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domingo, 3 de marzo de 2013

INVESTIGAR

Con frecuencia el contacto prolongado con los menores se nos hace cuesta arriba porque nos abruma el nivel de actividad al que nos someten. Cualquier cosa que cae en sus manos les interesa. Todo lo han de tocar, de medir, de pesar, de comparar, de valorar, de cambiarlo de lugar, de encontrarle posiciones, de probarlo de sabor, de comérselo incluso… Nunca como en este tiempo las personas ejercitan tanta curiosidad y tanta capacidad de investigar. Podemos decir sin miedo a errar que en este tiempo la curiosidad no tiene límite. He llegado a ver pequeños que se han quedado dormidos en plena acción, sencillamente de agotamiento. Una secuencia hermosa donde las haya. Viene a cuento este ejemplo para dejar claro que la propia naturaleza trae consigo casi todas las capacidades preparadas para su ejercicio y adiestramiento. Si somos capaces de permitir que los pequeños despliegues sus curiosas alas por los distintos rincones de la vida los podemos ver jugando con las lombrices que han sacado de la tierra, poniéndose empapados mientras intentan doblegar el agua rebelde que, al final, termina por poseerlos a ellos y que así les hace aprender que hay que tener cuidado con las cosas mientras aprendemos a dominarlas, construyendo una casa en cualquier espacio a base de palitroques y de hojas o hierbas que cogen de aquí o de allá, ejercitando las destrezas en el equilibrio corporal mientras se desplazan siguiendo cualquier bordillo o cualquier línea trazada por las baldosas de suelo, poniéndose ellos cualquier meta al alcance de su mano o de sus pies que le indique que son capaces de muchas cosas y que el esfuerzo tiene su recompensa. Sé que es francamente difícil seguir sus ritmos y estar alerta de la cantidad de riesgos que hay que afrontar porque las capacidades de previsión de los pequeños son bastante incipientes, pero estoy hoy más seguro que nunca, que sólo aprovechando la energía inmensa que cada persona trae en su interior y su maravillosa curiosidad, casi sin límites, es como podemos lograr personas reconciliadas con la vida, protagonistas de la suya en la medida de sus posibilidades en cada momento y optimizando todo ese caudal que la naturaleza nos ha investido y nos predispone a gastar en esfuerzos cada día. Sólo necesitamos ponernos a favor del viento que sopla. No es difícil. En cuanto nos paramos delante de los pequeños y les permitimos que se muevan por ellos mismos, al momento nos están indicando la dirección en la que quieren ir y la velocidad de crucero a la que están dispuestos a hacerlo. He oído muchas veces que si cada niño hiciera lo que quisiera a dónde íbamos a parar. Hoy lo sé. Llegaríamos sin duda a entendernos unos con otros, a saber que nadie lo merece todo y que todos tenemos que aprender a ceder parte de nuestro espacio para que los demás ocupen su parte también. Aprenderíamos a escucharnos unos a otros, sencillamente por el interés egoísta que tenemos de aprender. La vida rápidamente nos enseña, si se lo permitimos, que solos no podemos nada y que los demás son los que nos enriquecen y nos completan. Los necesitamos para ser más y mejores personas y para sentirnos queridos y deseados por ellos. La vida no tiene sentido si estamos solos. Todo el placer y la dicha que podemos asumir y gozar nos viene de nuestro contacto con los demás. Los demás nos condicionan y nos enriquecen al mismo tiempo. Sé que esto que digo parece un sermón pero quien esté en contacto con pequeños cada día será capaz de entender que sólo son lecciones que cada uno de los pequeños nos ofrece en bandeja y que nosotros en todo momento tenemos la capacidad de asumir o rechazar. La Escuela suele convertirse en una fábrica de obedientes alumnos cuando en todo momento puede y debe ser un maravilloso laboratorio que nos enriquezca a todos, a pequeños y a mayores

