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domingo, 7 de agosto de 2022

FRENESÍ


         El 15 de marzo de 2019 se nos paró del mundo conocido. Le llamamos covit 19 y desde entonces hemos tenido que aprender a vivir de otra manera: a ignorar cosas que creíamos saber, a salir y a entrar de nuestras casas con permiso, como si estuviéramos en guerra, a ver morir a nuestros vecinos sin que supiéramos por qué, a tomar conciencia de que no éramos más que pobre gente al albur de un virus que no podíamos ni ver, que nos traía y nos llevaba a su antojo, que al parecer venía de China pero que saber, saber…, nadie sabía a ciencia cierta. Éramos conscientes como nunca de que estábamos en pañales en pleno siglo XXI. Nos pusimos entonces como corderillos indefensos a hacer lo que se nos mandaba, conscientes de que quien lo hacía no sabía lo que hacía, pero sin tener a la mano otra alternativa que la de la simple obediencia. Me da escalofrío recordar aquellos momentos pero quiero ser fiel con mis recuerdos y, por más que miro, no veo más que lo que acabo de decir. En realidad falta una cosa que no he dicho hasta el momento: la voluntad sin límite de medios de encontrar una vacuna cuanto antes que también se puso en marcha por entonces.



         Todo fue nuevo. En el plazo de un año pasamos de la desesperanza absoluta a encontrar un punto de luz al final del túnel. Le llamamos vacuna. Nos tiramos como locos a recibir vacunas, siempre entendiendo en qué mundo vivimos y sabiendo que irían primero los que pudieran pagarla y que el resto, la amplísima mayoría de pobres, estaría a la espera, para cuando les tocara. Sé que hoy paso por todos los dramas de puntillas. No quiero detenerme en ninguno para poder ofrecer el proceso completo, que es lo que me interesa. También hubo entre los ricos quienes dijeron que las vacunas no servían para nada. Todavía hay quien lo dice y se le respeta su derecho. El señor Trump llegó a decir que la mejor vacuna tenía que ser la lejía y él solito elucubró que si la lejía limpiaba por fuera, si nos la bebíamos podría limpiar por dentro. Hoy sigue diciendo barbaridades parecidas aunque ya lleva en su cuerpo todas las vacunas a las que ha podido acceder sin límite de dinero.



         Hoy el covit 19 sigue con nosotros con el nombre de ómicron. Los que hemos tenido el privilegio de recibir las vacunas que se han prescrito, en mi caso tres, nos sentidos inmunizados. Pese a las controversias verbales, que no han desaparecido en ningún momento, la vacuna es el antídoto de garantía para lograr sobrevivir al virus que nos sumió en lo desconocido hace algo más de dos años y que hoy hemos aprendido a convivir con él, utilizando algunos medios que la ciencia ha puesto en nuestras manos y que el mundo rico no ha tenido empacho alguno en usar en su propio beneficio. Ya no hay números que digan ni siquiera por dónde vamos vacunando, quienes faltan y en qué momento les va a tocar recibirlas. Tampoco veo que estemos muy preocupados por eso. Han llegado volcanes, guerras, fuegos y demás calamidades, se han colocado por encima del virus y nos hacen ver, como si tal cosa, que nunca ha existido. Parece que tenemos memoria de pez.



         Este verano algunos han insistido en que estábamos en la séptima ola, si bien es cierto que el bicho ha caído en la insignificancia y ya la gente lo maneja como quiere, lo trae y lo lleva y no se siente en la obligación de comunicarlo. Podríamos empezar a decir que nunca existió si no fuera porque parece que nos hemos vuelto locos. Queremos viajar a todos los sitios, bañarnos en todos los ríos, comer en todos los restaurantes, lucir todos los últimos modelos y todo lo queremos hacer a la vez, como si el tiempo hubiera desaparecido de nuestra memoria y nos hubiera secuestrado las secuencias, que la prisa no era buena consejera, que después de un momento venía otro y que no por mucho madrugar amanecía más temprano. Estoy seguro de que es la propia angustia de nuestra insignificancia acumulada la que está reverdeciendo para que volvamos a sentirnos dueños y señores de este mundo que vuelve a ofrecérsenos a nuestra disposición, cuando creíamos haberlo perdido desde aquel fatídico marzo de 2019. Ojalá hayamos aprendido algo. 


    

1 comentario:

  1. Excelente reflexión en este nuevo artículo, mi más que querido Antonio.
    Gracias por compartir.
    Feliz domingo.
    Besos

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