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domingo, 21 de mayo de 2017

FAMILIA


         Reconozco que ahora estoy más pendiente de la prensa en relación con los contenidos que se tratan en este blog. Y no es porque no se encuentren contenidos de interés si este autor echa una mirada a sus interiores, no. Lo que sí es cierto es que en más de una ocasión ha aparecido por debajo de mi puerta la patita de la duda y he llegado a pensar si al final no estaba instalado en la nebulosa de los recuerdos en exclusiva y me ha parecido injusto porque los asuntos que aquí se tratan lo primero que he querido que trasluzcan es verdad y en la medida de lo posible que estén pegados a la tierra y que se puedan constatar en casos concretos, unos idénticos y otros parecidos.


         La última gran revolución que se ha producido en mi país con relación a la familia ha sido la de legalizar cualquier tipo de matrimonio, independientemente del sexo los novios que lo demanden. Ya lleva unos pocos años esta norma en vigor y personas de todas la ideologías se están acogiendo a ella aunque desde el primer día hay un sector de la población que no para de despotricar que a dónde vamos a llegar con normas como esta y que Dios no está de acuerdo con que dos mujeres o dos hombres se casen si quieren porque el matrimonio tiene que ser entre un hombre y una mujer. Que qué va a ser de los hijos que viven en una casa con dos hombres o con dos mujeres porque han decidido adoptarlos, que dónde queda la figura del padre y de la madre y que esto parece el Patio de Monipodio en el que cada uno hace lo que le da la gana. Afortunadamente ya tenemos experiencias hasta de separaciones de estas nuevas familias del mismo sexo para confirmar, como no podía ser de otra manera, que se trata de personas normales y corrientes, capaces hasta de dejar de quererse.


         Cierro mis ojos y pienso en esos hijos que viven con su padre y con su madre y que han de soportar borracheras y gritos continuos de uno de los dos o de los dos, que han de vivir con los abuelos y hasta con los vecinos porque sus padres han emigrado para buscarse la vida, que apenas si se ven porque las jornadas de trabajo no lo permiten y en realidad viven los pequeños al calor del primero que se lo ofrezca, que no disponen de nadie que los controle y que crecen mimados y superprotegidos sin que exista a su lado un criterio de orden y de disciplina capaz de hacerlos sentirse queridos y de decirles que no en un momento determinado y que los pequeños sientan en su piel la cercanía y el apego de una figura adulta que está por ellos y con ellos. Y se me llenan los ojos de supuestas familias tradicionales con los niños abandonados por las calles sin que nadie levante la voz en defensa ni de la ruina de esa familia ni de la ruina de esos pequeños.



         Y se encierra uno en uno mismo, desesperado de repetir a todo el que haya querido oír que el amor, el cuidado y la dedicación no saben de sexo ni de nada sino que hasta los perros, que no son humanos, pueden ofrecer amor a sus hijos o a cualquier persona y que quien lo recibe se siente querido. Que los niños no están pendientes de cómo van vestidos sus padres sino de si los quieren o no, de si los cuidan o no y que eso es lo que nos debe preocupar y no los sexos de cada uno. Cuántas veces hemos conocido a alguien que se ha criado con los vecinos y ha crecido tan cuidado como sus hermanos que se han criado con sus padres o más. ¡Quién es el juez que en vez de mirar el apego que reciben los pequeños se pasa la vida examinando a su familia para ver si cumple los requisitos que considera indispensables!. ¡Cuándo dejaremos de ser hipócritas!.


domingo, 14 de mayo de 2017

CHUPE


         Sé que no es la primera vez que este tema aparece pero después de siete años, tampoco puede resultar demasiado extraño. Los motivos para que aparezca un tema pueden ser muy dispares. Hoy la excusa ha sido un artículo de prensa online que es la única que leo. La cuestión era que qué es lo que dicen los expertos y creo que me ha motivado porque estoy de expertos hasta la sopa. Entiendo que tiene que haberlos, tanto en este asunto del chupe como en cualquier otro susceptible de interpretaciones, pero leo el artículo y no puedo evitar que me dé la risa. Cuentan la conveniencia o no de utilizar el chupete en función de que pueda afectar al nacimiento de los dientes o, esto es de mi cosecha, a la deformación de la boca por meterse los dedos en el caso de que quitemos el chupe por las bravas.

         Muchas veces he verbalizado que los pequeños crecen a pesar de los adultos. Es exagerado, lo sé, pero no creo que tanto. Recuerdo en mi propia vida, que tampoco es tanto, cómo a los pequeños se les mojaba el chupe en azúcar para calmar su incomodidad o su llanto. Incluso en anís,  con lo que no quiero ni pensar la borrachera en la que caían los pequeños y seguro que se dormían. ¿No se iban a dormir si estaban como una cuba?.  Casi de antes de ayer recuerdo un anuncio de la tele en el que un dibujo de niño con cara de listo decía que debíamos darle a los pequeños  QUINA SAN CLEMENTE, un vino dulce de alta graduación y la razón era que DA UNAS GANAS DE COMERRRRR… Tampoco quiero dejar aquí un estudio exhaustivo de las tropelías que hemos hecho con los pequeños, siempre con la mejor intención, no me cabe ninguna duda, buscando su bienestar y ya de camino que nos dejaran un poco tranquilos también a los adultos porque las noches son muy largas y hay mucho tiempo para desesperarse cuando los persistentes llantos arrecian.

         No me puedo quitar de la cabeza, allá por 1984 cuando había bastantes menos expertos que fueran capaces de aportar algo sobre los más pequeños, una de las maestras que asistía a mi curso sobre la necesidad del juego para el buen desarrollo de los pequeños que me espera al final y me hace una pregunta de carácter personal para decirme que su hija de ocho años no paraba de chuparse el dedo desde que le quitaron el chupe y que toda su familia la persigue para que deje el vicio y la niña no para y tiene el dedo en carne viva y ella está angustiada y no sabe lo que hacer. Ella misma  esperaba que su hija se durmiera para quitarle el dedo de la boca para evitar, decía, que la boca se le fuera a deformar. En la conversación termina diciéndome el profundo motivo de su angustia y era que su hija le estaba preguntando cada vez con mas frecuencia: Mamá, ¿tú me quieres? Y esa inseguridad de la niña le estaba quitando el sueño.


