Las personas llegamos a este mundo con una carga genética que nos va a determinar de por vida. Lo que sucede es que la cantidad de esa carga genética no sabemos cuantificarla. Sí sabemos que también llegamos con un montón de posibilidades de aprendizaje y esas las vamos a desarrollar a lo largo de los años. Aquí sí que podemos intervenir y podemos hacer que los conocimientos que vamos a adquirir vayan en una dirección o en otra. Nuestro comportamiento va a estar siempre mezclado por lo genético y por lo aprendido pero, hasta el momento, somos incapaces de deslindar qué parte de nosotros es una u otra, casi en ningún caso. Por eso la Educación es fundamental.
Tenemos necesidad de aprenderlo todo para sobrevivir y lo hacemos. Si no es de una manera es de otra, pero los aprendizajes se van incorporando a nosotros der manera inexorable en función de nuestras necesidades de cada momento. Si hay una persona junto a nosotros que se interesa porque esos aprendizajes estén seleccionados, cuidados, cargados de afecto, puesd el aprendizaje será así. Pero si no nuestro aprendizaje de trodas formas se va a producir, sólo que con otras características: desde el abandono, sin modelos previos, a la desesperada…, sabe dios. Pero la vida no se para. Es como un tren que llega religiosamente a su hora a cada parada. Si allí hay un viajero, tiene la posibilidad de montarse, como si hay veinte. Pero si no hay ninguno, el tren de todas formas se va a parar y va a reanudar la marcha del mismo modo.
Pararse un poco en el significado de las influencias que van llegando a los menores en los distintos momentos del desarrollo tiene valor porque los responsables de su crianda tienen que saber que el tiempo llega inexorablemente y no espera a nadie. No son los menores los encargados de demandar las atenciones precisas a cada momento del desarrollo sino que ha de ser los mayores los encargados de ofrecer las respuestas concretas y adecuadas a cada demanda cuando esta se produce. Si en el momento preciso la respuesta no está presente se queda atrás y a otra cosa, mariposa.
Explicar el proceso de cómo se han de producir los aprendizajes con est precisión y hasta con esta urgencia no quiere, en ningún caso, producir el más mínimo punto de angustia pero sí la idea de que ser responsables de un menor significa estar alerta a las demandas que se manifiestan en los distintos momentos de la vida para tener la respuesta que cubra esas demandas. Somos los seres cercanos los que tenemos que responder porque los menores son eso, menores y lo que saber es coger los aprendizajes en el momento quer los necesitan, tanto si son los que hemos seleccionado para ellos con cuidado como los primeros que le lleguen a sus mentes en el caso de que no tengamos una respuesta pensada para ellos en el momento necesario. Es verdad que el mundo en muy grande y las estaciones que el tren de la vida ofrece son muchas y muy variadas, pero siendo conscientes en todo momento de que no hay nadfie que nos avise de en qué momento tenemos que ofrecer a los menores unas determinadas informaciones o vivencias, sino que somos nosotros los que tenemos que deterctar la necesidad y establecer el momento en el que se ha de producir nuestra oferta, tanto si es el más apropiado como si no.
Seguidores
domingo, 23 de octubre de 2011
domingo, 16 de octubre de 2011
HABLAR
En reiteradas ocasiones hemos insistido en el valor de las palabras y en cómo son éstas las únicas capaces de conseguir nuestra precisa comunicación y hacer que cada una de nuestras ideas o sensaciones tome forma y se convierta en vahículo eficaz para trasladar para trasmitir mensajes de una persona aotra, cosa que, con el conocimiento que tenemos, sería imposible sin las palabras. Pero el proceso de comunicación humana no está asociado a las palabras, si bien es verdad que las incluye, las usa y puede que hasta las considere el medio comunmente conocido o más considerado.
Cuando los pequeños se abren al mundo y a los seres que viven con ellos, lo hacen fundamentalmente a través de los sentidfos más intensos. El gusto, el tacto o el olfato. Estos tres sentidos son como los guías o los iniciadores de la comunicación humana. Ellos son los que permiten la identificación de pertenencia o parentesco, la confianza indispensable para asumir la vida y sus elementos esenciales: frío, calor, sueño, ira,…A través de estos sentidos, las personas podríamos desarrollarnos suficientemente y crecer. Pero resulta que la empresa que cada nuevo ser tiene que asumir no es sólo la de su propio crecimiento, que sí que lo es, sino la de formar parte de un mundo en el que tendrá que aprender a vivir con otros seres que ni conoce siquiera.
