La
experiencia me dice que los pequeños que han estado con nosotros se suelen
acordar con el paso de los años de la comida, del patio y de las colonias. En
origen cada otoño y cada primavera salíamos de lunes a viernes con el grupo y
con refuerzo de adultos a vivir en el campo: Fuente del Hervidero, Cueva del
Gato, Sierra Nevada, Ermita Vieja en Dílar… Unas veces los lugares tenían
condiciones de habitabilidad y otras nos teníamos que llevar los colchones en
el autobús. Un poema, vamos. Sin embargo hemos mantenido el acontecimiento de
Las Colonias años y años como una pieza fundamental de nuestro programa
educativo si bien con el tiempo se redujo a dos días y una noche porque
entendimos que la vivencia de separación de las familias con una noche se cumplía
y el esfuerzo era más asumible.
No sé
si al final el impacto de los hechos más relevantes se quedan sólo en los
pequeños o terminan grabándose en los mayores también. Este grupo tenía cuatro
años cuando vivimos la experiencia y ahora tendrán veinte años. Ellos
recordarán la experiencia pero es que yo no la olvido a pesar de que antes y
después no han parado de sucederse otras parecidas. Lo normal era que fuéramos
tres adultos y hombres y mujeres preferiblemente. A esta fuimos sólo Koldo y
yo, sencillamente porque no se ofreció nadie más. También Pitres parecía un
poco lejos y con muchas curvas en la carretera pero yo conocía el lugar y sabía
que, una vez que llegáramos había buenas condiciones de habitabilidad. El
equipo no encontró argumentos para rechazar la propuesta y lo permitió. También es verdad que aunque
la experiencia la valoramos positiva en la memoria final, tanto Koldo como yo,
no se ha vuelto a repetir. Lo de la carretera era una dificultad real. Mirian y
alguno más vomitaron y hubo que parar un par de veces pero yo la repetiría de
nuevo vista en conjunto.
Otoño
es seguramente la estación más hermosa del año en la Alpujarra y Pitres se
encuentra en medio. Tuvimos un apartamento en el que cupieron todos en literas.
Había calefacción y en la puerta una plazoleta como de pueblo con árboles y
arbustos con las hojas caídas o a medio caer. El primer deseo fue revolcarnos
en aquel maravilloso lecho de hojas amarillas en el que estuvimos jugando todo
el tiempo. La comida era casera y de buena calidad y el restaurante, a esas
alturas del año, noviembre, casi exclusivamente para nosotros. Tanto Koldo como
yo supimos que aunque no hubiéramos organizado ninguna salida las actividades
se hubieran cubierto porque el recinto tenía suficientes medidas de seguridad,
diversidad importante de espacios que permitían el juego de exploración, el de
conocimiento porque teníamos castaños alrededor y nos dedicamos a sacar las
castañas de sus fundas, una vez que se caían al suelo. De todas formas no
pudimos resistirnos a investigar los alrededores en los que pudimos conocer una
enorme variedad de árboles, de colores y de olores porque en otoño la Alpujarra
es un festival.
En
todas las colonias el ritual más impresionante es el de las linternas. Los
pequeños llevan linternas de sus casas y por la noche salimos de paseo a
reconocer el terreno en medio de la oscuridad. Es una mezcla de miedo, de
curiosidad y de fuerza porque el grupo imprime valor suficiente como para que
cada uno pueda esconder en el conjunto su propio miedo. Es verdad que hay que
cuidar las condiciones de seguridad pero es que nuestro camping tenía los
espacios muy bien acotados por lo que podíamos movernos con cierta soltura sin
exponernos a riesgos peligrosos. La asamblea que realizamos en medio del camino
sentados en el suelo y contando historias de las que tenemos cerca o de las que
recordamos se convierte en algo imborrable. En esa colonia el punto álgido fue
el encuentro en medio del camino y en pleno día con una mantis religiosa adulta
que nos mantuvo la atención un buen rato siguiendo sus movimientos y luego su
recuerdo de que nos pudiera salir en cualquier momento sin que nos diéramos
cuenta con la oscuridad. A la vuelta no se mareó nadie porque casi todos
vinieron durmiendo.


