         Yo no me he considerado experto más que en hablar con las personas y estar seguro que por ese camino es por donde pueden llegar las soluciones a los problemas que la vida nos plantea. Tampoco me consideré entonces cuando me compañera me manifestó su angustia. En realidad hoy tampoco tengo claro si mi propuesta fue válida o no pero no tuve dudas y le dije: Yo no sé lo que hay que hacer en un caso como el que me cuentas pero lo que sí te digo es que si fuera mi hija me iba con ella esta misma tarde a una farmacia y le pondría que eligiera unos cuantos chupes y que chupara hasta que se cansara de una vez pero que en ningún momento le faltara la seguridad de que tú, que eres su madre estás con ella por encima de que se chupe el dedo o que no. Hoy haría lo mismo.  

domingo, 7 de mayo de 2017

SOMOS


         Hay muchos lenguajes y todos pueden hacernos decir verdad o por el contrario nos pueden llevar a engaño. Bueno, todos no. Hay un lenguaje que por más que quiera nos define irremediablemente y es el lenguaje  de los hechos. Al final es el único que nos define de manera determinante  porque por encima de las ideas, de las intenciones, de las miles de posibilidades que el devenir de la vida nos ofrece en cada momento nos definimos por hacer una sola cosa y esa es como nuestra seña de identidad, como nuestra firma en el documento de la realidad, nuestra huella, nuestra definición como personas, nuestro dibujo final. Si alguien quiere saber quiénes somos de verdad tendrá que dejarse de zarandajas y bucear en nuestros hechos porque es allí donde estamos reflejados con fidelidad.



         Cuando echo mano a mi infancia, la fuente más fidedigna de lo que somos aunque desgraciadamente podamos  recordar tan poco,  me veo inmerso en el devenir de cada día y la calle era mi principal escuela porque allí hacíamos la mayor parte de nuestra vida entonces. Las peleas entre los niños eran una actividad cotidiana, unas veces en broma, la mayoría, y otras, las menos, en serio. No se me daban mal las primeras partes de las luchas y recuerdo  tener a mis contrincantes en el suelo a mi disposición con cierta frecuencia. Pero una vez allí no sabía qué hacer con ellos. Nunca he sido capaz de materializar la idea de dar un puñetazo o un cabezazo a alguien así en frío. En medio de la refriega sí podíamos intercambiarnos golpes a son y sintrón  sin ningún problema pero una vez que tenía al contrincante a mi disposición,  yo mismo me daba por ganador y dejaba la pelea. Lo malo es que el otro muchas veces no estaba por la labor, se reponía y entonces era yo el tenía que soportar su revancha y salir trasquilado del conflicto.

         Muchos años después, la tele llegó a mi vida a mis quince años, he visto en los programas de naturaleza cómo los animales fuertes sólo matan para comer cuando lo necesitan y las luchas de poder las resuelven casi siempre con exhibiciones de fuerza o con manifestaciones de superioridad sin que la crueldad esté presente en el conflicto pero en esas situaciones se ve que el vencedor y el vencido hablan el mismo lenguaje y tanto uno como otro aceptan el resultado sin necesidad de llegar hasta las últimas consecuencias, Ese no solía ser mi caso, aunque algunas veces sí lo era. La mayoría terminaba con el rabo entre las piernas porque la crueldad es algo que nunca ha entrado en mi cabeza en un conflicto abierto. También he conocido desgraciadamente que para hacer daño no hace falta ser valiente sino ser capaz, en un momento determinado, de aprovechar tu ventaja y dar el golpe decisivo sin pensar en el daño que haces sino garantizando tu ventaja.


         El otro día conocí que el señor Trump ordenó explosionar la llamada MADRE DE TODAS BOMBAS, en la cabeza de los terroristas de ISIS poniéndonos a todos en riesgo por las posibles respuestas indiscriminadas de los terroristas y porque el mundo entero se ha enterado que ya no queda más que un paso para llegar a la amenaza nuclear con la que ahora se encuentra tonteando ante las bravuconadas de Corea del Norte. Y a todo esto, él no hace otra cosa que ordenar mientras se encuentra perfectamente a salvo con todas las medidas de seguridad a su alrededor mientras cada uno de nosotros nos vamos convirtiendo por mor de sus decisiones, en personas cada día más frágiles, más vulnerables ante el aumento exponencial de los peligros que nos acechan por las decisiones de una persona que nos quiere convencer que todo es para proteger nuestra seguridad. Sus palabras pueden asustarnos pero el verdadero peligro está en sus hechos.

domingo, 30 de abril de 2017

CELINDAS


         Cualquier secuencia de la vida significa una posibilidad de aprende. Otra cosa es que nuestra manera de mirar esté abierta al aprendizaje, cosa que es imprescindible o, sencillamente, pasemos por delante de los acontecimientos sin pena ni gloria. En ese caso ya nos pueden poner delante la montaña más alta que no la veremos, sencillamente porque no tenemos la voluntad de ver. Estos días no tengo más que salir a la calle y vuelvo completamente embriagado de color y de olor porque la primavera se encuentra en su cenit. Ya está terminando la presencia del azahar que nos ha supuesto a los forofos ir de acá para allá debajo de los miles de naranjos que hay plantados por las calles andaluzas para cubrirnos con su embrujo y terminar completamente borrachos de su esencia efímera. En unos días las flores se marchitarán y habrá que esperar un largo año para gozar su esencia de nuevo.

         Ayer por la tarde mismo y,  justo al lado de mi puerta, pude gozar junto a mi hija Elvira con otra fragancia que,  sin desmerecer para nada al azahar, diría que nos enloquece más profundamente. Se trata de la celinda. Ya la venía siguiendo desde que sus inmaculados pétalos aparecieron y cada día me he ido acercando con veneración para robarle una porción de su fragancia y embriagarme con ella unos segundos. Ayer le comentaba a mi hija que comprendo a los insectos que se vuelven locos en cuanto perciben semejante olor y se acercan a libar los azúcares de su polen a la vez que nos dejan el beneficio de la fecundación que garantizará que el año próximo podamos gozar de nuevo de semejante tesoro. El azahar ha crecido mucho porque por las calles hay muchos naranjos que nos lo garantizan pero las celindas se han reducido hasta el punto que se han convertido en una rareza. Hay que encontrarlas en rincones discretos y a poco que te descuidas, cuando quieres acordar han terminado los pétalos su ciclo, desesperadamente corto, y tienes que renunciar a su olor hasta el año próximo.

         Cierro los ojos y recuerdo en mis primeros años aquellas presentaciones de ramos a la virgen cada tarde de las muchachas de mi pueblo durante todo mayo. La celinda era precisamente la que no faltaba en ningún ramo con lo que la iglesia concentraba esa maravilla de olor muy concentrado. Luego había más flores, al gusto de cada muchacha pero la celinda acompañaba siempre por hermosa y por barata. Tengo esa imagen incrustada de la mano de mis madrinas Emilia y Águeda con sus maguitos cubriéndoles los brazos porque a la iglesia no se podía entrar luciendo la carne de los brazos y con sus velos, bordados en tul por ellas mismas cubriendo sus cabellos y yo como un niño repipi de sus manos siempre, oliendo a narices llenas de aquellas fragancias que nunca jamás he logrado quitar de mi memoria y que las sigo persiguiendo por estas fechas porque sé que son tesoros pero también que son efímeras y que si un año me descuido, me las pierdo y es un verdadero drama para mí.

