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domingo, 7 de febrero de 2016

POSESIÓN


         Creo que ya hemos dado pruebas suficientes en esta columna semanal de que huimos como de la peste del criterio de que cada tiempo pasado fue mejor. Creemos por el contrario que cada momento lleva implícitas las grandezas y las miserias particulares. Ha de ser nuestro esfuerzo personal el que afronte las dificultades que se vayan planteando  y el que transforme en vivencias aleccionadoras sus posibles soluciones. El entramado de desencuentros entre las parejas, una vez que se producen las separaciones se pueden convertir en un rosario de roces sin fin en los que cada miembro esgrima su poder para salir airoso de los conflictos mientras que los pequeños, que suelen estar en medio son los perjudicados sin comerlo ni beberlo.

         Creo que esta situación de que dos personas que se han unido y que en un momento se separan porque se dan cuenta de que la unión se ha roto y desean continuar cada uno por su sitio es mil veces preferible a la anterior en la que tenían que permanecer juntos, sintieran lo que sintieran, como si la vida no pudiera ofrecer alternativas razonables de convivencia  y nuevas oportunidades. El hecho de que hoy se abra la posibilidad de cambiar de vida una vez constatado que el camino de la unión se ha agotado no significa que las dificultades no existan ni que sean fáciles de encausar. Mucho menos si hay niños pequeños de por medio que necesitan el acuerdo de su padre y de su madre para organizar la vida con cada uno de ellos por separado ya que juntos no es posible. El intento de recomponer la nueva vida tiene dificultades objetivas que, con esfuerzo, pueden irse resolviendo pero no nos engañemos; el camino está lleno de dificultades y puede convertirse en una tortura para todos, especialmente para los menores, si los adultos no están por la labor.

         Cada separación es un mundo y tiene sus propios componentes. Si el desacuerdo es asumido por los dos miembros, la cuestión se centra en encontrar la mejor manera de convivir por separado. Pero no siempre es así y muchas veces uno de los dos se siente dañado en sus intereses o en su dignidad y pone trabas para que la nueva realidad le compense de lo que a su juicio la vida en pareja le ha perjudicado. Las variantes pueden ser miles y si hay menores, más. En esos casos la intervención de un juez intenta encontrar un punto de equilibrio y puede que en muchos casos lo encuentre pero al final se requiere que los litigantes asuman que la nueva situación, aunque no esté a su gusto por completo es mejor que la de mantener el litigio a lo largo del tiempo con el consiguiente deterioro de las relaciones y que los propios hijos se conviertan en armas arrojadizas contra la pareja en el vano intento de encontrar una armonía imposible que no surja de la aceptación de las reglas del juego si el acuerdo no es posible.


         Con frecuencia se dice que los hijos son los que más sufren en  las separaciones, sobre todo en las que el conflicto permanece en el tiempo porque no se encuentra un punto de equilibrio. Y se pone esa situación de ejemplo de sufrimiento, como si vivir en una familia unida pero en desacuerdo fuera un plato de gusto. En las situaciones conflictivas sufren todas las partes y no son deseables para nadie. Mi argumento de cabecera es el de que los pequeños nunca llegaron a este mundo por su gusto sino que son fruto de la decisión de sus padres y eso, según mi criterio les da un punto de inocencia y otro de responsabilidad a sus mayores de referencia para que intenten por todos los medios sacarlos del juego de poder que cada uno esgrime contra el otro porque esa guerra no es la suya y no debiera afectarles. Ya sé que con palabras más o menos razonables no se resuelven desavenencias tan profundas que provocan separaciones muchas veces muy dolorosas pero considero que es importante entrar en estos temas con las palabras por si pueden ofrecer luz o equilibrio en algún caso que uno solo bastaría para que el esfuerzo se viera justificado.     


