Cada
curso tiene sus particularidades. Yo recuerdo principios de septiembre en los
que el agua corría a mares y nos veíamos negros para llegar cada mañana y comenzar la jornada.
Este curso por el contrario, la señal de los cuarenta grados se ha resistido a
claudicar y nos hemos visto envueltos en los sudores de agosto y es ahora, a
mitad de septiembre, en donde ya parece que los rigores se alejan y dan paso a
los airecillos frescos que anuncian el otoño. El refrán nos dice que en septiembre, el que no tenga ropa que
tiemble. Sólo falta que se vaya cumpliendo.
Los
colegios no están dotados por completo de aparatos de aire acondicionado, lo
que quiere decir que entrar en clase en los primeros días con los calores tan
vivos se hace un poco excesivo para los pequeños y para todos. Pero es que nos
volvemos muy delicados y a todo le tenemos que sacar punta y no ver más que los
inconvenientes, que sin duda los tiene. Poco a poco algunas clases ya se ven
dotadas de aparatitos que permiten suavizar la temperatura en las horas más
tórridas del día, lo que facilita la sensación de bienestar imprescindible para
cubrir los expedientes de manera razonable. Pero sin llegar a esos extremos
estoy seguro que utilizando el agua, que ha sido recurso frecuente durante todo
el verano, y permitiendo que los niños usen el patio y sus sombras con el
líquido elemento, el tiempo de más calor se puede suavizar de manera
significativa. Lo que pasa es que pensar en escuela ya implica negar algunos
elementos, como el agua por ejemplo, y contar todo el día con una dotación
mínima de ropa que también se podría aligerar y facilitar entre unas cosas y
otras que la temperatura efectiva fuera más suave.
Nuestro concepto de
escuela necesita ser un poco más relativo que el de libros, filas, zapatos,
mochilas y hasta rebecas si me apuras. Una estructura en fin que obedece a
nuestra imagen mental pero que en muchos casos puede andar bien lejos de la
imagen real de un septiembre como el que estamos terminando de pasar. Esto
demuestra una vez más que nuestro concepto de las cosas y de las secuencias de
vida tiene unas proporciones mentales que no siempre se ajustan a las
realidades concretas por las que atravesamos. La escuela debe estar a nuestro
servicio y tener la ductilidad necesaria para que nuestra vida transcurra de la
mejor manera posible porque tiene muchas posibilidades de ofrecer estatus de
confort adaptados a nuestras necesidades y no vernos abocados a sufrir los
rigores, no ya del tiempo en el que difícilmente mandamos, sino de toda la
dotación de equipamientos que al parecer la entrada en la escuela implica y que
no está relacionada con la realidad natural de los distintos lugares en los que
vivimos sino en las estructuras que todo el aparato comercial nos ha ido
metiendo en la cabeza y que no va destinadas a cubrir nuestras necesidades sino
a someternos a la estructura comercial que ellos necesitan.
Antonio, me pediste que escribiera algo sobre mis experiencias marroquíes. Me has tenido entretenido todo el verano preparando este texto.
ResponderEliminarAquí lo tienes. Ya me dirás qué piensas hacer con él.
Un abrazo
Donde mi hija
es tiempo de Ramadán.
Ella ayuna.
Cuando a los diez años empecé a estudiar el bachillerato en el Patronato Militar de Ronda, las referencias africanas eran constantes. Ya en el verano anterior, mi abuelo me contaba cómo había conocido Ronda en el tren que le retornaba de la guerra de África. Como una confirmación de su relato, el tren que me llevaba al internado siguió a su destino de Algeciras cargado de magrebíes y de soldados que estaban destinados en África, algunos de ellos con los exóticos uniformes de Regulares. Años después sería mi hermano quien me contaba la participación de nuestro abuelo en el desastre de Annual.
