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domingo, 30 de octubre de 2016

MUERTOS


         Empieza a quedar hasta anacrónico decir que esta noche pasada, en que para más inri hemos tenido que atrasar los relojes y encontrarnos esta mañana con una hora de más, el mundo católico en el que nos movemos festeja la noche de Todos los santos, del recuerdo a los muertos, vamos. Lo que pasa es que ya parece que eso es historia porque fieles a las leyes de la publicidad y del mercado lo que se ha festejado esta noche no ha sido otra cosa que Halloween,  impuesto definitivamente desde el mundo americano y haciendo que, aparte de que los jóvenes terminen integrados por completo por ese discurso dominante, releguen sus raíces cada vez un poco más al mundo del olvido y se distancien de los esquemas de comportamiento que venían vigente en esta cultura.

         Cuando yo era pequeño se festejaba el uno de noviembre como día de todos los santos y el día dos el de los difuntos. En realidad los dos días estaban dedicados a los muertos pero parece que el primero era para  los muertos de lujo y el segundo para los de andar por casa. En mi pueblo un grupo de niños nos instalábamos  en la torre de la iglesia y durante las 48 horas nos dedicábamos  a tocar a muerto cada media hora. En el campanario conocí  las lechuzas porque había un nido y pude comprobar la maravillosa suavidad de su plumaje. Nunca he tocado algo así. No me extraña que vuelen y que apenas se escuche su desplazamiento por el aire. Mientras algunos nos dedicábamos a tocar a muerto, otros nos paseábamos por el pueblo con una banasta  al grito de
                               Los angelotes,
                                Del cielo venimos.
                                Uvas y melones,
                                 De todo pedimos.
Con las banastas repletas de frutos de otoño nos manteníamos en lo alto del campanario durante los dos días de recuerdo a los muertos.

         Otro rito indispensable era la visita al cementerio en la que, mientras los adultos se dedicaban a limpiar y dar lustre a los espacios donde dormían el sueño eterno sus familiares difuntos, los niños recorríamos todo el marasmo de tumbas desordenadas,  ilustrándonos con nombres y edades que terminaban ilustrándonos con las costumbres y los tiempos del ayer. Recuerdo con toda nitidez que alguien que había muerto a los 54 años, por ejemplo ya era considerado como una persona mayor  y la categoría de ángel estaba reservada para aquellos que hubieran fallecido con menos de diez años. Algunos podíamos recordar cómo había sido su entierro con las cajas blancas y llenas de flores acompañando al muerto. Los cadáveres adultos iban con la caja oscura, cerrada y a hombros de cuatro o seis hombres. Los de niños eran llevados entre cuatro, pero sujetos con dos grandes toallas, abiertas y con un familiar llevando la tapa blanca para cerrarla en el último momento. Es un recuerdo muy claro porque la muerte de los niños era relativamente frecuente. Confirmo hoy cómo el valor de la vida no es el mismo que el de entonces, del mismo modo que no tiene nada que ver en este espacio que vivimos con el que se tiene unos kilómetros más abajo.


         No quiero que nadie piense que me estoy dedicando a valorar nuestras tradiciones del ayer por encima de las de hoy. Solo quiero dejar constancia de las que vivimos por si alguien puede tener interés en conocer de dónde venimos. Como no teníamos chinos donde comprarlo todo barato, pasábamos las tardes ahuecando con una cuchara los melones o las calabazas para, una vez limpios por dentro, rallarles en la corteza figuras simples que se hacían visibles por la noche, una vez que encendíamos una vela que le pegábamos por dentro en la base. Un hilo que permitía que los lleváramos colgando y a dar farolazos a diestro y siniestro por las calles. La muerte siempre ha sido y sigue siendo un enigma tentador que nos sigue teniendo en vilo.


domingo, 23 de octubre de 2016

ACCIÓN


         Aunque hablo de este país en el que vivo, España, estoy seguro que en el resto del mundo tendréis a vuestro alcance secuencias parecidas. En cada época se ponen de moda determinadas ideas fuerza con las que la publicidad se encarga de inundarnos para hacer valer determinados mensajes que interesa vender en ese momento. La idea de la juventud como valor supremo, la ecología y el mundo natural como paraíso soñado y al que hoy quiero referirme, la acción como máxima expresión de vida. Me gusta centrarme en puntos concretos porque me parece que resumen claramente la quimera y el sinsentido en el que nosotros mismos nos metemos. No sé si recordáis un anuncio de gusanitos que para su promoción, aparte de otra serie de sandeces que no tienen relación alguna con el producto, terminan el anuncio diciendo que son de queso natural.