11 comentarios:

  1. Hola Antonio, estoy de acuerdo con tu planteamiento en general.Ningún tiempo pasado fue mejor, salvo en algunas cosas importantes que hoy hemos perdido como es la ética y la buena educación. La libre expresión, tiene unos límites y hoy escuchamos palabras muy hirientes sin ser necesarias y más en público.
    Ante una separación todos sufren , padres, familia y los hijos, pero como eso se ha convertido casi el pan de cada día, se sabe sobrellevar mucho mejor y nos parece un consuelo.
    Gracias por tu aportación tan interesante.
    Un abrazo

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    1. Yo también agradezco tus palabras y te recuerdo que antiguamente las formas podían respetarse mas, no lo discuto, pero en el fondo los problemas eran los mismos que hoy en día aunque los ocultaran más. Un beso

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  2. Me ha gustado mucho tu post. Creo que lo más importante es eso, no permanecer juntos por los hijos a pesar de las insalvables desavenencias, pero una vez acordada la separación de los padres, los hijos deberían ser para cada uno de ellos lo primero, lo que por desgracia no ocurre siempre, creando inseguridades y carencias en los niños que no tienen nada que ver en el tema. Una pena. Si te apetece leer un post mío de hace algún tiempo: "Cuando el ego domina", creo que te gustará. Un saludo Antonio.

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  3. Sentar categoría sobre qué tiempo, pasado, real o imaginado, fue mejor es una de las falacias más y peor manejadas, sobre todo como excusa.
    Pero la literalidad de la frase nos lleva 'derechos a se acabar e consumir', e interpretar que el tiempo es breve. Demasiado breve. Por eso damos como "mejor" aquello que ya escapó de nuestras manos.
    Sobre separaciones, "cualquiera será peor/mejor según el aire por donde airee. Triste asunto. Muy triste.

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    1. Triste asunto sin duda pero si se encuentra una aceptable fórmula de convivencia no deja de ser esperanzador en tanto que ofrece nuevas oportunidades de vida en común a personas que consideran fallidas las que tienen. Un beso

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  4. No creo que vivir en un hogar infeliz sea la mejor de las opciones, pero asumo las enormes dificultades para evitar el sufrimiento que una separación conlleva para los hijos, encontrar el equilibrio entre una y otra situación, es realmente un reto.
    El pasado no fue mejor, pero nada garantiza que el futuro lo sea.
    Gracias por tu reflexión

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  5. Manuel Ángel Puentes7 de febrero de 2016, 22:04

    Un poco de nuestra historia común: en el otoño de 1979 estábamos organizando el gran encuentro estatal de escuelas infantiles que se celebró en Granada y del que salió el compromiso municipal que puso en marcha el Patronato Municipal de Escuelas Infantiles. Las reuniones de la Coordinadora de Guarderías de Granada eran frecuentes en esos días previos al encuentro.

    Una semana antes del nuestro, se celebraban en Granada otras importantes jornadas estatales, las del movimiento feminista, que organizaba la Asamblea de Mujeres de Granada.

    Había bastantes mujeres (sobre todo nuestra compañera Pilar Mérediz) que participaban en la organización de ambos eventos.

    Eso hizo que entre ambas organizaciones hubiera un cruce de comunicados de reconocimiento y apoyo en las reivindicaciones.

    Uno de los dos comunicados que mandó nuestra coordinadora fue sobre el derecho de los niños al divorcio de sus padres cuando la convivencia iba en su propio perjuicio. La ley de Fernández Ordóñez aún tardó un par de años en poder ser aplicada.

    Supongo que ahora entraríamos en matices sobre qué modelo de divorcio es más saludable para los niños, aunque también supongo que esos matices no obtendrían la unanimidad con que en su día fue aprobada en la Coordinadora nuestra propuesta de comunicado.

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    1. Las referencias al tiempo pasado me llevan a un tiempo en el que estrenábamos libertad y mi compañera italiana Maria Rosa Petri nos decía: PARECE QUE OS QUEREIS COMER LA HISTORIA. La historia no sé si nos la hemos comido, aunque lo dudo pero el tiempo sí nos ha comido a nosotros y debemos agradecer a la vida el que, a pesar de las contradicciones nos haya ofrecido una vida de privilegio. Un abrazo

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  6. En mi caso hemos intentado que los niños estén al margen, pero nunca sabremos lo que sienten en su interior... A mí eso sí me ha dejado sin dormir muchas veces... Un abrazo desde Murcia.

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    1. Nunca estamos seguros. Es el precio de la libertad. Un abrazo

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