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domingo, 20 de septiembre de 2015

PASTELEO


         Nuestro compañero Manuel Ángel me pide que diga algo sobre el Partido Andalucista  que hace unos días se ha reunido para decidir su disolución después de más de cuarenta años de presencia en la vida pública andaluza y española. Cuando todavía se llamaba PSA, Partido Socialista de Andalucía llegó a tener grupo parlamentario propio de cinco diputados en el Congreso y en las primeras elecciones municipales en Abril de 1979 accedió a las alcaldías de Granada y de Huelva en virtud del pacto de la izquierda: PSOE, PSA Y PCE, que cedió al PSOE a cambio de obtener la de Sevilla, que no había obtenido en las urnas y que le supuso un cataclismo interno y la posterior sangría de militantes. Bandazos de este tipo ha vivido algunos más y la gente ha terminado por darle la espalda y quitarle su apoyo.

         Para nosotros en Granada tuvo dos personas providenciales, Arturo González Arcas, cabeza de lista y alcalde electo y Conchita Fernández Píñar con quienes pudimos iniciar nuestra andadura educativa que nos llevó a crear con apoyo de toda la izquierda encabezada por ellos un Patronato Municipal de Educación Infantil que nos ha supuesto ofrecer a Granada una estructura pública de calidad a través de cuatro escuelas infantiles en cuatro barrios y una sede técnica y administrativa en el centro que llevan desde 1980 ofreciendo a Granada unos servicios educativos de 0 a 6 años  que son testimonio de calidad, de amor a la escuela pública y, todo hay que decirlo, con muy escasa rentabilidad política porque a los distintos poderes no parece haberles importado demasiado aprovechar el enorme capital de una iniciativa de tanto calado y sostenida en el tiempo como un monumento vivo, uno más de los muchos que alberga Granada  que la sitúan en el mapa educativo  nacional e internacional.

         Arturo y Conchita actuaron en su momento como puntas de lanza políticas para convencer a su partido, PSA y a toda la izquierda después, de que había que apoyar una iniciativa semejante que le fue presentada por un importante colectivo ciudadano, que la había tomado de Barcelona que la venía practicando desde 1974, con Franco vivo todavía y que a su vez la había importado de Italia, concretamente de Regio Emilia. Nacimos un poco a ciegas como casi todo lo que nace pero con una firme voluntad de vivir. Hoy, después de mil vicisitudes en el camino, lo que nació entonces con un mar de incertidumbres es una sólida empresa municipal de unos ochenta trabajadores, que se ha ganado un espacio propio en la estructura  de la ciudad y que aporta niveles de bienestar envidiables a cuatrocientos pequeños de menos de 6 años cada curso. Ahora se llama Fundación Granada Educa y, afortunadamente para todos ya forma parte de la historia de esta ciudad que tanto sabe de historia.

         En honor a la verdad hay que reconocer también la labor del tantos años de alcalde de Antonio Jara Andreu que, una vez que Arturo y Conchita desaparecieron del mapa político por desacuerdo con los pasteleos de su partido, tomó la antorcha del proyecto y la mantuvo encendida por encima de las dudas que nunca faltaron sobre la conveniencia o no de mantener semejante proyecto soportado por el municipio cuando en sentido estricto no era una de las obligaciones en sentido estricto sino que más bien se trataba de un pronunciamiento político. La derecha siempre tuvo dudas  y en algunos momentos hasta intentó su desaparición de muchas maneras, si bien hasta el momento lo mantiene a pesar de que cuenta con mayoría suficiente para adoptar la decisión que estime oportuna. El Partido Socialista también ha mostrado muchas dudas a lo largo del tiempo, pero personas como Antonio Jara han apoyado con fuerza y han permitido que esta iniciativa que considero ejemplar enraíce en la ciudad y hoy forme parte de su memoria colectiva.

