tiene manifestaciones concretas en el comportamiento de todos nosotros pero de una forma especial en  los más pequeños que son los más cercanos a la tierra y los que mejor interpretan los fenómenos naturales justo cuando la vida los impulsa. La escuela se convierte en un hervidero energético, como si estuviéramos frente a uno de esos miles de cráteres que vemos en los reportajes de naturaleza y que nos dicen que el centro de la tierra está vivo y en continuo movimiento.

         Si además coincide en un año como este de grandes nevadas, de espectaculares ventoleras y de lluvias torrenciales, casi nunca a gusto de todos, tanto si nos gusta como si no, tendremos que asumir que algo parecido a esto es la vida y que nos haremos un gran favor si en vez de lamentarnos todo el tiempo porque las cosas no suceden como nosotros deseamos,  nos ponemos de una vez a remar a favor de la corriente, a corregir los desperfectos que los desmanes del tiempo hayan producido en los espacios que pusimos probablemente en el lugar equivocado pensando que la tierra era nuestra y que los elementos se avendrían a nuestro antojo y asumirían los limites que les señaláramos. Y mira que a cada momento estamos recibiendo lecciones en las que la propia vida nos va diciendo que somos apenas una mota en medio de la vorágine y del poder del viento, del agua, del fuego…, pero nosotros nos empecinamos en considerar que somos los reyes de no sé qué mundo porque, desde luego, de este que pisamos, no.


         Es cierto que todavía el frío, al menos por aquí, puede apretar lo suyo pero estamos en el momento de platear salidas limitadas a los alrededores que nos metan por los ojos toda la diversidad del mundo, que nos digan cómo son los pescados que comemos, los zapatos que calzamos , las zanahorias, los tomates, las manzanas, las lámparas que nos iluminan. Cualquier paseo por el barrio nos puede resultar demasiado simple pero tenemos que darnos cuenta de que para los pequeños que nos acompañan y que ojalá les permitamos que paseen a su gusto y no como si fueran una cuerda de presos que no pueden moverse de su lugar en la fila, muchas de las cosas que ven las ven por primera vez y necesitan interiorizar formas, colores, volúmenes y sobre todo poder compartir esas vivencias elementales con los compañeros que los acompañan y que juntos forman la generación que nos tomará el testigo en unos años del ciclo de la vida.

domingo, 5 de febrero de 2017

INTERIOR


         Esta mañana me he despertado sobre las siete, completamente de noche, después de unas horas ininterrumpidas de sueño reparador, libre por fin de la incómoda tos de días atrás. Llovía generosamente. Me preparaba para asistir a mi primera cita matinal a las nueve y media. En pleno desayuno me he dado cuenta de que no era lunes como había pensado. Un domingo de regalo. No es la primera vez. Los calendarios tienen menos sentido en la jubilación y se mezclan con facilidad churras con merinas. La lluvia me ha dado pie para pensar en los pequeños en un día de lluvia y la reflexión que abarque el ayer y el hoy. Empiezo a escribir y ya no llueve pero mi pensamiento está prendido en ese contenido y voy a seguir por ahí.
            
         Recuerdo con fuerza la reclamación para los pequeños un espacio propio,  un poco de intimidad. Un pequeño era poco menos que un juguete y su vida estaba ligada a la imitación y poco más.  Con el paso de los años se impuso hasta donde fue posible la habitación del niño o de los niños y también el fiasco consiguiente de que los pequeños dejaban con gusto su habitación para jugar allí donde se estaba repartiendo el bacalao de la casa, o sea, en el salón, que es donde solían estar los padres. Recientemente  se ha convertido en el antro reservado de los reyes de la casa donde campan a sus anchas en su república independiente y con el mundo de internet a su completa disposición para hacer y deshacer a su antojo. No vale la frustración. Lo que se buscaba en origen creo que era bueno para ellos y los nuevos problemas necesitan nuevas respuestas.