Nunca prescindirá de estos sentidos básicos que hemos mencionado, De hecho, en sus relaciones más íntimas, de pareja sobre todo, volverán a ser determinantes, pero el mundo en el que tendrá que vivir le ofrece otras posibilidades más superficiales, ero más amplias de relacionarse con otros seres ajenos a su mundo más íntimo, y establecer un conjunto de relaciones suficientes como para valerse y construir sociedades lógicas aunque más distantes en el terreno de lo afectivo.
Se hace necesarios por eso, que los mayores le hablen a los niños pequeños desde el principio, ya que el lenguaje hablado está destinado a ser el vahículo universal de intercambio y trasmisión de ideas entre unas personas y otras. Los niños no nos van a entender nada en absoluto en un principio y su relación se va a desarrollar a partir de los sentidos más primarios, pero el hábito de la conversación, con el paso del tiempo se va a ir concretando en trasmisiones concretas que permitan que los pequeños se puedan relacionar con otras personas a las que no se sientan unidos por el tacto, por el gusto o por el olor, que siempre formarán parte der su universo primero, ese que nunca se olvida y que se constituye en nuestro núcleo inicial.
Seguramente será la simple repetición de las palabras la que terminará por transformar unos sonidos informes en ideas o conceptos que terminaremos entendiendo y utilizando nosotros mismos cuando necesitemos intercambiar información con desconocidos. A los niños hay que hablarles siempre y además, permitir que ellos mismos vayan creando sus propias palabras a través de la repetición de sonidos, esos que nos hacen tanta gracia normalmente, los que llamamos media lengua, que a la postre no son sino aproximaciones al lenguaje hablado que se configurará más sólidamente, en función de la labor que realicemos los adultos en el sentido de permitir que ellos se desenvuelvan con su propio lenguaje, pero siendo nosotros en todo momento referentes fiables y no juguetes que, para seguir las gracias, mentenemos sus pronunciaciones alargando innecesariamente sus aprendizajes y transmitiéndoles mensajes equívocos sobre el significado de las palabras.
Cuando los pequeños se abren al mundo y a los seres que viven con ellos, lo hacen fundamentalmente a través de los sentidfos más intensos. El gusto, el tacto o el olfato. Estos tres sentidos son como los guías o los iniciadores de la comunicación humana. Ellos son los que permiten la identificación de pertenencia o parentesco, la confianza indispensable para asumir la vida y sus elementos esenciales: frío, calor, sueño, ira,…A través de estos sentidos, las personas podríamos desarrollarnos suficientemente y crecer. Pero resulta que la empresa que cada nuevo ser tiene que asumir no es sólo la de su propio crecimiento, que sí que lo es, sino la de formar parte de un mundo en el que tendrá que aprender a vivir con otros seres que ni conoce siquiera.
Nunca prescindirá de estos sentidos básicos que hemos mencionado, De hecho, en sus relaciones más íntimas, de pareja sobre todo, volverán a ser determinantes, pero el mundo en el que tendrá que vivir le ofrece otras posibilidades más superficiales, ero más amplias de relacionarse con otros seres ajenos a su mundo más íntimo, y establecer un conjunto de relaciones suficientes como para valerse y construir sociedades lógicas aunque más distantes en el terreno de lo afectivo.
Se hace necesarios por eso, que los mayores le hablen a los niños pequeños desde el principio, ya que el lenguaje hablado está destinado a ser el vahículo universal de intercambio y trasmisión de ideas entre unas personas y otras. Los niños no nos van a entender nada en absoluto en un principio y su relación se va a desarrollar a partir de los sentidos más primarios, pero el hábito de la conversación, con el paso del tiempo se va a ir concretando en trasmisiones concretas que permitan que los pequeños se puedan relacionar con otras personas a las que no se sientan unidos por el tacto, por el gusto o por el olor, que siempre formarán parte der su universo primero, ese que nunca se olvida y que se constituye en nuestro núcleo inicial.
Seguramente será la simple repetición de las palabras la que terminará por transformar unos sonidos informes en ideas o conceptos que terminaremos entendiendo y utilizando nosotros mismos cuando necesitemos intercambiar información con desconocidos. A los niños hay que hablarles siempre y además, permitir que ellos mismos vayan creando sus propias palabras a través de la repetición de sonidos, esos que nos hacen tanta gracia normalmente, los que llamamos media lengua, que a la postre no son sino aproximaciones al lenguaje hablado que se configurará más sólidamente, en función de la labor que realicemos los adultos en el sentido de permitir que ellos se desenvuelvan con su propio lenguaje, pero siendo nosotros en todo momento referentes fiables y no juguetes que, para seguir las gracias, mentenemos sus pronunciaciones alargando innecesariamente sus aprendizajes y transmitiéndoles mensajes equívocos sobre el significado de las palabras.