         En algún momento en que tuve el honor de ostentar su gerencia, 1989 a 1992, hasta tuvimos el atrevimiento de coordinar la estructura pública educativa de la ciudad con objeto de unificar los esfuerzos y dar más coherencia a los servicios pero el intento parecía demasiado arriesgado y tuvimos que volver a nuestros cuarteles por falta de fuerzas.  


domingo, 13 de septiembre de 2015

IMPOSIBLE


         No sé si alguien es capaz de cambiar de un asunto a otro con toda naturalidad de la noche a la mañana. Yo quería volver cuanto antes a nuestro tema central y mencionar el comienzo del curso con sus avatares propios pero no he podido. Tengo entre ceja y ceja el tema de los desplazados y, por ahora, no me deja centrar la atención en otra cosa. Bueno, sí. Pudiera parecer que no hay en el mundo desplazamiento como el de los sirios, sencillamente porque han puesto el icono de su mártir de tres años ahogado en las playas de Turquía. Pero no es más que una casualidad que no debe llamarnos a engaño. Para ilustrar mi texto ofrezco testimonios gráficos de los refugiados españoles de nuestra sanguinaria guerra civil que, por cercanía los llevo especialmente clavados en mi corazón. La segunda es de la Guerra de los Balcanes aquí, detrás de la puerta en el espacio y en el tiempo que no sé si ha terminado todavía aunque ya no se escuchen los bombardeos y la tercera puede ser de cualquier lugar del África negra, que lo mismo da, porque se llama miseria esté localizada donde esté. Podríamos seguir pero me sirven los ejemplos para abrirnos la mente sobre la extensión de la injusticia y la imposibilidad de acotarla de manera artificial.

         No puedo escribir esto sin que asomen a mis ojos un par de lágrimas de plomo. La imagen de unos niños ofreciendo bocadillos y un beso a otros que llegan de tan lejos confieso que me supera. Es verdad que estoy llorando y no sé muy bien de qué. Me conmueve de ternura el gesto de tantos ciudadanos preparando por su cuenta infraestructuras de acogimiento a las personas que llegan mientras los gobiernos no ven más que posibles terroristas y peligros sin medida y no son capaces ni de concretar número ni condiciones de habitabilidad para esta avalancha humana completamente imparable. No hay periodista capaz de poner zancadillas y dar patadas suficientes a ver si así desaparecen de nuestra vista que lo que consiga no sea ampliar un poco más el tamaño de nuestra vergüenza, por más que la televisión pública española, corrigiendo a la primera crónica de la indigna secuencia contada por los profesionales en el momento de producirse, intente justificar y convertir en víctima a la fotógrafa húngara en un comportamiento que denigra a toda la profesión y los cimientos mismos de la conciencia humanitaria. Es verdad una vez más que en las situaciones límite es donde sale lo mejor y lo peor de las personas.

         Dicho todo esto así, de golpe, como si de una sucesión de estampas goyescas se tratara no sé si puedo aclararme suficiente como para decir algo en positivo y que responda a lo que verdaderamente pienso del asunto, al margen de los fotogramas que se quedan en los ojos y que parece que no lo dejan a uno separarse un poco de lo inmediato. Yo no quiero refugiados en este mundo. Mi cabeza los niega y no concibe otra manera de vivir que la de que cada uno en su casa,  relacionándose con sus vecinos saludándolos cada mañana y viajando de un lugar a otro cuando quiera y donde quiera, bien para ampliar sus conocimientos o para encontrar mejores condiciones de vida supuestas o reales. Este es mi verdadero credo y el que he practicado en mi vida desde que a los diecinueve años salí de mi pueblo y me fui a trabajar a Trinaranjus, en la calle Pedro IV de Barcelona y me instalé en el Barrio Chino, calle Conde del Asalto número 79, entresuelo primero izquierda que hoy ha cambiado de nombre, regentada por una familia de Málaga cuyos cinco miembros dormían en la misma habitación y en el resto, hasta 27 personas, tres camas en cada una y la maleta de cartón como único armario.