         La lección de este texto pretende ser doble. Por una parte tiene que ver con nuestra capacidad de gozar, que suele estar muy cerca de nosotros casi siempre y que no está relacionada con ninguna campaña publicitaria  comercial sino con la naturaleza y con sus ciclos. No hay más que estar atentos y acercarnos en el momento justo porque el don puede ser para todos. Y con otra por la profundidad de las experiencias que se impregnan en los primeros años que se quedan dentro de nosotros y que nos definen para siempre con esos aprendizajes adheridos a nuestra inteligencia. Lo mismo que para conocer determinadas limitaciones en nuestro desarrollo los analistas han de  buscarlas en los primeros años, también las raíces de los gozos más profundos hay que encontrarlas en los primeros años y es que es en esa zona de la vida donde verdaderamente se dirime lo esencial de nuestras personalidades.

domingo, 23 de abril de 2017

LIBRO


         Cuando los textos que aquí voy dejando gota a gota tienen una referencia inmediata a la realidad concentran una fuerza especial ligada al acontecer diario. Lucía ya me había avisado que nuestras escuelas estaban organizando algo. Era suficiente para que yo me hiciera presente a eso de las doce de la mañana en La Fuente de Las Batallas, en pleno centro de Granada. La excusa, el Día del Libro, que no era ayer sino hoy. Había varias casetas anunciando novedades y confiando en poder ofrecerlas al público durante todo el fin de semana. El propio vagón de ludoteca de la Fundación también estaba allí a la espera de que las familias llegaran con sus pequeños, pero el punto de vida no era más que unos telones de techo separados por unas paredes a base de colores y de hilos de lana que separaban y que unían al mismo tiempo. Allí estaba, la vida y el trabajo coordinado de un montón de gente, empeñada esta vez bajo la bandera de que la etapa de 0 a 6 años sea una y tenga unidad educativa y los poderes públicos no permitan que los primeros años, de 0 a 3 se separen definitivamente del ciclo educativo.

         Tuve la tentación de que la primera foto hubiera sido una hermosa barriga que vi por allí formando parte de un cuerpo joven de madre que ya andaba buscando un lugar adecuado en el mundo para su retoño, que estaba a punto de ver la luz de un momento a otro. Me quedé con la gana. Otro día será. Esta vez prefiero mostraros la pancarta que da sentido a la vieja lucha, nunca ganada pero hasta el momento tampoco completamente perdida y me puse a dar vueltas por aquellos rincones y saludando aquí y allá a una serie de personas con las que he compartido mi vida y que, llevan en su mente una parte de mi lo mismo que yo la llevo de ellas, unas veces para bien y otras para mal, que de todo tiene la convivencia. Ahí andamos y aunque los cuerpos que nos sustentan están cada día más arrugados, las familias que se sienten convocadas y sobre todo sus frutos recién paridos son los mismos retos que nos hablan de vida, de esfuerzo nuevo y de futuro y exigen de nosotros la misma frescura que hace años porque ellos no entienden de guerras que no pasen por su vida.

         No eran grandes los recintos amurallados por hilos de colores pero todos despedían calor, cercanía y conciencia de que el objeto del esfuerzo no subía más allá de un par de palmos, como siempre y éramos los adultos, como siempre, los que teníamos que bajar de nuestras alturas y alcanzar la talla de ellos y la medida de ellos porque el trabajo de preparación del acto estaba como siempre hecho a su medida y para que los pequeños, los más pequeños,  se sintieran una vez más protagonistas y o bien solos si era posible o con sus familias como soporte, lo más frecuente, vivieran con nosotros un rato de sábado en recuerdo de los libros, esos artículos que tienen hojas y dentro miles de historias que vivir y que soñar. Allí me quedé un momento escuchando a Manuel y a Víctor leyendo cuentos de un libro que tenían entre manos y que mostraba imágenes para que los pequeños vieran de dónde salían las palabras.


         El circuito se acababa pronto y Conchi nos despedía con su sonrisa a todo el que, una vez visitado cada uno de los espacios a su gusto, decidía seguir recorriendo la ciudad una hermosa mañana de primavera. Nunca fueron nuestros acontecimientos grandes en extensión. Seguro que sí en hondura y este también lo fue. No había más que mirar los ojos de los pequeños para tener la certeza de que se sentían en un espacio amigo, que estaba montado para ellos y que en esta ocasión con la excusa del Día del Libro, también buscaba su cercanía para que aprendieran a gozar con otros compañeros y de la mano de sus familias.

domingo, 16 de abril de 2017

MÁSCARAS


         Estas vacaciones de Semana Santa son probablemente las más proporcionadas porque duran sólo nueve días y se producen en un momento en que los pequeños ya tienen historia  de grupo. Han seleccionado quienes de sus compañeros les caen mejor y quienes peor. Han fijado sus prioridades y si les preguntamos por sus amigos son capaces de responder unos cuantos nombres que frecuentan más. En esa situación ya no perjudica tanto pasar unos pocos días separados porque luego es fácil conectar de nuevo. Estas vacaciones como las de Navidad tienen un componente religioso indiscutible, que es el que las define por encima de otras particularidades. Será aconsejable un descanso o no pero es cierto que las vacaciones se justifican por acontecimientos religiosos católicos concretamente.

         No sé si nos estamos quedando sin referentes colectivos o qué es lo que nos está pasando pero a lo largo de toda la semana ha sido la religiosidad la que ha sobrevolado por el espacio y por el tiempo. No una religiosidad de contenido y compromiso, sino esa otra superficial y bullanguera,  ligada al folklore,  que se ha manifestado sacando a la calle todo tipo de imágenes relacionadas con la pasión y muerte de Jesucristo imponiendo de hecho que la vida de los pueblos y ciudades esté mediatizada por esas ceremonias fúnebres y multitudinarias y que la vida social se paralice y se supedite al ritual genérico de las procesiones durante las tardes y noches y al espectáculo tétrico de los penitentes con la presencia de sus máscaras y sus interminables filas de velas encendidas como espectáculos de otro tiempo que se resisten a desaparecer de este siglo XXI y que nos dejan una estampa  esperpéntica, ajena a nuestro mundo.

         Ni por un momento quisiera que se interpretara la más mínima falta de respeto a ninguna auténtica religiosidad. Al contrario. No sé si en algún tiempo las sociedades pudieron ser tan uniformes que una religión, la que fuera, se impusiera por completo hasta condicionar la vida del conjunto, pero en este momento, por más alardes de fuerza que se hagan, en una sociedad como la nuestra es imposible eliminar su esencia diversa, que es lo que prima cada día más en todos los órdenes de la vida y yo celebro esa diversidad que nos aporta  riqueza y posibilidades continuas de aprender unos de otros y que requiere sobre todo respeto para que cada persona o cada colectivo se sienta legitimado para expresar sus ideas y para vivir como desee aceptando y respetando a quienes no piensan como ellos. Paseando por las calles he podido ver los negocios chinos o musulmanes, cada día más numerosos,  completamiento abiertos como un día cualquiera puesto que ellos no tienes nada que festejar y son ciudadanos tan dignos como nosotros. Cada día más sucede que son tan ciudadanos de este país como nosotros y han nacido aquí como nosotros. La variedad es sobre todo riqueza.


