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domingo, 21 de agosto de 2016

IDIOMA


         Acabamos de volver a casa mi Elvira y yo. Voy con un poco de retraso en la edición de mi página porque hoy Elvira terminaba su examen de B2 de inglés. De hecho el inglés se está comportando como una asignatura al margen del curriculum. No ha contado el hecho de que sus años de secundaria los haya hecho bilingües. Con eso ha aprobado pero la idoneidad en inglés se la está dando estos exámenes en verano y en colaboración con alguna universidad inglesa, lo que viene a indicar que el nivel que alcanzan durante el curso no es suficientemente alto.

         Y no será porque no llevan años machacando el idioma. Quizá es que los niveles en los que se mueven no son muy elevados y cuando han de rendir cuentas no se puede esperar gran cosa de los contenidos trabajados. Se ha llegado a iniciar el segundo idioma a los tres años, como si la amplitud y profundidad dependiera de lo pronto que empiece a estudiarse. No es así. Cada cosa requiere su tiempo y no por mucho madrugar amanece más temprano. Las familias que son bilingües deben asumir su situación desde el principio y arrastrar con los dos idiomas a sabiendas de que van a dominarlos más tarde. Pero cuando los dominen serán dos y de manera natural. Pero los que no son bilingües siempre hemos pensado que habría que esperar al menos hasta los cinco años, sencillamente para que el idioma materno tenga arraigo suficiente. Sé que en este momento decir esto es nadar contracorriente pero alguien tiene que poner un poco de cordura y equilibrio en esta vorágine de velocidad para todo.

         El idioma materno necesita que sus raíces sean firmes para que el aprendizaje del segundo idioma se vaya asumiendo en su lugar adecuado. Implantar el segundo idioma de prisa y corriendo lo que puede significar es que el primer idioma se tambalee y no de tiempo a que su aprendizaje solidifique. Insisto en que no podemos mezclar los casos de bilingüismo en los que lo que hay que hacer es asumirlo desde el primer momento y comportarse con toda la complejidad que la situación tiene sin más. Las estructuras de la lengua materna conviene que se asienten bien en la mente de los pequeños y vean la nueva lengua como lo que es, una lengua distinta que se ha de asumir sobre los cimientos de la primera. Parece que las estructuras de estudio se encuentran  dispuestas para albergar la segunda lengua pero la realidad lo que nos dice es que el resultado no es suficiente y hacen falta esfuerzos suplementarios para lograr suficiente soltura en la comprensión y el ejercicio de la segunda lengua. Tienen que complementarse con cursos de distintas universidades para garantizar que los contenidos tengan más nivel que el que alcanzan con el desarrollo de los cursos normales.


         Siempre va a tener una influencia significativa el ambiente en el que los pequeños se muevan y en ese sentido no puede ser lo mismo vivir en un pueblo en donde cada palabra del segundo idioma significa un escalón a subir, que encontrarse en un contexto urbano y con acceso a otras personas  que dominen la segunda lengua, lo que permite familiarizarse con su ejercicio y perder ese punto de miedo para arriesgarse a hablar en la segunda lengua y asumir los primeros errores como dificultades propias de algo que se empieza y que para dominarlo no hay otro remedio que arriesgarse a su ejercicio a sabiendas de que su puesta en práctica llevará consigo muchos errores de principio. Una lengua nueva es como un mundo en el que hay que aprender a base de asumir riesgos. El hecho de adelantarse no es un riesgo bien calculado, sino el de calibrar sus dificultades y disponer de un buen fondo de idioma materno como defensa y garantía ante lo nuevo.    

domingo, 14 de agosto de 2016

PUEBLO

         El recuerdo de mi tía Ángeles lo tengo indisolublemente asociado a mi más remota infancia y a mi pueblo. Yo no tenía pueblo. Era pueblo como las yuntas de mulos que salían de las cuadras cada mañana a labrar la tierra, como las escapadas en verano para bañarme  en las charcas, como el implacable sonido de los gorriones cada mañana , que servía de obligado despertador desde la higuera del huerto de Prudencia frente a mi casa. Nunca he podido soñar con levantarme a altas horas de la mañana porque sé que los gorriones no me lo hubieran permitido y ellos estaban primero.