domingo, 24 de febrero de 2013

COMPAÑÍA

Espero que el pararnos de vez en cuando en determinados aspectos de la realidad de hoy y el acoplar nuestra reflexión al devenir de cada día nos depare una cierta idea de verdad en lo que decimos y de inserción en el presente para que no se nos vea como alejados del mundo en que vivimos. Esa es la idea que pretendemos, pero no queremos olvidar nuestro sentido profundo de ir recorriendo los rasgos determinantes del desarrollo de estos primeros años de la vida. Hasta los dos años más o menos, los pequeños se pueden considerar satisfechos si reciben de sus mayores las atenciones individuales: alimentación, higiene, reposo. Esto es lo determinante para ellos en esta edad. Pero en el momento en que se les ve desenvolverse bien con la marcha y con el lenguaje nos damos cuenta de que la atención de los mayores por sí sola no les basta. Sin duda que es importante y la necesitan, pero su tendencia ahora empieza a ser la de mirar a su alrededor e interesarse en otros pequeños como ellos. No sólo por simple curiosidad mimética sino para estar rato y rato compartiendo juegos, palabras, conviviendo en definitiva. Es verdad, ahora es el momento de los primeros amigos, razón por la cual es importante que puedan asistir a un centro educativo para compartir sus vidas con otros iguales. No es que sea imprescindible, casi nada lo es en realidad y la vida siempre tiene alternativas para casi todo, pero sí muy beneficioso. Bien entendido que lo más conveniente no es que los pequeños empiecen a desenvolverse en un ritmo de Escuela estrictamente, que es lo que desgraciadamente está pasando. Hacia los tres años más o menos, lo que se vive es como una explosión de la persona que ha vivido hasta el momento mirando mucho hacia sí mismo y hacia su desarrollo interior. Estaba demasiado ocupado con ir dominando todo ese conjunto de capacidades musculares que lo han ido dotando de posibilidades de movimiento hasta conducirlo casi hasta la autosuficiencia. Es entonces cuando los pequeños despliegan sus alas y deciden viajar un poco más allá del ámbito que abarca el cuidado de sus mayores. Sus mayores les siguen haciendo falta todavía durante muchos años, pero cada vez menos, cada vez necesitan más ámbitos de suficiencia y que la mirada adulta sobre ellos sea más laxa, más lejana. Aquí son los adultos los que van a precisar un mayor nivel de conciencia para ir aceptando esta realidad, que muchas veces les causa dolor, y permitiendo que la evolución se vaya produciendo a partir de que ellos vayan renunciando a su papel tan inmediato como ha requerido la educación hasta el momento. Ahora sigue siendo importante, pero ya no son los únicos en el proceso sino que ahora tienen que compartir la influencia con los amigos. La escuela debería ser la encargada de permitir a los pequeños que este proceso de acercamiento entre iguales se produzca así como el contacto global con los elementos esenciales de la vida: agua, aire, fuego, tierra para que los pequeños puedan conocer el mundo en paz y bajo el cuidado adulto, experimenten las primeras percepciones sensoriales y combinaciones básicas de la composición del tiempo, del mundo y de las relaciones, todo un largo proceso de elaboración interna y externa que les va a permitir conocimientos sobre ellos mismos y sobre las personas que los rodean esenciales para su maduración. La Escuela, por tanto, debería ser consciente de esta misión esencial y favorecerla en vez de dedicarse casi desde el principio a imponer una estructura académica encaminada al aprendizaje de destrezas, tipo leer y escribir o similares para las que, sin quitarles importancia, tendrá tiempo más que suficiente a lo largo de todo el proceso escolar. La evolución del juego natural de los niños entre ellos, enriquecido por el apoyo de la estructura escolar, es el mejor medio para lograr los niveles de gratificación y madurez necesarios en estas edades a través del sin fin de tanteos que el dominio de las capacidades de los pequeños requiere.