         Uno escucha frases de ese calibre y ya no sabe cómo reaccionar. A la que me quiero referir hoy es de personas mayores que para mostrar lo bien que se conservan nos los presentan subiendo una escalera sin fin que suben sin la más mínima dificultad, o se dedican a tirar bocados a trozos de verduras para mostrar los dientes tan saludables o se ve a los abuelos jugando con los nietos y dándoles al balón taconazos que muestran que con ese abuelo no hay quien pueda. Se trata de vender juventud y salud, cosa frecuente pero ahora, un paso más: es que la salud se nos nota en que no podemos estarnos quietos y derrochamos vitalidad por los cuatro costados. Por eso aparecemos bailando sin pasar o corriendo kilómetros y kilómetros o jugando con los nietos y dándoles sopa con ondas con la vitalidad que derrochamos.  Con esos abuelos no sé hasta dónde van a llegar los nietos. Así, en realidad no hacen falta los padres para nada. Mejor que sigan trabajando jornadas interminables porque los pequeños no los necesitan mientras tengan abuelos que después de echarse las pomadas para combatir el dolor son capaces de comerse el mundo.

         Si uno se para un poco a pensar el sentido de la publicidad, mostrar cualquier producto nuevo y hacer que la gente lo conozca para que pueda comprarlo, verá rápidamente lo lejos que estamos del sentido inicial. Creo que vamos saltando barreras y ya mostramos productos que no sirven para nada que no sea satisfacer necesidades que hemos creado previamente. Recuerdo hace unos años que una cadena  de televisión se dedicó a promocionar  el cacao maravillao a base de una promoción intensiva. Los resultados no se hicieron esperar y comenzaron a solicitar el producto de manera masiva y oh sorpresa inesperada, oh desengaño cruel, el hombre feliz no tenía camisa. Pues aquí, lo mismo. No sé a quién se le ocurrió el experimento pero se tuvo que aclarar que aquel producto que se estaba pidiendo en respuesta a la campaña publicitaria resulta que no respondía a ningún objeto real y  que no se vendía más que humo. Más primitivo recuerdo aquel chiste del hombre que iba por la calle vendiendo ¡a peseta, a peseta! Amigo, pero qué vende. Pues nada, pero es barato.


         En esta ocasión me ha parecido pararme en la idea de la acción como salud, como fuerza vital y con el mensaje de que tenemos que correr por el mundo, bailar todo el rato, subir y bajar escaleras sin cuento como si tal cosa y todo para vender una idea de la vida que a alguien le interesa que interioricemos y es la de comernos el mundo a bocados lo mismo que somos capaces de comernos un trozo de verdura cruda sin que se nos mueva la dentadura postiza ni un centímetro. Al final la síntesis del cuento es que nos columpiamos en una vida cuyo arranque y cuyo destino no tiene nada que ver con la realidad sino con lo que le interesa a la estructura comercial en cada momento.


domingo, 16 de octubre de 2016

DISTANCIA


         Hasta donde sé la manifestación de afecto es la cercanía, la caricia, el susurro, el beso y la satisfacción de los cuidados que la persona dependiente necesita: alimentación, limpieza, vestido y sueño. Creo haber  contado en alguna ocasión, y si no ahí va, cómo un policía sacó esposada a una pequeña de cinco años que gritaba desconsolada porque era la hora de salir y su madre no había llegado. El centro no encontró, al parecer otra medida ante el mosqueo de la pequeña, que llamar a la policía y ésta interpretó que las esposas eran la mejor solución. Aunque lo parezca no creo que nos hayamos vuelto locos. Sencillamente tomamos un camino y, andando andando, cuando nos damos cuenta nos encontramos con que nos ha llevado a aberraciones de ese calibre.