         Mi tía Ángeles tenía unas manos de oro. Lo mismo se pasaba las tardes frente al bastidor bordando las finas mantillas de tul que me cargaba con la maleta de las permanentes y allá que me llevaba de casa en casa rizando cabelleras a diestro y siniestro porque aquellas bolsitas de ceniza, debidamente manipuladas por las delicadas manos de aquel ángel en forma de mujer dejaba maravillas en las cabezas de las clientes. No hablaba mucho pero sus manos hacían milagros. Además, para hablar ya estaba yo, que para eso me llevaba. Mientras calentaba las bolsitas de ceniza que ella después instalaría en las cabezas con manojitos de pelos enrollados el tiempo suficiente para viciarlos  y terminar peinando con su primor habitual aquellos rizos de modo que el resultado final garantizara la belleza capilar según la moda durante varios días. Mi misión era desplegar y recoger los utensilios de la maleta, dar conversación a las clientes con mis ocurrencias y chascarrillos y cargar con la maleta hasta la casa de la siguiente,  mientras echábamos la tarde.

         Nunca pude ver a los veraneantes como miembros del mismo pueblo que yo llevaba gravado en mi mente porque ellos eran como aves de paso. Aparecían con los primeros calores del verano, se albergaban en las casas que rodeaban la Fuente Grande, que mucho después me enteré que se llama de Ainadamar y que en su tiempo daba de beber a la Alhambra, y desaparecían con las primeras nubes que anunciaban el otoño. Por eso, cuando años después me pusieron a estudiar en Los Maristas con ellos, aprovechando aquel cinco por ciento que permitía que algunos niños pobres pero listos accedieran al estudio, no me extrañó mucho verme entre como gallina en corral ajeno por más que ocupara cada semana los primeros puestos de la clase o escucharlos decir que los panes se cogían de los árboles cuando Alfacar, mi pueblo fabricaba a pulso miles de panes cada noche,  que ellos se comían al día siguiente,  sin saber lo que se estaban llevando a la boca.


         Tengo conciencia de que el día que murió mi tía Ángeles terminó mi infancia. Recuerdo estar en el Carril, frente a su casa, hablando con no sé quién de su muerte sabiendo de lo que hablaba. Mi tío Cristóbal, su novio, se casó mucho después, tuvo hijos y ha muerto no hace tanto,  muy mayor ya, pero para él yo siempre fui Antoñito, como me llamaba cuando llegaba a casa de mi abuela cada tarde después de vender el pescado por las calles, primero en la bicicleta y después en la LUBE. Sin mi tía me sentí perdido hasta que unos años después, una vez fracasada la experiencia de Los Maristas mis padres lograron que entrara interno en el Ave María y allí conocí otros pueblos que se parecían al mío y otros muchachos con los que pude compartir historias similares a las que llevaba cosidas al pellejo. Pero eso fue mucho después y para entonces yo ya había perdido la inocencia que, por más años que viva, siempre  la  siento ligada a mi tía Ángeles y a mi embobamiento con sus trabajos relacionados con la belleza, bien con el bordado de mantillas o con la magia de las permanentes, de las que en alguna medida yo participaba. 

domingo, 7 de agosto de 2016

TRABAJO


         Sé que a través de este medio el mundo es, por fin, un pañuelo. Alguien que me lea puede andar con bufandas para salir a la calle y pasando un frío de lo lindo. Esta Tierra que habitamos funciona así y permite que mientras en un hemisferio suceden estas cosas, nosotros nos estemos cubriendo y resguardando de un sol de justicia, sobre todo en las horas centrales del día y desplegando todos los medios disponibles para hacer que los fuegos que inevitablemente se producen cada verano sean sofocados a la mayor brevedad posible, cosa que no siempre se consigue. Y si no que se lo digan a la isla de LA PALMA, que lleva ya varios días ardiendo y en este momento supera las 4000 hectáreas de superficie arrasada y a merced del viento alisio que cambia a su antojo y los habitantes han de ser evacuados de sus casas para evitar males mayores aunque una persona de los servicios de extinción ha sucumbido sin remedio en los primeros momentos.