domingo, 9 de octubre de 2011
CRECER
Con más frecuencia de la necesaria consideramos que crecer es acumular kilos y centímetros. Muchos pequeños se pasan la vida sin más estímulo que el de recibir las atenciones físicas que los abocan a ser cada vez más grandes, pero nada mas.Probablemente sus seres cercanos puedan hasta sentirse satisfechos de ver cómo su retoño se estira y acumula volúmenes, se pone guapo y les mira sonriendo, como agradecido a la vida o a los servicios que está recibiendo para su desarrollo. No diré que esto sea poco para que nadie me lame desagradecido. Es verdad que muchos miles de niños ya quisieran recibir estos servicios, porque hasdse de estos servicxios carecen y esdo, verdaderamente, lama al cielo.
Pero no nos engañemos. Lo qe importa no son lis kilos o cerntímetros que un pequeño acumula y que probablemente sean indispensables. Lo que verdaderamente importa es el desarrollo afectivo, emocional, mental, que esa persona va acumulando y que tiene que producir en su mente experiencias suficientes como para que su crecimientos de experiencias le permita hacerse una persona que conoce la vida, que sabe en cada momento dónde está, qué es lo que le interesa y lo que no y que encuentra en las otras personas que lo rodean a serfes dignos de ser queridos . Eso Esd crecer y hacer que la vida sea cada día un poco mejor porque va cumpliendo sus ciclos a base de conocimiento y de maduración.
Es verdad, lo hemos dicho muchas veces, no se examina a nadie para ser padre. Ni falta que hace porque no se trata de que las personas vivamos nuestra vida como una sucesión de escalones que tenemos que subir o superar para que nuestra vida sea plena. Nuestra vida puede ser perfectamente plena desde la ignorancia o desde la sabiduría, porque el crecimiento imprescindible para madurar no está en el terreno cuantitativo, sino en el cualitativo. No necesitamos crecer a lo largo, sino a lo hondo.El afecto, la comprensión, el respeto y la convivencia no precisan de ningún título. Y eso es justamente lo que sí necesita el crecimiento interior de los pequeños: alguien a su lado que los cuide, que los atienda y que los acompañe en la aventura de vivir, siempre compleja y emocionante.
De hecho sabemos que de las muchas aberraciones que se pueden hacer con los pequeños, ya sean los mimos excesivos o las desviaciones de comportamiento de miles de formas no se ha podido nunca sacar la conclusión que el nivel cultural de las familias tenga un papel decisivo. No dgo que no signifiquen recursos útiles para tener a mano si se dispone de una cultura considerable, pero en ningún caso los elementos culturales son definitorios ni están libres de vicios que se puedan transmitir a los menores. No digo esto para que nadie entienda que no vale la pena cultivarse en la vida. Al contrario. Lo que quisiera es que nadie entienda que tiene patente de corso por el hecho de disponer de un nivel cultural determinado. Ni tampoco que pueda haber quien se sienta disminuído ni excluido de las posibilidades de ofrecer un mundo afectivo pleno y positivo a sus hijos por el hecho de carecer de un alto grado de cultura.
Creo que la cultura es algo positivo para las personas, que todos tenemos derecho a ella en el grado que consideremos oportuno, que seguramente es conveniente para alcanzar cotas más altas de gozo y de conciencia de las cosas que vivimos, pero que el mundo afectivo, que es en el que nos movemos en nuestra función de padres, sale de otros lugares que levamos más adentro.
Pero no nos engañemos. Lo qe importa no son lis kilos o cerntímetros que un pequeño acumula y que probablemente sean indispensables. Lo que verdaderamente importa es el desarrollo afectivo, emocional, mental, que esa persona va acumulando y que tiene que producir en su mente experiencias suficientes como para que su crecimientos de experiencias le permita hacerse una persona que conoce la vida, que sabe en cada momento dónde está, qué es lo que le interesa y lo que no y que encuentra en las otras personas que lo rodean a serfes dignos de ser queridos . Eso Esd crecer y hacer que la vida sea cada día un poco mejor porque va cumpliendo sus ciclos a base de conocimiento y de maduración.
Es verdad, lo hemos dicho muchas veces, no se examina a nadie para ser padre. Ni falta que hace porque no se trata de que las personas vivamos nuestra vida como una sucesión de escalones que tenemos que subir o superar para que nuestra vida sea plena. Nuestra vida puede ser perfectamente plena desde la ignorancia o desde la sabiduría, porque el crecimiento imprescindible para madurar no está en el terreno cuantitativo, sino en el cualitativo. No necesitamos crecer a lo largo, sino a lo hondo.El afecto, la comprensión, el respeto y la convivencia no precisan de ningún título. Y eso es justamente lo que sí necesita el crecimiento interior de los pequeños: alguien a su lado que los cuide, que los atienda y que los acompañe en la aventura de vivir, siempre compleja y emocionante.
