Si miramos
el calendario, a esta parte del mundo ha llegado la primavera. Para mí, el
primer signo se llama jaramago. He
tenido ocasión de ofreceros, en otros textos, lo mejor de lo que he sido capaz
sobre este bofetón de amarillo que se nos mete por los ojos que nos dice que un
nuevo ciclo de vida se nos muestra, tanto en la floración de cualquier tipo de
frutales, vida nueva, independiente de que mis ojos tengan preferencia
inequívoca por los linderos de los caminos que, hasta mayo, como mínimo, nos
cubren de amarillo y con su hermosura natural nos señala el verdadero norte de
la vida. Me consta dolorosamente que hay zonas muy cercanas a nosotros que han
abierto las llaves del fuego y de la muerte como si estos subterfugios fueran suficientes
para ocultar el ciclo de la vida que tenemos enfrente cada día. Llegan a
llamarnos cobardes porque gritamos ¡NO A
LA GUERRA! Y nos negamos a participar en esta ceremonia del dolor y de la
muerte. No podemos engañarnos como si la vida no existiera y el canto de los
pájaros hubiera que sustituirlo por los cañones, las bombas o los enormes buques que se pasean por los mares
recogiendo cadáveres para devolverlos a sus familiares fríos como el odio.
Me
encanta poder quedar como cobarde, sencillamente porque quiero levantarme cada
mañana, abrir mi ventana y sonreir a la vida que me queda, deseando a todos los
vecinos que viven conmigo, que disfruten del sol de cada día, que sufran las
borrascas que nos inundan y que son imprescindibles para garantizar un futuro
para el mundo, que somos muy mayores para saber los caminos que nos garantizan
un mañana y que de ninguna manera se pueden llamar Ucrania, ni Gaza, ni Líbano
ni estrecho de Ormuz. Si los valientes son los que no ven más que fuego y
destrucción, yo no quiero ser valiente. Mi orgullo no es vivir en un avión que
me traslade a mi campo de golf cada fin de semana. Mi orgullo es disponer de
leyes que nos garanticen un plato de comida cada día, un vestido para cubrirnos
y un espacio para vivir. Quiero ser cobarde y vivir hasta donde la vida me
permita, sin tener que preocuparme de que un cañonazo me diga cuándo debo
morir. ¡NO A LA GUERRA!
Hace miles de años que
aprendimos a vivir con leyes que se establecieron para garantizar que, en vez
de matarnos unos a otros podíamos establecer normas para que la vida, la salud,
la libertad, la educación o una vivienda pudiera estar garantizada para todos.
No quiero ser valiente contra nadie. Quiero mirar al mundo con humildad y estar
dispuesto a ayudar a cualquiera que lo necesite, si es que puedo. Para cuatro
días que nos dura la vida, no puede haber un argumento que nos la acorte porque
la vida es el argumento primero al que tenemos derecho, por el simple hecho de
haber nacido. Me da vergüenza contar estas cosas que considero tan elementales
como cuando aprendía con mi primer maestro Don José, aquello de mi mamá me mima o cosas parecidas.
Desde mi posición de cobarde empedernido, estoy dispuesto a seguir defendiendo
estos estos principios tan elementales hasta que todas las personas podamos
participar de un paraguas legal que nos los garantice.
Vuelvo
a la primavera recién estrenada, un año más. Nadie tiene derecho a robarnos la
vida, ni a hacernos tragar fuego y miseria cuando es tiempo es tiempo de
floración y hasta los humildes jaramagos
nos llenan de amarillo cada mañana y nos invitan a cantar con toda la cobardía
del mundo:
¡SÍ A LA VIDA!
¡GRACIAS A LA VIDA, QUE ME HA DADO TANTO!



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