         Los medios nos recuerdan continuamente que debemos evitar la exposición directa al sol, al menos durante las horas que van de las doce de la mañana a las cinco de la tarde, que son las más peligrosas para la piel y siempre protegernos con suficientes cremas que nos eviten lesiones cutáneas, sobre todo a las personas mayores y a los más pequeños. Con semejante panorama por aquí los pequeños han de pasar los días sin la protección de la estructura escolar que, aunque tendría que luchar contra el calor asfixiante en las horas centrales, no cabe duda que ordenaría las horas del día ofreciendo mayor seguridad que la improvisación de la familia para la que cada día puede ser una aventura y platea retos imprevistos en cualquier momento. No dudo que las vacaciones puedan ser un tiempo agradable, pero estoy seguro que no para todos en la misma medida. Es más, me atrevo a apostar que más de una persona estará rezando cada mañana porque se terminen de una vez las dichosas vacaciones y volvamos cuanto antes a la rutina ordenada de la vida, esa en la que cada uno tiene una función y se cumple más o menos.

         Pero como el tiempo dura lo que dura y estamos en medio del magma veraniego me atrevo a sugerir algunas actividades que pueden ser muy cercanas, ilustrativas, gratificantes y provechosas. No estaría de más, por ejemplo, que los menores pudieran acompañar a quien se encargue de la compra diaria con la doble función de que los menores conozcan los contenidos del mercado y que participen en la preparación de las comidas de la familia, frías si es posible y más concretamente ensaladas que pueden ser verdaderos manjares gratificantes, diversos y suficientemente nutritivos. No hay más que recurrir un poco a los repertorios de abuelos para poner en práctica toda una serie de posibilidades combinatorias de productos crudos que supondrán una dieta excelente y una fuente de riqueza alimenticia y salud. Los pequeños pueden intervenir en la elaboración de muchos platos con esta base y a la vez los estaremos acercando a que tomen conciencia de sus capacidades, que midan hasta qué punto sus esfuerzos pueden redundar en beneficio del conjunto de la familia y lo cerca que se encuentran de ser capaces de ingerir muchos alimentos que no siempre aparecen en los anuncios de la tele pero que pueden estar muy ricos.

         Tampoco sería ningún milagro sino algo muy razonable y muy útil, que los pequeños colaboraran en el aderezo de la vivienda, en la limpieza, en las camas, en el ordenamiento de la ropa…, todo un conjunto de acciones perfectamente útiles que de no poder compartirse terminarán amargando la vida a alguien que tendrá que asumirlas mientras el resto se tumba a la bartola viendo como pasa la vida como si no fuera con ellos.   


domingo, 31 de julio de 2016

DIÁLOGO


         A veces no es muy patente  la relación entre un texto y otro pero yo sé que existe. En esta ocasión es relativamente claro, sobre todo a partir de la imagen del abuelo y el nieto paseando. Me vale como punto de arranque para valorar la conveniencia de esas secuencias de relación a través de las que los pequeños van interiorizando un lenguaje, una cultura y un lugar en el mundo. Formando parte de una tradición familiar, social y hasta espacial. Por tanto valoro  mucho  secuencias como la del abuelo y el nieto dialogando. Por sí sola la imagen ya dice bastante de lo que uno puede explicar sobre diálogo, sobre transmisión oral y sobre relación intergeneracional de enorme riqueza para todos.

         Lo que pasa es que ya sabemos que las cosas no son lo que parecen muchas veces y de cualquier forma de relación entre pequeños y mayores  no solo debemos extraer los beneficios de primera lectura sobre el intercambio de lo que se dicen sino que lo mismo que en las guerras los daños son directos y colaterales, a veces más dramáticos que los directos, los beneficios de las relaciones tienen el mismo recorrido: unos son directos producidos por el propio diálogo en sí pero otros, y probablemente los de más largo alcance, ni siquiera los valoramos en un primer momento. Sin embargo su efecto es como el de una lluvia cuyo efecto no es solo el de la gota que cae en un momento determinado, sino el de la mancha de humedad que produce y que penetra hasta mucho tiempo después de haber caído la gota. Pues algo así pasa con las relaciones, que tienen unos efectos directos e inmediatos indiscutibles, pero que los posteriores pueden llegar a ser más diversificados y más profundos que los directos.