De hecho sabemos que de las muchas aberraciones que se pueden hacer con los pequeños, ya sean los mimos excesivos o las desviaciones de comportamiento de miles de formas no se ha podido nunca sacar la conclusión que el nivel cultural de las familias tenga un papel decisivo. No dgo que no signifiquen recursos útiles para tener a mano si se dispone de una cultura considerable, pero en ningún caso los elementos culturales son definitorios ni están libres de vicios que se puedan transmitir a los menores. No digo esto para que nadie entienda que no vale la pena cultivarse en la vida. Al contrario. Lo que quisiera es que nadie entienda que tiene patente de corso por el hecho de disponer de un nivel cultural determinado. Ni tampoco que pueda haber quien se sienta disminuído ni excluido de las posibilidades de ofrecer un mundo afectivo pleno y positivo a sus hijos por el hecho de carecer de un alto grado de cultura.
Creo que la cultura es algo positivo para las personas, que todos tenemos derecho a ella en el grado que consideremos oportuno, que seguramente es conveniente para alcanzar cotas más altas de gozo y de conciencia de las cosas que vivimos, pero que el mundo afectivo, que es en el que nos movemos en nuestra función de padres, sale de otros lugares que levamos más adentro.
domingo, 2 de octubre de 2011
SOMALIA
No he estado en Somalia. Tampoco quiero estar en Somalia ni quisiera que en estos momentos estuviera nadie en Somalia, sobre todo en los campos de refugiados. Mucho menos en los campos que se erigen junto a los campos de refugiados y en los que se instala la gente hasta conseguir una plaza en los campos de refugiados. Cuando acceden a los campos de refugiados, parece que ya consiguen el estatus de dignidad porque tienen las galletas esas que les fabricamos y que les garantizan que no se van a morir de hambre, un techo de lona y un espacio interior donde cobijarse, así como una mínima asistencia médica continuada. Poco menos que el paraiso.
Lo malo es que no hay plazas para todos y fuera de los campamentos se encuentran miles de personas llegadas de sus poblados, algunos a cientos de kilómetros, huyendo de la guerra y del hambre y habiéndose dejados por el camino a los más viejos, a los enfermos o a los niños con los que ya no podían tirar a medida que las fuerzas iban flaqueando. Estas personas se instalan sin control alguno, condenadas a su suerte, mientras esperan una plaza que les garantice la vida en sus umbrales más elementales. Mientras tanto, sólo pueden mirar y andar de un sitio a otro, quitándose el hambre a manotazos y buscando la dignidad junto a cualquier plástico, cualquier pedrusco o cualquier mirada compasiva de nadie sabe quién.
Iba a pasar de este tema y seguir con los aspectos que considero de interés en la crianza der los más pequeños, pero el nombre de Somalia se me ha metido entre las cejas y no me ha permitido continuar sin echar, aunque sólo sea desde aquí y así, por encima, una mirada a esos despojos que se han quedado en el camino, seguramente con sus nombres y con la mirada de sus familiares, mientras se perdían en el horizonte sin saber si iban a llegar a los campamentos o a las pocas horas no iban a ser ellos mismos los que tuvieran que instalarse en el santo suelo para ya no levantarse jamás.
Es seguro que las verdades del mundo son muchas y seguro que verdaderas todas ellas. Yo no voy a negarlo. Pero tendreis que coincidir conmigo que parece como de risa que con esta mirada a Somalia, como seguramente que a otras miserias, de las muchas que asolan la tierra, se nos convierte en un sarcasmo hablar de crisis, de nuestra crisis digo, de los problemas que nos aquejan, a nosotros digo, y de la dificultad de encontrar las soluciones idóneas y en el tiempo preciso, para nosotros digo.
Es inútil y ridículo decir que con lo que se gasta en un día de guerra, todo esto podría estar resuelto, al menos en sus aspectos más sangrantes. Es verdad pero yo creo que todos lo sabemos. Mucho más aquellos que disponen este estado de cosas y que ordenan los cañonazos cada día. Me resulta casi impensable que este estado de cosas esté compartiendo realidad con nuestro mundo, tan preocupado en estos momentos, y con razón, en el sobrepeso de los niños. Seguro que todo es verdad, que todos los problemas son reales y que no se puede ignorar ninguno de ellos. Lo que sí me queda como certeza es que a los de Somalia, como a tantos otros: Haití,… no va a llegar nuestra conciencia, tan pendiente como se encuentra con los nuestros de gente rica que muchas veces hasta se los tiene que inventar para no caer en la desesperación.