         Nada sucede porque sí ni de la noche a la mañana. Hace años los niños vivían en la calle y era normal. Hoy, tratando de ofrecerles un clima más seguro, los pequeños viven recluidos en sus casas y para salir de ellas lo razonable es que lo hagan acompañados y a visitas controladas. Consideramos que esa vida es mejor, lo que no quiere decir que no tenga sus problemas. Los niños que viven en la calle, que los hay por millones en todo el mundo forman parte del drama general de la miseria y del abandono sin que su situación tenga nada que ver con ninguna forma de educación sino sobre todo con marginalidad. No creo que haya que argumentar demasiado el drama del abandono infantil y la ausencia de servicios por parte de los poderes públicos para que dispongan de unas mínimas condiciones de vida. Pero no decimos nada del régimen cuartelario en el que viven los que disponen de posibilidades materiales y muchas veces sólo de eso.

         Hemos primado la seguridad por encima de todo de tal manera que no sé si nos estamos dando cuenta de que estamos alcanzando cotas inusitadas de aislamiento y de incomunicación, como si las condiciones materiales por sí solas garantizaran la sensación afectiva de gozo y de la cercanía física imprescindibles para sentirse querido y para valorar la situación de vida como dichosa. Y parece que no tiene mucho que ver una cosa con la otra o, al menos, no hay una relación directa entre la satisfacción de las condiciones materiales y la sensación interior de sentirse una persona aceptada y querida. No quiero dar a entender que el empeño por conseguir mayores cotas de seguridad sea algo que haya que desecharse. De ninguna manera. Lo que sí digo es que ninguna particularidad en la vida, por sí sola,  es capaz de suplantar al conjunto de aspectos que son imprescindibles para lograr una sensación de bienestar, que está compuesta de muchas particularidades que han de producirse a la vez y en armonía.

         Aunque en este momento no tengo responsabilidades profesionales con la primera infancia lo cierto es que no soy capaz de imaginar el desarrollo de un proceso educativo en los primeros años de la vida que no pase por la cercanía física, por el roce, por las caricias, por los besos,  al mismo tiempo que por una responsabilidad en la disciplina, indispensable para que las normas básicas de la convivencia sean respetadas y todo el mundo entienda que necesitamos cumplir una serie de obligaciones si queremos vivir juntos. Lo que pasa es que si lo que vamos buscando es la seguridad absoluta y a ella estamos dispuestos a sacrificarlo todo, no me extraña que cualquier día nos veamos esposando a cualquier pequeño, sencillamente porque no nos obedece cuando nosotros queremos. No creo que aquel poli tuviera sensación de estar haciendo algo malo o inadecuado. Sencillamente no encontró otro recurso que estuviera en su mano para salir del embrollo en que lo había metido el centro que reclamó sus servicios.      


domingo, 9 de octubre de 2016

DEBERES


         Con el paso de los años me voy dando cuenta de que en educación como en moda o como otros aspectos, presentes en el devenir de la existencia, se van haciendo recurrentes. Siempre están presentes  aunque en unos momentos se acercan, en otros se alejan, se hacen prioritarios o casi desaparecen del discurso dominante. Así vemos modas que se vuelven a ver y que rompen,  cuando nacieron hace veinte años. Lo mismo pasa, por ejemplo, con el tema de los deberes entre los asuntos que conciernen a la vida escolar y ahora es un tiempo en el que hablamos de deberes por España como si el tema fuera nuevo y nunca hubiera estado en el candelero.

         Hoy lo que toca es decir que no hay que echar tantos deberes a los niños porque son demasiadas horas con la escuela a cuestas entre las horas de clase y la gran cantidad de encargos que han de cumplimentar en sus casas para llevar al día la cantidad de estudio que se les propone. Se adjuntan una serie de argumentos de índole psicológica por los cuales conviene seguir los consejos de eliminación de deberes, sobre todo en los primeros años de la escolaridad. No seré yo precisamente el que se ponga a defender los deberes aquí, cuando no los he defendido nunca ni se los he puesto a mis alumnos. Lo que sí hago es reirme conmigo mismo y reconocer que nos repetimos  más que las campanas del reloj de la iglesia de mi pueblo, que siempre  da las horas por dos veces por si no nos enteramos con la primera vez.