domingo, 17 de febrero de 2013

CRUELDAD

Ha pasado tantas veces que uno intenta aislarse de la realidad que vive y ceñirse al elemento concreto que quiere mencionar que siempre está presente la tendencia, por más que sabe uno de sobra que no es posible aislar una secuencia cualquiera de la vida porque todo el conjunto está encadenado y nos sale o nos llega en un lote completo, en un conjunto, fruto de un juego de valores propio de un momento determinado. Estoy viendo en la tele y leyendo en la prensa cada día actos de corrupción política que seguramente no son generalizados pero que es verdad que ocupan una gran parte del tiempo informativo y que establecen esa pátina general sobre nuestras cabezas como si lo fueran. Esa serie de actos de gran violencia y crueldad sobre los desahucios en los que familias enteras, no sé cuántas porque nadie nos da números fiables, son puestas de patitas en la calle con personas mayores, con niños pequeños, cuando a la vez se da la paradoja de que existen millones de viviendas vacías que, o bien son ocupadas por esas mismas familias u otras o son tapiadas para que no se las pueda ocupar. Y siento que traiciono los cimientos de la educación si me pongo a explicar cómo se corrige a un pequeño la pronunciación correcta de la erre sin entrar en la influencia fundamental demoledora que le llega cuando ve las imágenes implacables de la injusticia o de la manifiesta desigualdad entre los seres humanos que lo rodean. Porque independientemente de que en la sociedad hay que dotarse de unas normas y de que esas normas han de ser cumplidas por todos, no puede ser de otra manera, cuando se llega a poder mostrar con tanta frecuencia escenas de tanta crueldad es que seguramente hay algo que no se está haciendo bien y lo estamos pasando por alto. Los datos nos dan señales que tenemos que asumir porque también forman parte de la verdad. Nos dicen que en los últimos años, en España, la diferencia entre los ricos y los pobres no sólo no se está achicando sino que se va haciendo más acusada. Nos dicen también que los ricos están aumentando y que los pobres también, lo que quiere decir que esa clase media que siempre ha significado el colchón de los que mal que bien han salido adelante se va empequeñeciendo. Nos dicen que los productos de lujo no están en crisis, al contrario, cada vez se venden más mientras que los comedores sociales están aumentando hasta la vergüenza. Ante este cúmulo de realidades no es posible pensar que los menores se pasean aislados en una burbuja porque no es verdad. Se contaminan de este estado de cosas y participan de toda esta violencia ambiente porque son miembros de esta sociedad concreta. Y saco esta reflexión a cuento porque sigo interesándome por mi tema, la educación de los más pequeños, pero a la vez tengo ojos y sensibilidad para darme cuenta de que este estado de injusticia creciente en el que nos movemos no facilita la convivencia para nada. Al contrario. Va dejando en el aire una contaminación de suciedad y de injusticia que desfigura todo lo que tradicionalmente hemos considerado valores positivos. Si en la prensa aparece una noticia de que un señor dispone de una flota de 100 coches de alta gama para su uso particular, y es un ejemplo sacado de la realidad, no podemos al mismo tiempo estar vendiendo los beneficios de una convivencia pacífica imposible porque una situación semejante engendra cargas de violencia que se hacen presentes inevitablemente en el día a día de una manera o de otra. Sacarlo a la luz es reclamar al mismo tiempo que este estado de cosas termine cuanto antes en beneficio de todos y, en mi caso concreto, en beneficio de los más pequeños, que sufren estas tensiones sin que nos demos cuenta muchas veces pero con toda su carga de crueldad. Los resultados los veremos muchos años después de multitud de maneras, ninguna de ellas gratificante.

