Voy
revisando a medida que llega una nueva opción de escribir y alguien pudiera
pensar que me dejo llevar por el pesimismo y por momentos hasta por la
desesperación. Mentiría si dijera que no, a qué nos vamos a engañar.
Sencillamente derramas la vista por las secuencias que aparecen en los
noticieros y empieza a darle a uno hasta vergüenza de ser humano. Cada
secuencia nueva que aparece nos hace pensar que aquello de que EL HOMBRE ES UN
LOBO PARA EL HOMBRE ya no llega a ser verdad porque hemos conocido de cerca
los comportamientos de los lobos con los suyos y para nosotros los quisiéramos.
Tengo
una secuencia de mi infancia que estoy seguro que será parecida a otras que
tendréis quienes os detengais un momento a leer. En las fiestas populares las
concentraciones humanas eran frecuentes. Los niños terminábamos soltándonos de
la mirada vigilante de nuestras familias y en un momento determinado buscábamos
el cobijo, bien por cansancio o por dificultades en la relación con nuestras
amistades. No nos lo pensábamos mucho y todos nos hemos visto, no tengo duda,
abrazados a una pierna que creíamos nuestra y no hemos sabido dónde meternos
cuando la cara que nos miraba desde arriba no se correspondía para nada con
nadie de los nuestros. De pronto nos sentíamos abandonados en la vorágine de
gente durante una eternidad hasta que conseguíamos dar con la luz de unos ojos
y unas manos conocidas que nos acogían y nos hacían sentir en nuestra casa,
estuviéramos donde estuviéramos. La secuencia podía durar unos minutos pero hay
muchas eternidades que duran unos pocos minutos.
En los
primeros años de vida las vivencias son inmediatas, lo mismo las buenas que las
malas. Podemos pasar del gozo a la desesperación en cuestión de segundos y los
dos sentimientos se nos producen con máxima intensidad. Eso nos hace sentir a
los adultos que pululamos alrededor de los niños un poco ridículos porque
nosotros ya hemos olvidado esa forma de vivir tan inmediata y tan intensa,
tanto para lo malo como para lo bueno. Los pequeños se suelen desesperar porque
no comprender cómo los adultos no son capaces de sentir con ellos y los adultos
a su vez no paran de reclamar a los pequeños un
poco de calma cuando los ven reaccionando con esas formas tan radicales.
Parece que no hay modo de que se comprendan cuando verdaderamente están muy
cerca los unos de los otros. Sólo los diferencian la cantidad de experiencias
vividas que en el caso de los mayores les ha hecho aprender que los ritmos de
vida tienen que dosificarse porque ni lo blanco es totalmente blanco ni lo
negro es totalmente negro y eso mismo es imposible para los menores que, recién
llegados a este mundo necesitan el blanco limpio y el negro igual para
diferenciar el contenido de sus experiencias.
Y lo
curioso es que podemos estar manifestando nuestras diferencias insalvables de
percepción ante acontecimientos que se pueden estar produciendo en el mismo
momento. Un mismo hecho es imposible que sea percibido con el mismo significado
si lo experimenta un menor o si se trata de una persona adulta. Esto nos debe
hacer pensar que la cantidad y calidad de vida que cada uno de nosotros alberga
dentro de sí es determinante a la hora de relacionarse hasta el punto de que
podemos estar hablando de mundos imposibles de entrar en relación por más que
los afectos intenten acercar posiciones de unos con otros. Es que los mundos
interiores que vamos arrastrando cada uno no pueden ser idénticos y están
determinados por la cantidad de vivencias que llevan en su interior. Esta
realidad nos puede desesperar pero sería más razonable que aceptáramos que
nuestras diferencias nunca son insalvables pero que nuestros acuerdos tampoco
son totales en ningún momento.