Hablar de realidad, de realismo, de cualquier término que se contraponga al sueño, a la ilusión, a la magia, tiene muy mala prensa. Mientras que estos sentidos o sensaciones intangibles parecen algo deseable, apetecible, incluso elevado, cualquier indicativo que nos sirva para poner más y mejor los pies en el suelo ha devenido en despreciable, empobrecedor, poco apetecible. En mi artículo sobre los Magos he comprobado que a mis amigos no les gustaba mi intento por destronar la magia y potenciar la realidad de las cosas. Me veo, por tanto, en la necesidad de explicarme.

Hace ya mucho tiempo que no participo de este criterio. No digo que en un tiempo no estuviera dentro de esa corriente que busca el sueño desesperadamente porque la realidad se me ponía cuesta arriba, como a casi todo el mundo. Pero me he ido dando cuenta de que lo que suele pasar es que las dificultades que la vida nos pone delante, lo que solemos hacer es negarlas y cambiarlas por alguna sensación que nos facilite huir de ellas o actuar como si no estuvieran. Sin embargo hay un hecho incontrovertible y es que los niños, entre los tres y los ocho años, lo que buscan y necesitan para su equilibrio es encontrar el ansiado sentido de realidad en cada cosa y en cada proceso. A los tres años, salir a la ventana a ver cómo va un burro volando es algo habitual y que nadie debiera extrañarse, pero a los acho años más o menos, cada menor debiera tener una conciencia clara de lo que es de verdad en la vida y lo que no. Y esto para tener un desarrollo armónico y en su momento.

Vivir en las nubes, en las ilusiones, en los sueños en definitiva significa no saber donde se pisa. Hoy, desgraciadamente no sólo son los niños los que viven en las nubes sino que parece que la sociedad se empeña en negar la realidad de cada día y cabalgar sobre una serie de conceptos, de imágenes o de razonamientos sin ninguna base real aunque sí pueda hacer que vivamos en una especie de burbuja que nos mantenga flotando, si es posible todo el tiempo y si no, el mayor tiempo posible porque tener que enfrentarse a la verdad de las cosas que nos pasan parece algo fuera de nuestro alcance o demasiado doloroso. No es verdad en absoluto y necesitamos combatir esta idea que nos facilita huir de la realidad y refugiarnos en los sueños porque, sencillamente nos está invitando a hacer de la vida una ficción y a que lo que pasa no cuente y vivamos del cuento en sentido literal.

Hace poco llevé a mi hija a la nieve porque le resultaba muy hermosa y al poco rato de tocarla protestaba porque estaba muy fría. Tuve que decirle algo tan obvio como que no le podía ofrecer nieve a veinte grados. Necesitamos entender que existe el frío, el calor, el dolor, el placer, la noche, el día, el viento, el sol, la lluvia, el fuego…las cosas reales que nos definen y con las que podemos y debemos aprender a vivir. Ese ejercicio es algo que nos va a llevar un esfuerzo asumir, pero también nos va a llevar a la dicha de saber que formamos parte de la realidad que nos envuelve . Gozar con una ilusión es algo hermoso, yo no lo discuto, pero construir una casa con nuestras propias manos es sublime. Seguramente las dos sensaciones son hermosas pero aquella que está cimentada en la realidad y que ha significado un esfuerzo de superación por nuestra parte es una experiencia de las que nos dejan huella para toda la vida. Nunca olvidaré el molde para hacer ladrillos que me fabricó mi padre y la sensación que tuve cuando fui capaz de cocerlos en un horno que me fabriqué, pequeño pero con la misma función que aquel en el que mi padre trabajaba, de verdad.