domingo, 10 de febrero de 2013

SEGURIDAD

No solo me parece imposible vivir de espaldas a la realidad sino que no creo que sea ni conveniente. Es más, creo que puede ser una forma de credibilidad asumir junto a los asuntos que considero fundamentales en el desarrollo de las personas en los primeros años de vida, que es de lo que tratamos habitualmente, lo que la actualidad va poniéndonos delante de los ojos y profundizar un poco en su contenido para encontrar una visión lo más amplia y precisa posible de cada uno de los asuntos en cuestión
La mayoría habremos visto una propuesta de sillita para transportar en el coche a pequeños de menos de 14 kilos de peso. Es básicamente la misma que la que conocemos, con la particularidad de que debe ir en la dirección contraria a la marcha del coche y en el asiento trasero. Se han realizado las correspondientes pruebas de seguridad y parece que es la situación y posición que menos riesgo comporta ante un choque brusco de que la persona que va dentro salga despedida o se vea sometida a tirones que le puedan ocasionar lesiones. He visto cómo se hace la prueba con un muñeco y parece que es así. Me figuro al menor bien sujeto, mirando en dirección contraria a la marcha y con un adulto junto a él en el asiento de atrás haciéndole compañía y lo veo viable. Pero luego sigo pensando y éste es sólo uno de los supuestos posibles. Pero, si el menor va sólo qué pasa. El conductor no puede verlo ni el menor tampoco al conductor. Si tiene mocos…, si vomita…., si llora…
Con cada adelanto que se va inventando hay que profundizar y ver muchos matices. Parece que hoy en día sólo hay una cosa que no se discute: la seguridad. Si de lo que se trata es de conseguir la seguridad, hay que sacrificar cualquier otro valor. No parece razonable así, sin más. La seguridad está muy bien, quién lo duda, pero no es bueno ignorar las enormes dificultades que entrañan el que los niños hayan de ir atados en todo momento por ejemplo. Ellos no entienden la amplitud de beneficios que el cinturón bien abrochado les ofrece. No quiero defender, ni mucho menos, que los niños no deban ir sujetos en los coches pero sí puedo defender y defiendo que los niños viajen menos en los coches y durante menos tiempo cuando lo hagan porque no deja de ser un suplicio el tributo del cinturón. Con este nuevo hallazgo de la sillita mirando hacia atrás, lo mismo. Junto la situación positiva que significa la mejor posición de los menores por su seguridad hay que contemplar la prohibición de que viajen solos atrás sin que la persona adulta pueda verlos ni ellos tampoco a la persona adulta. Esto no he notado que se mencione siquiera, como nadie parece haber comentado nada sobre las incomodidades reales de los pequeños amarrados al asiento durante horas y horas en viajes largos.
Y es que al margen de que para cada momento del desarrollo esté bien que se logren los elementos más seguros y confortables que permitan el mayor bienestar posible, no olvidemos que, para todos, pero sobre todo para los más pequeños, lo que tenemos que lograr es que las ocasiones de peligro sean las menos posibles y durante el menor tiempo posible. Y, si las hay, que seguro que la vida tiene riesgos que son imposibles de eludir, empezando por el primer riesgo, que es el riesgo de vivir, sean lo más cercanos posible, para que las personas, por nosotras mismas si puede ser, aprendamos y asumamos por nosotros mismos las medidas de seguridad que vayamos necesitando en cada caso. Sintetizando, mi propuesta es la de promover que los niños no viajen solos en los vehículos y cuando no tengan más remedio, que sea durante el menor tiempo posible, sobre todo, como en el caso de los hipotéticos usuarios de estas sillitas recién salidas al mercado, cuando estamos hablando de niños de menos de cuatro años de edad.

domingo, 3 de febrero de 2013

TERRORES

A veces sucede que hay comentarios con los que se puede, por una parte seguir el hilo de estas reflexiones y por otra responder a alguna consulta coyuntural. Lejos de mí, lo he dicho varias veces, convertirme en un consultor que ofrece recetas. Lo que deseo, también lo he dicho, es poder hablar de educación y contrastar pareceres para que los temas que se traten estén en el aire y no en el silencio. Hay un nieto de mi amigo Antonio Salmerón, hijo de la Chiqui, su hija mayor, que parece que anda despertándose por las noches despavorido y a grito limpio. Tiene alrededor de los tres años y me da pie para reflexionar un poco sobre los TERRORES NOCTURNOS.
No es específico de esta edad pero sí es en esta edad cuando más aparecen episodios de pánico a cualquier hora de la noche. Suelen estar ligados al sueño, como pesadillas. Los pequeños parece que se despiertan, normalmente siguen dormidos aunque tengan los ojos abiertos, y reclaman nuestra atención a grito limpio. Se sienten aterrorizados por algo que dicen que ven o gritan sin más con verdadera angustia. La duración de esta fase suele tardar en resolverse en función, como casi todo, de cómo se trate. Como sucede normalmente a medianoche, los adultos no siempre tienen la paciencia suficiente como para acudir al reclamo del menor, abrazarlo estrechamente, hablarle con dulzura y esperar pacientemente a que vaya superando esa secuencia de pánico que está viviendo en ese momento y se vuelva a dormir en paz. Es posible que uno tenga que trabajar al día siguiente y sienta que también tiene derecho al descanso y lo reclame con impaciencia lo que podrá ser muy lógico pero el menor necesita tiempo, paz y sentirse querido en ese momento de desesperación.
Los menores en esos episodios atraviesan por las secuencias que vemos reflejadas en los cuentos: de abandono, de rapto, de antropofagia…Los cuentos los reflejan porque responden a realidades que se viven con mucha frecuencia a partir de los tres años y hasta los ocho, más o menos. Si la solución de esos episodios se produce en paz, a base de lecciones de comunicación entre menores y mayores, las aguas poco a poco irán volviendo a unos cauces de armonía y los pequeños accederán a las etapas siguientes de racionalidad teniendo resueltos todos sus fantasmas simbólicos. Pero si, como puede pasar, los adultos no han atendido a los menores convenientemente, se entrará en las fases de racionalidad con algunos asuntos simbólicos pendientes que tendrán que resolverse sabe dios cuándo y sabe dios de qué modo. Porque esa es otra. Cuando las cosas se resuelven adecuadamente y en su momento la evolución fluye como el agua mansa de un río. Cuando en su momento quedan cosas pendientes ya no podemos controlar cuándo van a terminar resolviéndose ni con qué dimensiones.
Por eso tiene sentido que insistamos en que cada cosa lo mejor es que en su momento se ataje y se resuelva para que se quede en paz y para que pueda dar paso a la fase siguiente con limpieza. Una situación de la vida, cualquiera que sea, no resuelta en su momento no quiere decir que ya no exista. Se queda pendiente y algún día, que ya no puedes predecir, terminará saliendo y buscando su solución de manera espuria y descontrolada. Aquí es donde está el principal argumento para reclamar en esta etapa de los terrores nocturnos paciencia para los adultos y disponibilidad suficiente como para que los menores a su cargo puedan resolver esos momentos de pánico con la fuerza y el amor necesario que les permitan integrar todas esas sensaciones dentro de su desarrollo y como componentes que han de permitir su crecimiento interior. Ejercer la paternidad está repleto de retos y éste que hoy comentamos no es de los menores. También ahí nos curtimos los adultos y estamos obligados a dar la talla que los menores nos reclaman.

