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domingo, 22 de febrero de 2026

GRACIAS A LA VIDA

 


         La frase que corona el título de hoy, reconozco que la uso con frecuencia y tengo conciencia de ser completamente sincero. Esta noche he dormido en el sofá, casi muerto de profundidad y en dos lotes. El primero pretendía ser una siesta, desde que me bajé del coche de mi hijo Nino, alrededor de las cinco de la tarde, pero cuando abrí los ojos eran ya las once de la noche. Pudo ser la dicha de la comida en familia, en la que sólo faltó mi nieta África, porque tuvo fiebre. Estoy seguro que también influyó el cambio de presión entre Salobreña, en la playa, que recordé con placer de mis frecuentes visitas a mi hija Elvira, a pasar nuestras tardes tirados como perros en la orilla acumulando la cosecha de conchas. Un pequeño intermedio para el yogur, la carne de membrillo y el lavado de dientes y un inútil intento de saborear una peli, que me llevó hasta casi las tres de la mañana en brazos de Morfeo. Tuve que usar el cuarto de baño y, como disciplina, me impuse completar la noche en la cama, hasta donde me llevara el sueño, que apenas superó las habituales cinco de la mañana, en que decidí enfrentarme con la lectura, consciente de que había cubierto una noche de bandera.



         Fue la primera señal de que mi cuerpo estaba conforme con lo vivido y me había permitido profundizar en el sueño durante bastantes horas. Hasta el punto que, cuando quise empezar a escribir, me había comido una hora entera sin darme cuenta, que he podido recuperar de lectura. Al enfrentarme al texto de cada domingo no tuve dudas sobre el título ni sobre el contenido, que me habían ofrecido un día rebosante y gozoso, que llevaba esperando producirse algo más de un  año. Un mes atrás se me ocurrió verbalizar un ultimátum en la comida de Alfacar. El tono debió sonar con algo de chulería, que no pretendí y decidí callar para ver si el eco, entre los componentes de la mesa, producía algún efecto. En aquel momento no pasó de silencio pero en los días siguientes me di cuenta de que empezaban a dar el acontecimiento como posible. Quizá podía haber aprendido de otras discusiones y podíamos habernos ahorrado más de un altercado innecesario. Lo mejor era seguir escuchando.



         Una familia de nueve miembros, ocho por la fiebre de África, tampoco es demasiado laberinto para alcanzar el acuerdo y, como un agua mansa y un día primaveral, el acuerdo se produjo por su propio peso. Se podía discutir el precio final, 240 euros, que asumí con gusto desde el primer momento. No hubiera sido la primera vez que discrepamos sobre si algún gasto, se pasa o no llega, a lo que se puede considerar razonable. No fue el caso y el banquete se produjo a gusto de todos, con predominio del arroz, mitad negro y mitad con bogavante, sin otro incidente que la tardanza en llegar, según el horario previsto, cosa que nos cabrea bastante a más de uno y que se debió a una hermosa caravana que nos retuvo una hora sobre el horario previsto y que soportamos con irregular humor por falta de costumbre.



         Elvira, su pareja y su madre, se encargaron de ocupar la mesa, que ya habían reservado, unos días antes. Al sentarnos me di cuenta que Rosario, la madre de Elvira, presidía, cosa que me extrañó porque habitualmente suelo ser yo, que actúo de patriarca. Luego me fui aclarando porque el acto podía relacionarse con el cumpleaños de Elvira, 26 años unos días antes, cuando en realidad era un gesto de acercamiento del conjunto hacia  Rosario, que no siempre se había desarrollado en las mejores condiciones. Pensé que había sido una ocurrencia de Elvira y me pareció bien, Durante el paseo posterior al mercadillo de los inmigrantes mientras visitábamos los viejos espacios conocidos junto al Peñón, Rosario sugirió que pasáramos por su casa, bien cerca del restaurante, la Bahía, y de la propia playa. Me pareció que pudo ser una respuesta al gesto que, el conjunto había tenido para con ella pero entendí que la situación podía alargarse más de lo necesario, por lo que sugerí que podíamos repetir el encuentro en breve y que, mejor, dábamos por terminada la sesión y cada mochuelo a su olivo. ¡Qué barata es la dicha a veces!.   




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