         Concretamente este año que hemos dispuesto de días de sol y temperaturas casi veraniegas hemos podido vivir enormes atascos porque el gregarismo social hace que no podamos gozar de lo que tenemos preparado para el goce, que es mucho. Termina imponiéndose que todos vamos a la playa o todos vamos a las procesiones o todos vamos a viajar como si la idea de negocio fuera la verdadera rectora de la vida y no pudiera ser, sencillamente, que aprendamos a ser diversos y a saber combinar todas las posibilidades de vivir que hemos aprendido sin que tengamos que renunciar a nada. Cada día somos capaces de disponer de más y mejores medios para alcanzar  mejor calidad de vida. Lo que hace falta es que sepamos aprovecharlas y mirar a nuestro alrededor para ver que desgraciadamente no todo el mundo vive igual y no faltan situaciones de desesperación bien cercanas que nos debían hacer aprender. 

domingo, 9 de abril de 2017

HERENCIA


        El jueves pasado,  día 7, a las 11 de la mañana, nos habíamos citado en el mirador de San Nicolás para celebrar el 50 aniversario de nuestra graduación como maestros y allí comenzamos a llegar gota a gota, unos solos, otros acompañados de las esposas. Todo parecía normal pero ni nosotros éramos los mismos y el Mirador mucho menos. La de tardes que pasamos entonces,  sentados en el pretil frente a la Alhambra. Nunca estuvimos completamente solos porque esa Plaza es un imán pero un buen día apareció Clinton y se le ocurrió decir que desde esa Plaza se ve la mejor puesta de sol del mundo y a partir de ahí fue el desmadre. Creo que la frase no es mentira pero la Plaza, como casi todo en el Albaicín, es pequeña y solo puede albergar holgadamente a unas pocas personas. Ahora es un mercado casi a cualquier hora. Nos vimos negros para reunirnos e inmortalizar el momento a esas horas de la mañana. No quiero ni pensar lo que sería por la tarde.



         Como pudo, Tomás nos fue explicando lo que fue de Granada después de la Conquista  y  que es la ciudad de Los Cármenes por la concentración de varias viviendas musulmanas para los recién llegados, que no aceptaron vivir con aquellas estrechuras. Nos fue llevando hasta la Mezquita Mayor, hoy Iglesia del Salvador y por el camino nos encontramos a Miguel, el sacristán, que tuvo la amabilidad de abrirnos, porque no eran horas y en lo que un día fue el hermoso Patio de las Abluciones terminó la explicación histórica con su paciencia habitual. Nosotros, aparte de escuchar cómo podíamos,  no dejábamos de mirarnos y de intentar reconocer en los casi setentones que teníamos enfrente a los veinteañeros de hace 50 años, venidos de todo lo que un día fue el Reino, que nos íbamos a diseminar por la vida de entonces en adelante  y que ahora nos replegábamos durante unas horas para decirnos que estábamos vivos, los que estábamos, que éramos los mismos, completamente falso, y que volvíamos por el Ave María de la Cuesta del Chapiz por ver si allí todavía quedaba algo de nosotros, los de entonces.

         No estábamos todos. Algunos, Abril, Béjar y otros porque ya no están con nosotros. Otros porque sus condicionantes personales y familiares no se lo han permitido. José Luis, que se ha tomado mucho interés, no ha logrado concentrarnos más que a 27, que no son pocos de todas formas. Yo recuerdo haber estado en el 25 aniversario un rato por la mañana y nada más. Otros ni eso. Algunos sí vienen manteniendo ciertos contactos más frecuentes. Es posible que para ellos el tiempo pase de otra manera. Qué gusto ver al Sebas, siempre con su música a cuestas. A Rafa Domínguez, que yo llamaba el 2´14 y que ya me puntualizó que nunca pasó de los 2 metros, a Antonio Martínez de Tíjola, tan distinto a mí y que siempre nos llevamos tan bien. A Honorio, que nos consiguió para comer la maravilla de la Universidad del Carmen de la Victoria, exactamente encima de nuestro colegio y con el mismo fondo mágico a nuestra espalda. A Jiménez Pozo y su alegría pegadiza. A Emilio, mi Emilio del alma, a Pepe Larios. Al correctísimo Antonio García Fernández y así, uno por uno podría irme parando en cada uno de los retazos de mi vida que se asienta en cada uno de los presentes.




         El tiempo nos premió y pudimos comer al aire libre, a base de tapitas de jamón, salmón ahumado, gazpacho, tortillas de camarones …, la conversación encendida y el rumor de una fuente, uno de los sonidos más hermosos del mundo que definen Granada y que también han definido mi vida. El tiempo es implacable siempre y la historia terminó con un racimo de recuerdos puestos en común y con un pequeño concierto de nuestros artistas que una vez más tuvieron la generosidad de deleitarnos. Quiero confesaros que no soporto las despedidas y por eso en un momento desaparecí sin más. Pero aquí está mi abrazo y mi mejor deseo para vosotros y para vuestras familias.



domingo, 2 de abril de 2017

SEÑALES


         Cuando se trabaja en educación el vaivén de cada día te va dejando un continuo reguero de señales de por dónde sí y de por donde no. Sería ridículo decir que todo lo que debes hacer lo tienes delante de los ojos aunque tenga su parte de verdad. Todo un conjunto de señales que se manifiestan a cada momento o en repetidas ocasiones nos pueden servir de indicadores pero siempre que nosotros nos dediquemos a mirar con ojos de ver y eso no siempre está a nuestro alcance. Nuestra capacidad de ver está muy mediatizada por nuestra propia evolución interna, perfectamente legítima, que llega a condicionar nuestra mirada de modo que no vemos muchas veces lo que miramos sino lo que queremos ver.

 José Pablo no podía vivir sin perseguir con denuedo a Javi y con frecuencia le pegaba. Las señales daban a entender que lo odiaba y no encontrábamos manera de normalizar la relación si no era a base de separarlos por imposición. El tiempo y la observación persistente nos dio ocasión de que José Pablo verbalizara las verdaderas razones de por qué se sentía en la necesidad de atacar a Javi. Llegó a decirnos que Javi tenía mocos y a él le daba asco. No era mentira pero hablando con él pudimos darnos cuenta de que él también tenía mocos y en realidad lo que estaba haciendo era castigarse en la cara de Javi. No podíamos consentir esa situación porque Javi tenía derecho a vivir en paz pero fue fundamental averiguar las verdaderas razones de la agresividad porque aparte de Javi, que era el primero que la sufría, en realidad todo el grupo vivía en una tensión impropia que sólo se fue resolviendo en la medida en que fuimos capaces de encontrar la globalidad del problema y poniendo los distintos remedios que necesitaba.

