En el cuello, violetas anudadas, el semblante sereno, el paso decidido. Dirección horizonte.
Por la mañana lumbre, acorde con los rayos primerizos. Cada paso de tiempo, lejanía. Hasta la muerte te define.
La niebla, presidenta de la tarde, atempera la voz con que te llamo sin que puedas oírme No importa. Tu reino sigue en pie, al alcance, tan solo, de tus pasos.
Nocturno de silencio y agonía : el mismo plano de la luz que muere y el sagrado sepulcro de tu boca.
Las ondas de tu cuerpo se acomodan bajo el calor de hogar de las estrellas.
¡El impacto me deja de una pieza!. Nadie acude en mi auxilio. Estoy tendido. Me siento apenas vivo pero no tengo memoria. El acontecimiento sólo encierra destellos, resplandores, vacíos, añoranzas.
¡Por dónde despertar, qué ver por la mañana!. ¡Tánto sueño de caballo que relincha convertido en madera en un instante, perlada de oropeles, para batir delirios de escarcha y de granito!.
Como un sonámbulo, extasiado, sin moverme, protagonizo espantos que siento desde lejos: ilumino oscuros tramos de miseria, abro la tienda del horror y de la muerte, ofrecezco telarañas como dádivas selectas, dispongo escaparates a base de machetes, cabezas degolladas y barcos del olvido...
¡Qué significa este idílico paisaje que se cruza y pretende confundirme con nieve transparente en las montañas y arroyos cristalinos que ruedan presurosos, si el fondo es el abismo de un mundo sin destino y los matices francotiradores que disparan desde cajas de zapatos!. ¡La atención se me nubla con el rojo de la sangre!. ¡No me cabe en el cuerpo el emblemático mensaje ni la prístina lección edificante!.
Vuelvo grupas de nuevo y encaro otro principio. ¡De nuevo el mismo sol, la misma luna inmaculada, la misma incógnita esencial y otra vez la quijada abriendo brecha cuando ya nada puede ser lo mismo!.
Apuntaba primavera Iban juntas las cinco de la tarde Y la mitad de Europa trasluciendo Miserables sonidos, que llegaban de lejos, Desde el acordeón hasta mi expectativa.
Esperaban mis ojos cercados por la duda Abiertos tantas veces y vencidos por sistema Pero nunca cerrados a la vida. Fijos siempre en la luz de cada día Y dispuestos otra vez a la sorpresa.
Mi palabra no bajó del infinito Seguramente el arma más brillante, Compañera más fiel, siempre dispuesta Para abrir los recodos de ignorados caminos Sacando luces nuevas, alumbrando penumbras Con su dardo certero e implacable.
Hay sonidos que encienden una tarde, Efluvios penetrantes que te buscan Hasta encontrar con ansia tus raíces Y hacer que se levante tu espíritu maltrecho Como si tu alimento fuera el aire.
Te encontré. Nos hablamos Y partimos sin saber hacia dónde ¡con tanta desazón a las espaldas¡ ¡con tanto fuego retenido tras los pliegues!. Mirábamos sin ver, huíamos del silencio Y alcanzamos nuestros cuerpos Como si de un destino se tratara: Un hogar, una patria, un continente En el que hemos vivido desde entonces.
Estudié con detalle la oferta de tu nombre : calibré sus dimensiones, me hundí en sus fundamentos y terminé perdido en añoranzas.
Para evitar las culpas posteriores me revestí de escarcha los ojos y el cerebro no fuera a traicionarme, bien el fuego de tus ojos o la nomenclatura incompleta de tu cuerpo.
Duramente acorazado, puro filo de cuchillo, metal puro, diseccioné con rigor los argumentos, fabricando columnas de gozos y de llantos a cada lado del papel escrito. En el centro, flotando, tus palabras cada vez más lejanas, perdiendo su soporte. Me queda en la memoria el rictus de tu boca, una imagen ambigua, pugnando inútilmente por mantener algún flanco de defensa.
Pero no fue posible. El juicio equidistante, cayó como una losa entre nosotros, rompiendo cualquier duda, mientras enarbolaba con firmeza la sentencia. Su implacable balanza no admitió otro lenguaje que el delirio de los datos, sumando, dividiendo, totalizando resultados y ofreciendo las cifras, limpiamente, siempre en la parte superior derecha.
Regreso de tus manos ondulado. Un plácido delirio terciopelo me circunda como el agua de la vida, mitad ola, mitad canción de cuna.
