Casi
hasta antes de ayer los pequeños han vivido en exclusiva junto a las faldas de
sus madres y apenas les ha llegado información del mundo exterior. Todavía
vemos a pequeños empaquetados como
regalos sin que apenas se les vea otra parte del cuerpo que no sea la cara. Eso
en los países africanos o en los orientales. A nuestro alrededor están pasando
y cruzando a cada momento paquetes como pequeñas momias que debidamente
ancladas en sus carritos, muchas veces con plásticos deformadores por encima para guarecerlos de la lluvia o
del frío, nos miran con caras inexpresivas como si el espacio por el que pasan
y cruzan no fuera con ellos. Esos mismos paquetitos, una vez que llegan a su
casa, se convierten en los príncipes de los que toda su familia anda
mendigándoles una gracia, un gesto, un sonido que suele convertirse en
maravilla y que puede ser celebrado como un hallazgo excepcional.
Desgraciadamente,
entre encorsetamientos y sobrecarga de alabanzas, los pequeños van creciendo en
un mundo que los ignora como personas y que, al mismo tiempo, está dispuesto a
reírles la gracia por cualquier minucia sin mérito alguno. No dudo que esta
manera de estar los pequeños en el mundo sea eficaz para los adultos que han de
cuidarlos pero desde luego, para ellos no. Y es que el mundo está para todos y
para cada uno de nosotros y en cada momento espera y necesita nuestra
intervención, nuestro sello personal, ese que hace que podamos sentirnos todos
incluidos en el proyecto común que conocemos como humanidad. Es cierto que el
aprendizaje de los primeros tiempos de la vida es perceptivo pero eso no
significa que nadie se tenga que sentir al margen. Los pequeños pueden y deben
interiorizar las sensaciones básicas: frío, calor, luz, sombra, penumbra,
viento, humedad…, sensaciones que para ellos son verdaderos tratados de
conocimiento en los primeros meses y grandes lagunas si no los perciben. Hace
falta un gran esfuerzo de los adultos cercanos que son los que les deben
facilitar estas primeras vivencias con la seguridad adecuada.
La
ciencia ha dicho reiteradas veces que hacia los cinco años de la vida hemos
desarrollado más o menos el 70 por cientos de nuestras capacidades, lo que
quiere decir que, o nos damos prisa en dotar a los pequeños de la mayor parte
de sus capacidades de aprendizaje o, sencillamente, cuando queramos acordar,
habremos llegado tarde. Y no es nada del otro mundo lo que se necesita. Son
cosas tan sencillas como que entendamos que la vida la tenemos que vivir cada
uno en primera persona y que no es posible vivir por delegación. La tierra o el
agua serán elementos muy sencillos pero tiene que ser cada uno el que
experimente con sus propias manos su textura y el resto de sus propiedades. No
hay otra posibilidad de conocimiento. Digo el agua como un ejemplo pero
cualquier incógnita de la vida está sometida al mismo proceso. Reconozco que
muchas veces desespera a dios y a su madre pero hasta el momento no hay máquina
capaz de sustituir a la experiencia personal para producir el deseo de aprender.




