         Cuando Fernando y Alba querían jugar a padres y madres, Cristian  imponía su fuerza y su agresividad y lograba ser el padre. Comenzaban el juego con las imposiciones de Cristian pero al poco rato Fernando aceptaba ser el perro, Alba cogía al perro y se iba de paseo con él y cuando estaban lejos de Cristian seguían jugando los dos y Cristian terminaba por irse a otros menesteres, aburrido y solo. O las agarradas que se traían de vez en cuando Tancho y Clemente a cuenta del balón de este último. Clemente decía que el balón era suyo y que jugaba quien él dijera. Tancho decía que tenían que jugar todos y terminaban a bofetadas que solía ganar Clemente que era más fuerte pero que terminaba más solo que la una, abrazado a su balón mientras todos se reunían alrededor de Tancho para consolarlo y para inventarse un nuevo juego en el que seguirían jugando juntos y en el que Clemente no podría intervenir porque le había pegado a Tancho. Secuencias de este calibre podríamos pasarnos la vida contando porque hay miles. Lo que yo he aprendido con estas lecciones de vida no lo puedo pagar de ninguna manera.


         El que pasen las cosas no quiere decir que la persona responsable las vea. Nadie está detrás de ti para decirte que ahora es cuando tienes que mirar porque ahora está pasando algo importante. Es uno mismo el que tiene que aprender a ver y a aislar la secuencia adecuada dentro de todo lo que pasa y eso sólo se consigue haciéndolo una y otra vez y equivocándote muchas veces y viendo cómo lo que habías pensado importante resulta que no lo es y que tienes que volver a intentarlo para sacar la secuencia válida y la que lleva dentro la lección que necesitas para aprender tú y para hacer que los pequeños aprendan a través de las lecciones que tú les ofreces que tendrán la máxima eficacia si las has sacado de su propia vida.

domingo, 26 de marzo de 2017

JAVI


         En este momento, aprovechando que Javi se acaba de incorporar a la institución, me viene al pelo para hablar de la imprescindible renovación generacional y de las formas de incorporar personas nuevas y tiempos nuevos. Después de cuarenta años de vida es imposible pensar que los modos que un día fueron adecuados puedan mantenerse en el tiempo como si la vida hubiera permanecido estancada desde entonces. Algunos, entre los que me cuento hemos estado siempre muy interesados por conectar con las savias nuevas, tanto personales como en las formas de vida porque uno de los peligros que tiene una institución que nace es el de quedarse petrificada en sus principios como si la vida no evolucionara a su alrededor, con el consiguiente peligro de enquistarse.

         En el caso de Javi el contacto se produjo porque él nos eligió para hacer sus prácticas reglamentarias. Muchos profesionales nos han conocido por ese procedimiento. A mí me ha gustado mucho siempre porque permite a quien está empezando pasar unos meses observando una manera de trabajar en el grupo que se le asigna y también conocer cómo evoluciona un grupo de trabajo, las fuerzas que lo hacen moverse y vivir momentos especialmente dulces y también amargos, que de todo hay en la viña del señor. Todo eso con la tranquilidad que permite no tener que estar en primera línea de decisión, que para eso ya está el titular del grupo, y poder mirar desde el resguardo de su trabajo, que es el que de verdad tiene que responder ante las familias y ante el equipo docente. Yo no he vivido el privilegio de aprender así pero siempre he pensado cómo me hubiera gustado hacer mi aprendizaje profesional y lo he puesto en práctica como me habría gustado que me trataran a mí.

         Desde siempre les ha dicho a las personas de prácticas que procuraran aguantar todo lo que pudieran sin intervenir, que se dedicaran todo el tiempo posible a mirar, a observar todo lo que pasaba a su alrededor porque en el momento en que se pusieran a intervenir dejarían de lograr una visión panorámica para convertirse en una pieza más del engranaje. Ninguna posición es mejor que otra y todas pueden ser útiles para el conocimiento de un grupo y de los juegos de fuerzas que los hacen evolucionar pero sólo antes de intervenir por primera vez, una persona recién llegada puede extraer una visión desde fuera, como de alguien que no pertenece a ese conjunto. He insistido mucho porque es muy difícil de conseguir. Una persona recién llegada está deseosa de involucrarse cuanto antes en la vida del grupo y quiere formar parte de lo que se cuece en su interior y es normal. Lo que sucede es que en el momento que se involucra empieza a ser una pieza más y ya no puede ver el grupo en su globalidad. Ha pasado a formar parte de su vida interna.


         Me consta que en estos momentos Javi está con la baba por los suelos porque se ha producido su incorporación, después de muchos años, al proyecto que un día conoció, le emocionó y le hizo soñar. No deja de ser un privilegio pero ahora tiene que ir descubriendo con el paso de los días que su posición  ha cambiado radicalmente y que ahora es un miembro más del grupo para mal y para bien. Sus decisiones y sus iniciativas, que en las prácticas siempre estaban respaldadas por la persona responsable, ahora tienen valor por sí mismas y pasan a incorporarse de pleno derecho al armazón del funcionamiento diario. Son los distintos papeles que podemos representar en los distintos momentos por los que la vida nos hace pasar y que, en todos los casos, su importancia va a estar determinada por la autenticidad con que seamos capaces de vivirlos. Adelante, Javi, que la vida es tuya.

domingo, 19 de marzo de 2017

EJEMPLO


         Cuando uno persiste en sus ideas no es raro que en cualquier momento se encuentre con algunas realidades de las que siempre deseó. Mi objetivo fue siempre y lo sigue siendo hoy, que compañeros míos de trabajo fueran apareciendo por estos textos para que el contenido no fuera tan individual ni sólo mío porque nuestra labor es sobre todo colectiva. Por muchas razones hasta el momento ese objetivo no se ha cumplido, pero hoy sí. Manuel Ángel comenta habitualmente mis textos, cosa que le agradezco siempre que puedo y hoy ocupa nuestro contenido porque estractamos  nuestro artículo de su colaboración en el libro que publicó nuestra empresa FUNDACIÓN GRANADA EDUCA y que tuvo y tiene bastante repercusión pública. Las fotos de hoy todas hacen referencia a la comida en nuestras escuelas, aunque no todas sean del libro. Quiero que sirva de ejemplo de que lo que aquí se escribe, antes que nada es verdad. Lo destaco en negrita para respetar su autoría.

