


Para orientarse en los principios de la percepción hay que olvidarse de los razonamientos, de los discursos hilados y de las lógicas razonadas. Hay que ponerse a gatas, o tumbarse directamente, medir el suelo con el cuerpo entero, ronronear a izquierda y derecha y soltar los sonidos, las manos y los pies con ideas de caricia a ver qué encuentras cerca de ti que recoja tu iniciativa y que responda en el mismo idioma. Esa es buena guía, aunque no sea suficiente.
En su momento aprendimos que los sentidos eran vista, oído, olfato, gusto y tacto. Los aprendimos así, por ese orden y ya sabemos, en la vida no hay nada que sea casual. Cuántos años para entender que se trataba de un proceso de acercamiento en sí mismo. De un tratado del apego con un ritmo fiable y seguro. En realidad son cinco círculos concéntricos en el que envolver la comunicación entre las personas de más lejano a más cercano, que va desde el simple vistazo y el primer agrado, o no al que le echas el ojo encima, hasta aquél con quien estas dispuesto a fundirte en un abrazo y penetrarte hasta sentirte uno de tan pegado. Eso con sus correspondientes puntos intermedios que son como escalones que van subiendo o bajando por el camino de la comunicación y que indican, según en el que te encuentres, la intensidad a la que has llegado cualquiera.
Seguramente no son requisitos indispensables ninguno de los sentidos en particular y es posible entrar en relación a partir de cualquiera de ellos según los casos. Pero lo que no cabe duda es que el grado de conformidad para quedar satisfechos del resultado, como si dijéramos el examen final, ha de pasar por todos ellos. No sé si hay más, probablemente. Tampoco me importa demasiado. Con estos cinco me conformo porque ya me producen todo un sistema de conjunto en el que, una vez concluido, me siento completamente entregado y satisfecho si he podido contactar co alguien de manera placentera o en cualquier tramo del camino he podido comprender que la conexión se cortaba y que hasta aquí habíamos llegado y era mejor no continuar alimentando frustraciones que ya quedaban manifiestas.
No puedo decir, porque nunca he creído en las recetas, que la comunicación sensorial sea la única posible. Lo que sí sé es que es indispensable y que, en los primeros tiempos de la vida, se comporta como todo un tratado del acercamiento humano y es garantía de valor y de continuidad.
Por eso siempre me pareció que las personas que se relacionan con recién nacidos o de pocos meses, como no les guste su trabajo, sufren de manera insoportable porque no encuentran escapatoria. Han de pegarse físicamente a los pequeños para que su trabajo sirva de algo y eso comporta un nivel de compromiso tan estrecho que se puede convertir en niveles de satisfacción que rayan la plenitud si son satisfactorios o en niveles de angustia insoportables si no son de nuestro agrado.
La primera orientación en la vida, por tanto, no se diferencia mucho con otros animales: chupar, acariciarnos, identificar y aceptar olores, susurrarnos sonidos que un día serán palabras y mirarnos en cada momento para saber cada uno dónde estamos.