         Tuve que escuchar mientras cargaba y descargaba camiones doce horas al día que estaba allí para quitarles el pan a los catalanes y que me llamaran charnego más de una vez como a Miguel mi compañero y seguramente como a todos pero también aprendí a amar a Barcelona y nunca me he sentido extraño en ella. Hoy la sigo viendo más cercana que Madrid o que Sevilla hasta para mis cuestiones profesionales mientras he permanecido activo en mi trabajo educativo de los más pequeños. 


domingo, 6 de septiembre de 2015

REFUGIADOS


         Este blog, si recordáis, iba de educación de la primera infancia. Mi propósito, lo he dicho muchas veces y lo seguiré diciendo, es que se hable de este asunto y que no sea una cuestión marginal.  Lo que pasa es que el ser humano propone y dios dispone. Vosotros lo estáis viendo lo mismo que yo. Tenemos las imágenes delante de los ojos cada día y habría que estar ciego para no ver. La semana pasada lo pensaba mientras escribía sobre el comienzo del curso: “Qué curso van a comenzar estos niños que van y vienen por medio mundo tratando de encontrar un paraíso de paz o sabe dios de qué”. “Qué pinto yo, me decía, hablando de futuro y de educación cuando tantos como estos deambulan de acá para allá huyendo de la muerte y abandonando sus raíces quizá para siempre como si el mundo no fuera con ellos”. Estuve a punto de dejar el texto y ponerme con esto pero pude contenerme y me conjuré para hoy, siete días después.

         El caso es que podría uno ponerse a reír porque este sainete que se nos muestra ni es nuevo ni tiene nada de especial. Se parece como dos gotas de agua a tantos otros como hemos visto y sobre todo a tantos otros como en el mundo han sido, tanto si los hemos visto con nuestros ojos como si no. A título de ejemplo diré que vivo en una tierra que un día fue musulmana y que su gente tuvo que salir con lo puesto de sus casas cuando los cristianos la conquistaron y desaparecer por el mundo y encontrar un hueco, cada uno a su manera, para mantener sus vidas los que lograron mantenerlas. Los que no, sencillamente se murieron a la orilla de cualquier camino. Algo más cerca en el tiempo, este país en el que vivo decidió un día que la mitad sobraba y montó una guerra con su odio y con la indiferencia de sus vecinos en la que, después de tres años de matanzas,  dejaron su vida un millón de personas y tuvieron que salir al exilio otros tantos y todavía nos cuentan desde todos los puntos del mundo las  historias de sus abuelos españoles que han oído de pequeños.

         Hoy al parecer se llama Siria. Qué más da. Quizá en el fondo no tenga nombre o el nombre sea lo que menos importe. El resultado es el mismo. Enormes filas de personas yendo y viniendo al soñado paraíso imposible en el que establecerse y volver a empezar como si todos no fuéramos sino un Sísifo que sube con la piedra del mundo hasta la cima de no sé qué montaña, a sabiendas de que, una vez en lo alto, la piedra volverá a rodar hasta abajo y él tendrá que volver a cargarla en sus espaldas y tirar de ella hasta esa cima sin fin. Se ha hecho sangrante el asunto porque se han acumulado unos pocos miles de más y se les ve juntos, o porque un niño de tres años ha aparecido ahogado en una playa de Turquía y parece que ha sido la gota que ha colmado el vaso. Todos nos hemos puesto a mirar en nuestro interior y en medio de este mundo abarrotado de alambradas físicas y mentales, hemos decidido que las personas son personas y que tienen derecho a vivir y que vamos a ayudarles a que lo consigan. Ahora nos pelearemos por quién será el primero o quién mandará más. El caso es que la guerra no falte.