Si se le preguntara a cualquier familia de nuestro alumnado dónde está la cocina de la escuela, seguro que sabrían indicarla antes que despachos, almacenes e incluso algún aula por la que no hayan pasado. Nuestras cocinas ocupan lugares estratégicos de las escuelas, bien situadas tanto para la llegada de mercancías desde el exterior como para la distribución de los alimentos a los grupos. Pero no se limitan a estar ahí; tienen a su alrededor toda una información a las familias (e incluso a los alumnos) en forma de tablones más o menos sugestivos, del mismo nivel que el de las actividades de las aulas, que las convierten en fuente permanente de información, a las que las familias recurren con frecuencia casi diaria.


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            Pero hay un rasgo que diferencia nuestro servicio de comedor del de la gran mayoría de las escuelas: no es algo complementario, aparte de la actividad escolar, en espacios y con personal distinto.  La comida es una más de las pautas que marcan la vida cotidiana de nuestras escuelas infantiles, incluidas en la dinámica del aula con el mismo valor que cualquier actividad que pueda considerarse más educativa (por ejemplo aspectos de lenguaje, psicomotricidad, conocimiento del medio,...) y desde luego al mismo nivel que esos aspectos tan básicos como el aseo o el descanso. Y al decir que es una parte más de la actividad docente, debe quedar claro que los niños comen en el aula (desechamos la existencia de comedores aparte, para respetar los ritmos de las diferentes edades y mantener una identificación espacial) y son los maestros de los grupos quienes se encargan de dar de comer, que no recurrimos a monitores de comedor, y que le damos tanta importancia a esta faceta, que es un elemento que va a aparecer en todas las programaciones (desde el proyecto de centro, que marca las líneas generales que inspiran el estilo de la escuela, hasta la programación trimestral de un aula, donde su maestro planifica lo que va a hacer especialmente en ese período de tiempo), en buena parte de la información que damos a las familias (desde el parte diario que se coloca en la puerta de las clases a los informes escritos que pasamos dos veces por curso sobre su niño a cada familia) y en todo el proceso de evaluación, tanto individual como colectivo.


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Además del gran núcleo común de la comida del mediodía, toda la escuela comparte el consumo de alguna fruta a media mañana que viene a igualar los estómagos de los que desayunaron temprano con los que lo hicieron poco antes de llegar a la escuela o los que hoy no han desayunado porque no tocaba. Aparte de la importancia que le damos en la escuela al consumo de frutas y verduras frescas (todas las comidas empiezan con una ensalada), el dar la fruta en este momento garantiza que la comida del mediodía es recibida más o menos con la misma ansia por todos y no se dan los alaridos de los desfallecientes que no pueden tolerar que no se les sirvan los primeros.



                Una vez más, agradezco a Manuel Ángel su disposición a colaborar con este empeño y valoro su contribución por la credibilidad que ofrece.

domingo, 12 de marzo de 2017

COMIDA


         Lo habré dicho más veces pero quiero repetirlo como si se tratara de un mantra. Así por encima, mi observación es que había tres cosas que nuestros pequeños destacaban de su vida en la escuela: la comida, la vida en el patio y las colonias. Hoy me quiero centrar en la comida que se ha convertido en elemento esencial del espectáculo en común del momento presente. No puedo negarle aspectos positivos. El mundo de los alimentos y de los procesos que transforman en manjares una serie de productos que aislados no nos llamarían la atención pero tengo que lamentar una vez más que lo que significa el placer de aprender a alimentarse y gozar con los bienes de la tierra se convierta en  una competición más en la que los mejores aplastan a los que no lo son y comer no es lo que importa sino ganar.

         A modo de recuerdo menciono los talleres de cocina que organizamos en las escuelas con pequeños grupos de los mayores, tres, cuatro y cinco años y cómo un día a la semana dedican un tiempo al conocimiento de los elementos que intervienen en nuestra alimentación y aprenden a preparar platos elementales, normalmente ensaladas, que ese mismo día nos habremos de comer todos y cómo ese contacto les lleva a sentirse miembros activos del gran grupo de la escuela, capaces de participar en la vida del conjunto. Este proceso tan sencillo encierra un profundo aprendizaje que creo que es el que se queda como lección en sus vidas. Todos dependemos de todos y lo que yo hago tiene consecuencias en mi propia vida y en la de todos los que me rodean. Por tanto, tiene sentido que yo me esmere en hacer las cosas bien porque de mi trabajo bien hecho se van a aprovechar todos los que viven a mi alrededor.

         Esta maravillosa lección de vida que ya de por sí justificaría cualquier esfuerzo la vemos hoy en la tele en programas de máxima audiencia, lo que podría significar todo un hallazgo de consecuencias revolucionarias si no fuera porque el contenido último de los programas que se emiten no tienen otro objeto que el relleno de un tiempo televisivo que justifique y arrastre la suficiente publicidad para cubrir los gastos de la cadena en cuestión, La reproducción de unos juegos de poder en que un director o varios son los que saben y los que participan han de cumplir al dedillo las indicaciones que se les dan y desde el principio se implanta que lo que buscamos no es disfrutar de nuestra capacidades ni de los elementos que vamos a manipular sino ganar. Todo el esfuerzo para la gloria de uno y siempre a costa de la frustración de todos los demás. El tiempo de desarrollo se convierte en una especie de locura o frenesí en la que todo el mundo corre para ganar a los demás y nunca hay paz suficiente para gozar con lo que se está haciendo, compartirlo con el vecino de al lado, asumir los conocimientos que vamos desarrollando en lo que hacemos y disfrutar del resultado final como obra de todos.


         Como puede verse, se trata de toda una filosofía de vida en la que lo que importa es llegar el primero, ganar a los que tengo a mi lado y que los que son mis compañeros y podrían ser mis amigos se convierten en mis competidores a los que tengo que vencer. Que la alimentación y los alimentos estén en los horarios de máxima audiencia de los canales de televisión me sigue pareciendo un hallazgo y un filón de futuro pero referidos a la educación tendrían que cambiar radicalmente sus objetivos para convertirlos en fuente de profundo conocimiento de la vida, magnífico momento de gozar de los alimentos, de compartir los resultados de su manipulación en nuestro propio beneficio y un camino casi infinito de aprender en grupo, que es la mejor forma de aprender.

domingo, 5 de marzo de 2017

CARNAVAL


         El pasado martes fue la explosión de la alegría, de la disgresión, de la sátira más o menos mordaz, intentando cada uno mostrarse como no es y produciendo un aluvión de ingenio, de color y de entrega a la causa del engaño “¡no me conoces!”, era el grito de guerra en mi pueblo cuando  era pequeño. Se trataba, de ocultarse tras un disfraz por un rato y desde esa posición, permitirse una serie de lujos que durante cualquier día no son tolerados, o no de la misma forma. Ahora estamos con las consecuencias de algunos supuestos excesos que algunos aludidos, este año los católicos, parece que no han sabido encajar un dardo concreto dirigido a la virgen María. Es normal que alguien se sienta especialmente concernido y se olvide de lo que significa el Carnaval o crea que se han pasado.