         Seguramente otra frustración de calado, sobre todo en días en los que la lluvia nos mantiene recluidos entre las cuatro pareces es la de ver que las nuevas condiciones de vida nos han traído juguetes para los pequeños que les permiten poner en vigor los imprescindibles procesos de elaboración pero que eso no quita que los pequeños nos sigan reclamando  porque en el fondo lo que quieren los niños no son cosas si las cosas han de significar que no nos van a tener a nosotros. Un día de lluvia es el perfecto baremo para comprobar que verdaderamente los niños no reclaman sino que nos reclaman. Con nosotros dentro del lote,  cualquier objeto es factible y se puede acabar el tiempo sabiendo que se van a sobrepasar los objetivos de desarrollo que se quieran, pero del mismo modo podemos comprobar la inutilidad de las cosas por sí mismas. En cualquier momento comprobamos que el aburrimiento existe con juguetes o sin ellos porque la capacidad de relación no está en las cosas ni lo ha estado nunca. Los pequeños necesitan el roce de los mayores para aprender y para crecer y las cosas contribuyen en alguna medida, pero siempre que sus apegos no se pierdan de vista.

         Estas don ideas sobre los espacios de intimidad y sobre la importancia de la relación por encima de las cosas creo que fueron fundamentales en su momento y significaron conciencia colectiva sobre unos seres que andaban por allí y que no concentraban la atención de las familias más allá de otro juguete cualquiera y sobre todo, con derecho propio. Había que poner a los pequeños en el discurso familiar como elementos a tener en cuenta, tanto en la distribución de la vivienda como en el reparto del tiempo. Es verdad que la modificación de las condiciones de vida hicieron que se alcanzaran algunas cotas de abundancia que nos hicieron caer en la trampa de confundir cantidad con calidad porque las carencias de los pequeños no eran cuantitativas sino mucho más profundas. Está claro que tenemos que seguir aprendiendo.   

domingo, 29 de enero de 2017

LUZ


         La cultura nos dice que desde el mismo día 22 de diciembre, una vez sucedido el Solsticio de invierno, la luz empieza a ocupar minutos y a crecer hasta alcanzar la cota máxima, allá por el 21 de junio. El mismo hecho de abarcar un periodo tan lago, seis meses, hace que apenas si nos vamos dando cuenta del ritmo en que la luz va ocupando el tiempo en detrimento de la oscuridad. Lo que más claramente recuerdo es el color del día, más limpio, con más brillo que hace que por el cuerpo empiece a bullir la vida. De hecho ya he visto las primeras flores del año encima de las tortuosas ramas de los almendros.


         No conviene olvidar que enero, claro y helaero. No es raro que se ponga a nevar por aquí pero lo que predomina más que la nieve es el frío. Este año un fuerte temporal de agua y nieve se ha cebado por levante de modo que los pantanos que tradicionalmente están bajo mínimos han tenido que desaguar porque rebosaban. Las escuelas han permanecido varios días cerradas y los pequeños correteando por la nieve fabricando muñecos o desplazándose en trineos de plástico por las calles cuando para muchos era la primera vez que podían tocar la nieve. Por Granada, aparte de un apretón de frío, nada del otro mundo, las típicas mañanas de tres a siete bajo cero que luego se suavizan bastante en el golfo del día. Ha habido importantes destrozos en las playas y el tiempo nos ha enseñado sus dientes una vez más a ver si aprendemos a respetarlo y a no quitarle su espacio.

         Una vez pasados los días agudos los niños pueden entrar en ese punto de vida que bulle y que nos hace que todos los fenómenos del año vayan tomando presencia y suscitando la curiosidad como si cada año fuera el único. Para aprender es condición indispensable probar: tocarlo todo, olerlo todo, saborearlo todo, mirarlo todo. Si hay una actitud científica por excelencia es la de ensayo, error. Asumiendo además, que ese sistema lleva implícitos montones de equivocaciones hasta que, bien por agotamiento, bien por intuición, bien por hallazgo casual aparezca el acierto. Ya sabemos que las personas docentes ofrecen sus mejores explicaciones con la idea de que en el menor tiempo posible, los pequeños accedan al conocimiento de la manera más fácil. Lo que no sé es si en todo momento somos conscientes de que los aprendizajes son estrictamente personales y se producen uno a uno como consecuencia de procesos de aprendizaje que deben ser respetados porque sólo de este modo es como se interiorizan a partir de la experiencia y se incorporan a nosotros con la solidez necesaria.


