Creedme,
no sé cómo empezar. Vienen tres barcos. El primero que ha arribado a puerto se
llama Dattilo y es tan italiano como la orden de que no podían desembarcar en
ningún puerto de su país. Quiero pensar que los pequeños vendrán en él y que
por eso serán los primeros que están
desembarcando en este momento en
Valencia. El resto lo harán a lo largo de esta mañana. 120 niños solos han
dicho. Cómo habrán dormido. Qué habrán desayunado. ¿Sabrán a dónde llegan? Hay
un ejército de 2300 personas que los está esperando, seguro que llenos de amor
y de rabia como yo, que estoy aquí, solo, escribiendo sobre el tema y llorando
de impotencia porque mi cabeza no acepta la situación que veo pero metido en
ella hasta las trancas. Por El País me entero que uno de ellos se llama Abdulrahman Donald y que nació en Libia
hace cinco meses. Nadie como él más ciudadano del mundo, pero vaya mundo el que
le ha tocado. Es afortunado porque tiene una madre junto a él, que le dará calor
y tal vez teta. A su lado hay otros que igual no saben ni su nombre.
Tanto dolor se alberga en mi costado, que
por doler me duele hasta el aliento, decía Miguel Hernández en su ELEGÍA A
RAMÓN SIJÉ. Es lo primero que se me
viene a la boca. Lo segundo es el recuerdo de aquellos miles de niños nuestros
que hace 80 años salieron en un barco huyendo de nuestra guerra y que los
esperaban en el sur de Rusia con todos los honores, seguramente con la misma
buena fe con la de los que esperan en Valencia. Fueron para un tiempo limitado
y la mayoría se quedaron para siempre. Allí fueron siempre los españoles y los
que volvieron fueron los rusos y eran tan nuestros como nosotros, como Abdulrahman, como la primera mano que lo
toque, una vez que desembarque. Personas a fin de cuentas que vagamos de aquí
para allá sin otra certeza que la de haber nacido y que otro día nos iremos de este mundo.
No quiero quitarme de la vista la foto
de los nuestros porque ya he escuchado que no son los únicos, y es verdad. Que
a ver si esto va a ser un efecto llamada y se nos van a colar todos y es un
peligro real, pero creo que la cuestión no es esa. Prefiero dejar por un
momento a Abdulrahman y volver a nuestro barco, que tuvo la suerte de no andar
por el mar sin saber a dónde ir como el Acuarius, sino que el gobierno ruso
estaba esperando a nuestros niños como agua de mayo y los atendieron como al
dios en el que no creían. !Qué suerte¡. Pero ni a los niños españoles ni a Abdulrahman
se les ha preguntado qué querían ellos. Lo mismo les importaba un pito un país
que otro y lo que deseaban es una caricia por la mañana y otra por la noche, alguien
a su lado que les sonriera de vez en cuando y que los arropara para dormirse en
paz. Es verdad que este barco no es la solución al terrible problema
humanitario por el que atraviesa el mundo, como tampoco lo fue el barco que
sacó a los niños españoles de la guerra.
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80 años después |
Cómo se complica todo cuando no se
acepta lo sencillo. Cada uno de estos menores que hoy llegan sin rey ni roque
al puerto de Valencia no han pedido venir. Tampoco pidieron los niños españoles
que les embarcaran y los llevaran a un país completamente extraño para ellos.
El problema es qué hacer con este tipo de situaciones en las que un pequeño
nace en el camino porque su madre está huyendo para salvar su vida o se embarca
porque en su país han decidido matarse y los militares se levantan en armas
contra el gobierno al que juraron defender y organizan un guerra que llena de
muertos la tierra y de ruina a la población. Ciudadano Abdulrahman, he aquí a
un abuelo al que seguramente no conocerás en tu vida, que ha conocido tu nombre
y que pensando en tí prefiere recordar lo que pasó hace 80 años con sus vecinos
a los que llama Paco o Lupe, cuya patria fue España y terminaron su vida en Rusia
por estas cosas de la vida.
Supongo que lo de "afecto llamada" ha sido un trueque involuntario de una a por e; pero yo lo voy a dar por un trueque voluntario: y es que cambia tanto el sentido al decir afecto llamada, que esa expresión xenófoba, que adjudica a esa buena gente llena de amor y rabia la responsabilidad de la inmigración, se convierte en una expresión solidaria de acogimiento a los que han de huir de su tierra.
ResponderEliminarEsperemos que este afecto llamada de los barcos que están llegando a Valencia no se quede en flor de un día y nuestros puertos no sigan cerrados a cal y serpentina.
Al minuto de leerte lo corregí porque en efecto era una errata. Lo que pasa es que al haber montado tú el contenido del comentario sobre el error inicial no tengo más remedio que adherirme a tu argumento con el que estoy de acuerdo en su contenido, aunque mi intención era mantener en todo momento la similitud con los NIÑOS DE LA GUERRA españoles y su aventura en Rusia. Me tortura nuestra falta de memoria culpable. Un abrazo
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