         En las escuelas hemos procurado seguir el hilo de esta fiesta popular y generalizada. Dependiendo de la afición y destreza de cada maestra se ha reunido a las familias y se ha intentado elaborar con ellas una serie de disfraces picantes, hirientes e ingeniosos. El tiempo pasa implacable y cada vez es más difícil llegar al día de la fiesta y encontrar disfraces elaborados por los pequeños y por sus familiares. Sé que este fenómeno no es específico nuestro sino que en cierto modo es el signo de los tiempos en que termina imponiéndose la ley del mínimo esfuerzo y te encuentras miles de disfraces baratos y al alcance a cambio de que tú no eres quien elige el asunto tras el que te vas a esconder sino que son los comercios los que, como en tantas cosas, imponen su ley. Se intenta que no sea así, pero es una guerra desigual, casi perdida de antemano.

         En las reuniones con las familias, se diseñan los trajes que van a vestir los pequeños y se elaboran una serie de cantos que  ridiculizan los asuntos más polémicos que se hayan vivido en el curso. Deben ser letras muy claras y sobre temas que todos puedan identificar porque las críticas tienen todo el sentido sólo si los presentes saben a qué se refiere cada puya. No faltan nunca personas verdaderamente interesadas, aunque no sean tantas como uno quisiera, que terminan por darle el tono adecuado a la fiesta. El día de marras es un poco el desmadre. Pequeños y mayores nos disfrazamos desde por la mañana. Nos visitamos unos grupos a otros y salimos a las calles adyacentes con nuestros cantos para hacer partícipes a los vecino. La fiesta termina con una comilona de castañas, de chocolate con churros y de gozo compartido. Las cancioncillas no es raro que se sigan cantando los días siguientes hasta que poco a poco se diluyan en el tiempo.

         Cada año se ocupa una semana  entera con una figura emblemática: Don Carnaval un año y Doña Carnavala el siguiente, que un día aparece en medio del patio con una silla y una mesa en la que tiene su comida que se la va comiendo y hay que encargarse de que no le falte para que se sienta acogid. El momento cumbre es cuando el día de la fiesta el muñeco que nunca está claro si es un muñeco o una persona porque se va comiendo la comida que se le pone en los platos aunque nadie lo ve comer, cuando todos estamos a su alrededor cantando las canciones que hemos preparado, se levanta, nos mira, se acerca a nosotros y sin decir una sola palabra, se une a la fiesta y nos acompaña a la calle y se deja tocar y todo lo que hacemos le parece bien y sonríe. Cuando la fiesta se acaba se va a su mundo y aparecerá el curso próximo de nuevo. 

domingo, 26 de febrero de 2017

INSCRIPCIÓN


         Tradicionalmente la administración pública tiene establecido el mes de marzo para que las familias soliciten plaza para el curso próximo que empezará en septiembre en las edades comprendidas entre los tres y los dieciséis años. Entre los tres y los seis años todos los menores tienen garantizada una plaza pero no es un tramo obligatorio. De los 0 a los 3 años será en abril cuando puedan solicitar plaza y aquí sí que hay problema, al menos por el sur de España porque la demanda es muy superior a la oferta. Las familias se vuelven locas para encontrar un centro que se encargue del cuidado y educación de sus hijos. Al escasear tanto la oferta se presta a que muchos centros no reunan las mejores condiciones para desarrollar el servicio que ofrecen y, vistas las dificultades, la administración opta por tolerarlos si las familias no protestan demasiado.

         Hacia 1985 estábamos saliendo de estructuras educativas arcaicas y diseñando lo que entonces llamábamos el futuro. En Barcelona nos reunimos profesionales de toda España y, ante la fuerte presión del recién estrenado gobierno socialista claudicamos y permitimos que el ciclo de 0 a 3 años quedara fuera del ciclo educativo. Su desarrollo quedó imbuido de un criterio mucho más social, asistencial y sanitario lo cual significó que así como para el resto reivindicábamos que los profesionales que lo debían  impartir fueran maestros, para los más pequeños se aceptara una persona titulada que coordinara los contenidos aunque el resto de los profesionales pudieran  disponer de un ciclo de formación profesional. En la práctica,  algunos  lo supimos desde el primer momento, significó que su educación quedaba supeditada a criterios sociales y sanitarios que entonces quisimos creer que serían provisionales pero que el paso del tiempo nos ha demostrado que se han convertido en definitivos. El ciclo educativo en España empieza por tanto a los tres años.

         Visto que el desarrollo social ha traído consigo que todos los miembros de la familia trabajen, los pequeños se convierten de hecho en un verdadero incordio que hay que resolver, bien combinando los turnos laborales de los padres, bien recurriendo a la colaboración de los abuelos, otros familiares, vecinos o sabe dios qué,  para cubrir los horarios de manera que los pequeños dispongan del cuidado de una persona adulta en todo momento, sean los padres o no. Aquí podríamos ir describiendo un rosario de situaciones diversas en las que los más pequeños se tienen que desenvolver quedando como conclusión que en el momento de la vida en que más necesitamos de estabilidad emocional es justo cuando tenemos que vivir situaciones más irregulares  que muchas veces se convierten en dramáticas por la gran dificultad que implica casar las necesidades de los pequeños con las disponibilidades de los adultos para cubrirlas. A esto se les une, por si fuera poco, que los profesionales que los atienden son los menos cualificados y los peor pagados de todo el ciclo educativo cuando la lógica dice que tendrían que ser justo lo contrario para responder a las demandas que el material humano necesita. Pero así está hecho este mundo en el que vivimos.


         Una vez explicado someramente el contrasentido en el que la educación de los primeros años se desenvuelve, las familias se vuelven locas para encajar disponibilidades y estructurar para los más pequeños una forma de vida que encaje con el resto de la familia. La verdad es que normalmente significa que los pequeños son los que terminen perdiendo, lo mismo que en el sistema educativo, y teniendo que aprender a desenvolverse en lo que el conjunto de la familia les va dejando. El resultado es muy sencillo. Los menores de la casa y de la sociedad son los que más arrumacos reciben pero los que menos inversión  para satisfacer sus necesidades. Es de esperar que algún día, en vez de tantas carantoñas nos dediquemos en serio al reto educativo y establezcamos unos pilares sólidos de estructura y contenido para los primeros años de la vida.

domingo, 19 de febrero de 2017

TIEMPO


         Hay tiempo para todo en la vida. Por momentos pienso que no vale la pena escribir porque ya está todo dicho. Otros, en cambio, me gustaría escribir sobre todo lo que veo porque pienso que se pierden continuamente aristas de la realidad que, si  las fuera contando a medida que las veo ofrecería aspectos insólitos que pasan de largo. Seguramente no es verdad ni una cosa ni la otra y lo que tengo que hacer es ser un poco humilde, cumplir mi compromiso de cada semana lo mejor que sé sobre este tema de la infancia y de la educación. Y es que por más determinación que uno tenga, la duda siempre reivindica su espacio y aflora su patita por donde puede.