domingo, 27 de enero de 2013

PROCESO

No podemos todavía dejar el sentido de realidad porque se trata de un largo y profundo proceso interior en el que la persona debe recorrer un camino que lo ha de llevar desde la visión más animista y mágica de la vida hasta una aplicación racionalista de a los elementos y, sobre todo, a cada uno de los procesos con los que nos enfrentamos en nuestra vida. Yo sabía que reclamar realismo iba a tener contestación porque socialmente viene asociado a todo un sistema de valores y contenidos poco atractivos y hasta retrógrados, pero me parecía y me parece ineludible. Por eso andamos todavía por aquí
Técnicamente se llama proceso de simbolización. Ya dijimos que arranca más o menos hacia los tres años y concluye más o menos, hacia los ocho y no es sólo un proceso de maduración interna, sino que va aparejado con lo que se conoce como proceso de mielinización cerebral. Todo ese entramado de curvas y recurvas que tiene cualquier cerebro es en esta época cuando se definen y en esa definición se graban los principales esquemas del comportamiento de la persona que los experimenta. Hacia los ocho años el cerebro ya ha alcanzado su madurez física y la forma de su laberinto físico será así mientras viva si bien, en honor a la verdad también hay que decir que nunca se cierra por completo su posibilidad de modificación pero sí que se puede conjeturar que al terminar el proceso de simbolización, a los ocho años más o menos, nuestra capacidad madurativa se encuentra realizada en más del ochenta por ciento por lo que, en pocas palabras, nos la estamos jugando en estos años. Por eso es importante no pasarlos de largo y desentrañar todo lo que podamos.
El terror al vacío hace que las personas, cuando no somos capaces de encontrar las razones de las cosas que sentimos o de los procesos por los que pasamos, nos inventemos explicaciones, bien de nuestra propia cosecha o bien de los que forman parte del imaginario colectivo. La imaginación está siempre alerta para cubrirnos los vacíos y como nos descuidemos nos llenamos por completo de ficciones, de sueños con poco soporte en las realidades que vivimos. De ahí que sea tan fundamental el que intentemos que nuestros pequeños se centren en los elementos reales de la vida para que el suelo argumental en el que pisen sea sólido. No solamente lo que se pretende no es eliminarles la capacidad de soñar y gozar de sus sueños sino que, por el contrario, en medida que su suelo sea sólido, su capacidad de sueño será también más certera porque sabrá deslindar mejor lo que es sueño y lo que es realidad.
Mi conciencia no me permite pasar de este tema sin precisar que el binomio no es sueños- realidades sino visión certera de las cosas o confusión, que es muy distinto. En alguna ocasión he visto a un pequeño empujando una caja de frutas y haciendo ruido con la boca y le he preguntado si el coche le funcionaba bien. Me ha mirado con cierto desdén y me ha dicho: “¡Esto no es un coche, esto es una caja!”, y ha seguido tan pancho con su juego. De esto se trata. El juego es algo imprescindible y enriquecedor, pero ellos tienen que saber que están jugando y que la realidad no se puede confundir con el juego. Y esto sólo se logra a base de vivencias y de maduración de sus estructuras mentales, que los lleven a dominar sus propios procesos personales y su relación con las realidades que los rodean para que vayan siendo capaces, a base de ejercicio, de deslindar lo que es de mentira y lo que es de verdad. Eso, que a los tres o cuatro años les preocupa muy poco porque el gran salto está todavía en sus primeros momentos, a partir de los seis años se convierte en una necesidad fundamental para su crecimiento interior.