         Alguien que tiene influencia en el discurso dominante parece haberse dado cuenta de que no es verdad que el llevar a casa cada tarde una serie de obligaciones extras no quiere decir ni que aprendas más, ni que saques mejores notas, ni que tu educación sea más competitiva en los distintos ranquin s  internacionales que salen a la luz cada año y en los que, al parecer, no mejoramos demasiado por más deberes que impongamos. Pero esto a mi me suena ya a viejo. Allá por los setenta recuerdo una guerra parecida en la que los jóvenes maestros que nos habíamos incorporado a la docencia hacía poco logramos que desapareciera del mapa el concepto de deberes y los estudios dirigidos a los que se sometía a los pequeños como suplemento de sus actividades regladas. A los premios nóveles que habían de salir como resultado de tanto sudor nos cansamos de esperarlos en aquel tiempo y parece que ahora también nos hemos dado por vencidos.

         Es más, las cabezas más laureadas ,  que aportaron y siguen aportando hitos para el progreso científico o de cualquier otro tipo, fueron en su momento y lo siguen siendo hoy, personas que cubrieron su etapa de educación primaria, ignorados o enfrentados claramente a la estructura y no brillaron o progresaron directamente  marginados de los planes de estudios sin que el conocimiento de sus casos concretos parezca habernos llevado a algún tipo de reflexión que nos conduzca a modificar en alguna medida la estructura educativa en la que nos desenvolvemos. Con lo cual, lo único que con tanto vaivén parece que vayamos a conseguir es un pan como unas hostias, arreglar ahora, una vez más el asunto de los deberes para calmar los ánimos y esperar a que pasen otros pocos años hasta de que de nuevo nos pongamos a competir sobre quién sabe leer más y más pronto, si mi niño o si el vecino de enfrente.

         Seguiremos con nuestro discurso convencional y cuantitativo hasta que de nuevo nos demos cuenta de que nuestros nuevos niños se encuentran agobiados por desenvolverse en la estructura escolar que no entiende otras razones que de las de ofrecernos a los adultos una vida cómoda, aunque, como siempre, ignore a los pequeños y a sus manera de progresar y crecer.  


domingo, 2 de octubre de 2016

AVENTURA


Los nombres que aparecen aquí son reales. Me interesa que así sea para que yo asuma la responsabilidad de que estoy hablando de sucesos reales y de personas concretas. Al mismo tiempo aspiro, lo he dicho otras veces, a que mis textos tengan la credibilidad para quien se acerque a ellos de ser referencias ciertas de la vida. Como mis hijos son mis críticos más implacables, cosa que  agradezco para que no se me suban los humos, me objetan que alguien de los referidos se pueda sentir molesto. Hasta ahora no se me ha presentado ningún caso así pero si alguien me objetara preferiría decir que cualquier referencia con la realidad es pura coincidencia para que no se sintieran aludidos aunque el contenido creo que seguiría siendo el mismo.  De ese modo es como puedo pensar que estos trabajos y reflexiones tienen algún valor para mí.

         Maika acaba de tener una hija que le ha cambiado la vida a ella y a su familia. Todos los hijos lo hacen de alguna manera, pero la de Maika ha surgido a este mundo para poner a prueba a sus padres, al mundo, a la ciencia y seguro que también a ella misma y a la resistencia humana. Salió del hospital después de advertirles a los padres que no contaran con ella porque no tenía las condiciones mínimas compatibles con la vida y, desde que se encuentra en casa, cada día es un poema, como un mundo ganado para la vida. Estoy seguro que si en los primeros momentos la niña hubiera fallecido su familia hubiera sufrido un enorme desgarro pero también estoy seguro que cada día que pasa, si se produjera la muerte el desgarro sería más dramático porque ese ser que ha llegado a este mundo con tantos problemas para la actual medicina se va dotando de fuerzas para agarrarse a la vida que no le llegan precisamente de los conocimientos médicos, que por supuesto que tiene los últimos avances a su disposición, sino por el afecto que recibe y que hace que esa persona disponga de argumentos para seguir viviendo.