         Quiero detenerme precisamente en ese valor no del impacto primero de la relación, que se puede ver a ojos vistas y de la que se pueden obtener beneficios fácilmente demostrables, derivados del hecho mismo de relacionarse. Hay toda una serie de efectos secundarios que no sé si tenemos en cuenta siempre y quedó no sólo deberíamos tener en cuenta sino saber que a largo plazo son más trascendentes que los producidos en el mismo momento. Terminamos de un rato de paseo y podemos contar dónde hemos estado, lo que hemos visto y lo bien o mal que nos lo hemos pasado. Estoy seguro que no es mentira lo que contamos ni  los efectos que se pueden apreciar a simple vista. Pero dudo más de que seamos conscientes de que por debajo de todo lo que nos ha pasado se ha producido un intercambio de lecciones  sin que nos hayamos dado cuenta en el momento y que pueden ser las que verdaderamente duren en el tiempo, mucho más, por ejemplo, que la secuencia concreta del paseo que nos deslumbra cuando se produce pero que pasa al olvido con bastante facilidad, sencillamente porque nuestra memoria no es capaz de mantener en vilo tantas sensaciones inmediatas y se queda normalmente con las últimas y guarda las anteriores.


         Pero el olvido es una especie de memoria diferida, un almacén de datos que un día vivimos y que están ahí dispuestos a hacerse presentes en cualquier momento. No tiene nada que ver, por ejemplo, alguien que no ha tenido vivencias en la vida, con alguien que ha vivido mucho y que almacena en su subconsciente multitud de lecciones que tuvo en algún momento y que no puede llevar en primera línea a cada momento porque la memoria inmediata es limitada, pero que el olvido le permite almacenar y poder seguir acumulando y que en un momento determinado puede sacar a la luz y hacer valer su experiencia en un momento que lo necesite aunque nadie lo espere. 


domingo, 24 de julio de 2016

TIEMPO


         Cada vez que encuentro entre las personas que me comentan a alguien desconocido mi alegría es doble porque se cumple el objetivo de comunicar que es desde el principio una de mis pretensiones y porque me obliga a conocer a una persona nueva con la que poder intercambiar y de la que poder aprender. Esta semana anterior me ha pasado con Vicente Cotorrea que me escribe desde Santiago de Chile. Mi indicador de visitas marca muchos visitantes, pero si no me comentan, yo solo puedo saber su número y agradecerlo sin más. Pero en el caso de Vicente, al devolverle yo la visita como suelo hacer con todos, me encuentro en su blog un diálogo con su nieto que me inspira este comentario.

         Vicente establece con su nieto una secuencia de diálogo, de esas que todos los mayores hemos tenido algunas veces con los pequeños en las que nos adentramos en las cuestiones más profundas de la vida y hacemos enormes esfuerzos de explicación para que alguna parte de lo que estamos comentando que nosotros sabemos que tiene un contenido muy profundo, le llegue al pequeño con la mayor sencillez posible pero con toda su carga. En mi respuesta, aparte de agradecerle  su visita y de invitarlo, como hago siempre, a que sigamos intercambiando comentarios, cosa que me importa mucho, le valoro su esfuerzo de explicación a su nieto  pero le digo que lo importante de la secuencia que nos cuenta no es lo que abuelo y nieto se están diciendo sino lo que están viviendo. Exagerando un poco podría llegar a decir que si no se dijeran nada la vivencia podría tener casi el mismo valor porque lo que más importa no es lo que se dicen sino lo que viven.

         Mi última hija, Elvira, llegó a este mundo cuando yo tenía 53 años. Hoy tiene 16 y yo pinto los 70. Hemos vivido montones de secuencias de abuelo y nieta, que es como nos han confundido muchos de los que se han cruzado con nosotros. Hemos aclarado muchas veces que éramos padre e hija pero estoy seguro que la mayoría, con la que no hemos hablado, seguirá pensando en función de las apariencias. Aunque su madre y yo nos separamos cuando ella tenía cinco años me he pasado estos últimos once viajando continuamente a Salobreña, en la costa de Granada que es donde viven las dos, para vivir con Elvira la mayor cantidad posible de momentos y de situaciones, de acuerdo con su madre por supuesto con la que hay suficiente relación, al margen de lo que digan los requisitos legales que entienden todo lo que quieran de leyes pero no necesariamente de niños. Somos tiempo y allí donde nos encuentren los minutos que pasan implacables, allí es donde verdaderamente estamos y de allí somos. Los niños se apegan a las personas que están tiempo cerca de ellos. Es verdad que hay muchas formas de relación y no todos los momentos son lo mismo de productivos y profundos pero si no hay momentos no puede haber relación como tal.