Lo malo es que no hay plazas para todos y fuera de los campamentos se encuentran miles de personas llegadas de sus poblados, algunos a cientos de kilómetros, huyendo de la guerra y del hambre y habiéndose dejados por el camino a los más viejos, a los enfermos o a los niños con los que ya no podían tirar a medida que las fuerzas iban flaqueando. Estas personas se instalan sin control alguno, condenadas a su suerte, mientras esperan una plaza que les garantice la vida en sus umbrales más elementales. Mientras tanto, sólo pueden mirar y andar de un sitio a otro, quitándose el hambre a manotazos y buscando la dignidad junto a cualquier plástico, cualquier pedrusco o cualquier mirada compasiva de nadie sabe quién.
Iba a pasar de este tema y seguir con los aspectos que considero de interés en la crianza der los más pequeños, pero el nombre de Somalia se me ha metido entre las cejas y no me ha permitido continuar sin echar, aunque sólo sea desde aquí y así, por encima, una mirada a esos despojos que se han quedado en el camino, seguramente con sus nombres y con la mirada de sus familiares, mientras se perdían en el horizonte sin saber si iban a llegar a los campamentos o a las pocas horas no iban a ser ellos mismos los que tuvieran que instalarse en el santo suelo para ya no levantarse jamás.
Es seguro que las verdades del mundo son muchas y seguro que verdaderas todas ellas. Yo no voy a negarlo. Pero tendreis que coincidir conmigo que parece como de risa que con esta mirada a Somalia, como seguramente que a otras miserias, de las muchas que asolan la tierra, se nos convierte en un sarcasmo hablar de crisis, de nuestra crisis digo, de los problemas que nos aquejan, a nosotros digo, y de la dificultad de encontrar las soluciones idóneas y en el tiempo preciso, para nosotros digo.
Es inútil y ridículo decir que con lo que se gasta en un día de guerra, todo esto podría estar resuelto, al menos en sus aspectos más sangrantes. Es verdad pero yo creo que todos lo sabemos. Mucho más aquellos que disponen este estado de cosas y que ordenan los cañonazos cada día. Me resulta casi impensable que este estado de cosas esté compartiendo realidad con nuestro mundo, tan preocupado en estos momentos, y con razón, en el sobrepeso de los niños. Seguro que todo es verdad, que todos los problemas son reales y que no se puede ignorar ninguno de ellos. Lo que sí me queda como certeza es que a los de Somalia, como a tantos otros: Haití,… no va a llegar nuestra conciencia, tan pendiente como se encuentra con los nuestros de gente rica que muchas veces hasta se los tiene que inventar para no caer en la desesperación.
jueves, 22 de septiembre de 2011
OSLO
Las decisiones humanas obedecen a muchos argumentos, unos claramente definidos y otros imposibles de concretar. Por multitud de causas he tenido ocasión de vivir una semana en Oslo, disfrutar sus primeros fríos y darme cuenta de que a las 6 de la mañana puede ser de día. Aparte los cometidos concretos que me llevaron tal alto, los ojos se me iban como imanes en busca de los niños y en busca de las escuelas de pequeños por cualquier esquina. Sin duda deformación profesional. Han sido muchos años. Pero es que, además, me ha gustado mi profesión.
He visto muchos niños de bronce y desnudos en el emblema de Oslo por antonomasia: el Parque Vigueland, un amplísimo espacio magníficamente urbanizado y con cientos de estatuas humanas de todas las edades de la vida, sobre todo de los niños. La imagen característica de este parque es la de un niño encolerizado, seguramente por el gesto tan manifiesto con que ser expone. Puede que, incluso, por lo raro que es ese gesto en un pais tan apacible como Noruega. Aquí puede que fuera más normal. Claro que las apacibilidades también son discutibles, y si no que se lo dgan a los afectados por la matanza de la isla de Utoya. Tuve ocasión de llorar con los mensajes que todavía están presentes derntro y fuera de la catedral, que me impresionaron por su sencillez y su hondura.