         Parece que nos hemos olvidado del goteo de pateras y cayucos varios que permanentemente deambulan por determinados estrechos huyendo sencillamente del hambre y arriesgando su vida para encontrar un lugar donde caerse vivos porque el Mediterráneo es el espacio más fiel que los viene acogiendo en cualquier momento cuando se mueren, que este verano son ya varios miles los que duermen en él su sueño eterno como el pequeño que nos hizo temblar cuando lo vimos boca abajo en aquella playa turca y que luego supimos que a su lado también se encontró el cadáver de su madre y de su hermano de cinco años. Un pequeño le decía a un periodista que le acercó un micrófono: “Yo no quiero venir a Europa, pero parad la guerra”. Lo mismo se podría decir del hambre o de tanta injusticia insoportable.


domingo, 30 de agosto de 2015

RECOMPOSICIÓN


         A estas alturas del verano las costumbres que los pequeños tenían adquiridas del curso que terminó en junio se han deshecho como un azucarillo en un vaso de agua. Para mal y para bien, este desorden que significa el verano se ha adueñado de todos y empieza a echar raíces de modo que hemos logrado una suerte de ritmo de vida en el que logramos identificarnos. No sé si debemos entrar en el significado de este nuevo universo que se nos ha colado. Quizá ni siquiera valga la pena. Sólo dejar dicho que al final las costumbres, malas o buenas, parece lo de menos. Lo que importa es que terminan por doblegarnos y logramos sobrevivir en cualquier estructura de comportamiento. Nos sobreponemos a los espacios y a los tiempos más hostiles.

         Pero no hay mal ni bien que cien años dure ni cuerpo que lo resista y cuando empezábamos a identificarnos con este caos veraniego que a veces nos dispersa y otras nos quiere hacer ver que también el orden es posible  fuera de las estructuras, de nuevo se nos avisa que de la próxima semana comienza de nuevo aquel ritmo perdido y tal vez olvidado por muchos y hasta nunca conocido por los más pequeños. Puede que para los adultos no suponga más que una vuelta a la normalidad conocida ya de muchos años  pero los menores viven como en otro planeta porque para ellos no hay historia que los haya fijado a ninguna costumbre sino que es en este momento en el que precisamente se están imprimiendo en sus mentes esos surcos que vemos cuando se nos muestra un cerebro en vivo y que almacenan millones de experiencias acumuladas y ordenadas en estructuras de comportamiento que se traducen en culturas que nos definen y nos diferencian según la época en que vivamos y el lugar del planeta que habitemos.

         Los grandes poderes publicitarios  martillean sobre el problema que va a suponer ahora, una vez que Agosto termina, coger de nuevo las rutinas de la vida, dando la imagen que dichas rutinas son una especie de desgracia que nos vemos obligados a asumir, una vez que se nos fuerza a abandonar el supuesto paraíso que significan las vacaciones. Un conjunto de tópicos cuya finalidad supongo que va encaminada a promover las ventas de otoño a base de argumentos ficticios o agrandados  para que las novedades propias del cambio de vida se conviertan en motivos suficientes que muevan a la compra del conjunto de elementos diferenciales que van a ser referentes en la nueva época que entra. Sin negar la base de verdad en la que se fundamentan estos nuevos mensajes con destinos prefijados de antemano sí considero correcto que nos demos cuenta de los intereses que circulan por debajo del juego de presiones con el que se nos intenta presionar para que no nos convirtamos en muñequitos de feria que se mueven en una dirección u otra en función de los intereses que presionen en cada momento.


         Los cambios que ahora deban producirse, y que se producirán de hecho, no tienen por qué significar ningún cataclismo para nadie. Sencillamente la vida nos ofrece una serie de propuestas vitales que según en qué momento nos van a hacer manifestar determinadas capacidades u otras pero la principal va a ser la de adaptación que somos capaces de ejercer y que en su ejercicio nos enriquece y nos hace más maduros, más personas. Seguramente es nuestra capacidad de adaptación la que más nos interesa destacar porque significa la más meritoria y la que más nos define como personas. De modo que fuera miedos ni dudas demasiado acusadas y a darnos cuenta de que podemos con casi todo lo que nos llega aunque muchas de las novedades no las entendamos del todo y a tirarnos a la vida día a día y a ejercer el hermoso oficio de la adaptación a situaciones cambiantes que nos hacen crecer en la medida que nos esforzamos por resolverlas y sobrevivir dentro de ellas. Con ese empeño los pequeños verán ejemplos de comportamiento en sus seres queridos que les marcan los caminos idóneos para su evolución como seres sociales que han de incluirse dentro del conjunto al que damos en llamar sociedad.


