Hemos
repetido de muchas maneras que
tantas vacaciones no nos parecen
aconsejables para los pequeños. Que hay demasiado espacio entre el último día
de clase y el primero del próximo curso, para el que todavía falta un mes. Que terminan por disociar los
dos estilos de vida y que sufren verdaderos traumas para asumir los nuevos
porque ya han desconectado del que
tuvieron el curso anterior. Que las personas terminamos por adaptarnos a casi
todas la situaciones pero que eso no significa que no pudiera haber maneras de
distribuir el tiempo más acordes a la evolución afectiva y que no parezcan dos
compartimentos estancos y en muchos casos hasta contrapuestos.
Visto
que esta es la realidad más frecuente y que hay toda una manera de vivir en la
que se desenvuelve la familia en época veraniega, quizá no esté mal dilucidar
lo que podría ser mejor para los pequeños, una vez que han de vivir con todos
los miembros de la familia y que no disponen del paraguas ordenado de la
estructura escolar que los proteja. Los pequeños suelen ser esos seres que
condicionan la vida de los demás y que
siempre andan por medio sin que nadie sepa muy bien qué hacer con ellos. No es
raro encontrarlos de mano en mano sin orden ni concierto y más bien incordiando
a unos y a otros porque ninguno sabe muy bien qué es lo que puede hacer con
ellos y dónde localizarlos para que cumplan alguna función y desarrollen un
papel en el conjunto. No es difícil encontrar una secuencia ordenada para la
familia durante el veranos siendo así que todo el orden que conocemos está como
en otro sitio y desarrollando una serie de actividades que están fuera o al
margen de las que se desarrollan en periodos vacacionales.
La
idea de que los pequeños son miembros del grupo como cualquiera otro sea la
primera piedra de convivencia que todos deben asumir desde el primer día. Con
la única diferencia en todo caso que mientras los miembros mayores son capaces
de valerse por sí mismos, en el caso de los pequeños tienen que estar en cada
momento bajo o cerca de la mirada vigilante de alguno de los mayores del grupo
porque no pueden valerse en todo momento por ellos mismos. Al mismo tiempo hay
toda una serie de actividades, limpieza, comida, sueño, que son un tanto
específicas de los pequeños y que se producen en tiempos distintos de los
mayores lo que viene a reforzar la idea de que un adulto, el mismo o distinto
según los casos, debe responsabilizarse de asumir esas atenciones diferenciadas
del resto para que se sientan integrados en el conjunto. Si estas atenciones se
cubren con la diligencia debida no estaría de más que, una vez resueltas, los
pequeños pasaran a formar parte de las secuencias del grupo y se les pudiera
ver en los mercados acompañando a quien tenga que hacer la compra, lo que les
va a servir como magnífica fuente de relación social con los vecinos así como
escuela de conocimiento sobre ingredientes y elementos que integran las
necesidades alimenticias cotidianas, a la vez que se sienten miembros de su
familia.
Hay
horas en las que es algo más fácil ofrecer una actividad como pueden ser
aquellas en las que el resto de los miembros se solazan con el agua y con las
sombrillas. Conviene entonces estar pendiente de la seguridad, de los cuidados sobre la exposición al sol en
exceso o de tener cerca de ellos una botella con agua para que de vez en cuando
no les falte un sorbo, cosa que fácilmente se les va a olvidar porque ellos van
a estar pendientes del juego sobre todo. Las comidas de mediodía pueden ser
comunes sin mucho problema y sólo hace falta que un adulto se preocupe del
cuidado y del orden de los pequeños para que su alimentación se produzca en
tiempo y forma. Si las cosas se han hecho razonablemente bien podemos disponer
seguramente de un buen rato de siesta reparador para todos y un grato paseo por
la tarde, con lo que tenemos más o menos ordenado un ritmo de vida para estos
tiempos sin escuela.