He visto niños, grupos de niños de tres años más o menos, yendo de paseo por la ciudad. Me ha admirado su escaso número para tres personas mayores mínimo que los acompañaban. Todos llevabas su mochila a la espalda y un chaleco reflectante. Me parecía bien por la dignidad que supone el que un niño disponga de todo lo necesario para garantizar su sewguridad hasta donde sea posible, pero reconozco que soy de otra época y en mi profesión he optado siempre por algo más de espontaneidad de cada persona, aunque sea pequeña, a pesar de que hubiera que asumir un poco más de riesgo. No sé qué atractivo puede depararnos la vida si nunca asumimos riesgos. Por supuesto que entiendo y valoro los elementos de seguridad imprescindibles. No soy ningún irresponsable. Pero los límites y las prioridades los pone cada uno en las cosas que considera fundamentales y yo he preferido que la vida haya sido el santo y seña, aunque muchas veces se pudiera discutir si una determinada acción debía llevarse a cabo o no. No he tenido ningún incidente grave en mi vida profesional. Espero ser bienentendido.
He visto también niños sueltos, sólos, en su espacio y con su familia. Una preciosa niña rubia con su padre y con su madre iba en el asiento delantero de autobús que me trasladaba al aeropuerto. Hablaba tranquilamente con los dos y daba gusto y ternura presenciar una secuencia cotidiana sin las estridencias que muchas veces, sobre todo aquí en el Sur, tienen las relaciones con los más pequeños. Pero también es verdad que en el vuelo de vuelta de Oslo a Málaga se oían los gritos de un par de pequeños por la parte trasera del avión, como indicando que en todas partes cuecen habas y que los niños son niños aquí y en Sebastopol, por más que las culturas les den una cierta pátina según en el pais que vivan.
No dudo que en Noruega dispongan de más medeios para la educación de los más pequeños porque se trata de uno de los paises más ricos de mundo, pero puede que también porque valore más la disgnidad de los menores y eso debería ser una lección para nosotros.
He visto muchos niños de bronce y desnudos en el emblema de Oslo por antonomasia: el Parque Vigueland, un amplísimo espacio magníficamente urbanizado y con cientos de estatuas humanas de todas las edades de la vida, sobre todo de los niños. La imagen característica de este parque es la de un niño encolerizado, seguramente por el gesto tan manifiesto con que ser expone. Puede que, incluso, por lo raro que es ese gesto en un pais tan apacible como Noruega. Aquí puede que fuera más normal. Claro que las apacibilidades también son discutibles, y si no que se lo dgan a los afectados por la matanza de la isla de Utoya. Tuve ocasión de llorar con los mensajes que todavía están presentes derntro y fuera de la catedral, que me impresionaron por su sencillez y su hondura.
He visto niños, grupos de niños de tres años más o menos, yendo de paseo por la ciudad. Me ha admirado su escaso número para tres personas mayores mínimo que los acompañaban. Todos llevabas su mochila a la espalda y un chaleco reflectante. Me parecía bien por la dignidad que supone el que un niño disponga de todo lo necesario para garantizar su sewguridad hasta donde sea posible, pero reconozco que soy de otra época y en mi profesión he optado siempre por algo más de espontaneidad de cada persona, aunque sea pequeña, a pesar de que hubiera que asumir un poco más de riesgo. No sé qué atractivo puede depararnos la vida si nunca asumimos riesgos. Por supuesto que entiendo y valoro los elementos de seguridad imprescindibles. No soy ningún irresponsable. Pero los límites y las prioridades los pone cada uno en las cosas que considera fundamentales y yo he preferido que la vida haya sido el santo y seña, aunque muchas veces se pudiera discutir si una determinada acción debía llevarse a cabo o no. No he tenido ningún incidente grave en mi vida profesional. Espero ser bienentendido.
He visto también niños sueltos, sólos, en su espacio y con su familia. Una preciosa niña rubia con su padre y con su madre iba en el asiento delantero de autobús que me trasladaba al aeropuerto. Hablaba tranquilamente con los dos y daba gusto y ternura presenciar una secuencia cotidiana sin las estridencias que muchas veces, sobre todo aquí en el Sur, tienen las relaciones con los más pequeños. Pero también es verdad que en el vuelo de vuelta de Oslo a Málaga se oían los gritos de un par de pequeños por la parte trasera del avión, como indicando que en todas partes cuecen habas y que los niños son niños aquí y en Sebastopol, por más que las culturas les den una cierta pátina según en el pais que vivan.
No dudo que en Noruega dispongan de más medeios para la educación de los más pequeños porque se trata de uno de los paises más ricos de mundo, pero puede que también porque valore más la disgnidad de los menores y eso debería ser una lección para nosotros.
domingo, 11 de septiembre de 2011
MIEDOS
Con desesperante frecuencia se nos oye hablar de la infancia como la época más feliz de nuestra vida. Los argumentos suelen estar referidos a que en ese tiempo no teníamos que preocuparnos por nada. Que todo nos venía dado y que siempre había alguien que se responsabilizaba de nosotros y estaba al tanto de nuestras necesidades. Algo así como que andábamos en el mar rubio, en que cualquier deseo se cumplía automáticamente. Nada mas lejos de la realidad.