         Es posible que cada día estemos ganando en comodidades y en recursos técnicos para que los espacios docentes o los destinados a la práctica deportiva se encuentren mejor preparados pero puede que al mismo tiempo se nos muestren más lejanos de de los verdaderos centros del conocimiento que suelen ser los elementos más sencillos: el agua, la tierra, el viento, que cada día cuentan menos en nuestra vida. No podemos ni debemos prescindir de los verdaderos motores del conocimiento si lo que queremos es aprender. La curiosidad se está manifestando cada día en las situaciones más diversas y toda la estructura debe ir destinada a satisfacerla porque así es como se aprende. Sé que la tecnología avanza que es una barbaridad pero el saber sigue hundiendo sus raíces en los procesos más simples de la vida y es ahí donde tenemos que desplazarnos una y otra vez porque en ellos está el tesoro del conocimiento que cada uno a su modo buscamos con desesperación.

domingo, 22 de enero de 2017

DIGESTIÓN


         Leo cada semana los comentarios de los que se molestan en escribir. Respondo siempre, unas veces debajo de lo que me han escrito y otras me dirijo al blog de quien me escribe y le respondo allí. Pienso bastante en lo que me comentan. Unas veces se trata de  comentarios de aliño pero muchas, lleva su miga dentro. Estoy seguro de que después de las lecturas hay cambio en mi modo de ver aunque no quiere decir que  inmediato. Se necesita masticar lo leído, dejar que repose y que sea la consecuencia de la lectura la que dé su cara cuando se haya interiorizado el contenido.

         Manuel  dice que no me reconoce. Le respondo en el momento pero sigo dándole vueltas a sus palabras porque me importan. Desde el brexit se han sucedido una serie de acontecimientos que me tienen muy inquieto: El referéndum colombiano que se perdió y que se ha terminado de resolver sin el brillo que se pretendía, el referéndum italiano perdido también por  el primer ministro que lo propuso, la guerra de Siria de nunca acabar, al gobierno del PP que sigo sin comprender y el triunfo de Trump me tienen como acogotado. Creo que son demasiados golpes en la misma dirección en un intervalo de tiempo demasiado corto. Pero también, querido Manuel, tú tienes tu grupo de pequeños, que es la fuente, cada día y no sabes lo que significa el vacío de no tenerlos ni perspectivas para el futuro. El tiempo es implacable y nos va dejando huella cada día querámoslo o no. No quiero quejarme porque mi atención actual está volcada en los discapacitados intelectuales que tampoco es moco de pavo.

         Releo los últimos textos como parte de la reflexión que me suscita el comentario de Manuel y me pongo a pensar si no estaré refugiándome en el niño que a pesar de todo sigo siendo para desde esa posición volver a mirar todo lo nuevo y terrible que está aconteciendo y que no deja muchas luces en el horizonte. Cuando vi el otro día cómo Obama montaba en el helicóptero y se alejaba del poder no podía remediar  un sentimiento de desolación a pesar de saber las muchas limitaciones que sus dos mandatos han dejado en el aire porque no se trataba tanto de cuantificar lo que ha hecho cuanto de medir su actitud y saber que por encima de las muchas miserias, se querían mejorar las cosas. Hoy las perspectivas me parece que son bastante más sombrías. Es cierto que habrá que esperar porque es demasiado pronto para juicios pero los nubarrones amenazadores son una realidad innegable.

