Más de
la mitad de España se encuentra en el día de hoy bajo un importante manto de
nieve. Miles de pequeños han tenido que quedarse en sus casas por León o Burgos
porque hay carreteras que no están practicables para los autobuses escolares y
porque hace un frío que pela. Por mi Granada, que es tan particular, tenemos
nuestra Sierra Nevada de bote en bote a 30 kilómetros de la capital. Cuando no
hay nubes la vemos espléndida como un manto blanco inmenso que la cubre por
completo, pero no podemos engañarnos. La sequía sigue, a pesar de tanta
nieve, muy presente y nuestros almacenes
de agua dulce, los pantanos, se encuentran unos veinte puntos por debajo de lo
normal si bien la situación está mejorando claramente. Esta nieve a fin de
cuentas es un importante almacén que terminará surtiendo los ríos cuando
deshiele después de empapar la tierra. De todo esto, hasta hoy Granada capital
no ha recogido más que frío, seis grados bajo cero esta noche, y apenas unas
gotas cicateras.
Es
esta una tierra de grandes contrastes y los que la vivimos terminamos siendo
personas que se adaptan a esos contrastes y que terminan siendo como ella. En
los pequeños también se nota. Las escuelas siguen abiertas y los interiores
están adaptados para garantizar una manera de sobrevivir a las temperaturas
exteriores pero es evidente que hay que entrar y salir, incluso pasear en los
momentos en que no se está en la escuela y terminar adaptándose a los vaivenes
del tiempo. Para sobrevivir en las mejores condiciones lo mejor es no hacer
mucho caso a tanta subida y tanta bajada de temperaturas. Durante el día, si
hay sol, podemos ver sin mucha
dificultad los 20 grados en el termómetro por lo que los fríos de la mañana
terminan siendo apenas una coyuntura en el conjunto del día, que ha de combinarse con la templanza de las
horas centrales.
La
bajísimas temperaturas pedirían grandes abrigos para los pequeños, con el
consiguiente problemas de que sus capacidades de movimiento se verían muy
mermadas. Ciertamente hay que abrigarse para evitar enfriamientos
perjudiciales, pero sabiendo que las capacidades de movimientos son una fuente
de calor y vitalidad mucho más saludable que cualquier medicina y un freno
natural para las infecciones que la inacción produce. Las familias tienden a
que la cantidad de abrigo no falte cuando hay que moderar los cuidados también
para fortalecer los cuerpos. De estudiante recuerdo en mis lecturas de
Makarenko, que en Rusia se procuraba que las familias sacaran a los pequeños al
menos media hora al aire libre a sus implacables temperaturas invernales
sencillamente para que se acostumbraran al clima de su madre patria. En nuestro
caso tenemos que acostumbrarnos a los contrastes porque en ellos hemos nacido y
a lo largo de nuestra vida vamos a convivir con ellos de manera habitual.
Mi
hija Elvira que como sabéis vive en la playa con su madre y que este fin de
semana lo pasa conmigo porque le toca, se acaba de levantar y me protesta
porque todavía no ha visto nevar en Granada aunque sí ha sufrido los seis bajo
cero de esta noche. El curso próximo tendrá que vivir aquí porque empieza sus
estudios universitarios y se queja todo el tiempo de que quiere ver nevar. Ya
le digo que no se queje tanto porque yo también he conocido nevadas y tormentas
catastróficas que hubiera preferido no haber visto en la vida, con cuevas
derrumbadas, con cantidades importantes de muertos y con ruinas y destrozos
desgarradores. Durante mi infancia era motivo de cachondeo en mi casa que cada
vez que se escuchaba un trueno, un fuerte aguacero o una hermosa nevada ya
sabíamos que a mi madre había que encontrarla en el cuarto de baño porque se le
descomponía el cuerpo. Hasta el color de la cara le cambiaba.


Ver nevar siempre aporta felicidad en mi entorno, aunque sé de personas como tu madre que sólo ven en ello la desgracia. Mi experiencia de nieve ha sido siempre cómoda y no he sufrido las incomodidades que evidentemente acarrea a quienes tienen que hacer su trabajo con ella.
ResponderEliminarUna nevada con los niños es automáticamente gritos, risas y caras de admiración. Todavía en la nevada de principio de enero pude ver esa euforia en mi yerno, que veía nevar por primera vez.
Estoy seguro que las valoraaciones se hacen en función de las vidas que se viven. El caso de mi madre lo conozco muy bien porque su peripecia vital estaba presente en todos nosotros. Cada uno arrastra el peso de su historia y se comporta en función de ella. Inevitablemente somos lo que hemos vivido y nos comportamos en función de nuestras experiencias. Los niños se exaltan ante lo nuevo y una nevada, al menos por aquí, es nueva siempre. Mi alegro por tu yerno. Un abrazo
EliminarMuy bien planteado ...
ResponderEliminarSaludos
Siempre dando en el clavo, Antonio: nieve, truene o escampe!!!!
ResponderEliminarAbrazo
Siempre intentándolo, Pilar. Es cierto. Unas veces dará uno más y otras menos. Siempre son un gusto tus palabras. Un beso
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