Flagrante punto y coma, estela de paréntesis soñando con linderos, paisajes congelados en forma de cuadrícula, filamentos de pluma como restos impolutos, sin alma interrogante.
¡Cada letra, cada signo como una espesa muerte entre comillas!.
¿Quién montaña, quién roble, quién aroma que justifique la materia putrefacta para este falso lago pestilente?.
Un palmo más arriba, otra linea que amenaza: el punto impenitente enarbolando su fuerza incontenible, amasijo de silencio, mensaje sin futuro, desde una mezcla inútil de mecanografía.
Si quiere demostrar, que surja, exclamativa, la figura hierática del sueño, que se exponga a la luz y al calendario, que publique sus reglas y desvele lo que oculta en las tinieblas.
¡Para qué tanto alarde sumergido, tánto gasto de vida entre las sombras: suponiendo, deformando, confundiendo, cuando al fondo se percibe la tristeza y un puñado de anhelos solitarios!.
Pero cómo dejarme llevar por espejismos, por hermosos que sean, cómo no darme cuenta de los días que pasan, de la huella del tiempo clavada en cada poro de mi cuerpo, de que el río persiste, pero es otra a cada instante, el agua que circula, cómo no ver la misma dimensión de la mirada, que está viendo las cosas, y que lentamente me va haciendo lejano, ajeno, extraño, de manera que lo que un día me correspondió como propiedad particular indiscutible, hoy es apenas un lujo el simple suceso de su contemplación.
Es verdad que la peripecia humana se ciñe a cada instante, de manera que fácilmente niega lo que ignora, que ni siquiera afronta lo ignorado como parte de lo presente, que fuerza la realidad hasta el punto de que sólo ve lo que domina, lo que alcanza, lo que toca, pero una cosa es hacerse el loco y usar las muletas que la propia vida te va ofreciendo como soporte para que te apoyes y otra bien distinta creerte que es el día el alumbrado urbano que te ilumina, mientras todos los animales se encuentran ya durmiendo según es su mandato.
Apenas nos está permitido decir adios a cada cosa que hemos visto, a cada persona con la que nos hemos rozado, por amor o por odio, casi da lo mismo. Somos espectadores en este viaje de urgencia que son los cuatro días que la Tierra nos mantiene enhiestos sobre su superficie antes de poseer nuestro definitivo estado en el que nos encontrábamos antes de venir y al que volveremos definitivamente una vez que termine el entreacto este artificial y pasajero, ¡a qué ritmo!, en el que nos encontramos. A poco que nos decuidemos no nos enteramos ni siquiera de que hemos pasado y nos vamos con los dedos agarrotados y encogidos como queriendo atrapar no sé que cúmulo de promesas en las que no se nos ha ocurrido pensar hasta el mismo instante de la despedida. Ni un fugaz beso de amor ni un exabrupto de odio nos es dado, se nos congela en los labios y nos convertimos en estatua de sal sin tiempo siquiera de mirar atrás porque ya no estamos. Como rastro imperceptible, ese engaño en el que nos ahogamos, compuesto de deseos, de gozos y miserias, de risas y dolores, convertido en recuerdo.
En el estrecho margen en el que nos movemos, esa incipiente sensación de fuerza de apenas una llama, cedemos con cualquier excusa nuestra soberanía a cambio de cualquier prebenda, por pequeña que sea, tal vez por miedo a la posesión del tiempo que nos toca, por simple ignorancia de nuestra pobre, pero cierta, vida, o por expreso deseo de no renunciar al imposible infinito, siempre delante de nuestros ojos y de nuestras manos pero siempre inmaculado e inaccesible a nuestras posibilidades.