         Desde la indefensión de ser una simple persona y solo eso, aunque también ni más ni menos que eso, como que me siento más vulnerable, más ajeno al discurso dominante que se va imponiendo y puede que todo ese maremágnum mental me esté afectando y dé pie a que Manuel diga que no me reconoce. Yo dije desde el principio que esta tarea la asumía como todas las que la vida me ha ofrecido y he considerado importantes, como una carrera  de fondo y eso tiene sus ventajas sin duda, pero también  sus inconvenientes. No quiero, ni creo que pueda, ofrecer en estos momentos una imagen que no corresponde con mi realidad y los últimos acontecimientos han vuelto el horizonte marcadamente sombrío. No me desespero y sigo dispuesto a responder y a responderme en la medida de que sea capaz pero no a costa de  negar la realidad en la que me siento inmerso.

         Amigo Manuel, te aseguro que tus palabras no caen en saco roto, ni ningunas otras de las que leo, pero pido tiempo para  digerir todo esto que nos está cayendo encima que a muchos nos llena de pesadumbre pero que no nos va a silenciar. Seguir escribiendo creo que es una manera de digerir el contenido.  

domingo, 15 de enero de 2017

PRESENTE


         Voy revisando a medida que llega una nueva opción de escribir y alguien pudiera pensar que me dejo llevar por el pesimismo y por momentos hasta por la desesperación. Mentiría si dijera que no, a qué nos vamos a engañar. Sencillamente derramas la vista por las secuencias que aparecen en los noticieros y empieza a darle a uno hasta vergüenza de ser humano. Cada secuencia nueva que aparece nos hace pensar que aquello de que EL HOMBRE ES UN LOBO PARA EL HOMBRE ya no llega a ser verdad porque hemos conocido de cerca los comportamientos de los lobos con los suyos y para nosotros los quisiéramos.

         Tengo una secuencia de mi infancia que estoy seguro que será parecida a otras que tendréis quienes os detengais un momento a leer. En las fiestas populares las concentraciones humanas eran frecuentes. Los niños terminábamos soltándonos de la mirada vigilante de nuestras familias y en un momento determinado buscábamos el cobijo, bien por cansancio o por dificultades en la relación con nuestras amistades. No nos lo pensábamos mucho y todos nos hemos visto, no tengo duda, abrazados a una pierna que creíamos nuestra y no hemos sabido dónde meternos cuando la cara que nos miraba desde arriba no se correspondía para nada con nadie de los nuestros. De pronto nos sentíamos abandonados en la vorágine de gente durante una eternidad hasta que conseguíamos dar con la luz de unos ojos y unas manos conocidas que nos acogían y nos hacían sentir en nuestra casa, estuviéramos donde estuviéramos. La secuencia podía durar unos minutos pero hay muchas eternidades que duran unos pocos minutos.

         En los primeros años de vida las vivencias son inmediatas, lo mismo las buenas que las malas. Podemos pasar del gozo a la desesperación en cuestión de segundos y los dos sentimientos se nos producen con máxima intensidad. Eso nos hace sentir a los adultos que pululamos alrededor de los niños un poco ridículos porque nosotros ya hemos olvidado esa forma de vivir tan inmediata y tan intensa, tanto para lo malo como para lo bueno. Los pequeños se suelen desesperar porque no comprender cómo los adultos no son capaces de sentir con ellos y los adultos a su vez no paran de reclamar a los pequeños un  poco de calma cuando los ven reaccionando con esas formas tan radicales. Parece que no hay modo de que se comprendan cuando verdaderamente están muy cerca los unos de los otros. Sólo los diferencian la cantidad de experiencias vividas que en el caso de los mayores les ha hecho aprender que los ritmos de vida tienen que dosificarse porque ni lo blanco es totalmente blanco ni lo negro es totalmente negro y eso mismo es imposible para los menores que, recién llegados a este mundo necesitan el blanco limpio y el negro igual para diferenciar el contenido de sus experiencias.