         No he viajado a EEUU y no conozco su manera de vivir sino por referencias: cine sobre todo, literatura o noticias. Eso me llevó, por ejemplo, a vivir un buen chasco hace unos meses con la victoria de Trump al comprobar que Hillary tenía menos apoyo popular del que yo suponía si. En el cine no paro de encontrar referencias en defensa de la familia pero nunca encuentro secuencias de familia. Los pequeños americanos que salen en el cine casi siempre están solos y sus familias, sobre todo sus padres, demasiado ocupados haciendo cosas que no pasan por vivir con ellos. Como mucho los acompañan al partido o a la fiesta del cole. Tengo tan interiorizadas estas secuencia que hoy por hoy pienso que el concepto de familia en EEUU no tiene mucho que ver con la idea de convivir, de pasar tiempo juntos. Un padre que abraza a su pequeño porque acaba de conocerlo cuando cumple ocho años, cosa frecuente en el cine, a mí que me dejen de rollos que eso no es más que un encuentro entre dos desconocidos sin vínculos entre ellos.

         Recuerdo cuando en las charlas a las familias me referían que los pequeños manifestaban el hartazgo de sus madres y siempre querían estar con sus padres. Las madres,  mayoría entre mi público,  lo decían con pesar y con desconcierto. Yo no contribuía mucho a despejarlo cuando les decía que eso era debido a que en la vida, lo que tenemos a mano solemos despreciarlo y deseamos lo que no conocemos. Que la solución, por tanto no estaba en sus manos sino en hacer que los padres dejaran de ser esos desconocidos que se movían alrededor de los pequeños y que en algún momento decían la última palabra. Hoy esto se va modificando en alguna medida, desde el momento que los padres se han tirado al barro de la convivencia de cada día y pasan tiempo con sus hijos y las madres asumen que pueden tener una vida individual, aparte de la crianza de los hijos. La cuestión es tan simple como eso. El padre había sido visto siempre desde lejos y se le tenía idealizado. Basta que se acerque al hijo, que conviva a la hora de comer, para el cambio de pañales o a la salida del baño para que se vea una persona distinta por completo, para mal y para bien.


         Y es que somos tiempo, no nos engañemos. Allí donde pasemos nuestro tiempo estará nuestra patria, nuestra familia, nuestros amigos y de ese lugar seremos en definitiva. Cuando hablamos tendemos a mitificar lo que decimos cuando la realidad de la vida es mucho más simple y más a ras de tierra. Lo que los pequeños necesitan para su equilibrio emocional y para el fortalecimiento de sus apegos, que son como las vigas maestras de su personalidad,  no es ni más ni menos que contar cada día con sus padres y con sus madres, interactuar con ellos para los distintos momentos y situaciones de la vida y que eso no sean momentos esporádicas sino el estado habitual de las cosas, las secuencias habituales de cada día.

domingo, 12 de febrero de 2017

METÁFORA


         Estoy convencido de que los lugares desde los que puedan leer este humilde alegato a la vida y de vida en sí mismo, habrá señales desde las que vislumbrar que el tiempo pasa pero que la vida empuja siempre adelante y no se agota por más que nos coman las dudas y los prejuicios. No sé por qué nos cuesta tanto entender lo que tenemos delante de los ojos. Para mí ha sido una de las cosas más difíciles y me lo he dicho miles de veces aunque no estoy seguro de haberlo entendido. Déjate de lo que tú sabes o de lo que quisieras y mira con ojos de ver lo que la vida te pone delante.

         Hemos podido contemplar ya en enero las discretísimas flores de romero y algunos con monte cercano habrán podido presenciar  las amarillas aliagas. Si tenemos humedades cerca, también nos habrán llegado a los ojos las violetas moradas pero a estas alturas, mediado febrero, ya no hay quién se esconda y son los almendros los que pregonan con sus blancas o moradas flores como banderas indiscutibles lo que bulle por sus raíces, lo que se nos está metiendo en el cuerpo a todos, que no es otra cosa que el nuevo ciclo de la vida cuya luz se va apoderando de los días minuto a minuto implacablemente. Este fenómeno del despertar de la vida del letargo invernal tiene manifestaciones concretas en el comportamiento de todos nosotros pero de una forma especial en  los más pequeños que son los más cercanos a la tierra y los que mejor interpretan los fenómenos naturales justo cuando la vida los impulsa. La escuela se convierte en un hervidero energético, como si estuviéramos frente a uno de esos miles de cráteres que vemos en los reportajes de naturaleza y que nos dicen que el centro de la tierra está vivo y en continuo movimiento.

         Si además coincide en un año como este de grandes nevadas, de espectaculares ventoleras y de lluvias torrenciales, casi nunca a gusto de todos, tanto si nos gusta como si no, tendremos que asumir que algo parecido a esto es la vida y que nos haremos un gran favor si en vez de lamentarnos todo el tiempo porque las cosas no suceden como nosotros deseamos,  nos ponemos de una vez a remar a favor de la corriente, a corregir los desperfectos que los desmanes del tiempo hayan producido en los espacios que pusimos probablemente en el lugar equivocado pensando que la tierra era nuestra y que los elementos se avendrían a nuestro antojo y asumirían los limites que les señaláramos. Y mira que a cada momento estamos recibiendo lecciones en las que la propia vida nos va diciendo que somos apenas una mota en medio de la vorágine y del poder del viento, del agua, del fuego…, pero nosotros nos empecinamos en considerar que somos los reyes de no sé qué mundo porque, desde luego, de este que pisamos, no.


         Es cierto que todavía el frío, al menos por aquí, puede apretar lo suyo pero estamos en el momento de platear salidas limitadas a los alrededores que nos metan por los ojos toda la diversidad del mundo, que nos digan cómo son los pescados que comemos, los zapatos que calzamos , las zanahorias, los tomates, las manzanas, las lámparas que nos iluminan. Cualquier paseo por el barrio nos puede resultar demasiado simple pero tenemos que darnos cuenta de que para los pequeños que nos acompañan y que ojalá les permitamos que paseen a su gusto y no como si fueran una cuerda de presos que no pueden moverse de su lugar en la fila, muchas de las cosas que ven las ven por primera vez y necesitan interiorizar formas, colores, volúmenes y sobre todo poder compartir esas vivencias elementales con los compañeros que los acompañan y que juntos forman la generación que nos tomará el testigo en unos años del ciclo de la vida.