         Podríamos  detallar  los problemas por dar una idea de lo que hablo pero quizá no aporte mucho al contenido de lo que quiero enfatizar que no está relacionado con los avances de la medicina, bien conocidos por todos, aunque depende mucho del lugar donde hayan nacido. Hace dos día veía cómo un soldado rompía a llorar desconsolado cuando se vio con otra niña de un mes en los brazos que acababa de sacar  de los escombros de Alepo después de uno de los interminables bombardeos. Estoy seguro que cada contendiente en este cruel y larguísimo conflicto tendrá sus argumentos para sostener sus posturas pero no puedo entender qué argumento puede justificar una secuencia como esa. Podríamos poner más ejemplos de los dramas que nos azotan hoy y que no se fundamentan más que en la injusticia y en la crueldad. Quiero volver a la hija de Maika  centrándome en la aventura tan brutal que con ella ha entrado en esa familia y por extensión en todos los que van a tener relación con ella cada día de vida que cumple. Supongo que puede bastar como información el saber que los médicos le han insistido a la familia que no cuenten con ella.


         La vida es un milagro en cada caso. Algunos venimos diciendo algo parecido desde hace muchos años y lo hacemos desligándolo  de cualquier relación con las deidades que, con todo el respeto a quien no piense como nosotros, no nos incumben. Pero si cada ser humano es un milagro, que lo es por la cantidad de posibilidades que tiene para frustrarse y aquí tenemos al planeta abarrotado de milagros, ahora que tan de cerca me llega la problemática que aporta la hija de Maika, no se me ocurre más que ratificar la afirmación y ser consciente de que cada día de vida para esta niña es una aventura para todos, especialmente para los suyos.


domingo, 25 de septiembre de 2016

PRINCIPIO


         Junto a la puerta de mi casa  hay una frutería de la que me nutro habitualmente y mantengo una relación frecuente y fluida con las tres dependientas. Una de ellas está de baja porque acaba de parir hace un par de meses,  después de un embarazo complicado a lo largo del cual ha engordado muchísimo. No puede dar el pecho a su hijo que pesó menos de tres kilos al nacer porque los medicamentos que está tomando pueden afectar a su leche materna. Casi todos los días se pasa por la frutería con el carrito y con el bebé. Sus compañeras me dicen que está insoportable, que parece que nadie ha tenido un hijo hasta que lo ha tenido ella y que no hay más niño en el mundo que el suyo.

         Afortunadamente algunos usamos tiempo para hablar  con las dependientas de la frutería. Podemos preguntarnos por la salud y contarnos en cómodos plazos cotidianos las incidencias de nuestras vidas. Ahora se lleva la palma el hijo de la Johana porque todos los días aparece en algún momento y no para de contarnos la vida y milagros de ella con su hijo y de su hijo con ella. Las compañeras están hasta el gorro porque parece que no ha nacido ningún hijo en el mundo más que del suyo. Sé que no me pueden escuchar ni ellas ni la madre del recién nacido pero yo intento añadir detalles de los pequeños por si sirviera,  pero me doy cuenta una vez más que Johana, la madre primeriza,  no me escucha. Quizá no puede escucharme o tal vez es eso exactamente lo que tiene que hacer. No ve nada en estos momentos que no pase por su hijo. Las propias complicaciones de su embarazo, que no han sido pocas,  hacen que todavía se vuelque más en su hijo y sus compañeras, aunque no se lo dicen a la cara,  se quejan de que parece que no hay otro niño en el mundo  más que el suyo.

         Estoy seguro de que no es verdad pero tampoco es mentira. En la vida de una persona desde que es concebida se reproduce en cierto modo la historia del género humano y cada uno hemos sido lo único en el mundo al principio de nuestra vida. Nuestros apegos afectivos se han fundamentado en que para alguien hemos sido lo más importante del mundo y lo único. El paso del tiempo nos ha ido cambiando de lugar en la relación con los otros. Hemos ido aprendiendo que no éramos lo único que había en el mundo pero esa sensación de ser lo único nos ha fortalecido y nos ha aportado la seguridad imprescindible para crecer. El refrán nos dice que no hay mal que cien años dure, ni bien tampoco. A medida que crecemos, tanto nosotros como quien nos cuida,  nos vamos dando cuenta de que el mundo sigue ahí, que no somos el mundo pero que sí formamos parte del mundo y vamos asumiendo nuevos equilibrios en los que nuestro papel dentro del conjunto va cambiando.  De ser lo único que existe en los primeros momentos, por un proceso de desgarros permanente, nos vamos alejando de ese centro inicial mentiroso pero imprescindible para ocupar cada día un papel más alejado hasta llegar a ciertas edades en las que, sencillamente, desaparecemos del mapa.