No tengo más que echar el pie adelante, basta sólo un incipiente balanceo, para alcanzar el árbol, la esquina, el verdor del camino. Levanto la mirada y es lo justo para que el horizonte se humille a mis neuronas. A través del olfato soy capaz de apropiarme la efímera y sutil exhalación de la celinda. El calor de mis manos discrimina sabiamente: absorbe con fruición el rostro amado, con la misma claridad con que rechaza el hostil rozamiento de apretones traidores o se entrega transido, voluptuoso, al gozo inmenso, madre, de la mar. Desde la misma boca identifico las palabras de las que brotan universos, vivencias, sensaciones, posibles cantos de dicha o de miseria.
¡Borracho de poder me duermo cada noche!. No hay fábrica de sueños, ni añoranza posible de lo desconocido, ni mundo que esté fuera de mi alcance. Siento la fuerza entera corriendo por mis venas y no hay dios que me frene, ni tiempo, ni distancia que me lleve más allá de mi propia materia. Cada espuma, cada pétalo, o lamento forman parte de mi cuerpo, que es la vida. Un sólo instante, salido de mis manos, adquiere eternidad por su mismo rozamiento. Si decido, por ejemplo, helar las horas, como témpanos se quedan sin tardanza, sirviendo de testigos, sucesos con figura. Es, en fin, mi palabra quien define los ámbitos, quien ordena y somete y pone formas al torrente de gracia que me envuelve.
Me levanto la piel, abarco el mundo, estirando los límites por cubrir lo que ansío. Ni una brizna, ni un abrazo, ni un color son extraños y, juntos, participan de la orgía infinita que se está celebrando del pellejo hacia dentro.
Este mundo, me digo pretencioso, se doblega, agacha su cerviz a mis deseos. Y es cierto que la vida se me ofrece, que me permite explorar sus escondrijos, que me autoriza que juegue, que florezca, sobre su piel endurecida y cargada de milenios.
Sobre todo esperarte Contra todo pronóstico Por si la ausencia misma fertiliza Y a golpe de tristeza, A fuerza de añorar lo que nunca he tenido Aparece la carne como fruto: Una mata de pelo que me envuelva, Una mano dibujando caricias O el vivo aliento de un beso entre los dientes Como señal de vida Con que cubrir la oscura soledad.
Sobre todo esperarte Sabiendo que eres cuerpo con señales, Avatares y sueños a la espalda Otra vida que se posa en mi camino Semilla de futuro compartido Bajo el manto de lluvia, sol intenso, Tempestades y voluntad creciente De engendrar un nuevo ser de dos cabezas
Esperarte con los ojos como puños En la esquina sin fin de los caminos No vaya a ser que se amontonen Destellos, ilusiones, ansiedades Y, como resultado, nuevamente el vacío.
Esperarte como centro, como estela, Como calor cercano, como mirada limpia, Como pezón con el que amamantarnos Como escuela de luz Como sonido con que trenzar palabras Conformes con la vida y con la muerte
Te esperaré paciente, tú no sufras, Sin el más mínimo respeto Por si no llegas nunca y sólo sueño, Como siempre.
Fabriqué tu recuerdo con retazos, cansado como estaba de añoranzas. Se me hizo insoportable tanto miembro separado, ahora intensa caricia, mañana el abandono y otra vez comenzar como si nada.
Hasta tu propio rostro dividido me impedía concretar tu nombre.. Me negaba a llamarte por temor al abismo, ese espacio de sombra y desconcierto que se cruza entre el sueño y la ignorancia, y tu cuerpo entre mis brazos flotaba como el humo desarrollando ausencias en la punta de mis dedos.
¡Cómo reconocerte sin encontrar los datos, sin saber si eres una o eres sólo una parte, si la propia estructura de la imagen que siento te corresponde entera o es fruto del delirio !.
¡La duda era un reguero de cenizas que anunciaba el desolado paisaje de mi mente !. ¡Como si el contenido de aquel fuego que nos hizo vibrar como centellas hubiera reventado en mil luciérnagas cuyo esplendor es la certeza de su muerte ! ¡Como si mis recuerdos de cuadrícula se alternaran de gozos y de ausencias !.