domingo, 23 de agosto de 2015

VERDAD


         A estas alturas de la vida se hace difícil creer en la pureza en ninguno de los órdenes de la vida. Cuando se trabaja con pequeños sabemos que es imposible que te crean algo de lo que les aportes que no sea de verdad. Y sin embargo cada día más son los mayores los encargados de acompañar a los pequeños durante más horas al día y de ser los familiares más cercanos por los problemas derivados de las jornadas laborales a que se encuentran sometidos sus padres. Parece una contradicción pero en la práctica no hay tal. Los pequeños escuchan cualquier cosa que se les diga y hasta pueden dejar entender que le hacen caso y que actúan en consecuencia, pero si un pequeño detecta que lo que se le ordena no va acompañado del comportamiento de quien se lo ordena, no tendrá la menor duda de que debe pasar de lo que se le ha dicho y hará caso a lo que vea de verdad en el comportamiento de quien se lo esté diciendo.

         Con demasiada frecuencia funcionamos a base de hacer lo que yo os diga pero no hagáis lo que yo haga y esto casi de manera cotidiana porque una cosa es sembrar y otra dar trigo. Con los pequeños, con inusitada facilidad nos comportamos como si fueran tontos. No nos damos cuenta de que no tiene nada que ver el ser pequeño con el ser tonto. Con toda facilidad entienden que les ofrecemos un conjunto de normas y les pedimos que las cumplan pero nosotros las ignoramos por completo. Sin solución de continuidad ellos van a pasar por completo de lo que les contamos, que les va a sonar a milongas y se van a comportar como nos ven comportarnos a notros. La influencia de cualquier persona de referencia sobre un menor es alta, muy alta, puede que incluso determinante pero no en relación directa a lo que el mayor pretende del pequeño sino en relación a lo que el pequeño recibe verdaderamente del mayor. La relación se mueve, por tanto, como en dos planos: el formal o aparente y el real o efectivo y verdadero.

         Podríamos poner miles de ejemplo del acontecer cotidiano para ilustrar lo que decimos aunque pienso que quien lea estas líneas estará de acuerdo con lo que se dice y tendrá de su propia relación miles de ejemplos que la ilustren. A título de muestra ahí van algunos. El maestro que entra en la clase y a voz en grito les ordena a los pequeños que hablen bajito porque si no no nos oímos unos a otros. Que hay que procurar aficionarse a la lectura  y leer cada día cuando los pequeños lo están viendo que  jamás lee. Que hay que respetar la opinión de los demás cuando el propio maestro es el que en todo momento dictamina cómo han de ser las cosas en clase y no atiende ninguna sugerencia de ningún alumno. Este conjunto de incongruencias forman un cuerpo de falsedades que son entre las que se desenvuelven los pequeños cada día y dan como resultado que los responsables adultos viven en una onda y los pequeños se mueven en otra. Pero los pequeños necesitan de la influencia de los mayores porque no conocen el mundo y tienen que aprenderlo de los que tienen cerca.


         Entonces sucede un fenómeno muy sencillo aunque muy desdichado. Los pequeños están asumiendo lecciones de los adultos sobre cómo han de comportarse en la vida, pero no son lasque los adultos les dicen cada día sino sobre las que ellos ven en sus comportamientos reales. Si ven a los adultos gritar, digan lo que digan aprenderán a gritar, si los adultos son violentos con ellos, digan lo que digan aprenderán a ser violentos. Si los adultos les dicen una cosa y hacen otra, los pequeños aprenderán a mentir de manera sistemática. Hay que ser muy humilde, por tanto para permanecer con un pequeño y saber que sólo lo que somos de verdad es lo que les transmitimos y que los sermones tienen un recorrido muy corto en educación porque sólo vale lo que somos de verdad. Que los niños necesitan de nosotros lo que somos, no lo que decimos que somos.