Por supuesto que las personas responsables de nuestro cuidados seguramente se desvivirán por atendernos y hacer que nuestras necesidades se cubran de la mejor manera posible. Pero siempre hay que pensar que nosotros tenemos un hilo de comunicación con nuestros cuidadores que tiee unas claves que no siempre coinciden. Es más, casi nunca coinciden. Tenemos que estar en todo momento a expesas de que se jnos entienda la demanda concreta que estamos manifestando. Nadie puede pensar que un pequeño de un años es capaz de decir “necesito que se me rasque la espalda, exactamente en el homóplatro derecho en su parte superior”, y sin embargo, es posible que en un momento concreto puede ser esa la necesidad que precise.
Es cierto que, con el paso del tiempo, los niveles de comunicación con las personas de referencia aumentan y se perfeccionan a gran velocidad, pero siempre hay que contar con las interpretaciones y con las suposiciones, porque los niveles de comunicación son muy imprecisos. De aquí que sean los miedos los signos más significativos que motivan a los pequeños a demandar atenciones: a la soledad, a la oscuridad, al dolor, al hambre…. En realidad miedo a cualquier necesidad que el cuerpo manifieste. En un pricipio, como si dijéramos un brindis al sol. Yo grito demandando algo que no sé explicar y confío que quien esté cerca de mí me oiga y sepa qué es lo que estoy pidiendo en cada momento, lo que es casi tan arriesgado como esperar que te toque la lotería. Es un poco exagerado, pero en parte es así.
En la medida en que, con el paso del tiempo, muchas de esas demandas que el pequeño manifiesta se le van resolviendo y en la medida en que esas soluciones le van dando tranquilidad, los niveles de pánico se van moderando y hasta se convierten en otro tipo de reclamos más suave, más precisos y hasta diferencviados según la urgencia de las propias demandas, que empiezar a dejarse ver con distintos niveles de necesidad. En un principio es el llanto el emisor exiclusivo de todas las demandas. Con el tiempo el propio llanto se diversifica y se convierte en muchos llantos, con demandas distintas según los casos, a la vez que van apareciendo diversas formas de demandas que no son llantos y que van fortaleciendo la comunicación con los adultos y haciendo que los niveles de miedo que sientes los niños por cualquier contrariedad o necesidad que les aparece, se vayan armonizando y entren en un complejo entramado de comunicaciones entre pequeños y adultos. Pero para eso ha de pasar mucho tiempo y tnto mayores como pequeños, han de madurar en su conocimiento mutuo y en la confianza que cada uno deposita en el otro.
Al final toda se convierte en una forma de controlar y dosificar el miedo, que es el elemento más presente en un principio y que termina, si todo va bien, mas o menos controlado cuando los niveles de entendimiento se han establecido entre pequeños y mayores. Pero el miedo es el rey, no lo olvidemos.
Por supuesto que las personas responsables de nuestro cuidados seguramente se desvivirán por atendernos y hacer que nuestras necesidades se cubran de la mejor manera posible. Pero siempre hay que pensar que nosotros tenemos un hilo de comunicación con nuestros cuidadores que tiee unas claves que no siempre coinciden. Es más, casi nunca coinciden. Tenemos que estar en todo momento a expesas de que se jnos entienda la demanda concreta que estamos manifestando. Nadie puede pensar que un pequeño de un años es capaz de decir “necesito que se me rasque la espalda, exactamente en el homóplatro derecho en su parte superior”, y sin embargo, es posible que en un momento concreto puede ser esa la necesidad que precise.
Es cierto que, con el paso del tiempo, los niveles de comunicación con las personas de referencia aumentan y se perfeccionan a gran velocidad, pero siempre hay que contar con las interpretaciones y con las suposiciones, porque los niveles de comunicación son muy imprecisos. De aquí que sean los miedos los signos más significativos que motivan a los pequeños a demandar atenciones: a la soledad, a la oscuridad, al dolor, al hambre…. En realidad miedo a cualquier necesidad que el cuerpo manifieste. En un pricipio, como si dijéramos un brindis al sol. Yo grito demandando algo que no sé explicar y confío que quien esté cerca de mí me oiga y sepa qué es lo que estoy pidiendo en cada momento, lo que es casi tan arriesgado como esperar que te toque la lotería. Es un poco exagerado, pero en parte es así.