         Sin embargo las primeras sensaciones no se olvidan jamás. La buena educación sería la que fuera capaz de ir aceptando los distintos papeles que la vida nos tiene reservados a medida que nuestro tiempo va pasando y llegado el caso, desaparecer sin dramatismo sino como parte de un proceso natural. En cierto modo eso es lo que hacemos, aunque no siempre de buen grado. Lo que más echamos de menos son justamente esos momentos en los que hemos sido todo para alguien y en cualquier época de nuestra vida podemos reclamarlo con pasión como si fuera el momento más deseado y que nunca terminamos de olvidar.


domingo, 18 de septiembre de 2016

CONTRASTES


El lunes pasado, día 12 se habló de record histórico de temperatura en un mes de septiembre 40 grados y dormí destapado y con la ventana abierta. Al día siguiente, martes nos encontramos con 20 grados menos. Imposible para el cuerpo adaptarse a semejante diferencia. Tuve que salir a cenar con unos amigos de Cantabria y no supe qué ropa ponerme. Pasé frío en la calle, llovía para más inri después de más de dos meses sin ver una gota y cuando volví a la casa era curioso que en la calle casi tiritabas y dentro de la vivienda los materiales no habían tenido tiempo de adaptarse a la nueva situación tan repentina y seguía haciendo el mismo calor que el día anterior. Calefacción natural, al menos durante unos días hasta que el fuerte frío se modere, como ha pasado, y el calor se vaya de los muros poco a poco, como está pasando también.

El comienzo del curso en medio de esta enorme amplitud térmica tan repentina que fácilmente puede dar lugar a resfriados masivos porque ni siquiera la conciencia de las familias se acopla a las situaciones de la noche a la mañana en sentido literal. Supongo que todos los lugares tendrán en momentos determinados cambios bruscos pero sí tengo claro que esta Granada en la que vivimos es un poco ciudad de contrastes, de grandes contrastes.  Aunque este año se haya notado de manera especial, no es raro vivir en el plazo de un día, amplitudes térmicas de más de 20 grados y los cuerpos no pueden estar preparados sin resentirse para semejantes vaivenes. Muchas veces nos pasa que vas a salir a la calle y no sabes lo que ponerte porque seguro que vas a encontrar inadecuado parte del vestuario en algún momento del rato que vas a permanecer en la calle. Y esto hace que las personas nos formemos un poco dentro de esas condiciones y asumamos una personalidad de contrastes también porque a fin de cuentas somos una unidad con el contexto en el que vivimos.

Yo hablo de este espacio y de sus caracteres límite pero estoy seguro que cada uno podría contar situaciones parecidas de su contexto vital. Recuerdo de estudiante cuando se nos contaba que los niños rusos tenían recomendado abrigarse convenientemente pero salir a la calle cada mañana al menos media hora con temperaturas de menos 20 grados en invierno para que sus cuerpos se fueran acostumbrando a lo que para ellos era una manera de normalidad, la de convivir con el frío. Estoy seguro que por el centro de la tierra habrá países y situaciones relacionadas con el calor con desniveles semejantes. Al final somos capaces de adaptarnos a muchas diferencias y yo no estoy reflejando la de este año sino por el hecho de lo repentino. Objetivamente todos los años vivimos adaptaciones semejantes y ya estamos acostumbrados. Lo que extraña y nos toma de sorpresa es el hecho de que se produzca en tan corto espacio de tiempo.

En esos momentos tan accidentados no es difícil que los cálculos se nos desborden y los cuerpos se resientan porque estamos desprevenidos para tanta agudeza. Han pasado unos cuantos días y ya hemos interiorizado que el verano se ha ido definitivamente por este año. Este fin de semana las temperaturas se han templado un poco hasta niveles más o menos habituales.  Esperamos, como siempre, la llegada del veranillo de los membrillos antes de final de septiembre y despediremos el calor hasta el año próximo,  cumpliendo un nuevo ciclo vital de los muchos que llevamos ya algunos colgados a la espalda. La temperatura y su evolución, los colores de la ropa, la comida o el folklore no son más que componentes de una cultura que define nuestras vidas y nuestras maneras de ser y de pensar. Por eso la diversidad no es más que la riqueza de ser distintos unos de otros.