
La experiencia nos ha de ir limando con el roce implacable de los años hasta lograr que nos demos cuenta, primero de que al menos somos dos: cada uno de nosotros por un lado y el resto del mundo por otro. Con esa idea andaremos toda nuestra infancia hasta que ya en la adolescencia suframos la segunda gran revolución que nos dice que sólo somos parte de un grupo entre muchos otros grupos al margen de nosotros que tienen su vida propia. A partir de ahí, nada nuevo. Solo un proceso de expropiación de poder hasta llevar al punto, si es que llegamos, de ser capaces de prescindir de todo y aceptar que nuestro mundo ya no es este y que mejor nos vamos y aceptar la muerte como un bálsamo de paz y entregarnos a ella.
En la conciencia esto es así, pero es así porque la cultura forma ese cauce en nosotros para hacernos circular por ese proceso, digamos que razonable, en el que el ciclo de la vida se cumple y va desde tenerlo todo hasta terminar desnudo de deseos y aceptando el final con dignidad.

Existe la prueba de por donde somos capaces de despeñarnos si la razón no impera y nos impulsa solamente el deseo como si estuviéramos repitiendo de nuevo los procesos iniciales. Las formas de demencia que conocemos nos hacen involucionar hasta encontrar nuestros inicios, los procesos más simples de comportamiento, aquellos en los cuales no existía otra cosa que nosotros y el mundo no era otra cosa que nuestro criado en exclusiva y en todo momento pendiente de nuestros antojos. Incluso en esos casos en los que la razón ha dado paso en nuestra mente al desenfreno del deseo, llega un momento que hasta el propio deseo se convierte en demasiado elaborado y somos capaces de alcanzar cotas más elementales de comportamiento y se nos puede olvidar masticar, o respirar y entonces nos morimos, sin ninguna conciencia de lo que estamos haciendo y como si todo fuera algo que nos está pasando fuera de nosotros y solo somos una pieza de un rompecabezas que nos incluye y que nos lleva donde quiere.

El principio es la posesión absoluta y la cultura y el aprendizaje es el proceso de desprendimiento de nosotros mismos y de nuestras cosas hasta llegar a la renuncia total en el mejor de los casos y a sabiendas de que de no renunciar nosotros, será la contundencia de la vida la que se encargará de enajenarnos de todo sin contemplación alguna ni tampoco crueldad sino como algo inevitable que debe cumplirse y que esta, que siempre estuvo, por encima y al margen de nosotros.

