En la medida en que, con el paso del tiempo, muchas de esas demandas que el pequeño manifiesta se le van resolviendo y en la medida en que esas soluciones le van dando tranquilidad, los niveles de pánico se van moderando y hasta se convierten en otro tipo de reclamos más suave, más precisos y hasta diferencviados según la urgencia de las propias demandas, que empiezar a dejarse ver con distintos niveles de necesidad. En un principio es el llanto el emisor exiclusivo de todas las demandas. Con el tiempo el propio llanto se diversifica y se convierte en muchos llantos, con demandas distintas según los casos, a la vez que van apareciendo diversas formas de demandas que no son llantos y que van fortaleciendo la comunicación con los adultos y haciendo que los niveles de miedo que sientes los niños por cualquier contrariedad o necesidad que les aparece, se vayan armonizando y entren en un complejo entramado de comunicaciones entre pequeños y adultos. Pero para eso ha de pasar mucho tiempo y tnto mayores como pequeños, han de madurar en su conocimiento mutuo y en la confianza que cada uno deposita en el otro.
Al final toda se convierte en una forma de controlar y dosificar el miedo, que es el elemento más presente en un principio y que termina, si todo va bien, mas o menos controlado cuando los niveles de entendimiento se han establecido entre pequeños y mayores. Pero el miedo es el rey, no lo olvidemos.
domingo, 4 de septiembre de 2011
PALABRAS
La influencia de las personas mayores cercanas en los pequeños que viven con ellos es determinante. No se puede especificar punto por punto o aspecto por aspecto porque se transmite de manera global y porque no es posible concretar los aspectos concretos en los que se va a manifestar. Unas veces se detecta por simpatía y otras, por ejemplo, por antipatía, o por semejanza o por otras asociaciones difíciles de concretar de antemano.
Lo que tradicionalmente se llama el ejemplo es una de las transmisiones contundentes y sólidas. Los niños muchas veces no asumen lo que se les dice, pero lo que ven que se hace con ellos o cómo se vive a su alrededor, eso sí que tiene gran fuerza y se graba a fuego en sus esquemas de comportamiento. Hasta el punto de que los adultos, para explicar el peso de su ejemplo y para eludir en alguna medida su influencia, han inventado aquello de HACER LO QUE OS DIGA, PERO NO HAGAIS LO QUE YO HAGA.
Sin discutir ni un ápice la importancia de los ejemplos, creo que es importante comunicarse con los menores utilizando las palabras. Con las palabras, que sabemos que tienen un valor relativo, podemos aclarar muchas veces determinados comportamientos que pueden no ser correctamente interpretados. Podemos, sobre todo, explicar nuestros sentimientos y comunicarnos matizadamente, ya que los comportamientos que tienen la enorme fuerza de los hecho, también son comunicaciones globales que pueden precisar los matices y las aclaraciones que ofrecen las palabras para que la comprensión sea más ajustada y precisa.
Al mismo tiempo, la palabra es capaz de crear un campo de entendimiento y de riqueza comunicativa por ejemplo, en la transmisión de la cultura del grupo humano al que se pertenece a través de miles de historias y de cuentos. Todo ese corpus de leyendas y de costumbres pasa a través de la palabra de unas generaciones a otras muchas veces en los ratos muertos, en los momentos previos a dormirse y en general en situaciones de intimidad y de relajación en los que la confianza hace que nuestras alertas descansen y se de paso a la receptividad por parte de unos y a las ganas de transmitir por parte de otros.
En todo el conjunto normativo que ha de pasar de una generación a otra, es verdad que la mejor forma es con el ejemplo, pero al mismo tiempo, si es posible poder explicar el por qué de cada norma, las ventajas e inconvenientes de hacerlo de uno modo concreto y no de otro y estimular las ganas de comunicarse de los pequeños para que sus niveles de comprensión se amplíen y se perfeccionen estaremos contribuyendo a que lo que hemos dado en llamar cultura cumpla su función más noble permitiendo el entendimiento entre personas que pertenecen a mundos distintos porque han nacido cada uno en su tiempo y que, aun así, dispongan de maneras de conocerse y de entenderse.
Las palabras es verdad que son resbaladizas, que pueden tener significados ambiguos según los casos, que pueden ser, incluso, fuentes de conflictos dependiendo siempre de quién y de qué manera sean utilizadas entre las personas, pero no cabe duda que pueder ser al mismo tiempo vehículos insustituíbles de transm,isión cultural y de comprensión entre los seres humanos que seríamos unos verdaderos insensatos si las despreciáramos como elementos esenciales en todo el proceso educativo. Probablemente las palabras no serán suficientes para cubrir la misión educativa entre generaciones, pero sin duda es un valor insustituíble.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





