         El tiempo es como un martillo que nos va cincelando minuto a minuto y secuencia a secuencia y allí donde nos encuentre como que nos clava, nos define y nos construye en función de las personas que nos rodean y de las vivencias por las que atravesamos. Mi Elvira y yo hemos merendado en la playa siempre, tirados como perros, por puro gusto de estar junto al mar. Una tarde se me ocurre decirle: Mira Elvira, es que yo quiero que cuando tú seas mayor puedas decir a tus hijos o a quien quieras: Yo me acuerdo que por las tardes, mi padre y yo merendábamos en la playa, tirados como perros. Y ella me respondió dura y cortante: Pero tú no te vayas a morir. Me fui por la tangente hablándole generalidades de la muerte para quitarle dramatismo a la secuencia pero la orden me quedó clarísima.


domingo, 17 de julio de 2016

CUERPO


         Seguro que no es una cosa sola pero la playa tiene componentes que nos hacen ser distintos. Supongo que las altas temperaturas, que hacen que cualquier ropa que tengamos encima nos resulte excesiva, el agua con su efecto gratificante en la quedó el cuerpo, aparte de sentirse menos pesado se ve consolado de los ardores tantas veces excesivos del verano, el viento, molesto con su intensidad y persistencia, también nos mueve a la gratitud con su consoladora brisa junto a las olas… Estos componentes y algunos más de carácter primitivo y relacionados con la desnudez permiten concluir que junto a la playa parece como si fuéramos otras personas, más permeables, más inocentes y más iguales.

         Ya sé que en nuestro afán de huir de lo sencillo no paramos de complicarnos la vida y somos capaces de complicarlo todo hasta conseguir diferenciarnos de la manera que sea. Quizá por eso vamos imponiendo toda una serie de aditivos también en la playa, al margen de lo que es la esencia del cuerpo desnudo que tanto nos iguala y que forzando la situación nos mantenga la ilusión de que por más que parezcamos iguales no lo somos. Inventamos artilugios imposibles de generalizar, acciones cuya complejidad requiera entrenamientos fuera del alcance de la mayoría, utilización de los espacios marinos superficiales o subacuáticos que al margen de los elementos igualatorios que impone la desnudez terminen por demostrarnos que ni en cueros somos capaces de sentirnos sencillamente personas sin más limitaciones ni aditivos. Y la propia línea de costa termina por llenarse de aparatos, lugares y rituales que sigan estableciendo diferencias entre nosotros porque parece que, ni desnudos somos capaces de reconocernos como seres de la misma especie sin diferencias apenas y con casi idénticas limitaciones.

         Con lo sencillo que es quitarnos la ropa y tumbarnos sobre la arena y dejar pasar el tiempo a ver qué pasa. Con los más pequeños es más fácil todavía. Tendremos una ocasión de oro para darnos cuenta de lo sencillo que es gozar de la vida y de las cosas elementales que la vida nos pone en la mano. Gozar de nosotros, de nuestro cuerpo sin tapujos a plena luz del día, después de tantos meses de frío en los que lo hemos llevado bien cubierto. Podemos contemplarlo en toda su extensión y complejidad y permitir que el astro rey nos alcance directamente y penetre en nuestras células modificando nuestro color de piel y sanando con algunas precauciones imprescindibles las deficiencias que hemos arrastrado en los meses en los que hemos andado cubiertos. Un buen experimento es dejar a los pequeños solos ante su propia desnudez, el sol, el agua y el viento a ver qué pasa. Nos vamos a dar cuenta en muy pocos minutos de lo que necesitamos para gozar de la vida. Cada uno por sí mismo se va a entretener a su manera y no va a necesitar más que respeto a su tiempo para interactuar con los sencillos medios que tiene al alcance de la mano.