El gozo de tu carne disloca mis sentidos. Golpea la rigidez de mi amargura que quiebra en tu caricia y funde indisoluble con pálidos anhelos disecados de tiempo.
De su agridulce mezcla y el concurso indispensable de tus dedos nazco de nueva luz.
Germina en mis entrañas tu celo codicioso en forma de horizonte. Recompuesto, de una pieza, me someto a la dicha como a la muerte misma, cada noche, para alcanzar el sueño.
Has hendido mi carne hasta la médula incrustando en sus células insólito fervor, no sé qué de caracola, de recuerdo cercano que al momento identifico.
Es una nueva puerta ante mis ojos: contigo de la mano, un nuevo reto. Es el tiempo desdoblado pidiendo nuevamente paso.
Flagrante punto y coma, estela de paréntesis soñando con linderos, paisajes congelados en forma de cuadrícula, filamentos de pluma como restos impolutos, sin alma interrogante.
¡Cada letra, cada signo como una espesa muerte entre comillas!.
¿Quién montaña, quién roble, quién aroma que justifique la materia putrefacta para este falso lago pestilente?.
Un palmo más arriba, otra linea que amenaza: el punto impenitente enarbolando su fuerza incontenible, amasijo de silencio, mensaje sin futuro, desde una mezcla inútil de mecanografía.
Si quiere demostrar, que surja, exclamativa, la figura hierática del sueño, que se exponga a la luz y al calendario, que publique sus reglas y desvele lo que oculta en las tinieblas.
¡Para qué tanto alarde sumergido, tánto gasto de vida entre las sombras: suponiendo, deformando, confundiendo, cuando al fondo se percibe la tristeza y un puñado de anhelos solitarios!.
Pero cómo dejarme llevar por espejismos, por hermosos que sean, cómo no darme cuenta de los días que pasan, de la huella del tiempo clavada en cada poro de mi cuerpo, de que el río persiste, pero es otra a cada instante, el agua que circula, cómo no ver la misma dimensión de la mirada, que está viendo las cosas, y que lentamente me va haciendo lejano, ajeno, extraño, de manera que lo que un día me correspondió como propiedad particular indiscutible, hoy es apenas un lujo el simple suceso de su contemplación.
Es verdad que la peripecia humana se ciñe a cada instante, de manera que fácilmente niega lo que ignora, que ni siquiera afronta lo ignorado como parte de lo presente, que fuerza la realidad hasta el punto de que sólo ve lo que domina, lo que alcanza, lo que toca, pero una cosa es hacerse el loco y usar las muletas que la propia vida te va ofreciendo como soporte para que te apoyes y otra bien distinta creerte que es el día el alumbrado urbano que te ilumina, mientras todos los animales se encuentran ya durmiendo según es su mandato.
Apenas nos está permitido decir adios a cada cosa que hemos visto, a cada persona con la que nos hemos rozado, por amor o por odio, casi da lo mismo. Somos espectadores en este viaje de urgencia que son los cuatro días que la Tierra nos mantiene enhiestos sobre su superficie antes de poseer nuestro definitivo estado en el que nos encontrábamos antes de venir y al que volveremos definitivamente una vez que termine el entreacto este artificial y pasajero, ¡a qué ritmo!, en el que nos encontramos. A poco que nos decuidemos no nos enteramos ni siquiera de que hemos pasado y nos vamos con los dedos agarrotados y encogidos como queriendo atrapar no sé que cúmulo de promesas en las que no se nos ha ocurrido pensar hasta el mismo instante de la despedida. Ni un fugaz beso de amor ni un exabrupto de odio nos es dado, se nos congela en los labios y nos convertimos en estatua de sal sin tiempo siquiera de mirar atrás porque ya no estamos. Como rastro imperceptible, ese engaño en el que nos ahogamos, compuesto de deseos, de gozos y miserias, de risas y dolores, convertido en recuerdo.
En el estrecho margen en el que nos movemos, esa incipiente sensación de fuerza de apenas una llama, cedemos con cualquier excusa nuestra soberanía a cambio de cualquier prebenda, por pequeña que sea, tal vez por miedo a la posesión del tiempo que nos toca, por simple ignorancia de nuestra pobre, pero cierta, vida, o por expreso deseo de no renunciar al imposible infinito, siempre delante de nuestros ojos y de nuestras manos pero siempre inmaculado e inaccesible a nuestras posibilidades.