domingo, 16 de agosto de 2015

COMEDORES


         En los cinco años de vida que atesora en sus entrañas este blog, por lo menos en cinco ocasiones ya he tocado desde ángulos diferenciados el tema de la alimentación infantil. Hoy quiero volver sobre él porque parece como si estuviéramos escribiendo o contemplando la historia hacia atrás. El simple hecho de comer en un país como España muchos pensábamos que ya estaba superado afortunadamente y que todo el mundo tenía un plato de comida que echarse a la boca por lo menos, por más que las desigualdades persistieran y la lucha por conseguir mayores cotas de justicia y bienestar también. Han tenido que volver los conservadores al gobierno para demostrarnos que no hay nada irreversible y que, en el tema de la comida, que es el que queremos comentar, hemos vuelto a bastantes años atrás en donde una de las preocupaciones esenciales consistía en que cada niño tuviera un plato de comida cada día.

         Me interesa recordar específicamente  cuando se puso en marcha el comedor del Polígono de Cartuja en Granada y a su frente animamos y aceptó ponerse  nuestro compañero Pepe Quintero, quien con un enorme esfuerzo personal fue logrando que uno a uno, los niños del barrio se fueran convirtiendo en  usuarios del comedor y las familias abonando la mínima cuota que se les exigía, no tanto para que pagaran los costes, muy superiores a su aportación, sino para que se sintieran involucrados en el proyecto. También dimos cuenta de que nuestro compañero Pepe Quintero, después de haber logrado con mucho trabajo que el comedor se llenara de usuarios y de que su funcionamiento mantuviera aceptables cotas de funcionamiento y disciplina decidió volver a su clase y trabajar con su grupo de alumnos. El comedor entonces pasó a manos municipales quienes eliminaron la pequeña cuota buscando mayor interés social.  De responsables pusieron a personas al margen del proyecto educativo que se estaba llevando a cabo en el barrio. Al poco tiempo del cambio ya era fácil acercarse al comedor y darse cuenta del chillerío en el que se había convertido así como ver en cualquier momento los trozos de pan y las manzanas volando de una punta a otra con relativa facilidad.

         Si alguien pretende interpretar por lo que escribo que estoy en contra de los comedores sociales y gratuitos se puede dar con un canto en los dientes porque no es verdad. Lo que sí digo, lo he dicho siempre y lo mantengo es que la primera comida y la más importante que necesitamos es la de la educación y que cualquier servicio social que se precie tiene que conseguir que llegue a quien lo necesita pero sobre todo que los afectados por la necesidad de que se trata lo valoren y se conviertan en agentes defensores y difusores de ese servicio público, sea un comedor escolar, sea un centro de salud, una biblioteca o cualquier otro. Como hemos vuelto atrás de manera escandalosa y denigrante se han puesto de moda los centros privados benéficos en los que se reparte ropa y comida para quién no dispone de lo mínimo para salir adelante y la izquierda, en ver de reclamar justicia y servicios sociales públicos suficientes, parece que asume el estatucúo al que nos han devuelto las políticas conservadoras y tendremos de nuevo como Sísifo, que cargar la piedra del mundo a las espaldas y subir de nuevo la cuesta del progreso, tan ardua siempre, tan ingrata y tan frágil.


         Que la gente coma es urgente como que disponga de una escuela para los pequeños o un centro de salud cerca de su casa pero más importante que todo eso es que se dé cuenta de lo importante que son todos estos servicios y que, una vez que se disponen de ellos hay que defenderlos como un tesoro y luchar para que nadie se atreva a ponerlos en cuestión como está pasando para nuestra desgracia y con añagazas nos los vaya convirtiendo en instituciones privadas que empiezan a justificarse con el viejo truco de la mayor eficacia y que al poco tiempo, como también estamos viendo, terminan convirtiéndose en negocios lucrativos y preocupados por la rentabilidad para sus propietarios antes que en la utilidad para los ciudadanos. 


