Lo
normal hubiera sido que esta mañana hubiera amanecido con el cabreo
correspondiente del cambio de hora. Esa incidencia que se produce a la altura
de lo equinoccios, allá por final de octubre el de otoño relacionado con la
pérdida de luz vespertina, cuya última noche dormimos una hora más, y el de
esta noche, el de primavera, que hemos dormido una hora menos, que se nos
devolverá en forma de luz recuperada a la caída de la tarde, La lógica
impondría la rebelión automática por tener que adaptar el cuerpo al aumento o
disminución de las horas de luz y recuerdo perfectamente que en el del último
otoño así fue. Esta mañana debería haberme resentido por tener que asumir el de
primavera y argumentar, ya de camino, la inconveniencia de semejantes cambios,
con la falaz excusa del ahorro de energía que desde 1940 se viene argumentando.
No me siento inclinado a forma alguna de cabreo y estoy seguro que tiene que
ver con la recuperación de la luz que obtendremos cada tarde. Cuando se ha
realizado algún sondeo sobre cuál de los dos formatos le parece mejor al
querido público, hasta donde recuerdo, el resultado ha sido ampliamente
favorable al de primavera, aunque a los responsables políticos parece que les
da igual y que seguiremos tragando quina en el futuro.
Aprovechando
que para mí, este cambio de hoy es el bueno y lo vamos a notar desde este
tarde, que recuperaremos tiempo de luz, estoy dispuesto a comerme con patatas
la vigilia de esta noche, que he dedicado, con toda mi pasión a mayor tiempo de
lectura matutina, que he dedicado a GOOD GIRL de Aria Aber, que es el libro que
llevo entre manos en este momento y que me está interesando, a pesar de la
juventud de esta autora afgana, en cuyo desarrollo ella explica de manera
colérica y desenfrenada, su adaptación personal y familiar, al mundo occidental
sin dejar la añoranza de su lejano país, imposible de olvidar. A este cometido
he dedicado con gusto esta madrugada y espero concluir su novela esta misma
tarde o mañana, a mucho tardar. Como nunca he sido dormilón, la vida me ofrece
alguna ventaja alternativa, la lectura, que ofrezco a quien quiera, con mucho
gusto.
También
me crea cierto problema de conciencia invertir buena parte de este texto y
prescindir de la amenaza palpitante de Oriente Medio, como si hubiera
prescindido de mi conciencia social. Nada más lejos. El alto el fuego que no
termina de llegar, estoy seguro que tanto yo como muchos otros millones de
conciudadanos que viven conmigo, lo llevamos clavado en el corazón y lo
manifestamos al primitivo grito de ¡NO A
LA GUERRA!, sabiendo de antemano que no va a ser oído porque se encuentra
muy lejos de los verdaderos motivos del conflicto, cuyos nombres propios se
llaman: la creación de El Gran Israel por parte de señor Netanyahu y petróleo,
petróleo y petróleo, por parte del señor Trump, debidamente aderezados ambos
por propagandas diversas, presentadas en los más influyentes medios mundiales,
empeñados en saltarse toda la legalidad internacional y dispuestos a meter al
mundo entero en un lío monumental del que veremos a ver cómo salimos, si es que
salimos.
Es
verdad que mis argumentos son muy discretos en comparación con estos monumentos
al fuego y a la mentira que se pretender imponer por encima de todo, pero a
esta edad, francamente, me cuesta demasiado comulgar con ruedas de molino y
prefiero opinar humildemente sobre cuestiones más cotidianas y a la mano de
cualquiera, antes que verme embadurnado con falacias y mentiras, que no traen
más que muerte y destrucción a los cuatro puntos cardinales.



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