domingo, 20 de enero de 2013

REALIDAD

Hablar de realidad, de realismo, de cualquier término que se contraponga al sueño, a la ilusión, a la magia, tiene muy mala prensa. Mientras que estos sentidos o sensaciones intangibles parecen algo deseable, apetecible, incluso elevado, cualquier indicativo que nos sirva para poner más y mejor los pies en el suelo ha devenido en despreciable, empobrecedor, poco apetecible. En mi artículo sobre los Magos he comprobado que a mis amigos no les gustaba mi intento por destronar la magia y potenciar la realidad de las cosas. Me veo, por tanto, en la necesidad de explicarme.
Hace ya mucho tiempo que no participo de este criterio. No digo que en un tiempo no estuviera dentro de esa corriente que busca el sueño desesperadamente porque la realidad se me ponía cuesta arriba, como a casi todo el mundo. Pero me he ido dando cuenta de que lo que suele pasar es que las dificultades que la vida nos pone delante, lo que solemos hacer es negarlas y cambiarlas por alguna sensación que nos facilite huir de ellas o actuar como si no estuvieran. Sin embargo hay un hecho incontrovertible y es que los niños, entre los tres y los ocho años, lo que buscan y necesitan para su equilibrio es encontrar el ansiado sentido de realidad en cada cosa y en cada proceso. A los tres años, salir a la ventana a ver cómo va un burro volando es algo habitual y que nadie debiera extrañarse, pero a los acho años más o menos, cada menor debiera tener una conciencia clara de lo que es de verdad en la vida y lo que no. Y esto para tener un desarrollo armónico y en su momento.
Vivir en las nubes, en las ilusiones, en los sueños en definitiva significa no saber donde se pisa. Hoy, desgraciadamente no sólo son los niños los que viven en las nubes sino que parece que la sociedad se empeña en negar la realidad de cada día y cabalgar sobre una serie de conceptos, de imágenes o de razonamientos sin ninguna base real aunque sí pueda hacer que vivamos en una especie de burbuja que nos mantenga flotando, si es posible todo el tiempo y si no, el mayor tiempo posible porque tener que enfrentarse a la verdad de las cosas que nos pasan parece algo fuera de nuestro alcance o demasiado doloroso. No es verdad en absoluto y necesitamos combatir esta idea que nos facilita huir de la realidad y refugiarnos en los sueños porque, sencillamente nos está invitando a hacer de la vida una ficción y a que lo que pasa no cuente y vivamos del cuento en sentido literal.
Hace poco llevé a mi hija a la nieve porque le resultaba muy hermosa y al poco rato de tocarla protestaba porque estaba muy fría. Tuve que decirle algo tan obvio como que no le podía ofrecer nieve a veinte grados. Necesitamos entender que existe el frío, el calor, el dolor, el placer, la noche, el día, el viento, el sol, la lluvia, el fuego…las cosas reales que nos definen y con las que podemos y debemos aprender a vivir. Ese ejercicio es algo que nos va a llevar un esfuerzo asumir, pero también nos va a llevar a la dicha de saber que formamos parte de la realidad que nos envuelve . Gozar con una ilusión es algo hermoso, yo no lo discuto, pero construir una casa con nuestras propias manos es sublime. Seguramente las dos sensaciones son hermosas pero aquella que está cimentada en la realidad y que ha significado un esfuerzo de superación por nuestra parte es una experiencia de las que nos dejan huella para toda la vida. Nunca olvidaré el molde para hacer ladrillos que me fabricó mi padre y la sensación que tuve cuando fui capaz de cocerlos en un horno que me fabriqué, pequeño pero con la misma función que aquel en el que mi padre trabajaba, de verdad.