         Pero parece que tenemos no sé qué tipo de microbios en nuestro interior para interpretar que las cosas no pueden ser tan sencillas como parecen. Rápidamente empiezan a aparecer cubos, palas, rastrillos, piscinas de plástico porque el inmenso mar no tiene la medida que deseamos, botes de recreo, canoas, trajes de neopreno para investigar los fondos marinos, motos acuáticas para correr como locos por encima del agua y llenar el espacio común con el ruido ensordecedor de los motores, tablas de carbono que nos hagan flotar con facilidad y desplazarnos por encima de las olas si somos capaces de coger las rompientes adecuadas que las propias olas necesitan para deshacerse en la playa. Todo un conjunto de cosas que seguro que pueden ser elementos que ayuden a mejorar el bienestar durante el tiempo que permanecemos junto al mar, pero que también pueden servir y de hecho sirven para establecer diferencias entre unos y otros.  


domingo, 10 de julio de 2016

RESPETO


         He dicho ya muchas veces, y me temo que lo seguiré diciendo algunas más, que el título que empleo en este blog COMO NIÑOS no es más que una manera como otra cualquiera de jugar con la ambigüedad de la infancia como fondo para hablar de la vida, para aprender cada día a encajar los nuevos hallazgos, las nuevas dudas y las nuevas posibilidades que el día a día me ofrece. Si los atributos de los niños son la frescura, la espontaneidad, la curiosidad  o el dinamismo, por qué no intentarlo aunque uno ya se encuentre un poco lejos de la edad de niño. A lo mejor no es el atributo de la edad el que más y mejor define a un niño en definitiva. Sea o no sea como digo, pienso que el intento merece la pena en cualquier caso y me gusta la idea de reconocerme de alguna manera en la imagen de niño.

         Y todo esto a cuenta de cuestionar las actitudes adultas que tanto en frío como en calor, tanto en la casa como en la escuela como en cualquier otro contexto vital se convierten en censurables y dignas de que nos sublevemos cuando lo que intentan es suplantar el criterio personal del afectado para convertir la vida en un conjunto de normas que hay que cumplir y que no salen ni tienen en cuenta los criterios personales de quienes han de cumplirlas sino que surgen de determinados espacios de poder: adultos, modas, televisión, familia…, y terminan imponiéndose y arrastrándonos a todos al mismo tiempo que nos superan y nos ignoran. Son como discursos dominantes que bien en un momento determinado como en un asunto concreto se instalan,  a veces coyunturalmente u otras de manera más estable, pero que en todos los casos pasan olímpicamente de las opiniones de quienes van a ser los que cumplan las normas y tienden una red de comportamientos que oprimen y que se imponen por la fuerza de inercias difusas pero muy coercitivas.

         No quiero, una vez más, ceñirlo a los niños aunque sé que son los niños los que principalmente viven y evolucionan bajo este paraguas criteriológico con la excusa de que están aprendiendo, de que son pequeños, de que deben encontrar modelos de comportamiento cuando el resultado no es otro que el de ignorar por completo las capacidades personales que las personas traen en su individualidad  y que no solo merecen todo el respeto del mundo sino que con sus particularidades tendrían que ser las que fueran agrandando y diversificando la vida. Al final se van imponiendo diferentes formas de reduccionismo y simplificación de criterios, siempre en beneficio de pocos: industria, moda, religión, deporte…, y en perjuicio de mayorías que terminan por sentirse sometidas, con la consiguiente carga de agresividad como respuesta a esa forma de agresión larvada pero completamente eficaz  que se nos coloca encima como si de una figura ficticia de nosotros mismos se tratara. Una especie de costra que puede llegar a cubrirnos por completo y hacernos desaparecer en la impostura.


         Rebelarnos contra toda forma de opresión posible no es sólo un derecho, faltaría más, sino una obligación. En parte por nosotros mismos, por nuestra dignidad, porque no debemos permitir que nadie viva por nosotros, pero también por la vida, por la historia, por el futuro porque tenemos que asumir que la diversidad de por sí es una riqueza y el mejor soporte de crecimiento colectivo. Una sola vez, hace unos cincuenta años, alguien me invitó a un campo de futbol a ver un partido. Nunca me he sentido tan poca cosa entre aquella multitud. Aprendí con meridiana claridad por dónde no iba a vivir de ninguna manera. Nunca más he vuelto y, aunque consciente de mis limitaciones, desde aquí invito de corazón a toda la gente que huya de cualquier lugar o situación en la que se pretenda que desaparezca en el anonimato de la multitud. Somos cada uno diferentes y maravillas irreemplazables de la naturaleza.