Cuesta
poco consultar el texto para corroborar el nivel de fragilidad y dependencia
que nos movemos, tanto yo como lo de mi época. Hemos sido protagonistas de
enormes cambios, casi imposibles de concebir con anterioridad y aquí no
encontramos, nadando en mares desconocidos y dando manotazos como podemos, no
digo ya para orientarnos sobre el mundo adecuado, cosa bastante fuera de
nuestras posibilidades, sino el propósito mucho más discreto de mantenernos a
flote y, a duras penas, dar carpetazo al día a día, confiados, en el mejor de
los casos, de que el simple hecho de sobrevivir es una forma de aprendizaje, Es
verdad que nadie dijo que vivir fuera fácil y nos sobran razones para
comprobarlo a cada momento, pero tampoco dijo nadie que fuera imposible y eso
nos permite navegar cada mañana y confiar en que se hace camino al andar o que
mientras se baraja no se pierde. Sería engañoso dejar de lado que muchos
miles de conciudadanos ponen el cartel de completo
en la historia de sus vidas y toman la decisión de darle fin por su propia
voluntad. No seré yo quien los censure.
A lo
que sí me atrevo es a decir que, con la misma legitimidad, estamos muchos otros
que, hasta el momento, mantenemos la decisión de seguir en el camino,
seguramente conscientes, ese es mi caso, de que nada está garantizado en cada
día que amanece. Que cada mañana es un mundo y que el hecho de asumir cada
jornada como propia y cargar con ella no es un juego de niños ni una apuesta al
buen tumtum sino una decisión laboriosa y consciente en cuyo transcurso no
sabemos qué no vamos a encontrar. Y detrás de cualquier esquina nos espera,
desde el gozo más sorpresivo que nos lleva a considerar que la vida vale la
pena, sin la menor sombra de duda, a tener que enfrentarnos a cualquier duda
cruel, cosa que forma parte del mismo hecho de vivir y hasta de un punto de
desesperación que nos corta el camino porque no encontramos fuerzas para
sortear el beche y se impone el final sin comerlo ni beberlo. Ninguna de estas
opciones dejan de llamarse vida, siendo tan distintas una de otra.
Sería
una señal de sensatez que en cualquiera de las situaciones que por las que atravesemos sepamos
asumirlas como partes de un todo posible. Podemos reaccionar de maneras muy
diversas y todas son perfectamente respetables pero, la que considero más
respetable, es la de consideras que todas forman parte de la normalidad, que
todas se encuentran a nuestro alcance y que ninguna se va a materializar sin
nuestro concurso. Es más, nuestra intervención es imprescindible para que la
decisión, sea la que sea, se materialice y dejaría en este relato una reserva
sobre la mejor o peor respetabilidad entre una u otra porque mis dotes de
juicio no llegan tan lejos. Prefiero aceptar cualquier respuesta como válida,
puesto que es posible y me consta que no van a faltar personas e instituciones
que se atreven a decirnos en cada momento lo que debemos y no debemos hacer. No
nos faltan errores manifiestos de decisiones judiciales, manifiestamente
precipitadas, cuando no, directamente inclinadas en un sentido o en otro, en
defensa de sus propios intereses.
Es
cierto que cada cual dispone de argumentos previos para considerarlo mejor
dispuesto hacia la opción que mejor le cuadre. Asumir esta realidad no debería
ser una mala premisa para cualquier análisis. Lo malo es cuando, unos u otros,
partimos previamente, de encontrarnos en posesión de la verdad, y desde ese
púlpito ventajista, intentar imponerlo a cualquiera que no seamos nosotros
mismos. En cualquier dirección que miremos nos han de faltarnos ejemplos para
considerar que, bien nosotros mismos o cualquiera de nuestros vecinos,
hubiéramos quedado bastante más guapos, si antes de dejar caer el definitivo
hachazo de la sentencia que llevemos entre manos, mantengamos en alto la
palabra final, el dedo o el martillo, depende en cada caso y entendamos que
ninguno somos un espíritu puro, libre de contaminaciones, para considerarnos en
posesión de la verdad y capaces de imponerla al primero que se nos ponga
delante.



Gran fracaso, prometimos mejorar al mundo y no pudimos, no lo dejaremos igual que como lo encontramos, sino peor. No imaginábamos que habría monstruos imposible de vencer que destruirían todo.
ResponderEliminarUn abrazo.