domingo, 9 de agosto de 2015

BLABLACAR


         En un par de ocasiones mi hija mayor, Alba, ha apetecido viajar, en realidad a ella siempre le apetece viajar pero ha tenido que esperar a sus vacaciones para poder permitírselo, hasta Tarifa, unos 400 kilómetros desde Granada donde reside. Me ha contado que ha hecho uso de Blablacar y eso le ha permitido la primera vez costearse el combustible de su coche y la segunda unos eurillos de beneficio. Yo, aparte de reirme de lo de Blablacar, sistema de viaje que no conocía y cuyo onomatopéyico nombre me ha resultado pintoresco y su contenido un buen sustituto de aquel militante autostop de los años sesenta, me ha venido al pelo para continuar con mis reflexiones sobre la primera infancia, que es lo que casi siempre tengo en el coco.

         No sé por qué he asociado el nombrecito de marras con el nacimiento del lenguaje hablado. Los primeros sonidos que se suelen escuchar en las personas son los que técnicamente se llaman balbuceos.  Bilabiales, bien sordos en el caso de papa o sonoros en el caso de baba y son simples porque solo consisten en dejar pasar el sonido entre los labios en el momento en que se abren. Viene a suceder alrededor del año y es la primera fiesta auditiva familiar. Propiamente no ha pasado nada mas que una simple casualidad  pero basta para que la familia monte un acontecimiento y ofrezca a los pequeños un significado concreto a esos sonidos casuales y terminen teniendo una intención y siendo a la vez motivo de ánimo para otros  siguientes y, en definitiva, para el nacimiento del lenguaje hablado, ese hermano pequeño de lo que luego se estudiará cada curso como materia troncal una vez que la estructura educativa lo aleje inexplicablemente de sus raíces y de sus fundamentos sonoros que curiosamente son su razón de ser.

         La otra conexión que da motivo a este texto es la presencia de mi nieta África en visita familiar con su padre y sentada en el suelo del salón en el que gatea a placer y en el que de un día a otro terminará por erguirse y andar sencillamente, una vez que han pasado los primeros minutos de adaptación a las presencias familiares menos cotidianas. Hace ya unos meses que salieron sus primeros balbuceos bilabiales y ahora se encuentra inmersa en ese mar de sonidos que la boca y la lengua son capaces de emitir y aprenden a base de repetir incansablemente , que no dicen nada concreto a la vez que están  hablando en todos los idiomas del mundo. Resulta un poco exagerado pero responde estrictamente a la verdad. Cualquier familia de cualquier parte del mundo centraría su comunicación con el pequeño a partir de esta capacidad y a la vuelta de un año más o menos tendríamos a ese pequeño comunicándose con normalidad en cualquier idioma posible sin mayor inconveniente. Todos los sonidos del mundo son parecidos. Sólo cambian las combinaciones y los pequeños son capaces de realizarlas atendiendo a como lo hacen los adultos que los rodean y complementándolos con la gestualidad de cada cultura y ya tenemos la comunicación a la orden del día.


         No sería capaz de explicar la asociación de ideas que me ha llevado de un lugar a otro pero a ambas secuencias  les he debido ver algún tipo de relación para traerlas aquí y hacerlas presentes a vosotros en un mismo artículo. Puede que el elemento onomatopéyico tenga alguna responsabilidad, quizá también la gracia, según mi criterio, de los sonidos de una y otra…, no sé. Lo que sí quiero dejar como colofón de hoy es que no tengamos ninguna prisa porque los pequeños digan palabras de nuestro idioma y permitámosles que disfruten a placer de su blablablá maravilloso con el que ensayan todos los idiomas del mundo, antes de que inevitablemente la cultura les fuerce a centrarse en una lengua concreta que, a la vez que les va a llevar a su conocimiento, les va a obligar al mismo tiempo, a alejarse de todos los demás. No hay nada en la vida que nos salga gratis y hay precios que deberíamos pensarnos un par de veces para ver si nos merece la pena pagarlos.