Me sentí ciego mientras te miraba, tus palabras resbalaban por mi angustia y tus besos, efluvios nectarinos para mi sed desesperada, no sentían mis labios como propios.
Guardé cama de amor, emponzoñado, convertido en veneno, enfermo de dulzura, con diagnóstico agudo y amenaza palpable. Altas fiebres, delirios, realidades interpuestas, me llevaron al borde sin remedio.
No sé si ha sido el tiempo, si ha bastado el silencio, si el hilo persistente de la vida, si la distancia, si el horror de tanta guerra infructuosa. ¡Sabe Dios ! Lo cierto es que otro día me levanto, dubitativo y frágil pero entero, recompongo este cuerpo como puedo y a manotazos accedo a la memoria.
Necesito fabricar un cuerpo en el que el ansia se incruste de una pieza, única medicina contra tanta dispersión que me tuvo a las puertas del aniquilamiento.
Todavía sigo aquí, plantado, como un árbol, luciendo cara al viento - definición precisa, carnet diferencial inconfundible -, estos ramajes de miseria, sucumbiendo, a fin de cuentas, en el profundo entramado de raíces que, inevitablemente, acceden a la vida en la medida que se alejan de mis manos.
Es cierto. Todavía sigo aquí, como un cristal, como una espina viva, doloroso puñal de trasparencia; alzado, suspendido, ingrávido de luz, buscando como un loco un espacio de sombra: de reposo, de consuelo, para lamer recuerdos como heridas. Sólo, entonces, cupieran otros mundos en mi mente-laberinto, nuevos focos de luz, simientes de futuro.
No lo puedo negar. Todavía sigo aquí y estoy temblando. Conozco al enemigo como si se tratara de mi hermano: sus ojos luminosos que miran como el hielo, cuchillos que amenazan, los dedos de sus manos, su engañosa sonrisa que oculta lo que busca bajo una ambigua máscara de falsa mansedumbre.
Desde aquí siento el miedo incrustado como un clavo porque adivino el gesto implícito que acecha imperturbable tras la esquina esperando el instante preciso, el punto justo, la exacta coyuntura, capaz de hacer mortal el zarpazo homicida.
Desde esta altura vaga, apenas transformado en ilusión de hoja - fragilidad de cuerpo, verde sombra de vida-, como si se tratara de la peste, mis atributos me abandonan en dirección desconocida. Estoy, por tanto, completamente inválido, suspendido en el vacío y a pecho descubierto, con toda la silueta a contraluz.
A veces me traiciona la conciencia y se empeña en provocar un artificio, laberinto quizás, con mis despojos. La noche se me encarna. Estoy perdido. ¿Qué impulso me reclama, dónde nace, como un brote, la fuerza de rescate que me libra del olvido?.
La forma es el refugio, doy a luz, me recompongo a base de los ojos, del volumen del pecho, del traje que me cubre, del músculo que muevo, pero ese recorrido, por más que se completa, no termina de darme resultados convincentes.
Como si el mismo plano donde luce un cerezo frunciera con mi carne, indiferente si sufro de montaña o duermo de tiniebla, si empujo de pinares o canto de alimento, si palpo como lumbre o muero de ceniza.
Como si el límite no fuera suficiente como si la materia que sostengo, que no es otra que el mar, que el pájaro, que el pino, que la higuera, fuera sólo guarida, falsa muerte, espejismo que confunde costumbre con deseo.
Debo seguir, entonces, subiendo sin medida, por encima del número concreto, de la temperatura, del glóbulo y la muerte que me cierra el camino, hasta alcanzar el territorio - estado, sentimiento -, que me incluya, vulnerable como un nido, pero incapaz de soslayar la angustia y la miseria.
Allí me siento vivo, palanca unida al tiempo a través del abrazo entre las sábanas, del aroma fugaz de la salvaje clavellina, del Bosco y su Jardín de las Delicias, de Danzas Povlosianas y fuegos de Amor Brujo.
Con diligencia traslado el domicilio y fijo residencia definitivamente.