         Y lo curioso es que podemos estar manifestando nuestras diferencias insalvables de percepción ante acontecimientos que se pueden estar produciendo en el mismo momento. Un mismo hecho es imposible que sea percibido con el mismo significado si lo experimenta un menor o si se trata de una persona adulta. Esto nos debe hacer pensar que la cantidad y calidad de vida que cada uno de nosotros alberga dentro de sí es determinante a la hora de relacionarse hasta el punto de que podemos estar hablando de mundos imposibles de entrar en relación por más que los afectos intenten acercar posiciones de unos con otros. Es que los mundos interiores que vamos arrastrando cada uno no pueden ser idénticos y están determinados por la cantidad de vivencias que llevan en su interior. Esta realidad nos puede desesperar pero sería más razonable que aceptáramos que nuestras diferencias nunca son insalvables pero que nuestros acuerdos tampoco son totales en ningún momento. 

domingo, 8 de enero de 2017

ILUSIÓN


         Todavía hoy colean los ecos de esa vorágine de regalos, de juguetes sin cuento que deben haber dejado los almacenes tiritando. Hemos visto reyes por miles: de barrio, en los hospitales, en zonas de conflicto…, hasta a mi propio hermano y a sus compañeros discapacitados me cuenta mi hermana que le han visitado con algo para regalarle. Parece como si no nos cupiera en la cabeza que  tal día como el cinco de Enero fuera imposible no vivir en carnes propias el ritual del obsequio y alegrarse de que la vida es bella y de que podemos ser buenos unos con otros por medio de la transmisión de quienes tienen hacia los que no tienen o tienen menos.

         Algunos espectáculos han sido bastante chuscos de todas formas. Diría que hasta insólitos. Un cooperante en una calle de Alepo, Siria, convertida en cenizas y cascotes le entrega a un niño, que al parecer queda vivo, podemos comprobar que no somos tan malos a pesar de todo, un bolso de regalo que, según cuenta el narrador, lleva en su interior ropa de abrigo porque estos días en Alepo, menos las bombas que cumplen religiosamente su función de destrucción y de muerte, se hiela todo. No se nos cuenta, y es una lástima porque nos quedamos sin saberlo, No aparece en cambio dónde se encuentra la casa en la que ese pequeño va a desplegar su regalo de abrigo. Ni tampoco qué familia se va a encargar de ponerle esas prendas para que quede más guapo ni si va a poder sentarse a una mesa y compartir lo que el paquete lleva en su interior con sus amigos y con sus primos porque lo más probable es que no le queden a estas alturas ni primos ni amigos.

         No quiero ser desagradecido y que parezca que desprecio los pocos gestos de humanidad que la vida nos va dejando. Sé que, a pesar de los pesares, es mejor que existan gestos de regalo y de bondad de unos con otros que que no existan. Lo que pasa es que me suena tan bajito y tan falso todo que la palabra se me va al espacio del desprecio que me merece tanta injusticia y tanta muerte para intentar cubrir alguna parte de tanto desastre con estos gestos aislados. No sé si a estas alturas ya debería uno estar insensibilizado pero no es así y todavía se conmueve uno al pensar la sensación que puede tener un pequeño al que le han partido la vida y todos sus afectos, cuando alguien se le acerca en medio de la calle y le ofrece un paquete con un regalo dentro. He puesto este ejemplo porque me impresionó poderosamente cuando lo vi en las noticias en directo, pero no faltan posibilidades de hacernos temblar si nos acercamos a las necesidades de la humanidad, 3000 millones de personas, por ejemplo, que viven sin agua potable y sin un cuarto de baño. Cuántos Reyes nos hacen falta para tapar nuestras vergüenzas.


         Mientras todo esto es una palpitante realidad de cada día, los pequeños del primer mundo se cubren de regalos y las cámaras les enfocan para dejarnos ver lo buenos que somos unos y otros porque los inundamos de regalos que apenas si les van a durar un par de días porque todas las vacaciones que han disfrutado, 18 días si no he contado mal, llevan con regalos que ya no se saben muy bien dónde guardar y que al final terminan configurando una vida en la que cada día es una fiesta, todo se lo merecen por más que no paren de llegarles regalos de cada uno de sus familiares y parece que de lo que se trata es de aprender a vivir en una burbuja de ilusión que de la manera que sea oculte la dura realidad de cada día y todos nos terminemos sintiendo tranquilos, unos porque regalamos y otros porque de tanta felicidad aparente se nos corta hasta la respiración y la conciencia.