Muchos de mis compañeros venían de Ceuta, Melilla o el Sáhara. Estos últimos, junto con los canarios, eran los únicos que no viajaban a su casa en las vacaciones de semana santa e incluso a veces ni en las de navidad, debido a las largas distancias y las malas comunicaciones. Eran viajes costeados por las familias, al contrario de los de principio y final de curso que corrían a cuenta del ejército. Algunos de ellos habían nacidos en lugares donde ya no podían vivir (Larache, Alcazarquivir, Tetuán, Nador…) porque el ejército español ya no estaba presente en esas zonas de Marruecos.
Todos contaban numerosas anécdotas de un lugar donde se sentían más libres y con acceso a muchas cosas de las que carecíamos en la Península. Fueron esas historias las que me sedujeron para cruzar el Estrecho un par de veces antes de acabar el bachillerato con diecisiete años.
Una semana santa en una Melilla sin procesiones, cruzando a Nador con el coche particular del pagador militar de los moros que trajo Franco. En la frontera no me sellaron mi recién estrenado pasaporte y sólo di mi nombre a un gendarme que lo apuntó para tacharlo a la vuelta el mismo día. El nombre que di fue el de Francisco Pizarro, en consonancia con los de Cristóbal Colón o Hernán Cortés, que dieron mis anfitriones melillenses.
El viaje a Ceuta sólo duró un día y sirvió para andar por todo el centro urbano y el monte Hacho y recibir la bronca del capellán militar del internado, porque no le había avisado de mi viaje para traerle whisky escocés sin impuestos.
Todavía en Barcelona estuve en una residencia universitaria para hijos de militares y allí tuvimos noticias de primera mano del conflicto que se estaba viviendo en el Sáhara, porque era compañero nuestro el hijo de la máxima autoridad militar de la zona. También mi hermano fue desplazado al área en el momento previo a la retirada española.
Y esta vez fue Ronda la que acogió a la bandera de la Legión que se fue del Sáhara. Allí ha sido donde en alguna ocasión hemos coincidido en sendos encuentros los antiguos militares que estuvieron en el Sáhara con los antiguos alumnos del patronato militar.
Manuel, lo que se me ocurre es ir ofreciendo a quien nos siga la historia que tu nos has escrito en partes y que conozcan tu trabajo y puedan adivinar a través de lo que cuentas, el tipo de vida que has pasado en verano en ese norte de Marruecos que no hace tanto formaba parte de nuestra cultura cuando nosotros nos llamábamos Al Ándalus. Un abrazo
EliminarMe resulta extraño, ya que salvando las escasas referencias infantiles de la parte de la introducción que has puesto, no hablo de niños en lo que he escrito y en este sitio entramos para leer de infancia. Sería abrir la puerta a que "Como niños" se desvirtuara.
EliminarNo te preocupes, ya veré qué hago con este escrito. De momento ya pienso en añadirle un par de fragmentos más, uno precisamente lo escribí aquí hablando de las escuelas de allí.
No sé si te habrás dado cuenta de que tu comentario, con foto, ha subido a la página, lo que quiere decir que en adelante nos podemos ahorrar el paso del correo porque tú mismo puedes subirlo. No me parece mal tu idea, sobre todo la de ampliar el texto con otras referencias. Quedamos en eso y yo mantengo mi agradecimiento. Un abrazo
EliminarAhí y solo ahí está la clave: "estemos donde estemos, somos las personas lo que importamos"
ResponderEliminarEl resto, texto articulado. Con, sobre, para, por y entre escuela y escolanos...
Besos
Es verdad. Tú pones el acento en lo esencial, que no es otra cosa que las personas. Luego sede envuelve con el ropaje que convenga. Un beso
EliminarParece que poco a poco nos vamos volviendo tan exquisitos... con lo delicioso que sería volver a jugar con el agua en el patio ;)
ResponderEliminarEs la cruda realidad...hay que pasar con lo que se puede !
ResponderEliminarSaludos
Por supuesto. Aquí va mi agradecimiento y me pongo en camino para contactar contigo a través de tu correo. Un abrazo
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