Sé
que, inevitablemente, los temas no tendrán más remedio que repetirse porque ni
el abanico es tan amplio como para estar proponiendo novedades a cada momento,
ni las capacidades del que esto escribe llegan a tanto. Tengo la esperanza de
todas formas de estar haciendo sobre la marcha una selección significativa que
permita a las personas que tienen la paciencia de seguir este blog, hacerse una
idea de que lo que aquí se va proponiendo es en realidad un tipo de escuela
globalmente distinta. Ya sabemos que muchas de las propuestas que ofrece la
escuela tradicional son perfectamente defendibles pero nosotros, grano a grano,
intentamos que penetre una idea de la escuela mucho más cercana, nunca alejada
de los intereses de los niños sino fundamentada en ellos y en la que los
pequeños siempre son los protagonistas.
Mi
escuela era unitaria, asistíamos a ella unos 60 niños, un solo cuarto de baño
que solo usaba el maestro aunque estaba hecho para nosotros y el espacio libre
para todo la calle, la plaza del pueblo, los callejones, los árboles para coger
nidos y los animales que hoy llamaríamos mascotas para hacer con ellos
diabluras de las que no tengo manera de dejar de avergonzarme por más años que
pasen porque no puedo borrar la cantidad de barbaridades que hacíamos con ellos.
Por eso me río cada vez que alguien me dice que antes sí que vivíamos bien. Yo,
desde luego, no. Las condiciones eran tan precarias que cualquier situación era
un poema. Desde llegar cada mañana con el jarrillo de agua quemando a que nos
echaran la cucharada de leche en polvo que siempre me supo a rayos y que nunca
logré diluir adecuadamente hasta conseguir un cierto orden en la clase,
imposible de barajar por un maestro indolente y por unas banquetas imposibles
que sólo tenían de bueno el seguimiento del nido de golondrinas que había
dentro y verlas entrar y salir por la única ventana de frente.
Hoy,
afortunadamente, en este país las cosas son muy distintas para bien de todos,
lo que no quiere decir que sean mejores siempre. Los magníficos patios de los
colegios me dejan bastante frío con tanto cemento de suelo. Apenas unos huecos
a través de los que salen unos arbustos que nunca terminan de dar sombra ni
permiten que nadie se suba en ellos porque antes de que crezcan ya hay alguien
con una feliz idea que pasa por arrancarlos y encuentra un mejor diseño con más
metros de cemento. Cuando los alumnos están en los patios es asombroso cómo los
diseños elaborados ofrecen la posibilidad de juego para veinte o treinta y los
otros cientos de compañeros no hacen otra cosa que mirar y comentar las jugadas
que se van sucediendo como si estuviéramos abriendo camino a los futuros
jugadores de las quinielas que, en vez de dedicarse a participar en alguna de
las actividades que los magníficos espacios libres permiten, se dediquen a las
apuestas que cada semana van a hacer a uno millonario a costa de que la gran
masa de apostantes se quede con tres palmos de narices con el sueño imposible de
que algún día le toque.
Sé que
no es la solución ideal ni creo que existan soluciones ideales, pero por
momentos mientras veo los concursos de patios de Córdoba, abarrotados de macetas
con flores de mil colores que han de ser cuidadas cada día para lo que los
vecinos se han de organizar y distribuir responsabilidades de modo que entre
todos mantengan esa maravilla de color que, ahora en primavera se convierte en
espectáculo inigualable. No defiendo la maceta porque la considere especial
para nada. Sólo se me ocurre como una de las posibilidades de las miles que `podríamos
encontrar a poco que buscáramos. Y como premio al esfuerzo continuado en los
recreos y a la dedicación, el último día del curso cada alumno se llevaría una maceta
a su casa para cuidarla y que adornara sus espacios libres.
No sé
cómo no se valora la capacidad casi ilimitada de buscar bichos y de escarbar en
la tierra de los niños para gozar con el conocimiento que de ello se obtiene.
Vivimos cada día mejor pero quizá un poco más lejos de las fuentes del
conocimiento.




















